miércoles, 7 de agosto de 2013

La jaula de oro

Presentada en el Festival de Cine de Cannes 2013 en la importante sección de A certain regard en donde ganó un premio, el Prix un talent certain pour l'ensemble des comédiens (un reconocimiento a sus actores), el primer largometraje de ficción del director español Diego Quemada-Díez ahora presente en la competencia oficial de ficción del 17 Festival de Cine de Lima trata sobre la emigración a Estados Unidos por la vía ilegal, ejemplificada mediante el viaje mochilero de tres muchachos que están entre los 15 y 16 años; una chiquilla que se hace pasar por hombre, Sara (Karen Martínez); un indígena que no habla español, Chauk (Rodolfo Domínguez); y un atrevido, arisco e intrépido jovencito, Juan (Brandon López).  

Ellos tomaran el camino largo y difícil siguiendo la ruta rural hacia Norteamérica atravesando pueblitos y el amplio y mucho desolado campo, partiendo desde Guatemala, pasando por México hasta su frontera con el país de las barras y estrellas para llegar a Los Angeles, California. Pero en ese trayecto no faltaran los problemas, el dolor y las emociones, siendo una historia de aventuras, fuertes trabajos agrarios, improvisaciones teatrales, una vida austera que se adapta a poco, gallinas que robar para comer, bebiendo aguardiente, durmiendo en vagones abandonados, enfrentando a la policía y a migraciones, a distintos secuestradores y guerrilleros/narcotraficantes, pasando por fiestas populares y subidas como polizontes a los techos de los trenes de carga. Todo esto sirve para unir a estos tres pequeños, recios e independientes soñadores que han madurado temprano y se han puesto una meta ardua, la que muchos toman, arriesgando su seguridad por un futuro mejor.  

En ese periplo hay juegos y atracciones, enojos y prejuicios, camaradería y conflicto, en una en general muy lograda convivencia con diferentes perspectivas y sentimientos. Hay una notable actuación al respecto y se crea una simpatía por ellos tres, teniendo naturalidad y presentando esa simpleza del ansiado realismo interpretativo, aun teniendo uno que otro lugar común en cuanto a reacciones, como la distancia entre Juan y Chauk, y la proximidad de éste último y la comprensiva Sara; sin embargo, finalmente toman rumbos que uno no hubiera predicho.  

No es que invente la pólvora, Diego Quemada-Díez, pero lo hace bastante bien en ese trayecto de embestidas y retos, utilizando cierta medida contención en el despliegue de afectos, lo suficiente para que uno sintonice, y bien, como para el goce de la mayoría, pero sin desecharse en la abrumadora exaltación tanto que pierda algo del necesario halo de complejidad que tiene, confabulando con esta pequeña banda de inmigrantes, que de eso trata, de crear la infaltable empatía, si bien es un relato desasosegante y triste en el devenir que nos presenta, colándose una crítica al sistema que pone tan complicado el querer hacer realidad una vida mejor en otro país, siendo fulminante además su contradicción, entre lo que uno espera y lo que encuentra, como en el sueño de la nieve cayendo en la oscuridad, una belleza y anhelada felicidad que luego se transforma en melancolía.

Es un filme en un estilo de querer ser popular, pero que está muy bien hecho, de fácil visionado que ostenta sus alegrías y que aunque puede no ser todo lo original que uno quisiera ver, es entrañable, simpático y también muy doloroso, tanto que Diego Quemada-Díez no ha podido evitar mostrar que el mundo es un lugar duro donde no abundan los finales felices (lo que clama porque nosotros lo transformemos, al reflexionar ante lo visto), tal como se puede ver en su famoso y multipremiado cortometraje I Want to Be a Pilot (2006). Se acerca un poco al efectismo, pero también muestra la verdad que está ahí afuera y no se puede negar; y cala, derrota nuestra habitual desconfianza.

Cuando nos preguntamos cómo hará el indígena de ilegal en tierra anglosajona con la limitación del lenguaje, el que sirve de centralización de un cúmulo de diferencias que deben rebatirse por algo mayor, la cualidad de hermanos de toda la humanidad, vemos que se sortea en el complicado viaje, y eso alberga esperanza. Otra pregunta tomándola al pie de la actualidad que evoca el filme es ¿Vale la pena ir a parar a una jaula de oro? También nos habla de estar atrapado en falsas ilusiones. Es un retrato pesimista al fin y al cabo.

En éste relato habrán algunas sorpresas como ¿y qué de aquella persona? y como en la vida misma se darán historias sin resolver, así lo representa esa mirada perdida en los copos de nieve de la negra noche. Muestra cierta impotencia latente que espera por un cambio, aunque arreglar el mundo nos parezca tan utópico. He ahí el reto y el mensaje de esta propuesta que no solo entretiene, sino que aporta su grano de arena. Ha corrido mucha agua bajo el puente pero aun así plantea su propia voz.     

La Paz

El director argentino Santiago Loza que ya ostenta 5 filmes de ficción y 1 documental dentro de su filmografía nos presenta la historia de Liso (Lisandro Rodríguez) que tras salir de un hospital psiquiátrico no tiene ningún interés en la vida, y como le dice su padre en una precisa línea, todo hombre necesita de alguno (para sobrevivir y ser feliz, sino se es como un autómata). En adelante vemos que el joven protagonista es un hijo mimado de buena posición social y querido por toda su familia, especialmente por una madre preocupada y cariñosa aunque a él le sea algo indiferente, mientras socialmente es un cero a la izquierda, está como aislado y solitario. Sus relaciones con las mujeres son conflictivas por su propia naturaleza, por su enfermedad mental. Su parsimonia solo se siente feliz saliendo a pasear en moto con su abuela, compartiendo silenciosamente atenciones con su nana y empleada boliviana, yendo a practicar tiro con su progenitor o simplemente pasando el tiempo sin hacer nada importante.

Estamos ante la narración de un ser vacío que grita tácitamente por un rumbo, pero que no sabe por dónde empezar, no posee nada que lo dirija, y será un metafórico y literal lugar altiplánico y pobre de un país de Sudamérica el que le será propicio (en donde se puede ver una lectura común en la superficialidad e inefectividad del dinero para la realización personal). Es una historia muy simple que se limita a reflejar la idiosincrasia de Liso, en esa coyuntura invernal de inmovilidad, con un notorio toque de autor en el proceso, sin música de acompañamiento y una sequedad/frialdad incluso expresiva, aunque contextualmente haya una intensidad y emotividad soterrada, calmada por la medicación y por ese deseo de que nadie interfiera en su vida, como el mismo Liso hace ver en una respuesta “indirecta”; no le gustan las personas que le hacen preguntas.

El periplo es apagado y se remite a movimientos mínimos, tanto que el nexo con Sonia, la ama boliviana, no es algo que sea tan vistoso y es como un descubrimiento cuando vemos un arrebato suyo en derredor de ella, siendo ese lapso lo que ha estado acallando adormecido, esa impaciencia e inquietud que iba gestándose en el espectador. Es un filme pequeño que brillará por su empatía, aunque sea bastante discreta, en un ejercicio de autor en la forma, pero bastante claro y hasta en parte repetitivo como trama, apuntando a surcar una etapa existencial, a la que podemos remitirnos todos, cuando nos hallamos metidos en la introspección de nuestro mundo, dándose la meditación de nuestro interior a través del ecran vislumbrado tras la cotidiana y sencilla simpleza de estar ahí viviendo, hasta parar y notar que rodamos sin pensárnoslo (si no apelamos a las distracciones intrascendentes), tanto que en el protagonista el acostarse con una prostituta, ejemplo de vaciedad, y estar proclive a sus impulsos inconscientes es la crónica de una muerte anunciada desde el título, hacia éste. Inminentemente se debe cambiar, se debe sanar emotivamente y rehacerse uno. 

La Paz es una propuesta atractiva en su temática pero finalmente poco curiosa en la práctica, subyace además en cierta reiteración artística, la de la enajenación, aunque utilice solo un único instante visual de locura –el resto se intuye en el comportamiento distraído del protagonista y se anticipa con saber que sale de un psiquiátrico- y se adscriba a ese intermedio después del abismo y antes de la luz; de ahí que tenga un halo de madurez, mientras recurre a un minimalismo diáfano y algo plano, evitando ser rompedora tanto para bien como para mal.

