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martes, 19 de septiembre de 2023

El Conde

El Conde (2023), del chileno Pablo Larraín, es una sátira, una comedia de terror, sobre pensar a Augusto Pinochet como un vampiro contado partiendo desde la revolución francesa de donde el por entonces joven célebre dictador juró hacerse cargo de los revolucionarios y socialistas del mundo, como una cuenta que saldar incluso frente a su propio miedo. Pablo Larraín escribe el guion junto con su compatriota Guillermo Calderón, con quien es la cuarta vez que trabaja así en una película suya. Ellos pegan muy bien una historia de terror con revisar la historia e idiosincrasia de Pinochet, de cara a su mandato (que empezó tras el golpe de estado de 1973), al que se le acusa muy claramente de haber sido corrupto. Se dice que Pinochet durante su gobierno se enriqueció de la mano de empresarios nacionales. Se manifiesta que Pinochet aprendió a ser ladrón de la mano de los empresarios. En el centro o parte media del filme se vuelve muy explícito el análisis del gobierno de Pinochet, expuesto a grandes rasgos. Así mismo queda claro con la visita de los hijos de mediana edad de Pinochet, aparecen cinco, que estos dependen de la fortuna de su padre y van justamente en busca de que les entregue dinero; ésta es la crítica más endeble del conjunto, no obstante la película maneja cierto trazo grueso, en su humor negro, en especial con esto en que reincide, a través de rostros conocidos como el de Amparo Noguera y Antonia Zegers. Pero el filme es uno bueno, como terror (sin serlo del todo). En ello entra a tallar la visita de una monja exorcista, camuflada como una abogada y periodista, bajo una muy buena interpretación de Paula Luchsinger, que tiene un lado, sensual y aventurero, y otro, irónico y de denuncia. Pinochet dado por muerto está escondido en una isla, escondido algo parecido a El Club (2015). El filme tiene una potente, y un poco misteriosa, voz en off en inglés (puesto que implica personalidad propia) que acompaña en la mayoría de la trama, y que luego participa (se descubre) directamente y trascendental en la misma historia. Su inclusión es afín a lo histórico que hasta llega a sustentar su inclusión, que se mezcla como todo plenamente, con la fantasía vampírica agregando audacia autoral. Ésta propuesta gana mucho cuando uno la percibe como cine mudo, a lo Vampyr (1932), en ese sugerente blanco y negro que lo contiene, cuando lo visual toma la posta casi por completo, viendo que el idioma español chileno aporta el costumbrismo que también tiene lo suyo y genera la consabida identidad general. Visualmente la propuesta deslumbra, seduce, aunque hay mucha oscuridad por estética. El Pinochet que interpreta Jaime Vadell en el mundo que inventa Larraín está bastante logrado, con sus enormes corazones licuados como batidos proteicos. Alfredo Castro también está excelente como el mayordomo representando al aparato paramilitar o asesino del régimen. El personaje de Alfredo Castro, nunca mejor explotado por otro director que Larraín, sintetiza muchas ideas de los ajusticiamientos extrajudiciales a los que se les achaca a Pinochet, quien menciona ligero también gustar de matar y no solo dar las ordenes al respecto, pero que como líder máximo no era su lugar práctico. Curiosamente se entiende que Pinochet no era el único gestor del modo de comportarse de su gobierno sino atañía a muchos a su alrededor; por momentos parece que Pinochet se dejó llevar también por su entorno, aun cuando queda dicho que él tenía una especie de misión epifánica en su vida, deshacerse de los socialistas, de los revolucionarios. Las razones de que el país escogido sea Chile también se explican, con ironía. Como historia en sí, como cuento, es sencillo, pero competente, sobre todo visualmente, es tremendo deleite ver a Pinochet como un vampiro, o ver volar, jugar en el aire, a la monja guapa, que se permite también ser perversa y un poquito erótica. No es un filme muy gracioso, o es más de risa inteligente; su critica es flagrante, aunque éste Pinochet no se deja odiar del todo. Él mismo responde no tener al demonio dentro, sino sugerir más bien estar (y/o haber estado) más cuerdo que cualquiera, pero es bastante sólido como el vampiro que sale de la mente de Larraín y Calderón. Vadell se presta para muchos registros de la personalidad del dictador, aun cuando no lleva remordimientos, estila mucha naturalidad y relajo, trasmite mucha tranquilidad, incluso cuando puede ser torpe o un algo patético. Es una película que proyecta mucho en un mismo lugar, con pocos elementos, o solo algunos personajes. Jaime Vadell tiene en la vida real 87 años y ha hecho un gran personaje. La evolución de retroceder el envejecimiento, en su performance, está tratada con mucho ingenio y con especial cuidado, si bien el personaje al que asistimos en toda la trama es el de un vampiro viejo y en ese mismo lugar se ha creado una distinción como cine de terror. Atendemos a un compendio de un cúmulo de sucesos pasados en la historia que marcó a Chile y al mismo tiempo todo yace -aunque con algunas partes muy a la vista- dentro de una notable película de terror ligera, dentro de formas con cierto toque arty y a la vez subyugante visualidad, un regocijo para los sentidos. 

