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miércoles, 29 de julio de 2026

Karlovy Vary 2026: 33 krokov e Incinerator

El Festival de Karlovy Vary, situado en Republica Checa, el presente año cuenta con el número 60 y es uno de los festivales más antiguos del mundo. Fundado en 1946. Es un festival A1, como Locarno o Rotterdam, y es uno que igualmente se distingue del resto. Éstas dos películas se encontraron en la sección llamada Proxima y es para dar a conocer a nuevos talentos, talentos llamémosles vanguardistas, pueden ser debutantes o autores poco conocidos aun. Ambas películas fueron premiadas en el evento. 


33 Krokov

Ésta película recibió Mención Especial en el palmarés. Es el debut en largometraje de ficción de la pareja de esposos eslovacos Anna Domcek y Simon Domcek. El filme fue producido por el eslovaco Ivan Ostrochovsky quien es también director de cine, pero ya con 5 largometrajes en su haber. Coproducida con Republica Checa. Se trata de una docuficción que previamente fue un documental del mismo autor. El filme abre diciendo que se basa en hechos reales. La película según estos hechos reales se basa en un ataque neo nazi a un hombre de ascendencia romaní, a quien dejaron en coma, creyeron haberlo matado, pero milagrosamente logró sobrevivir. Milan se interpreta a sí mismo y aparece con toda su familia en su diario vivir. Es guardia de seguridad y suele limpiar el establecimiento de trabajo. La película si uno no sabe nada de ésta podría leerse como si a un tipo su vida gángster le hubiera pasado factura, para coincidir en el mismo lugar, querer deshacerse de él y éste al rehacer su vida se sienta amenazado por su pasado, por algún acto de venganza. Según lo que vemos Milan teme por su vida porque uno de su atacantes, de hace más de 10 años atrás, acaba de salir de la cárcel. Milan se hace miles de ideas en su cabeza. También observamos una gran cicatriz en su cráneo rasurado. El trauma es grande. Su familia se ve afectada por éste recuerdo marcado, aun cuando el rudo de apariencia física Milan luce siempre temeroso y sensible, y hasta se muestra extremadamente inocente cuando juega con sus hijos pequeños, de alrededor de la adolescencia temprana. Se pone hasta una máscara de Batman que puede verse algo ridículo. El filme tiene un aire medio hiphopero. Ahí se le ve a Milan fumar marihuana, describir tatuajes, o coger un arma. E ir en el carro en ese estilo. Otra distinción es que la propuesta recurre a usar mucho las tomas cerradas o muy próximas. La intervención de un religioso de esos realistas, con calle o pasado quizá gángster o que podemos asumirlo en ese tipo de ficciones es bastante interesante. Es sumamente elocuente, cuando refiere a la existencia. La película me recuerda a la magnífica Cape fear (1991), pero de muy bajo presupuesto con un decente uso recurrente de la elipsis, que a ese respecto logra salvarse de la quema y logra ser un filme austero atractivo, sin tampoco exagerar la nota. 


Incinerator (Shokyakuro)

Se alzó con el Premio Especial del Jurado, el segundo lugar de la competencia. Ya es la tercera película del japonés Uchida Shuntaro. Es una película de gestos mínimos que recurre a un ritmo lento, pero donde lo que muestra suele ser amable. Versa alrededor de una familia. No obstante siempre hay algo que roza lo freak, levemente. La niña protagonista, Kozue, de 9 años, es peculiar. Su cara no es muy expresiva además, mira como si estuviera en blanco. Su padre le ironiza cuando ella le dice que no entiende algo que él le explica varias veces, como si fuera una costumbre. Para en la enfermería, suele andar sola -los niños pasan a menudo corriendo por su lado-, está como encantada con una caja para quemar cosas y el corte que produce es una extraña forma de afecto o de recuerdo o quizá una cierta reacción de autodefensa/limitación inconsciente. Ella siente curiosidad por un joven universitario de 21 años que ha ido al colegio a mostrar un teatro de sombras -el arte de contar historias- y que como Kozue también le gusta quemar cosas a escondidas. El chico también parece peculiar pero no se le ve para nada trasgresor o peligroso. Igual no tiene nada que hacer con la niña. Puede verse políticamente incorrecto (en buen uso), aun cuando todo parece muy inocente. Parece la caracterización de Ozu de un filme de Imamura. Polos opuestos. Es un filme que en su velo y austeridad puede hacer pensar mal o mucho más -no obstante hay cosas que coquetean con la nada en cierta forma en sentido de construcción narrativa como con la amiga del trabajo o la cadena que quema el muchacho-, debajo de tanta amabilidad y hasta convencionalidad como con el padre simpático -lo llega a decir la suegra- pero propenso al alcoholismo (aunque en otras películas beber alcohol parece recurrente sinónimo de felicidad), que toca la guitarra eléctrica -o lo intenta- y se percibe que se halla secretamente melancólico. Es una propuesta que parece versar sobre la depresión, con los hombres de la trama, pero como quien no lo sabe, la madre en realidad es el verdadero personaje notable. La madre tiene igualmente emociones -como deja ver Shuntaro-, pero se mantiene ecuánime y es un pilar firme que como las mujeres de antaño como tendencia social dan todo por su familia y generan momentos hermosos. Shuntaro adapta un cuento de su compatriota Kaori Ekuni.  

