viernes, 27 de marzo de 2020
El Hoyo
El debut en largometraje de ficción de Galder Gaztelu Urrutia es un filme que para estimarlo antes uno debe tener estómago fuerte, tener libertad mental y curiosidad por que el cine te sorprenda. Es un filme que es desagradable con la comida, y le pide al espectador cierta resistencia visual. La comida es parte principal de la historia. En el filme vemos una cárcel con unos 250 niveles o celdas, a cierta hora baja una plataforma con comida, desde la primera celda superior hasta la última comerán todos de unas mismas comidas, es así que en cada celda comen y van dejando sobras para la siguiente celda y grupo de 2 presos. El filme pretende que la comida sea motivo para hablar de la naturaleza del ser humano, es un obra de cine social, también político, es una película que busca criticar nuestra falta de solidaridad con el prójimo, suponiendo que las celdas superiores son de mayor poder adquisitivo que las que recibirán los peores restos de comida. La propuesta parece proponer una solución sencilla, pero el ser humano retratado solo ve por si mismo, incluso escupe la comida, defeca sobre ella, pisotea la cena ajena. En el trayecto conocemos a un hombre sorprendido con el accionar de los otros presos, es un especie de mesías, aunque uno no tan místico, más que todo un buen hombre, una rareza en el mundo que vemos. Goreng (Iván Massagué) viene con un libro, es un hombre sencillo, pero sabio pensemos. La propuesta de Gaztelu es una película interesante, imaginativa, ingeniosa, pero no algo exagerado, tiene su cuota críptica, filosófica, rara, pero algo medido, es una propuesta que tiene cierta humildad, no es una película tan difícil de entender, tiene su buena parte de ser simple. Pero también luce original. Es una película que muestra terror con alucinaciones y algo de terror psicológico, con su añadido gore, y tiene de cine de acción aunque esto es lo menos logrado y más ordinario. La participación de Trimagasi (Zorion Eguileor) es súper rica en suspenso y perversidad, éste personaje aporta mucha arte al conjunto, es una actuación notable también. El filme tiene un final positivo, muy claro, recubierto de un aura de cosas simpáticas de ver como cine, en la elevación y el adiós, en la entrega por otros, en la exhibición de la muerte y en un nuevo génesis. Es un filme notable para el cine español.
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viernes, 20 de marzo de 2020
Machine Gun or Typewriter?
Machine Gun or Typewriter? (2015), de Travis Wilkerson, es una película interesante, aunque le queda lejos Did you wonder who fired the gun? (2017). No obstante tiene su virtudes. La voz en off se acuesta sobre imágenes de soporte que tratan de rellenar con imaginación y arte el espacio narrativo. Hay muchos disparos en pantalla, esto presenta un atractivo visual; pirotécnico, aunque de bajo presupuesto. Sin embargo las imágenes resultan un poco artificiales, poco ligadas al asunto. La narración en off tiene un sentir violento, algo agresivo, el narrador parece enojado, poco amable. Pero el filme nos habla de una historia de amor curiosamente. Éste romance es entre una mujer que parece una terrorista y un locutor de radio pirata. Me vino a la mente enseguida el libro de Philip Roth, Pastoral Americana (1997). En el presente filme es una mujer de ensueño que queda impactada por una lectura y cambia su existencia, aunque hay indicios que siempre quiso ser clandestina. Ahí yace el acercamiento de ésta mujer al hombre secreto de la radio que cuenta la historia del filme. Como suele ser, Wilkerson es muy dotado contando historias, su voz en off es lo mejor que tiene la propuesta, es una voz con personalidad, cargada de emociones, aunque se perciba una cierta inexplicable furia. La voz en off seduce al espectador y realza todo el conjunto, las imágenes pasan a segundo plano, poco importan y el filme aun así es un filme virtuoso, cosa rara en el cine de cierta manera o propio de pocos realizadores. El locutor es digamos un intelectual, la máquina de escribir le representa, mientras la mujer es de armas a tomar, representa a la metralleta, aun cuando ambos se perciben como revolucionarios, rebeldes. El filme también cuenta la vida violenta de Los Angeles, exhibiendo imágenes de guerra, pasando por un escritor judío maldito y un cementerio olvidado.
