sábado, 26 de noviembre de 2011

Dies irae

Dirigida por uno de los cineastas más respetados del mundo Carl Theodor Dreyer, para muchos uno de los máximos exponentes del intelecto a disposición del cine. En ésta su obra nos remite a la cacería de brujas impartida con fiereza a comienzos de la edad moderna, para ser exactos el relato nos coloca en 1623 con la acusación de pacto con el demonio de la anciana Herlofs Marte. El reverendo Absalon Pedersson se convierte en su confesor como su juez y a sabiendas de haber ayudado a la madre de su actual joven y segunda esposa Anne de salvarse de la hoguera para contraer matrimonio con su hija la encuentra culpable obviando sus suplicas y recriminaciones ya que ésta cree fervientemente que a quien salvo era una hechicera a diferencia de ella.

La trama de la cinta nos recrea la persecución por herejía en un pequeño pueblo evangelista regido por su alta devoción religiosa dirigido por un poder eclesiástico que rige los destinos de la gente en donde Absalon es el más alto representante movilizando la obsesión por desterrar del mundo las prácticas oscuras en contra del nombre de Dios como suelen fundamentar en defensa de sus salvajes actos. Utilizan la inquisición y se valen de la tortura como del rumor para lograr confesiones que terminan impartiendo la pena capital en el más terrible sufrimiento, ser quemados vivos.

A ese fanatismo que mantiene a Absalom en constante meditación de sus propias acciones propiciadas por el juicio a Herlofs Marte, se siente culpable de haber obligado a su presente esposa a unirse en matrimonio a muy corta edad sin jamás consultarle y bajo larga diferencia generacional, se suma su fidelidad para con su iglesia de cara a elegir entre su deber para con ella y el favor que le ha entregado a su cónyuge. A su madre, la severa Merete no le queda duda de que su responsabilidad no es para con Anne a quien detesta haciéndolo notar sin concesión ya que siente que es la única gran falta de su idolatrado vástago y hará cuanto pueda para sacarla del camino.

El tema se embrolla con la llegada del hijo de Absalom de nombre Martin, un joven educado, recto y fiel a las creencias familiares que terminará quebrando su moral, el cual deberá hacerse cargo de una decisión, la fuerte disyuntiva entre él o el respeto por su padre, la fe o el amor siendo quizás ya demasiado tarde. En ese trayecto Anne descubre que puede ser vista en la misma señal de su progenitora, unos extraños ojos encendidos que la sindican de bruja con la gracia de manipular a cualquier ser vivo e invocar a los muertos, sin embargo confía en que su afecto sea retribuido. Absalom ve candidez e inocencia y confía en su mujer a pesar de la insidia que genera su energúmena ascendiente a la vez de absorberse en los dilemas que le exige su vestimenta cristiana. Anne saltará de la adustez a la vivacidad y no faltará a la exhibición de sus sentimientos colocando prioridades que le serán proclives a la desgracia.

El título de la película nos habla de un himno latino que quiere decir día de la ira que canta la petición de compasión y perdón, de la aceptación para ingresar al cielo frente al juicio final en medio del apocalipsis. Dreyer hace bien en utilizar dicha simbología que se hace clara aunque bajo la batuta de los hombres que se encargan de emitir veredictos en razón de salvar el alma humana. Retrato que se pliega a la época rodeando el filme de verismo ya que en realidad cabe la posibilidad de que exista en sus mentes la brujería, la fe no se discute si no se presenta como el sendero que todo lo subyuga, infringirla solo permite el pecado y es que el cineasta nos deja la tarea de analizar por nosotros mismos lo que vemos, no nos fuerza a pensar como él sino se maneja sutil, siendo el filme dinámico para haber sido filmado en 1943 y según la temática, tampoco busca ser muy europeo pero no se presenta predecible en su desarrollo o desenlace aunque los hechos yacen en el imaginario común, es decir que saca provecho de una situación manida para hacer una historia propia.

