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martes, 19 de marzo de 2019

Quién te cantará


Es un filme algo misterioso, pero se  resuelve con bastante sencillez. Al final una confesión de la protagonista deja todo súper claro, igual con la narración o lo central no es que uno vea trabajar una alta expectativa de un devenir excepcional. El filme es el vínculo entre Lila (Najwa Nimri) y Violeta (Eva Llorach); la primera es una cantante famosa que está amnésica y la segunda es su fan número 1 que ha venido a rescatarla. Violeta es su imitadora en un karaoke y el pedido que le hacen es extraordinario, pero manejado con mucha diafanidad.

La relación tormentosa entre madre e hija es otra arista del filme, con una hija, Marta (Natalia de Molina), que está fastidiada de la vida y no encuentra mejor manera de desfogarse que hiriendo y molestando a otros, en especial a su madre, Violeta, para que así la joven se sienta una persona malvada o una porquería, para hacer la imagen más deprimente. Esto es interesante y está manejado muy bien, además de que Natalia de Molina lo asume con habilidad. Pero el filme es tan diáfano, tan pulcro, tan mínimo, que faltan destellos, más pirotecnia, incluso más escenas -de la locura de la hija-, por ahí salía algo aún más atractivo, porque esto está jugoso.

Por el final vemos una resolución de cierta oscuridad con un chorro de sangre y con un juego de espejos que recuerda a Persona (1966), y puede que Lila y Violeta se confundan entre sí, pero esto es breve, no demasiado sugerido. No obstante el trato entre Lila y Violeta tiene sustancia, Llorach lo hace bastante verídico; también las canciones, lo musical, está correcto. Nimri mantiene una postura de mujer sufrida, pero sin caer en lo bajo, una mujer que intuye sufrimiento. Con ella hay misterio, de qué oculta su crisis en la playa.

Carlos Vermut hace una película de pocos elementos, es una película austera, narrativamente hablando, pero sin ser para nada desagradable, tiene una estética muy decente, un quehacer profesional, serio, pero recuerda a filmes de bajo presupuesto, en cuanto a qué moviliza en el escenario y en el filme. Al mismo tiempo, es interesante ver como maneja el melodrama, nunca es telenovelero, tiene una alta calidad en ello, tiene un aire elegante con poco recurso, es un canto de admirable austeridad, aunque le falta un poco de fuegos artificiales.

Su melodrama es bueno, más noble y excelso que muchos, sólo que poner una sola escena fuerte huele a poco, me refiero a las paredes sucias. La anterior, la de la amenaza, es un hincón, una contextualización que en ese momento fastidia –ella es insoportable, hay que decirlo, mientras le aplaudimos la actuación- y a la misma vez  se denota notable. Otro destaque es que Llorach es una maravillosa fan, y esto es importante,  es el sostén del filme.

La relación entre las mujeres –entre artistas, digámosles- también se da magistral, en todo campo, no tiene fisuras por ninguna parte. Lo pop específicamente no es al oído genial, pero no deja de ser válido, además de incorporar performances, provocando identidad en la propuesta. Ahí tampoco hay ridiculez, se la salta toda, que hasta intuyéndola lo menciona en un momento.

Vermut es un buen director de cine, lo que hace es buen cine español, uno que no se regodea en el sexo ni en su rareza, como cierta línea ibérica. Habría que invocar en él un poco más de espectáculo, aunque tiene estilo propio. No veo en él nada de Almodóvar, como han mencionado otros, como si fuera un halago, aun cuando Almodóvar no es que me sea malo, tiene harta personalidad y distinción, y es que ambos la tienen. Sin embargo Almodóvar es más pirotécnico, más espectáculo, pero también impone un lado algo chusco y a veces se muestra torpe. Vermut toca a Bergman, pero lo hace con su minimalismo, sin complicarse, para bien y para mal, lo simplifica entre comillas en su propio relato.  