sábado, 7 de marzo de 2020
Midsommar
Midsommar (2019), de Ari Aster, parece que se centrara en una secta extraña y extremista, pero en realidad se centra en Dani (Florence Pugh), en como para sanar debe conocer el mal en su ser y sentir placer con éste. Todo desde algo que puede sonar feminista al final del cuento. No obstante a razón de alguien que no es culpable de lo que se le achaca, pero ahí está la ironía y perversidad de la historia. El filme de Aster no busca el susto gratuito; te impacta, pero con consciencia de una narrativa, en ese lugar están esas 2 caídas poderosas donde surge un pico importante de emoción del terror. Una de ellas es brutal, salvaje, híper violenta visualmente; la segunda es realista, seca y sin adornos. Luego los cuerpos chancados, deformados por los choques, son quemados, pero no lucen muy verídicos lo cuerpos por ese entonces. El filme va acumulando extrañezas con la secta, tiene partes que se asoman al ridículo, te hacen dudar de no poder contener una risa involuntaria, pero su riesgo continuo triunfa, resulta un filme con personalidad, donde existe harta lógica, pero también mucha imaginación, es ver algo que puedes creer, pero mantiene la novedad, no es predecible, hay suspenso, misterio, crueldad muy bien pensada, desde la frialdad más feroz y una razón interna donde la secta actúa en base a convicciones y leyes propias. En el trayecto el grupo de visitantes americanos son victimas del terror, pero Dani pasará por una mutación, por una sanación malévola, pasando del estado de ánimo de la depresión al éxtasis, al sadismo, esa es la película. Las muertes que crean y acompañan la depresión, la de los familiares de Dani, son representandas atípicamente, lucen medio inexplicables, frikis. El filme tiene esa particularidad, aunque en mayor medida es muy lógico, aunque bajo códigos perversos y criminales. Es un filme mucho más pausado que el anterior, pero no lento. Es un gran mérito -habiendo tanta agua bajo el río con la temática- ver una película sobre sectas que logra distinguirse y ser bastante interesante, Ari Aster es un director y guionista talentoso, un cultor maestro contemporáneo de un género que todos amamos tanto, tan cinéfilo, como el terror.
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viernes, 28 de febrero de 2020
Uncut Gems
Adam Sandler interpreta a un apostador empedernido dueño de una tienda de joyas en New York. Él es Howard Ratner, un hombre con una gran deuda a cuestas, pero a pesar de que la deuda está relacionada con gángsters Ratner sigue apostando -quizá porque cree deberle a un familiar-, buscando el día de su suerte. Sandler hace de un tipo intenso, apelando como identidad al judaísmo, que está bastante presente en toda la película. Ratner también es un tipo ultra moderno, un tipo cool. Hay una escena que lo pinta de cuerpo entero, su amante, una mujer hermosa de cuerpo escultural, se tienta, está a puertas de serle infiel, con un cantante famoso, rico, exitoso, en toda onda, pero Ratner la descubre y la bota. Ratner muestra que no es ningún perdedor -que se manifiesta más allá de los tantos golpes de la vida- y no necesita ser el mejor para que su amante lo ponga por encima de un súper cantante o tipo top. En una maravillosa escena ella le ruega, mientras niega la infidelidad, pero Ratner muy sobrado, seguro de sí y orgulloso le da la espalda en toda fuerza, de esto ella recorre el camino de vuelta rechazada, el humillado no es él, sino ella, todo muy actual, muy natural. Los Safdie manejan muy bien al protagonista. En su vida hay bastante calamidad, como con su ex esposa, otra mujer de impresionante cuerpo, la que lo detesta y no quiere darle otra oportunidad, ahí anida un eje, la vida golpea violentamente a Ratner. No obstante éste se niega a ser una víctima, aunque tomando decisiones peligrosas. Los Safdie manipulan bien el espectáculo en todo esto, aunque es un filme que abruma un poco en su intensidad, pero es notable al mismo tiempo en su realismo. Ratner se halla en aguas salvajes, y no está del todo como pez en el agua, en ese lugar hay ejemplar uso de