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lunes, 20 de noviembre de 2023

The killer

David Fincher es uno de los mejores directores americanos de la actualidad. Es un peso pesado del cine popular con arte, junto con Ridley Scott, Marty Scorsese, Christopher Nolan, Steven Spielberg y Denis Villeneuve. Éste filme es un neo noir, y un thriller de acción, no un thriller psicológico como piensan algunos. Es una película inteligente pero frontal, straight, solo que tiene una voz en off del propio protagonista que acompaña toda la trama y es oír la mente del asesino, pues entonces si porque estamos en la mente del antihéroe protagonista es un thriller psicológico it´s ok, pero no veo duda, no veo miedo, no veo trampa, veo a una persona muy segura de sí, a un real motherfucker, alguien quien dice I dont give a fuck (no me importa nada) con respecto a su trabajo de asesino frío, y todo lo que veremos efectivamente es ahí donde se define plenamente, en ser el mejor en lo suyo, pero es hacerlo con tremendo cálculo y talento, ser el mejor o uno de ellos (tener éxito), contra todo. Él enfrentará su propio trabajo y mostrará que es alguien excepcional o uno de estos. Es como pertenecer a un club donde tratamos con el individualismo y una mente maestra, pero quien tiene las cosas claras o se las recuerda todo el tiempo, como no mostrar debilidad, o no ser crédulo con los demás, es un completo outsider, un bicho raro, pero que se articula en ser un tipo práctico y efectivo, en simplificar las cosas. La línea final, que medio que juega a la peonza de Nolan, nos habla de no creer en el destino ni en el futuro, es decir nos habla de una excepcionalidad cimentada en el trabajo duro. The killer (un gran Michael Fassbender) is a hardworker, y es éste trabajo duro suyo quien lo convierte en un tipo excepcional, alguien que hace su labor lo mejor que puede con detenimiento, aun cuando es un asesino cruel, un asesino a sueldo. Pero cuando tratan de deshacerse de él se verán enfrentados a tremendo error, cuando en el clásico error del subgénero de revanchas se le subestima. Otra cosa importante que mueve al asesino es su curiosidad, su gran curiosidad que lo moviliza hacia el trabajo más difícil de su carrera, ser él mismo, ponerse a prueba de cara al sistema en que se mueve. Su curiosidad lo conduce a ir más allá de la normalidad, lo lleva como menciona la maravillosa conversación con La Experta (Tilda Swinton, que aquí nos gana de lleno) a errar un tiro clave, a cometer un fallo que no es propio de su perfeccionismo, y no es una crisis en realidad, o no del tipo que te tumba al piso y te muestra débil o eclipsado, sino de lo que en realidad es un reto de alta exigencia personal, aunque a raíz de un acto medio inconsciente. The killer se percibe, es percibido, en La Experta, con la que comparte muchos lógicos vínculos, pero su supuesto error lo pone en un acto visionario, más bien salvador, futurista, aunque todo parece una banalidad como el final paradisiaco, en parte irónico, porque el asesino no se toma demasiado en serio, como Fincher, como en el fondo todos los grandes. Pero quienes a la vez buscan la excepcionalidad, ¿cómo?, justamente todo el acto de venganza que veremos lo justifican y ahí Fincher hace con su superhéroe lo que John Wick, pero con mayor intelectualidad, más estilo y profundidad arty. The killer es un tipo cool en todo sentido, aun cuando como bien dice, no busca la empatía (fácil), desconfía de ella, porque lo que él hace y busca es hacer bien su trabajo solamente, y más allá de lo literal de su éxito, puesto que se trata de sobrevivir, no morir, vencer a su enemigos, autoexigirse -ser tan metódico- desde el principio ya es un triunfo. Lo más cool en su personalidad o a simple vista sería lo que oye habitualmente en la primera mitad de la propuesta, lo que hace que se enfoque y se relaje, oír y ser fan del grupo británico The Smiths, apuntando que The killer (el protagonista) es también el propio David Fincher y su apropiación y sello adaptando la novela gráfica de los franceses Alexis Nolet y Luc Jacamon con guion de Andrew Kevin Walker, guionista de otro punto alto en la filmografía de Fincher, Seven (1995). La muerte móvil de venganza -otro error- es más un pretexto del intelecto del asesino, recordando que él no tiene sentimientos convencionales -para hacer lo que hace- o sabe que no puede hacer lo que hace si no sigue su especie de propio código samurái, o, más bien, propio de un ronin, un samurái sin amo, y de eso trata el filme, pegado por ello al cine de acción y su mente son sólo sus reglas prácticas, el recordatorio constante para tener éxito en el mundo particular, o extraño a muchos, en el que se mueve. El asunto gestor o justificación de la misión de The killer se revela como algo superficial, cosa de millonarios, punto para alejarlo una vez más del thriller psicológico. Éste es un thriller de acción, al tiempo de un noir de punta, pues he ahí la grandeza del entretenimiento con arte que hace Fincher, una clase de como el entretenimiento se reviste de trascendencia moviéndose a través de la practicidad del ingenio. La única trampa que se puede ver es creerlo un thriller psicológico, o llamémosle la demostración de que la inteligencia tiene muchas más formas de las que uno espera, en un filme que es lo que quiso y no logro ser Snowpiercer (2013). 

