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sábado, 23 de noviembre de 2024

my old ass


Todos en Hollywood apuestan por su inversión, los productores no vienen a jugar, vienen a hacer dinero, quieren apostar a ganador, pero por una parte quieren justificar el éxito, generar algo parecido al arte o quizá sí un poco de arte, pero pensando en llegar a mucha gente, ganar dinero y ganar prestigio, merecer el triunfo digamos, aun cuando lo más importante es que el negocio del cine sea lucrativo. Los guionistas así como los directores de cine de ese mundo, aspirantes al Hollywood puro y duro, tratan de pensar películas que lleguen a conquistar a mucho público con algo interesante, entretenido y amable en general. Muchos fallan y hacen películas de fórmula que calman solo a los cinéfilos más casuales o básicos, pero hay películas que efectivamente son amables, entretenidas y al mismo tiempo artísticas e interesantes. Una de esas justamente es la presente, de la canadiense Megan Park que además escribe el guion en solitario. Empieza como la típica película de los nuevos tiempos, aspirantes a ser cool en ésta modernidad, apuntando a la chica locuaz, de esas que quieren ser populares y lo son y se creen por encima del mundo portándose como eternas adolescentes irresponsables e irónicas. Pero pronto probar una extravagante droga de aquellas que te hacen alucinar, ver visiones y padecer misticismo hace que Elliot (Maisy Stella) dialogue con su yo del futuro, su yo de 39 años de edad. Ella (Aubrey Plaza) sólo le dirá que evite a alguien (como si fuera el demonio). Éste es un super gancho, un sci-fi de conocer el futuro de una muchacha entrando a la mayoría de edad. Incluso antes de ver la película el quehacer fantástico hará que muchos -como yo- sientan curiosidad por el filme, un filme que a priori sin esto no parece llamar demasiado la atención, pero Megan Park es audaz y con únicamente un pequeño aviso pone en juego una película -pero no esperen nada firma Shyamalan-, logrando algo más intrépido que llenar la película de lugares comunes sobre el futuro. El misterio se resolverá y completará un relato donde lo que vendrá se anticipa en los diálogos, pero de manera algo oculta. Es una narrativa sobre crecimiento, madurez, de empezar a dejar de ser el ombligo del mundo o un ser en buena parte insoportable y pasar a mirar nuestra humanidad, lo que damos por normal. Empezar a decirle te amo a lo que amamos, a lo incondicional. Se produce crecimiento emocional e intelectual no con el sufrimiento sino con los afectos. Ya los que no quieren enternecerse la desestimaran fácilmente, por no catalogarse de inocentes, pero es un filme que es pleno en lo que hace. Megan Park pasa del eterno modernismo liberal a un filme cálido, que no por un poco ñoño, no hermoso. No teme pasar de lo contemporáneamente omnipresente a lo suave. Hace que el estilo de Hollywood inspire su trabajo, brille en sus reglas, con una historia sólida y original por simplemente algunas pequeñas cosas, como quien reformula una obra con un ingrediente secreto o especial generador de un placer por encima del resto al postre que todo el mundo suele preparar regularmente. La película no hace uso solo de la madurez, sino que se ampara también en esa vitalidad juvenil capaz de vencer o saltarse toda dificultad, que está hecha de titanio y que está lista para brincar al vacío y volver de éste. Ese rasgo de fuerza. Es valorar el futuro, pero también mucho el presente, la sabiduría y la fortaleza física. Otro punto bastante virtuoso es hacer que Chad se le meta en las venas a Elliot a toda costa y no se trata de un acto de idiotez -aunque el amor siempre tiene de salto al vacío-, sino un acto de notable seducción. Muy bien el flaco Percy Hynes White, y aun más, una muy prometedora Maisy Stella, junto con una Aubrey Plaza que aquí le hace nombre a su popularidad. 

martes, 2 de enero de 2024

Rollerball y The blood of heroes

Rollerball (1975)

La dirige el canadiense Norman Jewison. Es la película por esencia de los deportes futuristas expuestos en distopías. Está basada en el cuento de 1973 del americano William Harrison quien se encarga del guion y denota ser fiel a su procedencia literaria, a su austeridad en general. Rolleball es más compleja que las películas de su tipo, no obstante opta por planteamientos simples finalmente, como lo del poder controlador de una empresa fantasma -ubicua pero sin identificarse específicamente- que hace de Gran Hermano, con el deporte como nexo popular conquistador/pacificador de las masas. Un deportista de élite, Jonathan E. (James Caan, en una de sus actuaciones más memorables), ha batido todo récord y se ha convertido en un héroe nacional, la máxima celebridad mundial, y cómo haciendo una lectura de la vida de (y quien fue) Muhammad Ali se sostiene que nadie puede ser más grande que el sistema o el orden establecido. Se señala que el deporte en sí debe pesar más que cualquier individualismo, y sin tanta cháchara, con una ambigüedad y misterio light, se le pide a Jonathan E. que se retire, pero Jonathan E. no quiere, aun cuando el deporte se pondrá más rudo, más especial, con él. En el mundo distópico del filme, el poder busca que la gente esté desprovista de profundidad. El poder se encuentra representado en especies de empresarios, a los que se les ve como millonarios entre engreídos y caprichosos y seres robóticos, repetitivos. Estos empresarios ambicionan controlar todo y a eso se dedican. A esa vera los subyugados (la población) tratan de congraciarse con el poder y es así que la mujer amada de Jonathan E. se va de su lado, donde luce en mucho semejante a una dama de compañía. Ella, igualmente, parece una autómata, curiosamente representada por la modelo y actriz sueca Maud Adams. La presente es una película de ideas sin demasiado desarrollo. Hay una atmósfera típica del mundo distópico, un estilo sobre esto, de cierta inquietud, pero es mínimo. El deporte expuesto es extravagante y tiene escenas violentas bajo esa batuta. Tenemos motos, golpes, balones, un velódromo. Es un mix de prácticas deportivas, pero tiene mucho del hockey. Presenciamos muchas secuencias de éste deporte futurista llamado Rollerball y si bien tiene sus momentos emocionantes carga cierto sinsentido como deporte, falta un poco de mayor credibilidad. A Rollerball parece que le falta más sustancia. Es como una promesa trunca ante cierto estado de ambición conceptual. No deja de ser una propuesta atractiva, pero a todas luces había material como para hacer algo más especial, aunque de todas formas la parte deportiva tiene su destaque, su cuota de originalidad. Se siente que coge de muchas partes sin ahondar, en ello lo hace más decente con Antonioni que con Kubrick. 


The blood of heroes (1989)

Ésta es la única película que ha dirigido el célebre guionista David Webb Peoples, guionista de obras maestras como Blade Runner (1982) y Unforgiven (1992) y de la interesante Twelve Monkeys (1995). The blood of heroes (1989) es sólida en su credibilidad como una combinación entre football americano y gladiadores romanos. En la película de David Webb Peoples el deporte es la puerta hacia pertenecer a la élite, al grupo de los privilegiados, dentro de un mundo postapocalítptico como del tipo de los desiertos de Mad Max. La trama es una historia de sueños y segundas oportunidades. The blood of heroes es una propuesta básica esencialmente, no obstante, tiene varios elementos deportivos reales/reconocibles muy bien expuestos en éste mundo distópico. Es plenamente competente, efectiva y notablemente entretenida (con un protagonista, interpretado por Rutger Hauer, que tiene potente pinta de legendario). The blood of heroes se presenta de manera muy frontal y sencilla donde en ese trayecto está llena de empatía de cara en particular a los que les encantan las películas de acción de los 80s y 90s, de la época dorada de éste cine, y para los que aman el deporte. Maneja muy bien la emotividad, la que yace en su punto, presentando a dos personajes valiosos enfrentados a la fragilidad y a su sensibilidad de cara a la existencia y a sus sueños y metas de ser mejores, como de salir adelante. Sus historias y luchas son una preparación para entender y ser plenos en el mundo. Estos personajes los interpretan con mucho talento Joan Chen y Vincent D'Onofrio. Éste último venía de impactar a todos, de ganarse mucha admiración, con su papel en Full Metal Jacket (1987). Joan Chen es una mujer muy fuerte en varios sentidos, especialmente ruda para destacar en el deporte, en la distopía de un tiempo futuro. Tiene que serlo si quiere tener éxito. Buscar vencer las dudas que suelen presentarse frente a una enorme exigencia, no sólo física, muy competitiva (muchos quieren llegar hasta la cúspide), sino existencial, para cumplir sus sueños, complicados, escurridizos para muchos. Incluso debe ser un poco cruel dentro de una cierta firmeza para conseguir sobresalir. El filme plantea solventar la resistencia corporal y auto-motivacional. Kidda (Chen, la que aunque visualmente bastante rústica mantiene cierto atractivo físico) se exhibe además dentro del papel romántico (compañera pasajera del protagonista), inmersa en una existencia en todo sentido áspera, difícil de disfrutar, muy poco embellecida, como aludiendo cierto cine social. Hauer como el mítico Sallow representa al hombre curtido, pero sin vanagloriarse o pintar de que lo sabe todo porque ha sufrido. Él es un samurái, un verdadero gladiador, un hombre experimentado y humilde, que sabe qué tiene que hacer/potenciar para vencer, que entiende qué ha perdido, qué no tiene y qué quiere y qué va a conseguir (por su mentalidad de campeón). Conoce la gloria máxima y la caída en el olvido, como el poema de Kipling. Sabe cual es el camino para volver a la cima. Es el estratega por antonomasia. Su figura es la de aquellos que hablan poco, pero es un maestro, de los jóvenes que lo admiran en silencio, quienes saben quien es, más allá de las engañosas apariencias. Sallow es el hombre que promete, con acciones, como líder, el futuro. Joan Chen tenía 28 años y Vincent D'Onofrio 30 y señalan justamente juventud. Hauer tenía (preciso para el rol) 45, la edad donde el deporte suele dejarse por lo general de practicarse en alta competitividad, y esto habla de la mediana edad y querer alcanzar de cierta manera lo "imposible" o remar contra las probabilidades. 

sábado, 23 de septiembre de 2023

Humanist Vampire Seeking Consenting Suicidal Person

Éste título tan extenso se desarrolla plenamente en la propuesta y ópera prima de la canadiense del lado francés Ariane Louis Seize. Es una película familiar de vampiros que recuerda al buen Tim Burton. La protagonista, Sasha (Sara Montpetit), una mezcla entre Morticia y Miércoles Adams es una chica que no quiere ser vampira, es decir, no quiere matar para comer. He ahí su dilema existencial. Louis Seize también ha mostrado mucha inteligencia puesto que el vampirismo está emparentando con ser mujer, madurar, habiendo muchas asociaciones audaces y al mismo tiempo bastante claras en ese sentido. Montpetit es muy carismática en su papel e imprime personalidad. Así mismo el filme retrata la etapa final escolar y la habitual lucha americana entre ser cool o freak; lo hace con un estilo suave, sin sobreexplotar el tema, como parte de que Sasha se incorpore a su esencia vampírica, como anhelan sus padres, especialmente la madre, viendo que el padre es como todos más engreidor. El filme tiene un aire cool y también cálido. Por otra parte tenemos a Paul (Félix Antoine Bénard), un muchacho que es visto como tonto e involucra la parte depresiva del asunto general, al punto de que no quiere vivir. Esto yace expuesto de manera light, como un clásico pensamiento inmaduro de la temprana edad, aun cuando Paul aunque yace mucho con una expresión de eterno sorprendido es alguien serio. Sasha es esa chica especial que viene a impresionar y revolucionar la vida del amable Paul. Hay una excelente escena donde Sasha acecha como vampira hambrienta a un solitario Paul que camina de noche y se siente perseguido. La escena termina siendo inocente, pero hace buen uso de los elementos del terror. Es una película que recurre a muy poca violencia. En la central, Sasha como en la sueca Déjame entrar (2008) tiene que intervenir para salvar (o empeorar) la situación. La escena no es tan fuerte, pero es importante. En la película los vampiros tienen su propia sociedad en el planeta. El filme la explica toda detalladamente con su cierto toque de humor. Aunque pretendiendo un poquito más de ritmo ésta luce como la película que quiso hacer Gus van Sant con Restless (2011). 

sábado, 20 de mayo de 2023

Skinamarink

Ésta película ha pasado por varias salas de distintos países, a todas ellas ha llegado sin mucha pompa, pero con convencidos de que estaban ante algo interesante, ha producido comentarios positivos. Es el debut del canadiense Kyle Edward Ball, y tiene una cierta impronta de cine experimental, sobre todo por el final. No obstante en sí es un filme sencillo, fácil de seguir, pero curioso. Estamos en una casa grande en la noche, dos niños se han quedado solos en la oscuridad, con algunas luces pequeñas o tenues solamente en algunos pasillos. Juegan en la sala con el tv encendido. No pueden dormir. En esa oscuridad el director apuesta por trabajar con los miedos de la infancia, frente a esa oscuridad, agregando que los padres parecen haber desaparecido. En realidad los padres como que van y vienen pero son entes que se pliegan al miedo también. En un momento el padre llama a la distancia a sus hijos o les da algunas ordenes, luego desaparece, como si fuera parte de una historia tipo A sangre fría de Capote y la inminencia del peligro rondara como rezago. La madre parece caer en algún tipo de posesión a lo El proyecto de la bruja de Blair (1999). El filme denota inspirarse en conjunto en Poltergeist (1982), con entes demoniacos rondando el interior de la casa. El uso constante del televisor y los juguetes como fuente de terror son clásicos de esa película a su vez. El televisor siempre está emitiendo cartoons antiguos (de dominio público). Los niños pocas veces muestran sus rostros, vemos sus piernas o partes del cuerpo en movimiento. Se trata de un niño y una niña, suponen 2 hermanos. La imagen tiene la tonalidad del visionado nocturno o de la cámara nocturna, tipo Paranormal activity (2007). La cámara muchas veces simplemente se pasea por la casa, por ángulos tétricos. Hay un par de jump scare. También hay sorpresas visuales implicando a demonios consiguiendo posesiones. El filme en mucho es el miedo que le produce la noche y la soledad a los niños, sin el cuidado de los padres, recorriendo su casa. Pero hay algunos otros efectos, sonoros, estéticos y tomas que producen la sensación de miedo, así mismo la luz perpetra flexibilidad y tensiones. Es un filme que a ratos luce bastante básico, se mira austero, se ve de bajo presupuesto, tal es el uso de una única locación, pero al mismo tiempo se percibe audacia y originalidad. El final lleva sólo dos líneas que pueden asustar un poco, es un buen remate, así como los demonios parecen decir que ya cumplieron con su misión y con el uso del cine experimental vemos como se enuncia su retirada y su nueva búsqueda. 

