Mostrando entradas con la etiqueta musical. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta musical. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de octubre de 2021

Annette

 


Annette (2021), de Leos Carax, es un filme bastante triste, aun cuando no es que uno pueda ser ligero con el asesinato, que no puede tomarse sin importancia, pero la autocondena, la tragedia y la autodestrucción también existen, aparte de la perversidad de arrebatar una vida, encima de gente buena, por no controlar las pasiones internas, partiendo de algo banal como la competencia y ambición profesional, y otra velada en la infidelidad y cierto machismo, también por la corrupción, la apetencia incontrolable del deseo sexual y la sexualización continua de la mujer, incluyendo el maltrato hacia ellas, y para más inri ser un alcohólico, y no poder tener la consciencia en su sitio para frenar nuestro ímpetu, nuestra ira, nuestras frustraciones. Carax y los guionistas y compositores del filme la banda Sparks lucen super freaks en su historia, pero el cine también busca abarcarlo todo, y por qué no meterse en la existencia de un asesino, y darle matices, aun teniendo mucha oscuridad, en la piel del talentoso y arriesgado y todoterreno Adam Driver como Henry, un cómico que de arranque busca la polémica y poco a poco va hinchándose como un globo hasta reventar y destruir todo a su paso, incluido algo tan preciado y bello como un hijo, una bebé, Annette, que tiene la curiosidad de ser literalmente en pantalla una marioneta. Marion Cotillard es la musa, Ann, un ser de cierta inocencia, y aunque hay en ella un poco de culpa (un mínimo) es Henry el gestor de su destino finalmente, que va dejándose llevar por el mal, aun cuando tenía algo de buen padre, e inicialmente había un romance de cierta belleza con Ann, compartían hasta una canción de amor. La banda Sparks hace un musical interesante, pero a la vez incomodo, sus canciones son extrañas, no se puede evitar sentirse uno raro con su historia, cuesta tenerle empatía, punto que le otorga personalidad y riesgo a aplaudir, pero también le quita inevitablemente distancia. Es una obra super freak indiscutiblemente, la imagen del final de como se ve Driver es impactante, sumamente realista, es otra persona, atrás queda el ego inflado y el aire ganador de los movimientos boxísticos y el relajo combinado de los vicios aun en ciernes. Es un filme triste porque Annette, una bebé inocente, sufrirá mucho, aun cuando en parte hay que notarlo elípticamente. También es triste por el devenir de Henry, quien hace de Ann ese demonio de ultratumba que lo acompañará luego. Notable la emotividad que trasmite el actor por lo general cómico Simon Helberg, aunque Driver está gigantesco. Este es un filme propio de nuestra época, una donde se busca mucho inquietar, descolocar y hasta herir al espectador, pero el cine no deja de buscar novedad, de ser intenso, lo cual es algo a fin de cuentas positivo, la cosa sería reflexionar un poquito más en nuestras búsquedas, sin tampoco dejar de notar que las capas son más finas.

domingo, 20 de octubre de 2019

Jeannette, la infancia de Juana de Arco (Jeannette, l'enfance de Jeanne d'Arc)


Juana de Arco es para Francia como Santa Rosa de Lima para nosotros los peruanos, su máximo ídolo religioso -que incluye la particularidad del feminismo y la guerra- y se han hecho varios filmes notables, por tanto medio que no cabía repetir lo “convencional” cuando ya antes se ha hecho y muy bien. A ese respecto tenemos La passion de Jeanne d'Arc (1928), de Carl Theodor Dreyer, y Procès de Jeanne d'Arc (1962), de Robert Bresson. Bruno Dumont tiene sentido del humor -quien lo diría-, le gusta la comedia, como lo dicen sus trabajos últimos. Ahí tenemos a su Juana de Arco haciendo headbanging a cada rato o realizando el ejercicio atlético de una araña con total naturalidad. Es un filme curioso y se ve bien. Jeannette l'enfance de Jeanne d'Arc (2017) tiene la originalidad de que también es un musical, y la música tiene personalidad. El soundtrack de Jeannette es una fusión de músicas, el galo Igorrr es el encargado de la banda sonora, su música tiene de todo, tiene pop, no soy fan de éste estilo, pero si del hip hop, la música electrónica y el heavy metal que le ha puesto al filme. Ésta propuesta tiene un escenario austero, su puesta en escena es mínima, la presente obra es de una sencillez formal, mientras discurre una narración histórica interesante y seria –verdadera- en cierta medida, su mitología acompañada de humor, pero sin que sea una comedia. El escenario es siempre el campo, con ovejas, tierra por doquier y algo de vegetación, en el centro Jeannette mueve la cabeza y dice sus párrafos, interpretada por dos personas, una niña y una joven, Lucile Gauthier y Victoria Lefebvre, como con la monja en la obra de unas gemelas. Es un filme que es austero por donde se le mire, pero entretiene, no cansa, pero a muchos les puede parecer demasiado sencillo y algo repetitivo. La música no es mala tampoco, aunque hay quienes seguramente les puede parecer chocante, pero es una ocurrencia irreverente toda la película, parte de la modernidad del cine que tiene ya mucha agua bajo el río.