sábado, 14 de marzo de 2015

Magical Girl


La gran ganadora del Festival de cine de San Sebastián 2014, Concha de Oro a mejor película y Concha de Plata al mejor director para Carlos Vermut en su segundo largometraje, uno que dejó a la mayoría contenta, tras el humilde tanto como potente éxito de su ópera prima Diamond Flash (2011) que le generó un grupo de fanáticos. Magical girl era la verdadera gran rival (en el espíritu cinéfilo) de La isla mínima (2014), aunque ésta última le duplicaba en nominaciones y era a todas luces la favorita de la Academia española, en los premios Goya, en donde Magical girl sólo se alzó con mejor actriz protagonista para Bárbara Lennie.

Una niña enferma terminal de cáncer de tan solo 12 años hará que su padre, un profesor de literatura desempleado, quiera cumplirle un sueño a toda costa, incluso corrompiéndose, al querer tener el costoso traje de diseño de un anime llamado Magical girl (mención especial de un Luis Bermejo muy natural, y una pequeña debutante Lucía Pollán que trasmite sentimientos y delicadeza sin esfuerzo), que lo llevará a chantajear a Bárbara, una mujer con ciertos desequilibrios mentales y un pasado “oscuro” en unión a un profesor de matemáticas que influenciado por ella termina en la cárcel. Éste filme me recuerda un poco aunque en otra variante a Belle de jour (1967) en una doble vida, cierta locura/fantasía y un silencio que mantener, en éste caso hacia el esposo psiquiatra y adinerado.

No es una trama muy compleja de seguir, pero mantiene la sorpresa, tiene un tono seco, austero, mínimo, en un estilo narrativo que rehuye la emotividad o el dramatismo exacerbado teniendo entre manos mucho de ello intrínseco –pensemos que hay una niña con cáncer como razón de ser y desencadenante- que como dice el propio director, Carlos Vermut, hablamos de víctimas convertidas en verdugos, habiendo una definición de España representada en la corrida de toros, en estar en medio de lo racional y lo apasionado, que no es una idea plus ultra, pero que éste buen thriller tiene muy presente.

En sí no es que el filme sea un lugar de extrema originalidad, aunque tiene virtudes, como que parece una obra en completo control, notando que hay ratos en que roza el ridículo y lo esquiva con seguridad. Contiene en su narrativa general cierto cariz de cómic, de sombra fantástica, algo razonable viendo que hay una fuerte alusión al dibujo japonés, pero que nunca pasa la línea, se mantiene en ésta tierra a fin de cuentas.

El aspecto de Bárbara es sutilmente particular, fuera de aquellas cicatrices en el abdomen, parece signada por la cultura de La India que de la nipona, en la vestimenta y en la marca en la frente, si bien al final luce mucho más como una audacia decorativa que un lenguaje o juego más oculto. Sin embargo puede verse como un contraste interesante en cuanto a lo sagrado frente al desequilibrio mental y la promiscuidad, que recuerda a Rompiendo las olas (1996).

Tampoco es en realidad un filme muy raro como muchos quieren pensar, aunque contiene ciertas extravagancias, hay la mención elíptica y artística de una sexualidad sin límites en la figura de una salamandra negra, un culto secreto al estilo de Eyes Wide Shut (1999), pero no está trabajado en profundidad como si lo hiciera Enemy (2013). Más parece un simple suceso que va empujando a la protagonista, a Bárbara (Bárbara Lennie), en el sacrificio para subsanar un gran error, que sirve de pretexto para manipular la devoción ciega, de esclavitud psicológica, de Damián (José Sacristán), como si estuviera dominado por fuerzas mayores, al estilo del poder mental de un vampiro sobre su siervo. Bárbara Lennie exhibe en su personaje una mezcla de madurez y desequilibrio, al igual que una inocencia enferma que proyecta consecuencias, en el desarrollo de una vulnerabilidad conceptual y posible fuerza en sus actos, como en la prostitución, y en ese trayecto destila fría sensualidad, lo que hace que su papel se consolide, sea tan rico y coherente.

