sábado, 15 de junio de 2019

Carta de una desconocida


Una película muy celebrada, perteneciente a Max Ophüls, de poética maldita, de tragedia romántica, con una mujer que se enamora perdidamente de un hombre, su vecino, y muere amándolo, dejando una carta confesándole todo su amor. Lisa (Joan Fontaine) desde chiquilla queda prendada de un famoso pianista mujeriego, Stefan Brand (Louis Jourdan), y llega a conquistarlo, pero el hombre mujeriego como es la olvida y hasta redunda en ese olvido. En una estación de tren él dice que la buscará a su regreso de un concierto suyo, pero no lo hace. Ella firme en no incomodarlo –en no prestarle obligaciones- termina poniéndose a un lado –tontamente-, llevando un hijo de Stefan, a quien en vida no le confiesa de la existencia del muchacho –error aún más grande-. Es una película triste, con un hombre que se autodestruye inconscientemente al dejar pasar el amor verdadero, porque él ama a Lisa pero ha fallado por equis motivo en cumplir con ésta mujer. Ahí yace un pequeño misterio, ¿qué lleva a Stefan a dejarle entender a ella de que es su otra mitad en la vida, con aquello de lo que siempre ha sentido le ha faltado y necesitado, pero termina olvidándola o no reconociéndola varias veces?, esto puede sonar a un defecto de la propuesta, pero también plantea que el filme sea romántico, poético y trágico mediante éste olvido inexplicable y leitmotiv. Al final el hombre quien ha cometido el gran error de su vida recordará en su mente todos sus encuentros, identificándola, desde pequeña, mucho gracias a la carta sentida que ella le deja. Stefan no es un mal hombre, solo alguien que ha dejado escapar al amor. Simplemente es un hombre torpe, ejecutor de tantos fracasos, mientras Lisa representa a la mujer abnegada, una tragedia andando con su enamoramiento apasionado. El filme tiene muchas escenas dulces, todo no es llanto o drama. Pero el fin es ese, echar unas lágrimas con una historia triste.

miércoles, 12 de junio de 2019

La Vigilia


Edgardo Chocano (Gianfranco Brero), un hombre de dinero, solo, de noche, piensa y escribe en su computadora un trabajo académico, cuando es sorprendido por una mujer bella y salvaje del pueblo (Stephanie Orúe). La mujer lo termina atando y amenazándolo en su casa. No se sabe que quiere. El hombre culto no es un esnob, tiene bien puestos los pies en la tierra y sabrá manejar la situación, hasta llegar a compartir una extraña amistad con la mujer.

Ésta película de Augusto Tamayo es un thriller, y es uno decente, aunque con ciertos defectos. Uno de ellos está normalizado y generalizado en el cine peruano, hablar demasiadas lisuras, como una metralleta de vulgaridad, para reflejar realismo o porque todos dicen que así hablamos. Otro, por ratos el filme adolece de mayor creatividad, se le siente demasiado común o en buena parte conocido. Pero es un filme interesante en el planteamiento de la relación de los protagonistas, en ponerlos a enfrentarse entre ellos primero y luego a una banda criminal, que tiene de motivo un macguffin, que hace entretenido el filme.

El filme tiene una primera parte en que la mujer agrede con suma violencia al hombre de la casa, y aguarda el misterio en sus actos. Puede ser simplemente la invasión terrorífica de una casa privilegiada donde la mujer pobre aprovecha los bienes materiales que ha usurpado. Luego da un giro el filme y tenemos una relación particular. Se habla de sexo, pero se trata en realidad de una amistad, lo que hace curiosa la relación, que no es de padre e hija aunque Edgardo es mayor y ella hace de chica muy joven.

Ella es sexual, y violenta también manifestándolo. En un momento se adjudica ser una prostituta, aunque no lo es, pero es firme y atrevida con esto, podría haberlo sido. Hay una escena donde ella yace toda desnuda en la bañera; hay otra donde ella tiene sexo de pie en un cementerio. Son momentos claves de sexualidad donde el hombre mayor hace de voyeur, como de un hombre muy contenido. Pudo ser más profunda ésta parte, pero queda como que Edgardo es un tipo híper civilizado, aunque sea capaz de enfrentar el infierno por ésta chica.

