domingo, 30 de diciembre de 2018

The woman who left (Ang babaeng humayo)


El filipino Lav Diaz adapta a su estilo el cuento Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere, del maestro ruso León Tolstói. Como curiosidad está decir que la estupenda The Shawshank Redemption (1994) se basa en la novela corta Rita Hayworth and Shawshank Redemption, de Stephen King, pero éste autor se inspira en el cuento de Tolstoi que recoge Lav Diaz. Diaz ganó con The woman who left el león de oro 2016, del festival de Venecia.

The woman who left tiene el estilo clásico de éste director, las secuencias llevan mucho tiempo real, es decir, corta muy poco o eso muestra el corte final, mucho menos de lo convencional; prolonga extensamente las secuencias, el filme por lo tanto es bastante lento. Lo que puede mostrarlo veloz con una edición prominente se deja fermentar por buen tiempo, y la historia rápida de contar se torna muy detallista y mínima tanto como un poco ardua de ver. Pero sus tomas tienen encanto, sabe poner bien el ojo en la cámara, armar una buena puesta de escena, y mostrar una visualidad virtuosa dentro de ese tiempo tan extenso de las secuencias, en su manera de narrar, lo que podría contarse en menos fotogramas.

La historia en sí es interesante, una vez aguantada la lentitud de su séptimo arte. Una mujer es injustamente condenada a prisión, por un tipo ruin y una compañera que también está encarcelada, pasa 30 años en la cárcel hasta que la compañera se arrepiente y confiesa que ella es la verdadera asesina. Horacia (Charo Santos-Concio) libre pretende entonces venganza, de ese hombre que le malogró la existencia. Una vez puesta en acción va a la ciudad de ese hombre rico y cruel que la perjudicó, llamado Rodrigo Trinidad. Es también en segundo grado un filme de clases sociales en lucha o diferencias sociales.

En la ciudad donde vive Rodrigo Trinidad Horacia se dedica a hacer ayuda social, a mezclarse con el pueblo, conoce a un jorobado vendedor de baluts con quien pasa sus noches entre chismes. También se topa con un travesti, Hollanda (John Lloyd Cruz), que suele bailar en plena calle hasta caer desmayada en ataques epilépticos. Tiene también relación con una extensa familia, de una madre soltera con muchos niños. El tiempo pasa y pasa y parece que su propósito central se diluye, pero en realidad Horacia lucha contra su odio, habiendo sido en prisión una mujer de fe, que solía ser contadora de historias que hablaban de la vida misma.

La película es sutil en manejar las dudas de Horacia, pero yace en el largo tiempo que pasa ella preocupada en los demás -prolongado lo que parece inevitable-, aparte de ser una mirada de bondad hacia los más pobres y un rasgo de identidad, de semejanza con el pueblo, a contracorriente de la hipocresía de Trinidad de ir a la iglesia seguido y hacer donaciones pero prácticamente va a comprar al cura y el supuesto perdón celestial. Dios está presente en toda la propuesta pero muchas veces sin ser mencionado. No obstante un diálogo del jorobado lo deja claro, dice que Dios lo hizo feo y pobre no sabe por qué, pero siempre retaba a Dios y la situación trágica cambiaba, él aparecía de cierta manera, por eso cree en milagros y en él.

Existe una relación conmovedora entre la protagonista con el travesti y el jorobado por separado, mostrando el alma de Horacia, al tiempo que Trinidad se hace más despreciable con algunas pocas apariciones. El filme es algo obvio, pero efectivo. El tiempo pasa, se siente, y empieza uno a pensar que ya es hora de resoluciones; perdonar, dejar todo atrás, aun siendo 30 años perdidos o acabar con ese hombre que dice no sentir remordimientos por destruir a sus enemigos. Queda por último en la memoria una gran escena de carácter en un interrogatorio. Lo curioso es que faltan unos 40 minutos para que termine el filme y ya parece finiquitado. Lav Diaz es detallista hasta el último suspiro, no deja cabos sueltos y tiene cierta pequeña rareza en su haber, como con el final con los papeles de alguien perdido revoloteando alrededor de un cuerpo que toma un halo surreal.