No está mal, pero requiere de mucho más para cautivar el entusiasmo del público. Sin embargo, deja tarea, en un fuera de cámara personal; uno termina sintiéndose como en un cuarto vacío de paredes blancas y eso ya representa algo que elogiar, y verla digna de la competencia oficial de ficción del 17 Festival de Cine de Lima.

domingo, 4 de agosto de 2013

Gloria

Competidora de la sección oficial de ficción en el 17 Festival de Cine de Lima, viene con el aval de la Berlinale 2013 que le otorgó el oso de plata a su actriz principal, a Paulina García. Y es que la película del director chileno Sebastián Lelio bien merece su título en una actuación protagonista sobresaliente, en donde apenas un pequeño gesto alberga mucha expresividad, mientras la entrega interpretativa es total (no solo por los desnudos o caer en algún ridículo); los registros cómicos, dramáticos, meditabundos y melancólicos están presentados con mucha solvencia. Pero, ¿quién es Gloria? Ella es una mujer solitaria entrada ya en algunos pesados años que aún mantiene el espíritu rebelde y joven, teniendo sueños y anhelos de felicidad semejantes a cualquier jovencita, y ese es un rasgo de su vitalidad, que no es común en sentido de que no se contiene ni mantiene una vida oculta en su interior sino que es muy abierta y extrovertida, pareciendo mucho una fémina inmadura y alocada, una mujer impredecible, llena de furia e intensidad, la que como en ese baile final de su canción homónima no puede dejar de ser ella misma, no puede resistirse a tratar de comerse al mundo aun frente a tanto escollo, el tiempo, lo perdido y la frustración, y la dificultad de hallar un vínculo amoroso sólido que piense en sí en un nuevo y predominante cubículo afectuoso, dejando lo demás en un segundo plano. Gloria busca velar por ella, llenar su existencia, al estar divorciada y tener un hijo músico independizado y satisfecho, mientras sabe que su último bastión, su hija, con la que es muy unida, ya ha crecido también y se va a otro país a hacer su propia vida, a diferencia de su nueva pareja, que hace de contraste, el que sigue atado a la familia e incluso a su ex esposa, a sus dos hijas grandes, en el pasado y en la responsabilidad que acogota su libertad, y en ello Gloria es toda libertad, deseosa de volver a sentirse viva y realizada.

El filme es el canto de un espíritu alegre y desinhibido, e irrevocable. Lo más destacable de esta realización, claro está, es la figura de esta mujer, de Gloria, pero hay otra cualidad notable, que a pesar de tener de drama, uno que no exagera, también tiene mucho de comedia, con un humor seco, de broma corta y que tiene decoro e inteligencia en ello, aun siendo de tono sencillo, a diferencia de Gloria que es capaz de perder el control y aventurarse con un desconocido a emborracharse y tener sexo en la playa cuando ha sentido una decepción, o de ir con una pistola de paintball y atacar a una ex pareja. El humor puede atinar como fallar pero está ahí en muy buen nivel.

Si algo le falta al relato es que todo lo representa Gloria y una vez conocida su personalidad y su avatar en la vida ya es algo muy pequeño lo que tiene que ofrecer como conjunto argumental aunque el recurso de su naturaleza, cotidianidad y carencias sea tan grato de apreciar y este bien dirigido sin aspavientos en clave de relajo y sin alargar la mayoría de escenas; sin embargo, hay varios momentos definitorios y logrados como otros intrascendentes, que parecen poca cosa. Gloria quedándose desnuda  en una disyuntiva para elegir la prioridad en la actualidad de Rodolfo (Sergio Hernández, que presenta un rostro compungido, penoso, y una cierta honrosa decrepitud muy valorable) nos presenta el rato más atinado, emotivo y decisivo de toda la película, y habría que destacarlo. Después, aunque el resto de circunstancias cumplen y están bastante bien, falta mayor efecto en cuanto a cierta originalidad.

Estamos ante un buen filme de muchos recursos pequeños, pero que no llega a despegar tanto como para impresionarnos abundantemente, aunque tiene ese sentido tranquilo que se entiende y se llega a querer más que suficiente, es una película a recomendar, definitivamente. Notoriamente artístico a ratos, como generar todo a través de una expresión, dentro de una de las tantas coyunturas de las idas y venidas de su relación con Rodolfo, mientras la música juega un papel atractivo, baladas, canciones de los 80, música disco, un repertorio algo complicado de identificar pero sumamente preciso en cuanto a lo que vemos.

Lelio matiza a Gloria, tiene de varias generaciones, puede comportarse como una persona mayor y a la vez como alguien muy joven, realista y madura o todo lo contrario. Es, visto como uno quiera, un gran personaje y eso ya apunta a alabar el filme, aun teniendo altibajos producto de momentos muertos o poder tener algún estado algo contradictorio de digerir. Sí, es un filme imperfecto, pero de esa imperfección que tiene tanta personalidad como su criatura, y aunque puede tocar un poco el lugar común la empatía es irrefutable, y Paulina García una gran actriz que ha caído en un papel preciso, es Gloria de pies a cabeza.

Si recordaré más el filme será por su gracia, en verdad; esa lucha por imponer la alegría a costa de remar mucho con el mar arreciando en contra, el drama lo he sentido mucho menos. Ha quedado velado en buena parte sin quererlo tanto aunque no me pase desapercibido tampoco y sea cuestión de agudizar el ojo y lo emotivo, un cierto defecto que se pasa de ser mucho cine de autor aun reconociéndole al respecto el talento general en todo el conjunto. No he sentido tanto su fuerza dramática aunque sea más que decente en su éxito respectivo y quizá no era lo que buscaba el filme, no es una historia triste finalmente, o mejor dicho, Gloria no lo permite; su personalidad es demasiado estoica para ello aun siendo tan frustrante y hasta decadente su mundo.

Otro logro es como se ve físicamente la protagonista, y es que en ella las apariencias engañan totalmente, la vida viene de adentro, aunque no sepamos hasta qué punto sea tan difícil hallar la locura compartida (sin que nos pase la factura, además), cuando la vejez y la responsabilidad apremian, y el desencanto parece eterno y nos quiere sepultar. Sin embargo, ese último baile pleno y libre de esa clásica canción popular de Gloria de Umberto Tozzi era lo que esperaba, y me saca una sonrisa (más), en otra película jugosa del Festival de Cine de Lima que se bate con buenas armas en la competencia.

7 cajas

El dúo de directores paraguayos Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori ponen en la palestra al séptimo arte de su país cuando no es usual ver algo de él, y de qué manera, lo hacen con mucha calidad aunque con algunos (pocos) errores, perdonables. El filme en cuestión, su segundo largometraje en conjunto, es una historia trepidante que no baja la guardia ni la intensidad en ningún momento, recurriendo a escenas de mucha y constante tensión, al poner al borde de la revelación, la detención o el hurto una carga especial que un joven que transporta mercadería en un mercado populoso y popular conocido solo como el mercado número 4 debe sacar a “pasear” para que la policía no la descubra, no obstante en ese trayecto otros compañeros desleales y delincuenciales querrán hacerse con ella.

Víctor (debut de un sencillo y calmo aunque inspirado Celso Franco) es un muchacho humilde que sueña con ser estrella de cine y cree ver su sueño realizado simplemente con poder grabarse a través de la filmadora de un costoso celular de segunda mano, el que quiere comprarle a la mejor amiga de su hermana, la que provee a la realización de una sub-trama en su embarazo y la ausencia de dinero y de su pareja para cuidarla y llevarla al hospital. Para ello recibe el encargo de llevarse y vigilar 7 cajas de madera de las que no sabe que contienen, a cambio de recibir al final del mandado la otra mitad de un billete de cien dólares prometido, lo que le alcanzaría para adquirir el celular y su aspiración de verse en alguna pantalla.

Una virtud del filme es proponer motivos a cada pequeña historia y personaje que contiene y luego interrelacionarla con el transporte de las cajas. Los giros y los imprevistos abundan, proponiendo una misión que a cada rato se ve proclive de truncarse. Mezcla la acción, habiendo crimen de fondo, todo desde un cuadrante amplio pero fijo en un espacio determinado, el mercado, mientras lo recorren los cargadores que no se despegan de sus carretillas de metal que son como parte indisoluble de ellos (y sin caer en el ridículo o en lo incongruente con lo real, no lo ponemos en duda), como si fueran armas o extensiones de su cuerpo; son hombres metalizados en varios sentidos, la necesidad los mueve al crimen.

Hay romance y comedia medida, en dosis cortas pero visibles que proporcionan un respiro a lo álgido, teniendo sobre todo un tono serio. En general es un thriller que sabe jugar muy bien sus fichas, estar al tanto del riesgo y de la derrota, que sería su esencia vital, hasta poner en peligro la propia vida de sus personajes o de enviarlos a la cárcel. Celso Franco tiene el rostro preciso, bonachón e ilusionado en especial, y la fisonomía para acarrear la intrepidez y agilidad que se necesita. En la trama vemos sus atributos compartidos con una amiga suya, Liz (Lali Gonzalez), una chiquilla simple, sin modales y algo ahombrada, aunque simpática y buena gente.

