miércoles, 4 de marzo de 2026

Marty Supreme


Es una película que se basa libremente en la biografía del jugador de tenis de mesa de origen judío americano Marty Reisman. La dirige Josh Safdie en solitario, sin su hermano Benny, pero lleva toda la impronta del cine que han hecho juntos, y se debe a que Josh trabaja el guion junto a su habitual colaborador Ronald Bronstein, quien además se encarga del montaje. Se podría decir que Josh se repite, pero al mismo tiempo es un filme muy entretenido, dentro del cine comercial americano o más popular, hiperbólico y puro y duro. Es una película que como cine de entretenimiento recurre a mucha ficción más que ser una obra biográfica. Tenemos de protagonista a Marty Mauser, interpretado por un talentoso Timothée Chalamet a quien se le explota bastante hasta producir exageración o mucho histrionismo. Chalamat está nominado al Oscar por éste papel dentro de una abundante cantidad de nominaciones que tiene el filme. Marty llega a ser humillado con un bautizo tipo fraternidad para pagar tanta insolencia suya, tanto ego inflado, como señala el sobrenombre o título que lleva la propuesta. El castigo se lo proporciona su némesis, el millonario vendedor de lapiceros y también judío Milton Rockwell (con un estupendo Kevin O'Leary), quien odia (con justificación) a Marty, pero tiene negocios pensados en conjunto. Marty es un poco insoportable, políticamente incorrecto, tiene de recriminable, es en parte inmaduro, es un joven irreverente, pero a la vez se exhibe muy ambicioso, por encima de su vida promedio de vendedor de zapatos. Marty tiene talento para el ping pong; de paso, por su personalidad farandulera, o su personalidad de showman, para convertirse en alguien popular. Es un buscavidas, un tipo que salta entre clases sociales, aunque es de clase humilde. El filme ansia impresionarte, como buen producto hedonista, como cuando se cae el techo, y en buena cantidad lo consigue, aun cuando hay momentos en que se nota su fijación con ser cool y cae en lo contrario, lo anodino. Tiene al director de cine, Abel Ferrara haciendo de gángster, y éste logra una performance notable, con 74 años de edad. Igualmente hay un reparto muy bueno, como con Fran Drescher, con 68 años muy bien llevados y en rol distinto a su habitual comicidad y popularidad, mostrándose dramática, como la madre de pocas pulgas de Marty. La bella Gwyneth Paltrow con 53 años, como la esposa de Rockwell, también se luce muy bien como una actriz y socialité con quien Marty tiene un affaire, tras una intrépida conquista que es parte del alarde de la personalidad que se quiere proponer de Marty. Menciono en particular a Pico Iyer como el jefe de la asociación de tenis de mesa en la que participa Marty. Se le presenta de manera muy natural, muy normal, muy realista en sus diálogos y así curiosamente destaca. En sí el filme lleva la clásica velocidad, las infaltables carreras a pie y la palabra hablada con intensidad, propia de los Safdie/Bronstein. New York también es protagonista –bastante conocida por la pantalla grande- como ciudad cinematográfica. Extravagante y llena de criminalidad variopinta. Pero como estamos en los 50s así mismo le cae a pelo el sur folk americano y la aventura de recuperar un perro para obtener una recompensa. El filme tiene un sólido aire vintage más que propio de un retrato fiel de los 50s. El viaje de Marty es una muestra de las altas y bajas de toda vida y en ese trayecto la habitual lección de humildad, igualmente para todo ser humano. Cómo es existir. Por ratos la trama parece decir que el talento no es suficiente muchas veces (se necesita inversión ajena se podría decir), si bien el retorno en el avión militar conlleva felicidad, la que es además un reencuentro con lo cotidiano, pero hermoso, o un descubrimiento o un momento de valoración. Trascendencia a su modo. El deporte es secundario en realidad, más parece espectáculo, aun cuando el rival nipón se ve noble, formal y hasta un ejemplo, pero a la vez muy básico, funcional, aun cuando Japón parece algo exótico y encaja con el personaje que es Marty Supreme, que es bastante afín al entretiempo del básquet que ejecuta, pero justamente el origen compartido y la extravagancia del protagonista real es lo que entusiasmó a Safdie y a Bronstein. Es una película en la onda de El lobo de Wall Street (2013), que no es para tomar demasiado en serio, no como para profundizar, sino para divertirse, como comedia dramática, lo que también es valioso.