jueves, 26 de enero de 2017

La La Land

No soy muy afín a los musicales, me he sentido desilusionado y abrumado con varios musicales célebres y queridos, pero, desde luego, no me niego la oportunidad de ser sorprendido. Ha habido también musicales que me lograron entusiasmar. Son los menos, pero existen. Además de que ver bailar a Gene Kelly, Cyd Charisse, Leslie Caron, Ginger Rogers o Fred Astaire es una verdadera delicia. La magnitud de la técnica, fluidez y belleza de las coreografías que manejan enamora hasta al más duro espectador y crítico. Cuando vi Cantando bajo la lluvia (1952) me quedé pensando que una película como ésta no podría superarse fácilmente, y en efecto representa un hito en la historia del séptimo arte. La La Land, de Damien Chazelle, es una película más humilde que las mejores de antaño. Sin embargo, tiene una apertura por toda la puerta grande con una coreografía que refleja la multiculturalidad en un deslumbrante y apabullante baile entre autos producto de un atolladero de tráfico en Los Ángeles, bajo la canción “Another Day of Sun”.

Terminada la magnética e “independiente” introducción pasamos a contemplar la relación entre un pianista amante del jazz más clásico llamado Sebastian (Ryan Gosling) y una aspirante a actriz y barista de nombre Mia (Emma Stone). Sebastian no halla trabajo acorde con sus expectativas. La contemporaneidad exige una música más comercial, ligera y entretenida, como representa el rol de John Legend. Mia es una barista de una cafetería que puede ser Starbucks, cafetería que se encuentra dentro de un estudio de cine. Tómese en cuenta que recién pasada cerca de una hora de película se darán el primer beso, y esto apunta a proclamar la –en parte- inexplicable dificultad de su amor.

La pareja protagonista pasará por una resistencia a complementarse, ¿del destino? En medio yace un poderoso deseo de auto-realización, el típico -y a veces realista- egoísmo que invoca el anhelo-fijación de éxito, y de aquello sale la que para mí es la mejor escena del filme. Mia se reencuentra con Sebastian cuando ya a ella le había interesado y éste la había ofendido con su indiferencia. Él toca covers en una banda de temática ochentera. Ella aprovecha para pedir una canción (I ran, de A Flock of Seagulls) y desquitarse, haciéndolo ver ridículo (lo que suma la ropa que viste); lo describe como un perdedor, y esto se debe principalmente, fuera de lo gestos bobos que ella hace, a la letra de “I ran”, que encaja al milímetro, y describe la situación pasada –su segundo encuentro; el primero en la autopista- como estúpida y a favor de ella. Éste momento es hilarante, Emma Stone recurre a su lado más clown y funciona a la perfección. Éste estado virtuoso mayor –extremo- no se repetirá y se entiende, no es una comedia, el filme busca cierta trascendencia; a Emma Stone se le exige más un lado serio e incluso dramático (no exenta su simpatía; más alturada), que está bien porque la demuestra versátil como actriz, pero que exhibe también un repetido semblante compungido, que resuena en parte a falla.

El filme es una mezcla de lo clásico y lo actual, hace un homenaje con múltiples pequeñas referencias a icónicos musicales del séptimo arte, incluso a los musicales europeos, los coloridos y sensibles de Jacques Demy, pasando por los hollywoodenses. Mientras, se pierde en hacernos creer en una época maravillosa (maneja diferentes tipo de exhibición musical; únicamente baile, cantos breves, sin mucha pompa y a ratos muy tranquilos). Mia y Sebastian se hallan soñando en ésta época, con la música jazz y el cine. Observamos como sufren la contemporaneidad, que se ve en los detalles; alguno innecesario pero audaz, como lo de las tapas y la samba. Padecen la desilusión propia de la brutalidad de los nuevos tiempos. El filme es uno bastante romántico, que llega hasta lo melancólico, y es algo arbitrario, o ligero (producto de la glorificación de Hollywood), para lo que vemos cómo cambia una situación clave sin mucho problema. Está en el escoger un sueño “importante”, no obstante sin criticarlo abiertamente, sino apelando a lo más primario (a un tono, y puede que sea más eficaz para la mayoría que la intelectualización), destacando a la vez la ilusión –fácil- del reconocimiento (que en aquello del café de regalo suena banal y tonto).