lunes, 27 de junio de 2022

Crimes of the Future (2022)


Ésta, la última película del maestro canadiense David Cronenberg, fue la sensación del festival de cine de Cannes 2022, aunque el jurado no le dio ningún premio. Se ha estrenado austeramente en Canadá y EE.UU y prácticamente no se ha estrenado internacionalmente en salas. El filme es visualmente austero, luce de muy bajo presupuesto, los lugares se ven lúgubres y con lo esencial solamente, por lo general solitarios y medio abandonados, las calles parecen europeas, viejas, como olvidadas, ese es el futuro de la humanidad que presenta Cronenberg, de decadencia y lujuria aunque por un sexo raro, de búsqueda de perversiones, corrupciones y trasgresiones, aun cuando se percibe que la ley está como Gran Hermano siempre cerca, rondante, es algo gaseoso, con un cierto toque criminal o paramilitar en la labor. También ésta policía yace representada austeramente con un agente de color llamado Cope (Welket Bungué). Éste filme de ciencia ficción está plagado de ideas, es curioso y entendible, tiene también de noir y levemente de terror. El noir es el que abre con una escena muy poderosa y perturbadora, la muerte de un menor que puede comer plástico. En el filme hay dos líneas en lucha. Una es la ley que quiere que nada perturbe el sistema establecido, el orden, lo que todos conocen y viven comúnmente. Aquí entra a tallar una humanidad yendo hacia la destrucción, no existe el dolor físico y esto hace que lo busquen como arte, excepcionalidad y placer, poniendo la cirugía y la autopsias como este mecanismo de expresión y de adquisición. Un famoso artista o performancer de las cirugías como placer y arte es Saul Tenser (Viggo Mortensen), nuestro protagonista; en la trama una celebridad de la corrupción por entretenimiento pero curiosamente es nuestro guía y (anti)héroe y hasta presenta un cierto difícil de clasificar código de decencia. Lo acompaña en todo Caprice (la hermosa, sensual y excelente actriz Léa Seydoux), es una pareja afectiva sin anillo en el dedo, muy libre y muy metida en la búsqueda del dolor como placer. El filme de Cronenberg deforma cosas naturales para plasmar su lenguaje audiovisual, como el parto humano y la enfermedad de la auto-laceración que simboliza esa autodestrucción que nos conduce como humanidad. La línea del orden es otra a la que hoy nos regenta; es otro modo de existencia en el futuro próximo el que ha retratado Cronenberg. Igual luchan por mantenerlo; lo que no nos es común en éste futuro es una amenaza y se busca eliminarlo. En esto yace la otra línea, una metamorfosis producto de la experimentación, y es algo del tipo de la guerrilla y lo revolucionario, aunque en el fondo no hay mayor justificación, es, existe y nada más, son los que pueden comer una barras como de chocolate sintético o el plástico, en esto entra a tallar lo diferente que quiere ser aceptado primero y luego imponerse. El noir juega con éste sci-fi, ese niño muerto (e investigación), es esa lucha entre el orden y lo outsider, puede entrar en esto último lo que podemos imaginar que encaje, como tendencias políticas, sexuales, sociales, etc, nuevos ordenes. Es la lucha medio arbitraria, por lo que muta, el placer por lo extraño y algún tipo de estabilidad o reino. Saul es también un álterego del propio Cronenberg, un tipo que pinta de ser muy curioso, que quiere probar toda novedad, aun a riesgo de morir (o perder), es también metacine, un especie de director de cine en sus performances, un genio inventor de hedonismo a través de lo perverso o de lo que rompe todo límite. En un momento parece irónico oír a Saul confesar que no puede con el sexo tradicional, puede que aludiendo a la vejez, mención del cuerpo maltrecho, como con esa fisonomía de enfermedad que carga encima como monje satánico, templario o medieval que camina de noche en el misterio tras la aventura, esa que el noir le ofrece como revolución. Saul es un artista verdadero, se debe mucho a la búsqueda de arte, a otorgarle significado a lo que no lo tiene, tal cual las cirugías que excitan a Timlin (Kristen Stewart), la que con trampa quiere reemplazar cual hot nerd al indomable y enfermo Saul. Es pues la lucha de dos ordenes, lo nuevo y lo viejo o actualmente común a todos. Esa madre que hace lo impensable es un gen de algo mayor. Es el mundo dominado por las actuaciones, por las performances, por el apetito por lo extraño y los comedores de plástico son presentados como amenaza, pero son también como un nuevo futuro, hay algo ahí que pide ser positivo, aunque tiene mucho de vacío, hasta que Saul lo interviene y lo plantea como poesía, tras cierto gore. Pero toda revolución no siempre triunfa y si lo hace tiene que pasar por mucho antes de reinar. 

lunes, 23 de noviembre de 2020

Nadia, Butterfly

 


Nadia, Butterfly (2020), del canadiense Pascal Plante, es una película que muestra los problemas existenciales de una nadadora olímpica en plenas Olimpiadas; se ubican en Tokyo 2020, que en la realidad y no en la película fueron aplazados por la pandemia hasta el 2021, pero lo que importa en el filme no son los Juegos Olímpicos, es mero contexto, sino que la protagonista, la nadadora llamada Nadia (Katerine Savard), está cansada de ser una deportista de tan alto nivel, por tanta exigencia y porque siente que se está perdiendo de tantas cosas por su deporte, como de vivir, y se va a retirar joven, éstas serán sus últimas Olimpiadas, cuando practica natación de alto rendimiento desde muy temprana edad. El filme explica todo de manera fácil y muy bien, hay mucha información sobre quién es Nadia, se explota bastante qué le fastidia. No obstante es un filme que deja hasta el cierre la duda de si Nadia se va a retirar finalmente, ya que mucha gente la alienta a no hacerlo. Nadia ya no puede ocultar su fastidio, incluso con sus compañeros, aunque todos la escuchan muy educados y tolerantes. Nadia tiene una mejor amiga, también atleta olímpica del equipo de Canadá aquí en Tokyo, Marie Pierre (Ariane Mainville), una chica muy sexual, muy libre. Marie lleva a Nadia a una fiesta y surge la única escena que se puede ver algo transgresora, el resto es un filme muy para todo público. En dicha escena hay sexo en grupo, todos hacen su faena a vista y paciencia de toda la pequeña reunión. Nadia, Butterfly es una película muy correcta, muy coherente, muy clara. La recreación de la Olimpiadas es bastante decente, sobre todo cuando Nadia sale por las calles de Tokyo y se vive un poco el evento afuera; internamente el filme es un poco austero y astuto, no busca nunca la grandilocuencia. Es interesante ver todo el ciclo competitivo y la realidad olímpica, aun cuando es todo medido. Se ve hermoso cuando las nadadoras se lanzan a nadar. Es atractivo también ver calentando y reposando a Nadia tras bastidores. En esos momentos se siente cierta soledad. Nadia es un personaje con matices, se ve una chica común, pero también inteligente, hay buenas conversaciones en éste estilo. No es un filme como para reventarle muchos cohetes, pero es bueno, se ve bien. 

sábado, 14 de noviembre de 2020

Possessor

 


Aunque el empaque es otro, la verdadera historia de ésta película, la segunda que dirige Brandon Cronenberg, es la de una psicópata que quiere destruir el mínimo de conciencia que le queda. El filme nos muestra a una corporación que hace que asesinos profesionales tomen la mente, personalidad y voluntad de otras personas para ejecutar sus planes de homicidios bien calculados. No se dan muchas señas de ésta corporación, pero esto da para generar todos los movimientos. Hay misterio sobre a quién le pertenece la corporación, a quien le rinde cuentas y con qué objetivo, aunque se sabe que es el de tomar control de empresas de mucho poder, matando a su dueños principales. La corporación puede entenderse -si usamos la imaginación- como un servicio secreto o propio de un grupo de privilegiados, no se sabe en realidad, sólo se conoce a su administrador, Girder (Jennifer Jason Leigh). La asesina top de la corporación es Tasya Vos (Andrea Riseborough), asesina fría, despiadada, mata de manera atroz, aquí el filme recurre al gore más descarnado y violento. Tasya más que tener ataques de conciencia, sufre de fallas en el proceso que la tiene en la mente ajena. Para salir de las mentes dominadas la asesina debe de suicidarse o que la maten, pero no puede hacerlo -ahí está la falla mental central-, con lo que queda atrapada, hecho el asesinato perseguida por la policía, lo cual le dificulta su trabajo, obtener su promoción (tan sencillo como esto). Tasya rememora a cada rato los asesinatos horribles que ha hecho -como un martirio, un fastidio que siente-, también a través de esto volvemos a vivir una y otra vez escenas impactantes, cargas de terror, como el cuchillo que se hunde en la garganta de un hombre corpulento que sangra de manera profusa. Hay una escena poderosa de horror que uno recuerda mucho, bastante perturbadora, cuando una mente dominada despierta (Christopher Abbott, quien comparte protagonismo con Riserborough, ambos harto talentosos) y se da cuenta que tiene un parásito en su psiquis manipulando su voluntad y su imagen; metido en una pesadilla literalmente arranca una cara de un cráneo y se la pone como máscara, la cara de Tasya. Ésta es la escena símbolo del filme. Abbot con la mente controlada por Tasya se dispone a cumplir el plan asesino de la corporación, a él lo vemos mucho en pantalla, interactuando con 2 grandes y ricos personajes y actuaciones, un padre y empresario, el target, John Parse (Sean Bean), que tiene de sujeto déspota y engreído de sí mismo, y su hija, esposa de Colin (Abott), una hermosa y sensual Tuppence Middleton, que casi fijo se convertirá en una actriz muy popular. El filme tiene escenas de homicidios de alto impacto, muy sádicos, muy explícitos, no se escatima detallismo ni cierta extensa exposición. Igualmente se muestran partes íntimas en toda pantalla, el filme tiene su pequeña trasgresión con esto, aunque no sea ya original por nuestros tiempos tan explícitos y desenfadados. El filme no mide asesinato, todo vale. Pero el filme se rige a su historia, no es tampoco gratuito, aunque algo hay. Es una película perturbadora y emocionante, no es tan rara, juega con historias un poco típicas de locura. Tiene su parte de preguntas que resolver, tiene de película algo misteriosa, pero se puede interpretar en mayoría. Surge una dialéctica entre Colin y Tasya en pugna por el control mental del primero, ésta escena es curiosa, cargada de sustancia como cuento y tiene un desenlace de los más brutales, si bien toda la película es para estómagos fuertes y mentes abiertas, para con el terror hedonista y cinéfilo pero exigente en presentar tolerancia en varios sentidos. Brandon Cronenberg con su segunda película fortalece el legado de su progenitor, el cambio generacional, lleva bien la herencia de un padre cineasta de culto en el género. 

jueves, 10 de octubre de 2019

Ginger snaps


Ginger Snaps (2000), la dirige un hombre, John Fawcett, pero el guion lo escribe Karen Walton, y se nota la mirada femenina en la película, con los trances y traumas que pasan las mujeres en la adolescencia. Incluso llega hasta la adultez femenina, poco más de la mediana edad; hay una línea que señala que de todo se culpa a las mujeres, con la madre de las hermanas protagonistas sintiéndose maltratada por éste lugar común. Ginger snaps emparenta la transformación en hombre lobo –mujer lobo- con éste trance difícil de la feminidad. Brigitte  (Emily Perkins) y Ginger (Katharine Isabelle) son éstas hermanas adolescentes que son marginadas en sociedad, son outsiders, vistas como freaks, y suelen pegarse a hacer sangrientas escenografías amateurs de asesinatos con ellas mismas, sueñan con el escapismo del suicidio. Pero una vez que Ginger es atacada por un hombre lobo y se empieza a convertir en uno, el meollo del filme, las hermanas quedan separadas. Brigitte ya no querrá morir y Ginger se volverá violenta, cada vez más salvaje traducido a cierta maldad o una transformación que no le deja salida con sus instintos animales, con una sed de sangre, y excitación que parte de lo sexual. En adelante hay un festín gore, de terror, donde se nota ahora sí mucho más la mano de Fawcett, una mirada mayormente masculina, más intensa, pero propia no del movimiento sino del fotograma artístico, del acomodo para la imagen estática, pero llena de vida, impactante, clásica del cine de género. Pero también hay grandes secuencias, como la del final con el hombre lobo –una bestia, un monstruo- asechando la casa de las hermanas, o la del ataque relámpago y frenético que transforma a Brigitte. Además sobresale en la memoria la audacia de hacer heroico a un dealer, aunque anclado a la adolescencia, al relajo de la imagen, a la despreocupación y a cierta simpatía. Éste filme es canadiense y es un muy buen filme de terror, tiene sustancia y potencia. Ginger Snaps 2: Unleashed (2004) en cambio no es buena, suena bien en el papel, pero verla es hasta aburrido, es casi el opuesto total malo de la primera.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Feliz cumpleaños para mí (Happy Birthday to Me)


