Mostrando entradas con la etiqueta Matthew McConaughey. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Matthew McConaughey. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de noviembre de 2014

Interstellar


Los que disfrutamos con intensidad del cine tenemos un lado infantil, que nos reúne a todos detrás de una película, y es que queremos que nos entusiasmen en toda alevosía, que nos maravillen, que por unos momentos nos dejen con la boca abierta, en una sensación que varía de lugar desde luego, pero de lo que hay que decir que existen propuestas de largo alcance mundial y mediático que intentan ese logro a la vera de lo universal, aunque no habiendo muchas al final con consumada perspectiva de cine arte o impronta individual (por debajo), sin embargo es ahí que Christopher Nolan y su hermano Jonathan Nolan entran a tallar perfectamente, en el que es un dúo de guionistas excelsos, de suma creatividad, sentido de la empatía general y dificultad argumental, sumada la dirección y autoría talentosa, dentro de lo cánones hollywoodenses, del primero. 

Los Nolan sorprenden a todo el mundo, una vez más, dando de qué hablar, incluso a los críticos, al mezclar calidad visual, complejidad y tantísimas butacas llenas. Christopher Nolan es en estos instantes vox populi, un eco continuo de discusiones y explicaciones, imparables halagos diáfanos y primarios, como de algunos pocos descontentos que tratan de luchar contra una feroz marea de cautivos. Yo, en ésta pequeña confrontación y apabullante desborde, que tiene un lado potente en el público de a pie, me posiciono dentro de los convencidos, si bien no pretendo ser parte de los acostumbrados fanatismos ciegos con cineastas famosos y admirados, ni abrumar o molestar a nadie con ningún apasionamiento –que los tienen la mayoría de personas, incluso los más serios- y su común redundancia, sino simplemente apuntar las virtudes y desencuentros (que los hay), de ésta nueva película que en lo personal, desde mi total independencia frente a algún bando, considero de las mejores del año.

Interstellar presenta un cierto reto para el entendimiento, no hay que negarlo tampoco, aunque viendo el empaque y algunos recurrentes recursos resolutivos de aire melodramático o simplistas. No se puede encubrir igual que Matthew McConaughey llora varias veces, aunque lo haga bárbaro, acoto. Con astucia se reduce el intrincado aspecto científico y el imaginativo sci-fi a algo tan universal como el amor, específicamente en el inconmensurable afecto de un padre hacia su hija y viceversa, así te dejas llevar sin mayores preguntas. Pero si nos ponemos finos, habiendo tanta complejidad argumental entre manos, teorías (tomando de base las ideas del físico estadounidense Kip Thorne) y nomenclaturas formales apenas pronunciadas para no agotar, nos hallaremos con algo que escapa mucho al conocimiento común. No obstante ésta propuesta teme el rechazo del público masivo, popular, habiendo de por si alta exigencia. 

Éste filme escapa mucho a nuestro background natural, ya que la ciencia es una materia que muy pocos dominan, y más en el uso de los elementos argumentales de la presente obra, aun cuando hay muchas libertades, hipótesis y temas sin aun verificación y con puntos en contra. Nolan juega a mezclar quintas dimensiones y agujeros negros con soluciones de un pasado por entender en el interior de un estilo mesiánico ordinario inmerso en bibliotecas borgeanas, asumiendo la intelectualidad a su vez como complemento, pero dejándola aparente y concesivamente en segundo plano frente a lo más básico, comercial, pero aun así valioso, aunque siendo normalmente sencillo de ver. Tomemos en cuenta que en la trama hay un claro lamento cuando se mitiga el saber o el trabajo mental de cara a lo básico, ante lo manual, en la agricultura, que exige a nuestra especie estar destinada a buscar solo su sobrevivencia, y pensar ante todo en el hambre, lo cual se critica con énfasis en lo que significa el personaje acartonado de Matt Damon.

