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martes, 19 de enero de 2016

Joy: El nombre del éxito

El director David O. Russell hasta su anterior película ha sido un engreído de Hollywood, nominado tres veces seguidas al Oscar por mejor director y en dos oportunidades por guionista, hoy parece que su suerte ha virado de cierta forma y se ha encontrado con un duro rechazo de la crítica hacia Joy: El nombre del éxito, aunque su actriz protagonista Jennifer Lawrence ha resultado nominada por la presente, logrando su cuarta nominación profesional (3 veces gracias a O. Russell, una de estas le mereció una estatuilla dorada, por Silver Linings Playbook, 2012).

Su última historia se basa libremente en una persona real, en Joy Mangano, inventora del Miracle Mop, el trapeador milagroso, un trapeador que no necesita escurrirse y puede lavarse fácilmente, hecho de plástico, ligero, y que cuesta 4 veces más que un utensilio simple pero resulta más higiénico, efectivo y duradero. Mangano es además una exitosa empresaria que sale vendiendo sus productos e invenciones en televisión. Con esto parece que tuviéramos una historia particular, con un invento poco deslumbrante o no tan atractivo para muchos espectadores, diga lo que digan las amas de casa, las tantas que llegaron a comprar el producto. Fácilmente el filme pudo caer en el ridículo, y no lo hace.

La propuesta capitaliza el sueño americano, marcadamente, de forma obvia, con diálogos que empiezan diciendo literalmente que Joy es una perdedora, tal cual lo refleja su madre echada en la cama absorbida por las telenovelas hasta que llega el amor romántico a sacarla de su sopor (en una línea endeble), cosa que evita la trama central, y se inspira en el éxito laborioso pero realizable de todo ciudadano promedio. No obstante la narrativa banaliza un poco el triunfo del sueño americano, donde O. Russell simplifica todo, y lo entrega bien empaquetadito y fácil, como para que el público masque bien su canchita, para ello todo se dice directamente. Joy fue una niña con grandes sueños, que se convirtió en una divorciada con 2 hijos a cuestas, aunque con un gran ex marido, que es su mejor amigo, aun siendo en parte un fracasado. Tenía un trabajo agotador, muchas cuentas y poco dinero, una madre mueble, inerte, cero productiva, y un padre y una media hermana que son un bache constante en su vida, y hasta incluyen la intromisión de una madrastra igual de ambiciosa, tacaña y de cierta forma aprovechada, ganando realismo en cuanto a la realidad de la familia americana no del todo afectiva, sino conflictiva. Sin embargo, Joy ve a través del surrealismo ese cambio que necesita, por medio de las telenovelas de la madre, y se lanza a inventar algo útil, práctico, que esté en el diario vivir.

Lo que viene después son dos giros bastante pobres que lastran la credibilidad del conjunto y su mayor alcance, ya que son capitales. Uno es un conflicto descubierto semejante a cuando John Cusack halla esa pequeña puerta en una oficina a tremenda revelación, en Cómo ser John Malkovich (1999). En el otro aparece una salida arbitraria y simplista en todo sentido, en una habitación de hostal, otro de esos encuentros milagrosos, tras revisar el papeleo, como con el trapeador, tal cual éste salta de ser menospreciado a ser visto como una mina de oro por Neil Walker (Bradley Cooper), ejecutivo de un canal de ventas.

Joy: El nombre del éxito inicialmente tiene un lado tipo comedia de enredos, donde todo luce barroco, altisonante y extravagante, que es muy entretenido, además de que el asunto del trapeador y la fortuna tiene cierto humor en sí, aun teniendo el lema de esa frase que dice de que lo ordinario se topa con lo extraordinario y hacen perfecto maridaje, tomando de ejemplo al legendario productor David O. Selznick y a su esposa, la popular actriz Jennifer Jones.  