lunes, 12 de junio de 2017

It's Not the Time of My Life (Ernelláék Farkaséknál)

Esta película, ganadora del globo de cristal, máximo premio del festival de Karlovy Vary 2016, se manifiesta muy obvia y por un lado manida, marca una intención con alevosía y luego “huye” del lugar para pasar a otra cosa, porque de lo que se trata el filme es de hablar de la vida común a tantos otros desde el matrimonio relativamente joven (uno que está a comienzos de los 40s) con sus peleas, frustraciones, decepciones y miedos, sobre dos familias, una pobre y otra rica, unidas por parentescos de sangre, los de dos hermanas. La familia exitosa le pertenece a la menor, a Eszter, y a su marido Farkas (el mismo director del filme, el húngaro Szabolcs Hajdu), juntos tienen un niño de 5 años, Bruno, que es insoportable y está malográndoles el matrimonio porque producto de su comportamiento fuera de sí estallan continuas peleas. La familia pobre económicamente -y para colmo ella infiel- le pertenece a Ernella, y tiene una hija de 10 con el bueno pero austero de Albert. Ernella le echa en cara a Eszter de la forma más directa su situación social y el filme medio que naufraga en el sempiterno lugar común. Pero al menos la propuesta no se queda solo aquí, hay otros conflictos, el propio amor de pareja o el amor incondicional a los hijos se ponen en duda. Más tarde el filme se vuelca a lo Ingmar Bergman en una presentación casera de teatro realizada por los niños de ambas familias. Aparece una pequeña extravagancia, los padres lucen máscaras de carnaval. Y el filme pasa al estado emocional de la típica canción de “Todo va a estar bien”, que me hizo pensar en la serie de tv. La vida continúa, y tampoco es tan malo, la serie era muy entretenida. Lo mejor del filme es un arranque que aunque difícil de seguir muestra una anarquía y frenesí en parte interesante (¿a dónde nos hubiera llevado?), que luego se diluye en un filme amable, con una narrativa al menos decente y llevadera, fuera de tanto conflicto.

lunes, 8 de junio de 2015

Corn Island y Mandarinas

Mandarinas (Mandariinid, 2013), de Zaza Urushadze, y Corn island (Simindis kundzuli, 2014), de George Ovashvili, ambos georgianos, son dos películas con varias similitudes, pero tratadas de distinta forma, con su propia historia y narrativa, que tienen principalmente en común estar ambientadas en la guerra de Abjasia, que se dio entre 1992 y 1993, y que trata sobre la independencia de éste territorio titular como república, antes situado como parte de Georgia. En Corn island se mezclan también los rusos por lo que fue Georgia parte de la URSS. En Mandarinas interviene otro pueblo del Cáucaso, Chechenia, que apoyaron históricamente a los abjasios, habiendo igual en el relato la participación de Estonia. Ambas películas además coinciden en propiciar una trama donde se ayuda a salvar la vida del enemigo. También está la línea argumental de compartir el deseo digamos que prohibido por la nieta del protagonista respectivo, aunque en Mandarinas esto sea leve, casi anecdótico, sutil, dentro de una narrativa bien tratada, cautivante, pero harto convencional, remarcando que en Corn island esto es muy importante, está trabajado a fondo, en la chiquilla que descubre su femineidad y sensualidad, es decir, se hace mujer (como en más de una capa de naturaleza interior), muy bien representado en la muñeca de trapo que carga al inicio, y luego abandona en la cabaña, para ser reencontrada años después como símbolo de remembranza de aquella época de beligerancia, pero también de inocencia, de pureza, de humanidad, de principios, de igualdad entre todos los hombres, que comparten como sentido esencial y filosófico las dos películas.