El director de Los cañones de Navarone (1961) y Cabo de Miedo (1962), J. Lee Thompson, dirige ésta película de terror con Melissa Sue Anderson (La familia Ingalls) y Glenn Ford (Gilda, 1946; Los sobornados, 1953). Es un slasher de culto y se debe en especial por la narrativa de la mitad hacia adelante, cuando el filme empieza a dar una tras otra vuelta de tuerca, cambiando el final una y otra vez hasta el último minuto. Pero viene de atrás colocando perspectivas sobre el culpable, deja pistas, juega con la intriga, el suspenso y el misterio. No solo eso, plantea la perspectiva psicológica. Es un filme que intenta variedad de interpretaciones y da además un background homicida bastante extenso. Ésta propuesta intenta hacer una pequeña crítica sobre clases sociales e integración social. Empieza muy ligero, de la mano de 10 jóvenes llamados los destacados 10, que tienen fama de niños ricos jaraneros y bromistas. Entre ellos se halla Virginia (Melissa Sue Anderson). El filme tiene muertes geniales, de estilo gore, bastante creativas. El desarrollo de los asesinatos es pormenorizado, a un punto cada uno extenso. Aunque es un filme canadiense se percibe británico, como el origen del director. Sue Anderson luce histriónica, se le exige mucha emotividad, y aunque es bella no pretende ser sensual ni muestra nada. En sí el filme carece de erotismo, lo cual le da un toque más serio al asunto, pero vemos carreras de motos, autos saltando puentes levadizos y bailes modernos de discoteca, que colocan la nota cool. Hay un aire clásico en el filme también -como el típico bar de pueblo de terror-, que está muy bien fusionado con lo moderno, porque lo clásico domina la situación. Glenn Ford como un psiquiatra no es tan contundente, pero deja creer en él. Es una propuesta muy entretenida, sobre todo a partir de la última mitad cuando empiezan las revelaciones y éstas no paran hasta el final, mutando, no solo agregando. El título se resuelve de gran manera avanzado el metraje, genera una de las mejores secuencias del filme, propicia una orgía macabra.

sábado, 22 de diciembre de 2018

The Green Fog


The Green Fog (2017), de Guy Maddin, Evan Johnson y Galen Johnson, es un filme de misterio, mediante el uso del found footage, de volver a interpretar las imágenes encontradas, en éste caso se trata de películas de toda época, que al final veremos en una lista completa. Se hace mucho uso de la ciencia ficción, porque el nuevo filme de Maddin junto a los Johnson es una “historia” de ese corte. Si podemos seguir alguna trama ésta se mueve lógicamente en base a la niebla verde, que puede significar alguna catástrofe apocalíptica, de grandes envergaduras, como si la niebla fuera un especie de veneno o algo por el estilo.

No obstante al final el filme deja ver que todo puede reducirse a las relaciones de parejas, a las rupturas. No hay que olvidar que éste filme homenajea a Vértigo (1958), y el filme de Hitchcock habla de la pérdida. En The Green Fog hay escenas que recrean momentos icónicos de Vértigo, como cuando James Stewart pende de una cornisa o cuando Stewart reencuentra a la mujer amada frente a una pintura o cuando nos deja ver el puente de San Francisco dominando el panorama y el contexto. Esto lo observamos a través de otras películas que producto de la enciclopédica cinefilia de los realizadores dan con la semejanza narrativa.

The Green Fog prácticamente no tiene diálogos, apenas una breve voz en off en un único momento y en poder oír algunas voces. El filme hace exhibición de actores populares en su época aunque no consagrados artísticamente como Chuck Norris, Adrian Zmed o John Saxon. También vemos desde a Meg Ryan, Jeff Bridges o Nicholas Cage hasta Rock Hudson o Karl Malden, estos dos últimos por reiteración quedan plasmados en el filme de Maddin y los Johnson como los investigadores de su historia. Vemos escenas reiteradas, lugares abundantes del séptimo arte, como besos, persecuciones o paseos en auto o caídas de grandes alturas.

El filme tiene un lado policial marcado, recurrente, junto a lo sobrenatural que percibimos al ver yuxtapuesta una niebla verde en las películas antiguas que se manipulan, y tiene por su parte su pequeño toque de humor como ver a NSYNC como parte de la investigación y hasta a la imponente inmensidad de Godzilla. Es un filme que como historia se entiende no tiene total coherencia, se comprende en poca medida una trama. No obstante es entretenido ver todas éstas películas reinterpretadas. Tiene un look algo sucio, es decir, tiene muchos baches y huecos, pero es prácticamente imposible no evitar que el corte final sea de ésta manera. Pero hay una manipulación notable, interesante, creando variedad de expresiones, aparte de que es una obra muy cinética, es cine puro, movimiento, aun con estos baches y huecos lógicos.  

sábado, 23 de enero de 2016

La habitación (Room)

Nominada a 4 premios Oscar 2016, mejor película, dirección, actriz principal y guion adaptado, es el año de la merecida notoriedad del cineasta Lenny Abrahamson, que con su anterior película, Frank (2014), llamó cierta atención y muchos dicen se convertirá en un filme de culto, donde se relata sobre un extraño músico que usa una cabeza de papel maché que nunca se quita de encima, vive con ella, en la interpretación del gran Michael Fassbender, que hace del gurú de una pequeña banda musical aun no conocida por el mundo y no destinada a hacerlo (donde yace la jugada maestra del filme), que dentro de una trama en parte cruel nos habla del natural desmedido anhelo de éxito (movido por el rol de Jon Burroughs, de Domhnall Gleeson, que quiere dejar de ser un perdedor y por sí mismo no puede lograrlo), de los fracasados, problemáticos, locos y quizá no tan buenos músicos (toda la banda de freaks y outsiders, liderados por el extravagante Frank, Fassbender), de la autenticidad y de la verdadera razón de hacer música, en medio de un humor corrosivo, a veces chocante y desestabilizador, también de algo de inocencia y alguna exageración de postulados para plasmar lo que significa una movida musical, en sus propias condiciones especiales y bajo jugosas contradicciones, dejando posibles lecturas en el que es un filme raro y por ratos chirriante, que es la conjunción narrativa de dos mundos, uno alternativo y otro de cine amable, que a más de uno descolocará si han de profundizar en los giros de la trama, una que se inspira en el músico y comediante británico Chris Sievey que inventó a su alter ego Frank Sidebottom, el de la cabeza de papel maché, como también se basa en las experiencias del guionista del filme Jon Ronson, que fue parte de la banda de Sidebottom.

La habitación es otra grata película, que tiene la particularidad de parecer que se trata de dos historias intercomunicadas, una que acaba a la hora de metraje y otra que empieza a continuación en donde la otra finaliza y pocos han decidido contarlo y donde yace la audacia. Pero partamos de ¿qué es la habitación? Es un lugar mental, psicológico, de tortura y trauma (en la madre, interpretada por la talentosa Brie Larson), pero a su vez -por extraño que suene- un lugar mágico a lo Alicia en el país de las maravillas para el hijo de 5 años de nombre Jack (un impresionante Jacob Tremblay) que llena de vida el ínfimo espacio, ya que no conoce el mundo, y ahí anida la pregunta e idea de qué es real y qué no, cuanto implica nuestra percepción mental, sueños y proyecciones en el planeta y lo que nos rige.

El filme parte de un secuestro de hace 7 años por un tipo al que conoceremos solo como Old Nick (Sean Bridgers) que tiene cautiva a Ma (Brie Larson) y al hijo nacido de este encierro. En una propuesta que es siempre un drama de adaptación (la segunda parte yace muy bien tratada, exuda madurez y coherencia, aun a costa de no ser tan cautivante para el público masivo, aunque también posee sus escenas emocionales e híper dramáticas que conmueven), donde cada parte de la habitación es una geografía, un pequeño espacio convertido en algo mucho más grande de lo que habitualmente es (tal cual notamos cuando queda vacía, y se ve que es minúscula, un simple cobertizo), de lo que ese espacio tan reducido se convierte en todo nuestro universo, y uno debe contener todo dentro, con lo cual conviven dos perspectivas en la habitación, la del niño por un lado, inocente e imaginaria, una del pequeño es como si estuviera en el interior de un cohete o cápsula que uno espera despegue hacia ese cielo que ve en el tragaluz; y la otra de la madre y el captor, de suciedad, criminalidad, crueldad y abuso sistemático –en ese sexo mecánico y animal en el peor sentido, razón del cautiverio, que apenas se ve y se oye a través del closet y la pantalla, dibujándolo como un acto oscuro sin ningún tipo de erotismo, del que se genera una paradoja con el nacimiento de aquel hijo, como brevemente deja ver la falta de aceptación del padre que hace William H. Macy-, de lo que Abrahamson exhibe que el compartimento es lógicamente paupérrimo y en condiciones no muy higiénicas, como tan bien lo demuestra ese diente podrido que se le cae a Ma, pero que rápidamente se convierte en un símbolo del amor, protección y unión con la madre (como llegará a serlo el cabello más tarde, lo físico, primario y sobre todo la representación de lo real, una entrega psicológica, como quien intrínsecamente corta las ataduras con el pasado y deja solo lo que los ha hecho sobrevivir, el amor de madre e hijo), un residuo a un punto desagradable, pero que Jack no lo ve, se lo mete igual a la boca, ya que para él es otra cosa, tiene otra lectura, una pura, lejos de la notoria corrupción que le circunda.

La propuesta fuera de ciertas apariencias y sutilezas, de su calidad de entretenimiento, a la que muchos se han asimilado, sin preguntarse más allá, es compleja y tiene una velada polémica, que apunta a separar al hijo de la violación que lo engendra, aunque lo vemos desde ya crecido y eso ayuda mucho, de lo que la decisión parece tan clara, aunque habría que acotar que el dolor es tremendo, de lo que toda la pesada carga recae en la madre, como bien presenciamos en sus crisis emocionales, aunque el filme tiene las anotaciones de Jack como dirección y yo veo más bien como complemento –aun con más presencia física- ya que en realidad se trata de la historia de Ma (una espectacular Brie Larson, que ya encandila con Short Term 12, 2013, como esa cuidadora de albergue de chicos nada privilegiados, conflictivos y poco adaptados, que tiene un pasado traumático y que debe definir su futuro familiar a través de su trabajo de cara a su propia inadaptación social), es su secuestro, continua violación, encierro y gestación, y no del pequeño, aunque en el filme él es tan determinante en analizar y proponer el contexto, donde no reconoce ni menciona al padre, no genera opinión del sexo que ojea y del que se esconde, es el héroe, quien revitaliza a la progenitora cuando ella se deshace en pedazos.  

martes, 5 de enero de 2016

WolfCop

Porque no solo de trascendencia intelectual y profundidad vive el hombre, sino también de entretenimiento superfluo en toda regla, en donde el terror es un placer perpetuo. En esta película canadiense de bajo presupuesto tratamos con un policía ocioso y aficionado a la bebida que ha caído en un rito satánico donde lo han convertido en hombre lobo en una temporada especial en el pueblo donde recuerdan muertes memorables con alguna relación con eclipses lunares. Lou Garou (el novato Leo Fafard, y no es que descolle como interprete, en un filme que tiene actuaciones básicas y otras apenas aceptables, pero igual mantiene su cierta simpatía) inicialmente tiene destellos de recuerdos de destripamientos salvajes y un secuestro con sacrificio y pentagrama satánico tallado en la piel incluido (en flashbacks que tienen una construcción medio cutre y no tan clara, a ratos bañados en un solo color y medio en collage o bien fragmentado), pero no figura del todo lo que le ha pasado ni viene sucediendo, hasta que contacta con el loco del pueblo que cree en lo paranormal y en especial en los hombres lobos, y da con que Lou es uno, con lo que transformado empieza a cuidar de la zona.

Aparece de acompañamiento marcado la música de rock pesado del grupo canadiense Shooting Guns, haciéndose notar y creando un ambiente cool, surgiendo como parte de un relajo narrativo y argumental, pero a veces el director Lowell Dean se excede en el uso de este elemento y cae algo disonante. El humor es otro componente de distinción, no pretendiendo ser un filme muy serio, más bien uno divertido, como que tiene un tono contemporáneo de seducción juvenil, aunque los interpretes no son chiquillos, con la chica guapa en tacos altos que es barman y le quita el sueño al protagonista habiendo atracción mutua, o con el despertar continuo perdido en el alcohol y acompañado de una bella mujer ocasional.

El filme tiene más de una ocurrencia como que intervengan unos reptiles humanoides que pueden cambiar su apariencia física –hay algunas transformaciones y descubrimientos que tienen su buena ironía, su lado grotesco, en que la película intenta ser descarnada cuando necesita, tanto como irreverente, pero cuidada en lo posible- con una pequeña conspiración a cuestas, que hacen una mezcla bastante extravagante, perdiendo la idea de terror en gran parte, pero convirtiéndose en una especie de adaptación de novela gráfica, como que Wolfcop resulta un antihéroe y superhéroe a partes iguales enfrentando enemigos sobrenaturales.