Django Sangre De Mi Sangre


Django Sangre De Mi Sangre (2018), es la mejor película que ha hecho Aldo Salvini (Bala perdida, 2001; El caudillo pardo, 2005). Abre con una persecución en auto –la policía, secuestradores motorizados y Django forman trepidante movimiento en la pista-; ya desde el inicio plantea ser un filme intenso, lleno de acción, y cumple al 100 por ciento. Luego de aclimatarnos al lenguaje vulgar el resto fluye. Hay personajes muy ricos, como el malvado mafioso que hace Aldo Miyashiro, que le cae perfecto, que tiene un criollismo muy natural y que se pliega a su quehacer de criminal astuto. Los secundarios están muy bien, como el que hace Stephanie Orúe como una mujer avispada y malhablada, aun cuando es muy salvaje; muestra harto barrio, como se diría. Óscar López Arias como un tartamudo secuestrador, matón a las órdenes de Freddy Marquina (Miyashiro), también destaca especialmente.

Entre los protagonistas está Montana (Emanuel Soriano), hijo criminal de Django, que tendrá una confrontación con otro secundario interesante, Chamaco (André Silva), que lo han vuelto tipo cómic, pero que encaja con el mundo criollo del hampa. El filme de Salvini presenta varias líneas narrativas, propone mucha acción, y todo se mezcla sin problemas. Django (Giovanni Ciccia), vuelve más filosófico, más profundo digamos, con tremenda leyenda encima, y todo el mundo le anda diciendo lo genial que es, así pues es el mundo en el que se mueve. Intenta arreglarse, pero su hijo criminal lo regresa a su realidad pasada. Como Montana trabaja con Marquina entra de todo ahí, además de que quien recibe y ayuda a Django tiene una hija criminal, Magda (Orúe). Así el guion de Yashim Bahamonde y Aldo Salvini le meten nuevos vínculos delictivos a Django, poniendo sobre la mesa muchas más aristas que antaño.

Django se apoya de la película anterior, pero juega una partida totalmente distinta, más espectacular, más inteligente, despliega muchos personajes y muchos frentes. Es así que cuando aparece la Chica Dinamita (Melania Urbina) hace su entrada triunfal, pero es más una anécdota, un poco de nostalgia, aunque ficticia, porque la anterior película no era muy buena, pero no obstante produjo personajes que se quedaban en la memoria. Django es leyenda, carácter, respeto, producto de tantos bancos robados, montón de plata cogida, y ningún muerto inocente en el camino. Es un (anti)héroe que tiene una cierta ley, en el presente filme regresa a lo criminal por una causa de fuerza mayor, salvar a su hijo de la cárcel.

El filme tiene su sensualidad, ésta vez no la pone la Chica Dinamita que no sea su boca malhablada, quien tiene la palabra cachar –tener sexo, en jerga peruana- en la punta de la lengua, tanto que así lo recibe a Django (justo he soñado que cachábamos). Ya otrora había toda una escena con poder decir ésta palabreja. Por eso que cuando la dicen no escapa cierta ironía, un aplauso soterrado, y otro sonoro desde lo popular. Django incorpora ésta palabra a su mítica. La figura que la convierte en realidad es el cuerpo ardiente en una mujer contenida que hace Tatiana Astengo, con su desnudo y erotismo infaltable (nuevamente). Pero, además, Salvini, que rompe con toda regla del cine que no quieren supuestamente los peruanos y hace lo que le da la gana, pone las lisuras, las calatas y la violencia nuevamente en la palestra en toda fuerza, agrega la figura de Magda, que es sumamente picante, potente, no solo sensual.

