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lunes, 15 de enero de 2024
Killers of the Flower Moon
Killers of the flower moon (2023), de Martin Scorsese adapta el libro de no ficción de título homónimo con subtitulo Los crímenes en Osage y el nacimiento del FBI, del periodista americano de investigación David Grann, sobre como blancos en Oklahoma mataban a los de la tribu Osage que estaban principalmente establecidos en éste estado de EEUU y quienes se habían hecho millonarios con el descubrimiento en sus tierras de petróleo, pero que necesitaban de tutores blancos por la ley y muchas mujeres indias se casaron con blancos. Pero en el filme de Scorsese que se basa todo en hechos reales vemos como los blancos hacen planes para quedarse con las tierras y los bienes y las herencias, matando directamente a los de la tribu Osage, o envenenando lentamente a las mujeres. El personaje que hace Leonardo DiCaprio, Ernest Burkhart, es en buena parte un ignorante, pero ambicioso y a esa vera totalmente manipulable e inescrupuloso, dependiendo de las ideas de su tío, William Hale (Robert De Niro), que era un terrateniente rico pero quería más dinero y tenía muchos planes para que sus sobrinos lo consiguieran de las herencias y bienes de las indias. William Hale era a la vista de todos como un especie de amigo de las tribus o un consejero muy bien relacionado, pero detrás era en realidad todo un criminal pensando en contratar vaqueros delincuentes para matar indios para obtener riqueza, o tenía amigos doctores que eran capaces de envenenar hasta su propia madre por dinero, aunque también denota cierto racismo, minusvalorar a las tribus. Burkhart se casa por consejo del tío con una india Osage, Mollie (Lily Gladstone), y dice amarla, pero le interesa más hacerse rico y no duda en querer matar a quien sea por conseguirlo. Mollie sabe como son los blancos, sin embargo se casa con Burkhart que a leguas no se ve muy decente. DiCaprio con la mandíbula salida a lo Marlon Brando de El Padrino hace de un ex veterano de la primera guerra mundial que en realidad era cocinero de las tropas que viene sin nada en busca de futuro donde su tío que le da siempre las pautas a seguir, bajo un notorio cinismo, como quien habla con alguien más lento, y éste cinismo a ratos hace ver el filme de Scorsese como una comedia de humor negro, con el constante resalte de la sugerencia escondida en la palabra "inocente". Burkhart como es de cierto aspecto estúpido parece no estar del todo consciente quien es, que clase de persona es, o qué está haciendo. Hay un planteamiento claro para el espectador de que es una persona terrible, pero como éste hombre es lento hay cierta ligera ambigüedad en su personalidad -como quien parece dudar, desorientarse o reflexionar por momentos como con la explosión homicida, pero también luce como quien se queda al poco rato en el vacío, en el limbo mental- que hace que una Mollie, tampoco muy despierta, no lo bote, sin poder alejarse del notorio peligro que él representa para incluso su propia vida. William Hale no duda en matar ningún supuesto amigo perteneciente a la tribu Osage (la que conoce de toda la vida), como en detalle con el indio melancólico suicida. DeNiro hace un memorable papel de un ser flagrantemente despreciable, pero sofisticado y culto dentro del mundo del western -de lo salvaje- con cuota noir -de oscuridad criminal-, mientras DiCaprio se enmienda de haber hecho de un personaje tan débil, pero sobredimensionado, plano, en Gangs of New York (2002), logrando ser ahora un gran personaje con varias dimensiones aunque con el eje de la perversidad. DiCaprio logra estar a la altura de los grandes personajes del cine, de los grandes malvados lacayos. Es una película que se puede definir dentro del cinismo, del blanco matando al indio, para quedarse con sus bienes y es especifico lo que se denuncia, como cierta indiferencia general hacia lo que sucedía con ellos. Todo lo expuesto de los crímenes de la tribu Osage es en la década de los 20s y se ve que Mollie recurre al presidente del país, a Calvin Coolidge, y éste muestra ética y manda al naciente FBI -con unos 12 años de existencia- a investigar con un tipo real, el agente del FBI Thomas White (Jesse Plemons) que sí piensa en ir hasta las últimas consecuencias con su deber. Mollie hace de una damisela en peligro en pos de que la rescaten, pero es su accionar -su activismo- el que le proporciona lo que necesita, incluso salvándola de ella misma. Mollie la mayor parte del tiempo para en cama, lo suyo es realmente deprimente, pero Scorsese se centra en las acciones perversas, en los malos hombres, le da forma a cada criminal contratado, le pone folclore, le pone personalidad y lo hace produciendo entretenimiento con pensamiento social. Todo lleva una construcción plena, un desarrollo sólido, pero con ritmo (puesto además que la película que adapta Scorsese con el célebre guionista Eric Roth dura como 3 horas y media y exige novedad, flotando con éxito, dentro de un cinismo recurrente), para que cada muerte sea significativa y se vea el mecanismo del saqueo, de la apropiación, de un grupo criminal liderado por William Hale.
