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viernes, 4 de enero de 2019

The Sisters Brothers


Western del francés Jacques Audiard con Joaquin Phoenix y John C. Reilly como Charlie y Eli Sisters, dos pistoleros mercenarios que simplemente siguen el dinero y a un jefe tras bambalinas, al Comodoro (Rutger Hauer). El filme es duro, no es del tipo del western clásico, aquí no se pretende hacer de los hermanos Sisters unos héroes modelo, son antihéroes en toda la palabra –con humanidad, eso sí, aunque suene contradictorio-, pero con crueldad y barbarie encima. No obstante aun así con cierta empatía para el público. Son los protagonistas y pueden ser muy salvajes como con Mayfield (Rebecca Root), que tiene de feminista.

Hay una línea narrativa que luego se reúne con los hermanos Sisters, la forman el químico  Hermann Kermit Warm (un notable Riz Ahmed) y el buscavidas romántico John Morris (Jake Gyllenhaal) que va en voz en off apuntando en su diario su discurrir por la vida y es alguien que ha dejado una cierta buena vida atrás, pero quiere hacerse su propio camino; lo mismo Warm que tiene una filosofía socialista, medio utópica y filantrópica, en contraste con los Sisters, pero que en general la apuesta es por una vida de paz en todo sentido. El filme tiene muchos diálogos ricos, medio atípicos al western más puro, en especial entre Morris y Warm, que profundizan sobre la existencia en el oeste, mientras entre Eli y Charlie hay hasta humor.

La propuesta tiene intensas y muy veloces escenas de acción, los tiroteos son secos, inmediatos, desde la aparición de los hermanos en una misión a un granero, pero se da poca mítica antagonista –más son estos accesorios- o muy poco tradicional –como con Mayfield-. Los hermanos Sisters se roban toda la mítica, se trata de su historia, de ellos, en casi la totalidad. Pero la llevan más relajada que antaño. Luce el filme fluir despreocupado en que tenga o no leyenda sus protagonistas, aun cuando los hermanos Sisters si hacen mención de su reputación, al menos a Charlie le interesa y tiene de vanidad y matonería.

El filme tiene un estilo fuerte, rudo, que puede no agradar y lo hace a un punto un western exigente, pero también tiene escenas sensibles o de comedia ligera; la amistad y la hermandad están muy bien definidas, son sólidas y aportan todo el tiempo, son un eje potente, brilla la lealtad a prueba de todo, incluso contra poder sobrevivir, ponerse en riesgo o enfrentar criminales y cazarecompensas inmisericordes. También el filme tiene muchas cosas impensadas, como con la araña y la fiebre o el arrebato de ambición y torpeza de Charlie que propone algo descomunal. Tiene la propuesta momentos de creatividad visual, como con las persecuciones a los hermanos Sisters y su reducción de acción y estructuración a esa vera.

El sueño del padre mutilado es también muy sugerente y fuerte, y aunque deja abierta la descripción exacta, con esto basta y sobra para más que entenderlo y dejar tremenda sensación y mezcla de sentimientos. El dúo Phoenix y Reilly es logrado, son creíbles, cuando no todo el tiempo son serios o tienen acuesta el humor en su carrera y pueden perder verosimilitud, aun cuando son muy carismáticos como actores. También la vestimenta y la actitud sobresalen en ellos; todo es bastante natural. El retorno de cuando Eli le cubre la espalda a su hermano de sus ex compañeros es glorioso visualmente, y maneja la elipsis.

Lo voluble en Charlie es coherente porque a ratos se muestra inmaduro y lo mueve mucho el dinero y la acción; no le falta la risa sarcástica de pasar todo por alto, de la mano de su furia, egocentrismo y rebeldía. Su sonrisa de ambición, la mirada perdida, su expresividad de tipo loco, es notable en Phoenix. Reilly es más el lado humano, suave, familiar, como con la prostituta o el caballo, pero es un gran apoyo y es ahí hacia donde finalmente se dirige la película, tras enfrentar la aventura juvenil, lo efímero, lo atrevido, que termina en golpe existencial, en la soledad y vacío del pistolero, en cierta derrota y en la naturaleza brutal del western moderno.

