viernes, 28 de noviembre de 2014

La filmografía de Leonardo Favio

El director que nos compete en estos instantes es uno de los máximos referentes del cine argentino, de quien incluso podemos ver influencias de Juan Moreira (1973) en una de las mejores películas del año, Jauja (2014), en la búsqueda del dominio y la supervivencia legendaria de la conflictiva y peligrosa pampa, dentro de una historia de época (con la intervención mutua de algún pasaje de tipo místico, pero no de orden común, como los sueños de un malherido Moreira temiendo por el que no considera su momento, y la epifanía misteriosa de Dinesen), al igual que de una especie de western al que llamaríamos de un estilo sudamericano (sin remarcar los contornos con la tradición angloamericana), si bien Juan Moreira bebe claramente de la literatura y del mito del gaucho y del folclore, tanto como de los hechos reales que iban siendo novelados en folletines. El director, Leonardo Favio, es un nombre reverenciado en el séptimo arte de su país, amado popularmente, teniendo películas en el record de taquilla histórico del cine nacional, y al mismo tiempo encabezar listas de la crítica sobre los mejores filmes hechos en su tierra.

Primer lugar que suele ocupar Crónica de un niño solo (1965), la que recoge la experiencia del propio Favio dentro de un cine social y humano, anclado a la indefensión de la infancia (en una historia de malos tratos, amenazas, miseria, destrucción de la fe y crueldad –como en la potente y a un punto chocante desnudez del río-, y supervivencia; en donde hay cabida para escenas conmovedoras como en la elección del intenso Polín de un caballo en lugar de enfocarse en la meretriz), que recuerda al Truffaut de los 400 golpes (1959), y que cuenta con una fuga tan emocionante y de suma naturalidad y precisión que poco tiene que envidiar a una cinta internacionalmente famosa y excepcionalmente valorada como Un condenado a muerte se ha escapado (1956). Otra común cabeza de lista es El romance del Aniceto y la Francisca (1967), una historia minimalista contada con harto mimo y suma identificación, en un cuento social y popular sobre un gallero pobre pero guapo –en varios sentidos- que engaña a su pareja, la santita, con una seductora putita, como se les apoda a cada una en el retrato. De lo cual la elección superficial y sensual le trae una desgracia tras otra al protagonista.

En lo personal, pongo como la mejor de Favio a El dependiente (1969), una cinta de mucha personalidad (apostillando que el autor demuestra en toda su filmografía propiciar alguna impronta, siendo todo un mérito el no querer repetirse, aunque tenga sus señas de identidad), sumamente lograda, paradójicamente gracias a excesos, bajo un predominante engañoso aire de calma y espera que desespera (el sentido general del filme, habiendo coherencia en lo formal, con molestias y antipatías que se trasmiten al espectador), en el uso de histrionismos, gritos, necesidades insatisfechas, exabruptos, humor negro, locura y extravagancia. En segundo lugar dejo a Crónica de un niño solo, en tercero a Juan Moreira, y cuarto El romance de Aniceto y la Francisca. Estas son las películas más destacadas de Favio, sus primeras obras, a la que agregaría el remake de la última mencionada, Aniceto (2008), su despedida, aunque es menor por ser “simplemente” una actualización, y por unos escenarios de vivos cromatismos que imprimen falsedad, cierto desarraigo de lo real, a la par que se hace énfasis en el cariz de fantasía, en lo que parece ahora una obra teatral (en la mayor parte es un musical romántico), con coreografías muy finas que son más que un plus la verdadera justificación de su existencia conjunta, pasando a ser una reinvención por ello, a pesar de que se tenga un alcance formal discreto ante la subordinación argumental con la predecesora.   