matices. Ratner no es ni muy astuto ni muy tonto, no se las sabe todas, brilla y también es hundido en el barro. El mundo criminal lo sobrepasa, y es un tipo que no mide consecuencias. Los Safdie parecen decir que el New York criminal se traga a la gente. Ratner finalmente es un judío, no es una mala persona del todo, es familiar aunque imperfecto, es avispado pero aun algo inocente. El filme tiene varias sorpresas, una curiosa son las monedas que brotan de la boca de la hija de Ratner. Aquello implica lo que mueve todo el filme, la ambición de dinero, la dependencia de mucho dinero, y la dificultad de hallarlo. El New York que vemos es de los que la quieren fácil (criminales), o de los emprendedores pasándola dura (gente común). Es el dinero como el día de tu suerte, el tiro de una eterna última jugada -la historia de un adicto-. Es el hombre remando contra el destino que quiere destruirte -New York como un monstruo-, apoyado de defectos -obsesión; ser kamikaze- y virtudes -perseverancia, resiliencia-. pero también paradójicamente incluye el juego de la autodestrucción. Los Safdie dominan el barrio, dominan la calle, planteándola magistralmente desde lo judío, y se ve que han estado bien asesorados, e imponen a sus tomas e imágenes harto vértigo y velocidad. Sandler coge la posta y se mueve a mil, brinda una gran interpretación. Un basquetbolista cree en el misticismo de lo bruto -en la gema sin cortar-, el llamado del poder del dinero se esconde debajo. El problema es que al final de la jornada la realidad no es bella, y así se plantea el filme, por encima de todo.
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lunes, 17 de febrero de 2020
Once upon a time in hollywood
Tarantino puede ser banal, pero también muy entretenido. Tiene secuencias fuera de serie como cuando Brad Pitt va en busca de un doble abandonado con unos hippies, interpretado por el master Bruce Dern, y se ve como un escenario de terror -género maravilloso- donde los hippies pueden actuar primitivamente contra el doble de cine que hace Pitt. El filme se carga de suspenso por ese entonces, donde suma un dotado manejo de cámaras. Otra secuencia alucinante es cuando Pitt lucha contra un vanidoso y sobredimensionado Bruce Lee pero aun sí un buen peleador; Tarantino demuestra mucha imaginación y hasta suena crítico contra la leyenda del arte marcial. El western en blanco y negro que articula DiCaprio -otro género adorado- también muestra bastante encanto. DiCaprio es un tipo más soft en la película, mientras Pitt hace de un tipo duro y fuerte hasta los huesos, pero sumamente leal al personaje de DiCaprio, que hace de un actor famoso venido un poco a menos. En el filme se muestra la vida de Sharon Tate (en los zapatos de la hermosa Margot Robbie) y el ataque del grupo de Charles Manson. Pero Tarantino apela a la libertad del cine y exhibe un final hermoso, aunque irreal. La propuesta también tiene harta violencia, como con un lanzallamas y quemar vivo a criminales. Es un filme entretenido, que se dedica a eso, más que a tener alguna historia, o maneja una desenvoltura maestra con el hedonismo. Tarantino sabe manipular el ritmo como los grandes, su filme dura 2 horas treinta y tanto y poco se sienten. Éste cine es harto pop, y muy cinéfilo, y dice lo que le place, como cuando refiere al spaghetti western, que tiene su magia y placer, pero también remite al descenso profesional de los actores. Buena dupla de compadres la que hacen Pitt y DiCaprio, cargada de sensibilidad y hombría al mismo tiempo. A Tarantino se le quiere en especial porque es un cinéfilo confeso que hace muchas alusiones a su sapiencia cinematográfica que se mueve sobre el cine de culto, el cine internacional en parte placer culposo y el cine de clase B de cierta manera y porque busca el hedonismo rabioso y auténtico, no trata de ser trascendente -que también es bueno-, trata de que la pases bien y así es con Once upon a time in Hollywood, una película más propia de un director bien cuajado, que se conoce bien, que alguien intrépido en realidad, pero teniendo entre manos una película jugosa.
