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viernes, 14 de abril de 2023
The Fabelmans
El filme termina con un encuentro capital, llamémosle así, entre ese amante del cine que es Sammy Fabelman (Gabriel LaBelle) y el legendario John Ford, interpretado por el gran David Lynch. Sammy está haciendo que su pasión se convierta en su profesión, en éste especie de biopic libre sobre el propio director que dirige, el también ya legendario Steven Spielberg, quien será estudiado en el futuro como otro John Ford. Éste encuentro entre el joven Sammy, el joven Spielberg quien ha contado antes la anécdota de éste encuentro, podría ser un cortometraje. En éste pequeño encuentro John Ford ya es gigantesco. Vemos como la cámara pasa revista a los pósters de sus películas y ahí hay una tras otra obra maestra. John Ford, el todopoderoso, éste genio de grave e intimidante carácter, le preguntará dónde se halla el horizonte en los fotogramas de sus películas. Eso será todo lo que dirá, lo que le enseñará, ¿donde pones el horizonte en el encuadre? Esto parece poco, pero ha dicho mucho en realidad. Le ha hablado de hacer arte, es decir, de cómo filmas, cómo debes filmar, cómo vas a conseguir arte, cómo usas la cámara, como plasmas el tiempo, el contexto, a los personajes, la narrativa. Ford le dice con esto que no haga películas aburridas, está plasmando la diferencia de cierta manera entre un cine popular pero artístico y uno arty y minoritario, justamente con ese horizonte, tal cual como si le dijera a Lav Diaz, no dejes morir la cámara en la toma. Aun más, lo interesante, es que cuando el joven Sammy sale de la oficina de Ford, la mismísima cámara de Spielberg o el ojo cinematográfico rápida, inteligente y muy didácticamente pone en juego tres tipos de horizonte y queda más que claro todo lo que ha dicho igualmente de sencillo y clarividente el mítico director. Spielberg hace una película tal cual le ha dicho éste maestro, una película que en dos horas y media jamás aburre, se manifiesta ágil, de dotado ritmo, es cautivante, y aunque hablamos de un especie de biopic se enfoca y sintetiza muy bien momentos capitales en la vida del joven cinéfilo que fue y el futuro cineasta que será. No se dispersará ni habrá sobreabundancia de memorias. Desde el inicio Sammy va desarrollando su pasión por hacer cine, vemos sus progresos y actividades, sus primeros filmes amateurs (obras bélicas, westerns, películas promocionales escolares); así como la marcada influencia de chico y en familia de su primer encuentro con una película, ésta es The greatest show on earth (1952). Ahí descubre algo que lo acompañará siempre de cierta manera en su arte y a muchos directores de cine popular, que el cine recurre mucho a la violencia y al impacto visual, aun tratándose bastante de escenas y secuencias hechas con mucho cuidado y en un cierto orden clásico o amable a la vista. Sammy, con su cámara, detendrá el tiempo, cogerá una experiencia y podrá vivirla un millón de veces, como un tipo de catarsis y puede que hasta una fantasía; vivirá, comprenderá, un lugar para soñar, alucinar y experimentar el mundo, sin provocar ningún daño en su libertad creativa. Esto estará inspirado y escenificado en el descarrilamiento de un tren y el choque con un vehículo deportivo. Otra cosa que acompaña siempre al filme y al protagonista es la familia de Sammy, incluso se dirá directamente que tendrá que escoger entre uno y lo otro. Sammy curiosamente optaría por el cine si habría que escoger, pero nunca deja de sentir compenetración, un fuerte vínculo, con sus padres y hasta con sus hermanas. No obstante es muy indulgente con su madre, la que justifica su honestidad y libertad dentro de una infidelidad y ruptura, como quien no se debe a nadie más que a sí misma, aun siendo egoísta, y diciéndolo y justificando ese egoísmo por el que cree el amor verdadero. Spielberg muestra ésta infidelidad y endiosamiento de la madre muy meticulosamente, arma todo muy lento y claro, se ve venir, se argumenta y queda muy bien, aun siendo discutible. Spielberg llena su filme de mensajes bastante relajados y un poco indulgentes como éste, dentro de hacer un buen cine, muy visual, que no están tampoco mal y hasta son especie de consejos útiles frente a la dureza del mundo, pero la vida puede ser más complicada que lo que deja ver (por decir uno importante, se minimiza el dolor del padre, queda él medio anulado, invisible o en un muy segundo plano), como decir que el fumar marihuana asemeja el caos del mundo y ese relajo que uno debe asumir frente a éste, lo ilustra en la sensación y los efectos de fumar marihuana, lo dice desde la juventud de la imagen. También explica con un evento climático, con un inesperado tornado que persigue su locuaz y medio extravagante madre, como que el mundo no necesariamente tiene un gran sentido o no todo es muy coherente o profundo o implica una razón secreta (como aquellos que suelen decir que todo pasa por algo), da a entender nuestro libre albedrio y nuestra capacidad para decidir de manera simple y práctica, sin esperar demasiado o embrollarse en elucubraciones difíciles y sin salida muchas veces, lo cual es un buen consejo. Así mismo en otro consejo interesante que deja ver éste buen filme, analizando vivir en medio de tanta ruptura y un especie de caos o tener conocimiento de la vida vista como un limbo, no saber por donde ir o qué viene o cómo hacer para avanzar, en reflexión directa sobre el sufrimiento, dice como que hay que aguantar, fluir y esperar, que pase el sufrimiento simplemente, que las cosas naturalmente vuelvan al cause o pasen, y que hay que dejarse estar en el sufrimiento o mejor dicho no pensar en éste, tratar de minimizarlo emocionalmente, todo lo que puede sentirse propio del Zen o el budismo. Tiene muchísima gracia, entretiene bastante, ver la vida diaria de Sammy filmando a sus amigos o compañeros de clase y a estos haciendo de su primer público, durante su época del colegio, o ver cuando se enamora de una chica particular que está obsesionada con Jesús -en plan irónico de Spielberg- y la religión católica, interpretada por la novel, una jovencita muy bella, Chloe East, aun cuando lo de la novia juega a anécdota popular que asumen muchos como propia. Toda la secuencia con ella es de gran belleza y tiene un aire leve cómico muy bueno. Con el típico chico popular del colegio, del tipo deportista, fuerte y galán, Spielberg no se ensaña, más bien parece alentar la popularidad, como quien defiende los íconos, y de paso el cine comercial de autor. Éste chico es un poco patán pero Sammy/Spielberg lo reivindica, aunque el director le da una chiquita, habla