miércoles, 24 de abril de 2013

La caza


Uno de los nombres más famosos del cine actual de Dinamarca es el de Thomas Vinterberg que junto con Lars von Trier fundaron el Dogma 95 y de quien su película, La celebración (1998) fue el emblema de dicho movimiento cinematográfico. Ya con la madurez que le otorga una nutrida filmografía nos trae la presente que gira alrededor de la declaración de una niña que dice que un adulto de la guardería a la que asiste le ha enseñado los genitales. Eso crea toda la ira del pueblo, de los amigos y conocidos de dicho personaje. Incluso pone en juego su nueva relación afectiva y le crea mucho dolor a su hijo que solo puede verle en contadas ocasiones por no estar en su custodia al yacer divorciado. El acusado se llama Lucas (Mads Mikkelsen), el que instantáneamente ha pasado a convertirse en un tipo apestado y repudiado de ser un hombre probo, querido y hasta admirado por su nobleza, por su ecuanimidad y su alegría para compartir en su trabajo con los niños. Para luego hallarse solitario, esta vez no por iniciativa propia sino por la dura realidad que le acontece.

El filme es bastante equilibrado en tanto los ataques como las reacciones liberadoras aunque tiene una dirección y no es la más típica claro está, quizá por ello se echa en falta un cierto efecto mayor para con el espectador, porque esto termina ocurriendo, crea una cuota de indiferencia, sin embargo esto tiene de valioso e inteligente porque no se regodea en un tema polémico, provocativo, de los que suelen confraternizar con las emociones del público y compenetrarlo hasta dirigirlo hacia el punto clave, contra la fuerza de donde proviene ese abuso tan chocante para nuestras consciencias y sentimientos humanos, el enfermo detrás de la pedofilia . Es decir no busca la manipulación primaria pero tampoco nos entrega una dramatización demasiado poderosa (le pesa mucho el temor a transformarse en un telefilme ya que el asunto es siempre proclive a serlo, hoy en día tocar sucesos similares ya es visto como un melodrama tópico), y no es que se extrañe un efectismo barato sino hilar en el arte que sin utilizarnos nos haga asumir el tema en toda su magnitud, y en ello desgraciadamente le falta un poco, no obstante se entiende porque sus alegatos son otros, su base aun así tiene buena firmeza porque lo que quiere es ponerse en el sitio de Lucas.

Predomina un velado estudio donde estaría nuestra violencia reflejo o respaldo (aun no siendo exacto), la que exuda e instiga un acto tan vil, como el abuso sexual infantil, que nos vuelve irracionales frente a ello, que nos convierte inmediatamente en verdugos, que como vemos anticipa las conclusiones y las investigaciones policiales, de ahí que la propuesta prefiere enseñarnos nuestra reacción, hacernos ver nuestros pensamientos figurativos y desde ahí no podemos quitarle su toque de virtud argumental esencial. Sin embargo también puede ser algo banal, y hasta peligroso (aunque es inevitable en todo el tema, optando por la atención del otro daño, el otro peligro innato), dando el filme forma y luz al ente acusado con características que lo envuelven en un aura de heroísmo. Se enfrenta a la enajenación del conjunto justificada a un punto pero prematura por la naturaleza de creer que los niños no mienten aun acosta de olvidar a quienes señalan; lucha contra el abuso y la injusticia, habiendo una paradoja, es decir reina el caos, la confusión, y todo por una sensibilidad y moral que aturde aun teniendo un sentido que la avala pero que se remite a lo que significa y al nexo afectivo general y directo con la “victima”, un ser humano indefenso e inocente, más que a los hechos consumados.

El director danés comprende seguramente el doble papel del conflicto pero opta por la posición menos tocada, la más endeble en cuanto a tener defensa; interpreta como que se pueden cometer errores, que subyace una pasión que nos ciega por completo, Vinterberg plantea apoyar a un hombre en un caso aún no demostrado de pedofilia, no cabe duda que es algo duro de decidir y lo que escoge algo en parte atrevido, porque el filme se enfoca en ello aunque tiene a favor –o no- que lo explaya hacia ese lado aún sin develar el desenlace. Y es que uno teniendo la noción de que es un filme europeo no sabe cómo terminará, vas temblando mientras lo ves, subyacen muchas naturales expectativas aunque el autor las disminuye, las vuelve más ligeras, no obstante el final resulta una ineludible revelación. Hasta el último minuto uno desconfía de todos.