viernes, 4 de julio de 2014
El Padrino (trilogía)
Las obras maestras
La trilogía del Padrino es sumamente
conocida por infinidad de cinéfilos y espectadores del mundo, dos de las cuales
(las dos primeras) han sido premiadas en los Oscars, primero con tres,
luego con seis estatuillas, de donde sobresale la dupla de guionistas, el mismo
director Francis Ford Coppola y el escritor bestseller Mario Puzo, artífices de
las tres. Así mismo sobresalen también dos actores de talla mayor que han ganado el Oscar, el
mítico, espectacular y conflictivo Marlon Brando como actor protagónico, y el
no menos legendario Robert De Niro como actor de reparto, ambos en el mismo
papel de Vito Corleone, el primer padrino de la saga.
La uno y la dos han ganado mejor película en la Academia Americana,
y yacen dentro de lo mejor del séptimo arte, ¿Qué cuál es mejor?, muchos dirán
como lugar común que la segunda, una que luce más inteligente, algo más
exigente, y que tiene el gran mérito de volver a llevar el título de obra
maestra tras su predecesora. Sin embargo, la primera, la que he visto muchas veces más, luce más vital, mucho más fácil de sobrellevar y entretener, viendo que el formato original en buena parte se repite
en la que sigue. Elegir la mejor se hace una decisión muy difícil de dar, y lo dejo ahí
en mi caso, en empate técnico.
Los defectos
El Padrino III (1990), sin embargo, es claramente menor, con varios
defectos harto visibles, que de los más resaltantes apunto cuatro:
Uno
Uno
Algunas malas actuaciones. Es vox populi la de Sofia Coppola que en varios momentos se queda corta, llora, ríe o pierde la consciencia como si fuera
una muchachita vacía, demasiado simple, pero bueno puede que como tal tenga
forma el personaje, más por un poco de suerte del guion e incapacidad adecuada
que de performance deliberada. Resalto más bien su belleza imperfecta, esa
nariz y labios que le otorgan personalidad. Con ella un poco también señalo a Andy
Garcia, que tiene la fisonomía y la expresión idónea, pero su nivel de aporte
está lejos de emular el carácter violento, natural, que lograba James Caan como
Sonny Corleone, su padre en el relato, o peor todavía el de ese monstruo que es
Al Pacino, en la tres por sus caídas, arrebatos, gritos y sollozos. Puede que
no sea tanto culpa de Andy, el lugar estaba ya gastado, sobreexplotado. En cambio, prefiero a él la simpatía -y magistral hipocresía del rol- de Eli Wallach, y el porte, la seguridad y
solvencia como abogado que hace George Hamilton. Mientras, Joe Mantegna me
recuerda a Sofía Coppola, es decir, el papel le cae como anillo al dedo, y eso
le salva más que a ella, es un gángster de cariz medio bufonesco. Estas malas actuaciones son imperdonables, más aún porque involucra protagónicos, roles esenciales en la trama.
Dos
Dos
Efectismos obvios y momentos que son mucho menos de lo que pretenden, aunque tiene algunos momentos logrados.