O. Russell hace todo el trayecto del filme espolvoreando sencilla simpatía, una buena onda en ideas y lugares, apreciando que uno rápidamente se identificará con la protagonista, una magistral Jennifer Lawrence que realmente está perfecta en todo momento, aun cuando pueda estar diciendo algo tonto o poco elaborado, que en buena cantidad hay en el filme, tratando de ser empático de forma tan clara y poco original. Lo único que faltaba era que Joy cayera en algún romance y todo quedaba como un cuento de hadas, tanto como un manual básico para triunfadores, donde los esplendidos Robert De Niro, Isabella Rossellini y la desconocida Elisabeth Röhm son los parientes de miedo, en una falsa fachada de ayuda, habiendo un diálogo de negocio y préstamo que impone un deber y retribución, unas preguntas de compromiso y una reunión donde se ve una familia caótica y compleja que es lo mejor del filme. Así sobresale la comedia coral inicial, hasta que llega la decepción empresarial. Pero a continuación enseguida el filme se vuelve predecible, convencional y va perdiendo su encanto.

Se trata del sueño infantil del verdadero yo de la protagonista –y el de cualquiera, no ser perdedores- y el aliento y fe de la abuela que espera un matriarcado de Joy. Manos a la obra debe imponerse en acción; ponerse ruda, decidida, feminista, a través de -valga la curiosidad- un utensilio de limpieza, hasta triunfante colocarse sus lentes de sol y venderle al espectador una historia más del gran sueño americano. Tiene que evitar caer en la nada, la inutilidad y el desperdicio que representa la madre interpretada por Virginia Madsen (y todo el lastre familiar, en otro grado).  

lunes, 3 de febrero de 2014

American Hustle

Es notorio que David O. Russell divide a la gente, tiene el respaldo de los Premios Oscar que por tercera vez le concede abundantes nominaciones, The fighter (2010) le dio 7 y obtuvo 2 triunfos, en El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012) fueron 8 y ganó una estatuilla dorada, y en ésta oportunidad American Hustle le da 10, y hace nuevamente pleno en la categoría de nominados a actores. Con lo que se denota que tiene el aliento de un importante sector del público que es lo que define la mayoría de candidaturas de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas Americanas. Pero también hay una corriente que cree que está sobrevalorado. Y yo en lo personal me ubico dentro de los que lo apoyan, porque sin ser espectacular, alguien extremadamente original, disfruto de sus filmes.

American Hustle puede verse como que tiene un aire o parece intentar emular (algo) al idolatrado Martin Scorsese, mucho teniendo bastante fresco su último ataque de genialidad, El lobo de Wall Street (2013), de quien no discutimos su mención y la seducción que emana, ya que se debe a su talento fuera de resultados discutibles, sin embargo creo que en conjunto es totalmente distinta ésta película a cualquiera preexistente, por el estilo propio que impone finalmente O. Russell, además de que no pienso que sea restrictivo a un solo autor hacer un tipo de cine.

El tema de los gánsteres, los fraudes, policías en pos de la celebridad y la corrupción política lo maneja muy bien ésta propuesta, con un toque –que no completo porque fluye, tiene ritmo y vida- de idónea sequedad, cierta impuesta ligereza y su infaltable ironía, no dejarse tomar muy a pecho en lo que exhibe, que se da como subterfugio para permitir no ajustarse a una trama cuadriculada, aburrida digamos, sino moderna, y poder moldear al gusto el juego personal, una autoría. Porque no se trata de retomar en absoluto lo clásico, aun manipulado séptimo arte precedente, como una falsa fachada de otra década, los 70´s (que invoca referentes de esa época, como el cine de denuncia o policial, el arte de Sidney Lumet), entendiendo que también depende de hechos verídicos y detalles que “obligan” un retrato. No obstante, se observa sin dificultad, que David O. Russell pretende yacer en su libertad de director, y vemos que se caricaturiza intencionalmente un poco a los personajes, pero sin borrarlos de una película seria, de un drama de criminales, ya que no es para nada una comedia, sino que quiere destilar una capa de consabido relajo en cómo nos lo cuenta.

