domingo, 13 de noviembre de 2011

Confessions

A veces la venganza se convierte en la única salida al dolor, esa es la premisa que articula la película del cineasta japonés Tetsuya Nakashima. Yuko Moriguchi, una profesora de colegio secundario confiesa que dos niños de su clase, menores respaldados por la ley de no ser castigados con prisión por asesinato, han matado a su hija Manami y ni siquiera yacen condenados oficialmente ya que ha sido interpretado el incidente por un accidente, entendiéndose que la niña se ahogó en la piscina al caer, sin embargo la verdad sale a la luz por deducción y una concatenación perfecta, para que luego al poco tiempo llegue la admisión de boca directa. Ésta les dice a todo su alumnado que ha colocado la sangre de su pareja infectado de Sida en los envases de leche de a quienes solo señala como A y B, siendo el motor de muchas consecuencias que se remiten a un pasado bien solventado.

Su resolución desata la locura de uno que queda recluido en su casa abandonado higiénicamente ante la desesperación de su madre que lo cree un chico bueno a pesar de saber que es causante de la supresión de una vida culpando a todo menos a su vástago, y el otro sufre de hostigamiento escolar ante su indiferencia de lo que ha relatado su maestra públicamente la cual ha dejado su labor pedagógica tras su maquinación que no termina ahí sino mantiene en continuo reglaje y estira sus tentáculos hacia su reemplazo quien sin querer tortura con su presencia y su buena disposición a uno de los jóvenes criminales.

El desenlace continúa y se nos muestran las existencias de los dos malos elementos que aunque pequeños son dignos de temer tan igual a los peores peligros de una ruptura del orden establecido para la convivencia civilizada dentro de la sociedad. Uno corrompido por la ausencia de su madre teniendo grandes facultades intelectuales planea sucesos violentos que atraigan su atención mientras el otro simplemente ha sido manipulado debido a su carencia de escrúpulos, su simpleza y a su sentida soledad. Ambos están aparentemente acabados o no les importa su porvenir salvo en uno resolver el cariño faltante de su progenitora. Desde éste lugar tanto víctima como verdugos están viviendo el infierno dedicados a hacer daño ante sus propias justificaciones o a desparecer del mapa en el caso del monigote demente que solo sabe gritar y encerrarse en su habitación.

Moriguchi inicia las confesiones y con ella se suceden sus dos terribles creadores, luego también otros alumnos relacionados con ellos. En medio de una infelicidad emocional se hace hincapié en el deseo de acaparar miradas mediante la red social. También se busca satisfacer solo a uno mismo menospreciando al prójimo que se convierte en poco menos que un ente vacuo e insignificante que no nos importa. La maestra destruye la inspiración de su pareja condenada al sufrimiento que produce su enfermedad tanto como su anulado cariz familiar y quien no contiene rencor aunque poco peso origina en su entorno como implicando que el mundo es un sitio donde predominan los más inhumanos. Ella tiene obstruidos sus valores como su bondad para dar rienda a su ira, para no escuchar a ninguna consciencia atribuyéndose la justicia por sus manos frente a la imposibilidad de que tenga resarcida su pérdida de ninguna forma por una reglamentación judicial que permite engendrar salvajes homicidas amparados en el absurdo de no ser sometidos al orden general sino que se rigen en la impunidad.

Definitivamente la polémica está servida, no obstante la profesora no se gana nuestro respaldo aunque no faltará inclinación subjetiva minoritaria como cuando se juzga por dar un caso la pena de muerte y no podemos más que encontrarnos en un callejón sin salida frente a unas leyes que no controlan ni cuidan a los ciudadanos nipones. Es la recriminación del sistema a través de una ficción práctica de rechazo a los culpables en alusión a la exención del menor, en el que no es un cuento de hadas ni una enseñanza moral solo pura pasión desbocada en un ir y venir intenso con un canto a la estética de la violencia y el fanatismo más exacerbado en irresponsable mensaje que no deja de ser audaz por su atrevimiento en tocar un tema tabú en la gracia de la redención sacrílega.

No es de extrañar que el cine asiático aborde dicha trama en una vertiente que se adjudica el arte sin restricciones desde hace buen tiempo y que hace de su propuesta cinematográfica una perfecta demostración de subversión artística y originalidad. No es para ganar premios sino para tallar en el culto del espectador que se mete en ese limbo fantástico donde se entiende la imaginación como puerta al disfrute lejos de lo convencional, el que peca de entretenimiento de poca racionalidad abocándose a lo emocional, a lo primitivo.

La música que acompaña la película está en el idioma inglés, habría que ser más nativo ya que provee de una identidad que se respeta más a la hora de apreciar el lenguaje de una cultura, porque uno quiere ver algo distinto y no repetir la fórmula en todas partes, clara contradicción de lo que estamos viendo que ha ganado tanto seguidor de su cine por la muestra de su perspectiva afín a su idiosincrasia. Y aunque se deja en el aire una “falla” la trama y su forma otorga renombre y señas a su procedencia como viceversa. Se trata de un pequeño gran filme aunque sus recursos lo sobredimensionan.

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