Ésta propuesta maneja viajes en el tiempo, distintos enlaces espacio temporales y soluciones inter-generacionales de distintas edades individuales en mismos planos reunidas en una verdad que exhibe la trascendencia de la humanidad, en el emparejamiento con la mítica evolución tras la señal cósmica de un monolito que proclamaba como leitmotiv 2001: Una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick, con la que se le ha comparado, y descargo que tampoco hay que cegarse con fanatismos que recurren a la infravaloración comparativa, en la que a Nolan se le achaca pedantería a lo que uno llamaría suma ambición, un necesario toque de egocentrismo, y personalidad, por no decir una mala palabra. Y es que a Kubrick, a quien confieso admirar en toda su filmografía y legado, se le tiende a sobredimensionar en ésta película que muchos ponen de primera obra de todo el recorrido del séptimo arte. Ya nos dirá el tiempo si Nolan quedará en la historia destacada del cine, lo cual ciertamente vislumbro. La trama se enfrenta al orden apocalíptico ecológico de una tierra absorbida por el omnipotente arrase del polvo, bajo señalamientos simples como el de un fantasma, junto a bastante complicados como el de una anomalía binaria de gravedad y relatividad, en el quehacer e identidad formal del filme en todo ámbito.

El filme que nos compete parte de encontrarse en toda libertad narrativa, por algo es una cinta de ciencia ficción (como de entretenimiento global), no hay que olvidarlo, y lo hace ver desde el arranque. La Nasa yace escondida bajo tierra con un perfeccionamiento increíble aun hablándose de secretismo, una tierra moribunda y ejércitos desaparecidos, con la única esperanza en pos de una ecuación que nos haga cambiar de planeta en otra galaxia como en un diluvio astral universal y una arca de Noé redentora en una elipsis temporal que incluye al protagonista, a Cooper, el astronauta, granjero e ingeniero interpretado por  Matthew McConaughey, cerrando el círculo en Gargantua en aquella abstracción visual tan lograda, cenit y meollo del asunto, tanto como polémica y extraña exigencia a lo que es ante todo imaginación y recreación, si bien hay un cruel plan B que deja mal parado al pobre Michael Caine.

Entre los personajes tenemos al decorativo John Lithgow como el abuelo y recuerdo de unidad familiar; a la solterona “virginal” Anne Hathaway, la solemne propulsora de la teoría del amor, pero a la orden del sacrificio ante la ciencia; a Casey Affleck como el hermano bruto que prefiere morir a dejar la granja y al que hay que arrear con un incendio; al actor Topher Grace con el que uno se pregunta si realmente era necesaria su participación o es que no servía ni de relleno, como compañero y quizá producto de otra elipsis en el futuro marido de Murph (rol de Mackenzie Foy como una muy emocional y caprichosa pero aun así excepcional niña); a Ellen Burstyn como una coherente y engrandecida anciana, de las que poco tiempo tienen para el resto, agárrese esa pequeña ironía, aunque ya deja demasiado en aquel lugar común: ¡eureka!; y sobre todo a Jessica Chastain y sus cuatro mensajes en dos décadas; también está el astronauta que pierde 23 años aguardando tranquilamente, entregado a la filantropía más prodiga, sin ningún rollo, en lo que parece un especie de milagro; y a otro astronauta que muerto ni se acuerdan de él más que en una línea. Eso sí, casi todos son necesarios al fin y al cabo.

En el filme se exhibe la intromisión natural sin presentación -propio de un estilo general- de máquinas voladoras fantásticas de punta y robots al estilo de un más subyugador y determinante H.A.L. 9000, de 2001: A Space Odyssey. También se exhibe toda una aventura a Júpiter (en dos años de periplo), semejanza que se comparte igualmente con la obra de Kubrick. Participan un agujero de gusano y planetas por descubrir (lo que implica en el primer descenso el adelanto del tiempo de una hora en siete años, el otro momento clave interconectado), a razón de la sencilla creatividad de agresivas devastadoras olas como muros o congelamientos poco habitables, para colonizar en nombre de toda la humanidad tras la bandera americana. Interstellar es una obra poderosa que al final es patrimonio mundial del prominente entusiasmo cinéfilo, agradeciendo sus casi tres horas de duración de entretenimiento, uno menos impenetrable de lo que se cree, y sin embargo, o a razón de ello, de lo mejor de su filmografía, una raya más al tigre.