De ahí que todos tengan peinados ridículos, Irving Rosenfeld (el siempre sacrificado, comprometido hasta la médula y vastamente versátil Christian Bale) una calvicie mal escondida, aparte de una voluminosa barriga, congruente con lo que representa, un estafador de suma inteligencia aunque de pequeños movimientos de engaño. El alcalde de New Jersey Carmine Polito (Jeremy Renner) un peinado a lo Elvis en medio de una elíptica pesada vida familiar –tiene 5 hijos y una esposa que nos recuerda a la de los típicos gánsteres italoamericanos que nos ha dado siempre el cine contemporáneo, mujeres de barrio- y un mal disimulado pésimo gusto, siendo un hombre capaz de ensuciarse en el desarrollo de su ciudad, como él mismo dice, hacer todo por ella, en un mandato que conjuga avance a costa de algunas licencias, poder tratar con mafiosos dueños de casinos en pos de trabajos e ingresos para su estado. Y por último, el oficial federal Richie DiMaso (Bradley Cooper, que se esconde en varias capas, siendo hilarante, un poco tonto o imponente dependiendo las circunstancias) que ostenta una permanente, rulos, como la cabellera abundante de la compañera de estafas Sydney Prosser (en una sensual –mención especial de sus escotes- y compleja en sus emociones Amy Adams); luciendo un aire a sex symbol latino de música disco, mientras hace todo lo que puede por consagrarse en su profesión de policía encubierto, hasta manipular los hilos para que congresistas, senadores, criminales y alcaldes caigan en su red, en un plan sustentado predominantemente por el anhelo de notoriedad, atraparlos infraganti, aun incitándolos más que descubriendo y desbaratando negocios ilegales. Algo que juega con la audacia de quien se desnuda como fabulador y desmitificador, en caso de O. Russell, un generador de artificios que crea un universo creíble, solvente en sí, lo que hace todo cineasta. Y nos invita a observar y desentrañar como se fabrica arte, en una especie de alter-ego en la piel de DiMaso conjugado con Rosenfeld al que se le instiga para que perpetre un fraude que enmarañe a criminales, aunque no todos los son pero se verán tentados a ello, y que puede ser visto como un sutil meta-cine. Una película que mirada detenidamente es bastante inteligente siendo fácil de entender aunque sacrifique una parte de la cotidiana ilusión y pueda molestar, como quien nos da la sensación de revelarnos que quiere tomarnos el pelo o enseñarnos una verdad que no atendemos y nos mantiene “inocentes”, fieles a nuestra calidad de espectadores.

No obstante, si bien juega a concretar un contexto de forma discretamente atípica, rompiendo la narración convencional pero como quien pretende normalidad, provocando el conflicto “arbitrariamente” para luego decirlo, por si pasaba desapercibido su pequeño toque particular, y hacer una última jugada en que se sigue explotando la capacidad de fraude, ya como historia lineal y ordinaria, no deja de asumirse como entretenimiento, es su basa, pero con su infaltable impronta, y es que David O. Russell puede ser bastante extravagante, a diferencia de lo que creemos de su séptimo arte, como se puede ver en I Heart Huckabees (2004).

Es como lanzar al ruedo una chispa de ingenio o algo poco manipulado, dentro de una trama, más que visto como defecto, un cariz anodino o una tonta ocurrencia, en donde se falsifica a un jeque árabe para que caigan los ratones a la trampa, con el que se les llama y entusiasma a los criminales y a los potenciales delincuentes (lo cual no es que suene descabellado), aunque incluye meterse con algún peligroso gánster (la historia crece con sus pormenores, que le catapultan y nos centran para seguir atentos un hilo), el ejecutor Victor Tellegio (Robert De Niro, en una figura que le persigue eternamente dado el talento en ello, que domina, aun en una breve caracterización y ya habiendo hasta bromeado con esos roles) pero sin que por ello atrofie el conjunto, o sea la historia, más bien la alimenta desde coordenadas personales.

Al final se ve que son pequeños pretextos lo que hacen una estructura, algo notable en el papel de Rosalyn Rosenfeld (la prodigiosa Jennifer Lawrence, a la que se le exige roles exigentes de engañosa simplicidad, maduros pero imperfectos, y siempre da la talla, iluminando un personaje rico en arrebatos, mucha emotividad, e incongruencias a flor de una personalidad de vulgar sapiencia que termina ganándose nuestra empatía bajo su carisma todoterreno), una joven hermosa pero chabacana, voluble y con falta de autoconsciencia.