La niña de fuego no luce como ninguna amenaza, son únicamente circunstancias, aunque sobrevuela un espíritu de magia, como el del juego de desaparición de la mano, y es que Magical girl es luminosa, gozosa, no a fin de cuentas macabra ni tan misteriosa, tiene de la esencia infantil y desconcertante de Bárbara (el eje), de lo que brilla el costumbrismo musical y la audacia tranquila como en el encuentro del vómito y la sangre, o que se baile al son de un anime en el Madrid de los despidos, los paros y la crisis. 

viernes, 7 de junio de 2013

Diamond Flash

Ésta es una película española de bajo presupuesto que presenta cuatro historias entrecruzadas por un personaje misterioso. Una es la de Violeta (Eva Llorach) que ha sufrido de abuso sexual infantil de parte de un familiar, recuerdo que le regresa tras el secuestro de su hija; otra, la de Elena (Ángela Villar) que padece maltrato físico doméstico de parte de su pareja; una tercera, la de Lola (Rocío León) y Juana (Ángela Boix) que cada una tiene marcas del pasado –la muerte de una hermana, el abandono de la madre- y diferentes intereses que moldean su conducta criminal; y la de Enriqueta (Victória Radonic) como la malvada ejecutora de una mafia, pero que guarda un rasgo de femineidad y sensibilidad, buscar a un hombre que la haga reír.

La dirección corre a manos de Carlos Vermut, es su ópera prima, y se solventa en una visión femenina o, siendo más preciso, en una interpretación masculina del universo femenino, en donde se articula la aparición de un superhéroe, Diamond Flash, que es como el salvador que en realidad no necesitan éstas mujeres, sino que deben ser solventes por sí mismas dentro de sus vidas y conflictos, en los papeles de las noveles y efectivas actrices. Vermut presenta personajes muy bien dibujados, desde la delicadeza y dulzura de Lola, la inocencia y simpatía de Elena, la fuerza de Violeta (que en realidad es, o debe ser, de todas), y la sensualidad y la determinación de Juana. En sus respectivos contextos son descritas sus personalidades de forma contundente y bastante hábil condensándose y proyectándose en la trama sin previsibilidad sino manteniendo la atención del espectador en el orden de cuatro episodios (separados algo arbitrariamente) que contienen escenas cómicas y cotidianas ágilmente descritas –la emoción en la anécdota sobre la aparición intempestiva de Diamond Flash; la de las citas de Enriqueta en un bar- , otra intensa y melodramática (una porción generosa, 40 minutos más o menos en el interior de un baño y a razón del vómito, literal y metafórico), alguna surrealista –la del sueño de reencuentro con la madre muerta-, una muy salvaje y violenta (la del pasadizo), otra de fuerte tensión y miedo –la de Elena atada a merced de la muerte- o envueltas en deseo físico y de lugar perdido en el tiempo (en un restaurante abandonado en medio de una relación lésbica y de conveniencia).  

La visión de éste filme del superhéroe es atípica al uso cotidiano, pero acorde con el mundo en que vivimos, lo que hay que tomar como una crítica en general, porque busca destacar la idea de que realmente no es necesario para nuestras vidas (en especial de ninguna mujer), ya que no es un ente superior que ostenta un código idealista y humanitario, sino el de un tipo imperfecto, abusivo, asesino y hasta vengativo (de ahí la nota en la boca de un cadáver). No obstante Diamond Flash hace el bien a fin de cuentas, como rescatar a una niña de un secuestro o salvar a una mujer de un inminente robo y violación, teniendo alguna defensa en sus espaldas (explicita en varios diálogos, uno de Enriqueta haciéndose pasar por policía y otro de la madre enferma de Elena). Pero de lo que va es no saber enfrentar la violencia sexual y física (todavía, y realmente se vislumbra elípticamente como un desenlace pesimista y conformista).

