domingo, 21 de junio de 2026

Stalker


Ésta película de ciencia ficción del ruso Andrei Tarkovsky prácticamente no tiene efectos especiales, pero maneja mucha fantasía. Es ciencia ficción hecha con gran inteligencia. El lugar donde se filmó es Estonia, durante su época soviética. Los lugares parecen postapocalípticos, y son fábricas químicas, rieles en desuso, hidroeléctricas, bunkers, infraestructura derruida y abandonada, rodeada por el desgaste, de naturaleza, con territorio con agua empozada, muchos charcos y hasta como si recorriéramos un submarino. No ver personas por ninguna parte y observar de vez en cuando perros callejeros ahonda en el abandono. En ese terreno se alude cayó un meteorito y el sitio es conocido como La Zona, un lugar mutante, que cambia de apariencia como si tuviera vida. La Zona tiende trampas. A esa vera la gente mayormente desaparece o algunos enloquecen, por eso el ejército la tiene cercada y prohibida. La curiosidad es que hay un cuarto donde se dice se cumplen deseos. El Stalker del título lo interpreta Alexander Kaidanovsky y es un guía que lleva gente ilegalmente a La Zona. Como La Zona cambia de forma ir siempre es una aventura. Esto produce nuevos peligros para el Stalker y sus clientes. El Stalker es un hombre que encuentra su significado de ser en transportar a la gente a ese espacio. Siente un vacío existencial, se concibe poca cosa, pero llevar personas a La Zona y que de alguna manera hallen la felicidad, que siente le es esquiva por una depresión crónica, le da sentimiento de autovalidez. Es como en Fight Club (1999), cuando, en una escena maravillosa, Tyler Durden le ruega al mafioso dueño del bar donde se hacen las peleas clandestinas. Lo derriba al suelo y le suplica que no le quite el bar porque su vida son éstas peleas que ocurren ahí y sin ello no es nada, su vida no vale nada. Igual el Stalker, justamente cuando quieren destruir La Zona y el cuarto de los deseos. Piensa lo mismo. Se pone a llorar, a rogar. El Stalker es un hombre común y corriente, más allá de ser el guía. Igualmente, a fin de cuentas, sus 2 nuevos clientes. Uno llamado El Escritor (Anatoly Solonitzyn, el actor que más le gustaba a Tarkosvky y que realmente es notable; trabajó con él en 4 de sus 7 largometrajes para cine; murió 3 años después de ésta película a los 47) y otro El Profesor (Mykola Hrynko). El filme tiene partes filosóficas y otras partes psicológicas. Hay una argumentación bastante interesante de porque es mejor ser frágil (o sensible) que fuerte (estar seco) para trascender en cualquier cosa. También se habla -se lee- del apocalipsis bíblico. El Escritor se coloca una corona de espinas como Jesús. En sí el filme está lleno de creatividad visual, estética, desde lo real, pero que en su diseño de producción o de arte y su puesta en escena genera cierto vuelo fantástico plegándose perfectamente al sci-fi. Da la sensación de estar observando algo distintivo y al mismo tiempo reconocible. He ahí la sabiduría de Tarkovsky para escoger las locaciones y plasmar la adaptación de la novela Roadside Picnic publicada en 1972, perteneciente a los hermanos rusos Arkady y Boris Strugatsky que se encargaron del guion de la película, pero si bien Tarkovsky no aparece en los créditos como guionista se nota que sí participo en mucho en la escritura estructural y guía, como que la película es distinta a la novela, no es del todo fiel. Hay versos leídos como parte de la trama que pertenecen al padre de Tarkovsky y están bien ensamblados. Se percibe también una parte mística y religiosa en Stalker (1979) que recorre toda la propuesta, cosa que era siempre muy importante para Tarkovsky. Así mismo se habla del arte en sí y de la ambición humana por manejar a otros, a la gente, como quien reflexiona sobre la propia URSS y una cierta desilusión sobre su utopía. Se podría decir que hay vasos comunicantes entre los Strugatsky y el genio de Tarkovsky, pero igualmente se perciben pensamientos habituales en él. Tanto el guía (a lugares