Django Sangre de mis Sangre se ampara mucho en sus notables personajes, los nuevos engrandecen a los viejos, ahí en una sub-trama sigue el policía que hace Sergio Galliani, compitiendo por la mujer de Django, y suma otra el hijo menor, boxeador, de Django que tiene un momento de sobrevivencia que es de destacar. El criollismo en el mundo subterráneo criminal igualmente yace muy logrado, como ver en la cárcel a Marquina con dos travestis por putas y una piscina inflable por jacuzzi. El director parece que hubiera visto Al filo de la ley (2014) y se habría propuesto emular su conchudez y criollismo, pero hacer algo mucho mejor, de mayor exigencia y lo consigue con creces. Marquina yace rodeado de putas, también es caficho/proxeneta, el hombre está en todas, punto pleno a favor del conjunto. Django y Marquina son antagonistas jugosos, Marquina hecho en éste filme, Django producto de la misma realidad (basarse en un famoso ladrón peruano), y paradójicamente de su película anterior.

sábado, 29 de diciembre de 2018

La invasión de los ladrones de cuerpos y La invasión de los exhumadores


La invasión de los ladrones de cuerpo (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel, es una película bella por donde se le mire, perfecta. Es una película que en una hora quince minutos sugiere a mil. Parte como un posible caso de psiquiatría en manos del doctor Miles J. Bennell (Kevin McCarthy), luego se convierte en un sci-fi pleno. En un pueblito americano donde todo el mundo se conoce dicen muchos que personas queridas no parecen ser ellos, aunque se ven físicamente idénticos. El filme luego tras el hallazgo de un cadáver extraño –un cuerpo en construcción- arranca de lleno a la fantasía y a lo espectacular. En adelante es una carrera desenfrenada por sobrevivir a una invasión alienígena, producto de entes medio inexplicables, producto de vainas –como las de las arvejas-, de plantas de otro planeta, aunque se guarda cierto misterio, de ambigüedad, puede ser algo nuclear se especula. En el trayecto hay un romance, entre el protagonista y héroe, el doctor Miles, y Becky Driscoll (Dana Wynter); esto tiene bastante injerencia en el filme y hay mucha química y simpatía. Cada descubrimiento nuevo es un momento de alta efectividad y grata impresión, algo puntual se proyecta bastante, genera muchas ideas. El Dr. Miles nos irá narrando lo sucedido. Es una propuesta veloz y súper entretenida. En una escena genial cuando son perseguidos los únicos humanos del pueblo por hordas de usurpadores de cuerpo y deben esconderse surge tremendo suspenso, y una escena visualmente rica, en el encuadre de aquellas pisadas tan próximas al escondite. Es un filme clásico y contiene lo maravilloso de esta época de oro. Es una propuesta diáfana, fácil de seguir, limpia y muy apasionante. Es un filme que prácticamente nunca descansa, es decir, mantiene el pico de la emoción. Lo interesante es como lo cuenta, como no requiere de grandes efectos especiales y todo está ahí. Un perro genera un rato de tensión, algo tan sencillo produce una gran escena de persecución. Esa es la grandeza del cine clásico, el ingenio para entretener y ser profundo al mismo tiempo, aun trabajando con el cine de género. Es una propuesta que tiene de subtexto la desconfianza del vecino frente a la guerra fría. Me viene a la mente con ésta película, aunque viene después, El pueblo de los malditos (1960).