Corn island es una propuesta exigente, a un punto, teniendo muy pocos diálogos e indicios, como saber la nacionalidad de los involucrados solo por el idioma, de lo que muchos pueden perderse de la interrelación histórica y su mayor connotación argumental y humanitaria, aunque no faltará su prominente sentido universal, una sustancialidad de primer grado, en el hombre herido huido corriendo peligro, en el poder del gesto y de la imagen, siendo buscado para ser muerto, como anuncian sugerentes disparos, en medio de alguna connotación bélica. Corn island es la historia de un hombre bastante mayor pero estoico y su sensible cachorra abriéndose cual bella flor, labrando en condiciones adversas en una zona sumamente inquietante, amenazadora y mortal. Es un filme en su mayoría de contemplación, donde involucra a un río (el Enguri, al oeste de Georgia) y a un islote donde un anciano (Ilyas Salman) y su nieta van a sembrar maíz, de lo que en gran parte es ver como se asientan en la pequeña isla, y preparan el terreno para su siembra, una atípica a muchos espectadores, estando rodeados de agua que pronto subirá tras el cambio de temporada, enfrentándose a la lluvia destructora que simboliza lo mismo que aquellos disparos anónimos en lo boscoso, en la absorción de cómo el hombre se  mezcla con la/su naturaleza, en la mirada de lo primigenio, la esencialidad, bajo la sabiduría ancestral provista de suma diafanidad/luminosidad, en aquel trabajo de agricultura o de carpintería, como también de supervivencia, en un canto de vida y muerte. En ello hay un gran plus frente a lo ortodoxo que resulta Mandarinas. 

Mandarinas basa su mayor virtud en la empatía de una historia sensible, expuesta a todas luces, ganándose al público de forma más primaria, aunque Corn island tiene mucho lo suyo con la niña, que gana vasta complicidad del observador, en sus acciones “secretas”, naturales, revestidas de belleza, en un cariz innato, visual, silencioso, en medio de los reducido, limitador, hostil, impredecible y salvaje, dejado bastante visto con la broma manida del baldazo y la persecución que es un poco un pequeño desliz de su narrativa formal, pero que luego toma un sentido precioso y hasta irónico de temor. Mandarinas implica el rechazo mutuo entre un mercenario checheno herido y un soldado aún más convaleciente oriundo de Georgia, que yacen compartiendo hogar y ayuda por la misma persona, por el sencillo, pero elocuente y simpático anciano estonio llamado Ivo (Lembit Ulfsak), que también cultiva la tierra, mandarinas, como su vecino, pero cuando éste quiere irse a su país de origen, Ivo en cambio exhibe un sólido, bondadoso y valiente estado de resistencia frente a la deshumanización de la guerra, explicita/explicada, haciendo que perro y gato lleguen a un acuerdo de honor, y más tarde a lo impensable, en un desenlace poderoso, crudo e inesperado, terminando en un mensaje enfatizado y algo facilón pero con su cuota de subyugación. Corn island mereció el globo de cristal, máximo premio del festival de cine de Karlovy Vary 2014, mientras Mandarinas estuvo nominada a mejor película extranjera en los premios Oscar 2015.

viernes, 28 de junio de 2013

The almost man

The almost man, Mer eller mindre mann en el original, se alzó con el máximo premio, el Globo de Cristal, del 48 Festival de Cine de Karlovy Vary (2012). Es una película noruega y ópera prima de Martin Lund que también se encarga en solitario del guion. Su trama no pasa de ser sumamente simple y ligera de digerir. Sencilla de acopiar en unas cuantas líneas. Se fija en Henrik (Henrik Rafaelsen, mejor actor en el mismo festival por esta película) que es un tipo bastante inmaduro, aunque sobrellevándolo dentro de una vida confortable y segura, conformada por un hermoso apartamento, un común buen carro, muchos seres queridos, un deporte entre entrañables camaradas, una relación afectuosa con su madre y un empleo serio. Henrik se comporta como un muchacho teniendo ya 35 años y una nueva responsabilidad que afrontar, el embarazo de su novia, con la que convive dentro de una relación agradable de tono liviano, como si fueran dos muy buenos amigos, sin embargo éste sigue buscando hacer lo que le place, hacerle caso a sus deseos e impulsos primarios y espontáneos. Se aburre de su nuevo trabajo, de sus ocupados colegas, y está siempre atento a la broma, el diálogo chispeante y al relajo, en donde la línea de su naturaleza simpática termina volviéndose una molestia y hasta cierto punto un problema. Pero no tanto como para generar un drama complejo, ya que la historia toca la inmadurez muy superficialmente, como si fuera algo pequeño propio de una decisión reflexiva manejable, no ardua, a un nivel de gente bien educada pero que puede y quiere ser ordinaria.

