Ésta película rumana, perteneciente a Constantin Popescu, es
sencilla, como suele ser éste cine de la vida común, el cine rumano. Se trata
de la desaparición de una niña, cuando su padre, Tudor (Bogdan Dumitrache), la
lleva al parque. En adelante es el sufrimiento y la desintegración que repercute
en su núcleo familiar y en especial en él. Tudor se siente culpable, su mujer
se lo enrostra y se mantiene separada por ésta razón. Tudor en soledad empieza
a buscarla con ahínco y a enloquecer. Las averiguaciones policiales son lentas
y burocráticas, por lo que Tudor empieza a hacer su propia investigación. Unas
fotos le hacen creer en un sospechoso y el filme se vuelca a ésta esperanza.
Pero el filme de Popescu, que dura 2 horas y media, no retrata un thriller ni
la imaginación que suele habitar en este género, por lo que quedaremos
horrorizados con el devenir del filme, que cruel, pero realista seguramente a
más de uno le impactará. Ésta obra es muy lenta, pudo ser mucho más corta, pero
con todo ese tiempo hace ver el penoso trayecto por el que pasa Tudor, como va
enfermando, como la culpa y el dolor lo absorben. A muchos filmes les cuesta
trasmitir una especial tristeza, pero el largo tiempo que se toma el presente
lo deja bastante claro, su parsimonia suerte el efecto esperado. Hay secuencias
más largas de lo acostumbrado, como las de la desaparición del parque, muy bien
posicionadas que dejan ver bien el movimiento de sus elementos en pleno, aunque
así costará más aguantar la propuesta. Es un filme que uno puede pensar en Taxi
Driver (1976), pero al estilo rumano.
jueves, 31 de mayo de 2018
When Pigs Come
La directora serbia Biljana Tutorov se enfoca en Dragoslava
Aleksic, una señora robusta muy aficionada a la política. Ella dice que esto es
un deber de todo ser humano, tener siempre presente a la política. Lo suyo es
muy lógico, con un país convulso como Serbia. Tutorov tiene presente 2 cosas en
su documental. Una es ver la cotidianidad de la familia de Dragoslava, que
tiene parentesco familiar con la directora. La otra es vigilar a los
gobernantes de su país, en lo que sigue el andar del primer ministro Aleksandar
Vucic hasta convertirse en presidente. Tutorov mediante Dragoslava desconfía
del cambio de Vucic, a quien señala que fue ministro de información de Slobodan
Milosevic, y no le cree que quiera movilizar al país hacia ser parte de la
Unión Europea como clama el discurso de Vucic. La repulsión de Dragoslava, una
mujer democrática y bien pensante, tanto como combativa y de obrar, no sólo
pasa por Milosevic, y por ende hacia Vucic, llega hasta la mención de Josip
Broz Tito, dictador de Yugoslavia, de corte socialista. Dragoslava es abuela,
pero es una mujer muy dinámica, de espíritu joven. En el aspecto familiar del
filme la vemos como organiza su vida diaria, como viaja con sus amigas a otros
países por diversión. Su marido es un hombre de perfil bajo, más dócil.
Dragoslava es la protagonista del documental. Ella es de hablar bastante, y
aunque sabe pasarla bien, como relajarse con sus amigas, comer sus buenos
postres o pasear en bicicleta, tiene a la política como fijación. Le habla a su
nietos de esto, en lugar de contarles cuentos les enseña de historia, de los
gobernantes y las transiciones. También trabaja en las mesas de votación vigilando
las elecciones, y hasta participa de marchas contra el gobierno. El filme
finaliza diciendo que las elecciones para presidente, donde ganó Vucic, fueron
fraudulentas, hubo muchos votos fantasmas, de lo que sale a la luz el motivo
del filme, su aversión por los malos políticos, cuando el país está dormido,
gracias también a la manipulación de los medios.
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séptimo arte
miércoles, 30 de mayo de 2018
Nunca pasa nada
Nunca pasa nada (1965), del español Juan Antonio Bardem, nos
remite a un doctor, Enrique (Antonio Casas), que lamenta su vida, que siente
que no ha hecho nada importante, y que incluye sus conquistas, hasta que un
día, una francesa (Corinne Marchand) cae enferma y es atendida por él. El
flechazo es inmediato para el doctor que trata de retenerla a toda costa a su
lado. Como el lugar donde se encuentran es una pequeña ciudad muy pacata ésta francesa
es la comidilla de las habladurías, producto de que es una vedette de cabaret y
trae la sensualidad y el desparpajo a ésta pequeña ciudad española.