La invasión de los exhumadores (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman, es uno de los mejores remakes de la historia del séptimo arte, cuando sabemos que hacer una nueva maravilla de un filme glorioso y celebrado unánimemente es casi imposible y Kaufman logra ésta hazaña. Casi todo está ahí, todas las grandes ideas de la primera película, la de Siegel, pero con nueva narrativa, con su aporte de originalidad. Ésta vez la pareja romántica surge en el transcurso –bien adelantado el filme, pero está muy bien trabajado- y es original e igual de perfecta que la antecesora. El héroe es Matthew Bennell (Donald Sutherland), un inspector de sanidad, que pone del actor su cierta extravagancia y ligereza escénica, sin perder un ápice de credibilidad. Con él está la actriz Brooke Adams con la que forma una gran química y se presta para la risa suave, para la complicidad desde el arranque. Leonard Nimoy hace de un renombrado psiquiatra y tiene un papel sorprendente, memorable aunque secundario. Veronica Cartwright (Alien, 1979) y Jeff Goldblum hacen de una pareja de amigos de Bennell. Todos estos nombres aportan bastante, implican empatía o fuerte identidad, aun cuando Goldblum hace de un tipo medio antipático producto de sus frustraciones. Éste filme es más claro aún que su predecesor, pero proponiéndolo en la modernidad; la invasión alienígena de unas plantas de otro planeta queda totalmente esclarecido con la introducción. El filme igual trata de sobrevivencia y escape, pero ahora en San Francisco y con media hora más de metraje para huir, pelear o hacer llamadas. Ésta propuesta contiene gore, sólo que breve y poco, pero tiene un par de éstas escenas. También lo de los gritos extraterrestres, histriónicos, exagerados, unos chillidos realmente, es marca de distinción de éste remake. A su vez es curioso ver que la escena de la mina de la primera está reinterpretada de otra manera aquí aunque finalmente con una elipsis y un buen remate, un clásico. La escena de las plantas en plena labor de generar los dobles de cuerpo no tiene nada que envidiar al cine de Cronenberg, aunque por ese entonces el maestro canadiense recién empezaba. Don Siegel aparece en el remake como un taxista en tensión, un soplón; y también el genial Kevin McCarthy, dando en desesperación la alarma de la invasión, repitiendo una escena icónica del pasado.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Feliz cumpleaños para mí (Happy Birthday to Me)


El director de Los cañones de Navarone (1961) y Cabo de Miedo (1962), J. Lee Thompson, dirige ésta película de terror con Melissa Sue Anderson (La familia Ingalls) y Glenn Ford (Gilda, 1946; Los sobornados, 1953). Es un slasher de culto y se debe en especial por la narrativa de la mitad hacia adelante, cuando el filme empieza a dar una tras otra vuelta de tuerca, cambiando el final una y otra vez hasta el último minuto. Pero viene de atrás colocando perspectivas sobre el culpable, deja pistas, juega con la intriga, el suspenso y el misterio. No solo eso, plantea la perspectiva psicológica. Es un filme que intenta variedad de interpretaciones y da además un background homicida bastante extenso. Ésta propuesta intenta hacer una pequeña crítica sobre clases sociales e integración social. Empieza muy ligero, de la mano de 10 jóvenes llamados los destacados 10, que tienen fama de niños ricos jaraneros y bromistas. Entre ellos se halla Virginia (Melissa Sue Anderson). El filme tiene muertes geniales, de estilo gore, bastante creativas. El desarrollo de los asesinatos es pormenorizado, a un punto cada uno extenso. Aunque es un filme canadiense se percibe británico, como el origen del director. Sue Anderson luce histriónica, se le exige mucha emotividad, y aunque es bella no pretende ser sensual ni muestra nada. En sí el filme carece de erotismo, lo cual le da un toque más serio al asunto, pero vemos carreras de motos, autos saltando puentes levadizos y bailes modernos de discoteca, que colocan la nota cool. Hay un aire clásico en el filme también -como el típico bar de pueblo de terror-, que está muy bien fusionado con lo moderno, porque lo clásico domina la situación. Glenn Ford como un psiquiatra no es tan contundente, pero deja creer en él. Es una propuesta muy entretenida, sobre todo a partir de la última mitad cuando empiezan las revelaciones y éstas no paran hasta el final, mutando, no solo agregando. El título se resuelve de gran manera avanzado el metraje, genera una de las mejores secuencias del filme, propicia una orgía macabra.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Christmas Evil (You Better Watch Out)


Lewis Jackson dirige y escribe éste filme sobre un Papa Noel asesino. Pero ésta película no es tan simple y práctica como Silent Night, Deadly Night (1984), es más elaborada, con una trama y estructura de mayor exigencia. El protagonista, Harry Stadling (Brandon Maggart), es un hombre que es difícil de definir de a qué se debe exactamente su locura, pero aun así es un filme coherente, mostrando una personalidad algo compleja, superando con el pasar del metraje la imagen austera –sensual y banal- que abre la propuesta y su fijación.

