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sábado, 14 de febrero de 2015

Foxcatcher

El director de ésta película, Bennett Miller, es un habitual de las nominaciones a los Oscars, con lo que ello significa, un arte destacado en el cine americano, y el de un entretenimiento con suma autoría y arte, ese que deja ver una dirección compleja, llena de incómodos silencios y personajes observadores, algunos meditativos, provocando que una reacción, un gesto o un exabrupto emocional sea el que desnude la personalidad velada de las formas, por el respeto que otorga el dinero, o nuestro comportamiento anclado a lo primario, a lo infantil, como le pasa al impetuoso, básico y juvenil Mark Schultz (Channing Tatum) que se mueve como un gorila, siendo un hombre de acción, de un razonamiento precario, pero con un anhelo muy fuerte, excepcional y harto loable, que cunde en el patriotismo y la gloria máxima en el deporte, el ser el mejor atleta del mundo, el mejor exponente de la lucha amateur, y eso implica su independencia, desprenderse de la sombra de su hermano mayor, que lo ha criado y guiado, ha sido siempre su mentor, David Schultz (Mark Ruffalo), que en su sentir competitivo percibe que le opaca, aunque realmente mínimamente (¿no hablamos de dos medallista de oro?), siendo más un sentimiento y un mundo ejercido y sobredimensionado en su mente.

Toda la interacción entre los hermanos Schultz  yace acompañada de pequeños gestos donde se ve que David lo supera, es más hábil y “frío” en todos los aspectos (priorizando a su familia y el cariño a su hermano, tanto como a su conocimiento profesional, no nos equivoquemos), por ser más calculador, más racional, y no del tipo salvaje, muy emotivo, como Mark, al que bien se le define como al hermano pequeño, más allá de lo evidente, y el que requiere de asesoría, a un grado sutil, psicológica, para proyectar esa intensidad, talento y poder que tiene en la lucha (de lo que el alejamiento del dueño de los Foxcatcher resulte lógico, por ser nocivo, como se ve en el uso de drogas, alcohol o perder el tiempo muchas veces; de lo que también esconde la película sentimientos ambiguos de decepción y traición, ya que hay un vínculo real y honesto entre ellos al fin y al cabo, no solo es interés mutuo, como bien resume ese documental de du Pont, aunque sea una falsa glorificación, a diferencia de esa transmutación de la progenitora en el rechazo, simple acomodo e insinceridad de David), bajo algo más metódico y científico, más disciplinado, todo lo que Bennett Miller deja ver discretamente, con delicadeza, argucia e inteligencia, con mucha elipsis, en un entretenimiento –no lo olvidemos- que deja trabajo al público, aunque da buenos indicios y es a gusto de uno.

No se puede negar tampoco que hay momentos en los que se remarcan mucho las ideas, o se abre toda la ventana para que divisemos ángulos de como se mueven sus tres figuras protagónicas. Véase un acercamiento ya no solo paternal, sino a un punto homoerótico (leve, breve, pero sugerente, que deja libre el germen de la imaginación con dicha jugada, en que se manipula cierto prejuicio o sensacionalismo del que no conoce el deporte, que es como echarle carne a los perros; sin embargo es solo un juego de la ambigüedad, ya que hay mucho trato de los hermanos que se le parece, dando a proponer, que hay un acercamiento similar con du Pont, es decir, fraternal, de mucha confianza y cariño, de acciones justificadas, lo que se interpreta que es como un enfrentamiento silente por ganarse a Mark, por varios motivos. Y ese punto es la habilidad de la dirección de Bennett Miller que nunca deja de jugar con nuestra mente, no da una sola lectura, más bien se trata de distintas posibilidades, y de muy buenas combinaciones), en aquel encuentro nocturno de wrestling entre entrenador y pupilo, o cuando John du Pont (Steve Carell), autodenominado el águila dorada (sobrenombre al que muy bien le ayuda la nariz aguileña, o que sea ornitólogo, más no como se da a entender claramente, su cualidad de instructor), realiza un match de lucha y se ve que gana pero por detrás pagan a su contendor, pequeños deslices de autor, quizá hasta subterfugios bajos, como por su lado requerimientos para formar un cuadro general, ya que hay que reconocer que la mayor parte del conjunto trabaja con puntos a completar por el espectador, o en el coger de algún detalle preciso al vuelo, como el manejo deportivo, el entrenamiento olímpico que se requiere y que es de un nivel que pocos pueden proveer/sostener, de du Pont sobre su protegido, a quien lo ilumina con su generosidad; o con el mismo desencadénate de la historia, donde por cultura general se conoce la reacción mortal de una paranoia, pero el filme trabaja con otra cosa, con el sentir del respeto y la admiración, el menosprecio, el reconocimiento obsesivo de la gloria, y cierta obstrucción que significa uno de los puntales protagónicos para los otros dos que comparten necesidades mutuas, un intercambio de dinero por satisfacción e identidad propia, pero también una personalidad y un anhelo igualitario, frente a la soledad y la superación de un escollo mayúsculo en nuestra psiquis, representado en David Schultz, ser un mentor, o proveernos de un camino, el más grande por uno mismo.