Tres
Tres
El halo de adormecimiento de la edad y la intensidad interior que incluso está más allá de lo que hay como parte del relato, en un guion que lo llega a
exagerar, que reemplaza pero con bastante menos éxito el pasado, la imagen en busca de la repetición de la sucesión, que se hace más barata.
Cuatro
Cuatro
Un punto de suma relevancia, la credibilidad, ya que llega a rozar por momentos el ridículo, la
pantomima, dejando pasar algo de esa luz. De todas formas, el sentido y alma
perdura, en mucho menor valía, desde luego, aunque pasa a otro nivel de posible
redención, agotamiento y cambio, y expurgación de culpas, haciéndose de sí un
complemento de cierta manera justificado, un colofón que si bien intenta jugar nuevamente, de
manera parcial, las mismas piezas logra proponer para bien un final. Ya una debilidad, pero que todavía cautiva nuestro sentir primario. Véase la repetición de las memorias de los
bailes con las mujeres que amó el Don, que no solo juegan a mostrar afectos o dolorosas y eternas derrotas, cierto arte, sino implican un poco de método. Pero la saga crea una necesidad
en el espectador, que requiere de ésta despedida, que viene como una especie de
consecuencia a un acto mayúsculo de pecado, que es el leitmotiv de la segunda
parte.
Vito, esencia y fascinación
Una cosa curiosa en el Padrino es que se ven naranjas antes
de algún homicidio o muerte, o se define o anticipa una lucha de poder, lo cual
es la base de la recreación de la mafia italiana norteamericana. En la uno parte
de un negocio trunco, ya que Vito Corleone no es un simple criminal, ostenta
muchos códigos de comportamiento, por algo le apelan con el sobrenombre de El
Padrino; los lazos familiares, de sobreprotección, que se ciernen bajo su poder
le dan un aura de hombre de honor, de respeto, incluso de cariño, siendo su
accionar asesino sólo una parte de hacerse cargo de la responsabilidad que le
sigue a su cargo, ganarse el miedo y la subyugación de todo tentáculo que
involucre un deseo y necesidad suya. Por ello se niega a aceptar meterse en
drogas, aun siendo algo rentable y se ve como el futuro en cuanto a dinero, que
es lo que mueve a la mafia, el sueño americano desde la ilegalidad, pero como
se ve, Vito tiene reglas y una cierta ética, y se la trasmite a su descendencia
como un legado y coronación de liderazgo.
Vito y la mafia que lo identifica tiene reglas que hemos conocido en el metraje,
no es un sujeto intratable, abusivo, pero ejerce (su) justicia, trata de ser
razonable; primero ofrece una salida fácil aunque sucia, luego ante la negativa
usa la fuerza, intimida, mata, generalmente tras un insulto
grave, al poco de que patean el tablero que intenta manipular. Lo vemos en el
pasado que recrea Robert De Niro como el joven Corleone. Cambia el proceder mafioso,
de hombre odiado -en la piel de Don Fanucci- a un tipo querido, al que se le pide
favores por sobre la ley, y en el futuro se le retribuye, como le dice a Bonasera,
dueño de una funeraria, un día necesitaré de ti, te buscaré y me devolverás la
ayuda, que nos enseña de cuerpo entero quién y cómo es el Don, en esa oficina
lúgubre a oscuras, alterna, a puertas de alguna celebración, acompañado de su
consejero, Tom Hagen (Robert Duvall), el original, hijo adoptivo recogido de la
calle, criado y agradecido, característica esencial del aura que se ciñe sobre
este tipo de gángster.
Esa aura especial de comportamiento ético discutible, pero
que honra una subcultura y sus propias creencias, es el que hace del Padrino
algo fascinante, una personalidad que alguna vez Mario Puzo contó bajo una
anécdota le vino a la mente por su madre, que sacaba a su familia adelante con un
fuerte carácter, ya luego tergiversado y complementado en su famosa novela
homónima con audios que salieron a la luz, donde se delata el proceder de éstas organizaciones criminales, asunto que vemos en la segunda parte, tanto como la injerencia de la mafia en
Cuba o en la tercera con la extraña muerte del Papa Juan Pablo I, hechos
históricos novelados.
