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jueves, 17 de octubre de 2013

Páginas del diario de Satán

De la época silente del admirado director danés Carl Theodor  Dreyer, uno de sus primeros filmes que cuenta con cuatro historias repartidas en 167 minutos de metraje. Todas con la relación de tener al demonio como tentador del hombre en una penitencia que mengue su juicio divino; colocándonos dentro de cuatro hechos históricos que son la revolución francesa, la inquisición española, la entrega de Jesucristo y la guerra civil finlandesa.

Con la expresividad a flor del gesto sugerente de sus actores y una música suave recurrente que no aturde ni molesta se dan relatos en base a acontecimientos reales bajo pequeñas historias de tentación, en donde Helge Nissen como Satán se disfrazará de alguien que buscará que peque algún hombre, traicionando al amor, al maestro redentor o a la patria.

Brilla la notoria capacidad de Dreyer para adaptarse a cada lugar y fecha, con todo el contexto adquirido plenamente, y hacer de cada cuento algo familiar, próximo al espectador, humanizando la pantalla y los hechos, sin perder la facultad de realismo general.

Se dan muchas emociones gracias a la plasticidad y el histrionismo de cada actor, sabiendo contener el momento indicado de la duda que es punto principal en cada acto de pecado o salvación. Algo que vale mucho en este cine mudo, porque todo es visual, creando facilidad de conmover e identificarse con lo visto, sentir el momento y sublimar cada escena. Es un canto de teatralidad y pasión, de ponerse como en medio del alma de sus personajes, base del concepto del filme y lo más importante del conjunto.

En la primera historia vemos la interpretación casi al pie de la letra del gran hecho bíblico de la delación del hijo de Dios en manos de Judas, con un magistral Jacob Texiere como tal personaje, encogido temeroso más tarde como una cucaracha yendo más por insistencia del diablo (claro trasunto metafórico de su consciencia pecadora; que sirve de explicación psíquica) y un entorno celoso y hasta un estado de envidia y crítica personal que por maldad a dar el beso traidor. Tiene un halo poético como con el agua sobre los pies para que una devota limpie con su cabellos a Jesús, quien yace como en la iluminación sin conflicto, en un estado aparte, incólume, siendo más el camino de Judas el presentado a sazón de Satán. Hermoso retrato que nos hará sentirnos casi en el lugar del acontecimiento, aunque lo que aporte sea un estado de emulación preciso, muy conocido, pero sin sobrantes, y con un aura emotiva contundente en medio de la gracia divina y lo fidedigno como lo ideal.

En la segunda historia nos ubicamos en Sevilla del siglo XVI, y asistimos a la Inquisición, que más tarde Dreyer abordaría en Dies Irae (1943), y que trata sobre el deber creado y la decepción de los impulsos afectivos, que se parece al siguiente relato, el de la Francia de 1793 y la reina gala María Antonieta que como personaje interviene independientemente en su espacio. La tercera historia es la más larga, interpretada por Tenna Kraft, que sale de lo común con su cuerpo grueso para interpretar el papel o la imagen que uno tiene de la reina decapitada, y que Dreyer la reviste del aura de redención como se puede ver con la protagonista de su obra maestra La pasión de Juana de Arco (1928). Aunque ligeramente distintos, en ambos yace el rechazo y hay ambiciones políticas o religiosas como un reenfoque de una vida que luego se llenará de culpa, tanto que el demonio impreca a un pecador en su desmedida ruindad que cobra tres vidas y tres deslealtades pero que él ladino ha empujado hacia ello en su disfraz de menesteroso y su carta delatora, mientras en otra cara Don Fernández llora perdido movido por una levedad de acciones propias que son catastróficas por cierta inconsciencia.

En el último cuento brilla el sacrificio, y la brutalidad de los anhelos. Dos bandos e intereses propios, en la lucha del yo contra el colectivo, la mezquindad individual frente a la esencia de un bien supremo, mayor, por encima de uno mismo.

La novedad se presenta con la época finlandesa pero más solvente resulta el de la revolución y los jacobinos, más amplio e intrincado y menos predecible. Sobresale mucho de la Inquisición Johannes Meyer, mientras Elith Pio como Joseph lo hace en la tercera secuencia. En tres de cuatro relatos es extraordinaria alguna actuación, pero el nivel general es equilibrado, plausible.  