Corinne Marchand -la actriz de Cleo de 5 a 7 (1962)- es una
rubia muy bella, tiene porte y elegancia, por lo que no se ve vulgar en ningún momento,
pero Juan Antonio Bardem la hace rebelde en el lugar de manera más inteligente,
sin caer en lo barato. No solo tiene una relación de infidelidad con el doctor
a oídos de todos los chismosos sino que suele ir a bares y a lugares poblados
de hombres del pueblo y echar a bailar música moderna aplaudida por todos. No hay
bajezas en ella, pero si mucha espontaneidad, mucha comunicación con su carácter
festivo. No usa ropa atrevida, pero como es bella y alta es el centro de
atención.
La esposa de Enrique, Julia (Julia Gutiérrez Caba), es una
mujer muy tranquila, una esposa típica, obediente, silenciosa, aguantadora.
Pero despierta la atracción de un joven profesor de francés, Juan (Jean-Pierre
Cassel), que va a darle clases a su hijo, y no pierde la oportunidad de
acercarse a ella con el pretexto del mutuo aprecio por la poesía. Esto da la
idea de que ella aunque es muy formal y humilde también despierta pasiones como
cualquier mujer, aun cuando su marido es déspota y machista y la ningunea como
mujer.
En ese cuadro las relaciones se mezclan aún más cuando la
francesa conoce al profesor de francés y siente atracción por él. Ella es
coqueta y acepta andar con el doctor, pero éste está obnubilado con su belleza y
libertad, que por supuesto luego le molestará, sentirá celos. Bardem es muy
audaz y entretenido con las relaciones que fomenta, hay mucha química, carácter
y simpatía de parte de todos sus protagonistas. Se da mucha magia clásica en su
película, como la dificultad de entender los idiomas, que aporta.
El filme hace en buena parte insoportable a Enrique, que es
el típico macho egocéntrico y abusivo, mientras a su mujer la hace ver muy sana,
pero le da un diálogo donde ella se defiende bastante bien. El filme tiene un
aire aun no tan feminista –especialmente con la esposa dócil y de corazón muy
grande-, pero sí defiende la libertad femenina a un punto con la francesa, que
se explaya muy bien defendiendo su juventud, en un llamado contra los regímenes
castradores de libertades, proponiendo no liberalidad, sino algo básico, el
derecho a ser libres.
Recordemos que la francesa jamás cruza la línea de lo obsceno
o vulgar -hasta hay una escena donde al meterse un hombre y una mujer a una
habitación alquilada es momento de broma por ser tachados de sinvergüenzas-;
además el manejo de la infidelidad está tratado con delicadeza, hasta lucen
como chiquillos románticos y divertidos. En un momento efectivamente vemos a la gala como banal
y avispada, pero luego rechaza ser comprada, se nota enamoradiza e inocente.
Bardem golpea a todo el mundo, salvo a la francesa, ya que
su espontaneidad no presenta cortapisas, habladurías sí por montón, pero ella
como un huracán se ríe de todo, es a quien no le importa ésta ciudad y se va a
ir de todas maneras, los demás están amarrados de alguna forma, y sojuzgados a
sus idiosincrasias, creándose un cierto aire melancólico, suave, cuando el
filme mayormente es festivo. Bardem siente pena hasta del abusivo Enrique, que
grita como un toro. El final es hermoso, aunque está sujeto a las convenciones
del pasado. Aunque la resolución es clásica el director español apuesta por la juventud, con la
intromisión de lo francés, la libertad, el amor con pasión, la promesa y la
fuga.
Manchas de sangre en un coche nuevo
Un hombre, Ricardo (José Luis López Vázquez), dueño de una
empresa de restauración de arte, un tipo con mucho dinero, recibe de cumpleaños
un auto nuevo de parte de su esposa, Eva (Lucia Bosé). Cuando va de regreso a
su casa avista un accidente de auto y escucha que alguien le dice que salve a
su hijo, a un niño, pero Ricardo, al ver mucha sangre en el brazo del hombre
que clama por ayuda, banalmente piensa que va a estropear su carro nuevo y
decide irse. Al poco rato el auto del accidente explota, se incendia, mueren
los que yacen dentro. Éste es el disparador y eje del filme del español Antonio
Mercero, la culpa.