Pero también Harry es un tipo solitario e inseguro, el filme propone que Harry quiere definir el bien y el mal en el mundo a través de Papa Noel. Finalmente es un argumento simple. Pero el filme tiene bastante trama y no todo es asesinato, más bien hay pocos homicidios y se entienden en la locura del protagonista, como producto de la burla y el aprovechamiento del débil, de una buena persona digamos.

El filme muestra bastante de la fijación de Harry con la noche de navidad y lo hace con creatividad, desde poder convertirse en Papa Noel con una barba postiza y que no sea tan fácil de quitar y la pruebe y sienta regocijo o por su gusto a ver desfiles navideños por la televisión. Otro punto que se pliega muy bien a la trama es que Harry trabaja en una fábrica de juguetes.

Christmas Evil (1980) es el perfecto complemento de Silent Night, Deadly Night, como películas de terror sobre navidad, con Silent Night, deadly Night muy de acción con excelentes escenas al respecto y Christmas Evil de narrativa pero con escenas de muerte sorpresivas decentes siempre trabajadas al son de una argumentación con su fijación. Christmas Evil en un momento convierte a Harry en el monstruo de Frankenstein, dando cierta pena aun cuando es un asesino, siendo perseguido hasta con antorchas.

La relación entre hermanos es también sólida y aporta a la locura; hay cierta nostalgia por no tener la familia perfecta del hermano –que  hasta se luce haciendo ejercicio y teniendo sexo con su bella mujer (Dianne Hull)- , como el hecho de que Harry quiere ser exitoso a los ojos de su hermano, Philip (Jeffrey DeMunn), cosa que es discutible porque es promovido en el trabajo, pero como es algo mayor y vive solo y no es muy sociable lo pintan de perdedor.

No obstante Harry pretende en su delirio enfocarlo todo a ser un Papa Noel que puede manejar el bien y el mal del planeta, en pos del bienestar de los niños, y no suena ridículo, por como lo expone el filme. Pero se entiende por imposible y fantasioso, claro está, pero es en ese lugar que el filme apunta a la locura del aislamiento social, producto a su vez de cierto misterio en su personalidad –Papa Noel es Dios para el protagonista, su modelo en todo sentido-, más que a una sobredimensión en consecuencia a la vera de algo mínimo. Se habla en realidad de bullying, cosa que pudo haberse profundizado más. La ira que siente un amable y delicado Harry de ser menospreciado y abusado es finalmente el detonante.

Noche de Paz, Noche de Muerte (Silent Night, Deadly Night)


Un niño cree ver en una alucinación a su abuelo catatónico hablándole, o quizá efectivamente le habla, esto no queda muy claro y tiene de macabro; se hallan en un instituto mental. El abuelo muy sádico le dice que navidad es la peor época del año y que Papa Noel no solo trae regalos a los niños buenos, también castiga a los niños malos -a la gente mala- y de la peor manera.

El niño queda asustado, y todo se pone feo cuando un asaltante de lo más burdo, exagerado y violento ataca a sus padres –poco después de que estos padres han sido “malos” y el niño les ha dicho que Papa Noel los castigará-. La escena es grotesca, extrema, potente, con su aire general a película porno setentera-ochentera –no faltan tampoco las tetas-, y el niño queda traumado. Pero aun la cosa se pone mucho peor cuando el niño traumado, Billy, pasa al cuidado de una monja con mano de hierro, la madre superiora (Lilyan Chauvin).

Toda esta parte –unos 25 minutos- es regular, algo cansina, salvo cuando aparece el asaltante que es brutal. Pero en adelante cuando Billy se convierte en su trauma, un Papa Noel asesino, el filme se vuelve muy jugoso como película de terror. Billy (Robert Brian Wilson) moviliza su trauma en dos direcciones, una hacia la castidad y otra hacia el castigo -producto de la interrelación con la torpe educación de la madre superiora-. De ahí en adelante un hacha es el arma principal homicida y Billy mata como un autómata, quien tiene además una fuerza sobrenatural, mientras pone –sencilla- cara de loco. Como curiosidad del filme está que se oyen muchos villancicos, incluso en momentos de tensión la gente los canta.