Puede que American Hustle no sea una gran historia como tal, no sea tan cautivante en bruto, siendo relatos ya muy gastados, una vez visto de que se trata el embrollo en sí (engrandecido por sus artificios, véase su banda sonora que imprime fuerza  y personalidad a las secuencias, con Tom Jones y la nostálgica Delilah, la estupenda Live and let die de Wings, o las icónicas I feel love de Donna Summer y -la a su vez dulce- How can you mend a broken heart de los Bee Gees, entre otras, que imponen una atmósfera en toda plenitud; o sus escenarios familiares, bendecidos por el aura de lo vintage, donde se citan los personajes modelados dentro de un curioso glamour, el setentero, que no pelea con lo austero por ser propio de su tiempo), sin embargo no desfallece nunca, genera mucha atención, entretiene mucho más que suficiente, y maneja perfectamente la temática del fraude, la hace suya, teniendo atributos innegables de valía, como explotar a sus personajes, revestirlos de disfraces, matizarlos y hacerlos interactuar con verdadera intensidad, tales son sus dos protagonistas Irving y Sidney que tienen vidas apasionantes gracias a su rabia interior (lo dejan ver sus voces en off,  cuando describen quienes son, y el flashback que termina regresando a esa sala privada con el jeque y Polito, que los justifica de alguna forma, aunque sobrellevarlo canse o intimide), por sobre el orden de la derrota y la frustración que les ofrece a ellos la cotidianidad, dándose controlados como ameritan sus farsas –hasta en el acento británico de Sidney que es muy significativo para cambiar su biografía, su pasado de desnudista, que como dicen uno quiere creer lo quiere, todos mentimos o lo hacemos con nosotros mismos- en una oculta vehemencia que los motiva. O. Russell es, sin duda, un director que sabe sacarle sustancia a sus actores, no es banal tanta nominación al respecto, generando vínculos y panoramas portentosos con ellos, más allá de lo concreto. Continuos cambios de ánimo o en apariencia, en un buen manejo variado de conflictos, entre lealtades y deshonestidades. Lo que hacen del filme una especie de juego de cartas lleno de intenciones y adivinanzas con sus roles, y a nosotros observadores de ese intercambio de movidas maestras, siendo las mejores, las más importantes las de torpeza dentro de la atracción del argumento.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Silver Linings Playbook


David O. Russell regresa dos años después de The fighter (2010) a competir en los Oscar, ostenta 8 nominaciones, 1 más que su anterior participación en la que su película logró alzarse con 2 estatuillas, una para Christian Bale y otra para Melissa Leo en actores de reparto. Esta vez los 4 puestos a interpretaciones están convocados y es una hazaña que se repite tras treinta años que no sucedía, desde Reds (1983) de Warren Beatty.

El filme es una comedia romántica que no evita serlo desde luego, y sería una mala crítica decir que trate de no seducirnos con algo de sencillez, buena onda, algo de comedia ligera y afecto que son los atributos generales de este subgénero, sin embargo para hacer la diferencia logra no regodearse en el lugar común mientras es efectiva en su idiosincrasia, es lo que tiene que ser pero con más ingenio, cierta originalidad, buena estructura y un valor rescatable de complejidad de lo que se acostumbra y por ello que la tengamos postulando a los premios de la Academia. Su primera hora está bastante creativa (desde lo identificable) y atractiva hacia un paso más allá de ser solo para románticos y asiduos al actual entretenimiento light por antonomasia, con un tipo al que conocemos como Pat (Bradley Cooper) que es bipolar y atraviesa ciertos conflictos en su vida, es un perdedor que trata de resarcirse y tomar camino (en lo más primario e indispensable, pareja, optimismo o amor por existir y estabilidad emocional), estando desempleado (no es tampoco que sea un tipo con muchas ambiciones), tratando de manejar problemas mentales de adaptación social (a los que él mismo parecía no reconocer y estar en un estado con algunos exabruptos y alteración, pero después vemos que sí, la carta que escribe al final nos lo confiesa, sobre un tiempo que tiene pensando en su estabilidad afectiva de la que parten todos sus problemas y desequilibrios, así lo enfoca y resuelve el filme) y con una orden de restricción de no acercarse a su esposa a la que hallo teniendo sexo en la ducha con otro hombre al que golpeó naturalmente enardecido, y eso le llevó a ser recluido por 8 meses en una institución mental por mandato de un juez.

