Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Gélin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Gélin. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de junio de 2019

La ronda (La ronde)


Son pequeñas historias de amor fugaz interconectadas por una persona de las parejas, realizadas en cadena, pasando de una aventura a otra aventura, con Raconteur (Anton Walbrook) como el presentador y ser ubicuo entre las parejas, en un carrusel del placer y la felicidad, aunque también hay decepción y traición. Pero sobre todo brilla la felicidad.

Hay grandes actores franceses de parejas, con una Simone Signoret haciendo de una prostituta, aunque no una común, capaz de saltarse cobrar por tener un encuentro de su predilección, pasando por terminar durmiendo con un aristócrata de buen aspecto físico (Gérard Philipe), donde queda todo en un estado idílico de romanticismo y ternura –con una Signoret como flotando en las sábanas ante la mirada voyeur de la cámara acariciándole el rostro, su belleza- , porque el director Max Ophüls no juzga, ni al adultero ni al libertino, sino que celebra el amor libre, el placer sexual como hallazgo total de felicidad.

Serge Reggiani interpreta a un soldado que sólo quiere divertirse, quiere gastar su día libre bailando, mientras cambia de pareja, no pretende estabilidad. Simone Simon hace de una bella y sumisa empleada del hogar rendida a los pies del hijo de su patrón (Daniel Gélin), como fantasía húmeda, y el hijo del patrón pasa a cumplir una segunda fantasía, metiéndose con una mujer casada (Danielle Darrieux) que duda y teme ser descubierta. Pero el marido de ésta (Fernand Gravey) también la engaña, con una joven humilde atraída por el dinero. No obstante ésta dama realmente desea a un poeta (Jean-Louis Barrault), y se hace pequeña frente a éste.

En la alcoba, en camas separadas, pero próximas, con sus lámparas respectivas a tiro de cordón, los esposos hablan sobre la infidelidad, sobre la calma de su relación que el hombre inocente venera y a la mujer le aburre secretamente. Ella, pícara, le pregunta si de joven ha estado con una mujer casada, él autosuficiente sorprende confesando que sí, sólo que remata que a esas mujeres no se les ama en esos affaires, ella queda meditabunda, en un prender y apagar las lámparas en medio de la curiosidad de ambos, saliendo del silencio y la monotonía matrimonial. Esto implica una escena paradójicamente simpática e irónica, levemente humorística. Plasma la perversidad en el amor, que aquí también tiene cabida.  

La ronda (1950) es un filme que con el presentador explica que estamos ante una obra creativa o cinematográfica, un divertimento, mostrándonos como nos comportamos, o como la gente revolotea alrededor del placer. Y lo hace con chascarrillo, con libertad, con un toque de despreocupación, algo de trasgresión, aun cuando es una propuesta de aire clásico, con muchas formas, delicadeza y amabilidad para narrar.

El presentador ayuda a la consumación de las aventuras, cómplice en el adulterio, como un alter ego de Ophüls y a quien adapta, a Arthur Schnitzler, que celebra el placer, que puede ser platónico, o impío, o algo forzado, o sensual, o engrandecedor. Hay desbalances e iluminaciones, se ama al vuelo, se desea con fuerza, y te corresponden -como el hijo del patrón cerrando las ventanas para propiciar un encuentro romántico o a través del velo como preámbulo sensual-, o no te aman pero te aceptan la aventura, también te la niegan.

La prostituta busca el sentimiento, un soldado no le corresponde como quiere, está muy apurado por divertirse, que curiosamente no pretende el camino fácil, quiere la dilación. Pero si un conde, que sufre un repentino deslumbramiento frente a la elocuencia romántica inesperada. El poeta es deseado como una celebridad por la humildad de una mujer (Odette Joyeux) y rechazado como algo de poco valor aun pasando por una necesidad, por una engreída actriz de teatro (Isa Miranda); aflora todo el paquete, en la vocación de la fuente del entretenimiento abierto y celebrado, prominente, lleno de calor e ingenio transparente.

El placer (Le plaisir)


Max Ophüls nos muestra 3 historias, dos cortas de unos 15 a 20 minutos y una extensa que es la del medio y la que más llama la atención. Las cortas hay una que es sobre un hombre viejo que se pone una máscara de un hombre joven para ir de fiesta; la otra es sobre una mujer que pelea siempre con su pareja, un pintor, y se separan, y ella quiere volver con él a toda costa.

La del centro es acerca de un grupo de cortesanas y su madame que dejan su discreto prostíbulo que parece una casa de fiestas para ir al campo a la primera comunión de la hija del hermano de la madame. El hermano es interpretado por Jean Gabin, y queda prendado, en busca de un affaire extramatrimonial, de una cortesana (Danielle Darrieux).

El filme tiene una escena muy hermosa cuando una cortesana recién llega al campo, cuando sale a ver por una ventana y se maravilla de las estrellas, el cielo y el paisaje rural. Es breve pero llena de cine. La película versa sobre el placer, como señala el título, el primer hombre lo busca con ahínco a pesar de que su tiempo ya ha pasado, y su cuerpo no resiste los sucesos hedonistas y suele caer enfermo.

La última historia es más femenina, una mujer anhela el placer en su relación con el hombre de sus sueños, pero no puede evitar pelear con él quien quiere escapar de ella y solía amarla con devoción. No obstante la bella dama (Simone Simon) quiere volver a contener ese amor romántico (Daniel Gélin), mientras el hombre se muestra terco en no volver a sus brazos.

Le plaisir (1952) tiene escenas atractivas, muy cinematográficas, como con el encuadre de los hombres mayores exitosos mirando a la playa al no hallar el prostíbulo abierto. El filme es elegante, nunca es vulgar aun cuando trata con el sexo y el libertinaje, es un canto a la libertad del placer, pero de manera inocente y alegre.