En adelante Ricardo queda traumatizado con el accidente y su
falta de escrúpulos, verá unas manchas de sangre imaginarias en su auto a cada
rato. A esto se suma otra pequeña fijación y
misterio, el regalo de unas flores amarillas de un anónimo admirador
hacia su esposa. Para sumar algo más, Ricardo tiene una bella amante, María (May
Heatherly). Éste es un filme muy básico, que toma una pequeña parte de Muerte
de un ciclista (1955) para hacer una nueva película –con la misma actriz-, que
es cine de género, pero que tiene muy poco de terror, es muy tenue. El tema del
filme realmente no es nada del otro mundo, pero resulta coherente al ser capaz
de destruir a alguien al obsesionarse y entrar en el ámbito de la
locura.
El filme es entretenido, genera atención, aun moviéndose por
muy pocos elementos y sin mayores sustos, tanto como por un eje magro. Cierto que
la muerte de alguien puede trastocarnos –sobre todo al incluir a un menor-,
además de que estaba en nuestras manos salvarles, pero como dice un diálogo del filme, muchos hubieran hecho lo mismo, a ese punto llega nuestra
banalidad e indiferencia como humanidad. No obstante María más sensible se pone del lado de entender el
desequilibrio de Ricardo. Como sea, se engrandece ese motivo.
Lo que Mercero agrega con las flores puede entenderse como parte de la
ambigüedad sexual que circunda por toda la propuesta, pero que no tiene mayor
importancia, no mucho por nuestro actual tiempo, aunque para la época pudo sonar más
audaz. Igualmente los momentos de miedo propuestos por el viento y la lluvia o la noche en
el local con las antigüedades se perciben vacíos, meros efectismos sin profundidad
alguna. El filme tiene mucho dramatismo psicológico que avanzado el metraje puede
llegar a agotar por su simplicidad y redundancia. Pero esto algo se matiza con la
relación sensual con María. Se deja en el aire que Ricardo es una mala persona,
un cínico, representando a muchos, pero su consciencia desmiente un poco esto,
aunque se le siente indolente en su infidelidad, con una persona que parece
contradictoriamente una buena mujer, en comparación a una Eva más superficial,
más depredadora.
sábado, 26 de mayo de 2018
The Voices
The voices (2014), una película en solitario de la cineasta franco
iraní Marjane Satrapi, la directora de Persépolis
(2007), nos habla de Jerry (Ryan Reynolds), un tipo solitario que tiene problemas
mentales, y que al sentirse sólo deja de tomar la medicina y se vuelve un
peligro para la sociedad, para cualquiera. En su locura oye hablar a su gato y
a su perro, la maldad y la bondad respectivamente, o el sarcasmo y la ñoñería
igualmente. Dejar la medicina permite escucharlos. Cuando Jerry yace
abiertamente en la locura hay como un mundo mágico a su alrededor, embellecido,
por más contradictorio que suene. En cambio cuando está cuerdo ve lo horrible
del mundo, se deprime por su soledad, como el caso en que toma el medicamento y
ve que su hogar es un cuchitril pestilente por los trozos de cadáver que
guarda.
La propuesta de Satrapi tiene un problema, nada entre dos
lugares y no define muy bien ninguno, por lo que cuesta compenetrarse, uno no
sabe si reír o llorar. Jerry tiene una existencia lastimera, ha sido un niño
traumado, ha aprendido o heredado la locura de su madre, y aguantado mucho el
abuso y humillación de su padre. Cree que cuando la gente sufre, o está herida,
debe parar de sufrir, por ende, morir. Esto le viene por su madre. Ese último
deseo macabro hará que Jerry pierda la perspectiva y se vea como un monstruo,
lo que generará su primer asesinato. Esto llegará hasta las últimas
consecuencias porque Jerry no sabe enfrentar el dolor. Ryan Reynolds es un
actor muy simpático, carismático, y Jerry tiene eso, parece una persona dócil y
encantadora, pero en realidad es un peligroso asesino en serie.
El filme tiene esa combinación contradictoria, Jerry por un
lado parece buena persona, pero mata salvajemente, despedaza a sus víctimas y
luego decapitadas las guarda en el refrigerador. En un momento el perro lo pone
en claro, Jerry eres una mala persona. Pero el filme de Satrapi siempre hace
ver a Jerry amable, tranquilo, sonriente, y un tipo que destila lastima. Encima
agrega humor negro que es chocante de digerir. Matar parece algo superficial. Ser
un asesino en serie también. Parece el filme justificar a Jerry, lo cual hace
absurdo al filme.