Nolan tiene una estupenda filmografía y una racha ganadora, desde Following (1998), de estética y presupuesto humilde pero de ego imponente, levemente excedida, en medio de precoz madurez, en un discreto y atractivo aire noir clásico, bajo su modernidad contextual y su cualidad de thriller. Con ésta tenemos la obra maestra y cúspide Memento (2000), y dos joyas, la brutal El caballero oscuro (2008) con un anárquico y sublime Heath Ledger, y la audaz y coherentemente laberíntica Origen (2010). Tampoco son para nada despreciables las imperfectas Batman Begins (2005) y El caballero oscuro: La leyenda renace (2012); o la muy accesible, amable, pero aparentosa –aunque de eso trata, de la ilusión de la magnificencia, hasta lograr finalmente lo "imposible"- y harto divertida El Prestigio (2006), pasando por el remake de calidad, nueva versión, en realidad, y elogiosa personalidad pero algo inferior a fin de cuentas al oscuro original, Insomnia (2002). 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Dallas Buyers Club


Ostenta 6 nominaciones a los Premios Oscar 2014, y dentro dos candidaturas que yacen como las favoritas a mejor actor principal y de reparto, para Matthew McConaughey y Jared Leto respectivamente. Ambas son muy prodigiosas, bastante exigentes, pero me ha impresionado mucho más como resultado interpretativo la de McConaughey, por medio de una consumada expresividad, su tensión y los cambios de ánimo tras el proceso emocional que rigen a su personaje, en la preocupación ante el futuro próximo que desnuda su temple, el que viene de una personalidad fuerte siendo un hombre tradicional del sur americano, con su masculinidad al tope, su natural homofobia y sus prejuicios, que nos describen a un tipo aparentemente simple, que remonta lo que puede verse como un estereotipo y promueve una adaptación, producto de enterarse que ha contraído el VIH y le auguran solo 30 días más de vida. Éste conflicto lo terminará dibujando como una persona inteligente, audaz, emprendedora, decidida a luchar y sobre todo a aprender dadas las circunstancias a ser tolerante con otras realidades y gente que en la normalidad de su entorno rechazaría, los que ahora son afines a él por la enfermedad que produce el sida, y la inminente muerte. Pero que se puede manejar a un punto si uno la trata, prolongar la existencia y la calidad de ella, aun estando a mediados de los 80s cuando las soluciones y las medicinas eran precarias y hasta arcaicas, ya que los médicos de la época dependían de una droga, el AZT, que no era suficiente, y causaba daños colaterales, según nos cuenta ésta biografía. Entonces ante la necesidad de subsistir, Ron Woodroof (Matthew McConaughey) un electricista que vive en el estado de Texas, aficionado al rodeo, soltero, mujeriego, acostumbrado al sexo casual (destaca una escena en el contraste de un coito en medio de un corral de salida de toros y su plaza en pleno uso), a las drogas y al alcohol, se reorganizará, buscará opciones, dando lugar a utilizar y contrabandear medicamentos no permitidos ni disponibles en Estados Unidos, en su llamado Dallas Buyers Club (Club de Compradores de Dallas), atravesando la frontera hacia México o volando en avión a países como Japón o Israel para traer remedios y recursos, que lo harán superar su pronóstico de sobrevivencia.