El filme se enfoca además en la amistad, hay una fuerte carga sobre esto en la trama, entre el padre de la niña de la coyuntura (lo que hace la historia más peliaguda), interpretado por Thomas Bo Larsen, y el papel de Mads Mikkelsen, escogido mejor actor en el Festival de Cannes 2012 y que con su labor sostiene fehaciente que se haya convertido en el más destacado de su país en su profesión, uno de los nombres que giran alrededor del mundo. Su exuberante enojo en el toque de fondo en la iglesia tras la docilidad y tranquilidad de su personalidad en todo el relato es uno de los momentos más prodigiosos en cuanto a haber asumido -y revelar- tanto sufrimiento enclaustrado, siendo vital en este filme, ayudando a generar el toque pequeño pero necesario de ambigüedad y el solvente respaldo que se engendra en su hechura, en su semblante tan sugerente sin caer en la abierta expresividad, el demostrar un autocontrol convincente y aun con esto poner sentimientos en su personaje.

Toda la recreación con bastantes características no urbanas, como los bosques, el nado en el río o la cacería son impecables, denotan una cierta vuelta en el pasado pero notablemente no juegan a ninguna caricatura de incivilización, que sería lo más manido y fácil, sino más bien es un relato que conjuga aristas como con aspectos bastante modernos. El tema es instintivo, apela a nuestra más profunda humanidad y eso no es anacronismo. Pero hay que decir que más funciona la adaptación del entorno geográfico del título, la caza (en el original “Jagten”) que su metáfora, porque esta tiene un alcance menor, no es algo que impresione, el venado representa la inocencia, aunque el alegato de su muerte con la exposición del filme nos deje pensando, nos otorgue una lectura extra a tener en cuenta y sea coherente con lo que hemos presenciado, que de eso hay mucho y todo en el aire relajado de Vinterberg.

viernes, 19 de abril de 2013

To the wonder

El 2011 la palma de oro fue para el árbol de la vida, la anterior película de Terrence Malick y con ella vino la emoción para con su cine, ya antes elogiado en La delgada línea roja (1998), ganadora del oso de oro de la Berlinale, y que venía de ser un autor de culto por sus dos primeros filmes, Malas tierras (1973) y Días de cielo (1978), como a su vez habría un grupo en rechazo de su filosofía y su forma de expresión.

Un misticismo tan fuerte, que se despliega a otros factores de la existencia, no podía causar la unanimidad, sino más bien resultaba una molestia para cierto público ya que el mundo actualmente vive una cuota de alejamiento religioso, en una contemporaneidad más terrenal y menos consciente de su espiritualidad, en su condición de como dice este nuevo filme, del amor que nos ama. Sin embargo el autor americano se da fiel a sí mismo, siendo valiente, presentando sus más íntimos pensamientos, su fe y su ideología del amor, como un creador en toda magnitud. No solo de forma que respalda su anterior trabajo sino que lo define mucho más, lo muestra más claro. Con la intervención del padre Quintana (en un inconmensurable Javier Bardem que solo le bastan unos gestos para asumir por completo su personaje), un cura católico que quiere creer y vive entregado y honestamente dentro de ello pero que se hace muchas preguntas. El que anhela “ver”, sentir y experimentar la verdad de su dogma. Y aunque su porcentaje en el conjunto no es mucho se hace sentir en toda la trama, si es que en realidad la tiene, ya que Malick evita el camino convencional y nos crea un cuadro que es más una figura mental que una historia lineal, y en ella nos hace meditar sobre asuntos que nos conciernen a todos los seres humanos, temas muy próximos a  nosotros, ya que se trata de la formación de nuestras relaciones con los demás, con los que amamos, con el planeta y con uno mismo en esa identidad.