Otro punto a resaltar es la pobreza del entorno que brilla como contexto y figura única que se adapta como rasgo en una historia que vale por su calidad de entretenimiento. No se percibe prioridad de lecturas sociales, pero, lógicamente, están ahí, si bien son más externas y más personales ya para cada espectador. Es decir, el filme quiere hacerte pasar un buen rato, con un thriller bien hecho que anhela ponerte al borde de la butaca y sí que lo consigue. Además, yace la particularidad de que está grabado en los dos idiomas oficiales del país, en el guaraní que acompaña al español, y para su esclarecimiento utiliza subtítulos. 

Entre lo criticable está la música que se amolda a los sucesos pero cae en ser muy obvia y no tan creativa, en resumen resulta idónea pero fácil, mientras los malos, los de la carnicería árabe son algo risibles y poco fieros, en realidad; se pasan ya de ordinarios que dan la sensación contradictoria de lucir inocuos, aunque la película no va por el camino de la intimidación típica de las historias de mafia y asesinos, sino son personajes más de carácter "funcional", ya que la verdadera atracción lo articulan las 7 cajas y las peripecias de Víctor tras su fijación cinematográfica. Y es como si todo fuera un cúmulo de pretextos que alientan el estado de alerta, gracias a un inteligente guion, de Juan Carlos Maneglia asistido por Tana Schembori y por Tito Chamorro, que quieren ponernos los pelos de punta y al borde del colapso, con excelentes ideas que proporcionan giros, idas y venidas e imprevisibilidad, teniendo algunas imágenes rocambolescas como las persecuciones que se dan en la discoteca del mercado o en el estacionamiento de autos. Así mismo, sobresalen los artificios de cámara, ángulos extremos que invocan ritmo y una lograda vertiginosidad que hace lo que en los hermanos Dardenne proporcionaba incomodidad en el movimiento de Rosseta (1999).  

Si algo tiene de bastante sobresaliente el conjunto es que el filme se pasa en un santiamén, de lo que genera atención y adrenalina, poniendo fuerza y velocidad en el metraje sin dejar de lado el drama con la busca del marido de la cocinera embarazada; o la risa, como con el transexual, el guardia aprendiendo a usar el celular y el arresto, en un thriller que sabe explotar muy bien el género y compartir momentos con lapsos de otros. Es un filme completo y que muestra el buen nivel del cine latinoamericano que pinta de comercial pero con arte. Si todas las películas de la competencia oficial de ficción del 17 Festival de Cine de Lima van a ser como ésta y como Gloria de Sebastián Lelio tenemos goce asegurado y una disputa muy bien peleada.

martes, 16 de julio de 2013

El espejo

Al mismo estilo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, desde su propia experiencia, personalidad y un arte distinto, Andrei Tarkovsky hace cine innovador que se convierte en un parámetro general a emular, asentado en bases netamente cinematográficas que nacen de uno mismo, usando su propia biografía y memorias para construir algo creativo, sustancial y universal; una historia que pueda pensar cada espectador y la haga suya desde su interiorización producto de la empatía emocional hacia la madre, la esposa, la vida y la niñez de "Tarkovsky" pero que crece y se independiza en pantalla. Ésta vez no es una premisa que siga como principal razón artística. Como expresa el famoso director ruso en el documental Tempo di viaggio (1983) que comparte con el guionista Tonino Guerra, cree siempre en trabajar partiendo de la esencia del autor, como hace la poesía, la música o la pintura, es decir de lo que nos hace únicos, ya que cada hombre es un ser irrepetible aun compartiendo nuestra humanidad. En ésta película de forma práctica crea en base a su intimidad familiar y a lo que tilda –no equivocadamente por lo que solemos creer- del mejor estado de nuestras vidas, el de nuestra infancia, cuando parafraseando al narrador, a un hombre enfermo y divorciado de unos 40 años de edad, podíamos hacer cualquier sueño y meta realidad.  

Ésta producción enseguida contrajo el rechazo de varios colaboradores que reprobaban que Tarkovsky hiciera la película en base a pasajes de su propia vida encontrándolo contrario a la idea del cine que se debía hacer en su nación, en cuanto al arte ruso en sí, algo que no era reciente tampoco ya que para Tarkovsky desde La infancia de Ivan (1962) fue un reto vencer las limitaciones y ordenes de los estatutos absolutos de su país, queriendo contar sus historias de un modo diferente, lo que propuso desde su primer largometraje, la que fue una película estética, psicológica, onírica, diáfana pero con ratos de terrible tortura existencial (en lo real en el filme), con una notable profundización de la tristeza y lo humanista, sutilmente autocrítica y anulada en parte importante en cuanto a los dogmatismos buscados y exaltados en el cine de esa antigua Rusia. Y que en Tarkovsky a partir de El Espejo (1975) se volvía un arte bastante complicado, con una personalidad que marcaba la pauta en el mundo, como suele pasar que el genio aparece en el lugar menos esperado, no conteniendo leyes y siendo auténticamente revolucionario, sumando la negativa de las autoridades fiscalizadoras del gobierno comunista en cuanto a la aprobación del guion producto de hallarlo demasiado complejo –algo que va aún mucho más allá de lo que ya conocían de este intelecto ruso, con una maestría que en su país sucede a Sergei M. Eisenstein posicionándose más todavía dentro de los grandes del séptimo arte- y alejado de lo que estimaba el pueblo según las perspectivas gubernamentales. Sin embargo, pronto se reemplazaron las oposiciones y llegó la venia de una nueva representación dirigente del Goskino, siglas abreviadas del Comité Estatal para la Cinematografía de la URSS.

Éste filme puede hacer sentir a muchos inútiles, y es que no podemos ir de fáciles y sencillos con esta realización, porque así no vas a captar ésta propuesta, lo que pasó mucho en Rusia tras su estreno y que por poco provoca el retiro de Tarkosvky frente a tan grave incomprensión y ataque de colegas y compatriotas, pero que en contraste gracias a una cuantiosa suma de cartas alentadoras y admirativas a favor de El espejo y su filmografía decide continuar creyendo en sí mismo y en su propia arte, que a su modo tenía mucho de nacionalismo, como en la intervención en esta película de un viaje a España donde en diferencia un personaje no puede sentirse, ella y su familia, más rusa. Uno puede quedar mayormente fuera de la obra, como con esa propuesta casi impenetrable (y es hacia lo peor) llamada Inland Empire (2006), el último largometraje de David Lynch, aunque con obvias diferencias, teniendo mucho más arriba a Tarkovsky, ya que para la mayoría el filme de Lynch es un bodrio absurdo, inconexo y onanista, mientras El Espejo es unánimemente considerada una obra maestra. No obstante, uno puede otorgarle más de una oportunidad a Inland Empire, ya que el director de Carretera Perdida (1997) es otro genio a tener muy en cuenta, un autor de cabo a rabo muy fiel a su “locura” y originalidad, un outsider de pedigrí, un tótem y cabecilla del más sincero cine independiente, y ahí queda de tarea la amplia red y tentáculos de su intrincada y críptica trama, sus tres horas de duración, sus miles de vueltas de tuerca, sus desasosegantes conejos fríamente satíricos, su mordaz e inteligente ataque a Hollywood, su juego de espejos y su doble cara, su ambigüedad, decadencia, y sus metáforas surrealistas sobre la pobreza existencial. 

El espejo va a tender a ser más la experiencia de un estado poético y sensorial, un arropamiento emotivo, como en incontables casos muchos tienden a conformarse, y a lo que confieso no suelo ser muy afín, no me quedo contento, pero tomemos en cuenta que a Tarkovsky le satisfacía más que el espectador cogiera el aspecto sensible e íntimo de sus películas y de ésta historia en especial, que es donde está la trascendencia, y en realidad en toda su arte, ante todo sentir con ella, ya que amaba finalmente la sencillez aun no siendo sencillo, ya que lo hacia dentro del cine visceral y de creación. Pero me suena bastante más genial ser participes de cierta introspección.

La película comienza con un joven tartamudo que se libera de sus limitaciones mediante una especie de curandera, no parece una psicóloga o una terapeuta por la metodología que usa, y uno puede interpretarlo de varias formas, aparte de asumirlo como algún referente del pasado biográfico de Tarkovsky. Se percibe como una metáfora, como si el cine de Andrei fuera la cura a las deficiencias de interpretación de cómo hacer cine. Hay un halo de magia en lo que veremos. Otra idea que subyace cuando se le dice al joven desde hoy hablarás fuerte y claro es que puede ser asumido como un llamado de atención discreto dentro del socialismo castrador, a una especie de voluntad de derecho y libertad.