lunes, 23 de mayo de 2016

Entertainment

Estamos ante la vista de un tipo ilustrado en la derrota, un perdedor más dentro de una sociedad que fustiga a los perdedores y celebra la popularidad y lo que aquello significa, por lo que no suena extraño ver que nuestro protagonista es un comediante, pero no cualquier comediante, uno que se retrata en lo opuesto a lo carismático, un sujeto desagradable que se hace preguntas que llevan respuestas crueles, ofensivas, al ejemplo usado, o vulgares. Lo interpreta Gregg Turkington, un comediante real, en su alter ego de trabajo, Neil Hamburger, aunque no se menciona en el filme. Un tipo despreciable que acomoda en su axila dos o tres vasos de cóctel, mientras pierde la endeble paciencia y empieza a insultar a los clientes que no le prestan atención o yacen disgustados con su performance, todo cuando va haciendo su seco y áspero show de auto-preguntas, que intensifican la sensación de abismo que reina en su vida como persona, de la mano de esas llamadas telefónicas a la hija que no ve y que no responde.

El filme llega a exhibirlo en comienzos de enloquecimiento, en visiones surrealistas que desdibujan la línea entre realidad y pesadilla, de lo que muchos lo pueden ver como un seguidor del cine de David Lynch, viendo a una mujer dar a luz sin ayuda en un baño o hallarse dentro de un juego infantil en medio de una atmósfera dudosa u oscura, de sospecha de algún acecho. De lo que el sujeto en cuestión parece estar algo al tanto, cuando vemos que lleva sesiones de cromoterapia, o que llega a tirarse de pronto a una piscina de la supuesta desesperación y crisis que mantiene, y que alarma a los presentes, en un estado de soledad marcado, no obstante también parece ser todo parte de un sentido del humor perverso y raro (la verdadera distinción de la propuesta, a partir de una lógica entendible que gira alrededor de ser un perdedor  y, en grado secundario, un enemistado con el mundo), uno que revela una pequeña crítica contra el entretenimiento del statu quo, en varios sentidos.

La figura se mueve hacia el perder la cabeza, en un mundo alterno inmerso literalmente en la idea de una telenovela o serie cómica latina de la televisión americana, propia del desierto de Mojave, California, por donde se mueve el extravagante cómico. En ello hay hasta una broma de humor negro en que se puede anticipar esos ataques de furia de francotiradores salidos del pueblo americano, producto de algún marginamiento o sentirse uno humillado de alguna manera, incluyendo la sola propia percepción, bajo la mirada de la derrota.

El cómico tiene algunas proximidades, como un primo tipo hacendado (el siempre apreciable John C. Reilly) que trabaja en el show business y se da cuenta que el cómico no tiene futuro o no mucho si sigue con su estilo bruto, duro, o llámese difícil, de espectáculo, léase la doble lectura de su propia vida y el negocio del entretenimiento, que yacen emparejados, habiendo una clara ironía hacia el mundo del cine independiente o el cine del director de la película, Rick Alverson, lo cual, desde luego, es como un estado de orgullo, finalmente, la lucha de una vocación amante del arte, por lo que el sentido del humor con temáticas sensibles resulta central en el filme. Además, hay que hacer buena mención del compañero del cómico que hace Turkington, una cierta copia menor, más cool y consciente, de una exhibición de humor absurdo, en el payaso cowboy que hace el talentoso Tye Sheridan. 

domingo, 11 de marzo de 2012

Un dios salvaje (Carnage)


¿Somos tan civilizados como nos creemos?, es la interrogante que se hace el famoso creador de Chinatown (1974), Roman Polanski, junto a la dramaturga francesa Yasmina Reza, reunidos para el guion de la presente película que realiza Polanki quien toma de partida la obra homónima (Le dieu du carnage) de Reza.

Parto diciendo que cualquier filme de éste cineasta polaco nacido en Francia, de Polanski, suele ser entretenido, haga terror, comedia o noir; se visionará con tranquilidad y agilidad, pero con respecto a la calidad del filme actual está un poco menor dentro de su filmografía, sin embargo sigue siendo una propuesta decente.

