viernes, 12 de septiembre de 2014

The fake

Estamos ante una película bastante dura, una para poca gente dispuesta a aguantarla, aunque merma esa pesadez que sea de dibujos animados, en una propuesta que no permite ninguna concesión con su temática, ni con los elementos que dispone para desplegar su feroz acometida narrativa e ideológica. Tiene una fuerte y dominante crítica a la fe, está contra la devoción que tiene el hombre al cielo y a ese prometido mundo de paz y eterna satisfacción que palia la inclemente desazón y el dolor terrenal, viéndolo como un enorme auto-engaño,  que en la trama implica literalmente un fraude. Para su corrosiva crítica se vale de la violencia, la que no embellece, ya que ésta no pretende redención, no quiere ser agradable o entretenida, por lo menos no de forma convencional al uso de nuestra simpática contemporaneidad, sino perpetra “molestar”, herir la sensibilidad, tanto en nuestras creencias religiosas, como desagradar en lo que es insoportable en la realidad, el agredir o humillar brutalmente a alguien, o vivir haciéndolo, de esa forma como naturaleza, mientras se es un criminal en constante ataque/defensa, como es el rol principal; y es tan potente en sus designios, sobrellevando un guion contundente y sumamente consistente, que te llega irremediablemente a entusiasmar, entras en sus coordenadas y te descarrilas con ella como séptimo arte, hasta repetirla en la memoria, The fake (Saibi, en el original), como quien escupe al suelo y entra en un terreno nuevo, igual al retorno del protagonista, un ex convicto, vago, sujeto bruto más no estúpido y un maltratador familiar, a una pequeña villa donde se está cocinando una comunidad eclesiástica, con el favor e interés de donaciones para una iglesia (al punto que se habla de 144 mil lotes para la felicidad divina de su gente), manejada por un supuesto párroco ejemplar, milagroso y entregado a su fe, pero que esconde un pasado oscuro y suele padecer mucho o dejarse llevar producto de las circunstancias; y un publicista y gánster que lo manipula por detrás para sacar provecho del que es un negocio trucho, y que irá desencadenando en una imparable locura o frenesí que no dejará títere con cabeza, como quien anuncia una tragedia griega, que más tarde irá a cumplir con su destino (como se dice de los mismos personajes), lo que traducido son muchos muertos, bajo la especialidad de la casa, la de la parafernalia coreana en el género de acción, hachas o apuñalamientos, que si fuera éste un filme con actores de carne y hueso sería de los más impactantes y harto cautivante, de mucha mayor atracción que esa minoría que la celebra y la celebrará, o quizá sería de culto. Uno de esos grandes thrillers coreanos que tanto nos llenan de adrenalina e intensidad, y nos hace fanáticos de éste cine.

La trama invita a la insania o a la perdición a todos los involucrados, sobre todo de los entes activos, como a la desilusión y corrupción de los convencidos, partiendo de la lucha de un despreciable hombre que ni antihéroe podemos llamar ya que no anhela más que una venganza y una corrección a la que poco le importan los fundamentos (pelea la prostitución, pero trata como puta a toda mujer que se le cruza), siendo como un animal, un enajenado peligroso y temido en el pueblo (incluso sus amigos le tienen por mala persona), siendo capaz de enfrentar a este Don y su pandilla, a Choi Gyeong-seok, dada su inconsciencia, proclividad al daño, resistencia y temeridad, al haber tenido un altercado con el mandamás a razón de su comportamiento desordenado, de donde lo golpean con un ladrillo en la cabeza, lo que deriva en su ira ciega, propiciando continuos choques en que poco importa el altruismo, derribar un fraude, sino como este infiel argumenta, el lugar en donde solo uno debe quedar en pie, algo personal, por haberse metido con el tipo equivocado y viceversa, en dos bandos desiguales pero de semejante atrevimiento y convicción, en una rabia que en el protagonista, este ex convicto y “simple” residente de baja calaña de la zona, llamado Kim Mincheol, se vive mucho externamente hasta casi lo inverosímil, en una fijación monotemática de engañoso aspecto heroico, y que arrastrará a su única hija en colisión múltiple, entre lo automático, el abismo, la presión, la ganancia, la fe y lo primitivo, como a otros seres inocentes caídos en el mal (uno que no se justifica más que por el estado mental), en esa composición indistinta que será la batalla campal contra Choi Gyeong-seok.

El filme exhibe bastante osadía, seguridad y rotura de esquemas (como ser avasalladoramente pesimista, hasta concebir incluso una ironía en el remate, en el que el director Yeon Sang-ho deja en claro que su manifestación es la de un crítico destructor de la debilidad humana, quitándole al hombre en ese trayecto la esperanza mística; o en el dejar en total libertad a su criatura, a Mincheol, un ser repulsivo e hiper-salvaje, que uno aun amando a los antipáticos en el séptimo arte, como solemos decir, a éste lo dejamos ir, viéndolo completamente solo, como quien encuentra abandonado a un hijo en su total libre albedrio, predominando tanto la sustancia general), a un punto, ya que en el cine no existen al final reglas ni ortodoxia que valga contra la imaginación y el arte individual.

Un machaque ideológico-revolucionario si se quiere, si bien mucho estos tiempos son de descreimiento; y un extremismo de principio a fin, para lo que hay que tener suma paciencia, en que su honestidad, o la sugerencia de considerarla de esa forma, te terminan convenciendo de apreciarla como arte, valorando su magnífico guion, vista la convergencia conclusiva de sus tantas sub-tramas tan bien desenvueltas en su leitmotiv, la pasión humana, aunque no necesariamente pensemos como ella, en defenestrar a la religión, o ver al cristianismo como un engaño o solo un conducto para los incautos y necesitados de salvación.  

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