martes, 30 de noviembre de 2021

Spencer


No es de las mejores películas del talentoso director chileno Pablo Larraín, pero aun así tiene algunas virtudes y deja un saldo pasable en cierta medida. En ésta película Kristen Stewart interpreta a Lady Di o Diana de Gales o como finalmente se reconocerá, como Diana Spencer, en una obra que es algo obvia y repetitiva, pero que a fin de cuentas funciona. También hay mucho llanto, tensión, melodrama y hasta casi una crisis mental, todo de la mano de Stewart que en mucho del filme actuará como si estuviera siempre sola, con sus frustraciones, penas, decepciones y hasta desesperación, esa que la lleva hasta querer medio como a suicidarse con una escalera vieja, en un momento bien artístico, bien escénico y detallista en efectos. Diana sufre por el amor no correspondido del Príncipe Carlos (el actor británico y desconocido, pero prometedor Jack Farthing, que trasmite cierta melancolía suave en un empaque de dignidad ante el sufrimiento secreto). Carlos ama a otra mujer, que llegamos a ver que le coquetea en una iglesia y Diana llega a presenciarlo, suele ser humillada así, esto se nos manifiesta como no queriendo ni pudiendo evitarse quizá. No obstante Carlos le dice que debe verse obligado a tener relaciones con ella como si fuera algo desagradable, todo en el tono de sutileza que también se maneja en el guion de Steven Knight que a ratos puede ser escandalosamente cursi o excesivamente llorón, muy delicado hasta la afectación, a través de una Diana que no puede ser mala nunca y que todo el mundo dice amarla, inclusive la realeza siente piedad y lastima hacia ella, que puede ser infantil y hasta darse el lujo de ser boba, ir a vomitar repetidas veces -y arrojarse humilde y débil al costado del inodoro- y hacer mil y un escenas como con esa maravilla del collar roto por sus manos en la sopa, que luce una escena incómoda y magistralmente tensa. Diana es comparada con Ana Bolena, y al inicio suena algo tonto, pero a medida que lo piensas -y lo ves- se hace una comparación muy precisa; comparten muchas semejanzas, pero siempre haciendo ver a Diana como alguien intachable, golpeada por el entorno que tampoco pretende dañarla ni tampoco Knight, quien es muy respetuoso o cuidadoso en su guion. Toca llagas, pero luego afloja y deja limpio y despejado el terreno, deja muy poca perversidad en el aire. Parece como que no existen culpables, es más como una mala jugada de la propia vida o el destino caótico y azaroso, dentro de esa responsabilidad que Diana parece no contener en un machaque de humildad y llaneza de la personalidad que nos muestran de ella, la princesa del pueblo, y la dueña de un apellido sin mucho abolengo, Spencer, como cuando terminan en KFC tras una escena sumamente ridícula, poco digna de un cine serio, pero que se entiende como más que un desliz una empatía para calichines (cinefilia para dummies). Diana (Stewart) se arrastra cayéndose por las paredes, huye rota y maltrecha, dolida, intenta escapar y no puede (cosa que está en varias partes simbolizado, como con las cortinas), se va desmoronando y reincorporando -y volviéndose a caer- hasta llegar a dar con el water. Todo esto es muy exagerado, muy notorio en querer sensibilizar de la manera más primaria y medio que funciona y no tanto, todo a media caña o en baja sintonía, sobre todo para la gente exigente. Hay varios momentos donde se trabaja con la humildad de Diana, que se confiesa al cocinero o a su asistente que la viste, interpretada por Sally Hawkins quien interactúa un poco en el filme con quien es en la vida real Stewart, con su lesbianismo y su dirección de cine en ciernes, un agregado quizá de Larraín, que tampoco desentona, pero pega un poco de cursi también. Es un filme sobre el sufrimiento, sobre no encajar, también sobre ser continuamente golpeado, humillado y sometido y encima retenido en el mismo sitio para seguir recibiendo más golpes, todo bajo ese protocolo aristocrático que hace complejo y arduo disfrutar de tanta opulencia, curiosamente tanto dinero notoriamente no satisface y todo por culpa de tantas restricciones (representadas muy bien en el glorioso personaje militar que hace el gran Timothy Spall, pero que guarda una sorpresa), donde un simple espantapájaros desarma tanta imposición y ¿por qué no?, medio que funciona, es creatividad. Mucho sufrimiento más bien adormece, la exageración te pone insensible, pero para ser justos algo sobrevive, no toda fragilidad sirve, pero queda. Ningún filme de Pablo Larraín es malo, pero el presente está lejos de ser notable; a ratos tanto lujo, y perfección en ese sentido, más bien parece de telefilme. 

domingo, 28 de noviembre de 2021

Ema


Ema (2019), del chileno Pablo Larraín, es una película cool y que por todas partes exuda y grita popularidad, también es una película con personalidad y que a un punto hace lo que le da la gana. Puede que sea algo efectista y algo notoria en su ansia de ser cool y quizá hasta cinefilia hardcore, pero es una excelente película, no cabe duda, y se disfruta un montón. Qué importa que se noten algunas costuras. En ella se baila y se canta reggaetón. En un momento se argumenta, se le critica a éste baile propio de una nueva época musical, con lo usual, con una exposición de enojo e intensa de alguien inteligente pero de expresión sencilla. Pero enseguida salta a la pantalla como un tiroteo verbal un monólogo poderoso que enaltece al reggaetón y lo fundamenta en un orgasmo y queda perfecto. El filme intenta coger la esencia de éste baile comercial y popular en su postulado máximo, el sexo, que deriva en sensualidad, erotismo de a pie y de paso la libertad del cuerpo. La protagonista es Ema (Mariana Di Girólamo, joven muy popular por un par de telenovelas chilenas) y ella tiene harto sexo en pantalla, con mujeres y hombres, es bisexual, sin tapujos, libre como el viento, pero en un empaque light, medio para la fotografía pero que se percibe simpático, que aprueba, aunque puede que un poco esté demás. Ella deja en claro su liberalidad sexual, se ven muchas escenas de éste tipo, cuidadas, no vulgares, pero sensuales, guapas, en especial con compañeras de baile, queda totalmente claro que esto es el reggaetón o se intenta decir que éste es su mundo y filosofía, simple y contundente, como el filme en cierta medida. El gran Gael García Bernal hace un papel como un tipo y marido tóxico, algo malvado; tóxico es la palabra de la nueva época, una palabra ubicua, de esa otra cara y lugar común o dominante que es el feminismo y la denuncia del patriarcado en nuestra actualidad. Me viene a la mente con ésta película dedicada al reggaetón un debate con el porno donde se podría decir que hay matices y muchas contradicciones por donde se vea, no se sabe definírsele del todo, sí repudiarlo o perdonarle la vida, llamarlo esclavitud y deterioro o liberación o simplemente derecho, así vamos pensando sin querer pensar tanto, es un filme básico en realidad pero bueno. Ema usa un lanzallamas, casi como una seña de su personalidad, como si fuera un cómic, epítome de lo cool, sin duda una gran idea, el fuego es algo muy visual y hermoso, así como el rocío de éste sobre un carro es impactante y efervescente, aquí bajo un plan que al final se desarma en la esencia general -en la temática simbolizante del reggaetón- o es que es sólo cumplir -y ya- con añadir una raya más al tigre de su definición de relajo sexual. Por pantalla pasan algunas luminarias chilenas, actores icónicos o populares chilenos, uno de ellos propio de un gran hit internacional (La Nana, 2009), es la actriz Catalina Saavedra, quien se manda un monólogo riquísimo que le da duro a la pareja protagonista y describe matices, con tremenda solvencia verbal e histriónica, como para darle más momentos así en otras películas. Aunque Mariana es la verdadera estrella de la película y lo hace muy bien, Gael siempre es competente y demuestra el porqué de tanto recorrido profesional y cierta fama. El mexicano sabe ser perverso, Larraín también es un maestro con esto, aunque éste talento a algunos no suele agradar, pero da en la llaga, tiene bastante poder escénico. Un estribillo de sarcasmo y herir al otro asoma en la voz repetitiva de Gastón (Gael) y esto aunque cruel moviliza el filme y a Ema curiosamente, la heroína. Al término del "ingenioso" plan surge un embrollo familiar, un lugar familiar caótico, muy contemporáneo, un poco freak, de muchos colores, pero todos, aunque algo avergonzados, felices. Por el final más parece cierre de comedia de enredos; se diluye un poco el reggaetón, pero como al comienzo -despacio, sólo baile primero, bajo un sol enorme y sugerente- es como subir y bajar los decibeles. 