En ese hueco/disposición de introspección entra a tañer la madre humilladora, castradora, omnipotente en la oscuridad de la memoria, como una imagen subyugadora que nos persigue (y uno quiere superar, dejar ir, como con aquellos caballos de raza, una reacción entre el dolor, la dependencia y una pequeña liberación), la que nos infantiliza, y nos demoniza o nos vuelve perversos con el resto, con el mundo, aunque nos sobreproteja en su caudal económico y una descendencia noble (viendo que más que actos contra uno, se implora respeto de ese pilar mental en nuestra vidas, ese que no nos tienen, y nos quita el lugar de soporte formal emocional y como seres humanos, lo que hace ver a un du Pont vacío, ridículo, aniñado, débil, poca cosa, y por último peligroso, aun intentando con ahínco ser algo importante, trascendental, con actos intelectuales, filantropía, o nacionalismos de orgullo familiar), y es que du Pont se esfuerza, como en aquella reunión con los atletas para darles instrucciones y darse principalmente a notar, orquestada ante la mirada y juicio de la madre curiosa pero minimizadora, pasivamente destructiva y desconfiada (hacia lo que llama un deporte inferior, que trae trofeos que ella hace espacio como por caridad, sin creer en ello, porque se trata de su hijo, lo que retrata una cruel lucha perdida, desde el inicio, por una actitud firme de desprecio hacia éste como hombre, donde la redención no parece existir, provocando entonces solamente patear el tablero, la tragedia y la autodestrucción del juego de la derrota interior, como un grito frente a lo patético, que bien dibuja un previo silencio melancólico, y la frase de “hemos terminado”, que complejiza lo que muchos llaman simple locura), en la poderosa imagen de la breve aparición de Vanessa Redgrave.