martes, 8 de diciembre de 2020

Mank

 


Mank (2020), de David Fincher, irá como cohete al Oscar 2021, va a sacar muchas nominaciones y estatuillas doradas. La produce Netflix y es otro de sus grandes éxitos en la era del streaming. Fincher se basa en el guión de su padre, Jack Fincher, por ello éste filme tiene un halo sentimental para él. Mank es una muy buena película, es cine de autor con composición de cine amable y popular, pero tiene su cuota de riesgo y dificultad. Gary Oldman interpreta a Herman Mankiewicz, un antihéroe en toda regla; trabaja para la industria hollywoodense, pero apoya al socialismo, cuando los productores, empresarios e industria californiana y hollywoodiense luchan contra el socialismo, cuando hay un candidato que puede remecer la economía y la política capitalista y los medios y el cine sueltan newsreels en masa en contra del candidato socialista. Mankiewicz busca la gloria, cuando es un alcohólico y un fracasado, pero lo siguen contratando porque tiene talento para escribir de cine. El mítico Orson Welles lo contrata como guionista y de esto saldría el guión de Ciudadano Kane (1941), pero Mankiewicz tenía que aceptar no aparecer en los créditos. No obstante Mankiewicz hará todo por la gloria y finalmente querrá sus créditos. Traicionará a William Randolph Hearst y a su buena amiga, Marion Davies (Amanda Seyfried). Davies es la pareja de Hearst y una actriz impulsada su carrera por el magnate de la prensa, aunque sucedió lo contrario, e igual se hizo de mucho dinero a su lado. Fincher retrata a Davies y Mank como grandes amigos, hay una relación sólida y notable entre ellos, y no es sexual ni de amor, cosa rara, en el cine no se suele trabajar mucho la verdadera amistad entre sexos opuestos. Los Fincher reivindican a Hearst, que es traicionado, que es comprendido en el filme, y no se ve como una mala persona para nada. También reivindican el genio de Mank, pero al mismo tiempo lo hacen ver como él termina definiéndose, como una rata. Mank como muchos han peleado tiene mucho mérito en la creación de Ciudadano Kane, pensando que este es un hito del séptimo arte, y todo el elogio iba para Welles -que efectivamente hizo cambios en el guión, produjo, dirigió y protagonizó Ciudadano Kane-. Sin embargo Mank es un antihéroe sin tanta simpatía, y ahí anida riesgo; los cinéfilos lights no suelen gustar de su tipo de personaje y protagonismo. Mank ataca a Hearst por gloria y éxito, pero aunque muerde la mano que le alimenta también lo hace por resentimiento. Mank se siente bufón de corte. Entra a tallar en esto la parábola del monito organillero, tan potente y elocuente. Mank deja de verse como el amo al percatarse de la realidad, se descubre un bufón, y esto le duele, y quiere revertir esa condición emocional y existencial y sacrifica todo por el éxito, como un Oscar y la reputación del mejor guionista del medio, venciendo su condición de alcohólico, invisible y segundón. Fincher trabaja el germen y la brillantez del guion que construye Ciudadano Kane, por mucho tiempo la película número uno del cine. El filme tiene su toque intelectual y diálogos y monólogos largos. Pero es una película jugosa. Hay que acotar que hay otra gran rata en la película -en realidad hay muchas como industria tan poderosa-, es Louis B. Mayer (Arliss Howard, quien debería ser nominado al Oscar, es el mejor en toda la película), que luce simpático, pero es muy ladino, mentiroso, falso, aprovechado, tramposo e hiper monetario. Mank medio que lo desprecia, sin tanto disimulo, aunque hay una relación de cierta cercanía entre ellos, pero Mayer es fresco con todo el mundo y le resbala el desprecio por su comportamiento y personalidad, hasta que Mank ataca a Hearst y Mayer lo hace polvo con un pequeño ataque de palabras; paradójicamente él sí lo hace sentir terrible, ya que Mayer le es fiel y agradecido a Hearst, que en la película es un líder respetado, honorable, es un hombre que gobierna, pero también ayuda, es generoso y amable y sienta amistades y vínculos fuertes en sus reuniones. Los Fincher reconocen la excepcionalidad de Mankiewicz, cuando murió prácticamente invisible, no remontó jamás Ciudadano Kane, y no sacó el provecho que merecía con la legendaria e idolatrada película. Ésta propuesta aplaude su genialidad, pero no le quita el estigma de antihéroe, un antihéroe de verdad -aunque culto y bien educado-, no esos antihéroes que son muy perfectos al fin y al cabo, es un antihéroe de esos golpeados realmente por todos, aun cuando tampoco era la rata que todos señalaban, pero sí un talento maldito. 