Brillan los vínculos musicales. En ello Chazelle hace un hermoso y largo enamoramiento, muy clásico. Se hacen los difíciles -pero siendo ambos indirectamente seductores- en el estacionamiento, se ilusionan y fantasean en el planetario, dejando de lado el anhelo profesional, reflejado en el pare de Rebelde sin causa (1955). Muy discretamente hay una línea divisoria (puede que una crítica velada), donde la canción símbolo de “City of stars” tiene harto encanto, bien trabajado, pero que como refleja el ideal (en aquella formación del último ensueño) implica mayor trabajo, riesgo, desprendimiento y menos individualismo. Duplicar el sueño.

sábado, 20 de febrero de 2016

Tokyo Tribe

Estamos ante una película algo irregular, pero sumamente entretenida, extravagante, híper moderna, el que es un musical donde varias pandillas japonesas cantan hip hop mientras disparan, pelean a puño limpio, usan katanas y cualquier tipo de armas inimaginables para matarse entre sí, siendo un lugar donde puede caber de todo, en la que es la irreverencia y la sorpresa continua, no obstante con una disposición de no caer en la idiotez o en la vergüenza ajena, como le pasa a muchos de sus compatriotas, que por algo Sion Sono es el mejor.

Tokyo tribe es la adaptación de un manga, por lo que el director de culto Sion Sono sigue una clara y fuerte vocación de fantasía, imponiendo mucha ironía, buscando divertir sin prejuicios, en absoluta libertad y audacia, pero habiendo una cierta coherencia a pesar del exceso, algo importante que define el valor de su cine. 

Se trata de una banda rival que quiere imponerse al resto cuando viven en paz respetando sus límites de su dividido territorio. Formado por pandillas curiosas, típicas de un mundo imaginativo, como una de mujeres militarizadas o al estilo motoristas Hells angels, que llegan a usar un ágil tanque de estilo punk (que no luce del todo real, pero no desentona con la parafernalia general, que enmarca y dibuja al filme, uno lleno de luces, mucho color y abundancia que plantea un ambiente de caos, de lo que poco importa saberse todos los nombres y lugares japoneses); otra con un líder robusto vestido de armadura como un guerrero samurái, o la de nuestro héroe –uno de ellos- y líder de otra pandilla, Kai (que no tiene mucha gracia como personaje, al ser demasiado impoluto y obvio), luciendo a lo beisbolista callejero neoyorkino. 

Todos pasan por la cultura del hip hop, sumado al aire yakuza de algunos, como especialmente se ve en el tipo de espíritu Tony Montana en versión nipón llamado Lord Buppa (Riki Takeuchi) que es el jefe de la banda que quiere invadir y aplastar a las otras, quien siempre yace acompañado de bellas mujeres, voluptuosas y sensuales, como muchas prostitutas, teniendo un fuerte negocio al respecto, de lo que genera la aparición de otro héroe, heroína más bien, cuando la raptan, en la virginal pero prominente combatiente, Sunmi, que tiene a un niño breakdancer y artista marcial como inseparable compañero. A su vez Buppa tiene 2 compinches de fechorías y matonería que destacan en particular, uno su hijo Nkoi (Yôsuke Kubozuka) que me recuerda a los Illya Kuryaki and the Valderramas, quien tiene la gracia de usar gente “esclavizada” como estatuas y muebles; y el otro es Mera (un fantástico Ryôhei Suzuki), un lugarteniente de Buppa que tiene mucha participación y es la invención más audaz y cool del conjunto, un nipón de cabello rubio que yace medio desnudo en varias oportunidades y cree que el tamaño dotado del miembro es síntoma del mayor respeto del yakuza. En ese caso, no faltan los personajes rimbombantes, es marca distintiva del filme, del hip hop y del manga.

Se trata de una batalla campal, sin freno, inicialmente de todos contra todos, para luego pasar a hacer una coalición contra Buppa y su descocado clan, habiendo un tratamiento menor de venganzas, donde el entretenimiento es lo que prima, habiendo luchas por aquí y por allá, a cada rato, mero juego, no es que brille una narrativa compleja ni que sea un valor especial, tanto que hay mucha irreverencia, perdonando y entendiendo sin más incluso al rival, que como nos lo cuenta un narrador callejero, Mc (Shôta Sometani), se vive la naturaleza del hip hop en el lema de tratar de conquistar el mundo, de hacer mucho ruido, tal cual lo perpetra fiel Sion Sono, habiendo buena solvencia con la aclimatación al Japón, que copia y asume esta cultura musical perfectamente, pero excediéndose para entretener al espectador. En la que es una película con credibilidad, porque tiene mucha arte marcial, como esa extravagancia que también profesan mucho en la contemporaneidad de Tokyo, que el hip hop se pliega sin problemas.