con él de falsas expectativas, de tener que buscar llenar los zapatos (particularmente en el futuro) y de un engrandecimiento que puede no tener en realidad o puede perder, por eso en el resumen escolar donde Sammy lo pone como una celebridad él se siente intimado por esa figura que debe llenar. Pero finalmente, al menos, en el colegio, queda de éste chico popular un recuerdo memorable y al fin y al cabo justificado; con esto se trata también de la honestidad de las imágenes, a la que se deben los autores auténticos, aunque es un juego a su vez con los sueños y la ilusión del séptimo arte que se ve en la idealización que logra el ecran con sus historias y en particular el cine de Hollywood, con Spielberg como un gran autor o el mejor de éstas canteras. La ruta -que se ve venir, ante la excesiva confianza con el amigo- de la infidelidad de la madre es seguida muy detallísticamente, es gran parte de la trama. No es que Spielberg esté a favor del divorcio, nadie creo, pero como que lo entiende y toma incluso una posición, la que es muy contemporánea y muy liberal además, con un marido que más parece un cero a la izquierda pero que se dice que es especialmente inteligente (hablamos de un pionero con las computadoras), y a través de quien parece quererse indicar, de Burt Fabelman (Paul Dano), el padre de Sammy, que las emociones priman por sobre lo intelectual, la trascendencia más bien está en las emociones positivas que nos hacen sentir parece decir, también como síntoma de identidad del cine con el que Spielberg trata, le satisface y le hace sentir más y mejor realizado, al que se rinde su manera de ver y hacer el mundo con la gran pantalla. La elección del cómico Seth Rogen es una gran elección, está perfecto en su sencillez formal pero con una gracia cuidada y muy digna. Hay un trabajo de personalidad, de un tipo menos inteligente que Burt Fabelman, pero alguien que hace reír a Mitzy Fabelman (Michelle Williams), por ende la hace feliz, con menos esfuerzo y más naturalidad (y harta empatía), porque se parecen de paso, aun cuando Burt es un buen tipo, pero alguien ya demasiado pasivo y a ratos bastante nulo como pareja (ya no parece noble, sino medio tonto en realidad y es normal muchas veces ser así, inteligente para algunas cosas y todo lo contrario para otras), aunque al menos Spielberg lo hace ver como un padre un poco cómplice (y accesible) de su pasión. Cuando Burt dice románticamente que la madre de Sammy siempre será parte de su vida, aunque es cierto lo que explica (muy dócilmente, demasiado racional o contenido), suena más a telenovela o a melodrama naif (o al típico nerd que parece haber sido). Se endiosa abiertamente a la madre, con una Michelle Williams sobreexplotada, aunque con infaltable carisma y personalidad. No obstante ciertamente se le sobredimensiona, incluso peca de loca light, con mono incluido, literal (y simbólico si bien en ello el tipo luce más tranquilo de lo esperado). El filme como es condescendiente con el chico más popular (que incluye el nombre clásico de su tipo), con Logan Hall (Sam Rechner), hace pagar las culpas al lacayo abusivo, a Chad Thomas (muy bien Oakes Fegley), el chico que parece no tener ningún atributo y es en realidad un parásito y un antisocial. El filme no es tan contundente o no genera tanta empatía con lo judío (como que genera cierta indiferencia), se percibe de baja fuerza, los insultos de ésta clase también son muy manidos, pero Spielberg no lo explota demasiado tampoco, no exagera con éste tipo de empatía fácil, aunque también es, lógicamente, parte de quien es y se comprende siendo aparte una autobiografía, la que finalmente -para bien- es de cierta humildad biográfica. No obstante queda como rasgo de identidad, parte de un conjunto, pero su universalidad funciona mejor, los pasos de un coming of age común o más general, el colegio, la pareja o primera relación, la familia, hasta el tío viajero -de estilo circense- motivador de la profesión, la abuela de pocas pulgas -y visionaria de la realidad-, el amor por el cine que está por todas partes. Lo del matrimonio y la infidelidad es temática a lo Ingmar Bergman pero desde el estilo y el cine popular de autor made in Steven Spielberg o el mejor Hollywood moderno o el mejor cine popular americano, totalmente Spielberg, asumiendo una historia de relaciones afectivas pero de manera bastante dinámica y muy actual, llena de belleza aun en el dolor, dueña de una poética relajada y una mirada en pos del entendimiento de lo femenino con la madre como centro del universo (aunque se trate de la mirada de un hijo y no de un marido). Es un filme notable de entretenimiento, donde aunque muchos pueden creerlo algo narcisista por ser la vida del propio director, éste ha hecho una historia atractiva para muchos, una historia universal, que se puede leer independientemente, y aun así suena interesante que sea la vida de tremendo director y maestro.
lunes, 21 de enero de 2019
Llantas asesinas
El diablo sobre ruedas (Duel, 1971)
Es una de las primeras películas de Steven Spielberg, un celebrado
telefilme, con guion de Richard Matheson quien adapta una historia suya. En
ésta un conductor loco, enojado por algo trivial pero común fuente de enojo
primitivo -que lo sobrepasen en la carretera-, maneja una cisterna vieja pero
de gran motor y con éste camión aterroriza en las grandes pistas a un vehículo Plymouth
Valiant, a un hombre común de clase media, interpretado por Dennis Weaver. Al
conductor de la cisterna nunca se le ve, sólo brazos y a sus botas de vaquero. Es
un filme con efectos especiales sencillos o bastante medidos, hasta el final
donde es apoteósico, entre comillas. Pero se le suele elogiar a Spielberg el
uso de la economía del filme y como concibe la película, una llena de suspenso,
aunque un poco lenta. Se toma su tiempo o se toma en serio el suspenso. Pero es
divertida, te mantiene al pie del cañón, viendo cual será la próxima maldad –o intento
de asesinato- del camión cisterna. Hay una secuencia emocionante cuando se le
calienta el carro al héroe y víctima –se va a detener su vehículo- y el
conductor de la cisterna viene enloquecido detrás por él, como un pistolero o
cowboy tras su venganza. Weaver hace de hombre ordinario, con disgustos
maritales incluidos y cierta pusilanimidad, como típica película americana,
pero quien debe ser valiente o extraordinario para salvar la vida. El filme es
austero, pero logrado, con ninguna pieza afuera, pero con momentos sugerentes,
sencillos, más que grandes explosiones, muertes o grandilocuencia. Es una clase
maestra de como con bajo presupuesto se logra hacer una película competente de género.