viernes, 27 de octubre de 2017

Mindhunter

El departamento de Ciencias de la Conducta del FBI en Quantico, Virginia, tiene a un profesor muy especial, el joven Holden Ford (Jonathan Groff), que es un hombre -en apariencia- muy formal (su traje de sastre es parte de la identidad de su personalidad), pero audaz, inteligente, imaginativo, quien aplicará su ímpetu, instinto y buena cabeza a la investigación de la conducta y psicología de psicópatas asesinos, aunque con autocomplacencia, un gran ego y vanidad. Todo esto es algo nuevo para la ley para el año en que se contextualiza la serie, 1977. Aun la policía cree en la conducta normal del criminal, la de tener siempre algún motivo, generalmente la codicia o la necesidad, pero hay un nuevo criminal suelto en Estados Unidos, y es cuando el departamento de Ciencias de la Conducta a la cabeza de Holden Ford acuña un nuevo nombre, el de asesino en serie.

El departamento de Ciencias de la Conducta está en pleno ejercicio de consolidación, están desarrollando un nuevo estudio sobre criminología, para ello Holden Ford se hace de 2 aliados, compañeros. Entra a tallar Bill Tench (Holt McCallany), un hombre en los cincuenta, un típico policía rudo, pero también muy inteligente, consciente, de comportamiento fresco y suelto con una existencia tensa. Tench es un ducho profesor itinerante de la ciencia de la conducta criminal, y pronto queda identificado con Ford. Luego el tercer puntal del departamento es la psicóloga y estudiosa de criminología Wendy Carr (Anna Torv), una mujer bella, sexy –nunca deja los tacos altos- pero ultra racional, seria y ética, tiene una dominante aspiración académica. Los 3 se conocen sin tanto rodeo –la serie va al grano rápido- y pronto se unen para éste proyecto -que como la mayoría parte de nada- de querer detectar como piensa el asesino en serie, buscan hallarle una lógica al nuevo depredador americano, sistematizar patrones a su aterradora crueldad y frialdad, que por la fecha era prácticamente inexplicable e incomprensible. 

Los asesinos en serie son como sabemos lo peor de lo peor, y solían ser vistos solamente como locos, pero el atractivo de la serie es hallarles sentido, su propia manera de ver el mundo y sus actos sanguinarios. Holden y Tench se sientan a escucharlos –a entrevistarlos-, los asesinos hablan directamente sin cortapisas sobre sus atrocidades, mentalidad y su pasado, de dónde provienen, qué los ha hecho así, como justifican sus actos descabellados. El estudio los dividirá en asesinos organizados y desorganizados. Los organizados son los que planean todo al milímetro y fantasean con lo que hacen al punto de llamarlo una vocación. Los desorganizados son los que espontáneamente se dejan llevar por el momento, pero se comportan igualmente sádica y extrañamente. Producen con su victimas caprichos homicidas, torturas y perversiones.