El filme luego inevitablemente pierde fuelle, no se vuelve insoportable pero pierde el encanto primigenio y ya no asume el estado bipolar, lo simplifica bastante, y es que el filme lo ve de forma bastante superable y es una opción que tampoco resulta desestimable (no es un filme trágico ni dramático recordemos), al final es algo que se trata de que uno se recomponga en una introspección personal y asumida, cambie dirección, encuentre nuevos motivos, se calme y sea más pacífico y vea el lado bueno de las cosas como reza el título en español. Los miedos psíquicos no son abordados con la profundidad necesaria –aunque una canción alude idóneamente a ello, solo eso- y la medicación es superflua –la toma cuando le da la gana-. La salida es el amor, en ello yace el vínculo con una mujer, Tiffany (Jennifer Lawrence) que también tiene problemas de sociabilización que la han llevado a recibir pastillas pero en ella es algo menos conflictivo, muy cool como se luce en el diálogo en la mesa (parecen dos freakys que se echan el chiste de su extravagancia), y se resuelve también con bastante sencillez, una muerte muy íntima implica un pequeño trauma, que le acarrea  a ella volverse una especie  de adicta al sexo casual, se acuesta con 11 hombres de su trabajo, y cuando ve a Pat no parece la excepción (qué valiente él, resistirse a esta completa belleza, joven pero madura e inteligente, sumamente guapa, de cuerpo atlético y segura de sí aunque eso no lo vea aun al tener una obsesión  –no tan lógica vista con detenimiento y eso el filme permite verlo-). Y del rechazo nace una secreta –y no tanto para el espectador- atracción y una personal reflexión que también le redirige y le permite salir de su atolladero, una unión en que se siente pronta a ser valorada (una constante en un mundo donde amplifica lo sexual), algo que no halla con facilidad. Aparentemente ella parece ser una mujer del montón, un buen polvo eso sí pero de una noche (o de un par), sin embargo es su desequilibrio emocional el que oculta lo maravillosa que es como persona, y en su compenetración y conocerse (tranquilos, mediante trotes diarios, diálogos punzantes por ambos lados –el por enfermedad, sin la gracia y el filo audaz de As good as it get (1997) dejemos en claro aunque se viene a idea, y ella por inteligencia-  y el pretexto de un concurso de baile, no es que tampoco Russell reinvente la comedia romántica debemos acotar pero pues juega bien sus fichas; junto con lo importante de que hay química, nada complicado con Jennifer Lawrence que es extremadamente espontánea y dotada para la película). Todo se va gestando gracias al buen tacto y visión de Tiffany que sabe lo que quiere una vez que siente el flechazo (el que le digan que no), y es entendible, la nueva mujer de siglo XXI -si me permiten la falta de pudor en el habla- son más de acción y practicidad que de otra cosa. Y lo ve como el príncipe que le va a llenar el vacío que siente, la va a complementar, sin esfuerzo, muy natural aun no siendo del todo fácil lograrlo, es la otra mitad como espeta el cliché, aunque no sean los típicos ejemplos al uso, y esa rotunda imperfección fuera de que sean muy atractivos los dos es la que los acerca –aparte de la ironía, que no es para tanto y creo que es flagrante en su inocencia, de que él la ve más loca a ella- y los hace verse en el contrario, ella lo anticipa, los defectos son como heridas de guerra. Tiffany lo busca pero parece que él la necesita más, y realmente están a la par.