The Car (1977)
Elliot Silverstein hace una película con un auto Lincoln de
lujo como un Tiburón (1975) sobre ruedas. Se lo toma tan en serio que hasta a
ratos parece una premisa ridícula. El auto demoniaco, sin explicación de
existencia, ataca a la gente sin razón alguna que la pura maldad. Hay una
escena donde una mujer escucha el motor del auto asesino y teme por su vida, se
mete en su casa y viene lo impresionante, el auto le ataca contra todo
pronóstico. Esto supera cierta deficiencia de un ataque previo, medio bobo, como
un toro enardecido, en un desfile y en un cementerio, contra unos niños y unas
maestras –una hasta lo insulta, lo provoca-. El filme pone a la policía en un
estado deplorable –mata a muchos-, y no
tienen nada de rudos, parece que se enfrentaran a algo descomunal, están
desorientados y achicopalados, incluso hay un policía rubio que parece querer
llorar de lo penoso que se le ve. El heroísmo es compartido, centralmente entre
el policía que hace James Brolin y un abusador familiar –le pega a su esposa; así
por increíble que suene- en el actor R.G. Armstrong a quien toda la policía
recurre para vencer al auto malvado. Es un filme muy curioso no hay que
negarlo, y entretenido también, pero es una película de cine B con sus
deficiencias, y sus encantos.
Christine (1983)
Ésta película basada en una novela de Stephen King es mejor
que The Car, tiene más terror; el auto, ésta vez un Plymouth Fury, incluso
hasta posee a sus conductores, los vuelve malos. El dueño del auto asesino es
un muchacho nerd convertido en chico cool, aunque más agresivo, Arnie
Cunningham (Keith Gordon). Arnie logra conquistar a la chica más bella del
colegio, a Leigh Cabot (Alexandra Paul), pero su verdadero primer amor es su
Plymouth Fury llamada Christine, que mediante la música manda mensajes
románticos o de violencia. Tiene una escena en una gasolinería que es preciosa
de lo brutal que es como terror. Desde el arranque el filme plantea la
violencia, ya que Arnie sufre de bullying y su maltrato pide venganza. Arnie
tiene un mejor amigo, un jugador de futbol americano, Dennis (John Stockwell),
quien es la parte agradable del filme, aun cuando es típicamente cool, pero
humilde. Christine tiene la particularidad de que puede regenerarse
inmediatamente, provocando ataques vistosos por su autodestrucción. Mientras en
The Car éste jugaba con Brolin en varios momentos, Christine es implacable,
carece de sentimientos, que no sean hacia Arnie y matar. En The Car el propio
auto deja ver una sed de venganza con una maestra. Christine sin embargo
intenta matar por estrangulamiento a Leigh, mujer que nada en la inocencia. En
éste filme aparece muy secundario Harry Dean Stanton como un policía de
investigación. Christine, de John Carpenter, es una película entretenida y bien
hecha, un filme de culto; The Car también es de culto.
Rubber (2010)
Rubber (2010), de Quentin Dupieux, es una película
descaradamente extravagante, con una llanta que usa poderes mentales para
reventarle la cabeza a la gente. Empieza matando animales, rompiendo botellas,
y termina matando personas en cantidad, hasta plantear la revolución de un
triciclo infantil. La parte menos lograda es la de los espectadores y hacer ver
que estamos viendo una película, pero se entiende para rellenar espacio, porque
lo de la llanta es pura acción aunque poca narrativa, lo suyo es matar al
estilo gore. La llanta no habla, tiembla y ¡boom!, explota en mil pedazos una
cabeza, pero también siente deseo, como al ver desnuda a una chica bañándose en
la ducha. La película a ratos es extraña, especialmente con el jefe de policía,
pero el filme desde el comienzo empieza mostrando sus fichas, postulando la
sinrazón. Todo el andar de la llanta aunque muy simple tiene gracia, incluso se
pueden ver sentimientos en ella, lo cual suena muy loco, pero también
entretenido, y no falta algo de risa, entre el absurdo bueno y malo. Rubber es
una película de gran atrevimiento y se le perdona que no sea perfecta. En el
arranque la llanta luce como un bebé dando sus primeros pasos, abandonada en el
desierto, hasta llegar al éxtasis de la furia al ver a otras llantas siendo
quemadas como basura. Lo que mueve a la llanta, desde estar tirada en el
desierto como desecho, es el desprecio de los demás –aun cuando, claro, es una
simple llanta, pero no pidan coherencia en el filme- . La meta última, bajo
cierta ironía, es llegar a mucho público, ahí aguarda Hollywood –por la
historia de Rubber- o el apocalipsis –por dónde empezar a matar-.
martes, 3 de abril de 2018
Ready Player One
Steven Spielberg es un gran nombre del entretenimiento y el
cine en pantalla grande, así que casi cualquier cosa que se le ocurra hacer por
ser él será motivo para que asista a ver lo que ha hecho, y lo que ha hecho es
un cine familiar y juvenil. Ha puesto de escenario un mundo virtual llamado el
Oasis, creado por un hombre amante de la cultura popular americana, como el
mismo Spielberg, llamado James Halliday (Mark Rylance).
El filme es un juego virtual, es estar inmerso en un videojuego
lleno de referencias pop, de la música, el cine, la literatura, el cómic, el
anime, los mismos videojuegos o la televisión. Hay pasajes muy logrados como el
que utiliza de base El Resplandor (1980). El héroe virtual se hace llamar Parzival
(Tye Sheridan), tiene una vida conflictiva y humilde en la realidad, y se
escapa en el mundo virtual, aunque en él hay una pasión por el mundo de
Halliday. Parzival es un personaje propio de su edad, alguien poco meditativo,
aunque no sea ningún chico rebelde ni frustrado, es como cualquier muchacho, lleno
de alegría y vida, y de superficialidad. A él por el tipo de personalidad y el manejo
de su conducta le queda perfecto el mensaje final de Halliday, que busque
despegarse del mundo virtual y ame la realidad, a pesar de que suena algo
contradictorio, porque la vida de Parzival no es muy amable.