La aspiración y la venganza
Vito en el Padrino I (1972) entonces enfrenta la ira y la traición, en manos de Sollozzo
(punto de partida de la violencia entre grupos de mafias), y a una de las
familias criminales (más otra que mueve los hilos, en un gángster de peso,
todopoderoso, con coraje, secreto), cosa que volverá como estructura a pasar en
las siguientes películas, intensificándose la venganza en la segunda parte (1974) por
el grado de sacrificio y dolor que conlleva ir contra la familia, un doble
error sangriento. De todo es que las muertes, los homicidios, sean tan cautivantes, parte
trascendental de éste placer cinematográfico, en una intensidad y brutalidad
que trata de mejorar e impresionar en cada oportunidad. Miremos solamente el
clímax del encuentro en el restaurante con el corrupto jefe de policía
interpretado por Sterling Hayden, actor corpulento de apariencia ruda; y un
aspirante a capo, un hampón o soldado en ascenso (como Clemenza y Tessio, los
camaradas de Vito; o el mismo Vito, seguido de Michael, y más tarde por Vincent), motivo y desencadenante de lucha, el querer imponerse, rivalizar o
controlar a los Corleone (lo cual siempre sucede).
La propuesta de Francis Ford Coppola se trata de ataques y contraataques, hasta el golpe final que se lleva a todos de tajo como un soplido revelador contundente, en varias escenas que apuntan a lo múltiple y espectacular. Michael Corleone (Al Pacino) se convierte de un pacífico y condecorado ex veterano de la segunda guerra mundial en un Don perfecto, mostrando una de las mejores actuaciones del séptimo arte, a través de suma fiereza y vitalidad/potencia en la mirada, tanto como en el gesto, a la par de un Vito viejo, sabio, imponente e inmejorable.
La propuesta de Francis Ford Coppola se trata de ataques y contraataques, hasta el golpe final que se lleva a todos de tajo como un soplido revelador contundente, en varias escenas que apuntan a lo múltiple y espectacular. Michael Corleone (Al Pacino) se convierte de un pacífico y condecorado ex veterano de la segunda guerra mundial en un Don perfecto, mostrando una de las mejores actuaciones del séptimo arte, a través de suma fiereza y vitalidad/potencia en la mirada, tanto como en el gesto, a la par de un Vito viejo, sabio, imponente e inmejorable.
Suena bastante menos aceptable que Perfume de mujer (1992), un remake, fuera de que uno pueda considerarla mejor que la original, le haya dado el único
Oscar de su carrera a Al Pacino, cuando con lo propio hacia historia, en lugar de repetir en su patria el
triunfo que tuvo Vittorio Gassman en el festival de Cannes de 1975. Michael Corleone es el gran sucesor y protagonista, es el que suele
ganar, aunque la última palabra de todas no sea suya, sino la de un especie de karma,
de justicia divina, la de una coherencia con el planteamiento clásico del pecado y la
iniquidad, si bien los Corleone tratan de ser fríos, de ocultar sus
pensamientos, de simplemente cumplir con lo que les toca.
Crímenes, impacto y pasado
La primera está llena de momentos gloriosos, como un
acribillamiento a lo Bonnie y Clyde ante la furia y el arrebato “cotidiano”; o
la paliza callejera a Carlo, al abusador familiar que maltrata a Connie, interpretada por Talia Shire, una Coppola, hermana
de Francis, con una buena actuación, que justifica plenamente su presencia aun
con esa tontería que la involucra directamente con unos dulces en la tercera
parte, secuela en que abundan las malas elecciones, como la participación de los guardaespaldas
gemelos que parecen modelos. Connie evoluciona de mujer engreída fielmente
casada a libertina y mantenedora, para por último ser la mano derecha de
Michael y una fría y entendida Corleone. Dejo de lado el que parece un
episodio, la decapitación del caballo, que luce fantasioso, irreal (¿cómo lo meten
ahí con tanta sangre sin que el intimidado se dé cuenta?, aunque Hitchcock me
jale de la oreja por criticar un dulce e impactante rato de entretenimiento), al igual que cuando Andy García aparece montado en un caballo para
liquidar a un rival y ponerse en el juego, lo que parece saber muy bien. De todos los momentos gloriosos me quedo con el punto de inflexión de Michael, con ese revólver escondido en el baño, luego igualado, viendo la
carga y sustancia argumental que contiene, en ese beso en la boca a Fredo, en la piel de John
Cazale, un genio que hace de pusilánime e idiota de forma magistral. Así vemos a Fredo, el hermano y sucesor postergado, muerto de terror, cuando la historia universal toma protagonismo en La Habana.
