jueves, 23 de noviembre de 2017

The Dreamed Path (Der traumhafte Weg)

La directora alemana Angela Schanelec pone su mirada femenina y autoreferencial en dos historias de ficción intercomunicadas, una sobre el abandono a una mujer y la otra sobre como otra mujer abandona a su marido. La primera abre y cierra con un pequeño acto simbólico. Abre con Theres (Miriam Jakob) ayudada a subir una cuesta por su pareja, Kenneth (Thorbjörn Björnsson). Es la representación del soporte emocional y existencial del amor mutuo en un pequeño acto de caballerosidad. Termina con Theres tirada en la vegetación de otra cima, cogida de la mano por su hijo. Es la pérdida y la depresión. Ambas historias analizan lo mismo desde su propia perspectiva. Luego veremos en la segunda historia a Ariane (Maren Eggert) caer en la depresión, pero anhelar la pérdida de su marido.

La primera historia dura 35 minutos (luego completada la hora volverá). Theres y Kenneth están en Grecia en los 80s, se oye hablar del muro de Berlín y las huidas por Hungría. Ellos cantan y tocan guitarra en la calle por dinero, pero un día la madre de Kenneth enferma muy gravemente y Kenneth se derrumba, tiene que ir a verla y dejar a Theres. El propio Kenneth en otro acto simbólico se enterrará a sí mismo. En esta primera parte la cámara se coloca en la toma de detalle, se enfoca en pedazos del cuerpo o, en especial, en los zapatos gastados de Kenneth. Vemos las manos de Kenneth mientras come un chocolate. El filme también compone momentos estéticos y estilísticos, como algo tan sencillo como servir y tomar agua o mantener una mirada seca y sorprendida en la cara de los protagonistas, como quien está conociendo de qué trata la vida, mucho de dolor, decepción y tensión.

La propuesta también tiene momentos de desahogo o visualmente emotivos, Kenneth llora histriónico mientras come. La infancia está presente de forma importante en la película. Hay varias muestras de ello. Una, cuando el hijo de Theres debe dejar su vida anterior, los compañeritos lo observan irse atentos, impotentes y melancólicos. Dos, cuando la hija de Ariane lame la herida de un niño invalido. También es un crush (enamoramiento platónico) para el niño, un momento decisivo y glorioso en su difícil existencia. Tres y cuatro, la hija de Arianne se rompe el brazo, lo que es el reflejo de la separación de sus padres; luego aparece pateando pelotas de futbol, y representa la superación, enfrentarse al dolor y la pérdida.

La segunda historia confunde un poco, con el disfraz de policía y los sentimientos de Arianne. Pero la mirada femenina de la directora alemana es muy honesta y fresca, igualmente característica, que podemos tomarla como una exposición antropológica de la mujer. Hay otra escena de una dama tumbada en el piso, ésta vez por el alcohol. Arianne ve en el libro de su esposo una igualdad y libertad que añora, aunque es curioso que sea actriz y que su vida no sea tan intensa, quizá porque es una actriz menos pública, europea, y no una de Hollywood. Con éste personaje Schanelec se desliga de cátedras aunque cunde el feminismo. No obstante permite la espontaneidad del caso, habla de una naturaleza en particular (solitaria), no inquiere por culpables, aunque se nota que en la primera historia le sobrevive una mirada negativa muy femenina, y en la segunda una positiva que juzga con complacencia a la mujer. Ese zapato tirado en la calle es algo gracioso –involuntariamente- visto a esta vera. Los paisajes tienen especial importancia en ésta historia, ambientada en el presente.

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