La parte real parece ser un mundo
post-apocalíptico, tener el planeta destruido, como si refugiarse en lo virtual
fuera una salida necesaria para poder tener una mejor vida. Pero luego esto
queda desmentido, y se ve más bien que la gente está ciega por jugar,
simplemente buscan el placer virtual, cosa que luego se descubre no hizo feliz al inventor en cuanto a su propia vida, que fue un hombre solitario y fracasado social que finalmente
había desperdiciado su vida en lo virtual, y que debió de aprovechar más el
mundo tal cual, como salir a bailar y ser menos nerd. Parzival y sus amigos son chiquillos, y se aplican a éste
mensaje, de que deberían jugar en el mundo real, que es más valioso que el
virtual nos dice el filme.
El filme es puro entretenimiento, a eso se aboca, sólo difiere
en donde debemos andar más, es el llamado de lo natural, del pasado, de la
tradición. Al final Hallyday agradecerá a quienes jugaron su juego, implicando
humildad y melancolía, se irá tipo perro triste, mismo final de Big (1988), dejando
entrever que su mundo virtual tampoco es tan malo, pero no representa la
verdadera felicidad. Hallyday a pesar de la edad –no luce físicamente natural- es
como un muchacho más, un tipo común, y no el semidiós que se ha ganado ser con
su creación. Visualmente es un filme impresionante, hay tantas referencias en
pantalla que hasta abruma, aunque hay semejante abundancia que pierde cierta
estética y toma una presencia kitsch. Además no todos los avatares por computadora
lucen cautivantes.
La trama consiste en que una vez muerto Hallyday deja un
juego donde los participantes –apunta a toda edad, pero en adultos con pelo en
pecho se luce un poco ridículo- deben hallar tres llaves, tras tres acertijos
mediante un juego de acción, donde entra a tallar un mundo más que de sci-fi del
género de fantasía. El que encuentre las tres llaves ganará el premio mayor que
es la fortuna de Hallyday con la que se podrá acceder al control del Oasis, en
que los retos implican el significado de la felicidad.
Entra a tallar también que éste lugar virtual que aman todos
jugar es una empresa, de lo que queda flotando en el aire que uno debe recurrir
a la esencia, a lo básico, en una clara crítica al futuro, a la tecnología y al
propio entretenimiento. Como también es una película de aventura no faltan los
villanos gestores de acción, guiados por Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn) y su
tropa de mercenarios virtuales salidos de lo casual. Sorrento ambiciona el
Oasis, pero lo ve sólo como un negocio, no ama ni conoce demasiado lo pop –es un
frío y monetario empresario-, por ende se entiende que tampoco ama a la gente. Es
gracioso ver que Sorrento era el que servía los cafés como practicante en la
empresa de Hallyday.
En un mundo que ama las referencias Ready Player One (2018)
tiene las fichas ganadoras, desde una carrera de vehículos que incluye la moto
de Tron (1982), el DeLorean de la trilogía de Volver al futuro, el auto de la
película de terror Christine (1983), la camioneta de la serie de tv The A-Team,
el batimóvil de la serie de los 60s y la moto de Akira (1988) en medio de la
persecución de un T. Rex de Jurassic Park (1993) y de King Kong, hasta El
gigante de hierro (1999) despidiéndose a lo Terminator 2 (1991) o un Goro (Mortal
Kombat) explotándole el pecho por un xenomorfo pequeño, como en Alien (1979).
miércoles, 21 de febrero de 2018
The Post
Ésta es una película sumamente limpia, clara, muy bien
explicada sobre un informe de análisis del propio gobierno americano sobre la
guerra de Vietnam, denominado los Papeles del Pentágono, que señalan que el
Departamento de Defensa sabía que era una guerra perdida y aun así seguían
mintiéndole al pueblo americano, además de tener otros intereses anexos no
oficiales desde los gobiernos de Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower que propiciaron
la intervención americana. Esto se filtra de propia mano de un analista del
Pentágono, Daniel Ellsberg, y llega a manos del periodismo, primero al The New
York Times y después al Washington Post. El Post estaba dirigido por el
legendario periodista Ben Bradlee y le pertenecía a Katharine Graham que también
era la editora. Se enfrentaban a comienzos de los 70s con el gobierno de Richard
Nixon.
El filme es una exhaustiva exposición del desarrollo de las
publicaciones y la reacción del gobierno de Nixon que quiso detener las
publicaciones y amenazó con llevar a la cárcel a Graham y a Bradlee por poner
en peligro la seguridad nacional. En el filme Katherine Graham, interpretada
por una talentosa Meryl Streep, tiene sus dudas de publicar estos papeles
porque era amiga cercana del secretario de defensa Robert McNamara que tuvo
mucha injerencia en la guerra de Vietnam y a quien le iba a caer gran parte
del peso de las críticas sobre éste informe. Pero Bradlee (Tom Hanks), por lo
que se ve en el filme, estaba muy decidido y era muy aguerrido e impávido y
trataba todo el tiempo de convencer a Graham de publicar.
Katharine Graham luchaba contra un espacio periodístico
machista y patriarcal, de hombres de negocios, donde las mujeres solían estar
relegadas o prácticamente no existían en las altas esferas del poder, pero
tenía carácter y mundo, y un compromiso con demostrar que podía llenar el lugar y sentirse orgullosa de su labor y entrega al pueblo americano. Graham
es una mujer de dinero, y reuniones sociales, que estuvo dedicada a su
matrimonio e hijos, pero el deber le llamó y en eso se enfoca mucho el filme de
Steven Spielberg. Graham tiene dudas y temores en su cargo, pero tiene mucha
voluntad y quiere dejar una marca.
En varias oportunidades vemos como la puesta en escena de
Spielberg pone a Graham algo achicopala, pequeña, frente a la predominancia
masculina, con ellos tratando de minimizarla o dominarla, haciéndole ver todo
el tiempo que el Washington Post era una empresa y dependía de inversiones,
banqueros y la bolsa, que se espantarían con éstas publicaciones. Graham
lentamente sale a la luz y va tomando mayor fuerza y convicción, porque tiene
ante todo un deber con el periodismo y la libertad de prensa, y el pueblo requiere
la verdad. Vemos como Spielberg la coloca más tarde en la gloria de los reflectores,
semejante a un ave fénix, ante un llamado de personalidad, brillando frente a
la mayoría masculina.