Edgardo tiene dinero, pero es un hombre que puede manejarse dentro del pueblo sin problemas, dentro de lo criminal también, como cuando va a distritos más inseguros con total tranquilidad y conocimiento. Los viajes en auto economizan harto tiempo de cine, tienen una buena edición hay que anotar. El lado de la persecución criminal no está muy desarrollado, o es bastante simple, pero esto otorga a su vez personalidad, porque pesa mucho la relación entre el hombre mayor y la joven, una relación difícil de definir a cierto punto, quizá un poco un hueco, o medio un enigma, pero un disparador de intensidad, curiosidad y maleabilidad.

Ella le dice que su accionar es el de un loco, expresado de la manera más llana y vulgar, poniendo en duda abiertamente su proceder, sin que él responda del todo –estando bien muchos de sus silencios-; también todo podría haber sido parte de la imaginación de Edgardo, oyéndose mejor que todo haya sido literatura que un estudio del primitivismo o el choque de clases. La vigilia (2010) tiene ocurrencias como la de toparse con el peligro de la embestida de un toro que se percibe un poco boba, pero tiene un minimalismo atractivo, mucho mejor que la exuberancia telenovelera de Una sombra al frente (2007).

jueves, 6 de junio de 2019

La ronda (La ronde)


Son pequeñas historias de amor fugaz interconectadas por una persona de las parejas, realizadas en cadena, pasando de una aventura a otra aventura, con Raconteur (Anton Walbrook) como el presentador y ser ubicuo entre las parejas, en un carrusel del placer y la felicidad, aunque también hay decepción y traición. Pero sobre todo brilla la felicidad.

Hay grandes actores franceses de parejas, con una Simone Signoret haciendo de una prostituta, aunque no una común, capaz de saltarse cobrar por tener un encuentro de su predilección, pasando por terminar durmiendo con un aristócrata de buen aspecto físico (Gérard Philipe), donde queda todo en un estado idílico de romanticismo y ternura –con una Signoret como flotando en las sábanas ante la mirada voyeur de la cámara acariciándole el rostro, su belleza- , porque el director Max Ophüls no juzga, ni al adultero ni al libertino, sino que celebra el amor libre, el placer sexual como hallazgo total de felicidad.

Serge Reggiani interpreta a un soldado que sólo quiere divertirse, quiere gastar su día libre bailando, mientras cambia de pareja, no pretende estabilidad. Simone Simon hace de una bella y sumisa empleada del hogar rendida a los pies del hijo de su patrón (Daniel Gélin), como fantasía húmeda, y el hijo del patrón pasa a cumplir una segunda fantasía, metiéndose con una mujer casada (Danielle Darrieux) que duda y teme ser descubierta. Pero el marido de ésta (Fernand Gravey) también la engaña, con una joven humilde atraída por el dinero. No obstante ésta dama realmente desea a un poeta (Jean-Louis Barrault), y se hace pequeña frente a éste.

En la alcoba, en camas separadas, pero próximas, con sus lámparas respectivas a tiro de cordón, los esposos hablan sobre la infidelidad, sobre la calma de su relación que el hombre inocente venera y a la mujer le aburre secretamente. Ella, pícara, le pregunta si de joven ha estado con una mujer casada, él autosuficiente sorprende confesando que sí, sólo que remata que a esas mujeres no se les ama en esos affaires, ella queda meditabunda, en un prender y apagar las lámparas en medio de la curiosidad de ambos, saliendo del silencio y la monotonía matrimonial. Esto implica una escena paradójicamente simpática e irónica, levemente humorística. Plasma la perversidad en el amor, que aquí también tiene cabida.  

La ronda (1950) es un filme que con el presentador explica que estamos ante una obra creativa o cinematográfica, un divertimento, mostrándonos como nos comportamos, o como la gente revolotea alrededor del placer. Y lo hace con chascarrillo, con libertad, con un toque de despreocupación, algo de trasgresión, aun cuando es una propuesta de aire clásico, con muchas formas, delicadeza y amabilidad para narrar.

