viernes, 26 de abril de 2019

Capharnaüm


Capharnaüm (2018), de Nadine Labaki, retrata la miseria de los habitantes de Beirut, Líbano. Zain es un niño de 12 años que pasa penurias porque sus padres son extremadamente pobres y están llenos de hijos; su familia hace mezclas con medicamentos y las vende a drogadictos.

Una de las hijas es deseada por un joven dueño de una tienda de alimentos y cuando llega su menstruación la hija le es entregada para el matrimonio. Zain que ama mucho a su pequeña hermana se arrebata y abandona el hogar, va a la calle y sobrevive como puede. Afuera, solo, conoce a una emigrante etíope y a su bebé; Zain cuida del niño a cambio de un hogar y trabajo.

Ésta es una película llena de problemas económicos, sociales, y muchos la han tachado de hacer una película de porno-miseria, pero es una realidad que ha conmovido a la directora como ella misma ha dicho, entonces depende de uno con que se queda, si con el sentimiento de necesidad de Zain y mucha gente libanesa que le salpica al mundo, o con una demostración demasiado lastimera y abusadora de precariedad.

Ciertamente que el filme llega hasta las últimas consecuencias en mostrar la pobreza de Zain que llega a estar preso y a demandar a sus padres por su nacimiento. Pero el filme tiene una buena escenificación y tiene sus momentos a rescatar aun así. Uno de ellos es cuando Zain conoce al hombre cucaracha, primo de Spider-Man, y se hace una similitud con el estado de Beirut. El hombre cucaracha es un viejo que fuma como loco. Se le ve todo un personaje.

Zain es un niño sobreviviente, un niño que logra arreglárselas para vivir aun a tan corta edad. El filme exagera cuando Zain va a vengar a su hermana tan ligeramente. La última parte ya es demasiado con un Zain llamando a la consciencia de todos por la pobreza que lo acosa y los padres que tiene y que la propician.

Capharnaüm (2018) no es Slumdog Millionaire (2008) donde se exagera el cine de la India con sus películas lacrimógenas e historias de miserias, en medio de un juego televisivo de preguntas y un rescate romántico, donde todo es hiperbólico adrede –hay hasta una escena donde por un autógrafo un niño se sumerge en excremento-, pero tiene algo de ella en ese sentido, donde tanta pobreza y a todas luces hace cierta mella en uno, toca algo de fibra.

La mirada desde el aire de las casas paupérrimas de Beirut es de una estética avasalladora, hay una geometría y simetría aun en la escasez material. Zain cuidando del bebé africano es toda una clase de neorrealismo, con una naturalidad desbordante. El pequeño bebé para la cámara hace cosas increíbles. Zain como lo cuida es imponente. Lo que vuelve a fallar es cuando Zain hace el trámite con el hombre del ojo azul y el otro marrón, nuevamente se tiende a lo más extremo, a lo más penoso.

Se pudo atemperar un poco el nivel de miseria, pero el filme busca que Zain declare la vida como horrible y culpe a sus padres que tienen hijos sin pensar en cómo mantenerlos o, por supuesto, en que consigan la felicidad. Ésta es una película que capta la atención, se deja ver bien, no es pesada, aun cuando tiende a mostrar la peor cara de Beirut, pero lo hace con ritmo, imaginación, estética y amabilidad hacia el espectador. No será un filme inmortal o memorable, una obra de arte o de culto, pero no es un mal filme.