La película recurre a la poética y a la solemnidad de la voz en off más que de diálogos que casi no hay (en lo que son pensamientos esenciales de los protagonistas), sus imágenes provienen de una dominante formación de múltiples tomas cortas muy bien editadas, a movimientos de cámara especiales -rotatorios o que salen de algún atípico ángulo- en los lugares claves que dan la sensación de como estipula el título, de algo maravilloso, de un goce o una intensa experimentación (como frente a la belleza del Monte Saint-Michel),  a mostrar a los actores en paisajes o en medio de escenarios naturales, se ha escogido el campo, el estado de Oklahoma en algún pueblito tranquilo y sin nada realmente llamativo, en donde se exhibe la espontaneidad, transparencia y vitalidad que se requiere en el sentimiento de su caracteres, un reto de interpretación en donde se nota mucho que la última palabra es la del director que a ratos parece hacerles un test de compenetración con sus roles, en que vemos a un Ben Affleck dominado por el control de Malick (a veces descolocado como aun en el esfuerzo y seguridad luce McAdams en la exigencia de los bisontes, o en el inicio se le sigue pero se escurre la cámara de su rostro), reducido a una pieza en ejecución en que su nombre sirve de atracción para el público pero se rige al predominante conjunto creativo, mientras una Olga Kurylenko nos trasmite bastante con su cuerpo y con un ánimo creíble (en sí las dos damas centrales están magníficas para manifestar enamoramiento y felicidad en ello), con su danza y juego continuo (yo diría que se repite esto más de la cuenta, el baile), con su pasión, con su ternura, con su desnudez más interior que literal, con sus desilusiones, con sus desgastes afectivos, con su introspección en derredor de su relación, bajo una figura común ya que aun ostentando belleza refleja mucha normalidad, que permite amalgamarse a Affleck (a pesar de ser mucho más pasivo argumentalmente) que es en parte tieso o contenido sin caer tampoco en la inexpresividad que le atribuyen por costumbre, pero que se ajusta al tipo requerido (idóneo para él), el que no refleja tanto pero que instiga hacia la nobleza calmada, promedio a más, y puede verse cariñoso en una seriedad moderada, ya que también busca ser un hombre afín a muchos.

La historia puede ser mucho de autor, muy elaborada en su forma y en lo que pretende argumentar pero vista con ojos pacientes y observadores se le concibe adjudicar de historia fácil de identificar, de sobrellevar y entender porque su temática ineludiblemente nos concierne demasiado, ya que se remite a dos puntos, la fe y el amor. Dice una línea muy significativa, el amor es un deber, y aunque respeta el filme que el ser humano es cambiante y natural en sus sentimientos, tan difíciles de quitarle imprevisibilidad, nos induce a  poner de nuestra parte, a luchar por lo que creemos y sentimos, a sacrificarnos (como en esa libertad que nos refiere la amiga pero que también puede existir dentro de un vínculo y sus parámetros), a replantearnos el camino, a poder evolucionar y adaptarnos sin perder algo amado, indagando y entregando de nosotros. Nos quiere decir que el amor es intrínseco al ser humano pero no es fácil (sí, lo sabemos, pero entonces deberíamos procesarlo y ponerlo en práctica mejor), sea hacia Dios o -en otro sentido pero con semejanzas- a una mujer/hombre especial (en un momento la protagonista no llega a comprender su repentino estado de disgusto con su pareja y hasta concreta una traición, momento que más que una audacia que no lo es en cuanto a la imaginación del director, sirve para ver que todo se deteriora por más bueno que sea, o se pone en duda, se erra digámoslo a grosso modo en todas las vertientes que suscita). Como esa mujer que viene del pasado, en la interpretación de esa bella rubia de cautivante sonrisa, Rachel McAdams que en un culmen exhala que su amor se ha convertido en nada (así es nuestro libre albedrio), en solo lujuria, placer.

Vivimos retroalimentándonos, en un inevitable presente al que hay que exigirle mucho más, como en esas inquietudes trascendentales que “mortifican” a los protagonistas. Con este séptimo arte que pasa que es puro cine aun en sus particularidades, que vive para y por las imágenes y que nos habla a través de ellas en forma sumamente expresiva y bella como un remanso de desconciertos y alegrías, que en su complejidad requieren pistas, ese discurrir con algunas frases de corta extensión pero que son amplias en su evocación en una voz en off que busca, enfrenta, interpreta y se maravilla con el mundo. En la escalera, el reflejo iluminador del sol y las manos entrecruzadas (escenario simbólico que define todo el filme.)

miércoles, 10 de abril de 2013

La eternidad y un día

En enero del año pasado, el 2012, murió Theo Angelopoulos, cineasta que fue un intelectual del arte, a la altura de Tarkovsky o Bergman, y yo diría que a veces hasta más complicado de ver. Su cine siempre despierta ideas, utiliza una forma de expresión que en parte se vuelve críptica o nos hace trabajar para darle un significado. En esta oportunidad escribo sobre una película que le valió la palma de oro de 1998.