jueves, 9 de julio de 2020

Hecho en casa (Homemade)

La presente propuesta es una película ómnibus, con 17 cortos hechos por directores de distintas partes del mundo, que tienen en común hablar del confinamiento por el Covid 19 y expresarse técnicamente en esas condiciones, durante la pandemia. Empiezo con los que no me parecen buenos. El corto del galo Ladj Ly, porque no posee inventiva alguna; refleja algo social, pero de la manera más plana posible, y sin tocar ninguna fibra emocional. Técnicamente bien, solamente. El de Rungano Nyoni. Versa sobre un chatear en plan cool, actual y romántico, pero no tiene curiosidad alguna ni logra lo que se propone; se le percibe anodino al hueso, muy poca cosa en cuanto a la pandemia además. El de la india británica Gurinder Chadha, porque sólo es mostrar su vida diaria privilegiada al tuétano. El de Nadine Labaki y su esposo Khaled Mouzanar, porque es sólo filmar a su hijita actuando, monologando, fantaseando, que tiene de curioso ciertamente, pero también de incoherente y extraño. Y el peor de los 17 cortos, de la mexicana Natalia Beristáin, que es filmar también a su hijita, sin ningún tipo de aporte o creatividad; la pequeña se comporta sumamente infantil, como cualquier niñita, y no hace nada llamativo, es como ponerle la cámara a un niño de lo más común y silvestre. El nivel de ternura es mínimo como para celebrar siquiera por ello el filme. Los siguientes cortos me parecen interesantes, tienen virtudes, pero los hallo o fallidos, o tiene muchas fallas, o carecen de mi empatía de otra manera. El de la nipona Naomi Kawase. Versa sobre la paranoia de manera lírica, a su estilo cinematográfico de siempre. Se le percibe muy posera, muy arty sin mucha trascendencia, por más que como acostumbra cree su trascendencia hiperbólica. Al final aunque es un retrato tenso quiere ponerle un final positivo y feliz, tal cual refleja su cine, y queda algo medio incoherente, que no sabe definirse. No obstante su corto tiene inventiva, estética, nivel y es curioso. El de Maggie Gyllenhaal. Su corto es un sci-fi y luce atractivo y misterioso originalmente, pero luego el interés se pierde porque no tiene mucho de qué sostenerse, no posee una trama profunda y se vuelve repetitivo y muy simple. Su marido, Peter Sarsgaard, que es el único protagonista del corto, está muy bien, luce muy buen actor. El de Kristen Stewart. Su corto se ve bueno en cómo la actriz sostiene con muy poco implemento entero el filme. Muestra su habilidad histriónica con la cámara muy cerca suyo, casi no se ve contexto, solo apenas una habitación, yace con la cámara pegada al cuerpo prácticamente. Stewart se retrata a puertas de una crisis, pero de manera muy básica, tanto como arty y minimalista -pero con un guión que adolece de cierta ausencia que se hace sentir-, sostenida sólo por su performance que es bastante decente, pero no tan buena, tal cual ella como actriz.También luce demasiado arty, en sentido de la frase que dice mucho ruido para poca nuez. Es un lugar de lucimiento, pero carece de cierto toque para brillar en toda gloria. Es un corto simple al fin y al cabo. No obstante sorprende un poco su actuación. El de Pablo Larraín. Es un corto que se siente antipático inicialmente, que luego se torna cómico con harto sarcasmo, y tiene de bueno como de malo en cuanto a empatía, tal cual es visto Larraín. Tiene su toque perverso light y su suciedad sensual que lo hacen simpático a ratos y a otros molesto. El de Ana Lily Amirpour. El corto se la da de filosófico existencial, pero provoca cierta pereza mental, mucha tontería como para gastar ganas, pero por lo mismo tiene su profundidad. Lo muestra simple, pero efectivo en un paseo de bicicleta por Hollywood, mostrando una crítica suave a la humanidad, pero también defendiéndola; es como un jalón de orejas, un llamado a la conciencia para valorar el planeta, la cotidianidad, las "pequeñas" cosas, el arte. El del chileno Sebastián Lelio. Su corto luce inteligente, pero también algo ridículo; un musical suena curioso. Lelio dice cosas interesantes, como para pensarlas, dichas de manera clara. No obstante a ratos quiere ser distinto y tiene su gracia, pero también su toque kitsch. Es un llamado social y político. El de David Mackenzie. Inicialmente toca fibra, se presenta como el retrato de una adolescente marginada, crea atención, pero luego la pierde por completo, diluye su logro, pierde la brújula de como iba y se convierte en un corto anodino, que ya no importa mucho escuchar ni seguir. Los 5 mejores cortos, los más impresionantes, son los siguientes. El puesto 5 es del canadiense de origen chino Johnny Ma. Trasuda mucha autenticidad y sentimiento, también es un vehículo que luce útil, práctico, es similar a una carta (a una madre y al quiebre con la tradición dictatorial) que tiene una misión -ganársela-, además de que se presta como una buena historia, emotiva, bella, y también bajo un aspecto cool. El puesto 4 es del italiano Paolo Sorrentino. Es un corto que en muy poco tiempo alberga mucha historia, con pocas intervenciones se luce mayor, se nota el nivel del director. Es un tema recurrente en el director, y se nota su dominio y notoriedad. Es bastante irónico y simpático, tiene su pequeña trasgresión. Está hecho con adornos, con figuritas, una de la reina Isabel II y otra del Papa, que comparten un amor platónico. El puesto 3 es de Antonio Campos. Es una historia de terror. Aunque no es muy original, es algo visto por quien ama y conoce el género, es bastante atractivo aun así, está muy bien hecho. Tiene su inquietud y su pequeño misterio. Pone a Christopher Abbott de protagonista y no falla. El puesto 2 es de Rachel Morrison. Su corto es full sentimiento, es muy emotivo, pero positivo; tiene muy poco drama, aun retratando por una parte la muerte de un ser querido. El filme se basa en el amor de un padre a su hijo, en buscar su felicidad de niño, a través de las pequeñas grandes cosas de una infancia plenamente realizada, aún en medio de una pandemia. Morrison enumera el mundo fantástico de su hijo, un mundo ideal, lleno de novedades positivas y alegría. Es el manto protector del padre al hijo. Es un filme sumamente hermoso. Si el de Ma era bueno, éste es re-bueno. Pero pueden ser vistos como complemento el uno del otro. Sencillo, pero te cala hondo. El primer puesto es del alemán Sebastian Schipper. Su corto es un logro técnico, de efectos especiales, con recursos sencillos, y tiene originalidad y es cool; versa sobre la locura del encierro, pero guarda su parte de misterio.