Los efectos especiales son más que decentes, sobre todo siendo tan vitales para solventar al protagonista, aunque tampoco extremadamente laboriosos en todas partes, pero sí que sorprende el realismo con la transformación plena, variante y continua a hombre lobo, donde un babeo grosero y un carácter sucio y pegajoso generan su gran toque de verismo. Uno sucede justo cuando Lou está orinando y se da inicio desde la particularidad del cambio de su miembro, en un hombre lobo visto con pelos y señales, que tiene credibilidad moviéndose normalmente en pantalla. Al igual que el gore de las muertes tiene su lado lúdico y su creatividad (con alguno que otro momento medio defectuoso, como cuando le quitan un ojo a un pandillero y lo clavan en la pared, en el trabajo esquemático de la banda criminal que luce como pretexto funcional), donde se arrancan fácilmente los rostros, siendo cimiento principal del goce general.

No es que sea un filme especialmente dotado, de lo que Wolfcop tiene resonancias del tipo de Lobo de la DC Comics, la narrativa tiene aires de básica, le falta mucha densidad y originalidad a muchos personajes y los sucesos son interpretados algunos con bastante simplicidad y hasta cierta limitación, pero tiene su gracia, como que logra ser entretenida, con un hombre lobo luchando paradójicamente contra el mal, siendo melómano, bebedor, sexual y peleador. 

sábado, 18 de julio de 2015

Mommy

Xavier Dolan con esta película ha ganado el premio del jurado en el festival de Cannes 2014, ha demostrado que está en toda boga una vez más, aparte de que su filmografía es sumamente apreciable, entretenida  e interesante, asumiendo temáticas gay, que se hacen muy llevaderas, y que van más allá de su orientación sexual, hacen arte en toda palabra. Desde Yo maté a mi madre (2009), la que se parece a la presente, donde madre e hijo no se soportan, en un trato por ratos histérico de parte de la performance del propio Dolan, que hace de su relación maternal un campo de batalla donde salen continuamente heridos mutuamente, a pesar de tener instantes y búsquedas de compartir alegrías y un poco de paz, sin embargo hay una gran dificultad que parece rebasarlos (como se intensifica en Mommy en todos los aspectos hasta tener una Canadá ficticia con una ley especial en que los hijos inadaptados y peligrosos van recluidos a un hospital estatal sin juicios de por medio), como siendo mandado a un internado, y revelar una historia de contrastes en un tira y afloja de afectos y no saber manejarse, el no poder sobrellevar un amor dado por hecho, frente  a una madre que no sabe cómo hacer feliz a su hijo gay, y más bien lo contraria todo el tiempo, en el que es un grito de tremenda incompatibilidad, una que con Mommy llegará a la violencia casi incontrolable propia de la enfermedad mental de su protagonista, Steve (un gran Antoine-Olivier Pilon).

Otra películas suya es Los amores imaginarios (2010) que yo más que otra cosa la emparento con la comedia sutil, y es un gigantesco divertimento de esa forma, exuda mucha gracia y simpatía, la de dos mejores amigos, Francis (Xavier Dolan) y Marie (Monia Chokri) que son muy cool y particulares, ella viste algo fuera de lugar a la refinada moda clásica o afrancesada en medio de la vulgaridad sensual natural de la juventud femenina, mientras él demuestra pequeños detalles inocentes gays, afinidades intimas, como toda la obra de Dolan los exhibe, ambos son dos chicos muy pop a su estilo, relajados, pero todo se pone complejo cuando se enamoran de la misma persona, de un amor imaginario, que les pone impetuosos y competitivos por ganarse a Nicolas (Niels Schneider) que yace en su propia burbuja de belleza, en un comportamiento narcisista o indiferente en su mundo, aunque jugando con la coquetería y la amistad, pero dejando fuera de combate a estos viejos amigos que llegan a apuñalarse por la espalda, a humillarse tras declararse por medio de poemas dramáticos, a dar presentes como regalar afiches de ídolos y sobre todo a verse atractivos en una lucha que llega a lo infantil, luce caprichosa, tanto que ante un nuevo blanco, alguien guapo, se revitalizan sus anhelos carnales, de la mano de aquella magnifica música de bang bang, de Dalida, que anuncia los ataques e ingenios sensuales de estos dos engreídos enamoradizos.

Laurence Anyways (2012) es el lado romántico y harto sensible de Dolan, de lo que más que una película de un hombre que quiere ser una mujer, que descubre su transexualidad, se trata de alguien que es muy diferente, inclasificable, que quiere vestirse femeninamente pero aun amar a su novia, lo que presenta una grave contradicción, que más brilla en el amor platónico, impoluto, imposible. Donde hay tiempo para el escape, pero más para el desconcierto y el dolor, como en aquel final que es el inicio de la relación entre Laurence Alia (Melvil Poupaud) y Fred Belair (Suzanne Clément), armándose una hermosa poética en esta adaptación social y amatoria tan complicada, que no solo tiene a los familiares y a la sociedad por enfrentar, sino a ellos mismos, no obstante es mucho una decisión de superación, de valor, de quien uno es en realidad, y ahí Dolan muestra su poderosa inteligencia para profundizar en una temática gay de (auto)aceptación, siendo más cautivante por mayores profundizaciones o escapes de atención, como en este amor tan bello dentro de su tragedia y honestidad.

Tom en la Granja (2013) es una adaptación de la obra teatral de su compatriota Michel Marc Bouchard que mereció el fipresci en el festival de Venecia del mismo año. Un nuevo cambio de registro para el audaz Xavier Dolan, un thriller con grandes momentos de suspenso, en que se trabaja el erotismo gay y la homofobia, juntas en el hermano matón e impredecible del novio muerto del protagonista, un espectacular aunque desconocido Pierre-Yves Cardinal, del que se da a entender que solitario y antisocial puede resbalar en su inclinación sexual, siendo un tipo pueblerino, rustico, agresivo, pero que con el desenlace y aquel encuentro revelador de una leyenda de bar se verá el verdadero rumbo de su psiquis, hacia las tinieblas de una mente desequilibrada, a razón de una psicótica relación, revelada con ese baile de tango. Todo a partir de querer ocultar la homosexualidad del hermano pequeño a la madre, en un secreto que se siente amenazado por la visita de Tom (Xavier Dolan) a la granja familiar, quien no sabe con lo que se encontrará, llegando a perderse por una oscura atracción.

Mommy (2014) ya no articula ninguna temática gay, aunque vuelve a reinterpretarse en otra versión la ópera prima del director canadiense, contando con la misma madre, con la actriz Anne Dorval, ésta vez aunque mayor más juvenil y sexy, con el valor de un tercer puntal que también aparecía en Yo maté a mi madre, debut de Dolan a los tempranos 20 años, en otra actriz fetiche, Suzanne Clément, como la vecina, amiga y maestra con problemas de tartamudeo, una falta de seguridad que parece implicar la distancia con su familia. En dos mujeres que trataran de domar y no tirar la toalla por más que la exigencia sea enorme con el intenso Steve, un  muchacho de 15 años que sufre de trastorno por déficit de atención con hiperactividad, y que puede ser tierno y radiante, pero también un loco incontrolable, que llega a los golpes y a acciones muy brutas, quien tiene la fijación con la madre, hasta lo sensual más que en lo incestuoso, notando que él es un chico muy sexual, un rasgo de álter ego.

Dolan juega con el muchacho, el que muestra mucha fuerza y vitalidad que se mueve en lo positivo y lo negativo, porque no todo es daño y errores de carácter, aunque la carga es pesada, y parece una tara indestructible, no obstante el tono de la propuesta no es en absoluto oscuro, y llega a haber mucha alegría desbordada a la vista, compartida con sus bellas cómplices, como en la ejemplar apertura del formato cuadrado 1:1 de la pantalla, apuntando que atrapado en éste es la representación del dolor, de los problemas, de una inadaptación mental y social, del que pretende ser un outsider (le dice a la madre, somos tú y yo contra el mundo), pero termina saboteándose por su comportamiento apasionado e inestable, en una libertad que termina acogotándole.

Es un filme en que nunca asoma el agotamiento, aun volviendo al mismo punto en incontables ocasiones, la de la sempiterna rebeldía de la desbocada espontaneidad (aunque haya una filosofía de amor y respaldo incansable por no corromper, como Steve teme se termine, y lo lleva hasta las últimas consecuencias, exigiendo una fidelidad que es el motivo central del filme, y es un bello pero difícil nexo materno), porque la trama es monotemática, pero ingeniosa en bascular los cambios de humor, de la alegría al conflicto y viceversa, donde yace su máximo valor, muy bien trabajado, teniendo además a un trio efectivo y con suma gracia que mueve a la emoción, la busca sin parpadeos, habiendo su toque infaltable de poética y complicidad conmovedora de la que se agarra con fuerza, y se sale con la suya.   

sábado, 20 de junio de 2015

No llores, vuela (Aloft)

Recuerdo cuando fui a ver Madeinusa (2006), me invadió un enorme entusiasmo en la sala de exhibición, bajo la sensación de que lo que estaba observando era algo totalmente diferente a lo que se ha hecho/hacía en el cine peruano, luego llegaría el oso de oro, el fipresci y la nominación al Oscar por La teta asustada (2009), lo que hace siempre interesante, digno de orgullo, ver una película de Claudia Llosa, no obstante la crítica atacó Aloft, por lo que visionarla generaba sus dudas (aunque verla o volverla a ver es la última palabra), pero el resultado ha sido más alentador de lo que se anunciaba.

Aunque no es una cinta maravillosa tiene lo suyo a un punto, dentro de su delgadez, o falta de volumen. Mantiene su parte de subyugación en la noción de estar catando un cine maduro, sin ser difícil de entender. Le puede faltar entretenimiento, pero no atención ni delicadeza, en el que es un retrato muy duro (más allá de ver parir a un cerdo, que tiene su lado simbólico). Tiene cierta relevancia por su dirección, temática y su manera de narrar, en su carga de frialdad, como el mismo paisaje se hace cargo de propiciar, sin hacerlo en lo obvio o en la sobreexplotación. 

Posee ratos de aligeramiento que quizá sean inservibles, pero lo que vemos es algo muy difícil de manejar y de abordar, y eso es lo que perdura, sin caer en el papelón o la proclividad al efectismo rancio, o peor, su superficialidad. Se trata de la distancia afectiva ante un terrible dolor, que sucede entre un hijo y su madre, entre un amaestrador de halcones llamado Ivan (Cillian Murphy) y una curadora y artista, Nana Kunning (gran esfuerzo de Jennifer Connelly).

En el filme se habla de misticismo, de un método de curación folclórico digamos, uno que nos suele ser tan común en nuestros países muchas veces pre-modernos, dicho a grandes rasgos, si bien el método visto con un columpio en medio del bosque (que me recuerda la enorme escena de Anticristo, 2009, del pequeño en el alfeizar, momento en que se propone el éxtasis y el mal), unas especies de pastillas suponemos naturalistas o una bolas de piel como sahumerio no sea fácil de reconocer. En el primer mundo, estando ambientada en Canadá, me luce un poco raro. 

La propuesta refleja ser muy angloamericana, en la lejanía entre miembros de familia, en lo que propicia una vida de rápida independencia o a razón de la dureza del carácter que suelen sembrar y habitar entre los norteamericanos, a diferencia de nuestra tendencia latina a lo familiar, a la emotividad y la dependencia, como también lo es el egoísmo de los niños, no siempre asumido, en donde puede asomar la estafa, como en el alcoholismo del llamado arquitecto, el cual a través de lo que vemos pasa a un segundo plano, apreciando que lo que en verdad (nos) surte el esperado efecto mágico es el poder de curación del habla, de la auto-reflexión, al estilo de la esencia del Dalai Lama, como bien perpetra la voz en off en el desenlace, invocando el sentido de la vida y la muerte en una metáfora con el hielo.

La historia se divide en dos tiempos, el presente y hace 20 años, unidos por la búsqueda de un tercer personaje, en otro actor de cierto renombre, en la periodista Jannia Ressmore (Mélanie Laurent) que plantea hacerle un reportaje a Nana Kunning por medio de su arisco hijo. Puede que sea una participación bastante menor, una aventura pasajera, poco sustancial, pero, bueno, es su carta (convencional) como hilo narrativo, para implicar la reconciliación, y en sí un endeble rastro de efecto sobrenatural, pesando contarlo en el orden racional del primer mundo, aunque igual lo hace dejando una elipsis propia de un outsider, pero como una aclimatación sin mucho soporte argumental, dada por hecho sin más, per se, que deja la propuesta un poco en el limbo. Por ejemplo no tiene el poder del aura del realismo mágico, sino lo hace de forma demasiado seca y austera; comparándola, está desprovista de la belleza del canto literario. 

La idea es buscar una trascendencia popular, sencilla y de cotidianidad, bendecida por ritos cautivantes, en un imaginario enraizado a la cultura y a un lenguaje autosuficiente, pero, claro está, en buena parte fantasioso. En ello Llosa no toma muchas cartas en el asunto, no pretende énfasis, no obstante apoya esa práctica, en un rasgo de identidad como lo es llamar Inti a un halcón domesticado, lo cual hace de ésta película algo fiel al cine que articula y cavila nuestra prominente directora, aunque no sea tan logrado como sus obras predecesoras. El traspase no funciona igual, sin embargo tiene su mérito, inteligencia y ambición, mientras asoma la recurrente lección de la dificultad de convertir mundos personales a otros territorios disimiles.