Esta obra es curiosa y llamativa, con su mezcla central
entre humor y terror totalmente extravagante, y el tono que es toda una rareza,
porque por momentos se burla sin piedad de lo que vemos, y en otros momentos el
dramatismo, la oscuridad y seriedad está por completo en las escenas que
recordamos los traumas infantiles del protagonista. Pero el filme pudo ser
mucho más coherente escogiendo una perspectiva, pero así como está se nos
complica. ¿Cómo puedes compadecerte de Jerry si matar es cosa de juego, de banalidad,
de burla?
¿Es un asesino en serie una pobre alma que mata por traumas
y sentirse marginado? Esta empatía es muy inadmisible. Incluso hasta el final
Jerry parece un mártir del dolor, mientras sus victimas destilan comentarios irónicos
en favor suyo. En un momento el filme plantea la comedia romántica, y luego
pega el salto brutal y carnavalesco. Es un filme plagado de insania. En ese
sentido Reynolds aporta a la contradicción, por ser un tipo cómico y sarcástico.
Parece un mensaje irresponsable, superficial, aunque el cine como arte siempre
merece libertad. Puede que creer que reírnos de todo no siempre surta el efecto
esperado.
El filme como terror hubiera funcionado mejor, tiene mucho
material para ello, pero todo apunta al humor negro, tampoco Reynolds parece el
idóneo para el papel, aunque no por mal actor. Los momentos serios en esta
película que pretende ser irreverente y jocosa con algo duro desconciertan. En
un momento Jerry planea su segundo asesinato, pero la velada que tiene todo de
perversa, la lleva a donde murió, se suicidó violentamente con ayuda, su madre,
una casa tenebrosa, le toca la fibra sensible, por lo tanto -en un tono final de
humor y romance- deja el cuchillo con la que la iba a matar y descuartizar cuando
salen de la mano.
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El vendedor de orquídeas
Éste documental es del director de Desde allá (2015), la que
fuera ganadora del león de oro, premio mayor del festival de Venecia, del
venezolano Lorenzo Vigas. Está dedicado a su padre, el pintor Oswaldo Vigas. En
éste filme el vendedor de orquídeas es un cuadro que se le ha perdido a Oswaldo
Vigas y tiene un vínculo especial con él y con lo que propone esta propuesta.
Es un filme sobre la familia de Lorenzo Vigas, en especial sobre su famoso
padre.
El vínculo especial es con un hermano difunto que sufrió de esquizofrenia
y Oswaldo carga cierta culpa. En el documental hablan los padres de Lorenzo de cómo
se conocieron, también presenciamos un vínculo hermoso entre ellos. Está presente en vida otro hermano de Oswaldo. Vemos la búsqueda del cuadro, pero parece un
pretexto formal para armar un filme más interesante, pero la familia de Lorenzo
se hace tal cual algo atractivo de ver.
Se puede ver como Oswaldo pinta con gran rapidez y habilidad, que no es necesario conocerlo demasiado para sentir que es un artista.
No necesariamente sus cuadros abstractos e imaginativos nos tienen que agradar.
Pero se siente la autenticidad y el talento. Es un hombre también muy emotivo,
sensible, y toma medicamentos para regularse, él dice que para controlar la
memoria que le hace muchas veces daño.
Lo interesante del filme es que Oswaldo es un hombre exitoso,
pero mantiene una sencillez que se percibe verdadera. Lo vemos viajar a pueblos
humildes de Venezuela y la gente lo saluda con amistad y aprecio. Es como si
Venezuela fuera muchas, no sólo esa imagen en crisis que solemos ver a menudo
producto de sus líderes políticos.
Tiene una risa particular, medio nerd, y no se pretende ningún
filósofo de la vida, habla y se hace sentir cercano. Es un hombre viejo, pero
lleno de vida. Parece un sujeto franco. Todo esto es importante porque el filme
hace un retrato de él. Es una mirada sencilla, en buena parte se siente que la
cámara se posa, trata de atrapar momentos reales, fluye, pero a la vez se
percibe un orden, un intento de hacer algo más, con aquel cuadro y su relación
con el hermano, hablando del destino que uno se traza. No se trata de un
documental grandilocuente, es algo pequeño y empático, es un homenaje al padre,
al hombre y al pintor, queda claro en la relación humana y artística del
título, del cuadro. La historia de un hombre familiar.