viernes, 8 de mayo de 2020

Tony Manero

Tony Manero (2008), de Pablo Larraín, es una gran película del cine latinoamericano. Pero es una película incómoda, de retrato feo. Pone en la palestra a gente poco agraciada, gente del submundo, gente pobre también. El gran actor chileno Alfredo Castro es Raúl Peralta, cincuentón que está obsesionado con el personaje de Tony Manero que hiciera John Travolta en Fiebre de sábado por la noche (1977). Peralta practica siempre los bailes de Manero, vive siendo éste personaje de ficción. Peralta es de cierta manera el as y galán del barrio, aun cuando es impotente actualmente. Hay muchas escenas de sexo subidas de tono, cargadas de realismo sucio. La talentosa Amparo Noguera hace de una mujer enamorada de Peralta, una de las tres del barrio y del local donde todos practican la imitación de los bailes de la película obsesión de la propuesta. Hay escenas memorables pero mayormente chocantes, como los asesinatos brutales que van sucediendo, salidos de la ira repentina, la frustración existencial y la locura, en medio de la dictadura de Pinochet. En un momento Peralta siente envidia de un compañero y defeca encima de la ropa del amigo -con quien iría a compartir escenario-, como un animal salvaje, como un eterno solitario aun acompañado. Éste protagonista es mucho esto, una bestia salvaje. El filme de Larraín tiene un escenario de pobreza, con curiosas canciones latinas melodramáticas de fondo en varias acciones que terminan luciendo incómodas, como cuando Peralta se excita de pronto y seduce a la hija de la mujer con quien yace emparejado mientras ésta queda cada vez más desencajada por sus acciones en todo un ambiente de gente que suele quedar mal parada. Se da una escenificación de fealdad reinante, dominante. El filme busca ser revolucionario, como todas las obras primerizas, así rabiosa apunta ésta obra, la segunda película en la carrera de Larraín. Es una película que adrede quiere ser desagradable y a pocos terminará gustando. Pero Peralta es un personaje poderoso, como con aquella mirada frente al ganador del concurso, yendo en el mismo ómnibus. Intuimos claramente que viene. Todo gira en base a la pasión que genera el personaje de Tony Manero y su película. Peralta llora mirando la actuación mítica de Travolta, en la sala de cine, en esa otra película también medio incómoda y no feliz ni complaciente, pertenecientes a un grupo de obras hechas con cierto toque de perversidad, mucho más la de Larraín. Es irónico, cruel, malvado, cuando Peralta imita el baile dotado de Manero y suele fallar y caer de rodillas ante el esfuerzo físico; es un perdedor en toda regla, pero un tipo violento, salvaje, además. La presente es en parte cine social, pero uno que le saca la vuelta, que rompe con la tradición del cine latinoamericano, que va más allá. Es un filme sobre la pobreza y la violencia refractada por el gobierno de Pinochet, que influye sórdidamente en la sociedad chilena de su época. Peralta es firme retrato de todo esto. La gente que está con él sólo son satélites a su alrededor. Quieren irse de donde están, quieren superarse, tienen sueños y afectos, pero Peralta es pura frustración y mala hierba, lo suyo es algo enfermizo. En el filme vive la decadencia, en la historia de lo marginados, de los golpeados, de los socialistas -como bien simboliza que Goyo reparta volantes contra Pinochet-, no el crecimiento económico del régimen. Alfredo Castro está enorme en su actuación, como un tipo con carácter explosivo e impredecible, bajo una mirada de alerta, de tensión, constante, con una calma a ratos -tal cual cuando se tiñe el cabello- como canción de cuna macabra. Por todo ello Tony Manero es una película interesante e impactante, llena de emociones en el apogeo de las mezquindades, de los "feos", de los peligrosos, de los vulgares, de los antisociales.