La trama es sumamente simple, un niño, el hijo de Nancy y Alan Cowan (Kate Winslet y Christoph Waltz) de condición pudiente, agrede con una rama de árbol a otro compañero que está en pandilla insultándolo, con lo que le extrae dos dientes frontales, al vástago de la familia Longstreet, de Penelope y Michael (Jodi Foster y John C. Reilly), de la clase trabajadora. Para zanjar el problema, los padres de la victima invitan a su casa a los ascendientes directos del agresor. Pronto la conversación pasa del trato reconciliador y amigable a una lucha dialéctica que destripa y descubre la esencia detrás de la moral, del orden y de la naturaleza humana, tomando de referencia las características personales de los involucrados en donde el idealismo, el materialismo y la indiferencia chocaran bajo las individuales propias ideologías o carencias.

El filme va de frente al contexto en que los parientes argumentan sus puntos de vista, mientras luce muy próximo a su ascendencia de obra de teatro donde lo que se dice es lo principal de la propuesta y lo minimalista da rienda suelta a feroces vaivenes, invertido en pocos protagonistas.

Tiene diálogos que se hacen extensos y forzosos en comparación con la realidad, teniendo en cuenta que muy pocos en el diario vivir se dedican a explayarse con tanto ahínco y franqueza como los personajes relacionados. Los secretos y verdades afloran con la naturalidad del talento de los actores pero sobrevuela la incredulidad ya que se saltan olímpicamente la vergüenza y el pudor, en el desnudo de toda la idiosincrasia privada de unos ante los otros; con aquellos con los que supuestamente llevan fricciones y que se van incrementando mientras más se interrelacionan, no obstante de eso va la película, de llegar a la sinrazón.

La película se concentra en que estamos ante una realización netamente satírica y mordaz que no busca verosimilitud sino un análisis pormenorizado de nuestra proclividad al caos y a la contradicción. Existe un deseo, aunque prolongado por las circunstancias, de concretar la escurridiza solución, pero el trato por más buenas intenciones que tengan exalta la confrontación (los Cowen incluso quieren irse en varias oportunidades, se acercan repetidamente al ascensor para retirarse), y es solo un recurso que se excusa porque hay parámetros que buscan salvaguardar la paz de la convivencia humana, puesta a prueba cuando más se le inquiere, sin embargo la cinta se hace algo monótona, aunque impredecible finalmente.

Lo giros van revelando el anhelar de la autocomplacencia, el aspirar a que todo quede perfecto, que valga la pena, que exista la justicia, pero las personas con su bagaje personal arruinan ese fin, lo hacen complicado, mostrándonos algunas capas de hipocresía como con los medicamentos insalubres o el acto de castigar/reparar un acto de abuso. El filme nos induce a creer que no somos tan nobles ni tan elaborados como pensamos, aún teniendo altas pretensiones, estatus social, educación o profesión, incluso el personaje más rescatable éticamente -el de Jodi Foster- resulta ser histérico y egocéntrico, además manifiesta también algo de salvajismo que es lo que se nos infiere que contenemos todos.

Peleas por doquier con tuti il mundi, vómitos, revelaciones imprudentes y conflictivas, molestias conyugales, errores indolentes tras alguna fobia, insensibilidad, incongruencias, frustraciones entre otras calamidades solo disminuyen con un whisky y un puro, con la falta de compromiso, o en otro caso empeoran generando la ira en la ironía del ciudadano del mundo, un trato que increpa constantemente las relaciones humanas. Es un filme que abocado a su leitmotiv puede ser insuficiente, se repite y solo repercute como crítica, y así como llega se va, abrupto, incompleto, parcial, exagerado, y aunque quiere generalizar también luce excepcional, pero no quepa duda que todos llevamos parte de él en nosotros, el mundo se nutre de ello.

Lo mejor de la realización son los cuatro actores, magníficos en toda palabra, que saben darle fuerza e interés a tanto devaneo que recoge una cierta profundidad pero que no lleva la mejor de las estructuras para enaltecerla. Divertida por momentos, juega a hacerse bastante superficial para ser reflexiva, se le puede catalogar de una grata astucia intelectual moderna y en parte anárquica, fluida y corta además, ya que dura 1 hora y 20 minutos. El diagnostico es que se hace saludable relajarse con el último trabajo de Polanski pero sin darle mayor cabida que el de la intrascendencia de la trascendencia, como pretende el realizador y su coguionista.