El guion lo escribe Joe Penhall, guionista de The Road (2009). Se basa en el libro Mind Hunter: Inside the FBI's Elite Crime Unit, de John E. Douglas, ex agente del FBI especializado en perfil criminal y en quien Holden Ford está inspirado; y Mark Olshaker, estudioso de larga data y consultor de justicia criminal. Dirigen los episodios 4 directores de cine. David Fincher, la cabeza más visible y famosa, se encarga de los 2 primeros y los 2 últimos episodios, además de ser productor de la serie, aportando su buen dominio de la temática de asesinos en serie, con sus magistrales Se7en (1995) y Zodiac (2007). En un arranque es algo pesada la serie pero le sobreviven momentos maestros, está cuando recién se conoce Holden y su futura novia, Debbie Mitford (Hannah Gross), que es rica en personalidad, estudios y diálogos; y cuando Holden se acerca por primera vez a Edmund Kemper (Cameron Britton), alias The Co-ed Killer, que es el mejor asesino en serie caracterizado en la serie, de los 4 que conocerá, agregando que cada uno de los asesinos en serie entrevistados genera grandes y jugosas conversaciones, incluso clímax –como con el pájaro o los zapatos altos de mujer-.

Los otros tres directores dirigen 2 episodios cada uno, es un grupo sólido y compacto. El danés Tobias Lindholm aparte de cineasta también es un consagrado guionista, fue guionista de The Hunt (2012) junto a su compatriota Thomas Vinterberg que dirige la película, y la temática de la pedofilia y el señalamiento dudoso de culpa también es parte de la serie. Esto le da matices a la personalidad de Holden y al trabajo en Quantico. Andrew Douglas ha dirigido el remake The Amityville Horror (2005), un clásico del cine de terror basado en un criminal real que decía oír al demonio y acababa con toda su familia, y aparte de encajar a la perfección aunque no sea un nombre célebre entre el grupo se podría decir que aporta momentos de miedo, momentos oscuros, como con los temores y repulsión -camuflada, ya que deben ganarse su confianza y seguirles el juego perverso- que producen los asesinos en serie, los que sirven también para resolver casos anexos (es típico que los policías locales les pidan ayuda tras sus exposiciones sobre los nuevos criminales), casos de asesinos con su primer homicidio, lo que justifica la existencia de sus estudios y su consagración como criminólogos. Asif Kapadia, reconocido documentalista inglés de ascendencia india, director de Amy (2015), ganadora del Oscar, es más clásico o cae preciso cuando llama Sherlock Holmes a Holden. Kapadia moviliza simpatía, humor inteligente y ritmo.

La serie será muy clara en general, con muy buen manejo del background criminal, será interesante y entretenida, tendrá ratos sutiles también, y a sus tres protagonistas les brindará alguna idea de vida social, familia, pareja o soledad, mostrando una visión más grande que se incorpora a su vida profesional, a lo que hacen y más nos importa. No será algo superficial o de relleno, sino que se mezclará muy bien con el conjunto y nos dibujaran quienes son los protagonistas, les brindará personalidad y profundidad real, como el cambio de la predecible homosexualidad al cuidado elíptico de un gato. Los diálogos y la palabra son de suma importancia, la conversación brilla por su ingenio transparente.

Habrá sexo y sensualidad, pero es irrelevante en realidad y avanzada la serie se diluirá, aunque los hippies sobrevuelan la trama y la época, haciendo de pequeño inicial contraste, como también Tarde de perros (1975) hace de soporte elemental, pero todo esto es pasajero aunque paradigmas y prejuicios a destruir. Abre la propuesta una escena muy violenta pero para bien la serie evolucionará en la sugerencia que en la explicites (innecesaria), aunque recurriendo a la constante de las fotografías de los asesinatos que reflejaran el lado macabro del asunto, que no hay que perder de vista, y está bien al tanto la serie, de esto que se argumente bastante al respecto y halla cambios de humor entre los asesinos brutales y los policías que quieren comprender su modus operandi. No todo es perfecto en la serie, como el compañero soplón y la crisis final que son bastante ordinarios y desangelados, pero la serie está bastante bien. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Perdida

David Fincher es uno de los directores americanos más respetados y admirados del orbe, con una filmografía envidiable, y una disposición a ganar el Oscar a mejor director que muchos creen injusto no haberlo merecido aún. Tiene películas del calibre de Seven (1995), El club de la lucha (1999) y Zodiac (2007); propuestas entretenidas como La habitación del pánico (2002) y la adaptación de The Girl with the Dragon Tattoo (2011). Así mismo se puede mencionar La Red Social (2010) que dividió las aguas y muchos la postulaban mejor que la ganadora de su año, El discurso del rey (2010). En mi personal gusto destaco The Game (1997), una pequeña maravilla. Pero también tiene desaciertos como me parece lo es El curioso caso de Benjamin Button (2008), y, lo mismo en cierta medida, Perdida (2014). 