De la misma forma la música y el rapeo no molesta en ningún momento, cuando el musical puede ser un género fatigoso, siguiendo cierta tendencia igualitaria que parece lucir como una “estándar” voz en off. Donde reina la figura rebelde y fantástica que no se toma en serio, la cual nace de ese otro lugar que aguanta y sostiene mucha libertad y anarquía, el manga, con lo que no resulta tan extraño ver al Japón rapeando, o que el filme represente tremenda rara avis. En el que es el grito inteligente de la espectacularidad e intensidad de la locura cinéfila.

sábado, 26 de enero de 2013

Los Miserables


La obra de Víctor Hugo es monumental, una de las mayores creaciones de la literatura universal, y como no podía faltar el cine la ha adaptado en varias oportunidades. El teatro hizo lo propio en un musical, en la letra escrita por Alain Boublil y Jean-Marc Natel, mientras la música estuvo a cargo de Claude-Michel Schonberg. Herbert Kretzmer la convertiría al inglés. Y es como nos llega al séptimo arte, en las manos de Tom Hooper, ganador del Oscar por mejor director y película el 2010 por El discurso del rey, que le valió además una estatuilla a Colin Firth, que hacemos mención ya que Hugh Jackman, actor que poco lo tenemos en mente para dicha nominación, a actor principal, opta por lo mismo.

Lo más resaltante que se siente mirando esta propuesta es que es algo igual de potente y grande, hay una aura de espectáculo muy subyugante, además tiene la particularidad de ser un drama en donde el musical no suele serlo por lo general. La historia nos remite a un hombre de esos únicos, paradójicamente no tratados como tales sino tergiversados ante lo público en su esencia, Jean Valjean (Hugh Jackman) que por quebrar su libertad condicionada tras 19 años de prisión por robar un pan es perseguido como un fugitivo, éste se esconde y rehace su vida con una nueva identidad, logra amasar una cuantiosa fortuna, y aun así nunca pierde su humanidad y generosidad, es un hombre que siempre está ayudando al prójimo más necesitado, y por ello adopta a un niña huérfana, criándola como a una hija. El gran problema de Valjean lo representa Javert (Russell Crowe), un inspector de policía tenaz y muy pegado a la ley, tanto que es un ser obsesivo sin la más mínima cuota de permisividad ni indulgencia, el que ve a nuestro héroe solamente como el preso Nº 24601. Luego dentro de lo resaltante hay un cantico de reivindicación, derecho y justa rebeldía en donde nos acercamos a una pequeña revolución de estudiantes en 1832 ante la mala situación de la clase baja.

El filme dura 2 horas 38 minutos y no escatima esfuerzos por rodearnos de esa majestuosidad de la canciones (muy poco diálogo en realidad habiendo una concatenación muy próxima entre ellas), en medio de la fuga, persecución y combate, el buen quehacer humanitario de Valjean, el sufrimiento de Fantine (Anne Hathaway), el amor de Marius (Eddie Redmayne) y Cosette (Amanda Seyfried) entre muchos pasajes que enarbolan entusiasmo, pasión por la libertad y el ideal humano, los valores éticos, morales y la igualdad. Valjean no se cansa de ser intachable, un hombre probo ante el sacrificio de su tranquilidad, a costa de su felicidad, responsable siempre por otros.

La parte cómica proviene de dos personajes traviesos, ladinos, desharrapados, desenfadados en dos actores de esos que uno encuentra difíciles de ignorar u olvidar, una es Helena Bonham Carter, musa artística, fetiche y esposa de Tim Burton, que le cae como anillo al dedo el papel de Madame Thénardier, siendo siempre una outsider por naturaleza en donde la personalidad es de esas apabullantes, hace un papel secundario que da vida al conjunto y que no pasa desapercibido. Lo mismo con Sacha Baron Cohen, alguien a quien personalmente detesto por Borat (2006) en una comedia personal que es demasiado vulgar y agresiva al punto de ser insoportable, pero que reivindico en un papel totalmente distinto, muy cuidado, muy de cuento de niños, en La invención de Hugo (2011), y que aquí se hace admirar con esa desfachatez de noble comedia, está a la altura de la seriedad de esta propuesta, con mucho profesionalismo. En ello se imprime mucho color, alegría dentro del hurto y el engaño, dos tramposos a quienes votar de la fiesta pero que no llegan a extremos de detestarles gracias a su ridiculez.  Puede ser muy repetido pero se hace muy gracioso verle olvidar el nombre de Cosette cuando están vendiéndola.  Sus gestos se adaptan y son muy expresivos.