lunes, 27 de enero de 2020
The lighthouse
Un hombre en un faro recibe un nuevo ayudante, Thomas Wake (Willem Dafoe) recibe a Thomas Howard (Robert Pattinson). Wake se dedica a fastidiar a Howard, he ahí la lectura del padre abusivo. Howard trabaja duro en condiciones especialmente exigentes, está aislado, cansado, maltratado. Se desata una interacción entre ambos hombres y actores híper intensa y veloz, como el filme, lleno de constante novedad y muchos momentos. Howard como en El Resplandor (1980) empieza a sufrir de locura, pero no solo golpeado por una psiquis en tensión sino por el compañero y jefe que le plantea la otra lectura del filme, igualmente semejante al Resplandor, la del misticismo, la de la leyenda marina, la de los monstruos y sirenas asesinas, esto mezclado con el pasado turbio y aparentemente criminal y asesino de Howard que lo persigue como karma y lo tiene sumido en la frustración. Howard quiere trascender y se halla sumido en el peor de sus días. Es un filme que se imbuye en la locura, en las alucinaciones y en el subconsciente, hay muy buenas escenas a ese respecto. También hay algo de erotismo sucio, pero en buena parte escondido. El director Robert Eggers denota mucho talento, y lo hace bien al no buscar repetir esa maravillosa obra anterior suya, La bruja (2015), hace algo distinto. La última es una película que explota en cantidad de momentos cargados de violencia, la otra era misteriosa, mucho más calmada y potenciada en momentos claves. Aquí todo es claro, un hombre empieza a enloquecer, está lleno de problemas, físicos, psicológicos y sociales, lo bello se le escapa, como la belleza de la sirena, para encontrar el golpe y la tortura, el jalón hacia el suelo. El faro es como la leyenda de los indios en El Resplandor, curiosamente Wake, el cuidador de éste, aunque respetuoso de lo mágico y sobrenatural, es un ser humano despreciable, lo que indica que anida más bien el mal en la zona. Pattison fácilmente pudo estar nominado al Oscar, muestra una tremenda performance, ayudado por el genial Dafoe.
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lunes, 30 de diciembre de 2019
Historia de un matrimonio
Ésta película empieza cuando una pareja están en el proceso por separarse, aunque él aun no está tan al tanto o no lo cree del todo, mientras ella está muy segura de querer estar separada. Ella inicialmente luce como una bitch resentida, producto del machismo y liderazgo de su futuro ex marido, hombre que no logró ver su egoísmo y egocentrismo, poder dejar que otros brillen y no sólo él, quien permitía que su mujer sea actriz de teatro, pero bajo su control, genio y mando. Ella señala en una apertura de sus frustraciones matrimoniales que Charlie (Adam Driver), su ahora ex marido, no la dejaba liderar nada. Por ello un acto simbólico es aquel de querer mudarse a LA, y fastidiarle por completo la vida a Charlie, acostumbrado a controlarlo todo. El hijo está en el medio, pero el niño está muy tranquilo, no se apela al sentimentalismo a través de su persona, aun cuando es lo que más duele, el alejamiento, y por lo que el hombre, siempre punto débil aquí, debe luchar. Esto hace que el filme sea más suave de lo imaginado y bien por esto. A medida que avanza el filme de Noah Baumbach, ella, Nicole (Scarlett Johansson), se va volviendo más tranquila, más simpática, ahora es él quien se exalta, quien queda mal, como en la pelea en la sala. Luego la cosa se suaviza nuevamente con Charlie, es ahí donde Driver brilla en grande, se gana toda nominación que vendrá, incluida seguramente la del Oscar. Driver canta una canción sensible e inteligente, se desahoga con sus amigos y compañeros de trabajo. En otro brillante momento Charlie no sabe como ocultar que ve que las cosas están en su contra, tiene miedo, fabrica un solo de performance -a lo cine mudo, pero con su añadido toque moderno- donde termina cortándose y desmayándose. El filme también es una notable exhibición del mundo sucio y despiadado de los abogados, gente que no tiene corazón ni escrúpulos para ganar un caso. Brillan en estos papeles Laura Dern y Ray Liotta, ella una sofisticada arpía, él