El estilo en la primera parte de la película es de los que han llevado a la fama a éste gran director. El arranque tiene muy buen suspenso, sobre que le pudo haber pasado a una mujer excepcional llamada Amy Dunne (Rosamund Pike, muy entregada a su papel), escritora, querida persona y miembro relevante de su comunidad, pero que vive en una vida aunque acomodada un poco deslucida por el marido promedio con el que se casó (Ben Affleck), de quien se desconfía pudo haberla matado.

En la primera parte de la película, ésta dura 2 horas y media, que hay que reconocer que entretienen y se van rápido, se ve toda la intriga del misterio de ésta desaparición. Se dan pistas de lo que pudo suceder. Se piensa en un marido deseoso de deshacerse de ella, que no quería tener hijos y que estaba a punto de divorciarse. Además tenía una amante joven y algunas jugadas económicas que podrían ser causantes, como el seguro de vida tras su cónyuge. Todo el ambiente que crea Fincher parecía dar a comprender que estábamos ante una gran película sobre asesinatos perfectos, con una emoción, aparato mediático y tensión prodigiosa, mientras se iban dando pautas que iban rellenando un background de secretos ocultos, dados desde la mujer perdida, que es lo que predomina, como anuncia el título. 

A través de su diario y rastros en la supuesta escena del crimen se va revelando el comportamiento amenazador de su esposo, que como es habitual en Affleck pasa como tipo parco, seguro, tranquilo y poco expresivo, un sujeto de lo más ordinario que hay que decir intimida poco, pero que iba creando la noción de poco probable culpable, que justamente todo eso favorecía a encubrirlo de la mejor manera y generar la ansiada curiosidad. En sí estábamos ante el asesino idóneo y avanzado el metraje había que darle el toque final, el gran hallazgo o cierta creatividad en dicha línea. Y quizá ese fue el talón de Aquiles del filme, encaminar la historia hacia un clímax/desenlace acorde con la extraordinaria labor precedente. Pudo ser una cinta más corta pero más redonda, y sin embargo Fincher que adapta la novela de Gillian Flynn no puede más que respetarla y es ahí como que se va al agua.

La segunda parte es un giro increíble, en el mal sentido, tomando una nueva dirección en manos de la perversidad, manipulando el desengaño del matrimonio que es más duro de sobrellevar de lo que uno cree (pero tampoco exageremos en cebarnos con la crítica al matrimonio; que viva finalmente el optimismo y la lucha). En ese lugar es donde éste cine de Fincher hace gala de un discurso con una argumentación como para debatir, que salva de la quema la propuesta, como si estuviéramos frente a una tesis, aunque no converja el placer de la narrativa en sí de su segunda mitad, a poco de desperdiciar su cualidad de thriller. Ataca las falsas apariencias y las convenciones que tapan la desilusión.  

En adelante el filme se aboca a culpar a Nick Dunne (Ben Affleck) dejándolo en una maraña, bajo una manera fantasiosa, diría yo, viéndose como si de matemática se hablara, aunque se trate, como anuncia un álter ego, de la maniobra de un ser privilegiado. Lo escenifica bien el famoso abogado Tanner Bolt riéndose sin contención del asunto, que parece tener a Fincher en la noción de la extravagancia del material entre manos (al filme no le falta la ironía debajo de su capa dramática y macabra). Lo que viene después es hacer cada vez mayor la oscuridad del retrato, más despiadado, más ruin, más enfermo. Es ahí donde el filme simplemente queda desfavorecido en mí parecer, perdiendo toda su seriedad primigenia. No obstante sobreviven pensamientos, acoto. 