Otro papel importante, siendo secundario, es el de Anne Hathaway, nominada al Oscar 2013 como mejor actriz de reparto, lo suyo es algo muy dramático, sumamente gestual y físico, desde un corte de cabello descuidadamente cortado y la extracción violenta de un diente que la muestra en la pobreza al punto de prostituirse para pagar deudas y subsistir, poder alimentar a su hija. Mucho sufrimiento nos refleja, es la parte más explícita, que reúne el mensaje del filme, el hambre, la necesidad económica, el tan difícil hecho de sobrevivencia en medio de la desidia de clases pudientes y dirigentes, de un gobierno opresor y maltratador. Su participación es muy corta pero visceral y emotiva.  Colinda mucho con la exageración – o mejor dicho, la concreción de un mundo en poco espacio- del fondo más que de la forma.

Después Valjean, Hugh Jackman, está muy bien, sobre todo al ser un actor de cierta forma menospreciado o reducido a papeles superficiales, muy poco complejos, es visto como un actor de entretenimiento intrascendente –aun siendo ya el Wolverine por excelencia, casi por antonomasia- aunque tiene algunas actuaciones bastante decentes como The Prestige (2006) de Christopher Nolan y La fuente de la vida (2006) de Darren Aronofsky. Su elección es arriesgada pero logra sobresalir. El peso del filme yace en él que es el que está en todas partes pero se trata de un conjunto, de una historia muy bien pensada en que resulta una pieza de una realidad y una atmósfera que lo pone a prueba, es eje de su destino pero se remite  a lo que tiene que enfrentar, tanto que yo diría que ante todo es el contexto, uno que se puede transformar que ese es el motivo y alcance de la filosofía de Víctor Hugo como intelectual. Logra adoptar las distintas etapas del personaje, en cuanto a su apariencia a la vez de los hechos, también puede ser emotivo, como en sus dudas éticas o en su última etapa en la iglesia. A diferencia de Hathaway su papel no exige tanto dolor visual, se debe en parte uno hacer la idea aunque su vida está plagada de reveses implacables, ya que es un hombre fuerte, literal y en abstracto. Valjean desde que un sacerdote cree en él se convierte en un luchador, decide cambiar y nunca falta a su palabra. Canta –hay que decirlo- bastante bien, y eso lo hace todo terreno, un actor completo como se decía de obras maestras como Cantando bajo la lluvia (1952); en sí no hay ningún quiebre o bajón en el grupo.

Bella la estética de las escenas en la galeras, otro punto marcado del filme, sus ambientaciones, muchas minimalistas y evocativas, pero aun en ello fastuosas, completas, y no son menos ante escenas mayores en el artificio, el bar de los esposos Thénardier, las calles por donde se prostituye Fantine o la fábrica de Montreuil en donde hay abundancia, detallismo. En cierto modo parece respetar el precedente físico y sugerente del teatro como una opción del director aunque siendo cine propone utilizar también sus ventajas.

Y llegamos al que es pieza clave en la historia, el que representa el estatus quo aunque sin darse más que en su deber y siendo solo un sirviente ciego en realidad, esa fuerza represora que no ve la desgracia, que es fría, que representa  una clara crítica frente a la rigidez del orden y esa hoy natural defensa contemporánea a la maleabilidad, a la continua readaptación y al juzgar bajo la práctica más que desde la teoría en sentido de sopesar características desde afuera. Se trata de Javert, Russell Crowe, que tiene una voz que es muy particular, un tono que se hace muy regular tanto que parece que estuviera cantando la misma canción y no es desmerecimiento tampoco, que lo hace soberbio dentro de su característico registro y se impregna una sensación de recuerdo. Buen papel de Crowe, pegándose a su calidad de enemigo intencionalmente cuadriculado, una constante que quiere que se entienda y que contrasta con la pobreza, colaborando por ausencia a llevar el mensaje de necesidad de compasión, de perdón, de sensibilidad, de ayuda, de humanidad. Por el tipo de personaje no logra mayor alcance y quizá haga falta un toque de ingenio tanto en su representación como en la personalidad del tipo que interpreta aun habiendo muchos así y siendo coherente. De todas formas creo que es el que más se recuerda aun estando muy por debajo de lo que significa y aparece Valjean. Fabulosa su última escena, no por el desenlace literal en pantalla sino por el sentimiento que desborda alguien que no suele tenerlo, y que en sus dudas ya no se reconoce, una alusión a esa maleabilidad que un visionario como Víctor Hugo logra atisbar, y es que el ser humano es un ente de evolución, ahí radica toda su esencia.