Me entusiasma mucho menos ese momento tan celebrado en que Michael se reencuentra con Kay, interpretada por Diane Keaton, actriz que con sus peinados, como con los rulos, nos recuerda lo extravagante, especial y graciosa que puede ser (Francis Ford Coppola tiene sentido del humor, no sé si del todo consciente), tanto como con un pañuelo en el cuello lo parece Pacino en la tercera parte, pero claro, ser actor es cosa de “locos” (lo digo ligeramente). Diane Keaton me gusta mucho en su sencillez secundaria, perfilada al uso de la trama, en donde se sacrifica, luce menor, seca, en comparación al protagonismo de la tercera donde se dota de histrionismo elogiable. No obstante a pesar de lo dicho, el reencuentro de Michael con Kay al volver de Sicilia tiene cierto encanto. Sicilia luce una parte rural bella, romántica, muy clásica y es participe de un impactante atentado en pleno apogeo imaginativo en que intercede la desilusión, la oscuridad y el destino. Michael ya tiene a flor de piel al Don, la sucesión, lo cual se exhibe de forma tan natural en sus silencios que debo decir que convence mucho más que en la transacción de la tercera parte con Vincent, que no es una mala escena, pero resulta más que un lugar común algo insignificante, directo al punto (de lo que comprobamos que esto no es necesariamente ganador o perdedor, depende).
Me entusiasma mucho menos ese momento tan celebrado en que Michael se reencuentra con Kay, interpretada por Diane Keaton, actriz que con sus peinados, como con los rulos, nos recuerda lo extravagante, especial y graciosa que puede ser (Francis Ford Coppola tiene sentido del humor, no sé si del todo consciente), tanto como con un pañuelo en el cuello lo parece Pacino en la tercera parte, pero claro, ser actor es cosa de “locos” (lo digo ligeramente). Diane Keaton me gusta mucho en su sencillez secundaria, perfilada al uso de la trama, en donde se sacrifica, luce menor, seca, en comparación al protagonismo de la tercera donde se dota de histrionismo elogiable. No obstante a pesar de lo dicho, el reencuentro de Michael con Kay al volver de Sicilia tiene cierto encanto. Sicilia luce una parte rural bella, romántica, muy clásica y es participe de un impactante atentado en pleno apogeo imaginativo en que intercede la desilusión, la oscuridad y el destino. Michael ya tiene a flor de piel al Don, la sucesión, lo cual se exhibe de forma tan natural en sus silencios que debo decir que convence mucho más que en la transacción de la tercera parte con Vincent, que no es una mala escena, pero resulta más que un lugar común algo insignificante, directo al punto (de lo que comprobamos que esto no es necesariamente ganador o perdedor, depende).