viernes, 10 de febrero de 2017

Jackie

El 22 de noviembre de 1963 es asesinado  el presidente americano John F. Kennedy, y el filme se enfoca mayormente  a partir de ese momento, en la reacción de su esposa, Jacqueline Kennedy (Natalie Portman), en cómo afronta la situación Jackie. Pablo Larraín pega el salto a Hollywood, pero aunque es un filme destinado a mucho público, Larraín sorprende haciendo un filme harto personal, con un estilo de cine arte exigente que se deja apreciar en considerable medida.  La propuesta del director chileno ralentiza el tiempo y vemos como Jackie-Portman pasea por los cuartos de la casa blanca, con una lentitud que hace pensar en su sufrimiento y constante meditación. Jackie aparece como una mujer culta y más sofisticada de lo que uno cree. No solo la esposa florero, refinada, bella, familiar, la esposa ideal para complementar al presidente exitoso, idolatrado, comprometido y capaz.

La esposa de JFK aparece -en su elemento- el 14 de febrero de 1962 enseñándole a la cadena de tv CBS la renovación exquisita de su casa, la casa presidencial, en un especial llamado “Tour of the White House”. Es otro espacio que se conjuga con el asesinato de JFK y los momentos a continuación de ese lamentable hecho histórico donde llegamos incluso a ver como Jacqueline se limpia la sangre del rostro que le ha salpicado la muerte de su marido (en un lapso incómodo e intrépido). El filme de Larraín trabaja con unos cuantos momentos históricos importantes a los que vuelve, fragmenta, repite, fusiona y luego desarrolla.

Jackie, la mujer del momento, como ella misma expresa que le atribuyen, afronta todo con memorable disposición, bajo una honda tristeza que nunca desaparece, quedando como un tono general, construyendo con su maestra y dedicada intervención la leyenda de su marido, eso que llamaba, a su círculo y a su gobierno, Camelot, una idea que se cimentaría y perduraría. Otro momento clave y que es la línea narrativa central de interrelación del filme es una entrevista que daría una semana después de la muerte de JFK, al querido periodista, amigo de su familia, Theodore H. White, para la revista Life, que lo publicó el 6 de diciembre de 1963, en una entrevista que llevó el título de “President Kennedy: An Epilogue”. Ésta labor periodística marcaría cómo quedaría en la memoria ella y su marido. Jackie, además, propuso un cortejo fúnebre célebre y muy emotivo, el 25 de noviembre de 1963, caminando al aire libre al lado de un féretro tirado por caballos detrás de un velo negro que dejaba ver su dolida expresión, poniéndose en peligro –por un posible nuevo tiroteo- para mostrar llaneza, entrega y valentía a la población americana y a la leyenda de JFK. Estos cuatro momentos históricos son los pilares del filme.

En la película queda de lado la parte libertina, débil y ambigua del presidente, mostrando la visión de Jackie, la “fantasía” que fomentó -de felicidad e idealismo- de Camelot.  A su vez es un filme que es mucho un tono, un estado de ánimo, el de un dolor tremendo, que incita a lo trunco, a la derrota y a la frustración, quizá incluso al suicidio. Sin embargo, nuevamente Larraín pone temple, confrontación y reflexión en ver como Jackie va rearmando los pedazos que la conforman. En esto entra a tallar los diálogos que tiene con un cura católico irlandés interpretado por John Hurt. Este cura presenta mucha libertad filosófica –mientras trata de encantar a cierto público- y es un punto medio endeble del filme, salido de la imaginación y de la búsqueda de estilo. No todo es perfecto, y en sí el filme tiene de difícil; muchas veces se permite ser contemplativo, y es irregular. Hurt, desde luego, actúa muy bien, pese a todo ayuda a consolidar el estado existencial de Jackie, de melancolía y caída, el del camino a la reposición. Ellos se preguntan por las mismas preguntas que nos hacemos todos cuando el mundo resulta tan incomprensible y violento.

En la propuesta se presentan ratos donde se ve la intromisión en la figura histórica, en la mente de los personajes, en manos del guionista -y productor de tv- Noah Oppenheim y del director Pablo Larraín, donde hay algunos diálogos vergonzosos e imposibles donde Jackie o Bobby Kennedy (Peter Sarsgaard) se juzgan a sí mismos de manera poco natural, y denotan inverosimilitud y una notoria intromisión, se peca de ligereza. Son libertades que se justifican en varios otros momentos, porque tratan de completar las imágenes, lo que pasó  y sintió Jackie, pero un deseo de trascendencia fácil circunda de igual modo en algunos casos. Jackie está muy al tanto de cierta superficialidad que se le achaca y del lugar en la historia al que quiere pertenecer, y tiene de cierto más que seguramente, pero también de exageración, en un cálculo expuesto poco complejo. El filme ensalza el mito, no discute, es complaciente.

Las dudas de Jackie nadan en el dolor, pero como esa actitud que vemos –muy cinematográfica- frente al dibujo antipático que hacen de Theodore H. White muestra como quien está en una misión con el legado familiar. El contraste se presenta interesante, a un lado debilidad emocional en la intimidad frente al dolor intenso de la pérdida, que pregunta (duda, experimenta vacío) hasta por su fe; en otro temple frente a la obligación pública como primera dama en relación al amor a su marido. Todos sabemos que Jackie es una celebridad, pero pocos saben de la dimensión de inteligencia que presenta el filme. Por una parte es creíble e interesante, en otra se siente sobredimensionada. El filme es algo redundante. La actuación de Portman es sobresaliente. Larraín es un director ambicioso, un talento, y eso se deja ver a pesar de lo negativo. Se nota que está buscando, experimentando, y eso hace de Jackie una propuesta valiosa aun más. 