su par masculino (Alan Alda será el abogado soft, también notable, aunque Dern es la estrella). Es una película que por su parte se da el tiempo para imponer moda y personalidad, como cuando Nicole se disfraza de David Bowie en halloween. Muchos hallan el filme lacrimógeno, les produce pena dicen, en lo personal no lo hallé mucho así, creo que a los dos personajes se les da temple y no se manipula al niño, con lo que el filme huye quebrar o aplastar al espectador. Charlie también tiene una salvedad, no sabia que oprimía a su mujer, no estaba del todo al tanto de esto, ella también pecó siempre de tímida y dócil. Nicole finalmente logra una revancha haciéndolo sufrir, quitándole el poder, pero a medida que se percata que Charlie no era un abusivo ni una mala persona, solo alguien distraído y vanidoso (aunque talentoso), se sensibiliza con él, de esto vemos la escena hermosa de atarle los zapatos, o presenciar como él llora con unos halagos escritos de ella. Solo aquí Baumbach hace sentir pena por Charlie, mientras Nicole siempre ha sido el llamado del feminismo y la libertad de éxito. Al final parece que se separan por una tontería, aunque todo se centra en la falta de comunicación, culpa de ella también. Lo que pide la mujer luce ligero, pero esto imprime un relajo a favor del filme -aunque en la realidad suene horrible-, en una propuesta que no es pesada ni cómica por ninguna parte, ni siquiera en el ingenioso gag de Driver cortándose. Baumbach recuerda a Woody Allen, pero es más estilizado que Allen, más high and fresh life, o lo actualiza, y así gusta y disgusta, aunque mayormente se le celebra. Ésta puede ser la oportunidad de que Baumbach sea finalmente apreciado por los representantes del Oscar, tiene todo lo que les gusta, respaldo de publico, sofisticación de filme inteligente y sencillez de visionado entretenido.
viernes, 15 de noviembre de 2019
Muere, monstruo, muere
Es una película un poco criptica, se entiende que hay un
monstruo asesinando mujeres, decapitándolas y abusando sexualmente de ellas, en
las montañas de Mendoza, Argentina, pero se culpa al marido loco de una de las
mujeres halladas muertas. La mujer muerta del sospechoso era amante de un policía,
Cruz (Victor Lopez), que investiga el caso. Como es lógico no se piensa en algo
sobrenatural como caso policial, entonces es analizado un tipo como posible
culpable, éste tipo tiene visiones y escucha una frase en su cabeza, muere,
monstruo muere. Lo que el sospechoso suele hablar de los crímenes en relación
al monstruo suena siempre extraño y bastante indescifrable con la narración de
los sucesos, pero se entiende que hay una cierta confabulación, una corrupción cómplice,
con el monstruo, con otra gente que no está del todo consciente de ello, a ese
respecto tienen que ver el lenguaje y cierta telepatía. No se entiende bien
esto, pero lo importante es que hay un monstruo asesinando mujeres. A éste monstruo
se le ve por completo, nítidamente, hay un excelente efecto especial en la
hechura de su presencia, con su boca dentada puntiaguda que parece una vagina,
con sus cachetes que dominan su rostro que lucen semejantes a dos testículos gigantes
caídos, con su cuerpo voluminoso y guatón y su cola como extremidad de pulpo. Éste
monstruo es todo un show de terror, del cine fantástico. El final pone a la
boca-vagina en movimiento como un animal salvaje suelto a sus anchas. El filme
tiene algunos diálogos que pueden sonar estúpidos, muchos salidos de la boca
del capitán de la policía, aunque con una excelente actuación del argentino
Jorge Prado. También hay una canción recurrente, “Te irás, me iré”, de Sergio
Denis, que en la película suena extravagante cuando Cruz de cuerpo robusto y
rostro avejentado, poco agraciado, rudo, se pone a bailar en buena parte
ridículo, pero Cruz se salta su imagen, es un tipo suave en el filme, de
expresión triste, es un tipo de pocas palabras, dentro de un comportamiento
primario. Victor Lopez es un buen actor, lo que hace el director Alejandro
Fadel con él es notable, es un protagonista raro, pero también original, quien le
da personalidad al filme; igualmente su amante, que hace la actriz Tania
