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viernes, 19 de abril de 2013

To the wonder

El 2011 la palma de oro fue para el árbol de la vida, la anterior película de Terrence Malick y con ella vino la emoción para con su cine, ya antes elogiado en La delgada línea roja (1998), ganadora del oso de oro de la Berlinale, y que venía de ser un autor de culto por sus dos primeros filmes, Malas tierras (1973) y Días de cielo (1978), como a su vez habría un grupo en rechazo de su filosofía y su forma de expresión.

Un misticismo tan fuerte, que se despliega a otros factores de la existencia, no podía causar la unanimidad, sino más bien resultaba una molestia para cierto público ya que el mundo actualmente vive una cuota de alejamiento religioso, en una contemporaneidad más terrenal y menos consciente de su espiritualidad, en su condición de como dice este nuevo filme, del amor que nos ama. Sin embargo el autor americano se da fiel a sí mismo, siendo valiente, presentando sus más íntimos pensamientos, su fe y su ideología del amor, como un creador en toda magnitud. No solo de forma que respalda su anterior trabajo sino que lo define mucho más, lo muestra más claro. Con la intervención del padre Quintana (en un inconmensurable Javier Bardem que solo le bastan unos gestos para asumir por completo su personaje), un cura católico que quiere creer y vive entregado y honestamente dentro de ello pero que se hace muchas preguntas. El que anhela “ver”, sentir y experimentar la verdad de su dogma. Y aunque su porcentaje en el conjunto no es mucho se hace sentir en toda la trama, si es que en realidad la tiene, ya que Malick evita el camino convencional y nos crea un cuadro que es más una figura mental que una historia lineal, y en ella nos hace meditar sobre asuntos que nos conciernen a todos los seres humanos, temas muy próximos a  nosotros, ya que se trata de la formación de nuestras relaciones con los demás, con los que amamos, con el planeta y con uno mismo en esa identidad.

La película recurre a la poética y a la solemnidad de la voz en off más que de diálogos que casi no hay (en lo que son pensamientos esenciales de los protagonistas), sus imágenes provienen de una dominante formación de múltiples tomas cortas muy bien editadas, a movimientos de cámara especiales -rotatorios o que salen de algún atípico ángulo- en los lugares claves que dan la sensación de como estipula el título, de algo maravilloso, de un goce o una intensa experimentación (como frente a la belleza del Monte Saint-Michel),  a mostrar a los actores en paisajes o en medio de escenarios naturales, se ha escogido el campo, el estado de Oklahoma en algún pueblito tranquilo y sin nada realmente llamativo, en donde se exhibe la espontaneidad, transparencia y vitalidad que se requiere en el sentimiento de su caracteres, un reto de interpretación en donde se nota mucho que la última palabra es la del director que a ratos parece hacerles un test de compenetración con sus roles, en que vemos a un Ben Affleck dominado por el control de Malick (a veces descolocado como aun en el esfuerzo y seguridad luce McAdams en la exigencia de los bisontes, o en el inicio se le sigue pero se escurre la cámara de su rostro), reducido a una pieza en ejecución en que su nombre sirve de atracción para el público pero se rige al predominante conjunto creativo, mientras una Olga Kurylenko nos trasmite bastante con su cuerpo y con un ánimo creíble (en sí las dos damas centrales están magníficas para manifestar enamoramiento y felicidad en ello), con su danza y juego continuo (yo diría que se repite esto más de la cuenta, el baile), con su pasión, con su ternura, con su desnudez más interior que literal, con sus desilusiones, con sus desgastes afectivos, con su introspección en derredor de su relación, bajo una figura común ya que aun ostentando belleza refleja mucha normalidad, que permite amalgamarse a Affleck (a pesar de ser mucho más pasivo argumentalmente) que es en parte tieso o contenido sin caer tampoco en la inexpresividad que le atribuyen por costumbre, pero que se ajusta al tipo requerido (idóneo para él), el que no refleja tanto pero que instiga hacia la nobleza calmada, promedio a más, y puede verse cariñoso en una seriedad moderada, ya que también busca ser un hombre afín a muchos.

La historia puede ser mucho de autor, muy elaborada en su forma y en lo que pretende argumentar pero vista con ojos pacientes y observadores se le concibe adjudicar de historia fácil de identificar, de sobrellevar y entender porque su temática ineludiblemente nos concierne demasiado, ya que se remite a dos puntos, la fe y el amor. Dice una línea muy significativa, el amor es un deber, y aunque respeta el filme que el ser humano es cambiante y natural en sus sentimientos, tan difíciles de quitarle imprevisibilidad, nos induce a  poner de nuestra parte, a luchar por lo que creemos y sentimos, a sacrificarnos (como en esa libertad que nos refiere la amiga pero que también puede existir dentro de un vínculo y sus parámetros), a replantearnos el camino, a poder evolucionar y adaptarnos sin perder algo amado, indagando y entregando de nosotros. Nos quiere decir que el amor es intrínseco al ser humano pero no es fácil (sí, lo sabemos, pero entonces deberíamos procesarlo y ponerlo en práctica mejor), sea hacia Dios o -en otro sentido pero con semejanzas- a una mujer/hombre especial (en un momento la protagonista no llega a comprender su repentino estado de disgusto con su pareja y hasta concreta una traición, momento que más que una audacia que no lo es en cuanto a la imaginación del director, sirve para ver que todo se deteriora por más bueno que sea, o se pone en duda, se erra digámoslo a grosso modo en todas las vertientes que suscita). Como esa mujer que viene del pasado, en la interpretación de esa bella rubia de cautivante sonrisa, Rachel McAdams que en un culmen exhala que su amor se ha convertido en nada (así es nuestro libre albedrio), en solo lujuria, placer.