Es un filme algo lento que requiere un poco de paciencia, se toma su tiempo pero no le sobra nada, todo aporta y engrandece al cuadro presenciado; tiene escenas de acción solventes como con los caballos en la Finlandia de 1918 (incentiva con poco, pero en gran medida la imaginación del contexto de la guerra en Hirola). Muestra la elegancia francesa de la nobleza en los Condes Chambord, en apenas un retazo musical; y la vulgaridad con la prisión de la reina teniendo a los soldados fumando y jugando, que hacen contrastes valiosos adelantándose a las letras que anuncian el cambio de aspecto de María Antonieta. La imagen de Don Fernández auto-flagelándose es de una estética y escenificación sublime (y el conjunto tiene varias). El retrato bíblico pasea por momentos casi pictóricos como el de la última cena. Carl Theodor  Dreyer hace un cine memorable, y cualquier esfuerzo es más que bien pagado. 

sábado, 26 de noviembre de 2011

Dies irae

Dirigida por uno de los cineastas más respetados del mundo Carl Theodor Dreyer, para muchos uno de los máximos exponentes del intelecto a disposición del cine. En ésta su obra nos remite a la cacería de brujas impartida con fiereza a comienzos de la edad moderna, para ser exactos el relato nos coloca en 1623 con la acusación de pacto con el demonio de la anciana Herlofs Marte. El reverendo Absalon Pedersson se convierte en su confesor como su juez y a sabiendas de haber ayudado a la madre de su actual joven y segunda esposa Anne de salvarse de la hoguera para contraer matrimonio con su hija la encuentra culpable obviando sus suplicas y recriminaciones ya que ésta cree fervientemente que a quien salvo era una hechicera a diferencia de ella.

La trama de la cinta nos recrea la persecución por herejía en un pequeño pueblo evangelista regido por su alta devoción religiosa dirigido por un poder eclesiástico que rige los destinos de la gente en donde Absalon es el más alto representante movilizando la obsesión por desterrar del mundo las prácticas oscuras en contra del nombre de Dios como suelen fundamentar en defensa de sus salvajes actos. Utilizan la inquisición y se valen de la tortura como del rumor para lograr confesiones que terminan impartiendo la pena capital en el más terrible sufrimiento, ser quemados vivos.

A ese fanatismo que mantiene a Absalom en constante meditación de sus propias acciones propiciadas por el juicio a Herlofs Marte, se siente culpable de haber obligado a su presente esposa a unirse en matrimonio a muy corta edad sin jamás consultarle y bajo larga diferencia generacional, se suma su fidelidad para con su iglesia de cara a elegir entre su deber para con ella y el favor que le ha entregado a su cónyuge. A su madre, la severa Merete no le queda duda de que su responsabilidad no es para con Anne a quien detesta haciéndolo notar sin concesión ya que siente que es la única gran falta de su idolatrado vástago y hará cuanto pueda para sacarla del camino.

El tema se embrolla con la llegada del hijo de Absalom de nombre Martin, un joven educado, recto y fiel a las creencias familiares que terminará quebrando su moral, el cual deberá hacerse cargo de una decisión, la fuerte disyuntiva entre él o el respeto por su padre, la fe o el amor siendo quizás ya demasiado tarde. En ese trayecto Anne descubre que puede ser vista en la misma señal de su progenitora, unos extraños ojos encendidos que la sindican de bruja con la gracia de manipular a cualquier ser vivo e invocar a los muertos, sin embargo confía en que su afecto sea retribuido. Absalom ve candidez e inocencia y confía en su mujer a pesar de la insidia que genera su energúmena ascendiente a la vez de absorberse en los dilemas que le exige su vestimenta cristiana. Anne saltará de la adustez a la vivacidad y no faltará a la exhibición de sus sentimientos colocando prioridades que le serán proclives a la desgracia.

El título de la película nos habla de un himno latino que quiere decir día de la ira que canta la petición de compasión y perdón, de la aceptación para ingresar al cielo frente al juicio final en medio del apocalipsis. Dreyer hace bien en utilizar dicha simbología que se hace clara aunque bajo la batuta de los hombres que se encargan de emitir veredictos en razón de salvar el alma humana. Retrato que se pliega a la época rodeando el filme de verismo ya que en realidad cabe la posibilidad de que exista en sus mentes la brujería, la fe no se discute si no se presenta como el sendero que todo lo subyuga, infringirla solo permite el pecado y es que el cineasta nos deja la tarea de analizar por nosotros mismos lo que vemos, no nos fuerza a pensar como él sino se maneja sutil, siendo el filme dinámico para haber sido filmado en 1943 y según la temática, tampoco busca ser muy europeo pero no se presenta predecible en su desarrollo o desenlace aunque los hechos yacen en el imaginario común, es decir que saca provecho de una situación manida para hacer una historia propia.

Las interpretaciones son solidas y son grata característica que agrega rasgos definibles en los personajes sin caer en la caricatura, los identificamos con facilidad en sus odios (la abuela), miedos (la condenada), pasiones (Anne), cavilaciones autocríticas (Absalom) y ambigüedades (Martin). El director danés maneja un bello blanco y negro con lucidas sombras al mismo estilo de los influyentes claroscuros de Michelangelo Caravaggio. Sugiere y se manifiesta tenue pero otorgando consistencia a los caracteres a la hora de mostrarse tal cual son, es un estilista que no se recarga y que da luz a las expresiones generando un ambiente incierto que recurre a lo imprevisto y da el giro donde menos se piensa con la impresión de hacerlo cuando quiere, aún ya habiendo tantas formas conocidas no deja de tener autoría sin que yazca mucha pompa a pesar del intelecto del narrador en confabulación con el espectador despierto.