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viernes, 12 de febrero de 2016

Spotlight

Película nominada a 6 premios Oscar que trata la denuncia basada en hechos reales de una gran cantidad de sacerdotes pedófilos en Boston, hablando de un 6% del total, de entre 70 y 90 curas corruptos en un solo estado de EE.UU., desde el ejercicio detallado de una investigación periodística donde se destaca la profesión de periodista en la laboriosidad de sacar a la luz un daño social y humano donde implica desnudar un sistema, el encubrimiento, la impunidad y/o la negociación sin consecuencias con las víctimas, de parte de la iglesia católica y gracias a abogados interesados económicamente y serviles a la institución y a su necesidad en la ciudad, contra niños pequeños o chiquillos, indefensos, engañados por su fe familiar, inocencia, el poder social en la comunidad, y por el respeto a Dios, salidos por lo general de hogares destruidos, con lo que era más fácil ejercer el abuso, aludiendo casi a cualquier niño(a), como indica el caso del cura y entrenador del equipo de Hockey del respetado colegio en el cual estudió uno de los protagonistas de la investigación, como aquella preocupación que dibuja el filme al ver niños cerca de una casa de tratamiento psicológico de curas pedófilos o jugando próximos a la inadvertida vivienda de algún sacerdote pederasta, tal cual la indignación del investigador del caso Mike Rezendes (Mark Ruffalo) que es el que se muestra más intenso y emotivo del grupo de Spotlight, una unidad de investigación formada por cuatro integrantes del diario Boston Globe, completados con Sacha Pfeiffer  (Rachel McAdams), Matt Carroll (Brian d'Arcy James) y el editor del equipo que interpreta Michael Keaton conocido como Robby, quienes le reportan a Ben Bradlee Jr. (John Slattery) y al nuevo editor en jefe del periódico, Marty Baron (Liev Schreiber), que es el "foráneo", no nacido ni criado en Boston como los demás, un famoso periodista que viene a crear una cierta revolución en el diario.

El filme tiene una narrativa que no busca el sobresalto ni el drama sentido, escogiendo no ser demasiado visceral o sólo en muy pocos momentos, sobre todo en la breve escena en el balcón en casa de Sacha (en el mayor lucimiento de Mark Ruffalo, aparte de su sostenido cierto cariz juvenil, medio torpe, bastante casual, al que vemos ordinario, igual al correr de George Clooney en Los descendientes, 2011), o en el arrebato de la sala de redacción ante el anhelo de ya ir tras el cardenal Bernard Law, el encubridor, el “descuidado”, que tiene tal tranquilidad que luce inquietante, idóneo en el actor Len Cariou, perfecto en aquel regalo del catecismo (todos los caminos conducen a la iglesia o ésta los guía, nos expresa con una amable sonrisa y mucha paciencia y docilidad), porque la iglesia actúa salvaguardando su imagen, aunque deshonrosamente. Sin embargo no es ninguna extraña conspiración asesina ni por el estilo, simplemente trata de liberarse de cualquier señalamiento negativo, del daño público, y hasta en eso el director Tom McCarthy se permite bromear ya que su filme es muy coherente y realista, de lo que muchos pueden sentir que le falta a la película ese toque fabulador típico, pero prima plasmar una investigación seria, aunque entretenida también, a su elección, y es la treta legal, el amiguismo, la devoción a la institución, el artefacto enemigo a desenmascarar.

Los protagonistas son los periodistas, los que se emocionan y padecen, temen, se enojan, lucen osados, audaces, firmes, laboriosos, apurados, frustrados, sufren el caso, el teatro es todo suyo, aunque también exudan mucha calma, como que están sólo cumpliendo un trabajo (bastante identificable en como actúa y piensa Marty Baron), aun con vínculos en todos los Spotlight, la abuela que va 3 veces a la iglesia o la esperanza de un retorno a la fe.

