miércoles, 26 de abril de 2017

Los amantes de la noche (They Live by Night)

El cineasta americano Nicholas Ray es popular y mundialmente conocido por Rebelde sin causa (1955), una película de la que oímos siempre, incluso antes de verla e intentar ser un cinéfilo hardcore; por el icónico James Dean y su película por antonomasia, aunque no participó en muchas en el cine, fueron solo tres, por iluminado, prometedor y por su muerte prematura; y por ser el filme símbolo de una época y guía para otros cineastas. Ray además fue idolatrado por La Nouvelle Vague y los famosos Cahiers du Cinéma a los que también inspiró como cineastas. Nicholas Ray tiene una filmografía bastante buena, desde luego no sólo se trata de la maravillosa Rebelde sin causa, donde sobresalen dos títulos en especial, el western Johnny Guitar (1954) con los duros Joan Crawford y Sterling Hayden; y In a Lonely Place (1950), un noir con dos iconos del género, Humphrey Bogart y Gloria Grahame (casada con Ray de 1948 a 1952). In a Lonely Place me recuerda a otra película maravillosa, Sospecha (1941), pero en ésta la duda no es por poder ser un asesino serial de mujeres ricas, por interés económico, es por la sinrazón de la locura y la violencia incontrolable de la personalidad, el descontrol de las reacciones. Bogart levita con su naturalidad en el papel, y Grahame está igual de sublime. Otra película a tener muy presente, que en particular me parece gloriosa, The Lusty Men (1952), que retrata la vida del rodeo, y cuenta con otro tipo duro del cine, Robert Mitchum, que aparentemente no es el protagonista del filme, o no lo es a la usanza, no tiene a la chica brava y bonita (Susan Hayward) ni es la luminaria del momento en el rodeo (Arthur Kennedy), es un solitario y viene de capa caída, pero es un enriquecido personaje guía. El arranque del filme, el retorno al hogar, es una de las grandes escenas históricas del séptimo arte.

La ópera prima de Nicholas Ray, Los amantes de la noche (1948), es otra excelente película, con todo lo que hace sublime al cine clásico, se brinda entretenida, con buen ritmo, precisión, claridad y profundidad emotiva. El filme es más romance que noir, aunque yacen fusionados, la trama nos habla de un joven ladrón de 23 años, Bowie (Farley Granger), junto a Chickamaw y T-Dub, dos experimentados, mayores, curtidos compinches quienes no dudan en matar a los que se les interpongan, se esconden donde un viejo grifero rural aficionado a la bebida y al despilfarro. En el lugar el viejo vive con su hija adolescente, Keechie (Cathy O'Donnell), ella y Bowie se enamoraran con inocencia y mucho romance. Bowie intentará escapar de la policía y formar una familia, anhelante de tener una vida común, apacible, lejos del pasado de cárcel que empezó a los 16 años por matar a un hombre y que lo persigue, está prófugo. Bowie roba pensando gastar el dinero en un abogado que lo limpie de sus delitos, pero sus relaciones criminales con Chickamaw y T-Dub lo arrastran.

El filme presenta a Bowie como una buena persona más allá de su situación, aunque la naturalidad con la que yace adaptado al crimen hace pensar más bien en una dualidad. Tiene maneras amables, y es sensible con Keechie, la que tiene carácter pero le falta mundo. Son una pareja humilde. La propuesta tiene escenas breves, diáfanas y muy potentes, como un matrimonio improvisado, o suspenso, especialmente cuando asecha el paredón, la sombra del final a lo Bonnie and Clyde (1967). La pareja predomina, y se van dando destellos de noir, se va cerrando el círculo, va quedando lo esencial, pensando que se trata de escapar del crimen y lograr vivir libres una vida sencilla. La pareja tiene química y son dulces, hay una agradable sensibilidad, ilusión y como se valoran los pequeños detalles juntos. El filme maneja bien la acción, y jamás agobia con lo romántico, aunque tiene buena cantidad, tiene encanto.  

Lo ideal sería una función doble, junto a la otra adaptación de la novela Thieves Like Us, de Edward Anderson, de título homónimo en la dirección de otro director de culto, Robert Altman, en 1974, y no se parecen, Altman hace una película distinta a la de Ray, el romance entre Keechie (Shelley Duvall) y Bowie (Keith Carradine) tiene modernidad, es decir, merma la belleza de las formas, empieza a verse el mundo más notoriamente vulgar, aunque en la de Ray Chichamaw era tuerto y medio bruto. Altman maneja otra manera de ser dulce e inocente, la nueva pareja son algo bobalicones, juguetones y bromistas, son una novedosa composición de pareja. En esta Chickamaw y T-Dub tienen más presencia, existen más aventuras en general y hay menos de los jóvenes enamorados. Una curiosidad es que Keechie es aficionada a la Coca Cola, y vemos mucha publicidad de la gaseosa, expuesta casualmente por los alrededores. Altman otorga a su película media hora más que la de Ray, y se pueden ver los mismos lugares pero expuestos de otra manera, cambiados, lo cual es estupendo, porque es ver el mismo magma pero dos películas muy distintas. Ray hace una obra ágil, redonda, no se hace problemas en nada, pero es completa sin demasiado, mientras Altman es extravagante y original, aunque un poco lento y a veces tonto. Ambos directores son propios de su tiempo, ambos ostentan personal genialidad. 

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