Otro papel que no se puede obviar y que nos descubre una nueva actriz, es el de Samantha Barks como Epónime, la hija de los Thénardier que se enamora del revolucionario Marius pero que es capaz al amarlo tanto de dejarse de lado y buscar la felicidad de él (algo bastante atípico la verdad); sale bastante como para no notarla y es una cara desconocida, no lo hace mal pero carece aún de la magia de la presencia del actor consumado, parece increíble decirlo ya que no es que un actor famoso sea sinónimo de una buena actuación o peor que termine siendo más importante que la historia que eso es muy ajeno a lo que uno busca del cine como prioridad pero que tampoco se puede negar que uno se acerca a ciertos filmes por alguien a quien ya le hemos tomado cariño aun siendo irregular o caer en etapas menguantes, me pasa con Bruce Willis, Charlize Theron o Edward Norton por mencionar alguno, o en el caso (y de cierta forma unánime) de pensarlo dos veces cuando veo a Nicolas Cage o Meg Ryan, por decir dos más. Y pasa eso con ella, no lo hace tan sobresaliente para alabarla en toda palabra, que dicho antes cumple poco más que bien, ni es una presencia dominante o fascinante, otro alegato discutible pero no es tampoco una rareza atípica de especial normalidad como Kevin Spacey o Paul Giamatti. Lo que sí es concreto, es que ahora sabemos quién es.

Otros actores, Eddie Redmayne y Amanda Seyfried lo hacen bien pero de todas formas dan muy poco en cuanto a destacar, son el otro lado del filme, el romance pero en la historia en sí provoca poco entusiasmo, más emociona la bandera agitada en el canto revolucionario, o el llanto y la desesperación de Fantine, o incluso la chispa de dos locos sueltos en sus trucos de los Thénardier. La pareja de la propuesta son sin duda Javert y Valjean más que Marius y Cosette y hasta el lazo entre Fantine y Valjean es más potente (y es creíble solo por la honestidad idealista del protagónico que termina siendo un símbolo de una ideología), más honesto, más tierno, indudablemente más trascendente, no sé si de forma intencional en Víctor Hugo pero la complejidad es mayor fuera del típico romance. Redmayne (My Week with Marilyn, 2011) ya va siendo más reconocible  y va camino a serlo más seguramente. Seyfried (Chloe, 2009) es una promesa jugando con tenacidad, buscando su lugar y ya es una figura famosa, pero todavía no logra convertirse en una gran actriz como Carey Mulligan o Jennifer Lawrence.

En los musicales predominan las canciones y esta no es la diferencia pero es una historia tan atractiva que eso favorece la compenetración con ellas, escuchas las letras y te dejas llevar por la melodía ya que tu atención está en la trama que yace dentro, la historia se vive con las canciones, y esto no es tan sencillo, merito especial a esos compositores y letristas, siendo un punto interesante de fusión, que recalco porque muchos somos sordos, y aquí es maravillosa esa unificación, tanto que no molesta que todo sea cantado, un punto muy favorable para quienes no quieren a los musicales y a su vez a los que sí, le da a todos algo por su lado, ayuda a aprender de ese otro lugar que no es atractivo naturalmente para uno. Ciertos musicales pueden apabullar en una modernidad que enseguida le llama pedante, anacrónico o inauténtico a toda ambición totalitaria como si los nuevos tiempos se rindieran a un facilismo y un cansancio crónico (no hay que mentir, somos parte de ello), y más siendo una obra magna de la literatura como Los Miserables, pero hay que decir que se presenta muy sencillo para asimilar (aun siendo un drama que no se hace pesado porque hay momentos de efervescencia como los estudiantes reunidos o en acción en su lucha colectiva o en Valjean en la suya individual pero despierta hacia el beneficio ajeno que asume como suyo desde su probidad más que en algo encaminado,  el falso detenido, el hombre debajo de la carreta, la  hija o el amor de ella), es un entretenimiento en donde uno se deja llevar, y ni siquiera hay que amar los musicales e igual recordaremos el sentido de las canciones.  Muy digerible, en donde el uso de tomas próximas se nos hacen costumbre a un rato y pierde importancia tanto para bien como para mal (realzar el dramatismo, crear vínculos con el espectador, o incomodarle la vista también), y eso es ver que un musical y una obra mayor pueden compartir juntos -sin darnos cuenta- como este cine lo puede hacer en el presente con mucho éxito cuando ya casi nadie apuesta por ellos, solo los más clásicos en pos del ingenio del amor colectivo.