En una escena Meryl Streep atraviesa un lugar lleno de damas
esperando afuera de una entidad gubernamental (las mujeres dejadas en segundo
plano), e ingresa a un lugar de puros hombres y ella queda por encima de todos
(reubica a las mujeres bajo su representación), tal cual un conglomerado patriarcal que
no puede con ella, que no puede sojuzgarla. Es una pequeña revolución
feminista, donde una brillante mujer se impone, justificada por un deber mayor,
universal e idealista, luchar contra la mentira, y el poder que yace a espaldas
de la ciudadanía.
Katharine Graham es la protagonista de la película, es la
mujer que tiene que definir su destino y del periodismo americano, o vivir
pusilánimemente –frente a los amigos, el dinero y el poder- o brillar con
fiereza, pero con razón, ayudada por ese soldado y subalterno valiente que es Ben
Bradlee, quien también recapacita, no es un tipo cerrado o unidimensional, como
pudo quedar plasmado, teniendo momentos de reflexión y relajo; uno de ellos
llega por su esposa (Sarah Paulson), una ama de casa, que aunque está más
encargada de llevar y pasar la comida a los periodistas también es inteligente
y entiende la situación y puede influir en su marido; la otra lección llega a
razón de la amistad con John F. Kennedy y es pensar que el deber está por sobre
las relaciones, por sobre los amigos políticos, uno siempre tiene que decidir.
The Post (2017) es una clase maestra de periodismo, una
película que es muy entretenida, que no es difícil de seguir y entender, que se
explica maravillosamente, cuando pudo faltarle el dinamismo y ampararse en
mucha información, ser verborrea. Ésta se halla muy bien distribuida y
entregada, tiene ritmo, fuerza y amabilidad, es notable.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Puente de espías
La nueva propuesta del genio Steven Spielberg, con guion de los hermanos Coen, es una buena
película, que en sí es llamativa (la historia verídica de un intercambio
de espías en medio de la guerra fría) pero desprovista de aparatosidad y demasiada
trascendencia como obra (que no sea la magia de conmover y movilizar que Spielberg mantiene
intacta), y que podía ser de tremenda pesadez (como Lincoln, 2012, pero que
resulta interesante, dentro de otra introspección del derecho), tratándose de una
propuesta seria de espías de más de 2 horas, pero que deviene en
una entretenida, amable y sencilla película, muy bien desarrollada, con un Tom
Hanks como el probo e intachable abogado James B. Donovan, de lo que la
inteligencia de Spielberg se imprime no en crear un protagonista ideal, como
muchos pueden creer y hasta criticar amparados en la ambigüedad de los personajes
que tanto subyuga y complejiza el panorama de una trama, sino en contrastarlo
con lo que piensa la gente de él, y ahí yace la jugada central del filme, a la
que hay que prestar atención, de lo que Donovan es visto como un especie de
traidor, como tan llanamente hace ver su preocupada esposa (articulándose la
idea del verdadero nacionalismo) cuando juzga al espía ruso y cliente de su
marido, por más que el abogado americano le explica coherentemente que no es
así, que Rudolf Abel (Mark Rylance) no es un traidor, sino un hombre que sirve
lealmente a su país, y que es lo mismo que haría un norteamericano, por lo que
es mejor no enviarlo a la silla eléctrica y poder tener un aval para el futuro,
yendo más allá de la razón humanitaria, que la hay también, ya que Donovan dice
muy sabiamente pero sin ínfulas de intelectual que todo ser humano vale, y no
solo lo habla, sino lo pone en práctica, con el estudiante americano atrapado
tras el muro de Berlín (en ciernes) y pre-visualiza las diferencias de
entonces de los gobiernos de las dos potencias, estipuladas sin ser recurrente
ni remarcarlo (bien explicado con unos niños que juegan trepando un muro
en New York, conjugándose con el intento de traspasar la frontera entre las dos
Alemania y ver gente morir en el intento, desde la cotidianidad del metro que
sirve como auscultación de complicidades y conflictos).
Se ve la madurez de Spielberg, si se quiere, dentro de pedir
lo negociable en su arte y tipo de entretenimiento, en que no existen exageradas
diferencias entre el trato de Rusia y EE.UU., en realidad, aunque si mayor perspicacia,
nobleza y, por supuesto, participación del lado americano, porque puede que los
comunistas tengan más firmeza en sus interrogatorios (como desconfianzas más
vulgares), pero ¿el trato luce impactantemente cruel?, parece más bien juego de
niños, si hablamos de tortura, como tirar un baldazo de agua fría y no dejar
dormir al preso (no hablemos de métodos, lo que se ve es bien ligero).
Queda claro que Spielberg pretende hacer valer lo que más
importa en EE.UU. que es dicho en una conversación indicando practicidad, en cuanto qué
hace a alguien un norteamericano en medio de su cosmopolitismo y su enorme migración,
y es la constitución, por no decir los valores, y el ideal del pueblo, y demostrar
que en su país hay respeto por la ley, o existen hombres que lo pretenden así,
por más que existan odios en el desconocimiento de los principios, que puede
ser una mirada naif a un punto, pero revela una vocación de identidad y
orgullo, de verdadero nacionalismo, uno puesto
a prueba, como un mensaje de que el ideal nace en el reto de salvaguardarlo
ante una gran exigencia. Y es que no todo
debe ser oscuro, cuando el séptimo arte de Steven Spielberg es conocido, vale,
por su luminosidad.
Donovan es odiado por la gente de su país, por defender legalmente
a un espía ruso, tras un mandato superior que el asume más de lo esperado, de
lo que Spielberg hace ver una noción muy firme e inteligente en las apreciaciones
del abogado americano, que lo ve todo fríamente, con alcance real, aunque queda
más explícito, y hasta con humor, con el impasible Rudolf Abel que siempre saca
algún chascarrillo seco de una situación tensa. Yace en lugar de la mirada lógicamente
humilde de las mayorías, esa que ve con alarma una guerra atómica, bien
reflejada en las medidas prematuras e infantiles del pequeño hijo de Donovan (como
los niños presentando respetos a su nación), con lo que la honestidad del
abogado americano es repudiada. Esto sin exageraciones, el sentido principal es
otro, claro, mientras Spielberg todo lo muestra con mucha tranquilidad, más
recato y delicadeza de lo que uno esperaría, en las miradas serias y atentas de
la gente en el metro, y menos en un atentado contra la casa de nuestro héroe,
que no tiene verdadera dimensión, que parece estar por cumplir, ya que más
prevalece la desmitificación, como de la CIA que se le ve muy normal, sin audacia
ni perversidad, como que lo llamen y le pidan directamente que sea un infidente
del espía ruso.