Las interpretaciones son solidas y son grata característica que agrega rasgos definibles en los personajes sin caer en la caricatura, los identificamos con facilidad en sus odios (la abuela), miedos (la condenada), pasiones (Anne), cavilaciones autocríticas (Absalom) y ambigüedades (Martin). El director danés maneja un bello blanco y negro con lucidas sombras al mismo estilo de los influyentes claroscuros de Michelangelo Caravaggio. Sugiere y se manifiesta tenue pero otorgando consistencia a los caracteres a la hora de mostrarse tal cual son, es un estilista que no se recarga y que da luz a las expresiones generando un ambiente incierto que recurre a lo imprevisto y da el giro donde menos se piensa con la impresión de hacerlo cuando quiere, aún ya habiendo tantas formas conocidas no deja de tener autoría sin que yazca mucha pompa a pesar del intelecto del narrador en confabulación con el espectador despierto.

martes, 22 de noviembre de 2011

Una noche con Sabrina Love

Basada en la novela del escritor argentino Pedro Mairal nos cuenta la historia de Daniel Montero (Tomás Fonzi), un joven de 17 años que vive en Curuguazu, un pueblo en el interior de Argentina, y que tras enviar una carta cargada de ternura logra ganar el premio mayor en un concurso televisivo auspiciado por un programa erótico, el cual es acostarse con la actriz porno Sabrina Love, la bella Cecilia Roth, que contaba con 44 años de edad muy bien llevados.

En una naturalidad característica nos despliega un personaje que debiera ostentar vulgaridad y en cierta medida no le falta, sin embargo en su lugar predominantemente se pega a la franqueza y transparencia de su personalidad como a la de su quehacer laboral cotidiano, trasmitiendo sensualidad y superficialidad sin caer en la mala broma imitativa teniendo algo de matiz que cae en un romanticismo, inocencia y un deseo de no juzgar con demasía a su modus vivendi, a fin de cuentas es lo que es sin tapujos y sin vergüenza, un ser humano más rodando en el mundo aunque es clara la intensión de otorgarle dignidad, sobrellevar la realidad y hacerla simpática pero otorgándole una que otra seña de identidad que remitan a su verdadera esencia, en ese sentido es un personaje entre verosímil y maquillado para que funcione con el juego admirativo y la ilusión afectiva que presenta Daniel. En eso quiere basarse el filme y suponemos que también la novela, brindarle sentimentalismo a la propuesta, es la iniciación sexual y el descubrimiento de la madurez de un muchacho despierto como bastante sensible.

A la par con la esperada noche de sexo con su ídolo resolviendo la aventura del viaje a la capital y la hazaña de amoldarse a su modernidad y liberalidad está el hecho de comulgar con un vinculo con su hermano mayor, quien ha defraudado el futuro que prometía pasando de recriminar a su padre su poca aspiración en el trabajo de vidriero para venirse a Buenos Aires en busca de su desarrollo personal a terminar siendo un mantenido por una pareja amorosa de mucho mayor edad, Julia (Norma Aleandro), fotógrafa profesional que no es eje importante en la historia y que no genera mayores controversias y es que el filme no pretende ninguna.

Todo el contexto está expuesto como que yace en la perfecta normalidad, como que no hay nada que discutir ni reflexionar, es tal como se ve en un ambiente pacífico, realizado y muy aceptado en la sociedad sin problemáticas, limitaciones o enemistades alrededor salvando al celoso productor que en exhibición de doble moral estando casado y explotando a Sabrina tiene algunos ataques de celos frente a la promiscuidad de su pareja.

En resumidas cuentas es asistir a la noche de iniciación sexual bajo especiales exigencias de un chiquillo pueblerino aunque poco lento a razón de no minimizarlo sino hacerlo artífice activo de un periplo nada sencillo realmente, que no ha perdido su calidez humana que es la base de la historia sino sería más fría, poco identificable y simple de lo que pretende, que además ostenta mucha suerte y tino para resolverse, ya que las circunstancias lo favorecen constantemente siendo licencias que ayudan a mover los hilos que se desean manifestar y es que tampoco se trata de hacer el asunto difícil más que familiarizar al espectador con el protagónico y entretenerlo con una anécdota magnificada.

Vivirá tres relaciones contradiciendo en parte la idea de su naturaleza de buen hombre que se le adjudica muchas veces -o en todo caso tiene carácter muy indulgente emotivamente-ya que se comporta como un lobo con piel de oveja aunque sin notarlo ni queriendo que sea tal pero que sus acciones lo sindican de esa manera o es que simplemente actúa sin pensar llevado por sus inclinaciones más básicas, la gracia de un bobo santamente afortunado, fuera de que se fuerce a volver al cauce ideal poniéndolo alterado cuando ve a Sabrina filmando una escena para adultos, para más tarde en última consecuencia mantenga su admiración en la despedida, dando a entender la verdadera cara de la película, la banalidad.