El filme consta de fragmentos de la memoria de Tarkovsky que están interrelacionados muy suavemente, no están hechos para ser una historia redonda –que es perfecta en otra medida, siendo diferente- ni se les quiere desprender totalmente de su individualidad, de su fuerte impresión, y por ende uno puede encontrar arduo unir las piezas en un conjunto, no es una trama al uso. La vocación narrativa no es lineal ni totalizante sino es como meternos en una cabeza y verlo tal cual la mente lo hace y guarda los pensamientos, los acontecimientos, las imágenes, de una forma más difícil de definir, más libre, gaseoso, menos parejo, entremezclando tiempos (y si se quiere comprender grupalmente se debe ver de forma atemporal). Se tiñe de distintos matices como con los colores, el blanco y negro (la parte documental, la mención política o bélica) o el sepia; se combina lo real, lo onírico y lo ideal, y se pasa por estados de ánimo, reinterpretaciones psicológicas y sentimientos que son los que nos cuenta la trama.

El ave que rompe la ventana y escapa puede simbolizar el haber crecido o el dejar ir algo interno (la enfermedad junto con los recuerdos). La madre que es vital para Tarkovsky ama y se sacrifica siempre, ignora a ese médico que hace de pretendiente (en su actor admirado y fetiche Anatoliy Solonitsyn), espera al marido que es como un fantasma y lo añora (Oleg Yankovski); el poema leído en su melancolía es el amor hacia éste que llega a través de Andrei en una devoción tripartita (la hermana queda fuera del paisaje en un aura neutral, decorativa). El hijo interpreta el sentimiento de afecto con el cabello lavado en cascada o agarrándole la mano mientras duerme y flota, él es el ente devolviéndole el cariño de pareja que le falta o le ha faltado, al menos en su consciencia, lo que puede ser como un arreglo posterior, por eso se disculpa en el teléfono si ha sido desagradecido, pero también nota que ella ha sido dura y ha tenido defectos que reprochar como cuando la vemos en su trabajo de prensa –tras correr ralentizada en una toma de grave estética- en donde se le recrimina cierta soberbia y ceguera.

El hijo dice sentir un deja vu en cierto momento y habla de la unanimidad del sentir como lo haría cualquiera con el filme (el espejo va además –y necesariamente- hacia nosotros), pero también son planos que se confunden y esto es constante; se entromete en su introspección rememorativa el presente en su estado último, de moribundo, en donde se da el acto con la mujer que pide le lean un texto de Aleksandr Pushkin y surge el anhelo de que desaparezca la velada y casi inexistente actualidad del narrador, y ese es un sentido de porque vuelve atrás, con su madre y su niñez, con lo que le ha impactado y atesora, como el fuego en el campo y el que él mismo propicia luego como una revelación (mientras en las manos parece el fuego el amor más puro e intenso, breve en los hechos pero eterno en la memoria del tiempo), o cuando llama a su progenitora en la cabaña. ¿Qué vas a hacer entonces? le pregunta la esposa viendo la imposibilidad del narrador de regresar a la infancia, pero ella está olvidando el plano de la imaginación aunque él sabe que solo le queda el hoy y por eso es como una despedida, en un filme que tiene mucho de triste, valga la obviedad, como en ese desenlace en que se pierden la madre e hijos en ese bosque como quien termina una declamación poética, una aceptación y conclusión, el de la muerte. Todo ha servido para paliar el dolor y ausencia del presente.

Destacan los juegos de espejos que son muy claros, entre la ex esposa y la madre de Aleksei, Natalya y Maroussia respectivamente. Ambas interpretadas por Margarita Terekhova, hermosa actriz que es ama y señora de este retrato autobiográfico, con una solvencia envidiable. El rato en que apenas llora y apenas ríe por igual debatiéndose entre ambos lados es sublime, para luego ocultar la cara como en un estado natural alejado de la intencionalidad de la cámara, lo que apreciaba y defendía Tarkovsky evitando el teatro. Tarkovsky le da prioridad a su madre tanto que la ex esposa parece no existir. Como dice Natalya al ver las fotos, (la madre y la ex esposa, la última ella) no se parecen y ahí está nuevamente la pena del hoy y la grandeza del ayer. Vemos a Maroussia como el ente predominante del filme (en el sueño en sepia con su presencia se dan las escenas más hermosas de la película), a la que apreciamos en distintos momentos y planos que parten –y parecen quedarse dentro- del año 1935. Otro espejo subyace entre ese padre que es el narrador y álter ego del autor y su hijo Ignat de 12 años de edad que es Aleksei igualmente mientras en otra perspectiva el poeta y progenitor Arseni Tarkovsky se fusiona con el director de Solaris (1972) hasta verse superpuesto éste último en el pasado pudiendo analizarse el presente. De Arseni se lee un hermoso poema que remonta al conflicto de la soledad, la tristeza y el abandono. Vista la historia es la lectura de las etapas de nuestra vida sintetizadas en puntos determinantes. El espejo del tiempo.

jueves, 11 de julio de 2013

La demora

El director uruguayo, afincado en México, Rodrigo Plá ha hecho un filme conmovedor, el que se lo dedica a su padre, sin perder en su ambientación el toque de sosiego y sequedad propio de la realidad, idóneo en el contexto tratado, ya que en la vida uno no suele ser demasiado pensante en cuanto a sus sentimientos como se suele figurar, sobre todo en gente que tiene y necesita de una fuerte personalidad, o a razón de lo que damos por hecho, aun cuando hay personas más emotivas que otras e intiman en sí mucho más. No solemos andar metidos en nuestra alma porque dada la realidad nos abocamos a crear barreras de autodefensa. La dureza hace de nosotros seres más herméticos y menos expresivos, que no es el caso de los personajes de ésta historia que mantienen sensible su corazón, sólo que se debaten en ciertas pruebas y naturales esencias contextuales de donde surgen decisiones no siempre acertadas, no tan nobles, asumidas por la idiosincrasia que aprieta y nos hace “perder" la cabeza. No solemos profundizar o ese parece ser un rasgo de la mayoría de seres humanos (permítanme ver el mundo mucho menos romántico de lo que se suele creer que es), para lo que la frialdad de nuestro cotidiano entorno se disuelve un poco en el ecran. En ésta trama un ser querido de nuestro día a día representa una gran responsabilidad y un fuerte peso. En dicha realidad María llegará a ver su situación de manera distinta, tras un incidente capital, que anuncia el título, una demora (para seguir sacrificándonos por el amor que sentimos), ante el miedo a perder a ese ser querido, que en la historia presente se trata de su anciano progenitor.

El filme tiene un centro fijo por el cual se mueve y extiende, se dilata, se toma su tiempo sin molestar, generando gran alcance de reflexión en su único punto que deriva en varias ideas en derredor, bajo un acontecimiento mínimo pero trascendente, dejar en una banca al anciano padre, esperando que se lo lleven a un albergue y pueda liberarse la hija de él, madre de 3 hijos y que vive en la pobreza. El padre es como un niño pequeño que necesita muchos cuidados. Se orina encima, hay que bañarlo, vestirle, alimentarlo, se pierde constantemente, tiene una memoria débil, puede ser a ratos difícil. Es un espejo de melancolía entre otras características.

La trama se ciñe mucho a sus personajes, a los pocos actores que intervienen y lo hacen bastante bien, incluyendo al amigo y peluquero que sería el menos vistoso en cuanto a interpretación. Resaltan María (Roxana Blanco) y Agustín (Carlos Vallarino), la hija y el viejo progenitor respectivamente, ambos gente dolida y endeble, pero en el caso de ella alguien que tiene que ser fuerte para sostener a su familia mientras todo se dificulta porque lleva una existencia bastante precaria. Un aspecto claro en el filme es que son gente digamos que buena, pero que su mundo es demasiado duro, tanto que pueden llegar a perder su humanidad, que es el desafío que presenta el relato en su protagonista, pensando que como ella dice, puede hacer algo que no está en sí, y es un problema de desesperación. Si uno no está en ello será complicado de entender, sin embargo Rodrigo Plá logra contenerlo más que decentemente. Concibe perpetrar ese ambiente aun notándose cierta artificialidad, no por actuación sino como efecto reiterativo en los rostros siempre compungidos de los personajes como en un cuadro de poca complejidad y facilismo, un recurso que se tolera y que no es tampoco terrible pero se hace a ratos vacío en su constancia porque no llegan a trasmitir más allá de cierta superficialidad, y que mejor se ve trabajado en los acontecimientos, como con los billetes planchados y pegados, en cómo se ven los distintos interiores del apartamento o los malos momentos del senil sólo en el parque, muy bien compensando con la ayuda y atención de la generosidad de los inquilinos de ese desconocido vecindario, un indigente o con el vigilante. Su minimalismo acompaña mejor que cualquier cara triste producto de la “nada”, aunque no vamos a ser injustos, sabemos que la realidad es un motivo, y el filme es un lapso que quiere condensar una realidad, y como desea fijar un sentimiento no está del todo mal ingeniado siendo el pesar algo que quiere resaltarse, que se quiere que se recorra, sin embargo más veo y siento en la normalidad del anciano esperando lo que no intuye, en su admiración y afecto paterno, abandonado a la intemperie, que pegado a una expresividad monótona.