Entra a tallar una cabalidad que muchos no creen que exista,
aunque visto el tiempo del filme (fines de los cincuenta, comienzos de los sesenta),
es como recuperar un orden perdido. Sin embargo es puesto en duda Donovan, pero
como dice el propio protagonista, no importa lo que crean los demás, sino lo
que es, lo que ha hecho uno y sabe, y entra a tallar no solo la afirmación
condescendiente y por encima del mundo que huele a veces a cuento, la de un Boy
Scout, sino el honor, la valentía y la seguridad que respalda a Donovan en la
trama y en los hechos reales (siendo un hombre común, ahí vemos que le roban el
abrigo sin nada espectacular), como que el piloto norteamericano no es igual de
leal que Rudolf Abel, que siendo el enemigo es retratado heroicamente a la par
del rol del muy talentoso, tan resuelto y natural, Tom Hanks. Es una historia
que verdaderamente apuesta a la bilateralidad, en lo posible, aun bajo un tema
de común maniqueísmo (¿no suele ser la URSS el demonio?, pues eso sobrevuela).
Rudolf es esa ambigüedad que le piden a Donovan, aunque intrínseca,
ya que prevalece otro sentido hacia su persona, que colinda con la admiración. Pero de lo que se trata su trabajo es permitir sacar información para el desarrollo de
una guerra atómica y la posible muerte que implica con ello, de norteamericanos,
si bien es más pura táctica y control espacial, como que la mirada del filme
llega finiquitada la guerra fría, no pretende anacronismo, y desde luego, tiene
como público asiduo a la propia Rusia con la que confraternizar, visto en la
relación del abogado norteamericano y el espía ruso, la URSS es el pasado. Donovan es probo pero su gente no lo cree así y se manifiestan los matices
en el personaje desde otras formas de expresión. Tampoco es que uno tenga que estar
de acuerdo completamente con lo que presenciamos, pero sí que en el transcurso
veremos que había coherencia más allá del mensaje simpático, sobre todo que
existen justificaciones, como la practicidad de la condena, convertida en una
previsión de futuro beneficio de intercambio, una noción de estado de derecho
como nación y razones humanitarias con el menos pensado, que terminan generando
injerencia en el pensamiento ajeno y como sobrellevar una guerra y con ello
evitarla, lo cual a un punto hacen de Donovan un tipo ladino y visionario. Me parece audaz ese pensamiento, cuando uno siempre tiende a creer que en el
derecho prima la conveniencia económica de unas aves de rapiña, y aquí el
mensaje es otro, es la honra plena de un trabajo, el de defender la
constitución, ante todo, en que todo hombre merece una defensa y un juicio
justo. Discutible, pero una perspectiva interesante que revalora ciertas acciones.
Defender a un criminal, un enemigo de la patria, no es cosa fácil, y menos
pedir incluso una apelación, con lo que Donovan se convierte razonablemente en
otro enemigo. Esa es la verdadera “hazaña” del filme, que uno haga lo correcto
sin importar la imagen, hacer del probo un enemigo, y del enemigo un tipo probo. El resto es entretenimiento.
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lunes, 4 de febrero de 2013
Lincoln
Encabeza las nominaciones al Oscar 2013 con 12 estatuillas, Steven Spielberg vuelve a la carga con una propuesta de peso. Si el año pasado tenía 6 y realmente no parecía tan competitivo (tampoco se alzó con ningún premio de la Academia), en esta oportunidad sus cartas han cambiado y se presenta con sólidas posibilidades de triunfo. Su filme que se titula como el decimosexto presidente de Estados Unidos el cual cumplió con la hazaña de abolir la esclavitud, Abraham Lincoln, es una mirada política de la gestión que llevo a cabo la consolidación de la decimotercera enmienda, mandato que legalizó bajo la constitución estadounidense la libertad de los negros a la par de una sangrienta guerra civil que sirvió para sostener y concluir el ideal de igualdad que anheló este gran hombre desde que pequeño en una granja por medio de su padre y del entorno percibió el sufrimiento de otros seres humanos.
Decidido por todos los medios a llegar hacia su meta, el
filme nos muestra como lo logró, y no es una biografía al uso sino que se aboca
a un contexto determinado poco antes de concluir la guerra –que ya no tenía
sentido una vez que se alcanzó la abolición esclavista, sostén económico,
social y político del sur americano que se vislumbraba dividido antes del
llamado oficial separatista-, pero dejando ver quien es, parte de su pasado y
decisiones, a sus seres queridos, sus leales seguidores y compañeros, su
personalidad, su pensamiento.
En el filme se da todo el manejo político que tuvo que
movilizar Lincoln y su grupo de allegados y entendidos en la materia a sus órdenes,
su inteligencia para el derecho y sus mecanismos, el lado sucio de la
negociación y las respectivas aprobaciones, su cariz y seguridad de líder,
entendiendo el poder que emanaba y que buscaba, que impuso, mediante su
participación activa, su quehacer comprometido y regente. En todo momento aunque
luce campechano, simpático, calmado, hasta gracioso con la narración de anécdotas,
pero también en parte cansado y envejecido, se da como el ejecutor supremo, el artífice
general que dirime y delega, que está en la cancha, como en una misión personal,
en donde se recalca su predominancia, consciente de lo que se necesita, de
hasta dónde puede y debe llegar, y no se trata de un símbolo –fuera de su
naturaleza intrínsecamente legendaria- sino en lo que se ha plasmado en algo
práctico, fehaciente. Y que va en la dirección de lo que conocemos popularmente
como la política (su verdadera cara), ese lugar donde se trabaja bajo cierta
corrupción, audacia, perspicacia, trampa, mentira, control, compra de votos, y
todo lo que conlleve el éxito de lo que se pretende, sin tapujos, de una
impudicia tras bambalinas, que en la trama histórica el fin (vastamente loable)
justifica los medios. Y es que en la actualidad hay una vocación de realismo,
neutralidad y naturalidad para exhibir algunas faltas al ideal humano –así como
suena- o la probidad de la teoría, de la ilusión, del ejemplo, del valor
máximo. La transparencia se difunde como síntoma de una contemporaneidad menos
inocente, y muchos verán una trasgresión imperdonable, un alegato de cierta pobreza
representativa, pero también que el cine es una auscultación que trata de ser
veraz, y en realidad hay que asumir los hechos, que no es una apología sino el
reflejo de un mundo tal cual, sin hipocresía, y cada quien es libre de juzgarlo
(no obliga ninguna complicidad temática ni ideológica, y puede haber naturalmente
una reprobación), tan válido como ponerse a fabular, a aparentar o a pontificar
si lo vemos por otro lado despectivamente.