martes, 25 de diciembre de 2012

Navidades blancas


Bing Crosby nos seduce con su hermosa voz, que me recuerda en el estilo a Frank Sinatra, elegante, serio y hasta un poco más simpático. Crosby como Bob Wallace tras terminar la guerra vuelve a su antiguo trabajo de cantante y anfitrión pero cumpliendo con una gran deuda hacia un buen amigo se asocia con él y se convierten en un dúo, de donde en adelante gozan de la fama y el éxito. Su compañero de nombre Phil Davis (Danny Kaye) es la alegría y el desenfado andante, el contrapeso ideal al conjunto, otorgándole ese lado lúdico y feliz que necesita en su vida, la que le atribuye de solitaria y para la que planea el mejor remedio, que su mejor amigo se busque a una chica pero no solo linda sino con la cual formar una familia.  

En el trayecto presenciamos bellas y seductoras coreografías de baile y canciones, de la mano de la narrativa clásica, con ese toque inocente y fastuoso en el interior de un relato próximo. Se acercan a dos hermanas que se desenvuelven en su misma profesión aunque recién se están iniciando, las Haynes, Judy (Vera-Ellen) y Betty (Rosemary Clooney). Sin embargo, esto no es todo, no sólo se trata de romance y realización afectiva como camino a la felicidad, sino que es un canto de amistad y agradecimiento conllevando lealtad y generosidad para con un general al que quieren y admiran, su antiguo líder en tiempo de guerra, interpretado por Dean Jagger, que desde lo castrense logra atribuirse una atípica sensibilidad que no rompe con la imagen que tenemos de su cargo, que se presta para entender perfectamente la nobleza que genera en Wallace y Davis, quienes llevan su espectáculo a un pueblito para apoyar y conmemorar al jefe militar, a puertas de la navidad.

Navidades blancas (1954) es una historia que conlleva un constante deleite musical, con impresionantes coreografías de danza, principalmente por parte de la actriz Vera-Ellen que se encarga de la parte más compleja, con movimientos no sólo sincronizados y armónicos, sino algunos bastante exigentes y extensos; además, aunque menos gestual que el resto de los protagonistas, con la dificultad de hacerlo dentro de la actuación, expresando pesar o seducción. Por su lado Rosemary Clooney sobresale por su bella voz y con una cuidada personalidad, muy característica de una mujer muy educada, recatada e idealista, hecha a la medida del personaje de Crosby, mediante una grave delicadeza en el trato, con un enamoramiento lleno del encanto clásico, dulce, tímido y con un aire de improbable, aun sabiéndose atraídos el uno por el otro, para lo que la personalidad de Judy y Davis son el empujoncito seguro a su idilio.

Kaye, gracioso y libre, da la cara irreverente al musical (aparte de que es un estupendo bailarín), jalando a Crosby a ello, que no se queda en sus laureles y demuestra su gran oficio que justifica su nombre y entrega con el proyecto, como con la performance de vestirse de mujeres -que rompe con cualquier estereotipo- o el aire relajado de las representaciones militares. No obstante está claro que Crosby es la voz cantante, y se adscribe solo a ello en realidad, no baila, aunque su canto es bastante imponente, como tampoco lo hace Clooney. Esto nos da como resultado un intercambio dramático y calmado de un lado por una de las parejas, mientras el otro resulta fiestero y más activo, compaginándose perfectamente. Crosby es el actor más cuajado del filme, tiene más recorrido y eso pesa para el director Michael Curtiz que parece respetarlo bastante. Sin embargo se puede ver que explota más a Vera-Ellen en cuanto a lo visual sabiendo que se trata de un musical y pesa mucho el desenvolvimiento físico que capta la atención, como también se percibe que Kaye trabaja más en conjunto y es menos importante.

El filme nos envuelve en la otrora máxima grandeza del musical, con un aire perfeccionista, elaborado, siempre dando mucho, pero con una historia de esas fáciles, entrañables, en que no se trata de la importancia del conflicto sino de un sentimiento que reina fehacientemente en cada rincón de su propuesta, como con esa pureza y bondad que se nos quiere impartir desde el principio, como con el general anteponiendo a fin de cuentas el goce de su pelotón a la rigidez de la formación, a su reconocimiento por encima del deber, desde lo más humano, y es que se trata de personas y estar en una reunión familiar donde se quiere al prójimo. 