El presentador ayuda a la consumación de las aventuras, cómplice en el adulterio, como un alter ego de Ophüls y a quien adapta, a Arthur Schnitzler, que celebra el placer, que puede ser platónico, o impío, o algo forzado, o sensual, o engrandecedor. Hay desbalances e iluminaciones, se ama al vuelo, se desea con fuerza, y te corresponden -como el hijo del patrón cerrando las ventanas para propiciar un encuentro romántico o a través del velo como preámbulo sensual-, o no te aman pero te aceptan la aventura, también te la niegan.

La prostituta busca el sentimiento, un soldado no le corresponde como quiere, está muy apurado por divertirse, que curiosamente no pretende el camino fácil, quiere la dilación. Pero si un conde, que sufre un repentino deslumbramiento frente a la elocuencia romántica inesperada. El poeta es deseado como una celebridad por la humildad de una mujer (Odette Joyeux) y rechazado como algo de poco valor aun pasando por una necesidad, por una engreída actriz de teatro (Isa Miranda); aflora todo el paquete, en la vocación de la fuente del entretenimiento abierto y celebrado, prominente, lleno de calor e ingenio transparente.

El placer (Le plaisir)


Max Ophüls nos muestra 3 historias, dos cortas de unos 15 a 20 minutos y una extensa que es la del medio y la que más llama la atención. Las cortas hay una que es sobre un hombre viejo que se pone una máscara de un hombre joven para ir de fiesta; la otra es sobre una mujer que pelea siempre con su pareja, un pintor, y se separan, y ella quiere volver con él a toda costa.

La del centro es acerca de un grupo de cortesanas y su madame que dejan su discreto prostíbulo que parece una casa de fiestas para ir al campo a la primera comunión de la hija del hermano de la madame. El hermano es interpretado por Jean Gabin, y queda prendado, en busca de un affaire extramatrimonial, de una cortesana (Danielle Darrieux).

El filme tiene una escena muy hermosa cuando una cortesana recién llega al campo, cuando sale a ver por una ventana y se maravilla de las estrellas, el cielo y el paisaje rural. Es breve pero llena de cine. La película versa sobre el placer, como señala el título, el primer hombre lo busca con ahínco a pesar de que su tiempo ya ha pasado, y su cuerpo no resiste los sucesos hedonistas y suele caer enfermo.

La última historia es más femenina, una mujer anhela el placer en su relación con el hombre de sus sueños, pero no puede evitar pelear con él quien quiere escapar de ella y solía amarla con devoción. No obstante la bella dama (Simone Simon) quiere volver a contener ese amor romántico (Daniel Gélin), mientras el hombre se muestra terco en no volver a sus brazos.

Le plaisir (1952) tiene escenas atractivas, muy cinematográficas, como con el encuadre de los hombres mayores exitosos mirando a la playa al no hallar el prostíbulo abierto. El filme es elegante, nunca es vulgar aun cuando trata con el sexo y el libertinaje, es un canto a la libertad del placer, pero de manera inocente y alegre.

domingo, 2 de junio de 2019

Madame de...


Una dama de alta sociedad (Danielle Darrieux) producto de sus deudas personales vende unos finos aretes que son regalo especial de su marido, un general (Charles Boyer). El general se inquieta y los busca con ahínco. Los termina comprando de nuevo, pero curiosamente se los regala a su amante. Aquí el hombre se pinta de cuerpo entero y prácticamente justifica que su mujer termine enamorándose de un pretendiente, de un diplomático (Vittorio De Sica). El diplomático sabe que ella es una mujer coqueta pero que no pasa de ello, que hasta el marido bromea comentándoselo, sin embargo él nunca deja de seducirla con su caballerosidad. El director Max Ophüls simplifica la seducción mediante los incontables bailes que comparten, sin despegarlos. Los vemos en secuencia danzando pegados uno al otro, hablando en el tiempo. Ella apoyada en una puerta termina diciendo que no lo ama rendida ante él, éste “no” en realidad es un sí cómplice. Pero pronto el general se pondrá las pilas y buscará cortar éste affaire. En ello ésta propuesta luce refinada, lo mismo con ponerse capas mediante ayudantes. El filme es elegante y muy clásico. Es una historia de infidelidad y romance. De Sica luce como un seductor neto, con gran porte. Boyer es un hombre de aire inteligente, un tipo muy despierto, pero ésta relación se le escapa de las manos. El relato es muy sutil con toda la infidelidad, mientras el general guarda las formas. Finalmente la historia se decide por una salida más “brutal”, un duelo de pistolas, aunque de caballeros, y tiene un final hermoso, con el foco en las velas de la iglesia, un rezo sin nadie, su cuota de suspenso y una puesta en escena de cierto misterio. A ésta obra se le puede llamar una película aristocrática, a través de un trío de actores maravillosos.