Como es común en él se trata de un viaje, ya que el cine de Angelopoulos nunca dejar de ser nómade, es una continua búsqueda ante la realidad del siglo XX. Y versa en el contexto de su patria, Grecia, y se asume desde la contemporaneidad pero utilizando abstracto y externo al filme el pasado glorioso de la otrora civilización origen del occidentalismo, para vivir lo que sucede actualmente con su nación, de la que se dice vivir una próxima muerte, es decir un deterioro con un rumbo anunciado, como la enfermedad terminal de Alexander (nombre que no parece casual, griego por antonomasia en la historia universal) quien remite a su sociedad, a su cultura en particular, quien alega serle complicado amar, mientras se anhelan nuevas formas de expresión, todos rasgos de nuestro director entre manos, un afecto ineludible pero fuertemente autocrítico sobre su patria y un deseo notorio y notable sobre nuevos análisis y arte introspectivo, próximo, filosófico.

Anímicamente como nota el niño, el huérfano albano perdido en las calles de Grecia, hay una melancolía oculta, pero el ánimo del filme es como nos comunica el poeta de otro siglo, la vida es dulce, y ese espíritu es al que se afianza la trama, y la forma, aun estando sometido el protagonista a la fuerza del dolor y la nostalgia, de mirar en el pasado y sentir nuestros más profundos afectos porque en el hoy nos han abandonado en cierta parte, y es que sin embargo mañana es la eternidad, el mundo no acaba (la muerte no es el final). Ésta la confabulación secreta de un vecino repitiendo la música que nos gusta, la alegría de la ama de llaves viendo casarse a su hijo o conocer y compartir, ayudar, a un niño solitario, reflejo de nuestra realidad también solitaria, solo que yacemos en el final cuando él es el comienzo de un viaje nuevo, otro distinto pero con ciertas semejanzas, ya no hacia la expiración sino a la vida, ambos desconocidos y que como se dice provocan miedo, es hallar ese dulce existencial y general, esa nueva expresión, como los músicos tocando en el ómnibus mientras afianzamos la felicidad tan efímera para con el padre putativo y su vástago, mientras vemos cansado a un activista político (lo dejamos de lado en ese momento).

Bruno Ganz es Alexander, un poeta que no suele terminar nada y que no quiere ir al hospital a escuchar su sentencia, un soñador que se identifica con un héroe romántico pero decidido que vuelve a su tierra a generar el cambio aun sin saber el idioma, a arengarlo poéticamente, porque ama su país, porque como expresa Alexander solo vive en él aunque los seres humanos seamos extranjeros de todo lugar, extraños en la existencia. Ganz no articula la tristeza en su rostro, más bien predomina un aire neutral si se quiere, y aunque muchas veces yace apagado o meditativo, su sonrisa brilla más que cualquier otro sentimiento y se impone aunque sea solo en apariencia, como cuando ve a su madre (la que aparece constantemente y puede ser un sucedáneo de la historia clásica de Grecia) o a su mujer que le pide un día de atención (que puede ser que simplemente viva), la que ahora conscientemente es su vida, de la que sabemos poco en realidad, de su desenlace, pero porque subyace en la perfección de su memoria cuando ya no le queda casi nada, cuando ella lo ha sido todo. La película es también una bella historia de amor y de recuerdos.

La obra de Angelopoulos tiene de simbolismo, intelectualiza bastante, presenta varias lecturas, pero también conmueve, está cargada de cariños, la relación entre el poeta y su patria, la de Alexander y su mujer que es su temple, o con su progenitora y su niñez, o la de esa familia numerosa que visten de blanco que remite a la pureza del recuerdo en un bello paisaje, la playa, otra esencia transparente, viva. A su vez la trama central despierta bastante sensibilidad, la del pequeño recogido por Alexander quien no puede dejar de ver por su bienestar, darle un camino, o la del mismo chiquillo con su amigo muerto atropellado al que le dedican un ritual afectivo en medio del fuego y la dolida declamación.

