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jueves, 18 de agosto de 2022
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domingo, 28 de noviembre de 2021
Ema
Ema (2019), del chileno Pablo Larraín, es una película cool y que por todas partes exuda y grita popularidad, también es una película con personalidad y que a un punto hace lo que le da la gana. Puede que sea algo efectista y algo notoria en su ansia de ser cool y quizá hasta cinefilia hardcore, pero es una excelente película, no cabe duda, y se disfruta un montón. Qué importa que se noten algunas costuras. En ella se baila y se canta reggaetón. En un momento se argumenta, se le critica a éste baile propio de una nueva época musical, con lo usual, con una exposición de enojo e intensa de alguien inteligente pero de expresión sencilla. Pero enseguida salta a la pantalla como un tiroteo verbal un monólogo poderoso que enaltece al reggaetón y lo fundamenta en un orgasmo y queda perfecto. El filme intenta coger la esencia de éste baile comercial y popular en su postulado máximo, el sexo, que deriva en sensualidad, erotismo de a pie y de paso la libertad del cuerpo. La protagonista es Ema (Mariana Di Girólamo, joven muy popular por un par de telenovelas chilenas) y ella tiene harto sexo en pantalla, con mujeres y hombres, es bisexual, sin tapujos, libre como el viento, pero en un empaque light, medio para la fotografía pero que se percibe simpático, que aprueba, aunque puede que un poco esté demás. Ella deja en claro su liberalidad sexual, se ven muchas escenas de éste tipo, cuidadas, no vulgares, pero sensuales, guapas, en especial con compañeras de baile, queda totalmente claro que esto es el reggaetón o se intenta decir que éste es su mundo y filosofía, simple y contundente, como el filme en cierta medida. El gran Gael García Bernal hace un papel como un tipo y marido tóxico, algo malvado; tóxico es la palabra de la nueva época, una palabra ubicua, de esa otra cara y lugar común o dominante que es el feminismo y la denuncia del patriarcado en nuestra actualidad. Me viene a la mente con ésta película dedicada al reggaetón un debate con el porno donde se podría decir que hay matices y muchas contradicciones por donde se vea, no se sabe definírsele del todo, sí repudiarlo o perdonarle la vida, llamarlo esclavitud y deterioro o liberación o simplemente derecho, así vamos pensando sin querer pensar tanto, es un filme básico en realidad pero bueno. Ema usa un lanzallamas, casi como una seña de su personalidad, como si fuera un cómic, epítome de lo cool, sin duda una gran idea, el fuego es algo muy visual y hermoso, así como el rocío de éste sobre un carro es impactante y efervescente, aquí bajo un plan que al final se desarma en la esencia general -en la temática simbolizante del reggaetón- o es que es sólo cumplir -y ya- con añadir una raya más al tigre de su definición de relajo sexual. Por pantalla pasan algunas luminarias chilenas, actores icónicos o populares chilenos, uno de ellos propio de un gran hit internacional (La Nana, 2009), es la actriz Catalina Saavedra, quien se manda un monólogo riquísimo que le da duro a la pareja protagonista y describe matices, con tremenda solvencia verbal e histriónica, como para darle más momentos así en otras películas. Aunque Mariana es la verdadera estrella de la película y lo hace muy bien, Gael siempre es competente y demuestra el porqué de tanto recorrido profesional y cierta fama. El mexicano sabe ser perverso, Larraín también es un maestro con esto, aunque éste talento a algunos no suele agradar, pero da en la llaga, tiene bastante poder escénico. Un estribillo de sarcasmo y herir al otro asoma en la voz repetitiva de Gastón (Gael) y esto aunque cruel moviliza el filme y a Ema curiosamente, la heroína. Al término del "ingenioso" plan surge un embrollo familiar, un lugar familiar caótico, muy contemporáneo, un poco freak, de muchos colores, pero todos, aunque algo avergonzados, felices. Por el final más parece cierre de comedia de enredos; se diluye un poco el reggaetón, pero como al comienzo -despacio, sólo baile primero, bajo un sol enorme y sugerente- es como subir y bajar los decibeles.