martes, 28 de mayo de 2019

Dry Martina


Es la historia de una cantante, Martina (Antonella Costa), que es muy sexual, dice que es ahí donde ella siempre se ha sentido feliz, donde se halla a sí misma. Ella pretende que el mundo la quiera tal cual, así con su fuerte deseo sexual y promiscuidad, con su liberalidad a mil, con querer hacerlo cuando quiera y cuantos quiera, mientras habla de manera directa. El filme sigue ese rumbo, con la hermana imaginaria de la misma manera, que también es muy libre en lo sexual, como con el muchacho de color con quien sólo se divierte y suena a lugar común -siendo el hombre de color representación de sexo puro y duro-.

El filme intenta ser muy moderno, con lo sexual a la orden del día, del nuevo pensamiento, un pensamiento progre para bien y para mal en su significación, la aceptación de la promiscuidad femenina, la ligereza sexual femenina, el hedonismo ante todo, el sexo libre en toda gloria, sin escenas subidas demasiado de tono ni rarezas, acótese, pero con aventuras intrascendentes por doquier, se busca la aceptación total en ese sentido. Pero Martina quiere que la quieran también así, incluido el espectador, pero le falta cierta empatía para ello, aunque es algo simpática, no es un cero a la izquierda. Ella quiere ser cool con su liberalidad, con su sensualidad, pero poco importa a ratos, no a todos nos convence o entusiasma.

Dry Martina (2018), de Che Sandoval, está bien hecha, técnicamente es una película más que decente, tiene buenas formas, pero narrativamente hablando –por lo que cuenta o cómo lo cuenta como trama-  es mucho más discutible. Martina confiesa haberse acostado con todos sus amigos del colegio –fueron 12-; pide una pija y termina abrazada a un anciano que no entiende su lenguaje, con un juego que plantea la propuesta, en la comunicación entre la jerga chilena y la argentina. El filme la pone como una incomprendida, alguien por quien sentir algo de pena, es finalmente una solitaria, pero esto no pega, Martina debería ser más dura, más fuerte, mostrarse así tal cual habla y ejecuta, pues ese camino ha escogido.

El sentimentalismo no funciona con Martina, cuando se muestra conchuda con el sexo previamente, de manera tan desenfadada y apologética. Si eres irreverente, no pretendas ser tierno después, no será tan fácil de generar empatía así, si no habrá que ser ingenioso entonces, y en ello el filme falla, mostrando un salto muy simple. Dry Martina con la historia de la hermana chilena loca mejora, se libera un poco de su temática de promiscuidad –paradójicamente a raíz de una relación casual-, dejando de ser repetitiva, para al final dar un pequeño giro, con la –simbólica- gata maullando. No es un filme malo; como película ligera tiene su gracia.

domingo, 19 de mayo de 2019

Prospect


Aunque suena improbable, difícil, de que alguien llegue a sentir aprecio por quien ha matado a tu padre y no fue un padre que detestabas o estuvo ausente en tu vida éste filme de Christopher Caldwell y Zeek Earl no es un mal filme, es más bien interesante y entretenido. Es un sci-fi con su ciencia propia, con su magia cinematográfica para mostrar el futuro. Una de las curiosidades de la propuesta es extraer especies de gemas de dentro de unas bolsas tipo estómago que yacen en medio de la naturaleza –en la tierra- como vida fantástica y pueden destruirse las gemas si las extraes mal o mutilarte al introducir por necesidad tu brazo.

