sábado, 6 de junio de 2026

Un soir, un train


El director de ésta película, el belga André Delvaux, es un autor algo rebuscado en general, pero un pilar importante en el cine de su país. Su filmografía no es muy extensa, tiene unos 8 largometrajes de ficción para la gran pantalla. Su cine no es un cine espectacular, pero se distingue, tiene originalidad, lleva elegancia. Muchos dirán que es algo complejo, y lo es, pero de los que se entienden, que son honestos y más inteligentes, que sostienen el intelecto, por eso todo es aprehensible, y en ese trayecto deja harto pozo introspectivo, en varios sentidos. Proporciona diversas lecturas, tanto políticas, como sociales. Habla del nacionalismo flamenco, población predominante de Bélgica asociada con Holanda, por encima de los francófonos (y claramente en consiguiente con los franceses) que son la segunda población importante de Bélgica. Los flamencos pertenecen a Flandes. En la trama vemos a un catedrático de lingüística, Mathias (Yves Montand con 47 años), belga francófono que tiene una novia francesa, Anne (Anouk Aimée con 36 años), directora de teatro, con quien tiene problemas de comunicación, siendo fácil de pensar un diálogo con el cine de Antonioni. El nacionalismo flamenco que vemos con la pronunciación de los alumnos de la Universidad en que enseña Mathias incluso genera conflicto en la pareja. Ella se siente distanciada, sola, en Bélgica, frente a esto; además de que de Anne se dice que es una mujer muy libre, y en ello no tiene un vínculo formal ni hijos y ésta decisión la hace ardua de encajar en una relación. Tanto Anne como Mathias se podría decir que son intelectuales, burgueses dirían otros. Conversan sobre la creación, sobre el arte, sobre los significados, sobre la muerte, tema que ronda todo el filme. Surge que Anne se manifiesta sensual en un baile y cree que esa faceta le molestará a Mathias cuando recién la pretende (quizá por la diferencia de edad o el formalismo de él), pero Mathias ama su belleza, sus delicados movimientos, Anne (la bella Aimée) lo deslumbra, como se observa en la expresión -en los ojos, la sonrisa- de Montand. No obstante Mathias sabe que tiene al lado una mujer difícil abiertamente. La comunicación es ardua justamente por su personalidad y sus opciones. Mathias es más simple aun siendo catedrático, pero con el recuerdo de su madre con la manzana sabe que puede fallarle -hacer sentir mal- al amor más grande. El filme es un poco también cómo es perder la memoria, el paso del tiempo llevándose todo, hasta concluir en el vacío. En una visita al cementerio, Mathias olvida donde dejar unas flores, ha olvidado la ubicación exacta y simplemente se rinde a solucionarlo. El filme tiene un juego con distintos tiempos, en realidad no es un filme lineal, es como analizar el pasado, que yacen entremezclados, muy bien trabajado en el tren, con un choque como síntoma/metáfora de crisis, quiebre romántico, así como Anne mirando hacia afuera de espaldas ensimismada y él percibiendo lo que siente ella. La trama tiene una parte surrealista, pero finalmente cae en un lugar común, muy utilizado, como es perpetrar un sueño, así mismo ver un vampiro o la muerte misma te saca de cuadro para ubicar una obra de teatro luego, justificándose. El sueño en realidad es delirio, un trauma, un golpe. La hermosa joven mujer extranjera que no habla nuestro mismo idioma, que es diferente a nosotros, pero nos emboba; el pueblo desolado, la soledad, el silencio; vivir a mil la vida que parece un acto de locura o extravagancia; en la sala de cine, con tipos pasolinescos. El onirismo se deja ver oscuro, tétrico, como si fuera terror o un sci-fi, propio de toda esa reflexión sobre la muerte en que yacen metidos los protagonistas buscando (como metacine) para la obra dentro de la obra, y para calmar nuestro dolor, un dolor que es inherente a la humanidad, pero que, como cimentar las relaciones de pareja, siempre es arduo de manejar a pesar de todo, como quien conoce a alguien, sabe como es e igual le sigue afectando, un amor con espinas, cuando todo podría ser realmente fácil, cambiar para una mejor adaptación, que no solo nos contenten o nos acompañen, pero muchas veces o no somos la persona indicada, o no estamos en el lapso indicado, o no tenemos el carácter y la actitud necesarios, tememos forzar las cosas, porque muchas veces la posibilidad de los cambios requieren de una lucha, y no simplemente caer en lo políticamente correcto de la modernidad, refiriendo a tener chances reales, porque Anne no es una cualquiera, como lo manifiesta Mathias medio en eufemismo. La muerte literal puede ser melodramática, como ese encuadre de echarse al lado, emparentado con la pasión amorosa, pero también alude al fuego que tiende a apagarse porque es pasajero sino evoluciona, producto de ser demasiado libre, siempre clamando por efervescencia, cuando toda obra requiere de descanso. Como sentencia la frase, para el libertino el amor es una pequeña muerte. Los dos hombres que acompañan a Mathias son su ayer y su futuro. Estoy esperando el cielo porque he sido bueno, señala el viejo solitario, nunca he perpetrado ningún mal, como quien dice en su melancólica situación que la perfección no existe, no se ha de buscar porque muchas veces hay que recordar que para hacer una tortilla hay que romper huevos. Se podría decir que sólo los muertos contentan a todo el mundo. Es una película llena de simbolismos, como se llega a discutir. Tiene su parte literal y así mismo lleva lectura. Vemos cocer papas en una fogata y al mismo tiempo es pensar que algo se nos está diciendo en porqué el tren se detuvo en cierto lugar, cuando estábamos tras alguien. Ésta obra que adapta al flamenco Johan Daisne es una película de misterio, ¿cuál es el misterio?, el amor, y no tanto.