Los casos específicos no se exhiben brutales, la pedofilia se siente en otro lugar, de otra manera, si se quiere, en el trabajo racional (fuera de enojos, preocupaciones o cierta identificación de los periodistas), en entender la denuncia, la de la gran cantidad y lo sistemático (incluso se le llega a pedir a una víctima que sea precisa, faltando, más allá de lo evidente, una mejor expresividad), donde en ese lugar tiene presencias poco potentes, una artificiosa –ese brazo agujereado- y la otra que adolece de cierta corrección política –una primera mala experiencia sexual-, aludiendo al trauma que desencadena la auto-destrucción de lo que más bien sigue la línea de desmenuzar la investigación, en cómo llegan a empalmarla, resolverla, solventarla, tratarla y llevarla al público el grupo de Spotlight a través de mucho tiempo, habiendo varios mea culpas de por medio, y hasta ambigüedad moral, ratos donde cumplir con tu trabajo y rendirle culto a la iglesia pesó/pesa tanto. En ello el filme es notablemente humano, eludiendo maniqueísmo y figuras fáciles.

La propuesta parte de un interrogatorio a un reincidente cura pedófilo en un arranque oscuro y burocrático, a un pequeño artículo que pasa en gran parte desapercibido. Parte de una fuente como el abogado que ejerce unas 80 demandas a la iglesia, Mitchell Garabedian (un sobresaliente Stanley Tucci), que tiene un aire extraño, aparentemente discutible, a ese otro punto central de denuncia, Phil Saviano (Neal Huff), activista y sobreviviente de abuso, habiendo sutileza en la idea de la desestimación de sus colaboraciones, viendo que años atrás fue eso lo que justamente ocurrió, hasta el in crescendo con el descubrimiento cada vez mayor del número de curas corruptos, por lo tanto más víctimas, llegando a esos teléfonos repiqueteando incesantes, y a esa lista de estados y países con el mismo problema, el de no solo unas cuantas manzanas podridas.

viernes, 19 de abril de 2013

To the wonder

El 2011 la palma de oro fue para el árbol de la vida, la anterior película de Terrence Malick y con ella vino la emoción para con su cine, ya antes elogiado en La delgada línea roja (1998), ganadora del oso de oro de la Berlinale, y que venía de ser un autor de culto por sus dos primeros filmes, Malas tierras (1973) y Días de cielo (1978), como a su vez habría un grupo en rechazo de su filosofía y su forma de expresión.

Un misticismo tan fuerte, que se despliega a otros factores de la existencia, no podía causar la unanimidad, sino más bien resultaba una molestia para cierto público ya que el mundo actualmente vive una cuota de alejamiento religioso, en una contemporaneidad más terrenal y menos consciente de su espiritualidad, en su condición de como dice este nuevo filme, del amor que nos ama. Sin embargo el autor americano se da fiel a sí mismo, siendo valiente, presentando sus más íntimos pensamientos, su fe y su ideología del amor, como un creador en toda magnitud. No solo de forma que respalda su anterior trabajo sino que lo define mucho más, lo muestra más claro. Con la intervención del padre Quintana (en un inconmensurable Javier Bardem que solo le bastan unos gestos para asumir por completo su personaje), un cura católico que quiere creer y vive entregado y honestamente dentro de ello pero que se hace muchas preguntas. El que anhela “ver”, sentir y experimentar la verdad de su dogma. Y aunque su porcentaje en el conjunto no es mucho se hace sentir en toda la trama, si es que en realidad la tiene, ya que Malick evita el camino convencional y nos crea un cuadro que es más una figura mental que una historia lineal, y en ella nos hace meditar sobre asuntos que nos conciernen a todos los seres humanos, temas muy próximos a  nosotros, ya que se trata de la formación de nuestras relaciones con los demás, con los que amamos, con el planeta y con uno mismo en esa identidad.

