viernes, 10 de octubre de 2014

El elefante desaparecido

La segunda película del director peruano Javier Fuentes-León, después de una de las mejores películas nacionales de los últimos tiempos, Contracorriente (2009), es un buen rompecabezas, como la imagen que debe reconstruir nuestro protagonista, Edo Celeste (Salvador del Solar), en sus pesquisas tras la desaparición del amor de su vida perdida hace 7 años. El filme salvando ciertas distancias recuerda a Mulholland Drive (2001), en la mezcla de realidad con ficción, a la vera del surrealismo, siendo un filme de meta-ficción, donde en constante circulo se fusionan las identidades de un escritor y el personaje de su libro (hasta lo inimaginable y sorpresivo), al compartir la pérdida de una mujer importante en sus vidas, en donde la línea divisora se llega a aclarar coherentemente pasado el metraje, siendo todo entendible, bastante solvente en sí, en qué pertenece a la novela del detective Felipe Aranda y lo que aguanta la narrativa literaria de su relato de fantasía, a su vez independiente y vivo en sí mismo, y lo que consume de la vida personal de su autor, en donde el juego de espejos permite el misterio e intrincamiento que presenta ésta honesta propuesta, que con atención cobra orden y consistencia, poseyendo una saludable manipulación de sus partes en una estructura que hace gala de sus piezas, para dar forma a dos historias paralelas unidas por un mismo sentimiento de abandono, o de proceso inacabado, en que una alimenta a la otra. Parte por igual de la imaginación de unas letras como de un deseo de superación; el personaje del libro no sólo es un álter ego, o un doble, sino el retrato tanto de alguien querido, como el que expurga la oscuridad de un causante, y viceversa. No deja de ser una eterna combinación y sólo si unimos unos pedazos hacia un lado y los otros en su complemento, coloquemos un soporte externo a las leyes naturales, en una repuesta ficcional ante el dolor, que entenderemos el conjunto.

Un filme que tiene una filmación austera pero de buena calidad, con técnicas puntuales y actuaciones efectivas, como las del dúo Salvador del Solar y Lucho Cáceres, éste último como Rafael Pineda, dos buenos actores nacionales, teniendo Cáceres potencial para seguir superándose (en mi caso no deja de sorprenderme), y un Salvador del Solar cuajado y cómodo. Con ellos la bella Angie Cepeda, que hace un papel chico, en todo sentido, pero cumplidor; Vanessa Saba, que sirve de musa, cumple igualmente; Tatiana Astengo, que es una fiscal y el supuesto enemigo, implica mesura en la apariencia, pero al mismo tiempo es incisiva y con carácter en la profesión judicial, exhibiendo además una breve, intima, fresca y típica sensualidad, en una actriz que no es todo lo imponente como se pudiera creer pero logra hacer un trabajo decente; Magdyel Ugaz, como una amante, papel minúsculo, casi invisible aunque bueno (quien la recuerde en el arranque de Mariposa negra, 2006, en un auto teniendo sexo con dos tipos dentro de una puesta artística más no vulgar diría que impactaba muchísimo, pero el tiempo se llevó en cierta forma esa ilusión); Toño Vega, que ha sido popular en el cine y en la televisión peruana y no lo hace mal, esperaba menos de él, la verdad, o nos tenía acostumbrados a un estilo y lugar de confort, ni terrible ni luminaria, en la presente luce suficientemente creíble en el rol de agente literario; y Carlos Carlín, que como sabemos no siempre es un tipo cómico, puede ser serio también en pantalla, demostrando que con él hacer reír es un acto de elegir el momento, y que bien por ello.

Javier Fuentes-León además escribe el guion, uno que debería de fomentar más que una rascada de cabeza, que tiene su ingenio y personalidad, como en las viñetas del detective. Se ve alguna escena de la magnifica El tercer hombre (1949), un pequeño homenaje al cine negro, género que se esconde detrás de un calmo y pensante thriller, que bien se define en su metalenguaje, en una alusión a un lugar en la playa Mendieta, en Paracas, sobre un gigantesco elefante de roca que implica al arte natural y luego al contemporáneo; y la simbolización de los perdidos en el terremoto del 2007 en Ica. 

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