El filme no solo es sabio y noble sentimentalmente sino tiene poética, esto está en el bardo griego de otra época que compra palabras para rellenar sus necesarias arengas muy fáciles de entender y de reflejarse; en los flashbacks vestidos en luz, en gestos, en colores, en alegrías; en la “intromisión” del tiempo pasado en el presente o viceversa en su unión en el vehículo (como dos hombres que son él mismo); o en las múltiples apariciones del viejo Alexander en ese día de playa, de lluvia y de refugio. Así también en otra inevitable participación a la que se enfrenta el relato, la del sufrimiento, la de la verdad viviente, no obstante en el ecran se hace menos de lo que invoca, pasando a ser más una cavilación sutil. Y es el trabajo más visto y entendible de Angelopoulos pero que ostenta su esencia, su continua elucubración, su estilo, debajo de una más empática historia.

Recrear la historia del poeta anterior a Alexander es algo sumamente creativo y sin perder el hilo de la forma que se ha elegido, siendo algo sencillo pero completo, que agrega al conjunto. Nos permite conocer al protagonista que vive arraigado al pasado, tanto con su hija como su esposa y que debe esperar el fin, con la continuidad que pervive en la tierra en la acción para con el niño, que se pierde en la ilusión del comienzo y de lo diáfano. El hombre mira el mar, el amor llama. Es la conclusión de una etapa, como los muchos hombres que se suceden, los dos poetas, ahora es el turno de vivir del pequeño (el país también se renueva), un temprano actor que en un momento explica una anécdota y lo hace con solvencia, que demuestra talento ya que parece mucho que recordar para un niño y este lo hace con la recreación emotiva pertinente, en la misma expresión de Ganz, pacífica y controlada, que en la película nos hace pensar en la calma de la trama, sin faltarle el ritmo sino más bien esta vez es más digerible, y no es como acostumbra el director al que nunca le fastidió el tiempo en sus propuestas. Y es que su arte y entrega es absoluta, y por ende Theo Angelopoulos es inmortal, es el mañana, la eternidad y un día, un hombre y un genio. 

jueves, 4 de abril de 2013

Perfect sense

Ésta película corre el peligro de pasar desapercibida pero es muy atractiva y no resulta complicada aun llevando una notable reflexión sobre la vida, en un aura bastante entendible como suele ser el cine americano, y éste aunque es escocés lleva toda la esencia del cine anglosajón mundialmente popular que se suele o se quiere imitar. Se hace destacadamente por medio del talento y audacia del director británico David Mackenzie. Es una propuesta sencilla y con actores conocidos que despiertan simpatía, que pueden contener las distintas emociones que se requieren. Ellos son sensuales; son convincentes en representarnos en general. Exudan química natural. 

Tiene una buena conjunción, de lo más idónea para acarrear un público que no sea exigente, tranquilo, y dejarte pensando, apreciando más la pequeña fortuna de lo que damos por hecho, los privilegios que no solemos notar y que hacen tan fantástica la existencia, porque a pesar de una realidad que por lo general golpea a todos de alguna forma existir es tan grande y es algo que debemos valorar. En el filme no se usa ningún mensaje de estilo fácil en conmover y sacudir la mente pero el resultado es ese, sino más bien se fusiona la verdad del mundo, dolor y placer, amor y odio, mientras acaece un sentimiento muy humano pero en estado extremo, el miedo, el hambre, la rabia y la pasión, luego se pierde un sentido, el olor, el gusto, el oído, la vista. 

Lo “particular” de padecer ésta extraña enfermedad que anuncia el fin de la humanidad, tema muy repetido en la actualidad, es que al poco tiempo de sufrir una perdida se intensifica el anhelo de subvertir ésta ausencia y volver a empezar, renacer y buscar nuevas formas que suplan el sentido ido, siendo en parte algo normal el aura de sobrevivencia, de la naturaleza que se amolda a continuar, pero que ostenta una alegría especial que rejuvenece, que busca y encuentra nuevas aristas y que brilla incluso un poco más ante la noción de que se sigue vivo y hay que remontar la caída. 