Daniel está entusiasmado con una actriz pornográfica más dulce, centrada y comprensiva de lo que debería y no solo se trata de evitar el estereotipo, a la vez de una relación veloz y efímera que solo se puede entender si la atracción y la desinhibición han perdido su elaboración tradicional para convertirse en cuestión de tomar lo que uno quiere sin ningún protocolo o seducción de por medio, lo que parece ser ya que un personaje, el extraño escritor vagabundo de poemas al estilo de Bukowski, dice que en Buenos Aires las mujeres son demasiado liberales, en la reportera idílica que vive como rica, y por último la chiquilla cándida y dulce que alimenta el lado humano del que se le quiere revestir.

De la cinta dirigida por el cineasta argentino Alejandro Agresti solo se puede sacar que parece el sueño del autor, no se trata más que buscar el placer pero como reza el filme sin perder los valores y creciendo, es la incongruencia más grande ya que no se evoluciona sin ver, sin entender, si no se observan responsabilidades, si no nos desengañamos, si la vida no nos presenta su rudeza, en el plano intelectual es ampliamente vacía pero vista como un periplo sensual tiene gracia, observar a Cecilia Roth en semejante personaje tiene gancho aunque incluso la noche prometida sea no solo rauda en el acto sino propia de un cuento de hadas y es que no queda más que dejarla con éste rótulo, atributo que la libera de cualquier carga que deje con absolutamente nada a la película teniendo a favor el ritmo, el retrato del padre de Daniel, la ambientación urbana (en la sala de baile con el tango, en el espectáculo con la música tropical), el cameo con Charlie García o la idea del encuentro sexual con la actriz porno.

Criadero, instrucciones para (no) crecer

Dirigida y escrita por la dramaturga peruana Mariana de Althaus en el teatro del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica. El lugar estuvo lleno en su apertura tras su suspensión y retorno. Nos involucra de lleno con la maternidad pero desde una óptica sin idealismos donde se ve a la mujer y a la persona a la par de su rol materno, se rinde homenaje tanto a abuelas, madres como a hijas y a toda dama capaz de ayudarnos a crecer en su rol de sostener y educar una nueva vida venida al mundo no solo para manifestar satisfacción y alegría sino entrega, dedicación y responsabilidad, perder una cierta independencia y en general enfrentarse a diversos problemas como el abandono, la ausencia de la pareja, o tratar de convertirse en la mujer maravilla capaz de cumplir con múltiples requisitos ante una sociedad y una femineidad que exige comprenderlo todo con éxito.

Con pequeñas muestras de ballet, tango, salsa, rock pesado, punk, tap dance, comedia, música entre otras variedades misceláneas para dar rienda a la exaltación de cómo la modernidad ve a la mujer en su figura de progenitora, con un aire desinhibido, espontáneo y fresco a ratos algo inconexos si bien toda ella entra a saco en la representación de la catarsis de absorber labores en casa, con el marido, la familia, con una misma y frente a la libertad de actos, muchas veces minimizada en su quehacer doméstico, sola de cara al mundo asumiendo hijos, con el deseo social imperante de sentar cabeza, de ser ecuánimes y no quejarse ya que una madre no lo hace sino coge el papel del desmedido afecto y esa aura de perfección romántica que no siempre va de la mano con la personalidad que también necesita y posee individualidad, que tiene sueños, que quiere divertirse, que tiene metas y que aspira actuar sin coerciones pero sobrellevando el amor maternal.

Tiene desde parodias hasta repasos por ideologías políticas, conflictos nacionales, movimientos como el hippie o puntualización de gobiernos desastrosos o contextos que se asoman a las vivencias personales. Es una obra festiva, desenfadada, irregular claro como toda manifestación desbordada, frenética, liberal, irreverente aunque termina siendo lucida, consciente y franca.

Se pintan paredes, se le pone una bolsita de papitas en la cabeza de un personaje, se recrea el dolor de la cesárea con un trozo de carne cortado dramáticamente, se bambolean en un columpio, se grita, se hace mímica del parto, usan altavoces mientras se mueven por la sala de teatro, se visten de niña de nido y se usa mucha creatividad al servicio de la imitación de estados psicológicos, pruebas del destino y remembranzas entre muchas anécdotas, pasado y auscultaciones vividas que han proporcionado las biografías de las tres actrices involucradas bajo la toma de la universalidad.