Las historias paralelas
La trilogía brilla en las historias
paralelas, en lo que mayormente acierta. En la uno con Vito, El Padrino, al que se le exhibe en toda grandeza
y luego se ve que el tiempo empieza a llegarle. Como se dice en la trama, lo
nuevo reemplaza a lo viejo. Con él, el camino de no retorno, en el legado,
hacerse cargo de lo que el padre ya no puede, a quien solo le quedan los
consejos. En la dos es la familia Corleone sintiendo un nuevo ataque, en pleno
auge, ser el Don en toda hegemonía. Se arma un conflicto más
intrincado, con varias vueltas y cierto misterio por resolver (es menos casual
en dicho aspecto que la uno), se toma su tiempo, haciendo valer grandes y distintos complejos escenarios. Ya no solo es un matrimonio como en la uno, lugar que sirve para desnudarnos
a la Cosa Nostra (la mafia siciliana), explotando lo fastuoso desde el inicio mientras observamos la corrupción
política. En la siguiente será la eclesiástica. Con ello el pasado de Vito, en
Sicilia, y su huida en pos de una vendetta (brindando momentos magníficos que cierran
un círculo perfecto, tanto en la tragedia como en el retorno), y su crecimiento en New York, hasta ser quien
nos anuncia el título. En la tres es el joven hijo ilegitimo de Sonny –parte
desangelada, aunque no quito que entretenga, viendo lo que es- y un nuevo
camino de retiro, trabajado a fondo.
miércoles, 6 de febrero de 2013
Silver Linings Playbook
David O. Russell regresa dos años después de The fighter
(2010) a competir en los Oscar, ostenta 8 nominaciones, 1 más que su
anterior participación en la que su película logró alzarse con 2 estatuillas,
una para Christian Bale y otra para Melissa Leo en actores de reparto. Esta vez
los 4 puestos a interpretaciones están convocados y es una hazaña que se repite
tras treinta años que no sucedía, desde Reds (1983) de Warren Beatty.
El filme es una comedia romántica que no evita serlo desde
luego, y sería una mala crítica decir que trate de no seducirnos con algo de
sencillez, buena onda, algo de comedia ligera y afecto que son los atributos
generales de este subgénero, sin embargo para hacer la diferencia logra no
regodearse en el lugar común mientras es efectiva en su idiosincrasia, es lo
que tiene que ser pero con más ingenio, cierta originalidad, buena estructura y
un valor rescatable de complejidad de lo que se acostumbra y por ello que la
tengamos postulando a los premios de la Academia. Su primera hora está bastante
creativa (desde lo identificable) y atractiva hacia un paso más allá de ser
solo para románticos y asiduos al actual entretenimiento light por antonomasia,
con un tipo al que conocemos como Pat (Bradley Cooper) que es bipolar y
atraviesa ciertos conflictos en su vida, es un perdedor que trata de resarcirse
y tomar camino (en lo más primario e indispensable, pareja, optimismo o amor
por existir y estabilidad emocional), estando desempleado (no es tampoco que
sea un tipo con muchas ambiciones), tratando de manejar problemas mentales de
adaptación social (a los que él mismo parecía no reconocer y estar en un estado
con algunos exabruptos y alteración, pero después vemos que sí, la carta que
escribe al final nos lo confiesa, sobre un tiempo que tiene pensando en su
estabilidad afectiva de la que parten todos sus problemas y desequilibrios, así
lo enfoca y resuelve el filme) y con una orden de restricción de no acercarse a
su esposa a la que hallo teniendo sexo en la ducha con otro hombre al que
golpeó naturalmente enardecido, y eso le llevó a ser recluido por 8 meses en
una institución mental por mandato de un juez.