jueves, 29 de diciembre de 2016

Neruda

El director chileno Pablo Larraín ha trascendido a su país y se ha instalado dentro del mejor cine comercial del mundo, aun hecho en Latinoamérica. Este año no solo mediante el salto decisivo con su película Jackie (2016), ya inmerso en la cultura americana y en el cine de Hollywood. También con Neruda (2016), una película que revisa un momento importante de la vida de uno de los iconos más grandes de Chile, el famoso poeta y premio Nobel Pablo Neruda. Este sucede cuando el presidente chileno Gabriel González Videla -que interpreta el asiduo de Larraín y brillante Alfredo Castro- tacha a Neruda de comunista tras unos insultos del vate y le declara la guerra, surge una persecución política, por lo que Neruda debe esconderse y seguidamente intentar salir del país, como implica la historia universal. Sin embargo, Pablo Larraín no se queda solo con ese contexto, sino que le agrega una parte ficcional, la que incluso se lo dice al espectador directamente (para qué hacernos problemas), en el personaje del inspector policial que interpreta el mexicano Gael García Bernal, como Óscar Peluchonneau, un nombre que puede ser real, pero que su persecución en sí, personalidad, background y definición es el invento del filme, y aunque muchos obviamente quedamos enganchados con la presencia y vida de Neruda, el verdadero aporte (metalingüístico) del filme es el de Peluchonneau.

Peluchonneau está obsesionado con Neruda (un genial Luis Gnecco), quien declama en fiestas sus poemas románticos más populares, afecta la voz y se engríe y embelesa entre los fanáticos, todos los asistentes de sus fiestas, es un ídolo, lo cual le suma su tendencia social, política, aunque es visto como un socialista privilegiado, que vive suntuosamente, no obstante se preocupa por el pueblo, a los que les otorga voz con sus poemas más comprometidos y luchadores, cargados de reivindicaciones. Neruda es un hombre apasionado, que disfruta de la buena vida, lo vemos en burdeles y siempre celebrando, rodeado de gente (que se sienten tocados por su esencia y personalidad, recordemos la maravillosa escena que proporciona ese buen actor camaleónico que es Roberto Farías), pero también es un hombre comprometido con su mujer, la devota de él Delia del Carril (Mercedes Morán), y sobre todo de la política y de los desfavorecidos, lo cual engrandeció o creo una leyenda, además de que supo plasmarlo en sus letras, uniendo al artista con el personaje público, que divertirse en juergas y tener dinero pasa/pasó a segundo plano. 

En el filme de Larraín hay una escena precisa y audaz, una compañera socialista salida del pueblo –en la muy buena actriz Amparo Noguera- se le acerca a Neruda y prácticamente pone la situación de sus diferencias de clase en claro, ella es pobre y anónima, él rico y famoso, mientras Neruda come en un buen lugar, pero ambos son socialistas, y ella tras cierta pequeña recriminación lo celebra, Neruda en ese momento, según la película, acepta su lugar, no lo discute, más bien sabe quién es y qué hace. El filme hace ver a un Neruda aclamado, pero con los pies en la tierra, aunque apasionado y algo ciego con ciertas acciones. Pero está bien asesorado y parece saber escuchar. En conjunto la propuesta es muy respetuosa de su legado y presencia en general. Larraín simplemente juega a movilizar el mito. Grueso, disfrazado, bohemio, declama y encanta a todos, quedan extasiados con él, y se trasluce una cierta sobredimensión a propósito, de ahí que pueda entenderse una pequeña crítica muy discreta de un endiosamiento.   

El filme muestra a un Neruda realmente muy poco políticamente incorrecto, el retrato es inofensivo, tratamos con entretenimiento, implica a Neruda el personaje, no a fin de cuentas al hombre de carne y hueso. Lo de las fiestas y el lado extravagante del poeta es más “efectismo” que trasgresión argumental, o, mejor, algo para hacer el filme ameno y atractivo para un público masivo, y no hallarnos con un poeta sin gracia cinematográfica. El Neruda de Larraín es cine, en el sentido de espectáculo, pero muy inocuo y básico. Encantador sí, pero poco sustancial a la hora de las novedades, descubrimientos y de la verdades. La recreación de su vida incluso es esquemática y funcional, pero se disfruta, el viaje es cautivador, tiene estilo, las formas y la narrativa son muy competentes. Y eso no es todo, hay más, el filme tiene otra parte, y es la que representa Peluchonneau, que se imprime como perteneciente a la mente de un escritor/autor "imaginario" (quizá sea además el sueño de vanidad del propio Neruda, o al que le achacan, el de vivir una existencia inigualable, pomposa), y con éste se plasma un ambiente noir, y se dan tonos y estéticas nostálgicas y clásicas, detrás de las descripciones de contextos, revelaciones, elucubraciones, bajo la voz en off  de Peluchonneau. El ser anónimo que lucha por ser inmortal, el hombre trágico, el hombre complejo, pero invisible. Su madre fue una prostituta, su padre resulta el señalamiento del hombre que le hubiera gustado sea su padre. Pretende hacerse de una gran historia, consumar el sueño de la gloria, por lo que Peluchonneau admira a su perseguido, y como muchos han hecho en la historia –nómbrense asesinos- quiere sustraerle un pedazo de su fama. 

jueves, 28 de enero de 2016

El Club

Siempre se ha hablado de la perenne mala actuación de la iglesia católica de ocultar los tantos casos de pederastia de sus miembros, y es justo ahí donde pone el dedo el director chileno Pablo Larraín, sobre esa llaga, de paso critica el apoyo eclesiástico con la transgresión de derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, y la adopción ilegal por trámite de curas corruptos que se aprovechan de la pobreza de los feligreses. Estos casos los representan cuatro sacerdotes confinados a una casa de reposo en la comunidad costera de La Boca, Chile, que en realidad es para que piensen sus pecados al no poder ejercer con normalidad su labor cristiana y necesitarse que estén ocultos para no mancillar (más) a la iglesia.

