miércoles, 16 de diciembre de 2015

Eden

Propuesta que puede tener el gancho de aparecer en escena la historia bastante por encima de Daft Punk, famoso e icónico grupo de música electrónica que predominó en la trascendental movida de su país en los 90, que definió una identidad nacional musical, y continua potente en la actualidad como el grupo más emblemático y popular en el mundo en su tipo sonoro, pero que en realidad habla del grupo poco conocido llamado Cheers, bajo el alter ego del co-guionista de la película, Sven Hansen-Løve, hermano de la directora y la otra guionista de la presente propuesta, Mia Hansen-Løve, que inspira la vida de nuestro protagonista Paul Vallée (Félix de Givry), un DJ entregado al estilo del garaje neoyorquino, y que es el camino mismo Llewyn Davis frente a ese gobierno y éxito de Daft Punk, en lugar de Bob Dylan, donde Vallée hace todo lo posible por llegar a la cúspide, hasta endeudándose y quebrar, terminando desconcertado con aquel poema del ritmo, donde supuestamente todo tiene un orden, una armonía y un sentido, y a él le quedan dudas al respecto, en un gesto que lo dice todo.

La gracia del filme yace en la carrera tan larga de Vallée, donde hace gala de un cariz de mujeriego tranquilo, típico seductor y amante francés, desde su adolescencia hasta llegar casi a los 40, viéndose toda la movida de Cheers, negociadores, compañeros y amigos, incluidos los Daft Punk, a quienes la película tiene la ironía de hacerlos pasar siempre por no reconocidos en los raves, discotecas y listas de invitados donde participan todos como un gran clan, viéndoseles como un conjunto de amistades ultra sencillo. En sí el espíritu de los músicos de Eden es el de la eterna juventud, una apasionada por descubrir nuevos y mejores sonidos y hacer bailar entusiasmados a sus fieles admiradores, y aunque hay drogas, chicas guapas, fáciles y arribistas, el peace and love clásico, con solo alguna pelea casual, vibra sobre todo la fijación hacia la profesión más que cualquier otra distracción, de lo que Vallée afín a la cocaína y al trago sin proclamar ninguna adicción como parte de la trama o dramatización a ese respecto –actividad sin más, jalan, tragan pastillas y siguen sus vidas como si nada- no deja de supurar la pasión por consumar una carrera exitosa (sacrificando todo, hasta un orden promisorio en la literatura, o una solidez familiar), mientras hace de las suyas con la féminas (un rasgo distintivo y línea narrativa llena de mil novedades, que curiosamente no poseen los Daft Punk, que son híper relajados y humildes) y ese sexo casual que Mia Hansen-Løve muestra tan natural, teniendo hasta tres puntales en su vida romántica, la americana y supuesto amor de su vida en la sosegadamente infiel Julia (Greta Gerwig), la chica iraní rebelde e impredecible Yasmin (Golshifteh Farahani) y la gala de espíritu libre Louise (Pauline Etienne) que por algo aparece disfrazada de mujer maravilla.

El filme tiene una edición y montaje particular, uno que es vertiginoso y endiabladamente fluido, gracias a que la mayoría de momentos son recortados con presteza, tras cierta brevedad escénica, haciendo uso de una elipsis notable, pero creando inicialmente confusión, un aire de dispersión, costando seguirle el paso, en que si pestañeas te lo pierdes, pero que una vez acostumbrados somos participes de muchos episodios, cantidad de lapsos vivenciales, acotando que yacen bien construidos, que incluso frente a escenas complejas el cambio aparece raudo. Otro punto en la continuación de la narrativa son los audaces ángulos iniciales, y un cariz de sorpresa inmediato, de golpe tras otro en la trama, sin bien hay un gran espíritu de cotidianidad y sencillez argumental, lo cual hacen de Eden una película de fácil empatía con sus protagonistas, sus romances volubles y fiestas que atrapan potentemente el sentir de la juventud, su idiosincrasia, fuera de que uno sea o no amante de la música electrónica, de lo que hay una gran línea que dice, una más de tanta pareja, a nuestro protagonista, que en el rubro solo escucha a Daft Punk, y prefiere el rock.

Mia Hansen-Løve es notable poniéndose en la piel de la adolescencia, los 20 y los 30, lo fresco, el crecimiento hacia la adultez, mostrando suma espontaneidad y libertad pero su infaltable madurez en el trayecto, como en su anterior película, Un amour de jeunesse (2011), donde el primer amor de Camille (Lola Créton) duele tanto superarlo, a un Sullivan (Sebastian Urzendowsky) muy atractivo pero harto independiente, el típico dolor de cabeza, que viaja y la abandona, mientras ella tiene que crecer, con lo que Mia Hansen-Løve maneja mucho romance, poética llana sin rubor, que finalmente palia o balancea con su toque de naturalidad, realismo e interés dramático sin exagerar, en el centro y mayoría del filme, hasta tomar aire y renovar el elemento pasional, de lo que ella está al tanto de no empalagar, como desliza un diálogo tras ver una película, vaya, romántica. Y es que en nuestros tiempos hacer buen cine de éste género no es cosa fácil, pero ella lo maneja muy bien, y se debe a su habilidad de ponerse en el lugar de los “chiquillos” (una buena historia digamos que aguanta un físico sin cambio notable), que como se expresa en otra parte, no se preocupan de nada serio, buscan el placer. El cine de Mia Hansen-Løve es como manifiesta su séptimo arte, no apunta a lo intelectual, lo importante es aquella época de efervescencia, errores, apasionamiento y descubrimientos de la primera consciencia, de la que nos define como quienes somos individualmente.  

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