En el otro lado debo decir que Jared Leto es un actor que me parece mucho mejor de lo que se le tiene, uno al que aprecio mucho desde la maravillosa Réquiem por un sueño (2000), alguien talentoso que hasta la fecha inexplicablemente caía en cierto anonimato e indiferencia, es decir no miraban su alcance como interprete, y que en la presente aplaudo, haciendo de un transexual enfermo de sida, como compañero de trabajo, mano derecha y amigo de Woodroof, con un cuerpo muy delgado y ademanes y amaneramientos idóneos a su rol. No obstante hay momentos actuales en que me decepciona, en que no le creo o me es poca cosa la empatía que se quiere crear con su sufrimiento o cierta marginalidad, observando que tiene rasgos de frialdad que denuncian método. Pero si hay que sopesar y escoger me afirmo en su defensa y colectivo elogio por todo el conjunto presente y me parece que lo reprochable es lo menos. Me cautiva mucho más su sensibilidad y compromiso para transformarse y manejar el papel, creando a un interesante y en cierta medida complejo Rayon para Dallas Buyers Club, que vendría  a vislumbrarse si conjugamos tres de sus anteriores artificios, la homosexualidad de la pareja del conquistador griego en Alejandro Magno (2004), aunque no desde alguien atractivo como se deja ver en la de Oliver Stone, sino más rústico; el impresionante cambio físico de El asesinato de John Lennon (2007), en ella representa a Mark David Chapman, quien mató al legendario Beatle, el que estaba bastante subido de peso; y la versatilidad, el ser difícil de clasificar, de la bastante irregular pero curiosa Las vidas posibles de Mr. Nobody (2009).

Matthew McConaughey sale de la rutina en su caracterización, tanto por personalidad como de emulación que consiguen una unión perfecta, la cubierta realza el fondo y se permite engrandecer la historia que vista bien no es nada del otro mundo, pero la que opera sacando provecho de sus recursos, de su sencillez, siendo más manejo, aun siendo tan importante lo que trata. Tan bien lo hace que parece que hasta implementa gestos a su cualidad de actor. Es muy penetrante y sugerente su trasmisión de cómo se siente, sin caer en esos muchas veces gastados dramatismos que dado el contexto podríamos creer que se exigen, y se debe a que es un tipo rudo, aunque tiene su breve escena de quiebre, de lágrimas, en donde asoma decidirse, que incluye el suicidio, lo que saca a flote toda su esencia en lo estoico de su carácter, y eso hace que la precisión y el detalle cobren tanta prodigalidad en la piel de éste actor. Su cuerpo trabaja al completo, y ayuda mucho haber bajado tanto de peso para consolidar a Ron Woodroof.

El estado de enfermedad de Woodroof yace logrado desde algo básico pero bastante asumible, aparte de la apariencia, con ese zumbido previo a los desmayos, el que hace de recordación inmediata y produce un estado de inestabilidad que es indispensable dada la trama, a la par de la que genera la reacción del gobierno y la policía, ante las pautas de la Agencia de alimentos y medicamentos (Food and Drug Administration, FDA), que se movilizan bajo el control que ejerce la industria farmacéutica americana de su tiempo, a la que se le imputa el mal manejo de los pacientes de sida, producto de intereses económicos y administrativos (esto se desliza por boca del protagonista, tratando de entender las limitaciones y la austeridad de recursos que impone la institución a cargo del permiso de los medicamentos). También se debe a que el director canadiense Jean-Marc Vallée sabe imponer su historia, ya que podría quedar oscurecida por las actuaciones, sin embargo éstas son reciprocas, se retroalimentan, desde una capa de suma amabilidad, en que aflora un conflicto especifico (la ineficacia e insuficiencia médica, la próxima mortalidad a esa vera), habiendo su buena dosis de emotividad, mucho desde Rayon (que tiene sus excepciones como la audaz elipsis en la premonición y conjunción de él y el recinto con las mariposas), viendo un proceso alternativo que se da de forma entretenida, fácil de sobrellevar, pero con visceralidad, y es que no hay abundancia de elementos, no siendo para nada un relato vacío, sino que economiza sus fichas, por lo que nunca redunda, sino explota su centro con solvencia, con una muy buena repartición de los hechos que generan alcances mayores, teniendo un background verídico.