El autor
Álvaro (Javier Gutiérrez) es un tipo que tiene un único
sueño, quiere escribir una buena novela, una novela que no sea un bestseller
sino literatura exigente. Pero hay un problema, no tiene talento para escribir
ni imaginación. No obstante gasta mucho dinero yendo a clases de literatura. Un
día un profesor egomaniático (Antonio de la Torre) lo motiva con su efusividad
y vulgaridad verbal, le dice, anda y mira la realidad, copia la realidad,
observa, vive. Le pide que le de existencia a sus protagonistas. Los suyos los
considera falsos, carentes de realidad. Y eso es lo que justamente hace Álvaro.
Empieza a chismosear alrededor en su edificio.
El filme tiene detalles sencillos pero ingeniosos, como
tener de oído el baño de Álvaro que da a la cocina de una pareja de inmigrantes
mexicanos, interpretados por Tenoch Huerta y Adriana Paz. En la pared
observamos las conversaciones de la pareja, siluetas, sombras, a punto de
convertirse en personajes de la obra magna de Álvaro. A medida que sabe más de
sus vecinos y lo transcribe empieza a ser felicitado por éste demonio
instigador que es el profesor de literatura, que valga la curiosidad tiene cenas
opíparas que suelen acompañar éstas tertulias.
El profesor no sabe qué hace en realidad Álvaro, a donde en
realidad lo está dirigiendo, pero lo tiene ciego de entusiasmo. Álvaro ha
hallado la manera de hacer rica su escritura y está poseído. La moral queda en
segundo plano, y poco a poco se va acercando el delito. Para hacer más
emocionante su novela, para meterle más drama y novedad, empieza a manipular la
realidad. Esto puede sonar un poco tonto, porque si todas las piezas ya están
ahí puede simplemente completarlas con la imaginación, pero como si su novela
se tratara de un pacto oscuro quiere que esta tenga esa existencia indiscutible
y potente de la que le ha hablado el profesor. La única forma de conseguir esta
existencia es que primero la vivan.
La respuesta es naif, sin duda, pero se presta para lo
lúdico e interesante, quiero que los personajes me enseñen su propio camino,
responde el escritor. Es gracioso pero Álvaro tiene un parecido visual a Hannibal
Lecter, medio calvo, de cuerpo laxo, pequeño –más Gutiérrez-, siempre acompañado de
paredes blancas como de hospital, y una luz que lo rodea. También hay una
piscología en juego, ese titiritero que quiere conocer el alma de sus
criaturas. Álvaro es un Lecter en sus inicios. Una contratapa. Lecter guiaba a
la policía a capturar a un asesino, primero a conocerlo, para descubrirlo.
Álvaro en otro sentido, está guiando a sus criaturas hacia un lugar tenebroso,
y a todos nosotros hacia su libro, aunque imaginario, y entra a tallar un poco
de metacine y metalingüística.
El filme del español Manuel Martín Cuenca es muy español, en
un comienzo le pasa algo de factura –como hacer literal un diálogo, inspirarse
denudo- pero remonta, además en esa línea tiene tremendo personaje en la actriz
Adelfa Calvo como la portera del edificio de Álvaro. Es una mujer segura de sí,
que sabe lo que quiere, con carácter y una personalidad que trasciende toda
fachada. Tiene una gran frase, qué te crees que soy una chiquilla tonta. A
Álvaro le desagrada, pero finge tener atracción por ella. Esto brinda gran
dinámica entre estos personajes. Surge una canción cliché de humor pero uno cae
redondo.
Ésta propuesta recuerda a Dans la maison (2012), pero tiene
su personalidad aunque su aporte es menor. El filme se ampara en la manipulación,
en la forma de crear una novela, que los hechos en sí son finalmente
secundarios, además yacen bastante explotados antes de llegar a mayores. Se
pudo manejar de mil maneras, y la opción de Martín Cuenca es decente, aunque
igualmente sencilla. También se marca la corrupción de Álvaro, o quizá siempre
fue así, como con su esposa (María León), antes de cualquier acto contra él.