El filme de Charles E. Sellier Jr es muy argumental en el trauma del niño, hasta está sobre-explicado, aunque resulta muy lógico, cuando esperaba que fuera un filme más extravagante. Pero esto es bueno, en sentido de que habla de un filme sólido, si se quiere, no tan chusco o de segunda clase. Éste Papa Noel es siniestro, decapita chiquillos y se pasea por una tienda matando gente del personal uno por uno, proponiendo un filme de terror entretenido.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Dulce país (Sweet Country)


Western australiano perteneciente a Warwick Thornton, ganador del Premio Especial del Jurado en el festival de Venecia 2017, que resalta por la inclusión en la historia de negros aborígenes como servidumbre explotada y maltratada. Cuenta la historia de un hombre de color que en defensa propia mata a un caucásico. El filme utiliza la elipsis en varias oportunidades y hasta algunos flashforwards como destellos. Hay un hombre blanco que sufre de problemas psicológicos, lo vemos sufrir a solas, preparando su arma y disparando a campo abierto, cuando se encapricha con la sobrina de un empleado negro. A Sam Kelly (Hamilton Morris) entonces no le queda otra que disparar y matarlo en una escena potente, visualmente hermosa. El filme no cuenta con muchas escenas de acción, portentosos tiroteos o grandes duelos, pero sí una buena aventura en el escape, donde la película se hace totalmente impredecible, con una llanura de especial estética, salina. La personificación del niño Philomac (interpretado por los gemelos Trevon y Tremayne Doolan) es impresionante, aun cuando su aporte a la narrativa es menor, pero sus mataperradas, su fuerte carácter y su sencillez formal deslumbran en la entrega al rol. En el filme se vive una atmósfera de injusticia hacia los aborígenes negros, pero éste niño no presenta un cariz melancólico, sino una recia y astuta sobrevivencia. Igualmente otro aborigen, Archie (Gibson John), es una personificación magistral, un viejo lobo o, mejor dicho, un dingo. Hay tremenda naturalidad. Bryan Brown es el sargento Fletcher, el tipo rudo, duro, pero finalmente honesto y justo; es un sujeto con mucho carácter, pero no un superhombre. En el filme se da la expectativa de que se enfrenten Fletcher y Kelly. Kelly aunque es un hombre humilde maneja muy bien el arma larga, es de lo más básico, pero aun así imponente. Es un western con todas las de la ley, muy bien plasmado en suelo australiano, de manera esencial y efectiva. Sweet Country (2017) habla de lugares oscuros del pasado y de un futuro incierto. No obstante el levantamiento de una iglesia es la puerta a la esperanza.

sábado, 22 de diciembre de 2018

The Green Fog


The Green Fog (2017), de Guy Maddin, Evan Johnson y Galen Johnson, es un filme de misterio, mediante el uso del found footage, de volver a interpretar las imágenes encontradas, en éste caso se trata de películas de toda época, que al final veremos en una lista completa. Se hace mucho uso de la ciencia ficción, porque el nuevo filme de Maddin junto a los Johnson es una “historia” de ese corte. Si podemos seguir alguna trama ésta se mueve lógicamente en base a la niebla verde, que puede significar alguna catástrofe apocalíptica, de grandes envergaduras, como si la niebla fuera un especie de veneno o algo por el estilo.

No obstante al final el filme deja ver que todo puede reducirse a las relaciones de parejas, a las rupturas. No hay que olvidar que éste filme homenajea a Vértigo (1958), y el filme de Hitchcock habla de la pérdida. En The Green Fog hay escenas que recrean momentos icónicos de Vértigo, como cuando James Stewart pende de una cornisa o cuando Stewart reencuentra a la mujer amada frente a una pintura o cuando nos deja ver el puente de San Francisco dominando el panorama y el contexto. Esto lo observamos a través de otras películas que producto de la enciclopédica cinefilia de los realizadores dan con la semejanza narrativa.