Es un filme muy simplificador, muy alegre a fin de cuentas, sí, la bipolaridad ya está presentada y adaptada al contexto (ya es una rasgo de esa personalidad que relacionamos con el protagonista), que recurrir a ella continuamente  o sobreexplotarla explícitamente cambiaría el sentido del filme, recordemos siempre el título que es muy determinante en lo que encontraremos, y se busca movilidad, pero eso de todas formas hace que pierda el poder de su trama para ir a otra parte (que hay que decir que yace dentro de su propia coherencia). De llegar a ser golpeado por su padre tras derribar accidentalmente por una mala reacción a su madre o de gritar alterado en medio de la madrugada por una nimiedad –que comparto sin enardecimiento por supuesto, el desenlace de Adiós a las armas de Ernest Hemingway es lo más ilógico que uno puede imaginar, léase la metáfora del filme, no estamos para ese tipo de desasosegantes e inesperadas tragedias- pasa a ser casi invisible a comparación de su primera mala e imprevisible conducta, a verse como un sujeto bastante estable, capaz de pensar dos veces sobre las consecuencias  de su conducta (algo en cierta medida razonable pero claramente insuficiente, aunque la existencia es impredecible por lo que démosle el beneficio de la duda, porque es un caso especial y ha pasado por mucho, viniendo de un procesamiento mental), y bueno el filme termina usando momentos menos impresionantes en su segunda parte, el hermano llamándole perdedor en contraposición de sí como triunfador no es del todo inverosímil pero parece una carta demasiado abierta, la apuesta que luego se normaliza (y resulta mejor así) está bien pero va sobre agua muy conocida (pero es tan perspicaz el director que echa a bromear con el resultado de la calificación, de ese penoso 5, y ahí uno recuerda Pequeña Miss Sunshine (2006), no tan loser y desenfadada en su escena de baile pero igual de limitada en cuanto a sus cambios de ritmo musical). Russell en algunos momentos claves trata de zafarse  de ello y resulta innecesario en parte, naciendo la pregunta, ¿hasta qué punto la originalidad ataca la naturalidad? y esa será siempre una lucha eterna, un requerimiento del éxito de que una película sea vista como obra maestra, y habrá cosas que no se puedan evitar como otras que transformar. El padre explicando que debe ir por ella o él diciendo que su amor no es de golpe sino ya lo sentía y lo veía de un tiempo atrás, como sería en la realidad.

En el filme hay tres tipos de locura, la de Pat que hay que curar, desde enfocar la vida más que observarla como una enfermedad, que es lo que hace el relato, la de Tiffany desde la que todos aceptan y quieren hasta emular, y la del personaje de Robert De Niro, que es la que a él mismo no le importa, que es tal cual, que ni le pasa por la cabeza algún arreglo, y parece más común de lo que creemos, sus supersticiones y sus arrebatos de violencia los siente muy justificados, pero el fanatismo por su equipo es bastante irracional. La escena en que Tiffany explica con estadísticas que estar en compañía suya es algo que brinda suerte más que lo contrario es de las más curiosas y audaces que alguien puede darle a un tipo raro, como jugar con sus propias reglas. Para ello Lawrence es lo mejor del filme, ella se empapa en su interpretación, resulta fuerte, atrevida y debajo destila sensibilidad y carisma; lo contiene en repetidas oportunidades. Vuelve a lograr el mismo nivel superior de actuación precedente en cada intervención de ésta trama, como si fuera un alarde de contundencia, de asimilación, nada de migajas ni de contados estados sublimes, ella es fehaciente, y sin duda  esa persona de la que se reviste no sería ni la mitad de encantadora en la vida real sino fuera por su compenetración y su participación. Su enojo y reacción en el café, otro punto potente del filme, memorable,  la colocan como una de las mejores actrices que Hollywood tiene para ofrecer. 