Su comienzo es potente aunque apunta a ganador, la decrepitud en el baño, que está muy bien lograda, surge efectiva, sugerente y clara, ayuda a formar bastante la historia y a enseñar un tono. Ese cuerpo desnudo avejentado es sumamente evocativo, abre un camino de dependencia y deterioro que es el sentido de lo que presenciamos, y de ahí resalta un pensamiento, el dolor de hallarse en una especie de estado sin salida, que resulta la pobreza, el trabajo mal remunerado e informal, sin beneficios sociales y  por ello la constante necesidad (tres hijos chicos y un anciano bajo el sustento de la labor de costurera no es poco peso). Sin embargo, algo cambia, como en todo es cuestión de perspectiva, el anciano puede ser algo que nos falta y que queremos cerca, bastando un incidente que provoque distinto punto de vista para asumir un tipo de felicidad, o aceptación que sería más apropiado vista la trama.

El ánimo predomina y tiene mucha cabida, aunque el más importante sea un especie de fuera de campo último, a través de un conjunto melancólico y por poco unidimensional que se revitaliza en un final positivo, como el de la luz tras la experiencia, que viene de atrás implacable en donde ni siquiera el pretendiente parece ser una oportunidad de alegría, sino que deja la duda de su sinceridad, porque tiene pareja, y es que puede ser que sólo se la quiera coger, como sale muy oportunamente de la boca diáfana de un niño. Algo que un poco le falta a la propuesta es lograr sostener la empatía de manera natural en todo el metraje, plegarse a la sequedad y a ese viejo en la banca o echado en un rincón del parque, sin que por ello desmerezcamos los logros, porque los tiene, tratando con una obra que sirve para ver lo que no solemos percibir y apreciar. Es una historia que crece desde una fisonomía pequeña y que merece sus aplausos, como los tuvo con el merecimiento de dos premios Ariel el 2013 (máximo galardón cinematográfico mexicano), por guion para Laura Santullo, y por mejor director.

miércoles, 10 de julio de 2013

Warriors of the Rainbow: Seediq Bale

No hay nada mejor que cumplir con un sueño o una meta que atesoramos personalmente como uno de los puntos más importantes de nuestra existencia, y con ello de paso –que no es poco, sino todo lo contrario- dejar un legado para los demás, para el caso, histórico y artístico dentro del séptimo arte, que es lo que ha hecho el director taiwanés Wei Te-Sheng en la presente película. Dejar plasmada la rebelión de una tribu indígena taiwanesa de nombre Seediq, dividida en 12 clanes rivales entre sí que tienen su razón de ser en dos rasgos predominantes, la caza (incluida la de cabezas humanas), el dominar una parte de su entorno natural y hacerlo suyo,  y en sentirse ellos mismos al obtener sus simbólicos tatuajes en sus rostros, producto de su hombría o de lo que se espera de ellos en actos donde ponen en juego, al borde del límite, sus vidas. Dentro de un levantamiento que se ubica hoy en una fecha memorable del pasado de su país, atribuido como el incidente Wushe, zona en que se desarrolló el acontecimiento, durante la ocupación japonesa de Taiwán el año de 1930 tras el cambio radical de sus costumbres a partir de 1895. Donde más de 30 años de humillación, abuso, menosprecio y destrucción de su esencia gestaron el germen de la que sería finalmente una batalla desigual pero vastamente aguerrida entre 300 osados indígenas, muy salvajes, como se les llama, decididos a la vera de su llamada ofrenda de sangre, contra miles de soldados del Imperio nipón y su superior artillería, que estuvieron auxiliados por la “traición” de otro clan Seediq y la experimentación de bombas de gas.

Esta tiene un antecedente, Wei Te-Sheng al no poseer la cuantiosa suma que necesita para llevar acabo su sueño decide hacer otra película, una muy distinta, como un  paso en su carrera que le reditúe en el futuro hacia alcanzar su ansiada meta, y no se esperó seguramente semejante acogida.  No a ese impresionante punto. Su segundo largometraje, Cape No. 7 (2008), se convirtió en la segunda película más taquillera de la historia del cine taiwanés, solo superada por Titanic (1997). Una película al uso de las que suelen ganarse la acogida y simpatía de las mayorías, para la ocasión de corte romántico y contemporáneo, muy simple y hasta bastante tonta, a la que este apelativo práctico le cae como anillo al dedo. El típico lugar común de una edulcorada historia repleta de ñoñería, con protagonistas calcados de los posters juveniles de artistas, en una base argumental que juega con ello, asumido desde una presentación musical que parece destinada al fracaso por no tener integrantes cohesionados y congruentes, mientras surge un amor entre dos culturas con un pasado conflictivo, por un lado el engreimiento de Aga (Van Fan), el que baila al son de la figura del tipo cool oriundo de Taiwán pero bajo la clara imagen universal americana , y por otro la rectitud, apuro, tensión y molestia de Tomoko, una modelo japonesa venida a menos, que subyace emparentada con una historia de fondo en donde la segunda guerra mundial distancia a una pareja con el mismo problema intercultural, aunque exacerbado por un contexto directo. Que tiene que ver con unas cartas que nunca llegaron  a destino y rompieron el corazón de esta antigua pareja en mención. Puede tener la trama unos condimentos algo ingeniosos pero indudablemente el quehacer cinematográfico cae en ser demasiado comercial en toda oportunidad y vacía todo potencial de sustancia y complejidad para hacer algo insulso, sumamente superficial y a todas luces efectista -aunque con algunos pocos toques de arte personal que lo disminuyen- de cara a la expectativa general más básica que seguro cae en la gloria porque se apega a la historia bonita y afín a la simpleza de nuestra actual modernidad, que tiene de eterno encanto hacia lo fácil.  Pero hay que remarcar que es el hito máximo dentro del cine romántico taiwanés que ha seguido un boom de su mano, y que como nos compete fue la solución que ha financiado su siguiente película, la que gracias a los ingresos de Cape No. 7 se convirtió en la película más costosa de la historia de su país.  

Pero no hay que ponerse tan serio con Warriors of the Rainbow: Seediq Bale porque no lo es, es entretenimiento puro y duro, pero con trasfondo histórico y cultural. Y es que viéndolo bien, aunque la forma de tratar el cine cambia sin radicalmente distanciarse, es como haberles dado a las damas lo que querían con Cape No. 7, y por supuesto a los más abiertamente románticos, y la presente a los varones, ya que ostenta una cantidad de violencia explícita que nada tiene que envidiarle a la película 13 asesinos (2010) de Takashi Miike donde hubieron 50 minutos de salvaje combate entre una ínfima cantidad de samuráis frente a una masa “imposible” de enemigos, tanto que parece que un año más tarde lo han superado, ya que aquí la segunda parte del filme, conocida como El puente arco iris nos entrega cerca de hora y media, dentro de las más de 2 horas de duración, de batallas sangrientas de estilo gore, resaltando distintas formas de muerte en combate, sin contar la dureza que implica digerir los implacables suicidios de las mujeres y niños de los Seediq, que principal y masivamente penden de cuerdas ahorcados en la selva. Es una matanza atroz la que expone el filme, como lo exhibe. Su alto contenido de acción bélica no tiene nada que envidiar a ningún acontecimiento mayor, a ninguna guerra, tanto que quizá es más dura de ver por su salvajismo en varios métodos para matar. La sangre fría es notoria, es parte de esta cultura indígena.  Un rasgo de identidad de la trama, porque se tiende a subestimar a los aborígenes, que demuestran una convicción de autoinmolación y asesinato implacable, avasallante y que domina la esencia de la película (en un momento surge una reflexión que rectifica una primera impresión, ¿no estamos ante una especie de bushido?), aunque habiendo características que aborda y que suman como su concepción de la muerte, en que la dignidad y el alma lo es todo, morir no significa nada si se va a vivir en afrenta, sobrevivir no es una opción decente si pierden sus costumbres, su yo verdadero, como en el significado del nombre de su tribu, que quiere decir hombres reales.