Juega a ser más una lucha por demostrar que el marido debe pagar sus culpas, hasta el girar de la rueda en una entrevista que muestra la preferencia por la ilusión, que en el planteamiento de la propuesta es como no aceptar que la vida es menos gloriosa e insulsa que lo que anhelan nuestras expectativas (no obstante hay que pensar que la vida no alberga reglas finalmente y no a todos les es igual, aun cuando cierta parte de la época lo quiera mostrar de una forma). Para ello Affleck es el tipo capital, una buena elección de pies a cabeza, si bien tiene su pinta, y en el relato es un hombre con dinero. Poco que decir a continuación. A fin de cuentas lo que queda no perdona -más allá de las ideas- que estemos ante una trama que le paga mal al misterio, de repente por estar agotado. A esa vera se transforma en otra aventura que percibo un resbalón. Habrán fijo muchos que lo disfruten, hijos de la época que no pueden refutar, si bien es parte de una idiosincrasia y maneja un contexto histórico, pero es ciertamente a partir de entonces que la película se muestra en parte sosa, desmejorada, aunque vista la estrategia es asumir lo extraordinario, ante lo pedestre: el desencanto, y al final se pueden rescatar cosas. No obstante su base formal, como relato, pierde mucho entusiasmo, aunque queda un discurso. 

martes, 14 de febrero de 2012

La chica del dragón tatuado

Hace tiempo que David Fincher ha demostrado que es un gran cineasta y nuevamente regresa con una muy buena propuesta, adaptando al séptimo arte la célebre novela de Stieg Larsson “los hombres que no amaban a las mujeres”; un bestseller que ha dado la vuelta al mundo y que personalmente encuentro de muy buena calidad sin que sea tampoco una obra de arte (se destaca en su medida); su recepción pública ha sido uno de esos aciertos de excepción. La historia que nos compete actualmente lleva el espíritu del entretenimiento ya que todo no puede ser filosofía o complejidad intelectual que puede estar sobrevalorada si la ponemos como única forma de vida o como la voz de la consciencia general, siendo en realidad solo una opción más a tener en cuenta.

El mundo necesita la libertad de sentarse y disfrutar que la cultura implica lugares como la gastronomía o la música que representan una identidad o una forma familiar de compartir que también es importante aunque tampoco única en cuanto a alcances; hay que decirlo porque luce como que se es menos inteligente o se es intrascendente por concebir pasar un buen momento, recordando que la felicidad no pasa por una sola motivación sino por muchas y más con la habilidad de Fincher de generar un cine de buena factura con una historia atrapante llena de matices y que no escapa incluso desde su libertad y sencillez a producir algún valor ya que todo lo que lleva un entusiasmo positivo siempre es productivo.

Sin mayores preámbulos abordemos la película diciendo que su trama se basa en la búsqueda de una muchacha perdida hace 40 años perteneciente a una familia adinerada de Suecia en que los conflictos internos y los elementos nocivos abundan, viendo que tiene parientes apologistas del nazismo. El patriarca de ese imperio industrial, Henrik Vanger (Christopher Plummer) no puede descansar pensando qué pudo sucederle a su más querida sobrina, para lo que contratará a Michael Blomkvist (Daniel Craig), un periodista de investigación caído en desgracia por una acusación que hizo sin suficientes pruebas para con un empresario corrupto de nombre Hans-Erik Wennerstrom; y que lo hará viajar hasta el pequeño pueblo de Hedestad con la misión de resolver el olvidado caso.

No estará solo porque tendrá la ayuda de una compleja jovencita de 24 años de edad, con las características de ser hacker, andrógina, bisexual y con la apariencia de una punk, llamada Lisbeth Salander (Rooney Mara), un personaje inclasificable, rico en personalidad, que lleva traumas que le infligen desconfianza en sus relaciones humanas pero que está dispuesta a atreverse a romper su coraza física hacia el afecto ajeno, a pesar de sus defectos y a costa de ser defraudada; llevando la ironía de que aún siendo una persona cerebral muy articulada en lo tecnológico se le menosprecie estando al cuidado del estado por medio de un tutor.