El filme deja en claro que a veces no hay otra salida (Lincoln
debe cargar con cierta contradicción, explicada literalmente por boca suya),
como en el caso del congresista Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones) que tiene
que negar –al callar, en medio de un truco de ironizar audazmente sobre un
congresista contrario- que cree en la igualdad primigenia y divina de todos los
hombres para solo verlo como un orden
legal que refrenda el pensamiento hegemónico de la época de que los
afroamericanos son inferiores como raza, pero que cumple con lo que se ansía,
que gente de color como su secreta pareja amorosa, su ama de llaves, puedan
yacer lejos de la esclavitud como ciudadanos jurídicos. Incluso Lincoln sabe
que la guerra, el sacrificio y el fratricidio resulta irremediable e
indispensable, la muerte de miles de hombres –que lo impresionan, y le pesan, en
su cabalgata donde hay multitud de cadáveres regados o en sus visitas a lo
amputados soldados- son necesarios por la causa que enarbolan, y de eso que muchos
ven a un hombre cruel que se impone por la fuerza (el filme juega a no
encasillarnos en una sola postura o nos da la posibilidad de intuir o de crear
ideas, mientras quiebra, refuta o muestra complejidad, pudiendo llegarse a entender
a los distintos bandos o al asesinato del propio Lincoln, como con su mujer Mary
Todd –Sally Field- que se apena por el limitado
recuerdo que cree quedará de su persona en una cierta perspectiva que la tacha
de demente y de carga –ante un hijo muerto y uno por cuidar, dos posturas-, o en
otro momento en que se recrimina su estancia en el manicomio dispuesta por
Lincoln, con lo que se dan en la trama variedad de alegatos distintos, en que
la figura del presidente siempre está por encima del resto en cuanto a
aceptación pero que luce en cierta parte discutible).
El filme nos remite a una honestidad e historicidad mucho
más contundente de la que creemos, sí siendo proclives a entender que la historia
es menos bella por naturaleza. Lincoln es grande por su entrega a su meta, y en
él sabemos que su fortaleza no venía de regalo ni en lo fácil, se debía a romper
huevos en el camino, y con ello el filme logra credibilidad, argumenta con
solidez en dicha veracidad, desmitifica y a la vez -aunque suene paradójico- engrandece
al líder, porque lo muestra como un hombre, viendo qué debió hacer, como se
concibió algo concreto, algo tan memorable y admirable que dejo huella en la trasformación
de su país.
El filme es atrevido a un punto pero cálido en su forma, en
su estructuración, lleva toda la mano de Spieberg que hace el relato muy
sencillo de ver y de entender, todo el proceso está simplificado y se hace
ameno en lo posible, ya que lo que cuenta remite a cierta lentitud y
agotamiento, un filme que se aboca a lo político cansa y molesta pero en éste
director se hace mucho más manejable (maestro de lo masivo, cuando quiere con
sustancia, y siempre con diafanidad), pero claro es algo pesado y largo por
esencia lo que se nos narra. Sin embargo
no faltan los ratos de entusiasmo, los relajos (las historias de Lincoln, las
visitas a los compinches a su mando, los toques de sensibilidad al personal con
algún toque en la espalda o en el rostro), los espacios ligeros cómicos (uno
que recuerde es el del emisario escapando bobamente de un votante armado en el
mismo sur o el irónico con el hijo menor de 15 años vestido de militar), los ineludibles
dramatismos (en el conteo y el conocimiento oficial del voto, una hazaña ya que
se esperaba todo un alarde de efectismos en este lugar y se contuvo) y
excitaciones (bien diseñadas, sobre todo en esa riqueza del intercambio verbal
de los parlamentarios, una de las recreaciones más vivas, importantes y
logradas). Es un filme visceral y emotivo como suele ser característica de
Spielberg pero mucho más contenido por temática, aunque nunca llega a ser frío ni
por asomo y esto pudo serlo tranquilamente. Un filme que queriendo ser político – lo es y
de esto que a muchos no les guste- logra ser afable y tener un ritmo decente (Argo
es una maravilla pero no tiene el encandilamiento político de Spielberg –y lo
digo como descripción, no que una sea mejor, que ya depende del espectador- que se mete de lleno), y si se supera la predisposición
inicial, y se tiene paciencia con su historia de congresos, enmiendas y
votaciones logra verse que también puede ser entretenido, que en ello hay una
lucha que no deja de plantear una trama seria pero pegada a ser recibida por un
público amplio.
El personaje que construye Daniel Day-Lewis tiene carne,
tiene sangre, es real, lo puedes asimilar, lo puedes concebir, no es una figurita
mítica e intocable, está humanizado, está vivo, y sin duda ahí hay mucho ingenio
detrás, se le da forma con detalles en su personalidad, físicamente también se
luce muy bien, y no llega a ser ningún maniquí tampoco, lo vemos en todo
momento suelto, yace para que lo veamos bajo toda luz, aunque se esconde un
poco en ciertos gestos. Day Lewis le da coherencia y solvencia, mantiene rasgos
gestuales y típicos muy recurrentes, su andar, su curvatura, su delgadez, a
ratos cierra mucho los ojos, parece meditabundo, cabizbajo, tiene un aire de fisonomía
tímida o algo débil pero que ostenta un corazón fogoso y un carácter muy seguro
y poderoso, sus diálogos exhiben un acondicionamiento que crean un contraste de
ambición, locuacidad y determinación, se percibe una construcción tanto
interior como externa parejas en su logro pero de forma disímil (un viejo de espíritu
ganador), no parece alguien común pero está fijo desde la realidad, no llega
nunca a la sobreactuación porque su calma es rotunda (y llega a expresar alguna
efusividad, como la cachetada al hijo o algún discurso intenso), hay mucho
dominio escénico, pero se ve que hay marcas en su apariencia que se exaltan a
la vista y en su recuerdo puede afectar como una manipulación de cariz de
cierto exceso. Loable Day-Lewis, que grande su responsabilidad, y sabe hacerlo
como los grandes, como uno de los mejores actores de la actualidad. El resto
brilla también con luz natural, Tommy Lee Jones siempre dotado como un gran
argumentador, un tipo de palabras, su físico no siempre se ajusta pero su rasgo
comunicativo tan fresco lo elevan y nos induce a la concentración, a adoptarlo
enseguida. Sally Field no siempre me impresiona, aunque es una buena actriz, un
poco menospreciada, en dicha representación logra darle vitalidad a un físico
que la hacen ver mayor –aquí a la inversa, hay que robarle años y no hacerla
incompatible al marido, siendo bien planteada la atracción sensual y afectiva
con sutilidad y con pinceladas, pegándose a un cierto respeto que se articula
en un arcaísmo temporal- pero que vuelve en el tiempo con su espontaneidad, su naturalidad,
presentando emotividad, gracia y una preocupación en el lugar justo, muy bien
reflejado. Y hay más, los irreconocibles James Spader y Bruce McGill, los
talentosos Jackie Earle Haley y John Hawkes, junto con secundarios de lujo con Hal
Holbroo y David Strathairn, y un poco desapercibido pero correcto, con un rato
de repunte cuando quiere unirse al ejército en el hospital, en Joseph
Gordon-Levitt.