The Green Fog prácticamente no tiene diálogos, apenas una breve voz en off en un único momento y en poder oír algunas voces. El filme hace exhibición de actores populares en su época aunque no consagrados artísticamente como Chuck Norris, Adrian Zmed o John Saxon. También vemos desde a Meg Ryan, Jeff Bridges o Nicholas Cage hasta Rock Hudson o Karl Malden, estos dos últimos por reiteración quedan plasmados en el filme de Maddin y los Johnson como los investigadores de su historia. Vemos escenas reiteradas, lugares abundantes del séptimo arte, como besos, persecuciones o paseos en auto o caídas de grandes alturas.

El filme tiene un lado policial marcado, recurrente, junto a lo sobrenatural que percibimos al ver yuxtapuesta una niebla verde en las películas antiguas que se manipulan, y tiene por su parte su pequeño toque de humor como ver a NSYNC como parte de la investigación y hasta a la imponente inmensidad de Godzilla. Es un filme que como historia se entiende no tiene total coherencia, se comprende en poca medida una trama. No obstante es entretenido ver todas éstas películas reinterpretadas. Tiene un look algo sucio, es decir, tiene muchos baches y huecos, pero es prácticamente imposible no evitar que el corte final sea de ésta manera. Pero hay una manipulación notable, interesante, creando variedad de expresiones, aparte de que es una obra muy cinética, es cine puro, movimiento, aun con estos baches y huecos lógicos.  

viernes, 21 de diciembre de 2018

The House That Jack Built


La última película del danés Lars von Trier recuerda a su anterior película, Nymphomaniac (2013), en las citas intelectuales que acompañan la narrativa central, que pueden parecer intrascendentes, pero hacen más divertido el filme, cuando no exagera. Trier intenta hacer de su cine un cine más profundo, aunque nunca deja de ser polémico, y con ello tratar de plasmar un tipo de entretenimiento rebelde, revolucionario no, sino un hedonismo punk.

The House That Jack Built (2018) no es una de las grandes ideas de Trier, como Breaking the Waves (1996), su mejor película, pero sigue teniendo su encanto, su interés. No todo es perfecto, a veces la irreverencia le cobra factura, como con la historia de la familia y la cacería, muy endeble, muy efectista, pero tiene otras escenas que sobresalen. En particular la historia de Simple (Riley Keough, la nieta del mismísimo Elvis) luce la más destacada, con su ironía detrás del lugar común de la mujer hueca, acto irreverente por donde se le mire.

La interrelación de Simple con Jack (Matt Dillon) está en su punto, aquí uno se olvida un poco de tener que hacer de Jack un tipo cruel necesariamente, sabiendo que es un asesino en serie que en la película es quien cuenta de su vida homicida en cinco capítulos, o cinco separaciones de asesinatos. La muy bella Riley Keough hace de una mujer distraída que muy lentamente descubre quien es realmente su novio, un tipo brutal, sádico, sin pizca de misericordia, al que ridículamente le llaman Señor Sofisticación. Jack construye sus asesinatos como si fueran arte, justo lo que hace Trier, haciendo de la sencillez algo más complicado, arduo. 

En el filme hay de donde escoger, hay momentos buenos y otros menos logrados. La interrelación con Uma Thurman, que hace de una mujer antipática y muy inteligente pero paradójicamente descuidada, es otro momento cumbre. Se resuelve de la manera más siniestra, pero antes hay unos diálogos y prolongaciones jugosos. Así Trier no es estricto en sus 5 capítulos, vuela libremente, se expande a su gusto, mete otras cosas, todo formando la imagen de quien es Jack, un tipo que hasta tiene un toc de limpieza extrema y desde luego lo pone en práctica en perturbadora y satírica manera.

Trier muestra que es un tipo muy inteligente y tiene un sentido del humor perverso, y puede que no todo sea genialidad, pero le quedan varias cosas muy a su favor también. Todo tiene un giro de último minuto o más de uno o una estructuración de cierta manera extraordinaria, siempre hay un reto, un lugar en que Jack ha cometido un error y va a ser atrapado, pero aunque esto es divertido es en realidad lo que menos importa, ya que Jack es un monstruo condenado a ese glorioso epilogo del filme, que es muy surreal y hasta el final irónico.