Es fácil notar que Salander es la chica del dragón tatuado por lo que su peso artístico es indispensable en la historia, sin que ello desmerezca el interés que produce resolver el enigma de qué sucedió con Harriet Vanger. La actriz Rooney Mara que da la figura al protagónico ha sido nominada al Oscar por ésta actuación con lo que tiene el respaldo de un sector dedicado al cine, y que para quien escribe se lo merece ya que no solo implica escenas muy fuertes de orden sexual o un desnudo humillante sino obtiene una emulación radical creíble. No queda en la mera superficialidad sino introduce emotividad oculta, y sus silencios o antipatías confabulan solventemente en la receptividad del público que puede apreciar a una verdadera outsider. Hay ratos menos integrales al personaje en que la dificultad del contexto hacen casi imposible el generar contundencia realista, como en el castigo que ejerce a un violador que es algo incompleto en expresividad aunque no cae en la nulidad porque lleva un nivel más que aceptable, o en la persecución de un ladrón, sin embargo, y esto es más valioso decirlo, la suya es una magistral interpretación a resaltar porque en lo particular sientes que es más que algo artificial que sería la forma de resaltar solo su apariencia corporal cuando lo profundo está en su interior y para eso Mara consigue frialdad externa y sensibilidad secreta, una inexpresividad que se debe entender desde esa persona en que se convierte para el ecran, una apariencia reaccionaria desde el deseo de ser dura en cuanto a sus sentimientos.

Un reto nada sencillo de lograr y ésta novel actriz deja a un lado su notoria belleza y su normalidad para ser un ente de acero visual; mucho más si notamos que de personajes secundarios y poco notados ha acometido el máximo lugar en una realización. Seguramente no ganará la estatuilla dorada frente a pesos pesados como Glenn Close o Merryl Streep, o actuaciones de amplia empatía como la de Viola Davis, no obstante ya sabemos quién es, una talentosa promesa cinematográfica que ha hecho de un memorable ícono literario contemporáneo.

La otra actuación que no podemos obviar es la de un estupendo Daniel Craig, que del intocable e infalible James Bond pasa a ser un (muy humano) periodista que no teme ser la antítesis de la mirada machista masculina siendo salvado del peligro por una dama, o convertirse siendo un mujeriego en el pasivo en una relación sexual heterosexual. En la presente es un tipo regular sin demasiados condimentos pero que no deja de lucir capaz e inteligente, y que da paso -en una performance de esas que no son chicas por deficiencia sino porque el personaje es así- a su compañera que es la atracción del relato. Craig luce sobresaliente en momentos de miedo, en su curiosidad investigativa y en dejarse llevar en el sexo. Éste es un cambio del libro donde Blomkvist aunque a ratos débil también es muy decidido. Faltó quizás reforzar esa imagen ya que no es poca cosa enfrentarse al poder. Sin embargo es la decisión de Fincher de poner todas sus fichas sobre Salander que está muy bien porque el cineasta aún adaptando un libro no deja de ser un creador, y en el americano no es una postura –ni siquiera un trabajo- sino algo real que viendo el filme no da pie a la ambigüedad.

Un recurso de la película es que los diálogos fluyen con naturalidad casi sin darnos cuenta que se nos cuenta todo por ellos, eso sí mantiene frases que son vitales en la obra literaria y que se refuerzan en pantalla, muchas de ellas son potentes como las que hacen alusión a una familia ruinosa. Algo que puede parecer un defecto es que se salta algunos pasos introductorios, empero no llega a romper la continuidad de la trama sino la agiliza, comprimiendo la vastedad del texto con habilidad.

Además, recorta algunos pasajes sin que se extrañe su lugar en las letras mientras contiene tino en el abordo de todos los momentos descarnados del libro, por ejemplo cuando se tocan los abusos que padece Salander. Visto lo dicho redondeamos agregando que el filme recoge con eficiencia lo mejor del libro, en sus personajes (potenciando uno de ellos) y en el leitmotiv de la resolución de la desaparición de la chica, con lo que vamos a encontrarnos con una propuesta bastante agradable y para todo público que bien vale el paseo a la sala de cine.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Zodiaco

Siempre se habla del crimen perfecto, ¿es posible?, y aunque uno cree responderse que no, la historia que tenemos entre manos refiere todo lo contrario. Sin embargo a costa de cambiar el destino de esa realidad la cinta de David Fincher hace una investigación pormenorizada basada en el libro de Robert Graysmith personificado por Jake Gyllenhaal en el que sería el gestor de la ebullición detrás del asesino serial llamado como Zodiaco.