Como reflejo deportivo de la lucha tiene una gran seducción extra, se visualiza muy bien la técnica y los encuentros son en un tiempo justo, no dilatado, fluido, y son instantes emocionantes, indicativos, sin darles ningún efectismo especial, brindando naturalidad, convenciendo y proveyéndose de una cuota de impacto y confabulación. En ello hay que decir que Bennett Miller supera mucha predictibilidad, en que el meollo del asunto se rige a ciertas cautivantes condiciones, a una explicación tras la gloria, una que puede que se alcance e igual escapa a lo esperado, se convierte en secundaria frente a una (otra) prioridad psicológica; y una que se frustra de alguna forma o se nos revela y duele, y se convierte en una consecuencia. Tanto así que el deporte es en realidad –como toda buena película lo aspira- un pretexto para analizar nuestra “sencilla” pero definitoria humanidad, a priori de, factor de o por sobre cualquier excepcionalidad. En donde Miller genera un drama universal de suma profundidad con material deportivo destinado por lo general a la superficialidad y la fácil empatía. Un logro. Tras una cierta engañosa sencillez y austeridad en buena parte del conjunto (la suntuosidad se deja  muy en claro, el poder del dinero, si bien la “necesidad” flirtea con otros ámbitos, como en aquella elipsis o medio punto negro de ¿qué convence a David Schultz de pertenecer al grupo Foxcatcher si Mark dice que no se le puede comprar?, el miedo, la obligación, la lealtad, o, solo es un simple engaño, retórica, recurso de la lograda amable ambigüedad del filme), dentro de una calma (de “temer”) que enseña de forma  no demasiado convencional, pero aun así piensa/llega sin ningún problema hacia muchos, con lo que al desenlace más que esperarlo, vislumbrarlo, o yacer uno impaciente o inquieto por tanta observación, mutismo y escape en medio de circunstancias de tensión (yo creo que hasta lo reduces al punto de partida de una tesis), se deja entender argumentalmente de forma prominente, como todo objeto de arte; por encima de cierta parte de la ilustración, como el cariz de neanderthal de Mark Schultz, logrado cuando golpea furioso su cabeza contra un espejo, o yace impotente ante la técnica superior y quiere agredir a su hermano en el entrenamiento, y en la escena podemos ver hasta su sudor. Pero que no tiene solo una performance realista convincente en una marcada expresión de brutalidad, sino tiene de lugar común, de quehacer simplista, que en algunos casos es muy obvio manteniendo la rudeza, lo primitivo y lo típico que se cree del luchador, aunque en general se llega a conseguir y a suavizar con el pasar del tiempo, lo mismo que pasa con la cualidad visual gestual de raro o lento de du Pont, en dos performances que a pesar de cierta dosis de crítica son de lo mejor de la película, lo que provee una gran loa a Channing Tatum y Steve Carell, actores muchas veces infravalorados –yo mismo lo he hecho, y hago un mea culpa- o encasillados que demuestran mucho talento y entusiasman con su esfuerzo y entrega, al igual que bien aunque menos, se espera eso de él, y creo que es porque más se rige al desarrollo de los otros dos aun siendo el talón de Aquiles de ambos, Mark Ruffalo. Como curiosidad apunto que nunca reconozco a Sienna Miller, que ya creo que habría de respetarla más, en su cualidad de camaleón, antes estilizada pero de a pie en American sniper (2014), y ahora de apariencia más ordinaria, desapercibida. Frente a una obra que no invoca el reduccionismo, porque fuera del mundo de machos que se cursa en la dura lucha libre olímpica, se trata del ser humano en toda esencia, a través de la complicada radiografía psicológica de un desenlace desconcertante. 

sábado, 11 de febrero de 2012

Moneyball

El significado de Moneyball sería -siendo literal- algo como El dinero en la pelota, y se basa en el libro del novelista americano Michael Lewis que lleva el mismo rótulo agregando el subtítulo de El arte de ganar un juego injusto, y de eso va la trama, de lograr superar limitaciones económicas y por ende resultados desfavorables ante la desproporción de elementos que enriquezcan material y profesionalmente a los equipos. Para lograrlo, para salir del escollo, se hace mediante estadísticas o el uso de la inteligencia, como reza una traducción al español: rompiendo las reglas, ya que en el beisbol o en cualquier otro deporte todos los deportistas sabemos que se trata de vísceras o de una espontaneidad que suma a la técnica y está perfecto, quien podría dudarlo, sin embargo qué de tratar de analizar el campo con nuestras propias virtudes y dar soluciones mediante una detallada estrategia que haga que un jugador mayor e importante sea reemplazado por tres menores aunque con alguna cualidad que implique reunir la ventaja que ejerce un único e inalcanzable -por ser costoso y excepcional- deportista, también está bien ¿no es cierto? Tenemos un bonito fundamento, la unión hace la fuerza y todos podemos tener una oportunidad; y si vemos que un grupo técnico lleva a la cabeza a un idealista capaz de ir hacia adelante enfrentándose a todos con su liderazgo y convicción mediante un nuevo método innovador que logra proponer batir un récord de hace casi 60 años, ¿qué tenemos ante nuestros ojos? Tenemos una magnífica película que no solo enseña múltiples destrezas intelectuales puestas en práctica desde el personaje “pequeño” sino que además ayuda a que el resto pueda ser mucho más adaptado al medio, convirtiéndose en ese gigante que invierte 1,4 millones de dólares pero con solo 261 mil dólares. Visto sin atención no parece gran cosa, claro, no obstante si alguien asume que se enfrenta con Goliat siendo David estoy seguro que sentirá que lo que ha hecho es una hazaña y eso es, el logro de 20 triunfos seguidos de un equipo de beisbol cercano a la invisibilidad llamado the Athletics de Oakland en una obra que reivindica el sueño que todos merecemos, y desde la realidad, porque esto ha sucedido.