Toda la (injustificada) tranquilidad del reposo de estos ancianos pecadores cambia, se desvanece, cuando llega un quinto cura, un pedófilo, y se suicida frente a todos ante la insistencia atroz y vulgar de señalamiento de culpa (incluyendo la directa), con la verbalización –el monologo imparable- de describir de forma violenta, obscena y brutal ese sexo pederasta acaecido por los engaños, falsas promesas de fe y abusos del sacerdocio, expresados como dentro de una posesión por un personaje capital en la trama, Sandokan (un híper realista e impresionante Roberto Farías), que es un tipo dañado mentalmente, por las apetencias depravadas de los curas, quien deambula como un loco torturando a estos sacerdotes.

Tras la muerte llega el padre García (Marcelo Alonso), un psicólogo y representante de la iglesia que deliberará toda la situación, poniendo orden, imponiendo penitencia y quitando gollerías como el alcohol y la buena comida en esta casa retiro, cuidada por la ama de llaves, la hermana Mónica (Antonia Zegers) que es una mujer sumisa y leve que no juzga a estos padres criminales, al simplemente buscar un escape a su propia vida. Estando la casa habitada por el Padre Vidal (el harto talentoso Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín), el Padre Ortega (Alejandro Goic), el Padre Silva (Jaime Vadell), y el Padre Ramírez (Alejandro Sieveking) que sufre de cierto retardo.

Una gran sorpresa, sin duda, le sucede a los que esperan que Larraín haga un filme mainstream típico, porque no lo es en absoluto, sobre todo para los pocos detractores de éste director, recordando que Larraín es la cara más visible e internacional de su país (nominado a los Oscar por “No” el 2013, y que muchos esperaban se repitiera con la presente), donde el filme ha contado con alto respaldo y entusiasmo, digamos que serio, ganando el gran premio del jurado del festival de cine de Berlín 2015, y mejor actor –que fue para un pequeño elenco- y guion en el festival de cine de Mar del Plata 2015.

Notamos, sí, la imponente calidad de producción, el alto estándar estético, la narrativa fácil de procesar (llegando a lo enfático, pero no limitado), y ser una exhibición masiva e internacional, pero yace a su vez la propuesta como la exposición de un quehacer cinematográfico que incomoda mucho, que molesta e inquieta, que no es complaciente (y si lo es, en cierta forma, no de manera ramplona ni para nada unánime ni fácil), en un trabajo que quiere generar polémica, pensamiento y discusión, que es categórico y altisonante en su crítica, mientras no es fácil de digerir (aunque en los tiempos que vamos haya tantos descreídos de la religión, y quienes incluso esperan que siga habiendo descredito, agregando que por un lado es una denuncia muy empática en general),  producto de su brutalidad explicativa (llegando a tener incluso escenas sórdidas y provocadoras, como el pedido de sexo anal de un hombre a una mujer, a lo El último tango en París, 1972), en un filme que es muy enfático, ciertamente, para bien y para mal, que tiene de vulgar (pero aun así no pobre con el idioma), sumo realismo, con una explicites en lo verbal como para que se sienta y duela toda la denuncia, en donde el lenguaje es una de las armas recurrentes de mayor distinción de la narrativa, contra toda esa iniquidad del sacerdocio corrupto, ese que se quiera o no representa una crítica potente hacia toda la iglesia católica, como un intenso llamado de atención, ya que muchos resienten de su silencio aun siendo algo sabido a vox populi.

Otra cosa importante es que Larraín nunca deja de construir una historia cautivante, con giros y sorpresas dentro del leitmotiv de denunciar a los curas pederastas y criminales, creando contradicciones morales en a quien servir (representación de las autoridades eclesiásticas), a la iglesia o a nuestra intachable fe, manejar cierta interesante ambigüedad –entre el cura fiscalizador y el loco, los catalizadores de la trama- hasta resolverla, un toque de vitalidad a pesar de la vejez y los gigantescos pecados (como todo el asunto de la competencia y entrenamiento de los galgos) habiendo una curiosa exhibición de puntos de vista (insalvables, pero osados, tanto como maniqueos) en las entrevistas, y en cómo solucionar todo el problema, en que no primará la comodidad, donde esos curas corruptos tienen vida, son resilientemente fríos, defienden su absurda existencia como seres humanos, tienen emociones, cuando existe el marcado señalamiento de inmoralidad sobre sus cabezas y palabras. Habiendo un pequeño sentido de culpa en el padre García que lava los pies de Sandokan a poco de que el grupo intenta sacárselo de encima, siendo lo más trascendental implantar –no sin cierta ironía- el castigo de la voz de ese loco como un eterno infierno en el que era un apacible purgatorio.  

martes, 16 de octubre de 2012

No, de Pablo Larraín

Ganadora de la quincena de directores en el Festival de Cine de Cannes 2012 la cinta de Pablo Larraín es una expurgación del ambiente en que se dio la campaña publicitaria del No para el plebiscito sobre la continuación del gobierno de Augusto Pinochet por 8 años más, tras 15 de dictadura, disidentes desaparecidos y progreso económico.

La cinta en ningún momento da la imagen muy hollywoodense de reto contra el destino, es decir, se da con calma queriendo ser realista, que sorprende en la apariencia de una hazaña a un nivel sin espectáculo y que lo hace más increíble aún, sin embargo empiezan temiendo un fraude y se vive un cierto pesimismo que cambia gracias al plan de René Saavedra (Gael García Bernal, muy acorde con la historia, un actor de carácter y semblante común que apela a la confabulación del público, aparte de que tiene la imagen de rebelde, de inconformista, de llenar los zapatos de la figura que encarna, y de hacer cine de autor como el que tenemos presente en buena medida), un exiliado que vuelve de México y al que no se le ha dado mayores justificaciones de su proceder, esquivando así el flagrante heroísmo, pero de quien veremos que demuestra muchos ideales, mientras pone mucho en juego, incluso su paz familiar, a la par que tiene la influencia de una ex-esposa combativa (no solo de palabras), y que lo sacude de vez en cuando en ese control y firmeza que suscita a su alrededor.