Para ello Alejandra Guerra, Lila Baluarte y Sandra Requena han prestado sus vidas para dramatizarlas y presentarlas al público, con sorna y a la voluntad voyerista de quienes asistimos como plantea la obra para ver la realidad más que la ficción si bien tiene de ambas al pasar por el tamiz de la dramaturgia de Althaus que ya demuestra que no solo le interesa mucho el tema sino lo ha cavilado con sabiduría en su sencillez explicativa y a la vera de su dificultad asumida diariamente, enseñando las curiosidades de personas comunes y corrientes pero con muchas audacias, cotidianidad y sorpresas que diríamos que se tratan de existencias intensas o novelescas llenas de matices que se relacionan mucho con el arte de criar a un pequeño ser humano en manos de quienes aprenden en el camino ya que a pesar de lo que se cree nadie viene con manual ni resulta fácil aunque lo parece de cara al afecto que soluciona cuanto tiene enfrente ya que exhibe sacrificio, tiempo, paciencia y un sinfín de cualidades poco reconocidas por tenerse por intrínsecas, mucho menos románticas de lo que se intuye y dispuestas a romper con los esquemas.

Tres actrices fusionadas en ávida interactividad que aunque solo se trata de un trío que presta sus experiencias lucen como la de muchas más. Tantas historias que hasta parecen inverosímiles en algún momento, con ayuda de videos y utilizando muchos accesorios para imitar idiosincrasias, desgracias, crisis aunque con el optimismo y la risa en constante presencia.

Alejandra Guerra es muy plástica, asumiendo inestabilidad y esfuerzo, simpática y bastante entusiasta sorteando riesgos en tantos cambios de imagen, multifacética en su performance develando varias danzas, idiomas y artes aunque sin llegar a una cuota exorbitante. Lila Baluarte tierna y algo boba en su caracterización, de aspecto físico suave aunque engañoso ya que termina siendo fuerte y muy práctica con mucha seguridad. Graciosas y sueltas ambas conviven en el escenario mayormente en movimiento mientras Sandra Requena luce algo freak, más estática, mucho más musical, tocando la guitarra con destreza, presta la voz a sonidos y acompaña con gracia ya que permite varias carcajadas con apenas intentarlo y por lo que se podía observar asumieron la batuta de producir una fiesta con toques de reflexión. Al salir podías escribir algo en una pizarra y había cervezas gratuitas, una velada entretenida de decente aspiración pero ante todo efectiva, saludablemente vitalista.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Confessions

A veces la venganza se convierte en la única salida al dolor, esa es la premisa que articula la película del cineasta japonés Tetsuya Nakashima. Yuko Moriguchi, una profesora de colegio secundario confiesa que dos niños de su clase, menores respaldados por la ley de no ser castigados con prisión por asesinato, han matado a su hija Manami y ni siquiera yacen condenados oficialmente ya que ha sido interpretado el incidente por un accidente, entendiéndose que la niña se ahogó en la piscina al caer, sin embargo la verdad sale a la luz por deducción y una concatenación perfecta, para que luego al poco tiempo llegue la admisión de boca directa. Ésta les dice a todo su alumnado que ha colocado la sangre de su pareja infectado de Sida en los envases de leche de a quienes solo señala como A y B, siendo el motor de muchas consecuencias que se remiten a un pasado bien solventado.

Su resolución desata la locura de uno que queda recluido en su casa abandonado higiénicamente ante la desesperación de su madre que lo cree un chico bueno a pesar de saber que es causante de la supresión de una vida culpando a todo menos a su vástago, y el otro sufre de hostigamiento escolar ante su indiferencia de lo que ha relatado su maestra públicamente la cual ha dejado su labor pedagógica tras su maquinación que no termina ahí sino mantiene en continuo reglaje y estira sus tentáculos hacia su reemplazo quien sin querer tortura con su presencia y su buena disposición a uno de los jóvenes criminales.

