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jueves, 8 de marzo de 2018

Vincent y Theo


Robert Altman es uno de los grandes directores del cine moderno, su cine se remonta a comienzos de los 70s. Vincent & Theo (1990) ostenta una mirada sórdida, pícara, despierta, audaz, sarcástica, intrépida. Tiene una puesta en escena abundante, llena de mezclas, un poco desordenada, pero aun así elegante. En Vincent Van Gogh (Tim Roth) existe una mirada mística -amaba el arte japonés y el misticismo oriental- junto a una mirada vulgar -propia del burdel al que es asiduo y que incluye tener de pareja a una prostituta embarazada-. Vincent repudia a su familia, en especial a su padre, la mirada del filme de Altman es más agresiva, menos lacrimógena, no lo plantea desde el menosprecio del progenitor y el deseo de aceptación familiar. Vincent luce como un obrero, sucio, humilde, tiene los dientes descuidados, una apariencia y comportamiento tosco, algo grosero, apareciendo algunas veces histérico.

Parte importante del filme y de la biografía de Vincent Van Gogh es su relación con Paul Gauguin (Wladimir Yordanoff). Vincent sentía gran admiración por Gaughin, le llega a dedicar un cuadro, lo veía como un maestro y amigo, aunque en la propuesta de Altman tenemos a un Vincent que llega a retarlo. El genio de Altman se toma notorias libertades, hace cine de autor en toda la palabra (ya lo dice aquella línea: cocinar es como pintar, hay que usar la imaginación), como cuando el pintor holandés se hace llamar el espíritu santo a través de lo que parece un graffiti en la pared y termina pintándole con óleo el rostro a una cortesana en un bar, con lo que muestra su enojo con Gaughin. Inclusive Altman exagera un poco, cuando Vincent deja caer vino de su boca ante el fastidio con Gaughin. Se muestra a un Vincent abiertamente violento. Gaughin genera una mala influencia en él, por más que el holandés se siente atraído por las similitudes entre ambos, como su rechazo a lo burgués. 

Ya lo anunciaba la llegada de Gaughin, cuando sopla el viento con polvo elevándose del suelo, que significa amenaza, aunque en éste filme vemos a un Gaughin más pasivo que su leyenda, aunque se suelta que es un mentiroso, a pesar de que ha tenido una vida muy dura, sobrelleva una cojera y se recuerda que llegó a limpiar baños públicos. No obstante se propone con fuerza a un Gaughin inocente de culpa. En cambio en Vincent hay hasta una mirada salvaje homoerótica hacia su admirado compañero de vivienda, llegando del apasionamiento a morder un cuchillo. Tim Roth le pone una cierta mirada psicótica a su interpretación, a lo que hará más tarde con Tarantino. Altman plasma una estética oscura, con aquel espejo roto, una navaja y la sangre en la oreja y el cuerpo. La Locura de éste famoso pintor holandés es repentina, no está en toda su vida, y se señala al alcoholismo como posible razón.

Dentro del atractivo del filme está que es un biopic no sólo de Vincent, sino también de su hermano Theo (Paul Rhys), en igualdad de importancia, cuando uno no lo suele ver así. Theo dice: Yo tengo mis propios gustos y debo ser mi propio dueño. Es la declaración de principios del cine de Robert Altman, y esto hace que su atrevimiento y personalidad roce a veces el ridículo, como con el comentario del bigote de Theo, pero nunca cae en éste. Theo no es rico, como muchos pueden haber pensado al sostener el arte de Vincent. Theo es clase media. Theo también discute. No es ningún santo. Sufre de sífilis y tiene problemas por tener ésta enfermedad para hallar pareja seria. En el filme de Altman se difumina un poco el amor entre hermanos, que se da por entendido (como al ponerle Theo el nombre de Vincent a su hijo), para darle al filme mayor realismo. Theo es un buen hermano, pero ésta propuesta propone un retrato general menos simpático que el más propagado, Theo tiene carácter, lo vemos más humano, imperfecto, menos romántico, es una versión menos educada de su figura también.

El filme tiene sus escenas deslumbrantes, como la del Jardín natural de girasoles, una puesta en escena artística, sobresaliente, con el viento, las flores moviéndose, Vincent entre ellas pintando, de pronto surge la irreverencia, violencia, Vincent destruye su cuadro, surge un apasionamiento vistoso, extremo, algo chocante, Altman termina arrebatándole la belleza inicial a la escena, nulifica la poetización, prima el realismo duro. Otra puesta en escena sobresaliente, la pintura de los cuervos (llamada “Trigal con cuervos”), metido Vincent en el paisaje, el sonido alto de los cuervos de fondo mientras pinta. Una tercera gran escena es la de un momento clave en la vida de Vincent, la de la oreja. Vincent yace bañado en sangre en la mitad del cuerpo, la cámara se enfoca, pone el cuadro, en las piernas y en la caída de la sangre, el pantalón está roto y sucio, lo vemos caminar con dificultad.

Otro momento clave, el suicidio de Vincent Van Gogh, lo define por una parte, aunque de forma pequeña, el Doctor Paul Gachet (Jean-Pierre Cassel), un padre dominante. Vincent escucha del rechazo del doctor para salir con su hija, en una escena discreta, muy sutil. Luego en otra, Vincent oye de forma directa de las necesidades de la familia de Theo, ésta escena es grandilocuente, la mujer de Theo yace llorando y fastidiando. El filme culpa a la mujer, a Jo (Johanna ter Steege), del último acto de Vincent. Jo mantiene un aire rústico en toda la película. Vienen a la mente rápidamente dos frases del filme. La primera: Yo daré de comer al bebé, tú dale de comer a tu hermano. La otra, de los dueños de la galería que administra Theo: no podemos permitirnos un salario extravagante.

miércoles, 26 de abril de 2017

They Live by Night, Nicholas Ray y una doble función

Introducción: La filmografía                                                                                                                                                  
El cineasta americano Nicholas Ray es popular y mundialmente conocido por Rebelde sin causa (1955), una película de la que oímos siempre, incluso antes de verla e intentar ser cinéfilos hardcore. Es muy popular por el icónico James Dean que la protagonizó y ser su película por antonomasia, aunque no participó en muchas propuestas del cine, fueron solo tres. James es un grande, por iluminado, prometedor y por su muerte prematura. También porque Rebelde sin causa es el filme símbolo de una época y guía para otros cineastas. 