jueves, 29 de diciembre de 2016
Neruda
El director chileno Pablo Larraín ha trascendido a su país y
se ha instalado dentro del mejor cine comercial del mundo, aun hecho en
Latinoamérica. Este año no solo mediante el salto decisivo con su película Jackie
(2016), ya inmerso en la cultura americana y en el cine de Hollywood. También
con Neruda (2016), una película que revisa un momento importante de la vida de
uno de los iconos más grandes de Chile, el famoso poeta y premio Nobel Pablo
Neruda. Este sucede cuando el presidente chileno Gabriel González Videla -que
interpreta el asiduo de Larraín y brillante Alfredo Castro- tacha a Neruda de
comunista tras unos insultos del vate y le declara la guerra, surge una
persecución política, por lo que Neruda debe esconderse y seguidamente intentar
salir del país, como implica la historia universal. Sin embargo, Pablo Larraín
no se queda solo con ese contexto, sino que le agrega una parte ficcional, la
que incluso se lo dice al espectador directamente (para qué hacernos problemas),
en el personaje del inspector policial que interpreta el mexicano Gael García
Bernal, como Óscar Peluchonneau, un nombre que puede ser real, pero que su
persecución en sí, personalidad, background y definición es el invento del
filme, y aunque muchos obviamente quedamos enganchados con la presencia y vida
de Neruda, el verdadero aporte (metalingüístico) del filme es el de
Peluchonneau.
Peluchonneau está obsesionado con Neruda (un genial Luis
Gnecco), quien declama en fiestas sus poemas románticos más populares, afecta
la voz y se engríe y embelesa entre los fanáticos, todos los asistentes de sus
fiestas, es un ídolo, lo cual le suma su tendencia social, política, aunque es
visto como un socialista privilegiado, que vive suntuosamente, no obstante se
preocupa por el pueblo, a los que les otorga voz con sus poemas más
comprometidos y luchadores, cargados de reivindicaciones. Neruda es un hombre
apasionado, que disfruta de la buena vida, lo vemos en burdeles y siempre
celebrando, rodeado de gente (que se sienten tocados por su esencia y
personalidad, recordemos la maravillosa escena que proporciona ese buen actor
camaleónico que es Roberto Farías), pero también es un hombre comprometido con
su mujer, la devota de él Delia del Carril (Mercedes Morán), y sobre todo de la
política y de los desfavorecidos, lo cual engrandeció o creo una leyenda,
además de que supo plasmarlo en sus letras, uniendo al artista con el personaje
público, que divertirse en juergas y tener dinero pasa/pasó a segundo plano.
El filme muestra a un Neruda realmente muy poco políticamente
incorrecto, el retrato es inofensivo, tratamos con entretenimiento, implica a Neruda
el personaje, no a fin de cuentas al hombre de carne y hueso. Lo de las fiestas
y el lado extravagante del poeta es más “efectismo” que trasgresión argumental,
o, mejor, algo para hacer el filme ameno y atractivo para un público masivo, y
no hallarnos con un poeta sin gracia cinematográfica. El Neruda de Larraín es
cine, en el sentido de espectáculo, pero muy inocuo y básico. Encantador sí,
pero poco sustancial a la hora de las novedades, descubrimientos y de la verdades.
La recreación de su vida incluso es esquemática y funcional, pero se disfruta,
el viaje es cautivador, tiene estilo, las formas y la narrativa son muy
competentes. Y eso no es todo, hay más, el filme tiene otra parte, y es la que
representa Peluchonneau, que se imprime como perteneciente a la mente de un
escritor/autor "imaginario" (quizá sea además el sueño de vanidad del propio
Neruda, o al que le achacan, el de vivir una existencia inigualable, pomposa),
y con éste se plasma un ambiente noir, y se dan tonos y estéticas nostálgicas y
clásicas, detrás de las descripciones de contextos, revelaciones,
elucubraciones, bajo la voz en off de Peluchonneau.
El ser anónimo que lucha por ser inmortal, el hombre trágico, el hombre
complejo, pero invisible. Su madre fue una prostituta, su padre resulta el señalamiento
del hombre que le hubiera gustado sea su padre. Pretende hacerse de una gran historia,
consumar el sueño de la gloria, por lo que Peluchonneau admira a su perseguido,
y como muchos han hecho en la historia –nómbrense asesinos- quiere sustraerle un pedazo de su fama.
martes, 16 de octubre de 2012
No, de Pablo Larraín
La cinta en ningún momento da la imagen muy hollywoodense de
reto contra el destino, es decir, se da con calma queriendo ser realista, que
sorprende en la apariencia de una hazaña a un nivel sin espectáculo y que lo hace
más increíble aún, sin embargo empiezan temiendo un fraude y se vive un cierto
pesimismo que cambia gracias al plan de René Saavedra (Gael García Bernal, muy
acorde con la historia, un actor de carácter y semblante común que apela a la
confabulación del público, aparte de que tiene la imagen de rebelde, de inconformista,
de llenar los zapatos de la figura que encarna, y de hacer cine de autor como
el que tenemos presente en buena medida), un exiliado que vuelve de México y al
que no se le ha dado mayores justificaciones de su proceder, esquivando así el flagrante
heroísmo, pero de quien veremos que demuestra muchos ideales, mientras pone mucho
en juego, incluso su paz familiar, a la par que tiene la influencia de una ex-esposa
combativa (no solo de palabras), y que lo sacude de vez en cuando en ese control
y firmeza que suscita a su alrededor.