Esto genera ambición y la codicia violencia y, desde luego, crimen. Luchan entre todos por obtener éstas gemas, habiendo un padre y una hija buscándolas por problemas de dinero para poder ir a donde quieren, que a esto le llaman ciclos, a los viajes por el espacio, como gasolina. El tándem padre –hija desciende de emergencia en una luna y empiezan a buscar las gemas, en esta tierra de nadie, a lo desierto americano de western. Ésta luna se ve como un bosque de fantasía, con destellos del tipo de unas luces de colores cayendo en medio de mucha vegetación. Tan simple como ello, y ahí está su luna, contexto y notable y efectivo escenario.

Prospect (2018) es una película de aventuras, todo parte cuando dos tipos asaltan al padre y a la hija protagonistas, a Damon (Jay Duplass) y a Cee (Sophie Thatcher), y termina en ésta rara amistad de querer al enemigo, entre Cee y Ezra (Pedro Pascal). El filme se mueve en formar el vínculo, con un Ezra justificándose lo mejor que puede en lo que parece casi imposible, exhibiendo otros lados de sí, de tipo abusivo y bruto a hombre de palabra y sensibilidad. Hay cierta química entre Pascal y Thatcher, a pesar de la diferencia de edad, pero nada extraordinario ocurre a ese respecto que no sea un esbozo, estando más pegados a la amistad.

Es un filme que entra rápido al meollo, en sólo quince minutos prácticamente todo esta explicado y dentro de su cuota de original ciencia ficción. Tiene un discurrir intenso, salta de aventura en aventura, en medio de esa amistad que forman Cee y Ezra, donde anida la relación más potente del filme, aunque criticable por una parte, pero rica al fin y al cabo para el uso y trayecto de la propuesta. Lo mejor, lo más creativo, es la extracción de gemas representando la fiebre de oro. Después hay mercenarios, asaltantes (outlaws) y sencillos buscadores de oro como en un western, pero con la cara de la ciencia ficción. Es un sci-fi de elementos sencillos, pero con su originalidad, con mucha aventura, intereses crudos y raras lealtades en juego.

viernes, 17 de mayo de 2019

Dar la cara


Dar la cara (1962), de José A. Martínez Suárez, es un filme político, que retrata los tiempos en que se halla Argentina por entonces, tiempos convulsos, tiempos de huelgas, de estudiantes protestando, de obreros y trabajadores humildes quejándose o con gente defendiéndolos, peleando con sus patrones, exigiéndole al estado, épocas de socialismo.

El filme es un coming of age de tres personajes, de tres muchachos, recién terminado el servicio militar de ellos al mismo tiempo. Uno es un ciclista, otro un estudiante y otro un director de cine. En el filme hablan de fracaso, se enfrentan a ello constantemente. Entre ellos hay distinta condición social, el director de cine es de dinero, hijo de un hombre exitoso, mientras los otros dos son clase trabajadora (ciclista) y clase media (estudiante).

Los tres protagonistas son amigos. Beto (Leonardo Favio, el mejor actor de los tres, el más carismático además) es el ciclista, quien debe esforzarse por clasificar a una gran competencia de ciclismo, y ver por un buen futuro –es repartidor de periódicos-. Beto es un muchacho muy sociable y muy querido. Lo tenemos haciendo una parrillada gigante para sus amigos –carne argentina, qué más nacionalista-, auspiciada por un tipo de negociante popular.

Beto tiene una novia que se la pega de muy modosita con él, o teme perderlo por esa vía “fácil”, y no quiere tener sexo ni provocarlo siquiera antes del matrimonio. Beto termina en brazos de otra buscando una mujer más sexual, la que tiene muchos amigos como eufemismo de promiscuidad. Pero termina renegando de ésta nueva mujer también, aun cuando esta mujer tiene dinero –no obstante Beto no es aprovechado, es finalmente un caballero-. En un momento alguien lo llama grasa, insulto despectivo argentino de vulgaridad y mediocridad, y éste pierde los papeles, es un hombre humilde, pero orgulloso, alguien con personalidad, aunque a ratos sea discutible, parezca que no sabe lo que quiere, como todo muchacho.

Bernardo (Luis Medina Castro) es el estudiante, siempre falla en avanzar en sus estudios porque la huelga y la lucha social lo hacen desenfocarse de su camino, lo jalan como quien es atraído hacia el pecado, cuando sabe que la lucha social se entromete en su futuro, en terminar de labrarse uno. Intenta olvidarse de la huelga por esta razón, pero los tiempos y sus compañeros no lo dejan tranquilo, notando que hay estudiantes enfrentándose a los huelguistas, hasta como si fueran pequeños gángsters, criminales en ciernes.