Tratamos con un optimismo notorio que se mueve bajo la catástrofe, digamos que la realidad, que no teme ser dura y que combina tragedia y efímera pero significativa felicidad de manera que suele ser difícil de afrontar pero que se hace. Es un mensaje muy sano y poderoso que llega gracias al empaque, menos naif que lo que se acostumbra, menos ilusorio, y es que aunque no se puede negar su noción de fe a prueba de todo tantas veces eludido por un descreído espectador contemporáneo, destila melancolía, algo muy humano sea dicho también. Explaya sensibilidad pero junto con ambigüedades, complejizando y exhibiendo algún grado de malicia.

El filme es romántico, hay una importante historia de amor en la trama que se absorbe dentro de una filosofía mayor que engloba el paradigma y leitmotiv de la película en las relaciones afectivas no solo entre seres humanos sino que simboliza el nexo con todo lo tangible del mundo, cómo afrontar/ver la vida. Es el enamoramiento de una bella epidemióloga, mujer independiente y muy contemporánea, solitaria frustrada por varios pasados novios que la han abandonado, y un bien parecido, seguro y exitoso chef,  que es medio bastardo, como se le dice ante su frialdad en las relaciones, en donde manipula a las mujeres, no las llega a querer o hacerse responsable. Se enamoran mientras juntos son sacudidos por la epidemia. 

En su relación chocan los sentimientos naturales de todo lazo serio amoroso pero visto desde la ciencia ficción que más es un recurso para cavilar, descubrir la realidad tal cual en algunas lecturas hermanas, una básica y trascendental es desde la dificultad de relacionarse con una pareja, como mantener la pasión, confiar en el otro, jugar y disfruta del amor, vencer los miedos, ser fuerte y transparente, abrirnos, mejorar, sentar bases firmes aunque no sea fácil, aunque se tienda a una cierta derrota futura, y se hace a través del énfasis de algo atípico que hace lo mismo que haría el tiempo o la incomunicación entre otros en otras circunstancias. Por ejemplo, tenemos los gritos en la ira que dicen verdades dolorosas o la representación de las cambiantes necesidades que van acercándose, sea el desnudar el alma para seguir alimentando la percepción, el aire de entusiasmo, o gozar y compartir cierta superficialidad tan importante. 

Otra lectura valiosa se da en el entorno, en ver como gira el planeta luchando contra lo caótico y desesperante, como se comporta la gente frente al que parece el lento apocalipsis, o al menos el fin de los tiempos conocidos, su adaptación, su multiculturalidad, su resolución, su pesimismo y su revitalización. El filme nos enseña dos tipos de ser humano, el que destruye y engrandece el abismo ante la desilusión o la dureza y el que construye en los embates de la existencia. Hay una bella retahíla de imágenes retenidas de tipo artístico que enumeran el placer, como a su vez otro grupo pero móvil en estados de violencia, muy fidedigno y evocativo, muy subyugante y realistas en su propia clasificación. 

Después hay un aura chocante e histriónica en cómo se dan algunas exaltadas emociones producto del padecimiento epidémico, como en el caso de la gula en que se comen flores, se toma aceite de cocina o se tragan pescados/carnes crudas de forma grotesca hasta inducir el vómito. Sin embargo, los hay inicialmente más sutiles y graduales como el enojo y el amor, mientras que el miedo es toda una novedad y llega completamente como una sorpresa; y estos hasta se confunden con la relación de pareja que sobrellevan Susan (Eva Green) y Michael (Ewan McGregor), pero está, claro, la superposición del conjunto, que ya entendemos de que va, de lo que nos queda un bello y poético desenlace, en la influencia positiva o no de lo que nos rodea, en lo que no deja de ser una historia atrapante, que se puede disfrutar de forma directa.