Saavedra yace junto a un staff experimentado en el negocio, aunque solo se digan elogios en presentaciones sencillas (se perfila que hubieron muchos ayudando a escondidas) y se mencionen algunos lugares de coincidencia como que no son ningunos animales de caza sino muy dóciles y ordinarios. Tienen apoyo internacional (se suelta en un diálogo que Estados Unidos quiere el cambio) y 17 partidos detrás. Plantean slogans sobre la alegría, algo muy estratégico, ya que recurren a las mejores armas de la publicidad, a diferencia de lo que se esperaba, increpar violentamente los crímenes del régimen, además de que el temor a represalias, sus propios trabajos en agencias apegadas al oficialismo y una desunión generalizada hacían presagiar una inminente derrota.
Saavedra yace junto a un staff experimentado en el negocio, aunque solo se digan elogios en presentaciones sencillas (se perfila que hubieron muchos ayudando a escondidas) y se mencionen algunos lugares de coincidencia como que no son ningunos animales de caza sino muy dóciles y ordinarios. Tienen apoyo internacional (se suelta en un diálogo que Estados Unidos quiere el cambio) y 17 partidos detrás. Plantean slogans sobre la alegría, algo muy estratégico, ya que recurren a las mejores armas de la publicidad, a diferencia de lo que se esperaba, increpar violentamente los crímenes del régimen, además de que el temor a represalias, sus propios trabajos en agencias apegadas al oficialismo y una desunión generalizada hacían presagiar una inminente derrota.
Hay un didactismo y sequedad en la atmosfera, Larraín no
pretende salirse de una propuesta fiel a la historia o da esa impresión aun
siendo una ficción por encima, que tiene que manejar con temas inamovibles
como el altruismo, una batalla desigual
y pequeños grandes héroes; tiene un toque artístico serio, técnico, argumentativo,
que mezcla hábilmente noticias o las franjas publicitarias reales con la
textura del filme mostrándose sin desequilibrios visuales; trata de ser
imparcial en lo posible aunque estriba destacar la labor tras la decisión del
“cambio”. Se puede creer que era como una guerra de hormigas frente a un titán,
sin embargo el adormecimiento del primer ministro, cara visible de la campaña
por el Sí, implica deducir que era la modernidad frente a lo arcaico y es que
la rueda no para, sigue evolucionando y pidiendo a los mejores, ese conocimiento
de la publicidad en manos de la oposición, gracias a la gente con que se contó
en su plana, como se puede ver cuando no se le despide a Saavedra, a pesar de ser
contrario al régimen, ya que denota éxito en su labor, representa en su
colectivo el futuro de Chile, una paradoja en que la transformación parte del
entorno, y cuando algunos ven que se hace algo muy similar a lo que hace Coca
Cola, ganarse a la población con su producto, creen tontamente que la ciencia,
porque de eso trata, es inferior a la consciencia, algo que gente como Saavedra logran enmendar, ya que sabe que apelar a ideas intimas del subconsciente humano funciona
más.
Es una campaña visceral, pero festiva, de confianza, que denota seguridad, mientras el grupo oficialista, poco desarrollado en el ecran más que con sus spots (una simbología de su actividad inferior), no son realmente visibles, quieren implantar el miedo, el recuerdo de la pobreza, como refleja la ama de llaves, en no poder pagarle la universidad a los hijos, no tener para comprar comestibles, no poseer una vida decente y en eso los seres humanos tampoco son mártires, ya que se acoplan a lo mundano y hay un arraigo capitalista en la actual sociedad. No obstante, el filme recurre a mostrarnos una lucha, una épica sin espadas, con inteligencia, que a primeras parece poca cosa pero a la larga invierte el descrédito que se propugna en el otro lado; como se expresa, el optimismo es imbatible. El resto es solo darle contexto. La madre marchando descontenta, lo predecible y manejable para un gobierno autocrático, poderoso y represor. Algunos sustos como amenazas bastante menores, no habiendo sobredimensión en ello porque nuevamente se destila sutilmente que los ojos del mundo están puestos en el plebiscito, lo cual coarta la acción del gobierno. Saavedra mostrándose simple, que definitivamente no lo es, aunque que él pasee con su skateboard o juegue con su tren a control remoto es para darle existencia emocional a su personaje, ya que la película se desarrolla muy fríamente en cuanto a dar muchas concesiones fuera de la explicación y desarrollo que define el título, No, a Pinochet.