Álvaro es una basura de ser humano. Éste personaje no tiene medias tintas, pero
es muy cínico, aunque el mundo en gran parte parece serlo también, nos dice el
filme. De esto sale una crítica hacia tomarse con mayor tranquilidad la lucha
con la página en blanco.
martes, 22 de mayo de 2018
Matar a Dios y El nuevo Nuevo Testamento
La comedia de terror de los españoles Caye Casas y Albert
Pintó tiene gran humor negro. Matar a Dios (2017) es un filme sencillo que va
al punto rápido, tiene un guion muy escueto, pero sólido, a cargo también de
los directores. El arranque es muy bueno, muy fuerte además. Un hombre de
mediana edad con sus hijos, incluido un bebé, son detenidos por un vagabundo de
capucha y larga barba, un enano. No saben que hacer, les obstaculiza el camino.
Finalmente se revelará como el mismo Dios y mostrará que es alguien muy cruel,
sin medias tintas.
Después pasamos a conocer a una familia, un hombre y su
mujer pelean por una supuesta infidelidad de ella, mientras esperan que el
hermano de él y su padre lleguen. En adelante se cuentan dramas caseros, sobre
todo infidelidades y abandonos, el padre es viudo, el hermano es proclive al
suicidio. Todo el drama que es bastante es manejado como humor negro. Pero todo
se vuelve picante cuando oyen la cadena del inodoro sonar en la escalera,
delatando a un extraño en casa. Es Dios, ilustrado como un enano cruel
aficionado al vino.
Puede sonar muy sacrílego y hereje el filme, pero hay que
tomarlo como lo que es, una comedia sarcástica e irreverente. No hay más
dimensión que el entretenimiento. La figura de Dios que crea el dúo español
tampoco es novedad si pensamos en El nuevo Nuevo Testamento (2015), la película
del belga Jaco Van Dormael. En esa obra Dios es el actor belga Benoit
Poelvoorde, y es un Dios que vive en Bélgica y es igual de malvado, hasta peor,
es un loser, un tipo que maltrata a su mujer y a su hija, Jesús es como el hijo
rebelde que no puede ver. En la película de Van Dormael Dios se aburre, es
igual a una persona que odia su vida, y para divertirse crea la humanidad, pero
también cosas desagradables para ella, desde cosas idiotas, hasta accidentes, y
da poca felicidad, porque así se siente él. Es una crítica mordaz.
El nuevo Nuevo Testamento presenta mucho entretenimiento,
y exageración, no todo es ingenioso, como la intromisión de un gorila, pero el
filme es original y tiene personalidad. La hija de Dios, una niña (Pili Groyne),
hará lo que señala el título, buscando 6 apóstoles entre la gente común, de
esto saldrá mucha extravagancia, buena y mala, pero habrá mucho juego, osadía y
creatividad. Además éste filme que estéticamente está bastante trabajado optará
por una mirada algo feminista o, mejor dicho, de competencia gracias al amor,
como con la niña protagonista y su madre –aunque mujer cliché, antes y después-
que mejoraran lo que se supone que el patriarcado ha hecho mal –salvo por Jesús
que es visto como un ente de amor-. El filme de Dormael tiene mucho humor ácido
también, sumada cierta inocencia; en especial con la figura que hace Poelvoorde
a quien se le restriega todas sus ideas, o sea los pequeños daños, enojos y
accidentes que ha creado para la humanidad.
Lo mejor de Matar a Dios es que apuesta por algo fuerte y
decidido, nunca hay medias tintas, amparándose en el humor negro. Tiene
sorpresas y cumple en todo. En un momento gira el filme hacia el estado de
locura. Se permite jugar con la insania de manera brutal, la casa de ésta
familia se convierte en una casa de locos. Es la misma insistencia del marido
por la infidelidad de su robusta mujer. El filme tiene de terror y también de
ciencia ficción, pero no deja de ser todo realista en cierta manera. Uno
piensa bien y queda la ambigüedad en la mayoría del metraje aunque finalmente
se decida. Luego llega la explosión. Los gritos del enano iracundo también
definen el filme en varias formas.
En Le tout nouveau testament no es reconocible Dios, obviamente,
no sólo por creencias religiosas, o respuestas más absolutas o dogmáticas, sino
también intelectuales, ¿dónde está el libre albedrio?, ¿dónde está la culpa racional
de los seres humanos?, aunque ciertamente es audaz aunque simple como lo hacen
creíble, prácticamente de la nada y funciona. En la belga asemejando las
tragedias y dolores de cabeza en la tierra a una computadora, mientras que en
la española con una única tragedia. Y es así, la española es una simplificación
del Dios exuberante de la película belga, tal cual sus respectivos filmes,
dejando en claro que ambos son divertidos e inteligentes como cine comercial de valía,
cada uno en su propio estilo, aunque se deja ver que la película belga los ha
inspirado.