Casciani, quien se parece a Frida Kahlo. Ellos tres –agregando a Jorge Prado- junto
al sospechoso, David, que interpreta Esteban Bigliardi, entregan actuaciones
estupendas que realzan el filme en su misterio y escenificación extraña en
medio del campo, un escenario atractivo y novedoso, que curiosamente recuerda algo
a la obra maestra Érase una vez en Anatolia (2011), cuando transportan al
sospechoso por la zona de los cadáveres. Bigliardi hace de un sujeto algo
retardado y enfermo que está bastante golpeado por la presencia física y mental
en su existencia del monstruo, con una parte enigmática y otra emocional y
psicosomática. Éste filme de terror de Alejandro Fadel es imperfecto, pero de
la misma forma muy curioso, valioso. Tiene además escenas de terror muy
potentes, como cuando Cruz se topa finalmente con el monstruo, así también cómo
se ven los cuerpos descompuestos. La escena cuando Casciani, de Francisca, se
arrastra agredida por un tentáculo en el cuello con la cámara retrocediendo y
ella yendo a toma próxima al son de su rostro es una gran secuencia; lo mismo
el realismo de las cabezas decapitadas. Muere, monstruo, muere (2018) tiene distinción,
tiene presencia, pudo ser mejor sí –sobre todo argumentalmente-, pero los
filmes son aventuras, apuestas, riesgos, cuando se intenta hacer algo propio, y
todo eso lo tiene a favor, es una película interesante.
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miércoles, 13 de noviembre de 2019
Wik
La película peruana Wik (2016), de Rodrigo Moreno del Valle,
es una digna película del llamado cine indie en general, dicho de manera universal, en especial
emulando por ratos al cine argentino, al buen cine argentino, aunque muy de
bajo presupuesto, pero bien hecho, con la austeridad de la mano pero con un
buen nivel estético –mil veces mejor que lo que suele hacer el denominado cine indie peruano-. Lima
parece una ciudad de película, una Lima en parte subterránea, pero no de fea
apariencia aun así; asoma medio escondida entre destellos y reflejos o globos de
luz. Lima es punto de existencia de jóvenes slackers, muchachos en tránsito
pero aun desorientados, que entregan volantes para chambear en algo y tener un
dinerito o luego poder vislumbrar el futuro. Otros viven precarios, pero
independientes, aun cuando tienen familia con poder adquisitivo. Son tres
muchachos mejores amigos, dos de ellos, una chica y un chico, tienen
relaciones, pero él no se manda a llamarla su flaca, su novia, pero es con el
hacer de un video porno que valorará el sentimiento que esconde por ella. Es un
filme con poca narrativa, más es la presentación de los personajes vagabundeando,
metidos en una piscina abandonada, apedreando las botellas vacías de cerveza. No
obstante el filme tiene un buen quehacer narrativo, fluido y atrapante, aunque
ligero y relajado, creíble. Los diálogos no son pesados, aunque tampoco
demasiado inspirados. Hay una buena relación entre los tres amigos principales,
solvente, que es el centro del filme. Se suman otros como atracción de
conflicto –la chica salida de internet está muy bien como personaje y manejo- y
pasa uno de esos secundarios que intentan ser graciosos –un chiquillo místico
pastrulo light- pero que es muy poco original y simplón. Wik, debut de Moreno
del Valle, no solo es una película de juventud sin hacer nada, va armando una pequeña
narrativa con el porno y el romance a lo moderno, pega un pequeño salto de
pretender la vida como un eterno domingo. Es una semana viendo como la juventud
padece de cierta manera, padres separados y lejanos, tíos haciendo de padres
que joden todo el día, padres a los que no les importa sus hijos, también padres
humildes preocupados en sobrevivir, es decir padres poco paternales y nada familiares,
con hijos a la deriva, abandonados en gran parte, marginados, con la luz al
fondo del túnel brillando por el cambio de edad, a la llegada de la madurez, y
ésta se refleja en algo mínimo y sutil –entre comillas- como definir una
relación afectiva, en un mundo donde parece costar querer –reflejado en cuidar-
y esto parte de otro tipo de amor, la amistad.