Esto lo sigue a todas partes a Bernardo, el claramente político de los tres, como si se tratara de un filósofo o un sociólogo por naturaleza cuando en realidad estudia ingeniería. Es su fuerte consciencia, son los tiempos, y será su pugna “eterna”, sopesando que esto del socialismo también es fuente de violencia –como las antorchas que llevan los huelguistas que parecen bombas molotov-, aunque no veamos aun brutalidad.

Mariano (Pablo Moret) es el cineasta que quiere hacer una gran película y cree que su padre que también es director de cine solo hace películas comerciales sin profundidad, sin tener nada que decir, las llama hasta bodrios, y esto le molesta, por un especie de idealismo. Pero en el trayecto entiende que el cine no necesariamente debe ser político ni el cine comercial es algo malo –pero acotando que es más altruista que negociante-, no tiene la vena social en sí como otros compañeros de cine que llama (audazmente) periodistas. Pero tendrá su lucha existencial, su confusión, su lucha de autodescubrimiento para darse cuenta.

Dar la cara es una película muy bien hecha, aunque tiene un lado marcadamente político, que la emparenta con el cine latino de ese entonces y las influencias ideológicas, pero también quiere ser clásica en su amabilidad, en sus historias simpáticas de humanidad, como el deportista que quiere tener sexo con una mujer de su agrado, con una pareja romántica, como quien dice ni puta ni mojigata o quien no pretende ser un tonto por ninguna parte; el estudiante que no quiere botar su vida a la basura, a razón de madurar y saber quién quiere ser y quien es; y el cineasta imberbe que quiere trascender en su profesión, hacer arte, por encima del dinero, un tipo con consciencia, otra a la social. 

miércoles, 15 de mayo de 2019

Dragged Across Concrete


Dragged Across Concrete (2018), de S. Craig Zahler, dura 2 horas 35 minutos y se cocina lento, pero es una película muy entretenida, te mantiene interesado todo el tiempo. Es un filme con 2 policías suspendidos donde uno de ellos quiere hacerse de un dinero corrupto para sacar a su familia de un mal barrio –una hija adolescente peligra de ser violada en un futuro-. El policía de esta idea lo interpreta Mel Gibson como Brett Ridgeman, y su compañero es Vince Vaughn como Anthony Lurasetti.

No es un filme perfecto, pero es definitivamente bueno. Dentro de lo malo está el humor grueso en la presentación y salida de Jennifer Carpenter. También darle mucha importancia al personaje que hace Tory Kittles. Lo interesante está en la interactuación entre Gibson y Vaughn y como lentamente se va armando el filme tras un robo y el seguimiento de un tal Vogelmann (Thomas Kretschmann) y como sus secuaces son presentados. 

La acción cuando finalmente llega –aparte de lo que hacen independientemente los secuaces enmascarados del robo- es potente y full jugosa, el filme tiene muy buena acción, secuencias y escenas de antología. La propuesta es impredecible, anárquica, trasgresora, hedonista. Gibson y Vaughn hacen grandes papeles, están magistrales, hablan bastante entre sí. Dragged Across Concrete es cine punk, cine que no teme ser rebelde y hacer lo que le plazca. El filme tiene un timing lento, pero también es sumamente interesante, que uno no siente el tiempo en absoluto, sino que más bien te haces de expectativas.

La trama es inesperada en su discurrir de corrupción, con unos policías protagonistas carismáticos y a la vez unos malditos en cuanto a astucia y estado cool. El filme aunque no tiene el timing de Tarantino que suele ser veloz recuerda a su cine. S. Craig Zahler definitivamente con sus tres películas a cuestas es un director a tener siempre en la mira, es un cineasta del hedonismo cinéfilo, un gran cineasta del entrenamiento en total libertad.

sábado, 11 de mayo de 2019

Tinta roja


Un grupo de periodistas celebran en un bar con música criolla –al son de El Alcatraz y su clásica vela detrás de una falda- hasta que llega una noticia fúnebre que les cambia el rostro a todos. Así empieza éste filme del peruano Francisco Lombardi y hacia ahí irá tras varios flashbacks que van completando la figura hasta llegar a un racconto.