Muy bien articulada la trama acomoda los datos que denuncian el camino que perpetró el criminal hasta concebir una hipótesis sobre quien pudo ser ese anónimo personaje. Se puede ver la recreación de los asesinatos y en general las pesquisas que siguió la policía. Otro de los puntos ejes del relato es el oficial a cargo del caso, David Toschi (Mark Ruffalo), alguien probo de quien se dice se copiaron algunas características para crear el personaje de Steve McQueen en Bullitt (1968). No obstante éste finalmente es casi un ente pasivo en comparación con la energía que desprende el caricaturista Robert Graysmith que obsesionado con los enigmas que envía el petulante e inteligente homicida codicioso de fama decide adjudicarse la misión de descubrir quién es el hombre detrás de la señal del reloj y de los criptogramas astrológicos que mantiene en vilo a San Francisco, escurriéndose de la ley y hasta burlándose de ella con mensajes en los medios de comunicación.

El tercer centro de la película lo forma el periodista Paul Avery (Robert Downey Jr.) que lleva al pie de los hechos el acontecer noticioso provocado por las muertes del serial killer, aunque desprovisto del glamour de su celebridad mediática y más cerca del disfuerzo éste lo hace por puro interés personal. En cambio Toschi y Graysmith esperan atraparlo por altruismo y por una necesidad de justicia; como dice el caricaturista, para ver el rostro que esconde el monstruo que no deja de ser un ser humano sin los engrandecimientos que acostumbran ciertos retratos, y que para sí mismo lo logra en el colofón.

El ritmo del filme es fluido, no se siente el tiempo que trascurre, muy efectivamente repartidos los elementos indagatorios y conclusivos del que dispone el guión tan persuasivo que uno percibe hasta el latir del corazón de Robert que en un momento teme por su vida en uno de los pocos sótanos que sindican de alguna forma al verdugo. Se ha de decir que el filme presenta un marco general muy coherente y completo sobre los sucesos, con la dirección de señalar un culpable en medio de dos razonables propuestas de la que termina desechando una posibilidad para dirigirse hacia un único sujeto. Hay también una expurgación de la amplia gama de información referida a la investigación, se asumen cuales son los acontecimientos superficiales, toda la parafernalia se procesa y se separa de lo que para muchos fue un acontecimiento muy importante, parafraseando a Graysmith, nuestro pequeño héroe que lentamente deja de ser impertinente e impone su motivación y toma predominancia mereciendo el respeto que su dedicación se gana, un ciudadano común tan comprometido que es capaz de sacrificar la paz de su matrimonio por lo que el trascurrir de los años terminó olvidando.

En un momento de inspiración vemos el gran paso de Graysmith, acercarse a Toschi en medio del estreno de Harry el sucio (1971), una trama policial que tenía de enemigo a Escorpio, nada menos que el mismo Zodiaco, y en adelante ambos trabajaran juntos, no sin algo de conflicto en pos de solucionar el misterio.

Fincher se las arregla para mantener la tensión y el interés del público en dos horas con cerca de cuarenta minutos, en una cinta neuronal de grave y entretenido despliegue que puede integrar los dos sentidos, similar a la muestra de un plano de estrategia bélica en diáfana y fácil trasmisión como ejecución que vemos progresivamente hasta llegar a tener la certeza que adjudica la tesis de nuestro personaje principal. Cada movimiento lleva un respiro, en una articulación que ordena las piezas para que el panorama esté despejado para el entendimiento. Si se presta atención estaremos jugando al detective, en ello hay mucha habilidad para involucrar la curiosidad, anotando señales y rechazando distracciones, y aunque el desenlace no logre quizás el éxito mágico, hemos vivido cada instante de intranquilidad, de pasión, de persecución, de interrogación que se nos ha impartido.

Pocas veces una cinta puede albergar tanta emoción visual con lo que estaría bastante empatado con la escritura periodística de no ficción, fabricando su propio impacto a través de la imaginación y la creatividad que ha sabido llenar vacíos, mantener una credibilidad y materializarse de forma accesible, natural, como para hacernos creer que tenemos potestad omnipotente para estar en todas partes y verlo todo desde el privilegio que otorga las cámaras de Fincher, que ha sabido detener el reloj y meternos en la historia entregándonos minuciosamente información de primer orden en diestra armonía.

Zodiaco se convierte en algo físico partiendo de abstracciones y oscuridades, un logro invalorable que se puede ver como una cacería, como el álbum de memorias de un psicópata o como la radiografía de un sueño.