El desenlace continúa y se nos muestran las existencias de los dos malos elementos que aunque pequeños son dignos de temer tan igual a los peores peligros de una ruptura del orden establecido para la convivencia civilizada dentro de la sociedad. Uno corrompido por la ausencia de su madre teniendo grandes facultades intelectuales planea sucesos violentos que atraigan su atención mientras el otro simplemente ha sido manipulado debido a su carencia de escrúpulos, su simpleza y a su sentida soledad. Ambos están aparentemente acabados o no les importa su porvenir salvo en uno resolver el cariño faltante de su progenitora. Desde éste lugar tanto víctima como verdugos están viviendo el infierno dedicados a hacer daño ante sus propias justificaciones o a desparecer del mapa en el caso del monigote demente que solo sabe gritar y encerrarse en su habitación.

Moriguchi inicia las confesiones y con ella se suceden sus dos terribles creadores, luego también otros alumnos relacionados con ellos. En medio de una infelicidad emocional se hace hincapié en el deseo de acaparar miradas mediante la red social. También se busca satisfacer solo a uno mismo menospreciando al prójimo que se convierte en poco menos que un ente vacuo e insignificante que no nos importa. La maestra destruye la inspiración de su pareja condenada al sufrimiento que produce su enfermedad tanto como su anulado cariz familiar y quien no contiene rencor aunque poco peso origina en su entorno como implicando que el mundo es un sitio donde predominan los más inhumanos. Ella tiene obstruidos sus valores como su bondad para dar rienda a su ira, para no escuchar a ninguna consciencia atribuyéndose la justicia por sus manos frente a la imposibilidad de que tenga resarcida su pérdida de ninguna forma por una reglamentación judicial que permite engendrar salvajes homicidas amparados en el absurdo de no ser sometidos al orden general sino que se rigen en la impunidad.

Definitivamente la polémica está servida, no obstante la profesora no se gana nuestro respaldo aunque no faltará inclinación subjetiva minoritaria como cuando se juzga por dar un caso la pena de muerte y no podemos más que encontrarnos en un callejón sin salida frente a unas leyes que no controlan ni cuidan a los ciudadanos nipones. Es la recriminación del sistema a través de una ficción práctica de rechazo a los culpables en alusión a la exención del menor, en el que no es un cuento de hadas ni una enseñanza moral solo pura pasión desbocada en un ir y venir intenso con un canto a la estética de la violencia y el fanatismo más exacerbado en irresponsable mensaje que no deja de ser audaz por su atrevimiento en tocar un tema tabú en la gracia de la redención sacrílega.

No es de extrañar que el cine asiático aborde dicha trama en una vertiente que se adjudica el arte sin restricciones desde hace buen tiempo y que hace de su propuesta cinematográfica una perfecta demostración de subversión artística y originalidad. No es para ganar premios sino para tallar en el culto del espectador que se mete en ese limbo fantástico donde se entiende la imaginación como puerta al disfrute lejos de lo convencional, el que peca de entretenimiento de poca racionalidad abocándose a lo emocional, a lo primitivo.

La música que acompaña la película está en el idioma inglés, habría que ser más nativo ya que provee de una identidad que se respeta más a la hora de apreciar el lenguaje de una cultura, porque uno quiere ver algo distinto y no repetir la fórmula en todas partes, clara contradicción de lo que estamos viendo que ha ganado tanto seguidor de su cine por la muestra de su perspectiva afín a su idiosincrasia. Y aunque se deja en el aire una “falla” la trama y su forma otorga renombre y señas a su procedencia como viceversa. Se trata de un pequeño gran filme aunque sus recursos lo sobredimensionan.

Cosecha, trilogía de las altas llanuras

Pieza teatral dirigida por el sólido y prolífico cineasta peruano Francisco Lombardi basada en la obra del dramaturgo americano David Wright Crawford, puesta en el teatro de la Alianza Francesa. Consta de tres partes continuas de un solo acto cada uno que retratan las distintas edades progresivas del granjero Rick Chills.