Todas las obras de Favio son simpáticas o valiosas, aunque en muy distinta medida, por ello las tres restantes tienen lo suyo a pesar de ser más criticables negativamente. Nazareno Cruz y el lobo (1975) que es de las más taquilleras del cine argentino, se debe mucho a su notorio cariz popular, de fábula aborigen, que nos habla de la leyenda del lobizón de la mitología guaraní en que el séptimo hijo se convertirá en lobo y por consiguiente atacará a los moradores que encuentre, para lo que el diablo, uno criollo, al que acompaña la polivalente brujería jugando como folclore y requerimiento comunitario (que en el filme es tan precaria, de efectos simples, y molesta, como ridícula lo es la música que redunda como motivo amoroso), le hace un pedido de recordar misericordia para con su eterno destino, mientras le ofrece todo el oro del mundo a cambio de no entregarse a su amada Griselda. Nazareno se niega, entre risas altisonantes, sofocantes, y un griterío melodramático que implica harta paciencia en el espectador tanto como con ese viaje surrealista al submundo de origen indígena. Y es que el mal gusto se le va de las manos al autor, teniendo demasiado presente hacer un filme popular, que con ese perro por lobo tiene su gracia, y queda como si fuera cine B, solo que inspirado a fin de cuentas.

Gatica el mono (1993), por su lado pareciera lo contrario, luce como si detrás habría un gran presupuesto, pero aquí vuelve a aparecer la perenne idea de su conceptualización, que sea un filme popular, masivo, y sus excesos y su ordinariez le juega más en contra que a favor, quedando un filme irregular, donde el protagonista se excede y cae en lo vulgar (simplicidad que es bastante realista, pero repetitiva y abrumadora), a diferencia de Juan Moreira que es bastante parecido (incluso comparten la injerencia política, producto del respeto por su imagen ante el pueblo), pero al que no se le llega a recargar, sino se le deja mucho intrínseco bajo el rescatable silencio, su fuerte mirada de ojos azules en un semblante rudimentario, y su mítica fiereza que le salva de ser algo insufrible y torpe (aunque tenga defectos en medio de su bravura, sea servil aunque indeciso, primario, violento y de esencia rebelde y libre), como si lo es un Gatica más plano, por más que deja en claro que es un tipo duro y que a pesar de todo es especial (en una vida que tiene de mucha tragedia, oculta a un hombre derrotado, hasta se nos habla en su biografía de un devenir injusto, a pesar de la soberbia que exuda a ratos en su inocencia y la definida existencia desordenada que es parte de él; a un punto una salvedad esencial y empática, de ambigüedad), que desde luego tiene sus momentos rescatables, más en el ring donde el filme recuerda las recreaciones pugilísticas de Toro salvaje (1980), dentro de su propio estilo, como con las marcas de las golpizas que tienen vasta credibilidad e identidad, en el hombre sufrido que brilla contra todo (la visión de las estadísticas del record profesional implican un reduccionismo recriminable, por ser demasiado didáctica, y sobre todo poco llamativa, creando indiferencia, tanto como esos mambos de la banda sonora en los encuentros malogran la mínima solemnidad que requieren las peleas, aun siendo esa fusión el leitmotiv del conjunto y quien es el protagonista), opacando por esos instantes todas sus carencias en la personalidad que aleja a quienes lo quieren, o escoge mal a su entorno, bien representado en el vínculo afectivo con El ruso, que es el mismo al de su carrera, la política y sus amores. Juan Moreira tiene relación conceptual con Nazareno Cruz y el lobo, y Gatica el mono, pero es ésta el triunfo de lo que en las otras se logra mucho menos; hay aventura, entusiasmo y cautivante entretenimiento.

Por último, Favio dijo ser muy libre –yo diría que demasiado- con Soñar, soñar (1976), y se nota, ahí se ve que hace lo que le da la gana (lo lleva al extremo, sin ningún sostén), rompe con todo convencionalismo y predictibilidad, con una trama de continua frustración en el deseo de ser artista que deja una crítica muy cruel. Lo hace en cierto modo tan arbitrario y vacío muchas veces, aunque quiera ampararse en el sentido del humor, que poco valor consigue en general, sin embargo hay que acotar que la actuación entregada del legendario campeón de boxeo Carlos Monzón, en un ridículo mayúsculo e implacable (¡cuánto se le exige!), hacen de éste filme uno impagable, y vale la pena echarle una ojeada.

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