inaccesibles o de difícil acceso), como el profesor (el científico) y el escritor (de arte) son puntos que se observan de intelectualidad, aun cuando yacen medio perdidos en el mundo. No obstante pelean con sus egos, plantean humanismo. Dudan de sus propias facultades. El filme es una aventura por ir de la civilización donde se percibe caos y desolación, como parte de un paquete, a La Zona, un espacio que supone un cuarto donde hallaremos la paz. Los lugares que recorren los tres personajes son atractivos como buena película de aventuras. Posee estéticas ingeniosas, como el lugar con los montículos de arena fina, las cascadas al lado de los restos de paredes gigantes o el recorrido por el extenso túnel de acero a la escalera hundida en el agua sucia. Curioso es ver que no muere nadie de pulmonía, porque duermen sobre charcos de agua provocando una puesta de escena memorable, visualmente hermosa. En un diálogo se dice que la vida sin misterio o sin asuntos sobrenaturales es aburrida. El escritor parece ser rico, pero no es feliz. Critica la falta de autenticidad, el querer agradar a toda costa, ser dependiente de la aceptación externa, donde él mismo hace un mea culpa general que lo tiene desdeñando el arte. Al profesor su mujer le ha engañado, también es infeliz, sin embargo siente que el altruismo vale más que el propio éxito. Miente con querer el Nobel. Ahí lo vemos contestar un teléfono en medio de la nada, de lo imposible. A La Zona se le atribuye una naturaleza extraterrestre y se percibe con la hija del Stalker algo parecido a 2001 Odisea del espacio (1968), una fusión o una injerencia cósmica. La Zona más que un lugar de deseos cumplidos, practicidad, es un espacio para pensar la existencia de manera profunda, más allá de la superficialidad y lo aparente. Es igualmente una promesa, fe, de una vida mejor, que alude al cielo. Esto indica una auscultación que puede llevar a la decepción y consiguientemente a la locura. La Zona es una inteligencia superior. A La Zona no se puede llegar frontalmente sino nos destruye. El viaje por una parte literal se siente como quien se mete a un campo de concentración, como si estuviéramos en la segunda guerra mundial. Exhibe escenas con tomas muy próximas de larga duración, parecidas a La Ascención (1977). Vemos tres cabezas calvas por buen tiempo, de cerca en movimiento, mientras se dejan llevar por el viento. Así también Tarkovsky filma por ratos desde las espaldas como lo hará Béla Tarr. Es un viaje que aunque no tiene de terror implica mucho el miedo en el avance, en la caminata. El Stalker lo hace porque es su manera de sentirse vivo, más que atribuirse heroísmo. Alisa Freindlich hace de la esposa del Stalker y tiene escenas muy intensas, llenas de emotividad. Muestra un bonito cuerpo que deja ver en sus contorsiones en el suelo. Solonitzyn, de manera talentosa, hace del típico tipo que suele divagar, quedarse pensando, con la mirada perdida como le es habitual, sin manifestar melancolía sino un discreto enojo, en sus expresivos ojos celestes. Igualmente puede ser reprochable, tener de negativo, como buen actor todoterreno. Es una película que puede leerse en parte como de acción, mirarse llena de practicidad. Ir por un lugar extraño, misterioso, como esas tantas historias de islas o selvas recién descubiertas, pero desde lo mínimo, donde la actividad motriz no es muy intensa, pero donde tenemos la sensación de que algo malo acecha. El Stalker siempre está atento, precavido, un poco tenso, lanzando su tuerca envuelta en un trapo con nudo como cábala por donde proseguir. Muy buen uso del sepia para trasmitir sensación como de estar rodeados de sutil destrucción, de vejez, en otras formas a La Zona. Levantarse de una cama, donde duerme padre, madre e hija chica, nunca ha sido más artístico que con Tarkosvky. Igualmente el final con los vasos es muy teatral/dramático, en el buen sentido, dentro de un juego de niños. Una demostración de que para impresionar nada mejor que el intelecto ante todo. 