Ray además fue idolatrado por La Nouvelle Vague y los famosos Cahiers du Cinéma a los que también inspiró como cineastas. Nicholas Ray tiene una filmografía bastante buena. Desde luego, no sólo se trata de la maravillosa Rebelde sin causa. Dentro de su filmografía sobresalen dos títulos más en especial, el western Johnny Guitar (1954) con los duros Joan Crawford y Sterling Hayden; y In a Lonely Place (1950), un noir con dos iconos del género, Humphrey Bogart y Gloria Grahame (casada con Ray de 1948 a 1952). 

In a Lonely Place me recuerda a otra película maravillosa, Sospecha (1941). Pero en la de Ray la duda no es por poder ser un asesino serial de mujeres ricas, por interés económico; es por la sinrazón de la locura y la violencia incontrolable de la personalidad, el descontrol de las reacciones. Bogart levita con su naturalidad en el papel, y Grahame está igual de sublime. 

Otra película a tener muy presente, que en particular me parece gloriosa es The Lusty Men (1952), que retrata la vida del rodeo, y cuenta con otro tipo duro del cine, Robert Mitchum, que aparentemente no es el protagonista del filme, o no lo es a la usanza, no tiene a la chica brava y bonita (Susan Hayward) ni es la luminaria del momento en el rodeo (Arthur Kennedy); es un solitario y viene de capa caída, pero es un enriquecido personaje guía. El arranque del filme, el retorno al hogar, es una de las grandes escenas históricas del séptimo arte.

They Live by Night: Debut y gran película

La ópera prima de Nicholas Ray, Los amantes de la noche (1948), es otra excelente película, con todo lo que hace sublime al cine clásico; se brinda entretenida, con buen ritmo, precisión, claridad y profundidad emotiva. El filme es más romance que noir, aunque yacen fusionados. 

La trama nos habla de un joven ladrón de 23 años, Bowie (Farley Granger), junto a Chickamaw y T-Dub, dos experimentados, mayores, curtidos compinches quienes no dudan en matar a los que se les interpongan; se esconden donde un viejo grifero rural aficionado a la bebida y al despilfarro. En el lugar el viejo vive con su hija adolescente, Keechie (Cathy O'Donnell), ella y Bowie se enamoraran con inocencia y mucho romance. 

Bowie intentará escapar de la policía y formar una familia, anhelante de tener una vida común, apacible, lejos del pasado de cárcel que empezó a los 16 años por matar a un hombre y que lo persigue, está prófugo. Bowie roba pensando gastar el dinero en un abogado que lo limpie de sus delitos, pero sus relaciones criminales con Chickamaw y T-Dub lo arrastran.

El filme presenta a Bowie como una buena persona más allá de su situación, aunque la naturalidad con la que yace adaptado al crimen hace pensar más bien en una dualidad. Tiene maneras amables, y es sensible con Keechie, la que tiene carácter pero le falta mundo. Son una pareja humilde. La propuesta tiene escenas breves, diáfanas y muy potentes, como un matrimonio improvisado; o suspenso, especialmente cuando asecha el paredón, la sombra del final a lo Bonnie and Clyde (1967). 

La pareja predomina, y se van dando destellos de noir, se va cerrando el círculo, va quedando lo esencial, pensando que se trata de escapar del crimen y lograr vivir libres una vida sencilla. La pareja tiene química y son dulces, hay una agradable sensibilidad, ilusión y como se valoran los pequeños detalles juntos. Nicholas Ray maneja bien la acción; y jamás agobia con lo romántico (aunque tiene buena cantidad, tiene encanto). 

Doble función: otra versión de la obra de culto de Edward Anderson 

Lo ideal sería una función doble, junto a la otra adaptación de la novela Thieves Like Us, del americano Edward Anderson, de título homónimo en la dirección de otro director de culto, Robert Altman, hecha en 1974. No se parecen; Altman hace una película distinta a la de Ray. 

El romance entre Keechie (Shelley Duvall) y Bowie (Keith Carradine) tiene modernidad, es decir, merma la belleza de las formas, empieza a verse el mundo más notoriamente vulgar, aunque en la de Ray Chichamaw era tuerto y medio bruto.

Altman maneja otra manera de ser dulce e inocente, la nueva pareja son algo bobalicones, juguetones y bromistas, son una novedosa composición de pareja. En esta Chickamaw y T-Dub tienen más presencia, existen más aventuras en general y hay menos de los jóvenes enamorados. Una curiosidad es que Keechie es aficionada a la Coca Cola, y vemos mucha publicidad de la gaseosa, expuesta casualmente por los alrededores. 

Altman otorga a su película media hora más que la de Ray. Se pueden ver los mismos lugares pero expuestos de otra manera. Esto es estupendo, porque es ver el mismo magma pero dos películas muy distintas. Ray hace una obra ágil, redonda, no se hace problemas en nada, construye una obra completa sin demasiado; mientras tanto, Altman es extravagante y original, aunque un poco lento y a veces tonto. Ambos directores son propios de su tiempo, ambos ostentan personal genialidad.