Billy Beane (Brad Pitt) es el general manager que perpetró esa pequeña locura que no es para nada irrelevante sino un buen incentivo que invita a seguir intentándolo, siendo realmente bastante para quien haya vivido un triunfo difícil que revierta esa falta de ilusión que nos dice que no podemos ganar, entendiendo que esa audacia que se nos puede hacer indiferente por culpa del tramposo escepticismo, al carecer de fastuosidad, hace -para quien lo note- que el mundo se convierta en un lugar más bello, ya que logros como éste, donde no se nos dan con regularidad ni facilidad sino lo ganamos a costa de sacarle la vuelta a esas estadísticas que a primera vista nos parecen enemigas, son enormes para los que se imponen retos.

La ejecución de una teoría experimental traerá como consecuencia la gloria en una nueva marca en la liga americana de uno de los deportes más apasionantes y conocidos del mundo, el beisbol, que quien escribe ésta crítica confiesa haberlo practicado rudimentariamente de niño. Beane, un estratega caza jugadores, que plantea el mapa de ruta anterior a la decisión del entrenador, pone los elementos humanos dentro de la cancha y tiene de mano derecha a un joven economista de Yale dedicado a la asesoría deportiva en cuanto a registros de atletas, Peter Brand (Jonah Hill). Beane sacará a flote la habilidad matemática de éste muchacho, en su segunda chance para brillar tras una mediocre y frustrada carrera como beisbolista; Beane busca la dignidad de aquellos rebeldes que al final del día logran el éxito, bajo la luz de la excepción que alimenta el alma de la humanidad.

Beane vive en el juego, y el juego son tipos como él, pasión y afecto por la pelota, arte por hombres que se asocian a toda prueba, como reza el título. Ésta película no solo lleva un fondo universal, la batalla por las metas a costa de las desventajas contextuales, la identificación con los valores y la camiseta, sino que éste hombre tiene prioridades que se basan en sentimientos más que en cualquier otra gollería –por lo general naturalmente aceptada- como desliza el filme, al rechazar 12, 500,000 dólares en la oferta de gerente general de un equipo famoso, los Red Sox de Boston. Pero Beane quiere mantenerse cerca de su hija que no comparte casa con él al estar divorciado, y quiere seguir con los Athletics que creyeron en él, aún haciendo cambios osados, de cara a lo convencional, y proponer riesgos.

La propuesta cuenta con un guionista de primera en Aaron Sorkin que ganó el Oscar a guion adaptado por el filme La Red social y que el 26 de febrero postula a su segundo trofeo en la misma categoría para los Oscars. Los diálogos y las frases sobresalen abiertamente, con la característica de la precisión, mostrándose altamente notables sin ser oscuros o imposibles, con eso que genera confabulación en el público sensible pero despierto. Junto a Sorkin yace un director con oficio, talentoso, en Bennett Miller que con su segundo largometraje llevó a Philip Seymour Hoffman a ganar la estatuilla dorada por el rol principal en la película Capote en que Hoffman demuestra un despliegue interpretativo memorable mimetizándose como solo los camaleones del séptimo arte logran hacerlo ante la batuta que un buen cineasta indica; cada uno desde su posición profesional. Miller lo consigue relacionando el magma de la mítica novela “A sangre fría” con el acercamiento entre el excéntrico escritor creador de la novela periodística, Truman Capote, y el asesino Perry Smith. Hoffman también actúa en Moneyball como el seco, simple y rudo entrenador del equipo de los A´s de Oakland.

El filme tiene circunstancias débiles en que no trasmite emotividad, no convencen algunas escenas o se respira esa sensación, que caen en que están ahí para dar forma aun siendo en parte indispensables como el reclutamiento de Brand o el intercambio de perfiles en el teléfono, teniendo el aire de verse repetitivas dentro del recorrido que lleva el séptimo arte, como suele pasar en el cine de Hollywood en que se perciben ciertos sitios comunes que parecen propios de una clase de drama en que se enseña el mismo gesto una y otra vez a los alumnos aplicados. La cotidianidad también tiene poco recurso, llevando a favor que no se sale de un ambiente próximo que no básico pero que aunque lleva buena estética no tiene nada de originalidad.