Chris Tucker siempre me ha parecido insoportable, su voz chillona y su comedia me hacían creer que su mejor actuación era la de Jackie Brown (1997) donde  solo sirve para que lo metan en la cajuela de un carro y le metan dos tiros, sin embargo parece reivindicarse con un papel simpático en este filme, y sin dejar de ser afroamericano pero uno mejorado. En cambio Jacki Weaver a la que como no adorar en Animal Kingdom (2010), que para quien escribe entregó la mejor actuación de las nominadas en su categoría ese año, está muy endeble. No entiendo que le ha hecho yacer nuevamente nominada. No ha hecho nada. De Niro está bastante bien pero mucho menor de lo que se suele mencionar, tiene un papel secundario peculiar y visible pero nada del otro mundo en realidad. Y Bradley Cooper está cada vez mejor, más que cumplidor y si sigue en esa forma se convertirá en un estupendo actor, que todavía se siente que le falta, aunque definitivamente ya es una estrella.

El filme es típico americano, pero enarbola una cotidianidad gringa de la que suele convertirnos en cómplices, casi sin darnos cuenta (incluso habiendo football americano, algo que no ha calado en el mundo, que no se suele practicar como deporte en general pero que es muy nacionalista). Arte del que solemos alimentarnos en una cultura universal aprendida desde sus canteras cinematográficas, porque suele entretenernos ya que lleva todo lo que suele tocarnos como seres humanos, romance, felicidad, superar problemas, vivir la familia (algo más latino) y no preocuparnos tanto, y poder ver el lado positivo de las cosas, ya que ciertamente para males la vida misma.

martes, 22 de febrero de 2011

The fighter

Es la historia de dos hermanos, que comparten la pasión por el mismo deporte, uno tuvo su gran momento del cual se siente muy orgulloso, noqueó al legendario Sugar Ray Leonard aunque esa pelea la perdió por decisión, en el presente vive el entusiasmo de ese combate que lo ha convertido en un héroe para su familia y en su barrio, hoy es un personaje caótico, adicto al crack, su nombre Richard Eklund conocido como Dicky, es el entrenador de su hermano menor, Micky Ward alias el irlandés, un tipo correcto y estable pero que atraviesa un mal momento en el boxeo, lleva cuatro combates perdidos y se toma un tiempo para meditar sobre su futuro. Ward tiene un problema, su propia familia, su manager es su madre, Alice Ward (Melissa Leo) una mujer con poco conocimiento efectivo en el deporte, poca audacia para escogerle luchas y es una incondicional de su hijo Dicky a quien le soporta su conducta errática y del que desconoce su adicción, la otra carga sobre su espalda es su hermano, no es riguroso con los entrenamientos, es un tipo abandonado, inconstante y lo retrae.

La película es sobre ambos púgiles, Ward (Mark Whalberg) es un tipo normal con ansias de surgir, no hay mucho que decir de él, no es una interpretación que abarque mucha complicación, se enamora de una mujer bastante hermosa que trabaja en la barra de un bar, Charlene Fleming (Amy Adams) que lo impulsará a seguir una carrera mejor proyectada sin su familia. Ella demuestra ser una chica con carácter para enfrentarse a ellos y no es que sus parientes no quieran a Micky sino que son desastrosos, en ese cuadro sobresale Dicky (Christian Bale) el alma de la cinta y la mejor parte del conjunto. Su actuación de un perdedor otrora futuro campeón es subyugante, con el físico necesario para recrear a un adicto, reflejando la personalidad de quien conoce la calle. Su personaje no es una mala persona, sino que no lleva un rumbo positivo; en cierto modo el filme quiere dejar dicho que es un factor desestabilizador en la vida de su hermano pero también es quien le ha enseñado el arte de los puños, como se ve en la pelea que lo devuelve al camino del triunfo a Micky, una técnica que Dicky le enseñó.

La madre tiene 9 hijos, siete mujeres que solo sirven para vociferar y seguir a su progenitora, están nulificadas en la trama, no muestran ningún aspecto relevante para lo que se cuenta. Alice es ordinaria y ama a sus vástagos con despreocupación y descuido, la suya es una presencia entrometida, tiene fuerza aunque puede ser reflexiva y sentimental como cuando Micky le dice que piense en él también o cuando llora frente a Dicky y cantan juntos.