Jack habla con Verge (Bruno Ganz), que puede ser varias cosas, aunque al final se muestra. Pero lo importante es que esto ilustra a Jack como un psicópata absoluto,  y no, no es Verge un demonio o quizá sí, sea un especie de Mefistófeles, como lo es el mismo Jack, aunque un demonio más perverso. Él llama cínicamente salvación a que muera, mientras sigue en pie tras su existencia podrida, sin ley. Valga mencionar la intrépida curiosidad de su infancia, la de amar ver segar la hierba, ver esas enormes hoces en movimiento perfecto, rítmico, un último bastión de inocencia rural -inocencia que el filme intelectualiza-, en medio de una herramienta que simboliza también la muerte. Trier trabaja con mitología y crueldad.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Roma


Roma (2018), de Alfonso Cuarón, es el retrato de los 70s en México con algunas protestas sociales de estudiantes y la represión violenta del gobierno, con ayuda de matones asalariados. Pero lo social se remite más a un hogar, donde la empleada del hogar Cleo (Yalitza Aparicio), de origen indígena, proveniente de Oaxaca, es la protagonista. A través de  ella vivimos ese México de inicios de los 70s. Junto a ella vemos también la simple vida cotidiana de una familia de clase media alta. Llegamos a presenciar un lugar de separaciones y decepciones. También de tragedia con una escena brutal, bastante fuerte, excesivamente cruda, al tiempo de muy realista.

La empleada del hogar, Cleo, es parte de ésta familia; el filme se encarga de mostrarnos cuan significativa es ella para ellos, cuanto la quieren, no solo los niños, también la abuela y la madre de los niños. Hay escenas muy detallistas, muy enriquecidas por la cámara como cuando el padre de familia llega en su auto gigante a su hogar, y vemos tomas de detalle mientras estaciona el vehículo en un garaje bastante estrecho. Vemos como el auto va hacia adelante y atrás lentamente tratando de encajar en la pequeña abertura del campo de entrada. Esto es un pequeño espectáculo de buen cine, aunque parezca algo discreto y común.

En el filme se sienten conflictos sociales, pero se dicen sutilmente en varias oportunidades, antes de la marcha y los disparos, como con un breve comentario en el almuerzo por uno de los niños o cuando unos terratenientes disparan sus armas a la distancia burlándose de los guerrilleros o cuando se mencionan al vuelo expropiaciones que incluyen la familia de Cleo. Pero lo central es la visión de Cleo, de cómo comparte con ésta familia. También hay una relación muy interesante con un novio que ella tiene; hay escenas muy curiosas, como cuando el novio, practicante de artes marciales, le hace una demostración desnudo en un hostal. Éste chico es violento, aunque tiene ratos que se muestra dulce, con lo que enamora a Cleo. Después toma mucha lógica la formación de éste muchacho, de éste personaje.

Es un filme de crecimiento, pero a costa de un gran dolor, algo demasiado grande, y cómo ambos sufrimientos –los de la familia y Cleo- se unen para mostrar amor mutuo. En el trayecto Cleo no deja de hacer sus quehaceres del hogar, como se ve hasta el final, esto es normal, donde se enfoca Cuarón es en que Cleo es querida, es parte de la familia, como con aquel abrazo en la playa cuando Cleo arriesga su vida y a la vez es parte de una liberación personal.

El retrato se hace muy bello en blanco y negro, y la vida común se siente a plenitud, el correr por las calles siempre tupidas de gente, las idas al cine o los carritos en la pista de juguete. También es notable la escena donde el entrenador extranjero hace su demostración marcial y fundamenta sobre lo cotidiano como especial, justo como el retrato que estamos viendo, y aunque en primera instancia le tiran pifias, luego le dan todos los presentes la razón. Éste hombre parece salido en realidad del imaginario de la lucha libre mexicana, o sea de la identidad nacional, como lo es todo el filme, tan potente en su mexicanidad, pero que trasciende hacia nuestra latinoamericanidad. Cuarón es duro y sensible por igual, te hace vivir cada momento, con la mirada de Cleo, que es sencilla, pero llena de humanidad, esencialidad.