Nuestro protagónico hace 5 años está casado con Dani, una mujer que un día decide irse ya que para Rick es más importante su propiedad, su identidad rural y su pertenencia a ese mundo que aunque no le sonríe lo motiva y emociona en un legado que pasa por generaciones. Más tarde a los 42 años hay un dolor y una soledad que no han sabido curarse pero que no lo ha limitado en el éxito ya que su fama lo sindica como el más prospero terrateniente de Texas, sin embargo es un hombre hostil y ermitaño que al conocer a la audaz Angy Taylor, dama que viene a ofrecerle sus servicios profesionales e indagar sobre él, terminará formando un vínculo afectivo con ella. Por último a los 65 años vemos a un Rick enfermo del corazón que tiene que decidir dejar esa vida que lo absorbe y lo seduce movido por una oferta de su hija, a la vez que recibirá la visita de su pasado inconcluso.

En las tablas vemos a ocho actores, en orden de presencia Rick es interpretado por Diego Lombardi a ratos siendo dulce y a otros momentos perdiéndose en la efusividad con alto tono de voz defendiendo su posición de no dejar su sueño de sacar adelante su granja aún a costa de varios fracasos, una ajustada condición económica y sacrificar a su pareja. Le sigue Javier Echevarría, un díscolo hombre triunfante que no quiere ceder ante ninguna relación amorosa. Y para cerrar el actor fetiche de Lombardi, Gustavo Bueno, en un terco aunque tratable pero envejecido personaje dispuesto a reconciliarse con la duda del principio. Aquí puede resultar ligera su falta de resentimiento pero se puede entender como que se siente satisfecho con haber optado por sus convicciones.

Con ellos en el escenario las tres mujeres de su vida, Dani Chills en la joven Karina Jordán, decidida y desilusionada solo quiere huir dejando todo atrás por lo que se jugará la realización amorosa en su existencia. Y de mayor en la experimentada y desenvuelta actriz nacional Ana María Jordán, que madura solo busca ver que dejó atrás, quien es actualmente como ser humano el que fue su gran amor. Otra es Angy Taylor la que pretende rectificar un camino, en Denise Arregui, mención especial de su dulzura y simpatía con lo que se hace creíble que pueda ablandar el corazón de un apasionado de su trabajo. Y Maggie Falls, en Natalia Cárdenas, la descendiente de Chills de fuerte estructura y despierta expresividad, que en primera oportunidad viéndola deja grata satisfacción.

Para completar el reparto una actuación secundaria y quizás intrascendente en la trama pero bien ejecutada por José Tejada como el vecino que laboró arduamente con el progenitor de Rick, sosteniendo unas maneras que se ven agrestes y que aún siendo accesorio fue el que mejor dio credibilidad al concepto de hallarnos metidos entre gente de campo, trasmitiendo sencillez y compañerismo.

La obra dramática invoca la decisión entre el amor y los sueños, en la pertenencia a un lugar o no, en cómo influyen las convicciones en los seres humanos y en esa determinación que nos invoca sacrificios, en como el tiempo nos trata y en tener que escoger si pasar o no a otro ámbito ante la eterna disyuntiva bajo presión. Postulados sencillos y accesibles, trama fácil de seguir aunque no menos trascendente en los pensamientos a los que remite como el desprendimiento, la ambigüedad, la identidad, la pasión, la vejez o la soledad entre otros que nos involucra con temas tratados con mucha armonía y en control de quien está seguro de lo que dice como nos hace creer Wright y Lombardi en un entretenimiento calmado que se mueve en el trato sentimental en relación con su máximo personaje.

Como expresa el director no nos aboca introspectivamente a un territorio sino a lo universal en el espíritu humano o a nuestro espacio mental. Dignificando al campo aunque como lo dicho buscando en el interior de los hombres bajo el ejemplo de un individuo a través de demarcar sus prioridades personales muchas veces tan difíciles. Una verdadera lección de existencialismo optimista y realista que a pesar de tantos golpes arteros no nos destruye sino nos permite evolucionar.

Imagen: Tercera parte con Dani, Rick y Maggie.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Luz de gas

Una joven atractiva abandona la casa de su tía que la ha criado, tras hallarla estrangulada sin tener a ningún culpable. Es el comienzo que articula George Cukor de su cinta de 1944 llamada Gaslight. Una carroza que se aleja despacio, una noticia en el periódico y unas pocas palabras alentadoras que le piden que supere lo acontecido, que siga adelante, unos ojos súbitamente profundos e insondables.