Vivimos retroalimentándonos, en un inevitable presente al que hay que exigirle mucho más, como en esas inquietudes trascendentales que “mortifican” a los protagonistas. Con este séptimo arte que pasa que es puro cine aun en sus particularidades, que vive para y por las imágenes y que nos habla a través de ellas en forma sumamente expresiva y bella como un remanso de desconciertos y alegrías, que en su complejidad requieren pistas, ese discurrir con algunas frases de corta extensión pero que son amplias en su evocación en una voz en off que busca, enfrenta, interpreta y se maravilla con el mundo. En la escalera, el reflejo iluminador del sol y las manos entrecruzadas (escenario simbólico que define todo el filme.)

martes, 23 de agosto de 2011

El árbol de la vida

Ganadora de la palma de oro en el Festival de Cine de Cannes, dirigida por Terrence Malick, cineasta americano que en casi 40 años de labor tiene solo 5 películas dentro de su filmografía, se presenta como una obra maestra de los últimos tiempos. El relato nos remite a la familia O´Brien, principalmente sobre el hijo mayor de nombre Jack, desde que nace hasta que entra a la adolescencia. Es el verdadero personaje de la película aunque entre los integrantes del reparto estén Sean Penn y Brad Pitt, famosas estrellas de Hollywood que quedan en segundo plano como quien los ha tenido de pretexto para dar cabida a una realización donde solo cuenta el ingenio del autor y su personal visión artística, sobre todo en referencia a Penn que apenas aparece en escena interpretando a Jack en su adultez, en una mirada hacia su pasado bajo una auscultación que tiene dos lados, uno más extenso de corte realista y otro que ronda su deambular futuro bajo lo fantástico, lo introspectivo y lo onírico.

Dejando estelas de una personalidad que se asocia con un ideal bajo un estereotipo que circula predominante aunque en contadas intervenciones, Pitt ejecuta un destacado papel como el padre autoritario y perfeccionista que quiere que sus hijos sean hombres de bien y que con su disciplina férrea le crea conflictos emocionales a su primogénito que se debate entre un naciente odio y su naturaleza inocente como bondadosa propia de su niñez. Se incita en su cabeza lo sexual, los celos, la frustración, la maldad y hasta el parricidio.

No obstante Malick va más lejos en su absoluta e íntima divagación dando lugar a otra prioridad, la creación de la vida en el planeta, mediante una clase completa desarrolla toda la evolución que acaece específicamente en la tierra a partir del big bang. Puede parecer extraño ésta exhibición científica detallada pero a medida que continua el metraje del filme se muestra una metáfora con el crecimiento del niño central de la historia, cada quien puede interpretarlo a su modo, estaríamos explayándonos inconvenientemente al describir un cúmulo de pensamientos al respecto, pero se ha de decir que brinda mucha materia que hace posible varias conclusiones pero como da para abundantes lecturas es mejor dejar en libertad al espectador. Cada quien debe encontrar desde sus perspectivas las similitudes que se nos presentan. Jack hace una reflexión sobre su existencia, asume su tiempo pretérito como quien acepta un pase inevitable y enriquecedor a pesar de las dificultades. Al final la película se torna mística, con la naturaleza y la humanidad, con quienes han sido parte de nuestro mundo. Es la paz y el amor que viene a rodearnos en medio de la luz.

La cinta toma forma por su último desarrollo que nos permite entender el tratamiento que le ha dado el director que al inicio pareciera tener entre manos un despropósito que termina dejando de ser críptico para producir una sensación de compenetración visual y mental, en la trama sencilla del hijo sufriendo el rigor del progenitor y tratando de entender sus sentimientos, dominarlos y asumirlos para comprenderse está la vida misma en el planeta, su grandeza, su inconmensurable virtud y su inexplicable curso, su malestar, su idiosincrasia, sus secretos. Como quien asiente con la cabeza resignadamente, quieto y permisivo. Es un cúmulo de emociones en el reflejo de una pintura.

Definitivamente es una película atípica pero a pesar de un cierto semblante de aspecto oscuro permite su desciframiento en libre opción. Te deja una sensación de satisfacción por el arte de contar algo de forma original, emotiva y profundamente pero esto no deja de ser subjetivo, será definitivamente una cinta de culto más que una obra masiva, sin embargo la atmósfera que vive la familia parece tan común y tan humana que la identificación con el producto no suena descabellado aún en medio de un clima desasosegante por causa del deseo analítico más que de su estilo que se manifiesta sosegado en el aspecto de la cosmología, de la biología o de la geología y nunca totalmente transparente porque siempre quedara cierto misterio dentro de la apertura, pero no cabe duda que la cinta busca producir respuestas que nazcan en nuestra propia motivación. Luce como la cátedra que aspira el diálogo continuo, sin embargo la película tiene que terminar dejando libre la luz de la sabiduría, de la vida misma.