El ritmo se maneja con una decencia que en general evita ser simplista escapándose de acarrear superficialidad, logrando desatar en oposición a algunos fallos antes mencionados el vértigo en otros lugares claves -sobre todo en el partido decisivo de la historia- que residen en la combinación rápida de tomas de detalles, en los zoom, en las panorámicas, en las expresiones, en el cambio del marcador, en el grito del público eufórico y en una tensión dinámica que nos ponga en ese escenario, que hay que hacerlo sino no vibramos pudiendo convertirse en algo soso sin apreciar que la sangre circula por nuestro cuerpo y eso no ha de faltar.

Tenemos a un Brad Pitt en un momento especial y trascendente -ya que a su personaje no solo le importa su carrera sino cimentar una evolución- sacando su vena meditabunda que expresa mucho con una postura facial; un plano de su rostro muestra más sentido que cuanta palabra se pueda pronunciar. Es en su caracterización protagonista de triunfos y derrotas, en sus movimientos, en la amargura o la calma, en el entusiasmo tras bambalinas, que conquista; parece un hombre común y natural en el que puedes confiar tu futuro aunque suene atrevido; la suya es una actuación de emociones a ratos sutiles y a otras explosivas, maneja ese cambio sin perder coherencia, tiene una figura que se involucra con el resto y la aceptamos en toda la complejidad del que fluye próximo en el ecran. Contiene una nominación justa, que pasará desapercibida para algunos espectadores rígidos, pero que debiera haberse ganado el respeto de quien sepa no cegarse con la traba de solo observar una cara agraciada, al tipo de Leyendas de pasión o para muchos el irrevocable cowboy sensual de Thelma y Louise. En ésta oportunidad luce más maduro y mejor artista.

Muchos se han sorprendido –justamente- con la nominación del jovencito voluminoso Jonah Hill que viene de hacer comedias para adolescentes de olvido inmediato, y que le han dado implacablemente, negándole el lugar obtenido. Pero, ciertamente, frente a nombres consolidados como Branagh, Von Sydow o Plummer le generaría a cualquiera un ataque cardiaco si saliera vencedor, no obstante hay algo de sabiduría en elegirlo, ya que es saludable proponer iconos nuevos con los que la gente puede sentirse identificado. Considero que no ganará el premio ni el Oscar lo pretende, aunque con Sandra Bullock o Marisa Tomei se haya hecho tremenda tontería, que no físicamente que son muy guapas y provocativas pero de que sus estatuillas lucen inauditas, estamos seguros. Pero su nominación emitirá voluntad de aspirar a llegar más alto, motiva, y puede que mañana, él u otro actor visto pequeño se convierta en una estrella que en un inicio fue infravalorada; no olvidemos que actores interesantes como Jeff Bridges o Colin Firth han sido subestimados (más si pensamos que todos apuntaban a Hugh Grant como el más vendedor actor inglés) y actualmente nadie osa refutar sus habilidades. Es un estímulo más que una imposición arbitraria. Hill hace una performance mediana, sin nada sobresaliente, incluso no demuestra mucha emoción gestual ni le han concedido parlamentos atrapantes para envolvernos o admirarle, lo que ha hecho es únicamente ser cumplidor, sin embargo en su nominación veo hoy una oportunidad, mañana posiblemente el mérito.

Si apreciamos que una canción puede motivarnos a rechazar una apetitosa y cuantiosa suma de dinero por amar incondicionalmente algo más sustancial como a un ser querido o a un grupo humano que representa nuestra identidad mental y emocional, o que un tipo gordo puede alcanzar cuarta base cuando por su complexión física se espera que solo llegue hasta la primera teniendo “las reglas” que le hacen creer que no puede rendir más, ya tenemos material por el que luchar en nuestras vidas, gracias al arte; el eliminar limites en cuanto a esperanzas puestas a rodar.