En Matar a Dios a Dios se le convierte arbitrariamente en un
monstruo, un vagabundo alcohólico y asesino, u otro tipo de loser, por lo que es
imposible pensar más allá de ser sólo un nombre y una imagen muy genérica y
básica la que yace en uso, es un filme de entretenimiento puro y duro, de
género, que tiene todo el carácter español, pero aquí la habitual extravagancia
ibérica funciona para muchos, aun en lo extremo, inaudito e insolente. Es irreverencia
sin más, tiene nula gravedad, el ingenio está únicamente al servicio del
entretenimiento. La belga en cambio tiene su argumentación en contra.
Profundizar en Matar a Dios es como dispararse en un pie. No
está para eso. En un momento, en medio de las cavilaciones del grupo familiar,
dice alguien, y si en realidad es el diablo, tal cual lo parece, pero más
atrevido sería pensar en Dios. El único momento en que hay una iluminación
argumental es cuando el Dios de Caye Casas y Albert Pintó responde si es que
existe el cielo, su argumentación es cruel y tiene lógica, pero la fe va más
allá y la mente humana tiene aún mucho pan por rebanar.
lunes, 21 de mayo de 2018
La cabina
Éste mediometraje del español Antonio Mercero tiene de eje algo como una trampa para ratones pero destinada a personas, ahí yace una lectura de
terror partiendo de algo muy sencillo. Pero lo que le da mayor volumen
argumental al filme es el pensamiento de que estamos ante la lectura de la
dictadura de Francisco Franco, con una película de terror psicológico, caer en
las manos de la dictadura, a raíz de un elemento básico en uso particular, una
cabina de teléfonos.
En el filme vemos como finalmente retiran la cabina, y de
simples técnicos de telefonía vemos militares transportando otras cabinas, es
algo surreal y kafkiano. Lo más extravagante es ver el seguimiento de un helicóptero,
es una historia algo paranoica, pero también las dictaduras suelen tener esas
dos caras, por un lado algo de provecho, como puede ser en lo económico, aunque
difícil de aceptar, y por el otro por lo general muertes.
Esas dos caras yacen cuando la gente no nota el terror que
siente el protagonista, y se divierte con verlo atrapado en la cabina. Paradójicamente
son unos payasos los que dejan de reír al ver al hombre atrapado. Esto es parte
de la extravagancia que también maneja Mercero. La cabina (1972) consta de una
parte de humor, la primera parte, y otra de terror psicológico, la segunda, donde
llegamos a presenciar cadáveres en un aire a historia de horror.
La primera parte es costumbrista, y llena de comicidad, el
hombre atrapado en la cabina hace muecas y gestos, no puede oírsele encerrado.
El actor español José Luis López Vázquez hace fácil reírse en esos momentos,
tiene un rostro gracioso y muy expresivo. La gente se va acercando y como si
estuviera presenciando un circo, un espectáculo, se divierte con la escena. En
ese rato vemos todo tipo de gente del pueblo, hasta pícaros robando comida, un
hombre fortachón tratando de resolverlo todo por la fuerza, señoras chismosas
contentas, un hombre de manualidades buscando su mejor ingenio para sacarlo,
niños festejando. El hombre aun fresco está preocupado y fastidiado por la vergüenza
y el ridículo y el show a su alrededor que incluye a policías gritando que
salga de ahí dentro y que deja de hacerse el chistoso.
La segunda parte se pone grave, desde que los bomberos
tratan de martillar el techo de vidrio. Llega un camión de telefonía y se
llevan la cabina. La gente se despide de él y agradecen las buenas risas y el
día feliz que les ha otorgado un simple hombre, que no se pretende gracioso. En
el trayecto el protagonista empieza a ver que existe algo oscuro en todo esto.
El filme se va poniendo más raro, se llena de terror. El hombre deja ver que su
hijo pudo quedar atrapado en la cabina y esto hace pensar en el futuro macabro
de las dictaduras. También una foto familiar hace reflexionar como se destruye
éste núcleo con cada desaparición. El filme entretiene y también te hace
cavilar, se puede ver muy sencillamente como también de manera más profunda. Se
maneja muy bien el humor y el terror, incluso dialogan entre sí.