Recupera el sentido de La Teta asustada en ponerle realismo a lo mítico, pero que aquí hace la gran salvedad (por una parte facilismo) de no profundizar, apelando a lo sutil, no generar mayor coherencia al respecto (sorpresivamente la universalización le cobra cierta factura), fuera del mensaje final, que llega como recurso grandioso, que lo es a un punto (también por un lado banal), como ese título tan propio de libro de autoayuda, que poco favor le hace.  

lunes, 5 de enero de 2015

Enemy

En nuestra alicaída cartelera del 2014, lo de siempre, donde es como estar a cuentagotas en el infierno, buscando a ver si algo notable cae, lo cual sucede una vez cada tiempo, aparece ésta película, la que por su cualidad de críptica y surrealista es todo un logro que se haya encontrado en nuestras salas de exhibición, siendo un simpático “descubrimiento”, al ponerme al día con las que se me pasaron o se postergaron demasiado, pero que llamaban mucho la atención, sorprenden y valen harto la pena. Y es que el director canadiense Denis Villeneuve no es una novedad en cuanto a seguirle el paso, como a su talento y al interés que provoca, ya que Incendies (2010), que fue nominada al Oscar, lo dio a conocer al mundo con una excelente película. 

Así vemos que en su filmografía estila la autoría irreverente. En Maelström (2000), con la historia de una joven, bella y fresca mujer caótica, tras la extrema lucha existencial. La cual se hallará a sí misma en el amor, no sin antes enfrentarse a sus trágicos errores. Y la profundidad, seriedad y reflexión de la fragilidad de la condición humana en Polytechnique (2009), sobre la Masacre de la Escuela Politécnica de Montreal a manos de un desquiciado que asesina a más de una docena de compañeras de estudio arguyendo odio al feminismo como causante de injustas ventajas, disparidad aprovechada y muchos daños sociales que lo incluyen. Éstas películas son menores a un punto pero valiosas, como para echarles una satisfactoria mirada.

Habrían que pasar 3 años para que vuelva, no con una sino con dos propuestas muy atractivas que nos lo pone muy claro, Denis Villeneuve es un estupendo director. Una de ellas es Prisioneros (2013) donde la perversión, la sombra de la contaminación de un pueblo –por medio del abuso y el miedo- y la deformación moral o esencial, y las salidas anti-éticas por presión, frustración o desesperación son el camino común a seguir en medio de una lucha por subsistir bajo éste tipo de impiadosas -hasta sucias y deplorables- reglas, en un contexto muy duro en que se da pie a la tortura de un retardado, rol del eficiente y exigente actor Paul Dano, tras ser un posible pedófilo, o cómplice de secuestro, habiendo un manejo delicado pero seguro e incluso osado que sortea temas espinosos con el ánimo de implicar una rabiosa intensidad y el mejor suspenso, que el canadiense consigue en muy buena medida en sus propios términos, a la par de un sencillo pero contundente estudio en lo que invoca el título. Con esto hay razones para odiar tanto como para amar el filme en su libertad funcional. 

Posee gran ritmo, varios giros, dos grandes protagonistas. Uno, el infravalorado pero bastante mejor de lo que se le concede, Hugh Jackman, con una interpretación de sumo carácter, y el otro, Jake Gyllenhaal, con una prominente sugerencia expresiva y un quehacer fuerte y gravedad, sin forzarse como policía de acción. Con ellos muy bien la irreconocible Melissa Leo y el convincente, fuera del estereotipo, Terrence Howard. Muchas audacias y una elogiosa imprevisibilidad hacen que caiga preciso en su categorización de thriller criminal, asegurando un gran momento de entretenimiento, mientras trabaja mucho el misterio y cierto intrincamiento, aunque lleva de trampa en el proceso, que en ese sentido vemos que Villeneuve toca el límite de lo arbitrario o inverosímil, pero sabe ser finalmente coherente, como con la otra película que nos llega de él, y es la que tratamos, Enemy (2013), que se basa en una obra de José Saramago.

En Enemy se sirve el misterio desde el arranque con ese cuarto de libertinaje y perversión que recuerda a Requiem for a Dream (2000). Con ello el plato está servido. Son las reglas del juego que seguirá y desilusionarse es culpa de uno, porque cumple lo que promete, siendo un cine que en lo personal confieso que me cautiva, filmes que son un especie de laberinto que nos dejan mucho que pensar, en cuanto a armar un rompecabezas. Y no se trata de dejarse llevar, asunto al que suelo oponerme por lo general, sino prestar atención y entender cada pieza.  

La atmósfera es vital, gana puntos el filme con ello tanto como “molesta”, para entrar en las coordenadas del asunto. Busca no solo inquietarnos, también desconcertarnos. Predomina un aire de anormalidad, de suspenso, da la impresión de que algo malo va a pasar, asoma la sensación de una ruptura perenne. Nos ponen en un espacio geográfico lúgubre, apagado, desértico, de cierto mal estado, indeterminado a un punto. Entonces aparece un descubrimiento, el punto que nos define y nos confronta, por “accidente” vemos que alguien se nos parece físicamente al punto de lo idéntico, tenemos un doble, para lo que surge la inevitable figura ¿qué si mi vida fuera otra?, palpando la noción de un desdoble mental, la proyección de una fuerte necesidad reprimida, una potente carencia, que yace en lo prohibido, en lo vulgar, en la simplificación del yo, en el dejarse ir, a la vez que en el alejamiento de las responsabilidades que es uno de los elementos que une a Adam y Anthony (tremendo Jake Gyllenhaal, por partida doble), y a todo ser humano, tanto como las convenciones, el orden, la ética y lo moral, el hastío, el rechazo a lo que tenemos, el desencanto, la frustración. Empieza o, mejor dicho, retorna el sueño, mientras sopesamos los pormenores del contexto (hay que recordar que el espectador vive al personaje a través del misterio y el juego, hay una fusión), una mujer embarazada –también un ideal de paz que no se tiene; otra proyección mental en disputa, o una posible salida, de lo que se espera del protagonista y quizá de sí mismo en una autocensura- y una novia conflictiva que nos rechaza sexualmente, a nuestro hedonismo descarnado. Atendemos que más que algo literal, el thriller, la aventura y la historia de los hombres iguales y como chocan entre sí frente a verse en el mundo reconocidos por el otro, se trata en realidad de un simbolismo, un mundo mental en medio de un llamado a cierta corrupción, un especie de limbo psicológico.

La llave es el recordatorio de la tentación que vuelve, como la carta que “usurpamos” al "doble", si bien es más que compartir la semejanza física, tienen una conexión psicológica, habiendo una preocupación constantemente oculta, que sería el leitmotiv en las arañas como demonización o estado de locura, que remite indefectiblemente al mundo surreal de David Lynch. Pero aunque a todas luces es un conflicto, nos atrae indeteniblemente en todo sentido de manera subyugadora y determinante, como justifica que sea como una investigación anónima al comienzo y no algo simple en un encuentro. Hay algo oscuro detrás, siempre latente, que invita a pensar en Eyes Wide Shut (1999), un tema sexual que invoca el poder y la libertad, que como vemos puede ser principal y más complejo de lo que creemos. 

Son distintos en lo literal, uno es un profesor académico, racional, convencional; el otro, un actor de tercera, aventurero e irresponsable, mujeriego, libre de alguna forma para dar rienda suelta al instinto y a la infidelidad, viendo a la promiscuidad y la perversión como camino o meta. Me viene a la mente Dead ringers (1988), en el anhelo de libertad en pos del amor/liberalidad y extremismo sexual, un punto de partida que puede indicar más, de secreta búsqueda, de cambio, tras una dependencia de imposible desunión, que puede indicar la vida misma, y que se contrapone con lo autodestructivo como en ese accidente en auto que significa el rechazo en varios niveles, como en lo femenino, lo sexual tanto como la desconfianza de la deslealtad, en un difícil y hasta imposible anhelo de complementariedad, en ambos filmes, dadas las circunstancias. 

No obstante son un único cerebro en pugna, ya que el otro aunque más mundano es parte de su interior, en un sentir que agrede al protagonista que es el catedrático, viendo que la película es más una representación de la psiquis en conflicto, enfrentándose a lo contenido y continuamente trunco, tratándose de un opuesto a nosotros y a nuestras creencias o a las de la mayoría de la sociedad. Puede que esté hasta enfermo (que sería lo secundario o irrelevante frente a las ideas y el manejo que destila, cómo se asume), o mejor dicho, sea el encuentro audaz con los recovecos mentales dispuestos para su entendimiento visual. Nos hace apreciar una profundidad que aunque en el ecran sencilla al fin y al cabo, permite volar mucho la imaginación tanto como entretener en su juego críptico y su cualidad de thriller. Proporciona una pequeña gran oportunidad de reflexión por su lado, y el final nos lo pone claro. No es en absoluto gratuito. Representa un callejón sin salida en nuestro laberinto conceptual y existencial. La hipnótica (terrorífica y deliciosa) tendencia o llamado a la perdición, como en The Wrestler (2008).

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Maps to the Stars

Lo primero que le ha saltado a la vista a la mayor parte de la crítica es el ataque de la película a lo que se suele decir que es en realidad Hollywood bajo una careta, un lugar que si bien vende sueños a todo el planeta bajo la iluminación de una gran pantalla, propaga no solo el culto excesivo a la banalidad y la superficialidad sino se deja correr que esconde mucha putrefacción moral, como que todo cuenta en pos de colmar el ego y el hedonismo de las estrellas de cine que se sienten por encima del mundo. Y en efecto es indudable el no poder negar ver en el filme dicha contundente lectura, sería imposible, lo que muchos tachan de anacronismo, a un David Cronenberg que vuelve al pasado, a su juventud digamos punk, para hacerse el rebelde (como si no lo fuera siempre, en el espíritu de su cine), y por eso se dice que queda fuera de lugar y tiempo viendo el enorme kilometraje que lleva consigo, teniendo ya otras búsquedas, refinamiento, madurez y mayor profesionalismo, a lo que desde mi criterio descarto toda castrante primaria premisa negativa (reducirlo todo, no ver más allá), porque uno al fin y al cabo aborda el tema que le provoca, en lo que más se debe a una manera de contar, de concebir alguna aventura; y el experimentado y efectivo canadiense lo perpetra, sale airoso, como acostumbra, con un buen trabajo, que es verdad no de los mejores de su carrera, pero si uno decente que no lo descalifica en absoluto, ni nos alienta a la indiferencia. Incluso, aunque a colocar por el final de la tabla, para quien escribe yace dentro de lo mejor del 2014, y es que uno le tiene devoción a éste director, porque nunca deja de ser interesante, fuera de reprocharle algunos puntos.

En Maps to the stars predomina ante todo un cuento corrosivo, lleno de giros en su propia cohesión, pensamientos, y desde luego muchas constantes; perturbación, incesto (hasta se bromea con su inclusión), actores engreídos, frustrados o debajo de todo inseguros, celos profesionales, un “juego” con el fracaso y el olvido (lo que a uno le evoca El crepúsculo de los dioses, 1950), desfiguración, culto al sexo y a lo caprichoso como extraño (viene a la memoria Crash, 1996, pero en un tono más realista/ordinario), dualidad en el fuego y el agua, disfuncionalidad, falsas apariencias, vejez, arribismo, corrupción general, abuso, humillación y poder excesivo, autodestrucción, venganzas inesperadas, brutales y determinantes muertes, bajo el concepto central de una unión perversa que se ancla a un trauma freudiano que reúne todos los elementos mencionados, desnudando a su complemento e ideología crítica en la sensual y enferma actriz interpretada por la talentosa Julianne Moore que lleva el mayor peso en sí tomando muy en serio su papel dentro de un filme que no lo es al 100%, mientras nos brinda expresiones tan cambiantes y extremas, como en otro modo muy marcado lo hacía Cate Blanchett en Blue Jasmine (2013), a las que hallo en ambos casos entregadas pero imperfectas. El personaje de Moore pasa por distintos trances que la definen como un ser "ocultamente" repulsivo, siempre dentro de un especie de estado de inestabilidad emocional que prodiga una reacción impredecible e infecciosa producto de la endeble composición moral que se tiene, ergo psiquis dañadas, a razón de los abusos y desórdenes sexuales, en fusión del claustrofóbico anhelo de triunfo en la meca del séptimo arte (como lo hiciera David Lynch dentro de su mundo mental con Mulholland Drive, 2001), por lo que todo se concibe como una estructura/herramienta compleja donde hay una crítica enérgica, pero en una onda de relajo, a través de una atractiva narrativa propia, al estilo de Cronenberg, con personalidad en el proveer de un entretenimiento ácido, freak; incluso de cierto cine B, de estilizada vulgaridad (narrativa formal), lo que remite por una parte al desarrollo de la cultura americana (aunque en la presente se note mucho más de la cuenta).