Es notable descubrir que Vallée mejora notablemente su ritmo, a diferencia de La reina Victoria (2009) que era más pesada en el transcurrir de su metraje, aunque queriendo ser simpática y en parte -a pesar de la crítica- lo lograba. Ésta deja ver su estilo, el de saber hiperbolizar las tramas, que mejor dicho se trata de sacarle sustancia, atención y atractivo a algo que tiene un argumento pequeño pero que es intrínsecamente grandilocuente por sus protagonistas o su temática. Mientras, en Café de Flore (2011) ya está en todo apogeo y habilidad su capacidad de narrador, en un rendimiento en buena medida de excepción, de saber contar con mucho ingenio, soltura y creatividad un relato, y aprovechar cada parte de su historia, en la que la estructura demuestra mucho dominio de ésta, armando una figura completa por medio de sus piezas muy bien desplegadas, donde vibra la emoción y la originalidad, cuando esto no es que abunde dado el tema de la reencarnación, en la unión de dos líneas argumentales.  

Si un filme es interesante en su temática y atractivo en lo formal, está muy bien contado, tiene actuaciones solidas que describen bien su contexto, no hace falta más que elogiarle. Sin embargo, no es una historia trabajada en el fondo con demasiada complicación, al final lo que exhibe es poco, escogiendo contar algo personal, íntimo, buscando seguramente una mejor empatía, situarse y conmover como enseñar una mayor y más comprensiva convivencia, reflejando desde algo particular un tiempo y un acontecer colectivo, de ahí su relevancia, que toma forma en su capacidad de fabulación mediante sus retratos. Nos encontramos con una propuesta que atrapa en todo auge, y que tiene capacidad de reflexión desde coordenadas directas que calan primariamente, bajo el constante uso de la intensidad de sus lapsos fáciles pero certeros de confrontación. Véase en el supermercado con el ex compañero homofóbico convertido a enemigo, el bar con los supuestos amigos haciendo mofa de su hombría o los encuentros con homosexuales y su mundo. Junto a ello yace su toque romántico dentro de lo que podemos llamar platónico o amistoso en el papel de la carismática y funcional Jennifer Garner.

Tiene varios lugares comunes pero en parte los alabamos porque funcionan en conjunto, hacen de la película una muy solvente, ágil, sin perder un nivel que merece, sabiendo manejar algo delicado con sagacidad e incluso humildad, aunque recurra a explotarle a veces superficialmente. Y es que se deja ver demasiado bien, que uno se vuelve indulgente, comprensivo, con algunos “fallos”, simplicidades o su condición condescendiente con un público amplio. Igual hay que declarar que no estamos ante una obra muy original, o atrevida, en realidad (donde falta profundidad, y no hablamos de que se vuelva un panfleto, quizá le falta seguridad o mayor compromiso en algunos puntos, no solo hacia lo gay), aunque a pesar de todo está muy bien expuesta desde lo que busca, con su fin plenamente realizado, fuera de congraciarse con la homosexualidad que yace es algo bastante más normal en nuestra convivencia social. No se siente que su sentido sea el de querer trasgredir, o ser muy rebelde fuera de utilizarlo como parte de la trama, aunque sí denunciar algo que suele repetirse. Es la historia de un hombre común, desesperado, de uno que a su vez es muchos, pero que yacen pasivos entregados a su suerte; es una voz representativa de salvación. Él enfrenta una mala o ineficaz gestión estatal, y a lo macro-económico, que muchas veces se desligan del sufrimiento de a pie. También es una virtud, explayarse sobre ello, en tiempos donde estas batallas siguen siendo valiosas, porque generan equilibrios, revisiones (como se lee en el epilogo) y tolerancia.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Mud