Alfonso (Giovanni Ciccia) es un practicante que se une a un periódico popular llamado El Clamor y en éste lugar halla a su mentor, a Faundez (Gianfranco Brero), un hombre muy sexual, muy vulgar de boca, como el filme tan criollo. Se ven muchos casos de periodismo popular donde brillan los crímenes y accidentes, las muertes, y la gente más pobre y humilde lucen como si fueran artistas por un día, parafraseando a la película.

El grupo de periodistas protagonistas está encabezado por Faundez que es el periodista avispado, vivo, malcriado, astuto, el jefe que muestra toda su virilidad y machismo, quien es pícaro hasta lo grotesco, quien es muy criollo, muy ducho en el periodismo más barato. Gianfranco Brero lo hace muy bien, y obtuvo por su actuación el merecido premio de mejor actor en el festival de cine de San Sebastián 2001.

Faundez muestra una personalidad ambivalente, puede ser detestable –donde anida más-, como alguien a reconocer como talentoso, como en su profesión, que es hasta guía, maestro, amigo, tiene un extraño aire paternal, aunque busque lo soez, lo sórdido, trabaje hasta con lo ruin, como pasar por alto siempre el dolor ajeno y ver a las personas como intereses propios y cero altruistas, e igualmente habla curiosamente de la compasión, pero de la que le recuerda a sí mismo, habiendo una escena de boomerang donde ve quien ha sido y se da cuenta de su error. Familiarmente es una ruina, otro punto de la ideología del sexo y el libertinaje que maneja la propuesta. Y pasa por alcohólico en cierta manera, otra idiosincrasia chicha.

Lo secundan Van Gogh (Carlos Gassols), el chofer quien gusta de recitar frases célebres –muchas muy conocidas, sencillas- y luce como un viejito bonachón, pero también es parte del clan del criollismo; un fotógrafo casi mudo, Escalona (Fele Martínez), muy frío para la foto más escabrosa y sensacionalista, pero catalogado de los mejores de su profesión valga la curiosidad; y el nuevo practicante, Alfonso, que pasará de ser un joven educado con ánimos de convertirse en un escritor profundo –de ahí le viene lo de Varguitas, en la mención a Mario Vargas Llosa- y mucha cultura al pupilo de Faundez, su posible reemplazo, un pequeño doble.

El filme muestra a una Lima popular, donde la noticia más fuerte es buscada con ahínco, mientras se forman vínculos entre los periodistas y se van mostrando sus personalidades, en especial la de Faundez que es igualito a lo que significa El clamor, un periódico chicha, vulgar. Faundez en sí es la película, como va adoctrinando e influenciando a Alfonso que vendría a ser el pequeño héroe, quien más es como pasar por una experiencia de madurez, de vida.

La parte romántica la forma Nadia (Lucía Jiménez), pero como el filme busca ser siempre chicha, popular, criollo, sexual, ella pasa finalmente a segundo plano, a ser parte de la ideología o la argumentación de éste submundo de noticia barata y devoción al sexo. Nadia es guapa, independiente, algo sofisticada, una periodista de espectáculos, pero eso no cuenta frente a la verdadera reina del filme, la sexualidad –junto a la violencia-, con la podóloga (Tatiana Astengo) y la periodista amante (Yvonne Frayssinet) representándola.

Es un filme que puede gustar mucho si lo vemos como la peruanidad más humilde, como un retrato implacable y muy realista del criollismo peruano, pero que como su expresividad puede ser vulgar, chacra, o en todo caso su aspecto social es muy contundente y ahí radica su mayor logro, como su tara, dependiendo. Pero eso es lo que busca y por ende es un éxito de película.

Sin duda, es una de las películas más auténticas y más propias de Francisco Lombardi, donde está toda su identidad e idiosincrasia como cineasta. Es nuestro cine, parte importante de quienes somos, parte de nuestra historia como séptimo arte. Tinta roja es identidad, una de nuestras mejores películas, aun cuando es tan social, tan realista, tan vulgar, tan criolla.