Cronenberg nos revela el mundo sórdido detrás de la fama y el dinero, en su mapa personal –tanto como ficticio y lúdico- de quienes destacados representan en esencia a muchos en Hollywood, cómo viven, se comportan, las estrellas. Lo hace muy bien Evan Bird, ¡qué grata impresión su performance!, como el niño agrandado insoportable y actor célebre Benjie Weiss, reiteración y afirmación conceptual, en el mismo parámetro pero distinta justificación que El sexto sentido (1999). Mención especial a la polifacética Mia Wasikowska, que es de las actrices jóvenes más dotadas y audaces que hay. 

sábado, 15 de noviembre de 2014

Halloween Maratón 2014


Onibaba (1964, Japón)

Siempre es sugestivo comprobar el valor que tiene para uno un filme renombrado, uno se pregunta qué tan bueno será, si está sobredimensionado o es que era de verdad tan sobresaliente, suele pasar que uno se decepciona, aun habiendo por lo general un cierto nivel que acompaña esa excepcional elección; y ver Onibaba, una película famosa, me ha sido sumamente agradable, he sentido esa emoción que cunde cuando vemos algo llamado importante en el cine, y efectivamente lo es en toda medida, aunque sea una historia de terror, y es que mucho se infravalora al género, pero es por desconocer un mundo de amplias posibilidades y mayores complejidades de lo que se suele creer, aunque tampoco es que éste sea el lugar natural para filosofar sobre cuestiones intelectuales. Lo principal suele ser entretener, y éste filme japonés lo auspicia bastante, teniendo su toque cruel, oscuro, de superstición, espectacular, en una época de guerras internas medievales donde los campesinos para sobrevivir roban a los samuráis errantes, o a los que retornan a casa. Primero los matan –no son infalibles, hasta se ve fácil eliminarlos- y luego venden todas sus pertenencias dejándolos casi desnudos, a cambio de simples bolsas de arroz, para sobrevivir, y es que la necesidad es básica y rompe los endebles valores de los pobres pobladores.  En ese lugar se halla una anciana mujer y su joven nuera, ambas de aspecto rudimentario, que tienen que lidiar con esa realidad de pobreza. Suelen tirar los cadáveres a un pozo. Sin embargo da la nota de inestabilidad a su perversa rutina el regreso del mejor amigo de su hijo (de cierto aspecto cómico), que empieza a verse a escondidas con la nuera, de lo que la vieja empieza a temer por su supervivencia al necesitar de la ayuda de la muchacha en los robos, y ésta parece que terminará yéndose. Un día un encuentro particular le da la solución, y entra a tallar el miedo al demonio. Pero eso claro no será todo, ya que las cosas saldrán de su proporción realista, y la blasfemia la hará pagar caro. En sí, la propuesta tiene dos lugares de terror, primero el contexto de los asesinatos metódicos de las dos salvajes féminas, y luego en la leyenda que concreta una máscara con la expresión diabólica, haciendo gala del folclore que adapta el relato del cineasta Kaneto Shindo, a quien hay que elogiar por saber economizar sus pocos recursos, su magro presupuesto y hacer una obra cautivante y completa con su ingenio y austera dirección. Lo trascendental como arte no sólo proviene de la abstracción argumental, sino por lo bien narrada que está una película. Proviene a su vez de lo emocionante que es. Así mismo de lo diáfano y sencillo, cuando existe verdadero talento. Todo esto es lo que contiene Onibaba como legado cinematográfico mundial e histórico nipón. Junto a ésta obra, Shindo tiene una historia con bastantes semejanzas, que no idéntica, un cuento casi tan bueno, Kuroneko (1968), en donde dos mujeres campesinas –también madre y nuera- asesinadas por despiadados y omnipotentes samuráis hacen un pacto con el demonio. Véase que se trata de una lectura atípica, ya que se tiende a mitificar a éstos guerreros, y aquí son entes con aspectos recriminables, como con su ambición, insensibilidad social y sobre todo abuso y superficialidad, si bien el héroe tiene de ambos mundos, es hijo del campo y soldado. Éstas mujeres no pueden seguir existiendo sin sangre y vuelven al mundo a vengarse de sus confiados e impunes asesinos, a los que suelen seducir con descanso, trago, comida y sexo, y matarlos en su morada cerca del final de un oscuro y tenebroso bosque. La trama es la extravagante fusión que señala a unos vampiros gato, que con el destacado cariz clásico del autor toman lugar natural fuera de ser leyendas. La superstición cobra vida sin ponerlas en juicio en ningún momento. En el mismo filme hay una historia de amor y afectos en disputa frente a alguna necesidad de sobrevivencia, y escenas memorables como la de una de éstas brujas con una garra de gato en la boca.

El gabinete del Dr. Caligari (1920, Alemania)


Éste es un filme sumamente famoso, reverenciado, históricamente legendario, perteneciente al expresionismo alemán, dirigido por Robert Wiene. Es una obra maestra de apenas 50 minutos de duración, redonda por medio del acercamiento comunicativo de su arranque en aquel llamado al flashback en una ciudad de cuento y su descubrimiento final, en que cada parte encaja y realza el breve relato. Es una lección de surrealismo tanto como de locura, acerca del susodicho Doctor Caligari –como un hipnotizador aunque de un solo hombre, como ese otro famoso que nacería dos años después, el Doctor Mabuse- que imitando unos sucesos pasados macabros se pasea por ferias manejando a un sonámbulo llamado Cesare (enorme Conrad Veidt, que haría de esa maravilla de nombre Gwynplaine, la inspiración para crear al Joker, en esa otra obra magna que es El hombre que ríe, 1928) que le ayuda a dar predicciones y a través de quien tras bambalinas realiza homicidios y secuestros (la película se basa en algunos hechos reales). No es una trama de la que se pueda decir mucho, sus acciones son muy cortas, aunque precisas y sugerentes, pero estamos ante una propuesta definitoria que tiene la vanagloria de ser un estilo histórico/mítico coyuntural del séptimo arte con esos decorados que anteceden el tipo de cine de Buñuel y Lynch, cargados de subrayados giros, curvaturas circenses, esquinas imposibles, tétricas definiciones y extraña geometría visual, que tan bien describen la anormalidad psicológica. Junto a una gesticulación de suma expresividad histriónica, híper-dramatizada, también somos partícipes de unos hermosos claros oscuros tan marcados de la iluminación, si bien se dice que fueron en buena parte casuales, pero a los que se agradece un tono. Para redondear debo decir que hay quienes han visto en El gabinete del Dr. Caligari una lectura premonitoria del nazismo, y la dominación y ceguera del pueblo alemán enrumbando hacia la guerra y el asesinato recurrente, por un líder salido de la enajenación más febril (que tiene un cálculo más razonable si pensamos en que no hace mucho salía el país de la primera guerra mundial y como que la historia se tiende a repetir, aunque bajo distinto estado).

Martin (1976, EE.UU)



Hablar de George A. Romero es referirse inmediatamente a los zombies, tiene filmes al respecto harto entretenidos, de la mano de su irreverencia, fluidez, sentido del humor y espontaneidad. No se toma demasiado en serio y juega libremente con la interacción de sus famosos muertos vivientes, junto a la maravilla de los efectos especiales de Tom Savini, lo cual es un verdadero plus y un goce visual para el espectador y cinéfilo. Su obra mayor o clásico en la que dio rienda al que es su máximo legado en el terror es La noche de los muertos vivientes (1968), con un cotidiano bello y elegante blanco y negro, y desde ya exhibiendo (casi) todas sus premisas. No obstante buceando en su filmografía he podido hallar ésta joyita, que tiene la intrepidez de ver a los vampiros desde el realismo, aunque ahogándose en la superstición, es decir, Martin (un sensible y psicótico John Amplas), es un chico al que su familia, en especial su anciano primo que le da cobijo en su casa, lo cree un Nosferatu, y éste psicológicamente raro o aleccionado por la tradición familiar que lo señala como una vergüenza generacional, mientras sostiene la esperada obsesión freak de ser un vampiro, o hasta un trauma, oscila en la ambigüedad de creerlo y burlarse de ello, para lo que hace uso de unas jeringas y un sedante con los que adormece a sus víctimas, y les hace cortes con una navaja de afeitar para beber su sangre. Puede ser cualquiera pero hay un tono sensual en el encuentro de bellas y seguras mujeres, algo mayores a él, quien es un adolescente introvertido, silencioso, que fantasea (en blanco y negro) con la mítica vampírica. El filme nos enseña a Martin y su nueva pequeña convivencia con Cuda, el viejo primo religioso, dueño de una bodega y una vida respetable, y su nieta Christina, con la que tiene un vínculo de compañerismo, a la par que el joven se enamora de una mujer casada y acepta tener finalmente relaciones sexuales convencionales con ésta; el leitmotiv de la propuesta es la dificultad e impotencia de provocarse el protagonista una vida común, sana, plena, típica de su edad, sufriendo de una fuerte inadaptación. Su nuevo hogar es austero y tiene algunos problemas, como por su lado yacen en la vida de Christina -poco desarrollados en pantalla, que son como de relleno- en cuanto a su pareja y tener hijos. Martin realiza trabajos manuales, pero nada célebre que no sea su fijación y sus salidas esporádicas en pos de sangre en un Pittsburgh, Pennsylvania, donde parece que no pasa nada extraordinario, pura rutina, soledad, vacío y monotonía si bien la desesperanza se plantea sutil y luego reveladora, tanto que se divierten en la radio hablando con un supuesto Conde Drácula, de lo que por igual en la zona no se inquietan demasiado por los actos criminales de Martin, para lo que no hay una consabida búsqueda. Ésta película no da demasiado miedo (en realidad parece ausente el terror, o mejor dicho, como lo conocemos tradicionalmente, aunque los hechos delictivos sean extravagantes y a esa vera perturbadores), pero es bastante curiosa, su planteamiento resulta muy original siendo sencilla, y se deja ver muy bien, se luce interesante/hipnótica, y es que provoca saber más desde el arranque, hacia donde se dirige, y es de un final contundente, chocante, como lo es en cierta proporción ésta obra.

Dead Ringers (1988, Canadá)


David Cronenberg es un director de culto que ha trascendido dicho lugar y se le puede considerar hoy en día famoso alrededor del mundo, un nombre reconocible en el séptimo arte, aunque no siempre resulte apreciado como se debe, siendo a veces minusvalorado o aún no del todo apreciado (antes era más notorio), pero quien es idolatrado por círculos de fanáticos, cinéfilos, y entendidos. Se destaca en el género del terror, con su cine B en películas reverenciadas como Shivers (1975), Rabia (1977) o The Brood (1979) que tratan lo sexual –bajo un toque de erotismo y sensualidad dentro de un argumento o trama; en Rabia incluso la protagonista y gen de contagio es la conocida actriz porno Marilyn Chambers- o la gestación a la vera de lo terrorífico, amenazante, desagradable y mortalmente expansivo, manejándose en el trayecto en ciertas oportunidades a favor de una potente exposición descarnada en lo visual, como con los enormes gusanos pastosos y melosos, o unos fetos deformes. Llega a un gran momento con Videodrome (1983), película que bascula entre lo independiente y lo comercial (mucho más en la primera), siendo una propuesta atípica, de suma personalidad, y sobre todo perturbadora, que se halla entre lo más alto del cine de horror y dentro de su filmografía. Luego llegaría el cenit de su arte pasado, donde se exaltan sus ideas del cine B hacia un producto de vasta exigencia, un hito mundialmente reconocido, La Mosca (1986), película que compensa su cualidad de autor, y le otorga un merecido reconocimiento unánime a su labor creativa. ¿Y qué viene a ser Inseparables (Dead Ringers, 1988) en su carrera? Es la transformación de Cronenberg en un autor mucho más cuidado, más complejo, digámosle harto elaborado, pero sin perder sus constantes, esencia y búsquedas por mayor notoriedad. Ahora el terror que se nos muestra es económico, muy sutil, casi imperceptible por el drama psicológico al que se adscribe. Y solo en esas operaciones quirúrgicas de trajes rojos (semejantes a las burkas) vemos un especie de rito satánico, con implementos de apariencia medieval, monstruosos, de cara a enfrentarse a seres mutantes en cuanto a sus genitales, pero todo desde lo oculto, lo discreto. A la misma orden estética y formal están los dos médicos y hermanos gemelos protagonistas que yacen pegados mentalmente como en una sola cabeza que reúne y complementa mutuamente una personalidad, desde dos cuerpos separados pero igual a -como recuerdan sus intervenciones- los siameses Chang y Eng Bunker, si bien la historia implica hechos reales basados en los ginecólogos neoyorquinos gemelos Steven y Cyrill Marcus hallados muertos en su apartamento por compartida adicción a las drogas, lo cual lo recoge Cronenberg del libro Twins de Bari Wood y Jack Geasland en que se basa la película. El autor canadiense puede hacernos sentir que estamos atendiendo una historia escabrosa y morbosa (de lo que muchos tiendan al rechazo del filme o peor a infravalorarlo), pero uno no debe obviar que el quehacer cinematográfico es delicado, concretado con inteligencia ante esa índole, recordando que el cine suele ser un trasgresor nato y todo depende de lograr una especial y adecuada narrativa, y ésta lo consigue, aunque sí “esconde” temas duros (con lo que probamos que Cronenberg no ha vendido su alma al diablo frente al deseo de más audiencia, como le achacaron sin analizar el asunto con detenimiento), véase el amor de éstos hermanos que lleva a pensar en una relación como de incesto homosexual (donde no falta lujuria y libertinaje en la insinuación de un ménage à trois en un baile, o en la existencia del intercambio de parejas en el reemplazo consentido ante la semejanza física que ayuda al hermano “pequeño” en la salida a concebir citas amorosas ante su introversión), pero más es ver que ambos se llenan/retroalimentan recíprocamente, así han crecido hasta formar un vínculo al punto de lo posiblemente psicótico o en menor consecuencia Freudiano (y es que Cronenberg más tarde lo confirmaría en Un método peligroso, 2011, que nos habla de contener una profundidad argumental, científica, artística, existencial). Beverly es el tímido y educado, el de las teorías médicas; Elliot el seguro y atrevido, el de la práctica quirúrgica. Los dos son dependientes tanto laboral como emocionalmente del otro, de ahí que haga presencia lo que muchos han llamado misoginia, en el enamoramiento de Claire que propicia la autodestrucción o destrucción consentida de los gemelos Mantle (interpretados por un magnífico Jeremy Irons, en su mejor perfomance profesional, la que diferencia a los dos hermanos con su talento recreativo y gestualidad marcada a cada lado, aprovechando los efectos que lo duplican en el mismo espacio con increíble verosimilitud/naturalidad). Tiene un final apoteósico, poético e insano que recuerda La Piedad de Miguel Ángel, hecho premonitorio en una escena de pesadilla y único momento de cine B sobre el aparato psicológico que subyuga a la pareja fraterna hasta la menospreciada locura, o conjunto de creencias, y es que ¿no es eso al final el ser humano, un ser mental?