Competidora de la palma de oro en Cannes 2012, la tercera película del norteamericano Jeff Nichols resulta más ambiciosa que sus antecesoras, quiere más atención y no solo por las estrellas de Hollywood, desde su ópera prima, Shotgun stories (2007), pasando por Take shelter (2011), su mejor película, hasta la de hoy. Tiene un estilo marcado en todas ellas, coloca al sur de su país como contexto, la parte más natural y autóctona de Estados Unidos, para explayar sus historias de gente rural, de pequeños pueblos del interior, con los tipos supuestamente más salvajes, pero humanizados y universalizados sin quitarles propiedad. Ahí está su magma.

Siempre bajo la lucha de conflictos internos, muy humanos. En Shotgun stories el sentido de pertenencia familiar, el desazón y unidad a esa orilla y el resentimiento que hará que una franca y ajusticiadora pero inoportuna declaración de pensamiento se convierta en una lucha entre dos bandos familiares que tienen en común el mismo padre aunque a través de distinta perspectiva y recuerdo, la polarización odio/afecto hacia éste, que se mueve mediante meandros intensos y audaces, y canales/formaciones auxiliares y complementarias muy bien fabricadas, donde brillan pequeñas biografías, anhelos y preocupaciones, que anidan una visión más profunda del conjunto, sin perder su sencillez formal, porque éste cine es bastante accesible, entretenido, sin perder la voluntad de ponerle su cuota de realismo y sus ratos inesperados. Mientras, en Take shelter el conflicto deviene en un estado latente de ambigüedad entre ser un profeta o estar loco, con la inestabilidad y ansiedad que provee el protagonista a su familia y a sí mismo ante esto y por querer cuidar de ellos, una dualidad en donde escoger siempre trae consecuencias en cuanto al concepto del otro extremo siendo complejo detectar lo correcto. Esto es por culpa de unas visiones inexplicables apocalípticas, en donde la lucha ya no es contra otros sino con nosotros mismos y en donde ésta vez nos rige o trata de dominarnos el miedo, tomando en cuenta que la anterior propuesta también abocaba algo que curar íntimamente aunque siendo más cotidiano, solo que a la antigua, como en un discreto western moderno. Hay parecido entre las dos primeras películas de Nichols, aunque como un prisma con la refracción de la luz.

Take shelter está dosificada con buen pulso y atractivo, generando la continua disyuntiva, desnudándose a último minuto, un descubrimiento final corrompido, pero que de ningún modo empaña la gran historia entre manos que nos ha brindado, porque la duda es implacable, y es el eje que alimenta nuestra atención aunque llegue a formar una posición, gratificándonos más que satisfactoriamente con mucha inteligencia. Magnífica película, aun mejor que la anterior y no es poca cosa aunque ambas ejercen cierto minimalismo o centralización explotando su argumento pequeño pero poderoso, muy bien derivado en distintas acciones sobre un origen muy bien fijo. Shotgun stories es una pequeña historia donde el miedo no asoma sino fluye la revancha y el contraataque que pone en tensión la siempre presente historia de escopetas, como rige el título, idóneo. Es la proclividad a alguna matanza, que como buen séptimo arte de autor se rige a manejar la sorpresa sin perder su hegemonía total, aun siendo algo muy norteamericano, incluso en el tipo de cine, que aúna lo independiente con su vocación de como decía Hitchcock llenar la sala de exhibición. Claramente, es un director que merece más público y mayores reconocimientos, que denota querer lograr el éxito masivo con buenas narrativas cinematográficas.  