El filme luego inevitablemente pierde fuelle, no se vuelve
insoportable pero pierde el encanto primigenio y ya no asume el estado bipolar,
lo simplifica bastante, y es que el filme lo ve de forma bastante superable y
es una opción que tampoco resulta desestimable (no es un filme trágico ni
dramático recordemos), al final es algo que se trata de que uno se recomponga
en una introspección personal y asumida, cambie dirección, encuentre nuevos motivos,
se calme y sea más pacífico y vea el lado bueno de las cosas como reza el
título en español. Los miedos psíquicos no son abordados con la profundidad
necesaria –aunque una canción alude idóneamente a ello, solo eso- y la medicación
es superflua –la toma cuando le da la gana-. La salida es el amor, en ello yace
el vínculo con una mujer, Tiffany (Jennifer Lawrence) que también tiene
problemas de sociabilización que la han llevado a recibir pastillas pero en
ella es algo menos conflictivo, muy cool como se luce en el diálogo en la mesa
(parecen dos freakys que se echan el chiste de su extravagancia), y se resuelve
también con bastante sencillez, una muerte muy íntima implica un pequeño
trauma, que le acarrea a ella volverse una
especie de adicta al sexo casual, se
acuesta con 11 hombres de su trabajo, y cuando ve a Pat no parece la excepción (qué
valiente él, resistirse a esta completa belleza, joven pero madura e
inteligente, sumamente guapa, de cuerpo atlético y segura de sí aunque eso no
lo vea aun al tener una obsesión –no tan
lógica vista con detenimiento y eso el filme permite verlo-). Y del rechazo nace
una secreta –y no tanto para el espectador- atracción y una personal reflexión
que también le redirige y le permite salir de su atolladero, una unión en que
se siente pronta a ser valorada (una constante en un mundo donde amplifica lo
sexual), algo que no halla con facilidad. Aparentemente ella parece ser una
mujer del montón, un buen polvo eso sí pero de una noche (o de un par), sin
embargo es su desequilibrio emocional el que oculta lo maravillosa que es como
persona, y en su compenetración y conocerse (tranquilos, mediante trotes
diarios, diálogos punzantes por ambos lados –el por enfermedad, sin la gracia y
el filo audaz de As good as it get (1997) dejemos en claro aunque se viene a
idea, y ella por inteligencia- y el
pretexto de un concurso de baile, no es que tampoco Russell reinvente la
comedia romántica debemos acotar pero pues juega bien sus fichas; junto con lo
importante de que hay química, nada complicado con Jennifer Lawrence que es
extremadamente espontánea y dotada para la película). Todo se va gestando
gracias al buen tacto y visión de Tiffany que sabe lo que quiere una vez que siente el flechazo (el que le digan que no), y es entendible,
la nueva mujer de siglo XXI -si me permiten la falta de pudor en el habla- son
más de acción y practicidad que de otra cosa. Y lo ve como el
príncipe que le va a llenar el vacío que siente, la va a complementar, sin
esfuerzo, muy natural aun no siendo del todo fácil lograrlo, es la otra mitad como espeta el
cliché, aunque no sean los típicos ejemplos al uso, y esa rotunda imperfección
fuera de que sean muy atractivos los dos es la que los acerca –aparte de
la ironía, que no es para tanto y creo que es flagrante en su inocencia, de que
él la ve más loca a ella- y los hace verse en el contrario, ella lo anticipa,
los defectos son como heridas de guerra. Tiffany lo busca pero parece que él la
necesita más, y realmente están a la par.
Es un filme muy simplificador, muy alegre a fin de cuentas,
sí, la bipolaridad ya está presentada y adaptada al contexto (ya es una rasgo
de esa personalidad que relacionamos con el protagonista), que recurrir a ella
continuamente o sobreexplotarla
explícitamente cambiaría el sentido del filme, recordemos siempre el título que
es muy determinante en lo que encontraremos, y se busca movilidad, pero eso de
todas formas hace que pierda el poder de su trama para ir a otra parte (que hay
que decir que yace dentro de su propia coherencia). De llegar a ser golpeado
por su padre tras derribar accidentalmente por una mala reacción a su madre o
de gritar alterado en medio de la madrugada por una nimiedad –que comparto sin
enardecimiento por supuesto, el desenlace de Adiós a las armas de Ernest
Hemingway es lo más ilógico que uno puede imaginar, léase la metáfora del
filme, no estamos para ese tipo de desasosegantes e inesperadas tragedias- pasa
a ser casi invisible a comparación de su primera mala e imprevisible conducta,
a verse como un sujeto bastante estable, capaz de pensar dos veces sobre las
consecuencias de su conducta (algo en
cierta medida razonable pero claramente insuficiente, aunque la existencia es impredecible
por lo que démosle el beneficio de la duda, porque es un caso especial y
ha pasado por mucho, viniendo de un procesamiento mental), y bueno el filme
termina usando momentos menos impresionantes en su segunda parte, el hermano llamándole
perdedor en contraposición de sí como triunfador no es del todo inverosímil
pero parece una carta demasiado abierta, la apuesta que luego se normaliza (y
resulta mejor así) está bien pero va sobre agua muy conocida (pero es tan
perspicaz el director que echa a bromear con el resultado de la calificación, de ese penoso
5, y ahí uno recuerda Pequeña Miss Sunshine (2006), no tan loser y desenfadada en su escena de baile pero igual de limitada en cuanto a sus
cambios de ritmo musical). Russell en algunos momentos claves trata de zafarse de ello y resulta innecesario en parte,
naciendo la pregunta, ¿hasta qué punto la originalidad ataca la naturalidad? y
esa será siempre una lucha eterna, un requerimiento del éxito de que una
película sea vista como obra maestra, y habrá cosas que no se puedan evitar
como otras que transformar. El padre explicando que debe ir por ella o él
diciendo que su amor no es de golpe sino ya lo sentía y lo veía de un tiempo
atrás, como sería en la realidad.