Peeping Tom (1960, Inglaterra)



Lo primero que sorprende de conocer ésta película es que se dice que arruinó la carrera de su director, Michael Powell, que los masivos espectadores que solían admirarlo y seguirlo fielmente se sintieron horrorizados por su visión sobre un voyerista psicópata y le dieron la espalda, si bien con el tiempo el filme se convirtió en uno amado por una minoría fanática. El filme trata de un asesino en serie que filma a sus víctimas mientras las induce al miedo antes de matarlas con un punzón o estilete de la cámara. Lo hace al arrastrar un terrible trauma que lo convierte en éste ser ocultamente perverso, aunque en él sea cosa de enfermedad por sobre el regodeo placentero, que lo tiene en una psiquis contaminada, que busca además documentar una búsqueda intelectual en medio de lo macabro. Éste asesino yace detrás de una personalidad de timidez, amabilidad, hasta dulzura, y recato; cosa que le viene inducido por un padre que experimentó científicamente con él hasta malograrlo para siempre. Puede que la sensibilidad con que se revistió al lóbrego protagonista, al fotógrafo Mark Lewis (un delicado y oscuro Karlheinz Böhm), asesino de bellas modelos, actrices y prostitutas, haya podido afectar al público – a los valores e ideales que uno suele tener hasta con el arte- generándole una molesta ambigüedad, preguntándose la gente si podía importar en su apreciación general los destellos de desgracia e injusticia sobre su vida y la posible redención de su enajenada conducta en el amor. Y es que Michael Powell no hace una película violenta, salvaje, gore o grotesca, sino todo lo contrario, la reviste de clásico instantáneo, con suma elegancia y un acabado formal donde prima lo argumental, las formas cuidadas, hasta la consabida gracia/distinción visual y narrativa del cine de oro americano. Parece que no viéramos un filme de horror (a un punto, al estar alejado de nuestra concepción contemporánea), sino un especie de drama que se sumerge en una mente corrompida y maniática muy bien “disfrazada”, conteniendo una pugna que surge más tarde entre manos por medio de una pantalla de sutileza. Peeping Tom tiene encanto a pesar de lo que cuenta, y eso pudo haberle afectado en la recepción de una época menos abierta. No es fácil humanizar a un desquiciado, a la par que se propicia una difícil tragedia tras otra.

Fright Night (1985, EE.UU)
La presente tiene de comedia, de irreverencia juvenil, y lo hace bastante bien, notable viendo que actualmente lo contemporáneo trata de ser siempre cool, desenfadado, y queda muy mal parado tantas veces. El pasado enseña, y Fright night es el caso; lo sabe y aporta lo suyo. En ella vemos que se hace un homenaje a los vampiros, de donde nos hablan de que existe mucho background en el séptimo arte y como folclore, y en el ejemplo de Peter Vincent lo deja claro, quien es un tipo de Van Helsing, pero más fanfarrón, uno asustadizo y que no cree mucho en lo que dice en realidad, solo que en su programa de televisión se muestra como el cazador por antonomasia de éstos entes malignos. En eso vemos que Peter Vincent (el siempre simpático Roddy McDowall) ya no es popular en su tiempo, ya la gente le ha perdido el interés a los vampiros, su show se pretende inocente, pasado de moda. Sin embargo, entra a tallar el deseo de creatividad que tiene la película, a sabiendas que sabe que ser original con tanto detrás no va a ser cosa fácil, pero debemos agregar que lo logra. El director Tom Holland, creador de esa otra maravilla del terror, Child's Play (1988), con el mítico muñeco diabólico Chucky, le saca la vuelta a esa idea de desfase, y nos entrega una joya más del (sub)género vampírico. Parte de ser muy entretenido, carismático e ingenioso y termina con una batalla tremenda que no escatima recursos, los explota todos a su estilo (cruces, agua bendita, ajos, estacas, luz diurna, reencarnación o mayordomos de ultratumba), en un festín visual. Charley Brewster (William Ragsdale), nuestro héroe, no es un outsider completo pero no es tan adaptado socialmente, es un muchacho con algo de tonto pero más de “ordinario” y simplón ante su generación. Charley es un freak en su admiración por el cine de terror, en especial del tema en cuestión, él descubre que su vecino es un vampiro, Jerry Dandrige (Chris Sarandon, en gran recreación, seductor, gracioso, sarcástico y temible; su lado cómico es tan bueno que gestos suyos los he creído ver en The Simpsons) y busca delatarlo. Dandrige se encuentra realmente enfadado, y no es poca cosa porque quiere matarlo, ya que Brewster le sigue la pista para evitar que siga matando impunemente. Hay que decir que la forma de expresión del filme no es solemne, busca ser más fresca que seria. No obstante por supuesto a su vez recurre al horror en momentos claves, con efectos especiales grandilocuentes, con personalidad, excesivos e imponentes, en las transformaciones y en la muertes fantásticas. En dicho quehacer cumple con excelencia en su cualidad de terrorífica, como ver a un agresivo lobo atravesado con una improvisada estaca y luego volverse lentamente en ser humano. Siguiendo con la historia Charley recurre a Peter Vincent, y antes a su amigo de risa antipática y que se da de listo siendo particular y de escasa palabra, a Evil (malvado en español, quien sirve para la broma y el relajo, como para el miedo; un secuaz a lo Renfield moderno). Éste filme tiene la gracia de tener a la actriz Amanda Bearse (la vecina odiosa de la serie Matrimonio con hijos) como la bella musa del relato (pregunta retórica, ¿no tiene suma gracia la intervención de actores populares en películas de terror, sin utilizarlos como deidades?). No se necesita demasiados motivos para pelear contra el mal, y es que todo remite a las necesidades básicas, sobrevivir, lo sensual, cosas tratadas con argucia en la propuesta. 

Black Christmas (1974, Canadá) 


Éste es uno de los slasher capitales/definitorios en el (sub)género, que ha servido de referente a muchos, y que es sumamente sencillo como se acostumbra, pero efectivo, lógicamente destacado. Concreta escenas de homicidios dentro de un notorio acomodo, escenas artísticas, aunque por una parte duras, como retratos fotográficos, más que salvajemente sangrientas o en evolución gore como en otras propuestas venideras del estilo. Implica a un demente asesino serial oculto en penumbras, fuera de campo, en un anonimato y resolución del misterio de desasosegante pesimismo y ambigüedad, en donde todo sirve al pánico y a la atmósfera de sorpresa, de acechamiento criminal, maniático, teniendo un pequeño cierre ahora tan clásico de último susto pero de interminable coherencia formal. El demente yace escondido en el ático de una fraternidad femenina ubicada en una casa que alberga a 10 chicas adolescentes, una de ellas es la popular actriz Margot Kidder (la Lois Lane del Superman con Christopher Reeve) de avispada lengua y conducta desenfada, que hace las delicias del espectador de terror al no ser la final girl. Una particularidad son las obscenas llamadas por teléfono que hablan de una personalidad múltiple y una enajenación que no teme lo ridículo. El realizador del filme Bob Clark demuestra buen pulso, proporcionando bastante tensión y un concepto contundente, como con la continua interacción de una escena marcada en un cadáver balanceándose en una silla mecedora vista desde la ventana, el de una chica asfixiada con una bolsa de plástico. La trama está dentro del contexto de una fecha de celebración familiar, la navidad; aquí desde la sutil independencia y libertad juvenil puesta en peligro (premisa sobreexplotada en el slasher), un miedo común en no concebir el futuro desarrollo americano, desde distintos planos (abuso, restricción).

Veneno para las hadas (1986, México)


Podemos llamarle maestro del terror al mexicano Carlos Enrique Taboada, ya que hizo varias obras de terror creando una identidad propia con un cine en gran parte refinado. No obstante cercano al público, aunque por momentos exhibe cierto tufillo a la telenovela de su país, pero que en conjunto bien logra vencer con el cuidado de sus películas, hasta ser bastante reposado, tanto como explicativo, demasiado verbal, en busca de la atmósfera de miedo y el convencimiento de su relato, lo cual lo hace algo plano o básico en general, recurriendo solo a pocas escenas y elementos para asustar o a efectos austeros, por un lado clásicos. Pero hay que reconocerle que perpetra una sensibilidad para con el terror, tiene un recurrente lado dramático en su cotidianidad, de ahí que asome la telenovela por su explicites y machaque argumental y, digámosle, palabreo. Le hace falta más misterio y elipsis, aparte de ser lento en su exhibición. Lo mejor es que crea un cierto clima en sus obras, se esfuerza en asumirlo, y se vale de sus propios recursos. Taboada en vida fue criticado a menudo negativamente, tampoco tuvo mucho respaldo con el público, salvo la película que nos compete que fue todo un éxito en ambos ámbitos (hoy en día la crítica le ha dado un mucho mejor lugar, tiene seguidores, admiradores del género), y que aunque las mayorías se suelen equivocar, ésta vez hay que decir que Veneno para las hadas efectivamente es su mejor película de lejos. Tiene buen timing, cambio de escenas más rápido, notable originalidad, totalmente opuesta a la telenovela, con niños protagonistas en estado de gracia, momentos sutiles dramáticos, pequeñas aventuras y percances. Es una historia sólida la de Verónica, una niña huérfana que vive con su abuela decorativa y una nana/cocinera que le cuenta historias fantásticas; y es solitaria y rara aunque bella. Verónica (una prodigiosa Ana Patricia Rojo, actualmente encasillada de malvada en las telenovelas mexicanas) tiene una de esas locuras o fijaciones que no le faltan a los pequeños, la suya es ser una bruja, que la crean como tal, y valga la paradoja macabra conseguirá lo que quiere. Para ello le hace bullying psicológico a una niña adinerada y compañera de clases llamada Flavia, a la que domina, y de la que abusa, quitándole a través del miedo ante represalias diabólicas, al poco de alguna coincidencia, tretas y mentiras, como de suma astucia, pertenencias que atesora, como su perro o una muñeca costosa. El filme se sirve de lo ordinario sin preocuparse todo el tiempo del terror. Se le siente menos presión con lo que trata, una frescura muy lograda, cosa que se nota busca trabajar en su quehacer cinematográfico, y lo adquiere, pero con un valioso sentido de lo formal sin ser elitista, y no la omnipotente vulgaridad que todos buscan para crear realidad. El terror puede verse hasta en un segundo plano y ser más una interrelación de conductas de poder y creencias paganas, estilo que se repite en su filmografía, dar pie a lo harto común, aunque casi siempre manejando un leitmotiv "siniestro", entre comillas porque puede parecer naif en parte, pero aquí recalco que se torna muy cautivante en aquellos “entretiempos”, no una narrativa manida o precaria en interés como suele ser. El filme invoca una relación de subordinación, de esclavitud infantil, apreciando que ésta temprana edad domina la visión del relato; los adultos incluso son evitados por la cámara, no se les enfoca los rostros. El anhelo de Verónica es convertiste en la bruja más despiadada, sin ponerse a pensar en las consecuencias de sus designios, producto de la inmadurez, su carácter antisocial y de su sentir velado de abandono. En todo sentido Veneno para las hadas es un logro para Carlos Enrique Taboada, acotando que su cine de terror en general no es para nada despreciable, aunque lo demás sea menor a la película que comento ahora. Tiene películas del género que pueden ser un buen complemento, como Hasta el viento tiene miedo (1968) sobre el fantasma de una jovencita suicida que visita un instituto universitario privado femenino de claustro en busca de venganza; o El libro de piedra (1969) sobre la obsesión de una niña tomada por loca a razón del fantasma que evoca una estatua de un chiquillo muerto violentamente y que implica la magia negra.