Se observa el leitmotiv de la película en muchas escenas siendo su historia monotemática, bien centrada sin aparatosidad. Rescatamos una en especial en donde Henrik, un tipo alto, típico caucásico nórdico, manganzón y delgado, tras aburrirse en una reunión de su pareja, baja, se mete en un carro ajeno y orina sobre el trabajo, un libro infantil de Peter Pan, de una compañera de ella, a propósito de sentirse “avergonzado” a instancias de hablarle poco antes mientras le colgaba un moco en la nariz; enseguida tras toparse con su pareja y no saber explicarse, ni interesarle, escapa hacia una fiesta de sus mejores amigos, tan inmaduros como lo es él, y termina peleándose con alguien de su trabajo, a razón de mearle el balcón, y estando íntimamente con una chica fácil del grupo a la que poco antes alguien le ha enseñado la entrepierna entre bromas. Es una trama a la vera del estilo de vida de una generación joven acomodada actual europea con clara influencia americana, y su discurrir es fácil de ver, de entender, de caer en gracia por el lado fresco, ya que todo es muy directo, coloquial y cotidiano, y no sé si tanto de disfrutar en general, porque casi no pasa nada que trascienda o nos cree mucha complicidad. No obstante hay emociones, tocadas en su análisis de forma leve, pero existen, y mucha expresividad al respecto, el protagonista se debate especialmente dentro de una, la de la euforia, y seguro muchos pueden apreciar su tono y contexto rápido de identificar con la buena vida. Una cara que parece el opuesto radical al cine que hace Ulrich Seidl aun teniendo varios ratos exhibicionistas, al que utilizo para comparar lo que verán. Si en el austriaco lo sórdido y sucio es su fuerte, la problemática yuppie es la que asociamos a la presente película.

El protagonista parece un niño viejo como se le suele atribuir en jerga a su clase de personalidad en nuestra sociedad, a todas luces amigable, muy parecido a cualquiera de los íntimos compañeros de juerga de nuestra juventud, y es su trance a la conversión de lo que significa ser un hombre en cuanto a tomar seriedad y responsabilidad en la vida, transformarnos en un ser un poco aburrido digamos o mejor dicho a una existencia menos abierta y más contenida, la de alejarnos un poco de nuestro egocentrismo y enfocarnos en los que dependen de nosotros, lo que tenemos entre manos, en un estado en donde solo se trata de restringir un poco nuestro comportamiento. Y realmente la película parece poca cosa, tema que no es asunto de sutilidad en cuanto a escarbar en ella (sino de sustancia), porque solo ciertas pequeñas partes de su repetitivo mensaje se esconde en eso aunque las apariencias engañen, sin embargo no deja de apreciarse muy real, que pasa más a menudo de lo que creemos, porque no solemos anhelar crecer, salvo en el caso de obtener libertades y permisividad, solo beneficios, y no de asumirnos como la imagen estereotipo de un padre, de un hombre de familia. Siempre esperamos componer ciertas figuras, pero no desestimemos que un día se pueda descubrir que somos lo que menos hubiéramos pensando, así es la vida. De lo que se trata es de un papel que a todos nos llega en algún momento, el de envejecer, primero mentalmente para luego ir hacia lo físico. La forma de la película no le pide mucho al protagonista, ni a través de su persona a nosotros en su mensaje, sino algo tan pequeño como viene a lucir toda esta obra, aunque nos hable de un paso significativo en la vida de toda persona, ese hola tras el diluvio con la pelea de pareja en pos de lo inevitable, aunque Henrik intente bailar seriamente y no crea poder.

Pequeña, afable y llevadera, aunque no en estado de gracia, ni tampoco indispensable, donde no faltaran los que verán un cine independiente de recursos mínimos, lo que yo en realidad veo como un cine comercial de autor, más amable que otra cosa. Propone simpatía y esa es su mayor atracción, recurre al optimismo y tiene algo de original, observando a Henrik en el juego de ponerle un nombre de acuerdo a como se ve.