Un rasgo también del filme, aún muy a pesar del mundo, del dolor, es que sobrevive la nobleza y cierta invocada inocencia, aunque el pesimismo sea tan poderoso. Y es que, mientras viva, si el hombre quiere nunca estará vacío, como en el filme, aun perdiendo la batalla contra los sentidos. La oscuridad no es el fin. Es una distopía que termina despertando el ideal. Es una propuesta donde no se necesita ser romántico. Puedes absorberlo desde una necesidad que invoca en la historia presente el disfraz de la espectacularidad salvaje y enigmática, en un devenir que implica la tergiversación de la pasividad. No obstante ser romántico, como se puede ver en el filme, está en toda esencia, en el lugar correcto o menos pensado, y no hay que rehuirle. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Berberian Sound Studio

El director inglés Peter Strickland ha hecho un filme de terror poco convencional, al punto de que si nos pasamos esperando una trama de horror con un asunto por resolver/enfrentar se nos irá la película. Es una propuesta que gira totalmente sobre un estudio que pone sonido a un giallo de los 70s, para lo que se contrata a un especialista británico, de personalidad tímida y muy bien educado, Gilderoy (Toby Jones),  un típico hijo de su patria, pero que colinda con la locura fundiendo su vida con la de su trabajo.

El filme de estilo psicológico nos permite conocer casi didácticamente como se realizan los efectos de sonido de una película de terror al estilo popular italiano en un contexto donde se está elaborando una historia salvaje con ritos satánicos, asesinatos, brujas y demonios, que aunque no nos deja ver un ápice de sangre nos imbuye en sus parámetros, sugiriéndonos todo el panorama (durante el metraje casi podremos armar toda esa película “elíptica”). Ostenta un realismo que parte del poder de la imaginación, en un estado de consciencia inducida. Pero tratándose de algo leve en sus efectos para con el espectador distraído, que si nos concentramos puede ser hasta perturbador, ya que hay que vivir a través de Gilderoy, compenetrarnos con pequeños momentos del filme. Dentro de que mejor prueba de que la música se asemeja al cine, según palabras de Tarkovski. En un estado de despertar el sentido de nuestro oído. Ver el artificio con lechugas, sandias o algún  recurso audaz que imita hechos concretos que son muy duros de experimentar como de los cuales salir indemnes. La trama subyace en el miedo sensorial.

En la película hay un estado de inquietud a veces discreto que es la mayoría y a otras más flagrante –en donde se palpa aparte de lo anecdótico, o el rumor, a través de la vivencia de lo común dentro del estudio- que se da sin dar ningún golpe violento visual, en que no solo se nos brinda a través del personaje que limita con la demencia sino bastante por medio de detalles, cotidianidad perdida en el limbo (casi sin tiempo), en parte en lo onírico, y bajo la composición parcial, siempre de piezas constitutivas que van armándose hasta robar el alma de la existencia del protagonista convirtiendo en un hecho la fantasía. Dentro de un conjunto sutil en un ambiente que es lo más importante de la película, los gritos de las actrices, el espacio claustrofóbico del estudio, su perenne oscuridad, el hogar mental de Gilderoy, que a un lado parece estar en su casa y luego yace en el lugar que dicta el título, viéndose incluso dentro de la proyección del giallo que están haciendo. De ésta manera ya no distinguimos uno de otro. Se apodera el filme de su cerebro. La (temida) araña que pasa de una mano a otra muy pacíficamente, la carta evolutivamente decadente de la madre sobre unos gorriones (último bastión de cordura), el someterse a la luz de las velas, la tensión entre los compañeros, los abusos sexuales impunes, la desconfianza general, la pasión de los participantes que creen demasiado en lo que hacen.

Lo que plantea Strickland es un homenaje en toda claridad al giallo desde la paradójica noción de hacer lo opuesto en lo que en sí es. Contrarresta sus defectos como la exageración, su sencillez, efectos baratos, el mal gusto o la brutalidad en un filme inteligente, austero y en cierta forma elegante. En esto pesa o exalta artificios sugestivos como en ese aviso luminoso de silencio, como quien augura que ya viene el pánico en una constante promesa incumplida, que yace generando intriga frecuentemente. La expectación es un alarde del filme, pero sin agotarnos.

La presente realización puede entenderse como una argucia argumental explicativa que se basa en la forma complementaria. Se podría tratar sencillamente de un tratado revelador de cómo hacer un filme determinado si no fuera porque asume las características de relato de horror. Toby Jones implica, en su apariencia, ambigüedad, inseguridad y maleabilidad, atributos que revelan ser parte del dominante ambiente, el verdadero jefe de la trama, él y la atmósfera son uno, los dos grandes personajes de la propuesta.