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terror
I, Daniel Blake
Esta película le dio la segunda palma de oro (2016) al
británico Ken Loach, la primera fue para El viento que agita la cebada (2006).
En esta también trabaja con el guionista Paul Laverty. El cine de Ken Loach es
cine social, un cine que lucha por los desfavorecidos. No se le puede pedir
otra cosa, porque este es el cine que le apasiona y le identifica.
En esta película la lucha es contra la dificultad de obtener
los subsidios estatales a ex trabajadores que no pueden trabajar, como Daniel
Blake (Dave Johns), que sufre del corazón, pero por una opinión de un agente
del estado se le niega, culpa también de la poca paciencia de Daniel y de su
falta de conocimiento sobre el proceso y las nuevas tecnologías. Otro caso
también tratado a fondo en la película y que se interconecta con Daniel Blake es
el de una joven madre soltera de 2 niños, Katie (Hayley Squires), que no tiene
como subsistir y no halla ningún trabajo, y el estado le dificulta el subsidio,
la asistencia social.
El filme en gran parte simplemente expone ambos casos, la
burocracia que enfrenta Daniel, un hombre sensible y buena persona, un
carpintero y un hombre manual, pero poco instruido, aunque amable y cero vulgar.
Laverty y Loach dan a sus personajes personalidades sencillas, pero ricas, son
gente muy sensible, honorable y apacible.
A pesar de que las situaciones son para amargar a
cualquiera, la negativa constante del estado, pedirles insistencia, mucho
orden, los protagonistas se mantienen a buen punto tranquilos. Pierden un poco la
paciencia, pero nunca exageran, siempre argumentan. Hay un manejo con no
hacerlos antipáticos al público, y mostrar un estado y un proceso que humilla.
Daniel llega a decir, si se pierde el amor propio se ha perdido todo, mientras
el estado lo sigue ninguneando, exigiéndole saber e insistir con el proceso.
Se puede entender que la gente que quiere la ayuda del
estado son muchos, que el proceso requiere un rigor, conocimiento, pero la
esencia del filme es hacer ver que el proceso es ridículo, demasiado
cuadriculado, y que mucha gente no está preparada para seguirlo al pie de la
letra, son gente humilde, y además se está dándole la espalda a gente que
verdaderamente lo necesita. Queda claro que Daniel y Katie son gente decente y
que pasan por un mal momento económico, o tienen una necesidad, Daniel sufre de
una enfermedad y está solo.
El filme en gran parte de su metraje exhibe la necesidad, el
llamado al estado y las situaciones, todo va muy bien, pero luego empuja a
mostrarlo con más claridad y falla. Katie dice sutil que no tiene hambre en la
mesa, cuando entrega su plato de comida a un diligente Daniel, pasa de comer
por el visitante, que hace mucho por ésta familia sin pedir nada a cambio. Esto
puede ser menor y pasar desapercibido, pero luego Loach y Laverty lo dejan
demasiado claro. Katie en un lugar donde donan comida se arroja sobre una lata
de frejoles y se los come con desesperación, y termina llorando avergonzada
diciendo que no aguantó el hambre.
La propuesta no es sórdida, no busca retratar la suciedad, la
vulgaridad humana, por más que la situación claramente yace en la subsistencia
básica, la responsabilidad de otros –como los niños- y la desesperación que
empuja hacia la corrupción. Cuando uno piensa en la malicia que podría
circunscribirse al filme y quizá hacerlo más audaz, Loach/Laverty pasan de esto,
muestran respeto y cariño a sus protagonistas, son delicados en mayor parte,
como cuando Daniel o su vecino de color dejan ver que podrían ser delincuentes,
pero nunca cruzan la línea, porque el protagonista incluso con un grafiti habla
de dignidad y moral, tal cual su depresión.
El filme conmueve, no es malo, pero tiene un toque
convencional, para bien y para mal expone con sencillez su temática, también queda
muy bien explicada, no quedan dudas, el estado está dejando sufrir y quizá morir a
gente decente. En ese camino nuevamente Loach y Laverty empujan el carrito
hasta el final con sus protagonistas, lo llevan al extremo, sin
faltarle el cuidado en lo que vemos, aunque con recursos cantados y muy directos. Le enseña al estado que pasa cuando su burocracia y su indiferencia
se mantienen. Nuevamente el filme también, y con eso cierra, remite a la dignidad
de gente como Daniel Blake, un tipo honorable.
Labels:
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Ken Loach,
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