La película recurre a la poética y a la solemnidad de la voz en off más que de diálogos que casi no hay (en lo que son pensamientos esenciales de los protagonistas), sus imágenes provienen de una dominante formación de múltiples tomas cortas muy bien editadas, a movimientos de cámara especiales -rotatorios o que salen de algún atípico ángulo- en los lugares claves que dan la sensación de como estipula el título, de algo maravilloso, de un goce o una intensa experimentación (como frente a la belleza del Monte Saint-Michel),  a mostrar a los actores en paisajes o en medio de escenarios naturales, se ha escogido el campo, el estado de Oklahoma en algún pueblito tranquilo y sin nada realmente llamativo, en donde se exhibe la espontaneidad, transparencia y vitalidad que se requiere en el sentimiento de su caracteres, un reto de interpretación en donde se nota mucho que la última palabra es la del director que a ratos parece hacerles un test de compenetración con sus roles, en que vemos a un Ben Affleck dominado por el control de Malick (a veces descolocado como aun en el esfuerzo y seguridad luce McAdams en la exigencia de los bisontes, o en el inicio se le sigue pero se escurre la cámara de su rostro), reducido a una pieza en ejecución en que su nombre sirve de atracción para el público pero se rige al predominante conjunto creativo, mientras una Olga Kurylenko nos trasmite bastante con su cuerpo y con un ánimo creíble (en sí las dos damas centrales están magníficas para manifestar enamoramiento y felicidad en ello), con su danza y juego continuo (yo diría que se repite esto más de la cuenta, el baile), con su pasión, con su ternura, con su desnudez más interior que literal, con sus desilusiones, con sus desgastes afectivos, con su introspección en derredor de su relación, bajo una figura común ya que aun ostentando belleza refleja mucha normalidad, que permite amalgamarse a Affleck (a pesar de ser mucho más pasivo argumentalmente) que es en parte tieso o contenido sin caer tampoco en la inexpresividad que le atribuyen por costumbre, pero que se ajusta al tipo requerido (idóneo para él), el que no refleja tanto pero que instiga hacia la nobleza calmada, promedio a más, y puede verse cariñoso en una seriedad moderada, ya que también busca ser un hombre afín a muchos.

La historia puede ser mucho de autor, muy elaborada en su forma y en lo que pretende argumentar pero vista con ojos pacientes y observadores se le concibe adjudicar de historia fácil de identificar, de sobrellevar y entender porque su temática ineludiblemente nos concierne demasiado, ya que se remite a dos puntos, la fe y el amor. Dice una línea muy significativa, el amor es un deber, y aunque respeta el filme que el ser humano es cambiante y natural en sus sentimientos, tan difíciles de quitarle imprevisibilidad, nos induce a  poner de nuestra parte, a luchar por lo que creemos y sentimos, a sacrificarnos (como en esa libertad que nos refiere la amiga pero que también puede existir dentro de un vínculo y sus parámetros), a replantearnos el camino, a poder evolucionar y adaptarnos sin perder algo amado, indagando y entregando de nosotros. Nos quiere decir que el amor es intrínseco al ser humano pero no es fácil (sí, lo sabemos, pero entonces deberíamos procesarlo y ponerlo en práctica mejor), sea hacia Dios o -en otro sentido pero con semejanzas- a una mujer/hombre especial (en un momento la protagonista no llega a comprender su repentino estado de disgusto con su pareja y hasta concreta una traición, momento que más que una audacia que no lo es en cuanto a la imaginación del director, sirve para ver que todo se deteriora por más bueno que sea, o se pone en duda, se erra digámoslo a grosso modo en todas las vertientes que suscita). Como esa mujer que viene del pasado, en la interpretación de esa bella rubia de cautivante sonrisa, Rachel McAdams que en un culmen exhala que su amor se ha convertido en nada (así es nuestro libre albedrio), en solo lujuria, placer.

Vivimos retroalimentándonos, en un inevitable presente al que hay que exigirle mucho más, como en esas inquietudes trascendentales que “mortifican” a los protagonistas. Con este séptimo arte que pasa que es puro cine aun en sus particularidades, que vive para y por las imágenes y que nos habla a través de ellas en forma sumamente expresiva y bella como un remanso de desconciertos y alegrías, que en su complejidad requieren pistas, ese discurrir con algunas frases de corta extensión pero que son amplias en su evocación en una voz en off que busca, enfrenta, interpreta y se maravilla con el mundo. En la escalera, el reflejo iluminador del sol y las manos entrecruzadas (escenario simbólico que define todo el filme.)

lunes, 12 de septiembre de 2011

Medianoche en Paris

En abierto homenaje a la ciudad de la luz, Woody Allen vuelve con una película que hace uso de la nostalgia pero que yace con el claro mensaje de aprovechar más nuestro presente y dejar de añorar otras épocas aludiendo mejores tiempos porque es natural que el ser humano se sienta descontento con su propia realidad, por ello revitaliza nuestra visión contemporánea tras viajar hacia el pasado en la que sería la era dorada del arte para nuestro personaje principal.