Es una campaña visceral, pero festiva, de confianza, que denota seguridad, mientras el grupo oficialista, poco desarrollado en el ecran más que con sus spots (una simbología de su actividad inferior), no son realmente visibles, quieren implantar el miedo, el recuerdo de la pobreza, como refleja la ama de llaves, en no poder pagarle la universidad a los hijos, no tener para comprar comestibles, no poseer una vida decente y en eso los seres humanos tampoco son mártires, ya que se acoplan a lo mundano y hay un arraigo capitalista en la actual sociedad. No obstante, el filme recurre a mostrarnos una lucha, una épica sin espadas, con inteligencia, que a primeras parece poca cosa pero a la larga invierte el descrédito que se propugna en el otro lado; como se expresa, el optimismo es imbatible. El resto es solo darle contexto. La madre marchando descontenta, lo predecible y manejable para un gobierno autocrático, poderoso y represor. Algunos sustos como amenazas bastante menores, no habiendo sobredimensión en ello porque nuevamente se destila sutilmente que los ojos del mundo están puestos en el plebiscito, lo cual coarta la acción del gobierno. Saavedra mostrándose simple, que definitivamente no lo es, aunque que él pasee con su skateboard o juegue con su tren a control remoto es para darle existencia emocional a su personaje, ya que la película se desarrolla muy fríamente en cuanto a dar muchas concesiones fuera de la explicación y desarrollo que define el título, No, a Pinochet.
La virtud del filme –y esto puede verse al contrario, esperando muchos momentos de clímax fáciles, que tiene alguno- está en que es
una película contenida que apela sentimentalmente en algunas ocasiones, pero que prefiere el brillo del fuego de las ideas, siendo muy valioso ver como se
fragua los spots publicitarios, dando la sensación de pequeñez, de aparente incoherencia,
para lo que la trama realza contrastes. Desde adentro hay reticencia; dice un dirigente, no voy a hacer algo que más tarde nos va a avergonzar, es la
oportunidad que muchos ven que se desperdicia, porque aun no vislumbran la trascendencia
de la ciencia que más tarde se consolida y se aprecia. Si muchos ven su oficio minusvalorado en el séptimo arte o no suelen quedar del todo contentos,
es seguro que aquí cualquiera puede sentirse orgulloso de ejercer la
publicidad. Finalmente una carrera propia del capitalismo toma el lugar de
proponer y lograr el relevo histórico.
La cinta deja de lado abrir un poco el panorama, de cómo se ve
Pinochet, hay luces, pero no son tan completas, se escucha decir: "es mi general", con
cariño y respeto, o en una manifestación contraria: "el viejo siente la presión". El
descontento general está muy velado, el filme se adscribe solo a la campaña del No, y se hace asumiendo que se debe solo a esta campaña el devenir del retiro de Pinochet, pero parece
faltarle más contextualización, intriga saber más de esa realidad, aunque es decisión de quienes realizan la película. Las “grandes" transformaciones provienen de muchas canteras que terminan reuniéndose. Como se puede atribuir,
la propuesta opositora más que algo distinto quería resaltar que lo que han vivido ya cumplió su
labor, el artificio de la alegría alude: “es hora de gozar de libertad tras el sufrimiento compensado”,
algo que puede ser duro de digerir, pero que tiene más lógica que atribuírselo únicamente
a los ideales, en todo caso están en el fondo de una práctica más audaz, más
combativa, desde las neuronas, pero teniendo del estilo de Ghandi o el de
Mandela. La decisión de legitimización de Pinochet crea la puerta para esa
capacidad que demuestra ya no las utopías socialistas que siempre hay que tener
en cuenta en alguna dosis pero no en totalidad, sino el ingenio, la practicidad,
la racionalidad a favor de lo emotivo, la noción de necesidad, la seguridad, sacándole
la vuelta al enemigo en lo imprevisible y en lo más contundente: la fe en el mañana,
un arco iris puede ser más fuerte que un baño de diatribas.
miércoles, 20 de julio de 2011
También la lluvia
Fue una de las grandes competidoras por los premios Goya 2011 que solo llegó a obtener un reconocimiento de tres galardones, dirigida por la cineasta española Icíar Bollaín. Tiene como figuras importantes al actor mexicano Gael García Bernal en el papel de Sebastián, director que realiza en Bolivia una película sobre las atrocidades acaecidas durante el descubrimiento de América, y al actor español Luis Tosar como Costa el productor del filme.