La dama en otro país se enamora y regresa a la vivienda del crimen con su nuevo marido, a la 9 de Thornton Square, sin embargo en su hogar empiezan a pasar sucesos extraños que solo ella identifica como escuchar constantes ruidos en el techo o el descenso del gas en las lámparas a cierta hora, agregando olvidos, pérdidas y cambios de lugar de objetos que relativizan la cordura de nuestra protagonista. Sobre ésta se cierne la sombra de la difunta que fue una cantante famosa de buena condición social, muy admirada por su belleza y generosidad. El pasado de Paula Alquist (Ingrid Bergman), la sobrina, alberga familiares directos de locura y poco a poco empieza a cuestionarse si está perdiendo la razón.

Su cónyuge, Gregory Anton (Charles Boyer) desconfía de sus palabras por los hechos que pasan, raros sucesos que acaecen a su alrededor que la tildan de cleptómana y de tener alucinaciones aunque trata de ayudarla consolándola en aquella “prisión” señorial que la aísla del mundo, mientras pasa vergüenzas con una de las criadas, una irrespetuosa y liberal muchacha de nombre Nancy (Ángela Lansbury). En medio de esa soledad, miedo e inseguridad Paula trata de no volverse loca mientras el espectador saca sus conclusiones a temprano tiempo no sin perder su expectación requiriendo unir los cabos que esconde la trama y que a medida que se incrementa el clímax de la película con mayor ímpetu uno quiere responder.

George Cukor, director de ésta notable obra maestra del género de terror, nos pone el misterio a la orden y nos coloca dos circunstancias principales a indagar, el homicidio de Alice Alquist en una Londres de bello blanco y negro, neblina y lúgubres calles vacías, como la posible insania de Paula, interpretación que le valió el Oscar a Ingrid Bergman.

Junto con ella está Charles Boyer, en una impecable actuación como un distinguido pianista de grave acento y ojos penetrantes que hace un festín de encanto y arrebato en rápido cambio. Su papel parece de aquellos que ponen figura a un actor para siempre, un elogio de asertividad y total mimetización. También Bergman seduce con su delicada hermosura indefensa ante el contexto que la embarga y la jalonea con libertad hacia el abismo. Y como no puede haber una chica en peligro sin que algún caballero andante -el segundo en disputa- trate de rescatarla de esa oscuridad, aparece la presencia de un policía de Scotland Yard, Brian Cameron (Joseph Cotten) que atraído por recuerdos de infancia, un caso que le interesa y deslumbrado por el parecido de Paula con su tía quiere aproximarse a ella.

La dirección de Cukor es clara y sin trampas, desde el principio nos pone en el tramo y no nos hace tan participes de nada sobrenatural aunque se puede pretender algo de ello, en todo caso los elementos no son espectaculares siendo afín a la mesura y sutileza que nos pone a dudar de Paula. Es una película convencional, sin violentas sorpresas ni torceduras, que basa su trama en el trato y en la interacción de sus talentosos artistas, entre Boyer y Bergman que dan la emoción al pie del cañón, juzgando en contra a Paula o a favor de su sensibilidad y de su recato, que en último momento solo queda armar el cuadro que relacione y que justifique el motivo del homicidio, de a conocer al asesino o las demás incógnitas en una creación entretenida y bien hecha sin estridencias pero con amague. En eso no tiene nada que envidiar a ninguna otra propuesta en el género. El final llega y cierra el círculo en franca calma.

El aspecto del romance se oscurece veloz con la precipitación al enigma pero tiene parte en el filme cuando Paula le dice a su maestro de canto que está completamente apasionada por alguien como para dejar su vocación musical. Ávida de felicidad expresa lo que siente en el corazón hasta más tarde queriendo cumplir el sueño de su futuro marido de vivir en Londres coincide con la tristeza ocurrida hace 10 años atrás cuando dejó la ciudad para rehacer su vida en Italia.

El relato mezcla muy bien lo serio -que no remito a la dificultad del filme, ya que éste es uno bastante amable, teniendo facilidad para cautivar al espectador- con lo ligero, en la elegancia natural y el convencimiento argumental, la auto-consciencia y su trasmisión perfecta bajo la fluidez narrativa. Mientras se atiene a pequeños gestos, tomando total consciencia de las performances que lo avasallan todo a su paso, ligadas mayormente al interior de la intimidad de esa casa que es participe de conjeturas y de las huellas de un caso sin clausurar, de más de una obsesión, del pánico que acude a Paula desequilibrándola, y en ese punto nos preguntamos por esa carta escrita dos días antes de la muerte de Alice o por un regalo a un admirador desconocido.