En Mud la aventura se coloca en el homónimo protagonista, interpretado por Matthew McConaughey, que se esconde en una isla no lejos de una comunidad pesquera del sur americano tras el asesinato de una abusiva pareja del amor de su vida, y que es ayudado por dos niños para tratar de escapar en una lancha de motor que abandonada yace en un árbol, junto a su amada, Juniper. Ella es una avispada mujer florero, que sea dicho me ha sorprendido lo bien que le va a Reese Witherspoon, siendo no una elaboración del ecran más artificial como en la comedia que la sobredimensionaba a propósito, Legalmente rubia (2001), sino que es realmente sensual y guapa (y se dice mucho aquí también, pero esta vez es contundente), asunto que no me lo parecía hasta la presente, y quizá se deba a que no suelo ser muy entusiasta de sus actuaciones, y ahora con pocos diálogos y a flor de ser una chica superficial, muy pedestre –un estereotipo realista, bien manejado- se me hace muy apetecible y admirable, aun siendo un papel muy pequeño, pero bastante expresivo en su sencillez.

Mud hace gala de otro rasgo de nuestra humanidad en el estudio de éste director americano, el amor y las relaciones de pareja. Jeff Nichols crea una historia trepidante y sumamente entretenida (que es lo predominante). Es la persecución de unos cazarecompensas producto de la muerte del hijo de un millonario y gánster que tiene la curiosidad de rezar con su séquito poco antes de buscar un homicidio, y al que se le atribuye ser el mismísimo demonio (y mira que esperamos algo grave ante semejante atribución). Están detrás de nuestro héroe que tiene de criminal, de chico malo, como de justiciero, de idealista y de idílico, con muchos otros momentos audaces como el padre adoptivo francotirador haciendo gala de sus atributos o el muchacho que no rehúye una pelea con tan solo 14 años de edad (aunque se hace cliché que estire el puño con tanta facilidad). 

Nichols reviste al conjunto de una lectura de fondo sobre varios contextos de amor, nuevamente con la sabia ayuda de sus personajes y sus solidas pequeñas biografías, donde incluso el tío de uno de los niños colaboradores aporta lo suyo, Galen (Michael Shannon, actor fetiche del director y que es un maravilloso interprete a seguir). Vemos la dificultad de amar a una mujer, de ser amados, valorados, la separación y la imagen romántica tanto como la cotidiana; se llega a tener la noción del fracaso, entender, dar soluciones o resoluciones y esperar nuevos caminos, y hasta hay una vena cómica, como la chica de una noche que no se sabe tal y grita que las mujeres son princesas, y no carne, como la mirada perdida, anunciadora, de Neckbone en el amplio y seductor busto, y su propia sonrisa.

En ese trayecto muchos lugares comunes se rompen aunque muy ligeramente, pero lo suficiente como para destacar y presentar algunas novedades e interés individual; los usa para luego adaptarlos al ingenio propio, recordando que el filme juega con parámetros de mucha fácil recepción, pero sin obviar su toque de estilo que pone autoría, como repetir de boca lo que ya vimos, en lo real que pretende esa acción, lo "innecesario". Es encomiable ver cómo se puede sacar mucho partido a una historia que no es nada del otro mundo, aunque hay que decir que tiene todos los ingredientes para ganarse al público. Exhibe una trama que cautiva nuestra cinefilia e inocencia, puede cautivar hasta gente exigente.

Tiene una dirección muy milimétrica, muy al tanto de todo, que ve el “error” (la palabra proviene de nuestro lado porque es adrede en el director) y lo arregla (un poco, en parte o en última instancia) o hace uso de las fichas cotidianas sin rubor alguno para beneficio de algo “independiente”, como con las sobredimensiones heroicas de sus protagonistas, que pueden ser algo insípidas, pero se les quita más tarde cierto peso y llegan a agradar de forma menos efectista. Sin embargo, ya sabemos que la película es directa en lo que quiere y lo sostiene con seguridad, tiene mucho de fantasía, de aventura y de comportamiento intrépido compartido principalmente entre Mud y Ellis que se parecen mucho aunque se indica la inconsistencia y la mentira del ídolo (con los fantasmas, en buena parte de aspecto forzado); a su vez su fan genera admiración. Lleva su ligero toque personal en una película muy bien hecha en su tipo que nos hace entender como un filme como éste puede haber competido en el Festival de Cine de Cannes, que como todo evento que sea coherente pero libre con el arte –que no oculta ninguna corrupción, ni el conformismo de una ideología, claro- merece la calidad de lo ecléctico.  