A los Seediq los vemos alegres cuando están en su elemento, son asesinos natos, no lo podemos negar, y no se figuran de esa forma sino de una manera más aceptada dentro distinta creencia cultural a lo que usualmente se conoce como civilización (no desmienten esa imagen, aunque luce más compleja de lo que creemos, y viendo el uso de armas de fuego entre ellos se adaptan sin suprimirse, no obstante resultan una amenaza constante según apreciamos, el choque cultural es inminente y más con una invasión y dominación a cuestas). Matar en ellos es una especie de orgullo, un modo de vida y un existencialismo, bailan y cantan alevosamente pensando al respecto, mientras minimizan nuestras concepciones de lo que es derramar sangre, sus danzas son exageradas, pero sin perder un cierto halo de seriedad, y es algo notorio como cuando están deprimidos alcoholizándose o efusivos bebiendo de un mismo tarro en medio de dos bocas juntas.  En el filme subyace una constante idea de intensidad de vida suprimiéndola o pereciendo, la historia es un poema de muerte, de gente macabramente poética en un tono vitalista, algo que no es muy occidental y que se trata muy bien. No engañar con esos aspectos, mostrar el salvajismo o la verdadera esencia es un factor a alabar de esta obra, aun recriminándole un regodeo con lo explicito hasta llegar al exceso que roza con lo inverosímil, con una cercanía con lo ridículo y falso, lo ciertamente chocante, no obstante no pierde sentido y fuerza en conjunto. Estamos ante un goce visual, una exclamación de violencia justificada en buena parte y a la vez tan libre que tiene mucho de entretenimiento, de moverse con algunos heroísmos sobredimensionados y artificiales, en los que sobresale inconfundible su máximo exponente, para bien y para mal, a un lado efectivo y  a otro caricaturesco, como todo el filme, en la presencia de Mona Rudao (Lin Ching-Tai), el líder de los Seediq, el que capitanea los ataques que vemos que empiezan en la primera parte titulada La bandera del sol naciente, en alusión a la llegada y control nipón, poco después de ver a Mona en su hábitat como un tipo especialmente dotado para ser un asesino, visto como héroe, en donde se confunden ambas definiciones en una, se fusionan y sacan algo positivo dentro de su cultura. Aunque puede ser desconcertante y hasta intimidador, un ser peligroso, convencido de sus ideales que lo hacen un jefe innato y la voz de una representación. Pero pensando que no todos los Seediq piensan igual que él, y lo tienen muchos por enemigo, tanto por su personalidad como por una competitividad que es parte de este tipo de aborigen.

Destacan las canciones autóctonas que justifican y se amoldan al conjunto como un detrás de los hechos o  entre los mismos personajes en pantalla, cantadas armoniosamente a capela. Nos describen el espíritu del filme, algo que se da a menudo, la explicación siempre está presente, como en el ataque a las comisarias en que se razona diciendo que hay  asuntos en que la forma ampara el fondo de lo que se busca, como una lectura simbólica, además, de lo que observamos en el ecran. En dichas agresiones se matan no solo a militares y policías extranjeros e invasores sino a familias japonesas y hombres desarmados; se le perdona la vida a muy pocos. Esta puede verse como una virtud de este cine taiwanés abierto al público, en donde existe la autoría, no solo por la violencia poco afín a la unanimidad, sino por mostrar un cierto realismo que de cierta forma puede verse como imparcial, es decir presenta tanto lo deplorable como lo rescatable, si bien el nacionalismo y la demonización nipona es flagrante, aunque también atenuada porque tampoco podemos desmerecer u obviar algunos momentos de humanidad japonesa, que son los menos, como tampoco una crítica hacia los salvajes que se deprende aun abalando el proceder de los aborígenes ya que no todo el accionar indígena parece el idóneo a nuestro entendimiento.

Es una historia que a pesar de tener un héroe ensalzando es como una visión coral de los Seediq, como en la visualización mental de un moribundo Temu Walis que ve a Mona Rudao en un rival de su clan, todos son una única persona y ninguno son uno solo, es la articulación de muchos exponentes que en interpretación simplemente cumplen su rol, aunque habrán personajes que recordaremos, como los hijos o el padre del principal líder salvaje, el niño que quiere ser un héroe de su tribu, o los dos policías asimilados al Japón siendo aborígenes, como por su lado nos quedan otros dentro de los japoneses, el general Oshima, que aunque breve sobresale perfectamente como el pensamiento de una potencia, y Genji Kojima (Masanobu Ando), jefe de una comisaria que clama venganza, junto con el temeroso y amigable comerciante que vende licor o el policía que detesta a los Seediq y que motiva por su lado el ataque de ellos. No son nombres que queden demasiado en la mente pero funcionan muy bien al alimón del conjunto. 

La película, porque es solo una, dura 4 horas y media, dividida en dos partes, pero que son plenamente continuas, una no existe sin la otra, hay que aclarar, sobre todo la segunda parte, claro está, que sería el asunto en sí tras el background de la primera.  Estamos ante algo muy cinematográfico, una propuesta comercial con el toque de atrevimiento y la huella dactilar de Wei Te-Sheng. Lugar en que no se puede creer que todo sea verdad, refiriéndonos a la precisión del contexto histórico, en que aparte de eso las batallas en definitiva se pliegan bastante a la magnificación y al entretenimiento, sin embargo ayuda mucho a plantearnos el panorama, a recrearlo y mucho a vivirlo, a sentirlo y gozarlo como si estuviéramos ahí, en lo posible ya que hay ratos en que nos distanciamos, mucho en la exageración. El tiempo vuela, no se percibe como un lastre, aunque nos exige algo de paciencia con cierta reiteración. Los efectos especiales son maravillosos, hay una exaltación al respecto, una inversión visible. No es de mucha belleza visual, pero tiene sus momentos, como con el rojo de la naturaleza, el de los cerezos en flor, que admiran muchos personajes y a lo que no podemos faltar tampoco. En definitiva, una película que puede ser todo lo diáfana criticable -que también un poco en parte es un don en las definición de cómo son en síntesis los Seediq- pero que termina siendo sumamente atrapante a pesar de los errores. Una de esas obras que finalmente pagan el esfuerzo de un sueño hecho realidad. En un placer “culposo” bastante digno de alabanza.


miércoles, 3 de julio de 2013

California Dreamin'

Dentro del cine moderno rumano sobresale el nombre de Cristian Nemescu, quien murió a los 27 años de edad en un accidente de autos antes de finalizar la edición de esta película, la que se alzó con el premio de A certain regard en el Festival de Cine de Cannes del 2007. Con tan solo un largometraje "inconcluso", un mediometraje que en principio no iba a serlo y menos de media docena de cortometrajes (alguno premiado) en su haber se ha ganado un buen lugar en la memoria colectiva de su país y en la comunidad internacional al pasar por Cannes.

Marilena de la P7 (2006), ha servido como formación para su siguiente película (la que aunque en parte no lo aparenta por su narrativa discreta, sí que es muy ambiciosa y no solo teniendo en cuenta el tiempo de duración), aunque hay que proclamar que destaca, contando con tan solo 48 minutos de metraje. Marilena de la P7 trata sobre el primer amor de un avispado chiquillo de 13 años de un barrio de Bucarest que para impresionar a la mujer de sus sueños, una joven y guapa prostituta de tetas chicas (duraznos pequeños como se suele repetir -y atraer entre personajes- en el cine de Nemescu), capaz de provocar cortos circuitos sin tocar la luz, decide robar un ómnibus público siguiendo el consejo de que las mujeres solo aceptan pretendientes con vehículo y dinero. Es una historia dura y romántica que bien vale la pena tener muy presente, y de la cual pasan ideas a su última incursión en el séptimo arte.

La trama de California Dreamin' (2007) se basa en un hecho real ocurrido en 1999, un tren que transportaba armamento clasificado del ejército americano en representación de la OTAN en dirección a la guerra de Kosovo en la ex Yugoslavia fue detenido en Rumania quedándose estancado por cinco días. Ese fondo ubicado dentro de la película en un pueblito llamado Capalnita permite desarrollar una historia de ficción que implica el resentimiento de un hombre hacia Estados Unidos tras la segunda guerra mundial a partir de un incidente familiar en el año de 1944, recordado en un clásico blanco y negro que implica otro pequeño cuento.

Doiaru (Razvan Vasilescu), un tipo humilde pero instruido encargado de la estación de tren será el escollo que no permita ese ansiado pase si no le entregan ciertos papeles que avalen la carga militar, aunque ellos tengan el permiso del primer ministro, creándose una interrelación con el convoy americano que da pie a varias sub-tramas de orden afectivo, económico, social y cultural que involucra la influencia que puede tener Estados Unidos en los sueños rumanos, viéndose desde la perspectiva de este país europeo, que tiene a un imitador de Elvis Presley cantando la muy conocida y dulce "Love me tender" (Ámame tiernamente) en su día de celebración en honor a los visitantes (algo que se ve también en Marilena de la P7), no yendo más allá de lo común en una humanización general que incluye al capitán anglosajón y su tropa.