La cura en Troya

Seamus Heaney
Obra dramática presentada en el teatro del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica dirigida por el director nacional Jorge Guerra. Perteneciente al Premio Nobel de 1995 Seamus Heaney que la adapta libremente de la tragedia Filoctetes de Sófocles. Cuenta con seis actores, el personaje principal recae en Alberto Isola como Filoctetes, con él está Carlos Tuccio como el legendario Odiseo y como Neoptólemo, el hijo de Aquiles, yace el prometedor Jorge Armas, después los secunda un coro de tres mujeres, Jimena Lindo, Sofía Rocha y Andrea Van Zuiden.

La historia central retrata a un Filoctetes abandonado en la isla de Lemmos a causa de una mordedura de serpiente en una pierna que despierta desagradables olores como su mal genio y que llevó a Odiseo a dejarlo atrás, pero una vez necesitado su favor producto de tener un arco mágico que le fue entregado por Hércules van en su búsqueda. En el trayecto el astuto y un poco vil Odiseo trata de convencer a un idealista Neoptólemo de acercarse a Filoctetes con intensiones de que consiga el mágico instrumento de guerra. Todo parece fácil de ejecutar, sin embargo la honestidad del hijo de Aquiles hará las cosas más complicadas para los deseos de los griegos que ansían tomar Troya con la benevolencia de dicha arma que quieren tener a toda costa. Filoctetes está lógicamente resentido y guarda un amplio odio en su alma que lo mantiene en la duda de su proceder hacia la victoria de sus compatriotas encabezados por el mítico Odiseo que aquí es desdibujado de su carácter noble por aspiraciones políticas. En la lucha interior de Filoctetes se desata el magma de la trama.

La presente performance colectiva tiene a un coro danzando y moviéndose coreográficamente mediante sillas y hacia el ambiente libre, lo cual hay que decir que da un tono más estético a una puesta que de por sí tiene un estado lírico ya que el autor es poeta por antonomasia y que con éste atributo la rescata de un lugar en parte plano en cuanto a intensidad visual a pesar de los conflictos entre los tres protagonistas centrales, sin embargo hay que recalcar que distraen mucho, observarlas significa perder una cierta ilación que necesita el espectador en el diálogo romántico y denso escenificado que aunque con un leitmotiv notorio alberga varios vaivenes y giros argumentales que despiertan pensamientos que no están muy distantes de la contemporaneidad occidental y más próximos a la realidad de Irlanda del Norte que es la sociedad a la que le dedica como patria su análisis artístico Seamus Heaney. Dicho esto, el público debe “padecer” esa combinación sacrificando un deleite por otro o en todo caso lo más recomendable turnar su atención dando preferencia claro al relato.

De las tres damas a pesar de que Andrea Van Zuiden es coreógrafa con cierta ductilidad en sus movimientos y que Sofia Rocha despliega un buen segundo personaje en un emisario griego, la que más destaca es Jimena Lindo con una contorsión y plasticidad corporal en constante control que nos refiere sobre su persona una aventajada procedencia como bailarina.

Las vestimentas modernas a pesar de la relación con el presente en símbolos del pasado parecen desentonar en Odiseo y Filoctetes. Si bien el teatro no necesariamente equipara imágenes se hace arduo poder imaginar en Tuccio a Odiseo. Isola por sus grandes dones artísticos aún en su voluminosa figura y su ropa nos permite olvidar en parte esa cierta incompatibilidad del contexto con lo visual. Además su figura no se rige con tanta fuerza a antecedentes como Odiseo. Neoptólemo en cambio sí nos ubica en el tiempo.

El escenario se podría decir que casi ha sido inexistente para ésta realización y se uso lo menos posible por lo que se ve, hay una pantalla de proyección que no añadió demasiado al concepto y algo más. Otro punto ha sido la duración de la obra que como máximo llega a la hora siendo breve, el disfrute se escurre de las manos casi sin darnos cuenta y se diría que se hace poco aunque se saca mucha sustancia a un tema pequeño en la decisión de Filoctetes de irse o no con los griegos enviados por Odiseo y se arma un espectáculo mayor avalado por el ingenio de un Nobel y la manipulación exitosa de un clásico. Y con ese placer salimos de la sala.