viernes, 20 de enero de 2012

Pina

El director alemán Win Wenders le dedica una película a su compatriota y amiga, Pina Bausch, bailarina de mucho talento y reconocimiento que murió en el año 2009. Su compañía de danza, Tanztheater albergaba personas de todo el mundo; en el documental vemos bailarines orientales, indios, latinos, brasileños, españoles, franceses entre otros, todos reunidos declarando sobre su maestra, compañera y amistad como si estuvieran en un cuadro sin articular movimientos en la boca aunque traduciendo sentimientos mediante la expresión facial mientras la voz en off nos cuenta sobre ella. En ese detalle estructural de la realización cinematográfica está la búsqueda personal de la artista, poder reflejar a través del cuerpo toda la fisionomía mental y emotiva de una persona, para lo que creó coreografías muy personales de las que podemos ver en el filme.

El lenguaje corporal es hermoso y a la vez tan profundo, vemos sin palabras como es la relación humana en su interrelación violenta hasta el fugaz apareamiento y el abandono, la fusión sentimental de dos extraños sujetos casi como si estuviéramos ante un par de seres de otro planeta o la fragilidad de dos criaturas humanas amándose.

Una de sus máximas de la autora suele ser que sensibilidad es fuerza también. Y mediante el interior de la persona, su esencia o centro espacial en el planeta sale las performances más audaces. Muchas de ellas impresionantes como la de una mujer musculada que no es más que un hombre detrás de una dama en perfecta sincronización.

Los bailes son poderosos y llevan todo un espíritu propio, a cada danzante se le pide que cree su identidad y de la mano de Pina han podido sacar a flote su personalidad en transparente exhibición de la vida privada de cara al teatro. Hay quienes explotan la lucha contra la naturaleza, los que tienen un aire cómico, pueden lucir juguetones, otros románticos, algunos tristes, más allá eclécticos, con conflictos individuales y así seguimos en un sinfín de movimientos capaces de expresar fielmente nuestro mundo único desde lo mínimo hasta lo más grande a través de cada percusión que exuda nuestra cáscara física desde nuestra luz definitoria.

Hay convicción y precisión en cada articulación artística, mezcla de teatro con danza, se puede entender viendo y no hay tretas ni oscuridad escénica, hay detrás un trabajo de mucha introspección y actividad recreativa que se presta a conmover, conmocionar, sacudir al espectador, en una magia que se impregna, sea mediante el uso de sillas que se van derribando bruscamente, sea debajo de la lluvia incesante a la vista de una imponente roca o detrás de una vestimenta de color rojo en medio de una multitud dispuesta a rehuir al compromiso o al destino.
Lleva claridad en sus coordinaciones motrices, viendo por gestos, agitación, silencios, por representación, sintiendo en el organismo ajeno, en la imagen panorámica de su muda e intensa actuación. La música a su vez es cosmopolita y universal, de Europa, de Asia, de Latinoamérica o de Estados Unidos, da la vuelta al planeta en la fraternidad y unidad de los seres humanos que no ven por naciones sino como conjunto en la raza humana.

Bausch, por los videos que muestra Wenders, parece algo tímida, comedida en el habla y de cariz sencillo pero como creadora está dispuesta a comunicar arte sin intrincamientos, o sea con estética y fluidez de entendimiento. Engrandeciéndose en su campo como el animal salvaje en la selva.

Hay un fabulación con connotación real exaltada al aire libre, en la ciudad, que sirve para transmitir otras ideas, la banda que sin instrumentos nos motiva con la alegría de la imaginación, el amante desvalido que sufre por un nombre mientras se despliega en el suelo bajo su agredido corazón, el monstruo y el extraterrestre vinculándose en el metro. Nuevamente andamos frente a una manifestación que nos señala nuestra complejidad, sea la edad o el cortejo, no hay una sola temática sino miles en constante cambio y repercusión. Se figura al hombre sin género pero se adscribe mucho en el escenario a la relación de ambos sexos, la base que predomina en el ideario de Bausch.

No solo puede ser muy agradable ver cada coreografía, porque en el video se puede ser literal con la grabación, confundir un poco a los ojos en la estructura del baile, darle una plasticidad audaz, como generar el efecto que se pretende en la danza. Sino conocer la cosmovisión histriónica de Pina y con ella también la del arte en general abocada al ballet de nuestra osamenta o del rostro.

Es la naturaleza convertida en un rito para luego ser arte, una trasfiguración de nuestros orígenes viscerales, de la intimidad del ser. Se nos exige tan igual a una caricia de una nueva experiencia dentro del amor una cierta confabulación con éste documental que tiene el dulce aroma de la pasión que nos ayuda a entender esa derivación de la virtud que provoca el arte.