martes, 5 de noviembre de 2019
Mi desnudez no significa nada (Ma nudité ne sert à rien)
Docuficción de la francesa Marina de Van, directora de cine
de películas de terror que aquí se anima a hacer algo bastante íntimo, más
personal en apariencia, pero que contiene su toque de espectáculo –aunque atípico
a lo general-, y de narradora de historias. En principio es algo chocante la
figura que vemos, presenciamos a una mujer solitaria y triste que anda mucho
tiempo desnuda –el desnudo como búsqueda de despojo de la opresión del sufrimiento,
más que de erotismo-, la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación con
su gato. Solitaria en los 40 y pico –edad que hace de sutil mortificación- busca
hallar pareja en citas que pacta online, pero cuando concreta encuentros hay
algo en su personalidad, en su abulia, y cierta depresión en general, que la
hace rechazar a cada pareja que en principio le interesa. Así observamos como
un tipo se resiste a no parar de tener relaciones con ella, de lo que asoma una
posible violación y termina en frustración existencial. La cámara aparece en
los lugares más complicados de filmar lo que da a entender que no todo es real,
que hay ficción presente, como con el momento que Marina irrumpe en un cuarto
de hotel, además de que las reacciones de la pareja sorprendida denotan
actuación. El final también lo deja más que claro en aquella sonrisa naif. No
obstante el filme coge un sentimiento, una cierta verdad expositiva, revelando
algo muy personal de ésta directora, una psicología, un anhelo y sufrimiento,
en esto la directora es vanguardista y audaz, aunque también se percibe un tono
de cierta fealdad, de cierto patetismo, que la directora no rehúye, más bien lo
busca con ahínco, y es algo duro de ver, aunque finalmente el filme se revela
como un artificio en parte. Ahí anida el vanguardismo de la propuesta, la
intrepidez de concretar éste retrato de apertura emocional. El filme sigue un
guion, éste guion se percibe que tiene de cierto, pero se nota que hay
construcción (que falta espontaneidad), que no todo es solo posar la cámara.
Pero a un punto contiene realidad y es eficaz, la de la soledad, el desgano y
la melancolía de Marina, la del retrato poco bello, el que toca el ridículo con
la imitación de la admiración por Flashdance (1983). Hay un ánimo de revelarse
poco agraciado, imperfecto física y emocionalmente, al tiempo que Marina está osadamente desnuda ante la
cámara en varios sentidos, y esto tiene interés a la vez que rechazo, por dar a
notar amar el patetismo. Es un filme poco comercial, curioso, imperfecto como
el cuerpo que exhibe, tan semejante al de “todos”, al de la mayoría, y ahí hay atracción para con
el espectador, aun cuando también germina una distancia producto de una transparencia
tan abierta e incómoda por momentos. Es en su primera parte casi un callejón
sin salida, y se hace fuerte de ver, pero la imagen general va soltándose, relajándose,
al pasar del metraje. La protagonista va siendo cada vez más racional, apoyada
siempre en su voz en off que hace de diario de cotidianidad en soledad, en
gestos tristes. Luego se ve a la familia de la directora –madre y hermanos- que
es una familia convencional, tranquila, feliz y sencilla, lo que contrasta con
la esencia de rareza que exuda Marina de Van, digna artífice de su cine de
terror.
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