En las sub-tramas está que la hija de Doiaru, Mónica (Maria Dinulescu), una chica de 17 años de edad, bastante atractiva, engreída y resuelta quiere irse de su casa, no quiere estudiar en la Universidad como espera de ella su padre con quien no se lleva bien, y no ve mejor forma que enamorar a algún soldado americano con la promesa de que la lleve a su país, encontrando esa solución en el acercamiento al Sargento David McLaren (Jamie Elman), aun sin saber ni una pizca de inglés y provocar algunas risas al paso en cómo busca acercarse a él, mientras el hijo del principal dirigente huelguista y enemigo del hombre de la estación, Andrei (a quien le sangra la nariz cuando se emociona, un rasgo de identidad de Nemescu), ama con febril locura a Mónica, aunque ella ni lo nota. Con ellos yace la interesada hospitalidad del alcalde (Ion Sapdaru) y la picardía de un soldado rumano (Andi Vasluianu) haciéndose pasar por oriundo del país de las barras y estrellas para poder rodearse de bellas mujeres y atenciones, ya que yacen como enloquecidas por los extranjeros, en un ambiente de especial desorden calmo y de inamovilidad mientras la historia se rinde al folclore que representa un lugar como Capalnita (pero sin que se desvirtúe su esencia universal y hasta ideas modernas), y donde el único que sufre por no concretar su misión es el capitán Jones que siente perder su paciencia y los recursos de su imaginación ante la terquedad a toda prueba de Doiaru. Papel que interpreta un rostro ubicable aunque no tan popular en el cine americano, Armand Assante.

La película dura casi dos horas y media, y como se ve es larga pero aunque se mueve con calma no llega a extremos y está muy lejos de abrumar o pesar. En esta hay mucho realismo bajo un tono ligero, y es algo que es parte del cine rumano que lo maneja muy bien. Sabe combinar lo suyo con lo que todos somos. Tiene además conseguidos momentos cómicos pero que van leves en el conjunto sin quedarse pegado a ello y en sí tiene una atmósfera que no cae en demasiada profundidad sino presenta y oscila en el relajo y en la sencillez pero no como para anular momentos serios porque tiene buena cuota de drama, tensión (no tan exaltada en realidad pero implícita), imprevisto y finalmente violencia (algo que se puede intuir, se espera intrínseco más que exacerbado en el conflicto de no poder avanzar). Y es de resaltar que sabe escapar del lugar común aun tratando lo identificable. Es una película que luce coral y trabaja sus sub-tramas, las interrelaciona de forma bastante inteligente y no se queda en un punto, se matiza mucho en varias aristas dándoles a todas su importancia. Es una trama amplia que habla de buen manejo colectivo, con giros y hartos vínculos. A su vez, es una virtud y distinción que la trama cambie de humor, incluyendo sus personajes que denotan distintas características y emociones, pueden ser muy reprochables o divertidos para luego ser hasta corruptos o coherentes. 

Estamos ante dos culturas distintas que se encuentran y conviven sin problemas como si se parecieran o quisieran hacerlo, combaten (de forma aislada y excepcional) o se brindan satisfacciones. Se puede ver claramente que el capitán Jones y Doiaru representan la figura de una relación conflictiva y parametrada aunque con modales, que en realidad ya es anacrónica, y así lo muestra el director rumano. Destaca ver que lo político casi no existe, no se percibe mucho, y si hay algo en esa línea es sumamente superficial y sin darle ninguna trascendencia, sin argumentarlo. Nemescu no quiere abordarlo desde ese lugar, al que le vemos aclimatación, comprensión y hasta cariño hacia lo americano (como con los múltiples pósters del rapero Eminem en el cuarto de Andrei en Marilena de la P7; cójase la conexión y continuidad autobiográfica). Y es que el título ya lo dice todo, basado en la popular canción "California Dreamin" del reconocido grupo hippy The Mamas and the Papas. Sin embargo, la historia sirve también de crítica a la dependencia extranjera, ya que finalmente en el desenlace nos queda el mensaje de que los rumanos pueden proyectarse con Estados Unidos y afuera pero deben encontrarse a sí mismos desde su propio lugar (aunque sin obviar lo cosmopolita). Subyace en la práctica familiar de Doiaru y Monica.

Es importante reflexionar que aunque este filme lleva entre paréntesis la palabra inacabada, no se aprecia en ningún momento que algo luzca faltante o notoriamente imperfecto, sino que es una obra muy bien desarrollada, y es una propuesta que bien merecido tiene su reconocimiento siendo una buena oportunidad de proclamar que el cine rumano es uno de los más atractivos y sólidos que hay en el mundo, sin obviar que puede confundirse su (notable) normalidad con algo menor, su tono contrario a lo solemne, su capacidad de simpatía y natural humanidad ("perdonando" algún entendible “exabrupto”, la tragedia en la manifestación y complot), porque sabe contar y armar una historia de múltiples vertientes, terminando en nuestra mente como una suave bola de nieve, cuando procesamos y vemos el alcance de sus pequeños relatos y su variedad temática. 

viernes, 28 de junio de 2013

The almost man

The almost man, Mer eller mindre mann en el original, se alzó con el máximo premio, el Globo de Cristal, del 48 Festival de Cine de Karlovy Vary (2012). Es una película noruega y ópera prima de Martin Lund que también se encarga en solitario del guion. Su trama no pasa de ser sumamente simple y ligera de digerir. Sencilla de acopiar en unas cuantas líneas. Se fija en Henrik (Henrik Rafaelsen, mejor actor en el mismo festival por esta película) que es un tipo bastante inmaduro, aunque sobrellevándolo dentro de una vida confortable y segura, conformada por un hermoso apartamento, un común buen carro, muchos seres queridos, un deporte entre entrañables camaradas, una relación afectuosa con su madre y un empleo serio. Henrik se comporta como un muchacho teniendo ya 35 años y una nueva responsabilidad que afrontar, el embarazo de su novia, con la que convive dentro de una relación agradable de tono liviano, como si fueran dos muy buenos amigos, sin embargo éste sigue buscando hacer lo que le place, hacerle caso a sus deseos e impulsos primarios y espontáneos. Se aburre de su nuevo trabajo, de sus ocupados colegas, y está siempre atento a la broma, el diálogo chispeante y al relajo, en donde la línea de su naturaleza simpática termina volviéndose una molestia y hasta cierto punto un problema. Pero no tanto como para generar un drama complejo, ya que la historia toca la inmadurez muy superficialmente, como si fuera algo pequeño propio de una decisión reflexiva manejable, no ardua, a un nivel de gente bien educada pero que puede y quiere ser ordinaria.

Se observa el leitmotiv de la película en muchas escenas siendo su historia monotemática, bien centrada sin aparatosidad. Rescatamos una en especial en donde Henrik, un tipo alto, típico caucásico nórdico, manganzón y delgado, tras aburrirse en una reunión de su pareja, baja, se mete en un carro ajeno y orina sobre el trabajo, un libro infantil de Peter Pan, de una compañera de ella, a propósito de sentirse “avergonzado” a instancias de hablarle poco antes mientras le colgaba un moco en la nariz; enseguida tras toparse con su pareja y no saber explicarse, ni interesarle, escapa hacia una fiesta de sus mejores amigos, tan inmaduros como lo es él, y termina peleándose con alguien de su trabajo, a razón de mearle el balcón, y estando íntimamente con una chica fácil del grupo a la que poco antes alguien le ha enseñado la entrepierna entre bromas. Es una trama a la vera del estilo de vida de una generación joven acomodada actual europea con clara influencia americana, y su discurrir es fácil de ver, de entender, de caer en gracia por el lado fresco, ya que todo es muy directo, coloquial y cotidiano, y no sé si tanto de disfrutar en general, porque casi no pasa nada que trascienda o nos cree mucha complicidad. No obstante hay emociones, tocadas en su análisis de forma leve, pero existen, y mucha expresividad al respecto, el protagonista se debate especialmente dentro de una, la de la euforia, y seguro muchos pueden apreciar su tono y contexto rápido de identificar con la buena vida. Una cara que parece el opuesto radical al cine que hace Ulrich Seidl aun teniendo varios ratos exhibicionistas, al que utilizo para comparar lo que verán. Si en el austriaco lo sórdido y sucio es su fuerte, la problemática yuppie es la que asociamos a la presente película.