The woman (2011, EE.UU)



Lucky McKee es uno de los directores americanos que se han hecho de cierto renombre en el terror, todo un logro viendo que en EE.UU se hace mucho de éste cine que tanto nos entretiene (al que uno personalmente le llama el género más divertido), y la competencia es brutal, tanto como el alcance de la calidad varia bastante. McKee con su primer largometraje de cine, May (2002), dejó un pequeño hito en el séptimo arte, ya que el filme se volvió uno de culto, si bien tiene detractores e indiferentes. No obstante su atmósfera freak, cierto detallismo como la quebradiza caja de vidrio de una muñeca representando la crisis de la extraña protagonista, y una idea conseguida en la chica marginal que solo quiere a alguien que le quiera, pero su rara, abrupta y extrema personalidad se lo impide, la frustra hasta enloquecerla, lo pusieron a la vista de muchos, con lo que consiguió fanáticos. Su último filme All Cheerleaders Die (2013) estuvo en el festival de Sitges que lo ha acogido desde sus inicios; y lo digo a secas, no es una gran película en realidad, aunque logra ser entretenida en determinada proporción. En esa película Mckee trata de aprovechar el contexto juvenil de los chicos bellos y cool, de las porristas y los deportistas, los que se enfrentarán en una lucha parecida a la de los superhéroes en una irreverencia tan superficial, ridícula, inocente y vacía que aún no tomándolo demasiado en serio viendo el tono que busca no paga, y decepciona en buena parte. También entra a tallar una outsider freak que tiene la curiosidad de practicar la magia negra y le equivaldrá a ser aceptada finalmente. All cheerleaders die es algo que McKee deseaba mucho, es un remake de un filme para video casero que hizo el 2001, y lo codirige nuevamente con Chris Sivertson. Sin embargo las buenas intenciones, o un estilo personal, no te aseguran nada conseguido, aunque estén algunas de nuestras constantes. A esa película la falta una lógica mínima, verosímil (no lo es no temer consecuencias tras un repentino homicidio múltiple, ser tan ligero), y un quehacer fantástico más que terrorífico. El uso de una comedia de estereotipos le juegan totalmente en contra y el producto reprueba. Por ésta razón escojo The woman que tiene premisas y una concreción interesante en su hacer cinematográfico, una película anterior en la que predomina su mejor arte a pesar de algunas carencias y defectos, en un filme que ganó un merecido premio a mejor guion en Sitges. La trama trata sobre una familia de cinco miembros. El único ser inocuo o normal es la niña pequeña, mientras la madre que uno pudiera también excusar sufre de falta de carácter y representa otra clase de esclavitud, como parte de la descomposición situacional, por lo que solo la dulce cría resulta el bastión de redención de la humanidad, a la cual liberar de la proclividad a la corrupción, volviendo a lo esencial, aunque la salida represente una aparente involución, quedando un simbolismo dentro de una acción primaria. Ésta familia va a vacacionar a un bosque, en que el padre que está secretamente trastornado aparte de ser un abusador familiar en distintas facetas – no hay límites a estipularlo negativamente- atrapará a una mujer salvaje, con lo que empezarán a surgir revelaciones violentas y deprimentes, de lo que no nos preguntemos razones. La historia se toma ésta extraña presencia como licencia para pensar y no responde al respecto, quizá no lo necesite, llegando a sobre-explotarlo en sus escenas de terror (si es que ya la actitud del padre para con su lazos sanguíneos y el trato con la mujer primitiva no lo representan, desde otra forma de horror). El desenlace es sangriento en lo caníbal y propio del animal fuera de sí. Antes se logran dos realidades interconectadas que “sobrepasan” en buena parte al género, exponiendo a la sociedad. Cada integrante de la familia se verá influenciado por aquella particular, dúctil, lúdica y engorrosa presencia que yace en cautiverio en la piel de la inglesa Pollyanna McIntosh, de donde saltarán las carencias emocionales, el deterioro interno y nuclear, y los anhelos sensuales a través de la subyugación del poder (confundiéndose la brutalidad en el supuesto opuesto entre civilización y barbarie), a la vez que se reflejará la marginalidad, ubicua en la obra de McKee (tanto como el lesbianismo, aquí ausente), en la hija, junto al aprendizaje social del hijo de tendencia a la venganza a raíz del padre omnipotente, mientras se vuelve invisible lo que uno llamaría lo correcto (se hace lejano, despareciendo los límites ante el predominio de la dominación del más fuerte), que incluye la ruptura de la cualidad universal de ser seres humanos. 

Trick 'r Treat (2007, EE.UU)



Ésta es una película que no hay que sobrevalorarla porque no es que reboce de vasta creatividad, pero es una obra que ha gustado/y-suele-gustar a buen punto, ya que hay que decir que es sumamente simpática, con su pequeño toque de cómic, de cuento fresco y ligero, siendo bastante ágil (dura una hora y veinte que vuelan), y que se ha hecho de un pequeño nicho en el amante del género, para lo que su director Michael Dougherty ya prepara la segunda parte. Su aporte podría ser que se dirige sobre todo al adolescente, hace las delicias de una noche de terror juvenil, utilizando a niños para asustar, hacer daño, matar y que estos sean asesinados (un guiño claro a ellos, a un público objetivo), su rasgo de atrevimiento, en cuatro historias y un prólogo que se dan en la noche de brujas, concatenando las distintas líneas narrativas –hay vínculos hasta el último momento- y jugando con el tiempo de los acontecimientos. Al final surge una cohesión conjunta que hace de la película una historia que sabe crearse la libertad de poder manejar varias populares expresiones de terror en un solo espacio, encerrándose en una trama que se retroalimenta de sus partes independientes, dejando el mensaje central de que no debes tomar a la ligera el día de Halloween, debes respetar la creencia y las costumbres de ésta fecha, sino habrán consecuencias como la visita del silencioso, ubicuo y observador niño monstruo de rostro escondido, símbolo del filme, como a su vez de algún hombre lobo, vampiro, asesino en serie, fantasma o pequeños demonios condenados. Trabaja con la pérdida de la virginidad, haciendo que el aspecto de la sensualidad esté muy bien tratado en general, sin emocionarse con su presencia (es más bien un filme llamémosle correcto en ese aspecto); la burla o bullying escolar al marginado que logra vengarse; el típico vecino loco, cascarrabias, temido y ermitaño con un pasado oscuro y cuentas que pagar; y el karma propiciado en el cambio de rol del gato y el ratón tras una doble vida, bajo un eterno disfraz que esconde a un despreciable ser humano, uno más cruel en su particular ligereza hedonista que un ser mítico. El filme posee en el transcurso potentes giros, muchas sorpresas, novedad, en medio de cuentos legendarios, un detallismo supersticioso bastante rico, y un ambiente festivo mientras asoma lo macabro, en una propuesta que logra contener personalidad siendo tan contemporánea.

The sacrament (2013, EE.UU)


Estamos ante un cineasta bastante reconocible y querido en el género, gracias principalmente a La casa del diablo (2009) que es una película que yace en las mejores memorias del terror, aunque haya quienes la consideren menor ante otras, viendo que recoge la idea de la aclamada y famosa Rosemary's Baby (1968) de la que beben muchos. La casa del diablo tiene una ambientación muy conseguida de los 80s y una demora del misterio y preparación de tensión que a uno solo le queda aplaudir, como un rasgo de beneficiosa identidad, y sumarse a la legión de fanáticos que tiene. Su director Ti West suele presentar como una muy buena cualidad la espera y contención de lo que uno busca, el susto, a lo que uno atribuye producto de la experiencia y madurez, como en The Innkeepers (2011) en donde la aclimatación se presenta supuestamente complementaria aunque sea la mayoría, aparentemente inocua, sin embargo esconde la raíz del logro llegado el instante de la verdad, que incluso recurre a la comedia juvenil, a la interacción simpática de jóvenes protagonistas y a burlarse de los propios parámetros del horror, con lo que consigue hacer más potente su resolución, en el sentido formal de quien dice, el que busca encuentra, o no pidas lo que luego no podrás manejar, con una conciencia del miedo que cumple a perfección, tras jugar a la expectativa trunca, hasta el golpe de gracia de un desenlace tan aguardado, en lo que hace valer la predisposición e inquietud (gracias a la paciencia y el buen timing), bajo un engañoso relajo, ya que uno “sabe” de lo que trata, le tiene fe a West. Lo mismo vemos en cierta forma en The sacrament, aunque apure mucho más el paso, y sea en gran parte predecible. No demorará tampoco demasiado, a unos 40 minutos de metraje, en saltar la escondida realidad, el fanatismo enfermizo y auto-destructor; que los grandes discursos de hermandad, ideal y perfecta humanidad, y sus entusiasmos, son una ilusión utópica de una oscura represión, a poco de ese intento de convencimiento de un falso espejismo de virtud que es la llamada parroquia del paraíso. La trama nos enseña a una secta religiosa de filosofía socialista en medio de un paraje selvático del que desconocemos su ubicación exacta, en donde van a vivir ciudadanos norteamericanos pobres o relegados, e involucra el temor de la injerencia del gobierno de su país; que visitan tres periodistas tras la hermana fanática de uno de ellos que vive en ésta comunidad que recuerda un hecho real en la matanza de Jonestown, ocurrida en 1978, y que degeneró en más de 900 suicidios inducidos por quien ésta película llama como Padre, mentor interpretado por un creíble, de fuerte impresión en quien lo observa y elocuente Gene Jones que lo hace muy bien sin ser un actor consagrado o con un background apabullante, pero que acepta éste tremendo reto protagónico, satisfactoriamente. El filme recurre al found footage, o metraje encontrado, y al mockumentary, o falso documental, aunque se toma ciertas licencias para no mostrarse precario o molestar al espectador, pero sin perder la credibilidad en sus medios narrativos. Es una propuesta que se posa sobre un lugar común de la cultura anglo-americana, y aunque no resulta especial cumple con su cometido (acoto que ostenta su nivel), y recrea de forma más que decente en cuanto a lo terrorífico el Proyecto agrícola del Templo del Pueblo, y su lúgubre debacle. Veremos muertes masivas, donde hay niños inyectándose cianuro o tomando refrescos de colores envenenados; se da un efecto grotesco de cierta explicites, hay quien se prende fuego por propia mano o se degüella o acribilla a una pequeña. Ésta película entrega lo esperado en el horror, y encima durante un buen tiempo. Es ese potente contraste que tira abajo toda esa inclinación o debilidad a seguir ideologías de modernos cultos que son tan nefastos y oscuros, muy en la línea del gurú criminal Charles Manson, y es como atender una recurrente lección cinematográfica contra los fanatismos, más para el norteamericano, mientras en el camino uno se intimida con su inclemente brutalidad.

Pulse (2001, Japón)


El director japonés Kiyoshi Kurosawa, el otro Kurosawa famoso, se destaca en tres géneros, el thriller, el drama y el terror, no obstante sus mayores contribuciones al séptimo arte son en la mixtura de dos de ellos, el thriller y el terror, rompiendo su línea divisora mientras juega a diestra y siniestra en ambos campos; su trepidante acción, su propagación intensa de descubrimientos y los novedosos giros que manipula se mezclan con una atmósfera tenebrosa, misteriosa y oscura, dando películas del calibre de Cure (1997), su obra más famosa, muy bien recibida por el público, la que es la cota más alta de su filmografía, donde la maestría de Kurosawa hace de una historia que podría ser fácilmente ridícula y carente de credibilidad artística, ergo fallida pretendiendo ser seria, una propuesta cautivante, en un calmo pero desequilibrado y endiablado asesino en serie que practica la hipnosis –de forma ingeniosa con el agua y el fuego, como con una gotera del techo o la llama del encendedor- con la que convierte en criminales a gente anónima y promedio. Cure es un filme lleno de adrenalina, intriga, suspenso y emoción, que llega continuamente desde la habilidad de lo impredecible, como a su vez por la interrelación de sus antagonistas, habiendo una lucha de caracteres poderosos, partiendo del detective de policía Kenichi Takabe (Kôji Yakusho), un hombre psicológicamente torturado por el amor y compromiso hacia su esposa enferma, inestable y proclive al suicidio. Kiyoshi Kurosawa se aboca en sus películas a crear un conjunto contundente de detalles, azuzando algún contexto bastante personal y especial (la imaginación en sus manos es una de sus grandes virtudes), en lo que no solo maximiza sus recursos, sino que trata de manejar varias aristas intercomunicadas. Tiende a componer una red de cierta complejidad en sus relatos, a veces intrincados que uno puede perderse como tiende a pasar en el que nos compete en el título, Pulse o Kairo, si bien con suma atención no hay ningún problema, teniendo en cuenta que aunque puede ser definitoriamente ambiguo y tramposo como en Loft (2005), suele explicarse bastante bien. Pulse es la otra obra de mayor destaque en su filmografía, una película adorada por los fanáticos del género. Ésta me recuerda la premisa de El Aro (Ringu, 1998), pero en lugar de un vídeo sentenciando a quienes lo ven al cabo de 7 días al no resolver el misterio que encierran unas imágenes alrededor de una tétrica alma en pena cargada de venganza llamada Sadako (todo un clásico ver su rostro cubierto por el cabello negro y largo, descalza en su túnica blanca), se trata de un especie de virus que se clava en la psiquis al mirar en internet un mensaje difuso y mínimo sobre una abstracta sala de muerte y escenas que integran al observador y a espíritus en imágenes lúgubres, ennegrecidas, entre rayas de inestabilidad focal, que remiten a la expansión del mal (Kurosawa filosofa/argumenta al respecto), en la promulgación apocalíptica de un planeta (el nuestro) de fantasmas, en donde la víctima se aísla, se descuida, se deprime, desaparece como ente fantasmagórico y más tarde se suicida (hay muchos y distintos). Todo esto lo hace un director a tener convenientemente presente, a seguir su pista, como con su último filme, el thriller Seventh Code (2013), el que tiene su mayor valor en un giro inesperado pero ciertamente necesario, a poco más de medio camino de duración, que resulta bastante simpático e interesante aunque no sea la obra en sí un destape de demasiada original; estamos hablando de una pieza humilde si se quiere, que dura apenas una hora además. Empieza con una tonta persecución de amor a primera vista, en una joven oriental, de ascendencia china, relacionada con japoneses y rusos, que parece toda una cantante de pop (una declaración formal, en una superficialidad que remite al entretenimiento puro y duro), que conoce muy poco a un tipo (aunque guapo y elegante), casi nada (de lo que salta la frase de no guiarte por las apariencias que tan bien encaja en el concepto del filme), pero queda tan prendada de él que lo sigue con loca devoción a otro país, a Rusia (donde se encuentra con un anexo narrativo sobre la frustración laboral, y el anhelo del éxito en el nuevo amigo y dueño de un restaurante), para girar intempestivamente en otra historia que no revelaré siendo la razón de ser del filme, en una apuesta a lo M. Night Shyamalan pero sin dar vergüenza ajena, cosa que se agradece ya que pudo ser tremendo bodrio o algo insignificante, carente de gracia, y no el pequeño divertimento y discreto logro lógico que termina siendo. Agrego como colofón y dato curioso que Kurosawa a veces tiende a unos minutos finales absurdos, a un cierre entusiasta que puede ser hasta irrisorio (en Seventh Code es puro carisma; o en Retribution, 2006, demuestra tener mucha inteligencia relacionando lo criminal con lo paranormal/fantástico, como en Cure), lo cual es perdonable, aun siendo innecesario, diría, pero, bueno, son ocurrencias sin importancia, que desde luego no malogran el gran trabajo conjunto de este atractivo director.