En ese retorno al pretérito francés, Gil, el actor cómico Owen Wilson, a punto de casarse se halla en medio del que sería su lugar idealizado encontrando que es su espacio de regocijo emocional, mientras trata de escribir una novela en una trasformación vertiginosa que aspira a una realización vocacional y existencial, queriendo dejar su vida como guionista destacado de Hollywood. Su novia Inez, Rachel McAdams, frívola y segura de sí, tan solo espera volver a su patria y a su acomodada existencia placentera, a contraposición de su pareja.

De regreso a los años veinte en el París de la bohemia, de la erudición y de la exaltación estética, conocerá a personajes célebres como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Henry Matisse entre otros, cada uno caricaturizados de alguna manera en sus rasgos más típicos y exaltados, con un toque sencillo y bastante funcional que ha quedado correcto para el uso de ésta comedia que no se equivoca en su forma de recrearlos porque los aborda con soltura, sin complicaciones y con bastante practicidad que bajo la admiración de Gil recobran su icónico lugar a la misma vez que el director los toma sin miramientos tan delicados sino los asume con insolencia y convicción brindando caracteres más cercanos. En esa disposición a unos los encumbra y a otros los humaniza destacando sus manías y vanidades.

En la historia Gil pierde un poco la cabeza por Adriana, Marion Cotillard, una dama liberal que es la amante de varios personajes famosos, con ella trata de hallarse con la escurridiza felicidad encontrándose confundido con respecto a su panorama actual. En el reparto como no puede faltar, yace un tipo culto pero sumamente pedante de nombre Paul, Michael Sheen, que sirve para ver que la futura esposa de Gil lo minimiza frente a él, en un notorio rasgo de vilipendio de su situación que lo empuja en búsqueda de cambios. Justificaciones que a través del metraje se entienden perfectamente.

La cinta es muy entretenida con esos viajes de ensueño a donde yace la pasión de Gil exhibidos con una naturalidad y aclimatación que es digna de encomio, y aunque el relato no posee realmente demasiadas complicaciones no deja de ser una propuesta saludable y reconfortante, de catadura sutil y lucida, muy moderna aún mostrándose bajo un espejismo clásico. Owen Wilson sorprendentemente no desentona sino más bien contenido pasea su simpatía por la pantalla, para ello Allen le ha provisto de una cotidianidad y simplicidad que no está peleada con el intelecto, tampoco ha recurrido a los nacionalismos americanos y en cambio ha mostrado una cercanía por apreciar una cultura distinta a la suya desde la inclusión propia del llamado ciudadano del mundo.

Al final las lecciones llegan sin bombos ni platillos, muy acordes con el tono del filme, se resuelve con lógica pero sin dar mayores soluciones. Es que la respuesta a la pregunta ¿cómo hallar la dicha en un mundo proclive a nuestra insatisfacción?, es un asunto personal y aunque la cinta permite identificarnos con Gil no es cuestión tan prepotente de resolver, sino más como se presenta sin ínfulas caminando bajo la lluvia con alguien que valore nuestro amor sin restricciones, con ternura, tranquilidad y comprensión, abiertos a comunicar y recibir afectos, a compartir un espacio territorial que engloba tantas posibilidades, aficiones, pensamientos, música, arte, una ruta de a dos individuos compenetrados dirigidos en un destino común por encima de las obligaciones económicas y las necesidades superficiales.

Allen ha hecho un filme austero, amplio, recurriendo a su técnica y experiencia en hábil dominio que se resalta por quien tiene ya oficio pero sin manifestarse insípido, irregular o efectista sino facilitando un diálogo cinematográfico con toques muy humanos y sin dramas de por medio sino bajo otro género que no teme ser serio en el fondo con otros matices estructurales, dando un toque universal en manos de lo occidental, el individuo descubriendo lo que realmente quiere, aspirando al sentimiento y a la voluntad.