Mientras todo el reparto de una realización cinematográfica se traslada al país altiplánico se ven en medio de una lucha que mantiene la población indígena contra las autoridades gubernamentales producto de la privatización del agua. En esa batalla campal sobresale un hombre llamado Daniel que es el que lidera los levantamientos contra el estado, que también participa en el casting que se hace a los pobladores andinos donde es escogido para interpretar a un cabecilla indígena que lidera los ataques frente a los abusos de los españoles. Costa se involucra con él solventando una amistad que empieza por negociaciones que competen a su producción, pero termina entablando una relación fraternal.
En la película se dan dos historias paralelas, una es la película que recrea el descubrimiento de América, la cual se hace de forma entre moderna y antigua, dando a entender que son personificaciones asumidas en la actualidad en que se utilizan escenarios contemporáneos y otras como si volvieran en el tiempo detalladamente y en el contexto realista. En ese aspecto hay un ejercicio de denuncia, se relatan las defensas de los pobladores por parte de personajes históricos de las misiones religiosas a los que se les atañe ideas revolucionarias de igualdad y libertad en comparación con el maltrato y la violencia que ejercen los conquistadores que no dudan en mutilar o asesinar a los autóctonos americanos. Dentro de lo curioso está que Cristóbal Colón es descrito como un tipo ruin, ambicioso y cruel, que promete riqueza y esclavitud en beneficio único de la corona española. El actor Karra Elejalde lo dibuja con la mezquindad necesaria que requiere esa imagen, con lo que se alzó con el afamado premio Goya. En segundo lugar está el problema del agua que viven los pobladores y los lleva a una revuelta con disturbios en las calles que requiere el uso de la fuerza por parte de la policía.
Hay una mirada socialista que defiende los derechos de los indígenas, el enfoque es que el gobierno abusa del poder imponiendo ordenanzas que están fuera del alcance de los pobladores más pobres que no pueden acceder al agua, que se les quita la oportunidad de utilizar pozos producto de que escasea el líquido vital y se ha de distribuir mercantilmente bajo una empresa privada. Si bien es lógico que pueda privatizarse el servicio del agua, la película hace ver que la economía de los indígenas no permite que puedan pagar por ello, colocando una disyuntiva sin solución que solo resalta la indiferencia y la imposición del gobierno que hace hincapié en llamar a esa oposición bajo el eterno rótulo de barbarie y atraso. Hay un claro caso de falta de comunicación y acuerdo como un no deseo de negociación entre ambos bandos, por un lado los aparentemente más débiles que sienten la represión y contestan ávidamente, mientras los otros los poderosos buscan cumplir con la ley que dictan.
Dentro de sus características está que existe una cierta vulgarización contextual, como el uso de un lenguaje coloquial y algo limitado, hay una ambientación que muestra el formato algo rústico, en parte he sentido como si viera una versión española del cine peruano tradicional, de ese que se puede catalogar de poco exitoso y que en los últimos años ha tenido una grata mejoría con algunas excepciones. No es que sea una mala película pero está plagada de defectos, tiene un interesante aire político e histórico crítico aunque con actuaciones que dejan mucho que desear como la irregular performance de Juan Carlos Aduviri que hace de Daniel -y que se le puede perdonar por su inexperiencia- que en ésta realización se convierte en pieza indispensable y recurrente, como las de muchos actores bolivianos carentes de talento; se ve en un momento que hay una asamblea de pobladores que tratan de ver el problema del agua y parece una mala clase de interpretación.
El guión no aporta mucha magia a los protagónicos, Bernal sostiene una personalidad demasiado caprichosa y voluble que puede llegar a entenderse pero no luce demasiado apreciable, en todo caso no logra gran efecto en el espectador, a un tiempo bondadoso y a otro momento insoportable. Tosar es el que mejor sale en pie del asunto, dándole humanidad a su personaje, y aunque también cambia de actitud parece más aceptable, aunque tampoco es mucho.
El mensaje es notorio, notable, el ser altruista, hay buena voluntad pero para quien vive en un mundo ya con mucho uso del tema no convence porque el maniqueísmo es anacrónico y las idiosincrasias sociales son más complejas si bien la revolución que vive el filme sobre el agua parece que ha sido verdadera y la transgresión de la representación de un Colón inhumano se ampara en un hecho contundente como una carta que envía a los reyes católicos.
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