El protagonista parece un niño viejo como se le suele atribuir en jerga a su clase de personalidad en nuestra sociedad, a todas luces amigable, muy parecido a cualquiera de los íntimos compañeros de juerga de nuestra juventud, y es su trance a la conversión de lo que significa ser un hombre en cuanto a tomar seriedad y responsabilidad en la vida, transformarnos en un ser un poco aburrido digamos o mejor dicho a una existencia menos abierta y más contenida, la de alejarnos un poco de nuestro egocentrismo y enfocarnos en los que dependen de nosotros, lo que tenemos entre manos, en un estado en donde solo se trata de restringir un poco nuestro comportamiento. Y realmente la película parece poca cosa, tema que no es asunto de sutilidad en cuanto a escarbar en ella (sino de sustancia), porque solo ciertas pequeñas partes de su repetitivo mensaje se esconde en eso aunque las apariencias engañen, sin embargo no deja de apreciarse muy real, que pasa más a menudo de lo que creemos, porque no solemos anhelar crecer, salvo en el caso de obtener libertades y permisividad, solo beneficios, y no de asumirnos como la imagen estereotipo de un padre, de un hombre de familia. Siempre esperamos componer ciertas figuras, pero no desestimemos que un día se pueda descubrir que somos lo que menos hubiéramos pensando, así es la vida. De lo que se trata es de un papel que a todos nos llega en algún momento, el de envejecer, primero mentalmente para luego ir hacia lo físico. La forma de la película no le pide mucho al protagonista, ni a través de su persona a nosotros en su mensaje, sino algo tan pequeño como viene a lucir toda esta obra, aunque nos hable de un paso significativo en la vida de toda persona, ese hola tras el diluvio con la pelea de pareja en pos de lo inevitable, aunque Henrik intente bailar seriamente y no crea poder.

Pequeña, afable y llevadera, aunque no en estado de gracia, ni tampoco indispensable, donde no faltaran los que verán un cine independiente de recursos mínimos, lo que yo en realidad veo como un cine comercial de autor, más amable que otra cosa. Propone simpatía y esa es su mayor atracción, recurre al optimismo y tiene algo de original, observando a Henrik en el juego de ponerle un nombre de acuerdo a como se ve.

lunes, 10 de junio de 2013

Stoker

La primera incursión de uno de los grandes directores coreanos, Park Chan-wook, en Estados Unidos ha dado como resultado la presente. Que nos recuerda un poco lejanamente a La sombra de una duda (1943) de Alfred Hitchcock, sin embargo hay que decir que la obra del británico es muy superior, y me duele admitirlo porque soy fanático del cine coreano moderno, aunque mucho también del maestro del suspenso, pero lo que hace el famoso director de Oldboy (2003) es bastante simple e inferior fuera de las apariencias, denotando muy poca sustancia y muchos errores, en pocas palabras es un bluf. No es todo lo interesante que si es la de Hitch que aunque subyace en su constante inocencia y apertura, tiene algunos ratos de antipatía, diálogos explicativos varias veces molestos, es notoriamente toda una obra maestra del séptimo arte, con un Joseph Cotten haciendo lo que a Cary Grant no le estaba sido permitido, y seguramente fue porque es un actor menos carismático y menos estrella, sin embargo su entrega y disposición no hacen más que alabarlo y darle un mejor lugar en nuestro recuerdo. Junto a una Teresa Wright que como se solía ser, era toda una señorita, una dama, madura pero dulce, simple y familiar, aparte de bella (tanto como deseable sin esforzarse) y común a muchas, guardando esas formas que naturalmente la hacían tan idónea con su personaje.  

Ver a Mia Wasikowska también ha sido un deleite de alta categoría en aspectos más típicos a nuestros tiempos, con una personificación muy destacable (su solvencia como actriz es irrefutable y mucho se debe a que no sea todo lo grande que parece ser a que sus elecciones cinematográficas no suelen ser tan atractivas o son secundarias), como una chica con muchos conflictos internos, que por fuera como es normal ante ello se muestra extraña, defensiva, y es captada de esa manera, aunque es muy inteligente y segura de sí. Puede ser capaz como dice en un rato de celos de abrir una puerta nueva a su personalidad y en ese lapso deparar un momento inolvidable a otra persona. Ella está pasando por el trance de convertirse en una mujer –al punto de competir con su madre- en medio de la muerte violenta de su padre, el egoísmo, egocentrismo y anhelo de deseos de su hermosa progenitora (también muy destacable Nicole Kidman que se asume en un papel más de cartón que complejo pero que sus gestos de delicadeza, esnobismo y vanidad la hacen digna de mención, aunque por detrás de una Wasikowska que es demasiado dominante en cuanto a talento e historia) y la interrelación de un nuevo modelo en su solitaria existencia, su tío Charlie que acaba de regresar y meterse en sus vidas (Matthew Goode, que lo hace bien en un papel de lujo para alguien muy desconocido, pero que no es finalmente tan atractivo en el guion y se queda en una figura de monótona expresión que termina cansando).

Park Chan-wook hace de un filme que en realidad es muy comercial en cuanto a su historia algo más elaborado, le proporciona morosidad, calma, lo reviste de la elegancia de antaño. Complejiza la forma, la ennoblece y la disfraza con su estética, que tiene un aire vintage delicado, de colores opacos y oscuros. Nos pone en un “anacronismo” aceptado, en un lugar de clase alta culta y refinada de un pueblo americano. Envolviéndonos bajo su toma técnica y audaz, en sus detalles y en una personalidad que recubre el ambiente.  Como si nuestros rasgos trataran de salvar y transformar lo que parece destinado a no ser importante.

El problema es que no abundan los aciertos en la historia, e incluso la exageración propia de la contemporaneidad, el mismo Park Chan-wook y el cine de su país terminan siendo incongruentes con la elegancia e intelectualidad que antes ha estado trabajando. El nuevo toque pesa en contra y no es ingenioso, hasta desdibujar el elogioso precedente. Abarata el logro y muestra tal cual al relato. Ya por entonces todo está perdido, y solo queda la belleza de la sangre sobre las flores. La estética de Park Chan-wook.

Dentro de lo positivo funciona durante un tiempo correcto el halo de misterio del relato y la hazaña de develarlo rápidamente gana puntos a favor ya que es irrelevante oliéndose a metros. Funciona en lo necesario sacándole el debido provecho. Luego el resto de lo que se guarda en secreto no es una revelación que sea atractiva sino muy ordinaria y manida, no obstante la mano del coreano en la manera de visualizarlo es la que vuelve a hacer algo mejor de lo que es en sí. Lástima que nuevamente el guion sea tan poca cosa y el querer ser original a través de este termine siendo tan vacío. Asunto que cobra la factura al conjunto que no teniendo una base jugosa representa una continua desilusión tras otra. La sorpresa falla cada vez que aparece, por superficial y no tener asidero argumental. Solamente India (Mia Wasikowska) sobresale al respecto,  con cierta forma y valor que relacionada a una perversidad que parecía prometer a través del tío Charlie crea una expectativa que se diluye hasta pasar desapercibida. 

Volviendo a lo negativo, los crímenes caen mayormente en ser algo absurdos y poco impactantes, salvando uno predecible pero inteligente en el recuerdo de la arena en donde juega el hermano pequeño, y algún otro parcialmente logrado.  El filme nos hace recordar un poco las de Psycho, el hallazgo en la heladera, el pasado en el manicomio o la sonrisa de Goode en comparación a la de Anthony Perkins junto con un pasaje donde a este se le percibe con mucha inseguridad, la que más tarde le abandonará por una personalidad nueva (radicalmente distinta a la de Norman Bates, digamos de paso, ya que lo hemos mencionado). Seductora y firme. Que deparará  la lección y admiración del alumno hacia el maestro. El tolerante “somos familia, no importa querernos”, leitmotiv de toda la película, quedará de lado por un apasionamiento, aunque apuntando que no sobreviven muchos instantes en la memoria; los que brillan en su inducción a través de las cualidades del último tío Charlie, de quien nos preguntamos ¿de dónde provienen? Pero ya que hemos mencionado a Hitchcock, debemos de refrendarlo diciendo que él no creía en esas preguntas de verosimilitud sino en preocuparse solo por el entretenimiento. Que hay que decir que la presente tiene lo suyo solo que no resiste una crítica aguda.

Tratar de darle un background asesino a la historia a través de la caza o la taxidermia queda muy suelto, artificial e insustancial, tanto como no darle motivos a otro personaje. Escenas como la sensualidad de la imaginación en la pieza apasionada en el piano aportan un sentido que pudo caerle mucho mejor a la trama si lo hubieran explotado y direccionado más y con mayor ingenio, como no pasa visualmente en el orgasmo en la ducha tras la excitación homicida, una buena idea no conseguida en toda su magnitud. Sumando simbolismos desafortunados, como el del rifle o la correa, mientras alguno como el de los zapatos de taco alto aunque obvio, es atrevido, honesto y resulta atractivo. Estamos ante un Park Chan –wook desperdiciado, al observar su estética y la forma que ha labrado delicadamente –como muestra tenemos la intervención repetida de las arañas, una especie de simbolización de posesión o envenenamiento-, y no en su mejor intervención por un guion y una historia bastante mala. Esperemos regrese con algo mejor. Desde aquí creemos que nadie lo tiene seguro, mucho menos si se es atrevido, e ir a trabajar a Estados Unidos siempre lo es. Pero desde ya es un tipo de condecoración, aunque muchas veces –creo, mayormente- termine siendo el producto una decepción.