Saavedra yace junto a un staff experimentado en el negocio, aunque solo se digan elogios en presentaciones sencillas (se perfila que hubieron muchos ayudando a escondidas) y se mencionen algunos lugares de coincidencia como que no son ningunos animales de caza sino muy dóciles y ordinarios. Tienen apoyo internacional (se suelta en un diálogo que Estados Unidos quiere el cambio) y 17 partidos detrás. Plantean slogans sobre la alegría, algo muy estratégico, ya que recurren a las mejores armas de la publicidad, a diferencia de lo que se esperaba, increpar violentamente los crímenes del régimen, además de que el temor a represalias, sus propios trabajos en agencias apegadas al oficialismo y una desunión generalizada hacían presagiar una inminente derrota.

Hay un didactismo y sequedad en la atmosfera, Larraín no pretende salirse de una propuesta fiel a la historia o da esa impresión aun siendo una ficción por encima, que tiene que manejar con temas inamovibles como  el altruismo, una batalla desigual y pequeños grandes héroes; tiene un toque artístico serio, técnico, argumentativo, que mezcla hábilmente noticias o las franjas publicitarias reales con la textura del filme mostrándose sin desequilibrios visuales; trata de ser imparcial en lo posible aunque estriba destacar la labor tras la decisión del “cambio”. Se puede creer que era como una guerra de hormigas frente a un titán, sin embargo el adormecimiento del primer ministro, cara visible de la campaña por el Sí, implica deducir que era la modernidad frente a lo arcaico y es que la rueda no para, sigue evolucionando y pidiendo a los mejores, ese conocimiento de la publicidad en manos de la oposición, gracias a la gente con que se contó en su plana, como se puede ver cuando no se le despide a Saavedra, a pesar de ser contrario al régimen, ya que denota éxito en su labor, representa en su colectivo el futuro de Chile, una paradoja en que la transformación parte del entorno, y cuando algunos ven que se hace algo muy similar a lo que hace Coca Cola, ganarse a la población con su producto, creen tontamente que la ciencia, porque de eso trata, es inferior a la consciencia, algo que gente como Saavedra logran enmendar, ya que sabe que apelar a ideas intimas del subconsciente humano funciona más.

Es una campaña visceral, pero festiva, de confianza, que denota seguridad, mientras el grupo oficialista, poco desarrollado en el ecran más que con sus spots (una simbología de su actividad inferior), no son realmente visibles, quieren implantar el miedo, el recuerdo de la pobreza, como refleja la ama de llaves, en no poder pagarle la universidad a los hijos, no tener para comprar comestibles, no poseer una vida decente y en eso los seres humanos tampoco son mártires, ya que se acoplan a lo mundano y hay un arraigo capitalista en la actual sociedad. No obstante, el filme recurre a mostrarnos una lucha, una épica sin espadas, con inteligencia, que a primeras parece poca cosa pero a la larga invierte el descrédito que se propugna en el otro lado; como se expresa, el optimismo es imbatible. El resto es solo darle contexto. La madre marchando descontenta, lo predecible y manejable para un gobierno autocrático, poderoso y represor. Algunos sustos como amenazas bastante menores, no habiendo sobredimensión en ello porque nuevamente se destila sutilmente que los ojos del mundo están puestos en el plebiscito, lo cual coarta la acción del gobierno. Saavedra mostrándose simple, que definitivamente no lo es, aunque que él pasee con su skateboard o juegue con su tren a control remoto es para darle existencia emocional a su personaje, ya que la película se desarrolla muy fríamente en cuanto a dar muchas concesiones fuera de la explicación y desarrollo que define el título, No, a Pinochet.

La virtud del filme –y esto puede verse al contrario, esperando muchos momentos de clímax fáciles, que tiene alguno- está en que es una película contenida que apela sentimentalmente en algunas ocasiones, pero que prefiere el brillo del fuego de las ideas, siendo muy valioso ver como se fragua los spots publicitarios, dando la sensación de pequeñez, de aparente incoherencia, para lo que la trama realza contrastes. Desde adentro hay reticencia; dice un dirigente, no voy a hacer algo que más tarde nos va a avergonzar, es la oportunidad que muchos ven que se desperdicia, porque aun no vislumbran la trascendencia de la ciencia que más tarde se consolida y se aprecia. Si muchos ven su oficio minusvalorado en el séptimo arte o no suelen quedar del todo contentos, es seguro que aquí cualquiera puede sentirse orgulloso de ejercer la publicidad. Finalmente una carrera propia del capitalismo toma el lugar de proponer y lograr el relevo histórico.

La cinta deja de lado abrir un poco el panorama, de cómo se ve Pinochet, hay luces, pero no son tan completas, se escucha decir: "es mi general", con cariño y respeto, o en una manifestación contraria: "el viejo siente la presión". El descontento general está muy velado, el filme se adscribe solo a la campaña del No, y se hace asumiendo que se debe solo a esta campaña el devenir del retiro de Pinochet, pero parece faltarle más contextualización, intriga saber más de esa realidad, aunque es decisión de quienes realizan la película. Las “grandes" transformaciones provienen de muchas canteras que terminan reuniéndose. Como se puede atribuir, la propuesta opositora más que algo distinto quería resaltar que lo que han vivido ya cumplió su labor, el artificio de la alegría alude: “es hora de gozar de libertad tras el sufrimiento compensado”, algo que puede ser duro de digerir, pero que tiene más lógica que atribuírselo únicamente a los ideales, en todo caso están en el fondo de una práctica más audaz, más combativa, desde las neuronas, pero teniendo del estilo de Ghandi o el de Mandela. La decisión de legitimización de Pinochet crea la puerta para esa capacidad que demuestra ya no las utopías socialistas que siempre hay que tener en cuenta en alguna dosis pero no en totalidad, sino el ingenio, la practicidad, la racionalidad a favor de lo emotivo, la noción de necesidad, la seguridad, sacándole la vuelta al enemigo en lo imprevisible y en lo más contundente: la fe en el mañana, un arco iris puede ser más fuerte que un baño de diatribas.