Dicky tiene un tiempo en que cae lo más bajo en el abismo, sale en un documental mostrando su peor cara, se descubre frente a sus seres queridos, su madre prácticamente estaba ciega ante su adorado hijo, va a la cárcel tras prostituir a una compañera drogadicta y engañar a un cliente para robarle su dinero, termina golpeando a los policías que lo persiguen, sin embargo pasa por la abstinencia al estar encerrado y extraña la separación de su hijo lo que lo hace cambiar. Se entera que su hermano ya no lo quiere como entrenador cuando éste lo visita, no obstante no pierde las esperanzas de volver a su lado, más tarde sale de prisión y quiere reanudar sus prácticas pugilísticas como instructor siendo lo único en que se ha destacado empero aparece el conflicto, Micky ha dejado en claro que no va a trabajar más con él y le ha ido muy bien desde que lo tuvo lejos de sus entrenamientos, ha reanudado una carrera que ahora se halla en auge.

La historia le da una tregua a Dicky, que desde el principio si bien desordenado y perdido comparte una personalidad simpática, mucha gracia, tontería y soltura aunque no deja de ser penoso y proclive a una mala conducta que jala muchos inconvenientes para quienes lo rodean y para sí mismo, además tiene buen trato con su progenitora a pesar de que se repita la escena -a manera de broma del director- en que trata de escaparse de ella saltando por la ventana del segundo piso de su casa a la basura. También con Micky con quien se muestra desde siempre muy cercano y cariñoso, dejando ver que hay una complicidad entre los dos al compartir la misma práctica deportiva y una admiración del chico al grande que habita habitualmente entre la misma sangre. Para redimirse necesita recuperar el consentimiento del hermano y para lograrlo tiene que ganarse la amistad de su decidida novia, la que años atrás dejó la universidad por falta de dinero y que ve una oportunidad de progreso en su pareja, confiando en que lo puede lograr pero sin la interferencia de ningún consanguíneo. De un diálogo que busca una segunda oportunidad para el ex drogadicto nos movemos hacia el final en una disputa de Micky por el título del mundo en Inglaterra. Para sorpresa del espectador Dicky vuelve a entrenarlo, como dije la película no busca lapidarlo sino desnudar su verdad y además la realidad no se puede tergiversar, es como ha sucedido si bien hay un endulce de la trama para hacerla más asimilable.

La película se ampara en la existencia venida a menos de Dicky, no cabe duda de que su decadencia es el gancho del relato, Micky es solo el niño bonito que anhela triunfar, no hay atractivo en su papel tan rígido y de pocas capas, si fuera solamente describirlo a él no tendríamos mucho en la pantalla por como se ha narrado poniendo énfasis en la actuación lograda de Bale. Micky pasa vergüenza con sus derrotas pero en ningún momento reniega de su entorno, no genera apertura de pensamientos elaborados ni sentimentalismo, aprecia a su familia y tiene tantas buenas cualidades que su biografía no parece demasiado requerida para divulgarse por no tener elementos fuera de lo cotidiano y ser algo insípido, que ese es el trato que le da el director que no toca al hombre ni al campeón con determinación, por ese lado hay una flaqueza notoria, incluso las peleas son funcionales, no ejercen esplendor ni se han abordado con efusividad en la eterna exageración de su ejecución, tampoco es que pidamos ese tipo de teatro porque la historia se halla fuera del cuadrilátero aunque la razón de que se encuentren en el écran esté dentro de su perímetro, por eso es decisivo valorar la trascendencia que brinda Bale en el deseo del observador por conocer al ser humano detrás de la figura y como se entiende en lo visto incluso puede venir de afuera de la leyenda y aunque juega a dos bandas como mostrar lo bueno y lo malo en ésta cinta el personaje de Dicky Eklund se roba el espectáculo, sin su comparecencia no tendríamos mucha película, sin embargo todo representa parte de un engranaje mayor, pensando que Adams y Leo han mejorado la interpretación de un Whalberg más pequeño pero que también deja su cuota, que ayuda a destacar a Bale por contraste. De eso va el mundo, de los matices de lo blanco y lo negro pero están más unidos de lo que creemos, como en el filme.