El filme se articula sobre un contexto muy fácil de identificar con nuestro entorno inmediato, las mujeres criminales tienen de ordinarias damiselas, buscando enamorarse, compartiendo ratos intrascendentes, apasionándose, divagando en existencialismos sutiles o simplemente haciendo un pasatiempo artístico que requiere una sensibilización. Se nos presentan cuatro personajes (incluimos a la mandamás en las tinieblas, detrás del teléfono y el secuestro), los antagonistas de Diamond Flash, que al igual que él presentan una personalidad tanto reprobable como sentimental. El filme sirve para la reflexión, bajo un espectro audaz propio de un cómic urbano, de que el futuro no nos está señalado, no existe el destino (lo demuestra la lectura del tarot con barajas de animales prehistóricos), sino está en nuestras propias manos, ser bueno o malo nos concierne tanto como poder resolvernos en situaciones determinantes, saber decidir y superar todos esos trances, en un disfraz de historieta que juega a la par a lo realista y fantástico.

Juana dice haberse rendido a la última frase de su madre, el amoldarse a la oscuridad, por la falta de fe en una vida correcta y optimista, mientras Lola persigue un acto reivindicativo que cuestiona su nobleza. Y es que muy a menudo nos movemos por el espacio menos acertado. Porque superar problemas es verdaderamente un reto personal y un acondicionamiento. Y aunque el filme trata de no cuestionar ni el bien ni el mal en cada persona sino atender a su ambigüedad y complejidad, si se trata de saber hallar la salida más inteligente y justa, de ahí que la tragedia envuelva muchas decisiones, nos hagan caer por nuestro propio peso, salvándose sólo la pura superficialidad, por lección innecesaria, como le pasa a Enriqueta; un jugoso personaje, cínico y seguro de sí, que se amolda a ese mundo que el conjunto parece señalar con aire de conmiseración, desilusión y más tarde resignación (no para el espectador que puede cavilar al respecto), en un tono muy contemporáneo, el de la neutralidad, el de la autosuficiencia.

Diamond Flash y su rival “principal”, Enriqueta, aparte de amoldarse más al juego que plantea el cómic y ser la presencia original -cada uno a su modo siendo además representativos- dentro de la normalización realista (haciendo la salvedad de los súper-poderes del superhéroe que se dan solo en dos casos puntuales en un único momento) son gérmenes del mal que vivimos (aun siendo ella otro ser humano más con algún requerimiento afectivo). Ambos son piezas de un universo que debemos reemplazar, proporcionando en esa línea dejar a la abusiva pareja. En la película aunque sea increíble de creer –yo he dudado si era o no semejante ocurrencia- pasa por un pedo que dicen juega con una frase hecha, una “audacia” bastante boba, pero que no creo que llegue a destruir los tantos logros.

Cada parte encaja perfectamente en el relato una vez que las tenemos bien vistas, a lo que hay que estar atentos, donde no parece sobrarle mucho aun vistiéndose a veces de mucha intrascendencia, aunque también deja rastros y elucubraciones a la imaginación. El filme brinda lo necesario para hacernos de un escenario actual, que parece llamar a la consciencia de la mujer en particular, transportándolo a nuestro deseo de cambio a través de su “verídica” contextualización y su singular en apariencia pero repetitiva esperanza o inacción; sin obviar que luce atractivo, entretenido y original, y aunque contenga diálogos demás o ciertas tonterías sobresale su personal dramatización (que es algo unidimensional aunque los personajes se hagan querer; rígida en Enriqueta o muy cándida en Lola, pero que crean empatía y viven en la riqueza del conjunto). Contiene muchas virtudes como su consistencia argumental, su atrevimiento y su personalidad, que no hacen más que señalarla como una obra que propagar.