miércoles, 17 de junio de 2026

The man from London


Éste filme le pertenece al húngaro Béla Tarr y lo codirige con su esposa, Ágnes Hranitzky, con quien ha codirigido 3 películas suyas, ésta es la segunda vez. Hranitzky es la editora/montadora del filme además. Es una película curiosa dentro de la filmografía de Béla Tarr porque es un noir y adapta al super famoso Georges Simenon. Otra curiosidad es que el guion es de Tarr y su compatriota el novelista László Krasznahorkai, quien es nada menos que el Premio Nobel de Literatura del 2025. László trabajó con Tarr como guionista en 5 de sus largometrajes. Tarr adaptó obras suyas entre otras. Éste es el cuarto largo donde László es guionista. Tarr es conocido por ser uno de los grandes maestros del llamado slow cinema, el cine lento. La película consta de varias secuencias extensas, teniendo muy pocos cortes durante las 2 horas y poco más de duración. Tarr arma secuencias muy bien coreografiadas moviendo la cámara alrededor sin cortar. Muestra contrastes, gente que entra en la visibilidad del espectador por el movimiento de la cámara sin ir a corte. Es una película que se entiende perfectamente. Lo que tiene es que exige paciencia, puede fácilmente causar tedio por su extrema lentitud, por su regodeo austero. Se le puede tener por una obra poética, hay cierta belleza en esas extensas coreografías/secuencias, como quien esculpe con esa contemplación, esa lentitud, ese color blanco y negro, esos contrastes con sombras, o negritud. En un momento la pantalla tiene unas partes iluminadas blancas y otras oscuras negras y como si tuviéramos un rompecabezas toda la pantalla se complementa de negro. Esto es una composición con la luz y lo visible, como pintar un cuadro. En otros momentos el protagonista y otros personajes dan la espalda, Tarr encuadra, genera narrativa desde esa posición. Tarr trabaja con su arte habitual, con su propio estilo. Sus películas dialogan entre sí. El Caballo de Turín (2011), su siguiente película y la que muchos consideran su testamento fílmico o donde yace todo su arte, si bien Satantango (1994) es monumental, se parece bastante a The man from London, aun cuando medio que pasó desapercibida en su exhibición en el festival de Cannes. Está incluso la mirada social que identifica el cine del húngaro y en especial a El Caballo de Turín. Es un filme sobre oportunidades especiales aunque se mueve en la corrupción. El filme trata de que 2 tipos le roban al dueño de un teatro en Lóndres y al pelear uno mata al otro. Se ahoga en el agua con el dinero hurtado. Un tipo que trabaja en una torre de vigilancia en un puerto donde se toma el tren además, hay tremendo despliegue coreográfico, de la cámara, entre barcos, trenes, orillas y la torre, recoge el dinero y se lo lleva. Es su gran oportunidad de ser rico. Como dice su esposa, tras 25 años de silencio. Su hija trabaja en una carnicería y cuando la ve, en unas tomas sugerentes, sensuales, pero elegantes, donde se iluminan sus hermosas piernas en botas de caucho, barriendo el agua sucia, dice que no soporta que cualquier hijo de vecino esté mirándole el culo al pasar por el lugar, como quien dice que su hija sin que ella lo busque se ve barata. Miroslav Krovot, un actor checo, el protagonista, imprime sequedad en el ambiente, si bien en ciertos ratos se ve que siente miedo. Igualmente se le percibe que tiene muchas dudas, que se debate en su consciencia. El ladrón y asesino sospecha de él. Su hija es interpretada por Erika Bók, quien sólo ha trabajado en algunas películas de Tarr, pero lo hace bastante bien. En el filme vemos instantes de mucha emotividad, muchos actores despliegan muchos sentimientos, lloran, gritan, sufren. En el reparto está la inglesa Tilda Swinton, como la esposa de Maloin (Krovot) y tiene varias escenas intensas, aunque su papel es bastante secundario. Más importante parece el de la hija Henriette (Bók), que se le ve simple, austera, como habitual personaje del universo de Béla Tarr, pero carga un aura de belleza y seducción natural, así como cierta melancolía y pasividad. Swinton parece un poquito fuera de lugar en la sequedad del cine europeo que maneja el arte de Tarr, aun cuando ella inició su carrera trabajando con Derek Jarman, y eso la hace bastante digna del cine minoritario o arty, incluso siendo actualmente fácil de reconocer por el público. La película tiene un tratamiento distintivo a un punto con el pensar del inspector de policía si bien tiene de clásico inspector francés. No parece serle determinante ver el asesinato como algo grave. Se le puede señalar como con un aire un poco a gángster o a la ley del submundo o como si viviéramos en un especie de régimen dictatorial o una distopía. El filme aunque es bastante realista se percibe que podría haber tenido elementos de sci-fi de lo más natural, quizá por László. El tipo de manejo tiene otra visión que colinda con cierta complacencia outsider. Es una película que se reviste hasta del carácter político del director y supone que de su guionista. No es una película demasiado explícita (violenta). Ahí tenemos la tensión de la toma larga sostenida frente a la puerta de una cabaña. Hay una escena de noir sucio a la vena, algo sórdida pero desde lo sugerente, donde el barman le frota el pecho a una mujer vieja robusta que luce como una prostituta melancólica. En una película de Tarr nunca falta el sonido de un acordeón y hasta lo vemos en una escena de aspecto circense. 