Nichols desmiente y vapulea a sus criaturas, como es la vida con todo el mundo, muestra nuestra imperfección, aunque se sienta momentánea en Mud, al que le cuesta no alcanzar la felicidad completa aun con el happy end del filme, tan propio de Hollywood. Si no tomemos una imagen de modelo; Nicole Kidman posaba muy glamorosa en un desfile de moda éste último viernes; con tantas fotos detrás vanagloriándola se ha de sentir especial (su logro, sea dicho además); luego sale y es atropellada por un fotógrafo amateur que con una bicicleta la derribo al suelo como un saco de papas; ella quedó descalza, más que adolorida avergonzada. De ahí la gran metáfora de la realidad de todo ser humano, y eso a un punto lo maneja con cierta habilidad Nichols en un par de ocasiones, aunque no lo hace con demasiada convicción como para tomarle en serio como algo neto de autor.

Mud peca a ratos mucho de cine comercial y eso le baja la llanta de la trascendencia porque es más de lo mismo, si bien como placer sin prejuicios nos deja contentos. También hay que ver que Matthew McConaughey sigue ganando puntos, últimamente se proyecta bastante al Oscar y hasta toma mayor relevancia como actor en cuanto a complejidad, lo paradójico que no es que se reinvente sino como en Magic Mike (2012) le saca (otro) valor a su figura. Con Dallas Buyers Club (2013) se espera algo diferente a su filmografía, muy en la onda de Christian Bale y sus impresionantes aumentos y descensos de peso (y me gustaría rescatar más a Jared Leto que lo ha hecho otras veces sin obtener mucha prensa y que hay que tenerlo visto en la misma de McConaughey). Esto es como explotar su físico, pero a la inversa, dejando de lado su buena apariencia. Aun siendo aquí el de siempre lo hace de forma rescatable, le infunde la bondad natural que requiere su papel de antihéroe, y mejor que no lo hayan sobreesforzado porque no tiene el tipo intimidador, y más le viene el encanto y la simpatía, aunque puesto aquí y allá para que nos haga pensar más del tipo rural.

También hay que echarle unos buenos aplausos a Tye Sheridan. No solo tiene una presencia imponente a temprana edad, sino que aporta su buena capacidad histriónica, como se ve es más que seguro que lo jalan al cine mainstream, se lo merece, aunque ojalá aporte un poco más a los independientes y al cine que supuestamente más arte busca, o a los que suelen hacer la excepción desde la óptica individual, desde donde sea, como de todo aquel que tenga algo que decir y aportar verdaderamente, que nos engendre arte en toda la palabra. Se le podrá ver en Joe (2013), de David Gordon Green, que compitió por el león de oro en el Festival de Cine de Venecia 2013, y que parece seguir la estela de Mud.  

Mud tiene un gran grupo, Sam Shepard, Sarah Paulson, Ray McKinnon y Jacob Lofland (en su primer papel, y vaya solvencia en su debut); cada uno pone magia en sus roles y dejan una muy eficaz participación, y no es obligatorio decirlo, están más que correctos. Ésta Cuenta conmigo (1986) tiene todas para entretener y cautivar, generar ilusión con la gran pantalla, conmover con los héroes de la infancia, o el primer amor y el inicial corazón roto, el luchar por algo en que creemos, el no perder la fe en nuestra humanidad, y que aunque nada es fácil ni perfecto ni llega todo a cumplirse a nuestra alma hay que mantenerla siempre en pie, intacta aunque más sabia. Estamos ante un buen cuento más del séptimo arte, de los que buscan ser clásicos sin demasiados remilgos en lo que quiere.