En el filme hay tres tipos de locura, la de Pat que hay que
curar, desde enfocar la vida más que observarla como una enfermedad, que es lo que hace el relato, la de
Tiffany desde la que todos aceptan y quieren hasta emular, y la del personaje de
Robert De Niro, que es la que a él mismo no le importa, que es tal cual, que ni
le pasa por la cabeza algún arreglo, y parece más común de lo que creemos, sus
supersticiones y sus arrebatos de violencia los siente muy justificados, pero el
fanatismo por su equipo es bastante irracional. La escena en que Tiffany
explica con estadísticas que estar en compañía suya es algo que brinda suerte
más que lo contrario es de las más curiosas y audaces que alguien puede darle a
un tipo raro, como jugar con sus propias reglas. Para ello Lawrence es lo mejor
del filme, ella se empapa en su interpretación, resulta fuerte, atrevida y
debajo destila sensibilidad y carisma; lo contiene en repetidas oportunidades. Vuelve
a lograr el mismo nivel superior de actuación precedente en cada
intervención de ésta trama, como si fuera un alarde de contundencia, de asimilación, nada de
migajas ni de contados estados sublimes, ella es fehaciente, y sin duda esa persona de la que se reviste no sería ni
la mitad de encantadora en la vida real sino fuera por su compenetración y su
participación. Su enojo y reacción en el café, otro punto potente del filme, memorable, la colocan como una de las
mejores actrices que Hollywood tiene para ofrecer.
Chris Tucker siempre me ha parecido insoportable, su voz
chillona y su comedia me hacían creer que su mejor actuación era la de Jackie
Brown (1997) donde solo sirve para que
lo metan en la cajuela de un carro y le metan dos tiros, sin embargo parece
reivindicarse con un papel simpático en este filme, y sin dejar de ser
afroamericano pero uno mejorado. En cambio Jacki Weaver a la que como no adorar en Animal
Kingdom (2010), que para quien escribe entregó la mejor actuación de las nominadas en su categoría ese
año, está muy endeble. No entiendo que le ha hecho yacer nuevamente nominada.
No ha hecho nada. De Niro está bastante bien pero mucho menor de lo que se
suele mencionar, tiene un papel secundario peculiar y visible pero nada del
otro mundo en realidad. Y Bradley Cooper está cada vez mejor, más que
cumplidor y si sigue en esa forma se convertirá en un estupendo actor, que
todavía se siente que le falta, aunque definitivamente ya es una estrella.
El filme es típico americano, pero enarbola una cotidianidad
gringa de la que suele convertirnos en cómplices, casi sin darnos cuenta (incluso
habiendo football americano, algo que no ha calado en el mundo, que no se suele
practicar como deporte en general pero que es muy nacionalista). Arte del que
solemos alimentarnos en una cultura universal aprendida desde sus canteras
cinematográficas, porque suele entretenernos ya que lleva todo lo que suele
tocarnos como seres humanos, romance, felicidad, superar problemas, vivir la
familia (algo más latino) y no preocuparnos tanto, y poder ver el lado positivo
de las cosas, ya que ciertamente para males la vida misma.
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