sábado, 6 de junio de 2026

Un soir, un train


El director de ésta película, el belga André Delvaux, es un autor algo rebuscado en general, pero un pilar importante en el cine de su país. Su filmografía no es muy extensa, tiene unos 8 largometrajes de ficción para la gran pantalla. Su cine no es un cine espectacular, pero se distingue, tiene originalidad, lleva elegancia. Muchos dirán que es algo complejo, y lo es, pero de los que se entienden, que son honestos y más inteligentes, que sostienen el intelecto, por eso todo es aprehensible, y en ese trayecto deja harto pozo introspectivo, en varios sentidos. Proporciona diversas lecturas, tanto políticas, como sociales. Habla del nacionalismo flamenco, población predominante de Bélgica asociada con Holanda, por encima de los francófonos (y claramente en consiguiente con los franceses) que son la segunda población importante de Bélgica. Los flamencos pertenecen a Flandes. En la trama vemos a un catedrático de lingüística, Mathias (Yves Montand con 47 años), belga francófono que tiene una novia francesa, Anne (Anouk Aimée con 36 años), directora de teatro, con quien tiene problemas de comunicación, siendo fácil de pensar un diálogo con el cine de Antonioni. El nacionalismo flamenco que vemos con la pronunciación de los alumnos de la Universidad en que enseña Mathias incluso genera conflicto en la pareja. Ella se siente distanciada, sola, en Bélgica, frente a esto; además de que de Anne se dice que es una mujer muy libre, y en ello no tiene un vínculo formal ni hijos y ésta decisión la hace ardua de encajar en una relación. Tanto Anne como Mathias se podría decir que son intelectuales, burgueses dirían otros. Conversan sobre la creación, sobre el arte, sobre los significados, sobre la muerte, tema que ronda todo el filme. Surge que Anne se manifiesta sensual en un baile y cree que esa faceta le molestará a Mathias cuando recién la pretende (quizá por la diferencia de edad o el formalismo de él), pero Mathias ama su belleza, sus delicados movimientos, Anne (la bella Aimée) lo deslumbra, como se observa en la expresión -en los ojos, la sonrisa- de Montand. No obstante Mathias sabe que tiene al lado una mujer difícil abiertamente. La comunicación es ardua justamente por su personalidad y sus opciones. Mathias es más simple aun siendo catedrático, pero con el recuerdo de su madre con la manzana sabe que puede fallarle -hacer sentir mal- al amor más grande. El filme es un poco también cómo es perder la memoria, el paso del tiempo llevándose todo, hasta concluir en el vacío. En una visita al cementerio, Mathias olvida donde dejar unas flores, ha olvidado la ubicación exacta y simplemente se rinde en lugar de solucionarlo. El filme tiene un juego con distintos tiempos, en realidad no es un filme lineal, es como analizar el pasado, que yacen entremezclados, muy bien trabajado en el tren, con un choque como síntoma/metáfora de crisis, quiebre romántico, así como Anne mirando hacia afuera de espaldas ensimismada y él percibiendo lo que siente ella. La trama tiene una parte surrealista, pero finalmente cae en un lugar común, muy utilizado, como es perpetrar un sueño, así mismo ver un vampiro o la muerte misma te saca de cuadro para ubicar una obra de teatro luego, justificándose. El sueño en realidad es delirio, un trauma, un golpe. La hermosa joven mujer extranjera que no habla nuestro mismo idioma, que es diferente a nosotros, pero nos emboba; el pueblo desolado, la soledad, el silencio; vivir a mil la vida que parece un acto de locura o extravagancia, en la sala de cine, con tipos pasolinescos. El onirismo se deja ver oscuro, tétrico, como si fuera terror o un sci-fi, propio de toda esa reflexión sobre la muerte en que yacen metidos los protagonistas buscando (como metacine) para la obra dentro de la obra, y para calmar nuestro dolor, un dolor que es inherente a la humanidad, pero que, como cimentar las relaciones de pareja, siempre es arduo de manejar a pesar de todo, como quien conoce a alguien, sabe como es e igual le sigue afectando, un amor con espinas, cuando todo podría ser realmente fácil, cambiar para una mejor adaptación, que no solo nos contenten o nos acompañen, pero muchas veces o no somos la persona indicada, o no estamos en el lapso indicado, o no tenemos el carácter y la actitud necesarios, tememos forzar las cosas, porque muchas veces la posibilidad de los cambios requieren de una lucha, y no simplemente caer en lo políticamente correcto de la modernidad, refiriendo a tener chances reales, porque Anne no es una cualquiera, como lo manifiesta Mathias medio en eufemismo. La muerte literal puede ser melodramática, como ese encuadre de echarse al lado, emparentado con la pasión amorosa, pero también alude al fuego que tiende a apagarse porque es pasajero sino evoluciona, producto de ser demasiado libre, siempre clamando por efervescencia, cuando toda obra requiere de descanso. Como sentencia la frase, para el libertino el amor es una pequeña muerte. Los dos hombres que acompañan a Mathias son su ayer y su futuro. Estoy esperando el cielo porque he sido bueno, señala el viejo solitario, nunca he perpetrado ningún mal, como quien dice en su melancólica situación que la perfección no existe, no se ha de buscar porque muchas veces hay que recordar que para hacer una tortilla hay que romper huevos. Se podría decir que sólo los muertos contentan a todo el mundo. Es una película llena de simbolismos, como se llega a discutir. Tiene su parte literal y así mismo lleva lectura. Vemos cocer papas en una fogata y al mismo tiempo es pensar que algo se nos está diciendo en porqué el tren se detuvo en cierto lugar, cuando estábamos tras alguien. Ésta obra que adapta al flamenco Johan Daisne es una película de misterio, ¿cuál es el misterio?, el amor, y no tanto.