El desenlace es un toque de arte y de autoría, el teatro que
no es, el que evita la cámara, semejante a aquel deseo de Lincoln de ir a la tierra
prometida, como si se nos revelara algo que no sabíamos y así ha sido con esta
historia conocida.
sábado, 25 de febrero de 2012
Caballo de guerra
Steven Spielberg tiene dos Oscars por mejor director y uno por mejor película, gracias a Salvando al soldado Ryan y La lista de Schindler, además un Premio en Memoria de Irving Thalberg por su destacada carrera profesional. Películas como Indiana Jones y el arca perdida, E.T., Tiburón o Munich entre tantas otras lo colocan como uno de los grandes directores americanos de la historia del séptimo arte. No solo eso, Inglaterra y Francia se han rendido a sus pies con el Bafta y El Cesar. Por lo que a estas alturas ya el camino es menos exigente, continuando más que por propia decisión, vocación o amor al ecran.
Su última película, War Horse (2011), a ratos me recuerda a la familia Ingalls, pasando por cintas como Braveheart, Forrest Gump, Salvando al Soldado Ryan y hasta por Babe el puerquito valiente. Y no es en absoluto una mala película, funciona espléndidamente para una muy sana reunión de amigos o seres queridos que quieran relajarse con algo cálido, bien hecho y sin muchas complicaciones, que es lo que define en parte al cine de Spielberg, quien se defiende con las armas del artesano y de su amplio conocimiento cinematográfico que hace de ésta propuesta una nominación convencional y decente en los próximos Oscars, en los que definitivamente no ganará porque peca de demasiado oscarizable, algo predecible y porque Spielberg ya no lo necesita.
Dramatizar con el amor de un caballo tampoco es terrible por más adultos que nos creamos. No obstante merma su fuerza que estemos ya bastante acostumbrados a éste tipo de filmes. De todas formas, la película tiene un cierto encanto al buscar sensibilizarnos a través de un drama histórico sobre la primera guerra mundial que tiene como protagónico a un equino llamado Joey, perteneciente a Albert Narracott (primer largometraje del joven actor Jeremy Irving) quien crea un vínculo entrañable con el animal, que irá más allá de la distancia, partiendo de ser un sencillo granjero en Devon hasta un valiente soldado en la inevitable primera gran guerra.
Joey cambiará constantemente de amo (a) y hasta de bando en una aventura que lo llevará por los diferentes frentes de la llamada guerra de trincheras y el gas mostaza, en que todavía se combatía cabalgando a sable en mano, como en la impactante escena en que los ingleses emboscan a los alemanes en medio de ametralladoras y carpas de campaña.
Entre los destacados actores que pasan por la pantalla tenemos en un elenco prodigioso, a Emily Watson, Niel Arestrup y Tom Hiddleston o interpretes británicos menos conocidos aunque talentosos en Peter Mullan o David Thewlis. Sin embargo quien más sorprende es el caballo que hace trucos y pantomimas que demuestran el gran dominio de Spielberg para dar protagonismo al ecuestre, con impresionantes e incontables efectos especiales y alguno que otro entrenamiento real. El momento en que Joey -tras galopar eufórico para salvar su vida- cae en el cerco de púas es toda una hazaña visual.
El filme tiene momentos lacrimógenos efectivos que casi no fuerzan al espectador, donde se puede llorar sin restricciones al no creernos engañados por un poco de cebolla, pero también ostenta otros recursos muy al estilo Hollywood en que las posturas y los deja vu son abundantes. Los parámetros no son todos estrictos en cuanto a emotividad, tiene tramos que son olvidables y que se nos hacen indiferentes, como sitios en que hay que dejarse llevar porque también se debe sentir con el séptimo arte; y eso no es todo porque tiene zonas difíciles que se ejecutan sin sentimentalismo; por ejemplo, la muerte del capitán o el fusilamiento de los desertores teutones. Spielberg dosifica su carga entre suave y dura, pero siempre con el buen hacer de la experiencia, que admite un filme para todo público.
La factura del filme es impecable, aquí la maestría no tiene pegas, los escenarios y los contextos funcionan, incluso para definir quienes están en combate que es algo que puede generar confusión; hay pequeños detalles que indican espacios geográficos, orígenes e identifican personajes secundarios germanos, británicos y galos. También no se ha querido tomar partido por alguna nación evitándose el maniqueísmo. Si bien el bando inglés está representado por Albert, hay múltiples oportunidades de ver nobleza en los contrarios (llega a haber un armisticio –otro de esos instantes memorables de la realización- en que entre enemigos colaboran para salvar a Joey).
El caballo lleva una personalidad que lo hace trascender, no solo se le une a un pañuelo y a un silbido (se le describe perfectamente sacándolo de la natural uniformidad para corroborar que Albert es el dueño), sino que sus ojos, su conducta, su aprendizaje o su rebeldía dan realce a familiarizarnos con él, como cuando salva de la muerte a su compañero equino en un acto de iniciativa fantasiosa que aparenta naturalidad.
Otra característica digna del cine de Spielberg es el darle fuerza expresiva a sus criaturas, no faltan imágenes en que las palabras están demás, que la cámara se posiciona sobre un ser vivo que refleja incontables sentimientos en plena pantalla. Eso es el filme, un cúmulo de toques sensibles en una historia amena bajo un contexto bélico dispuesta para todos.
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