Si uno espera algo extraordinario vendrá la decepción, no va de explícito o algo claro, y es que éste terror se mueve en lo mínimo, principalmente en lo discreto o en lo indirecto. Si nos engañamos esperando algo enfático en lugar de poner de nuestra parte no apreciaremos el filme que a su modo es especial, funcionando en el artificio constante del detalle que es indisoluble del conjunto, que es el conjunto.

El maltrato de Gilderoy y de su entorno es como la historia de una crónica de una muerte anunciada, es la alimentación de vivir en un lapso de rareza, la pasividad que lo absorbe todo. Y es cuando le dicen que se abra, en un rato significativo, cuando es demasiado tarde. Lo que sale es la secreta esquizofrenia, estando atrapado en la película.  Dice un personaje que lo que están haciendo se basa en algo verídico, que ha pasado, y que hacen historia, que la perennizan en pantalla, que no es solo un cuento de terror. Qué mejor explicación de lo que es el filme en cuestión. En un cine dentro del cine, en una cámara de espejos.

viernes, 29 de marzo de 2013

La filmografía de Kim Jee-woon

El podio del mejor cine moderno coreano se lo pelea Kim Ki-duk, Park Chan –wook y Hong Sang-soo, como también Lee Chang-dong, con sus dramas sublimes; Bong Joon-ho, con su originalidad; y Kim Jee-woon con el atrevimiento de su abordaje cinematográfico dentro de distintos géneros y combinaciones bajo un estándar de alta calidad. Kim Jee-woon cuenta con siete películas y dos segmentos en colaboraciones grupales.

The Quiet Family (1998)



Su ópera prima es entretenida, de espíritu joven, francamente salvaje, cómica en un humor negro ácido pero fácil de asimilar; la cual le saca la vuelta al terror burlándose y rompiendo todo género (incluso el amor se presta para el juego como en un posible romance que se convierte en un intento de violación que desencadena risa y violencia), llegando a explotar un lado dramático pero siempre irreverente, con lo que se nos entrega el arranque y el descubrimiento de alguien audaz a quien seguir indefectiblemente. The Quiet Family es sobre una familia que tiene un albergue de campamento en las montañas y que tras la desesperación inicial de querer y no tener clientes finalmente los consigue pero implican suicidios y homicidios que deben ocultar perennemente. Cuenta con dos figuras muy importantes del cine coreano, Song Kang-ho y Choi Min-sik que por entonces andaban en el comienzo de sus carreras.

The Foul King (2000)


Su segundo filme no sería tan genial como el anterior pero sigue siendo entretenido. Sobre un tipo atormentado por su jefe que descubre el deporte de la lucha profesional, con la que remonta su cariz de perdedor ganándose la admiración del entorno, como de su padre que lo menosprecia, aspirando con mayor facilidad a una novia y sintiéndose personalmente mejor, en un motivo de vida que visto con gracia se disfruta con una cálida sencilla reflexión. Song Kang-ho yace en su natural simpatía, tontería y soltura. La película no se toma en serio y esa constante extravagancia y espontaneidad de su trama funcionan logrando cautivar sin pretensiones.

Three (2002)



Cuenta con tres segmentos sobre el género de terror. El más flojo aun en un contexto exótico y folclórico bastante atractivo, por culpa de darle un tono de telefilme con escenas sobreactuadas, insípidas y melifluas, es el del tailandés Nonzee Nimibutr. El de Peter Chan es el más ingenioso aunque tenga una que otra falla, como con el atropello, donde a leguas se ve que es un muñeco el cuerpo arrollado, o pensando que mantener un cadáver en buenas condiciones durante mucho tiempo suena imposible, sin embargo asumir desde un inicio un contexto de rapto, desaparición, necrofilia y resurrección paga y mucho el visionado. Nuestro director Kim Jee-woon trabaja sobre una historia bastante conocida que se engrandece con su arte y creatividad dándole un toque críptico, denso y complejo a una marcada ausencia, en que se crea un enigma continuo hasta un final redondo. Estéticamente tiene detalles terroríficos y un tono lúgubre, oscuro (tirando a un cromatismo verdoso/azulado a ratos) aunque manidos que se agregan a un centro como artificios que brindan sobresaltos que yacen bien ejecutados pero son algo arbitrarios (hermosamente macabra la caída de los dedos amputados en el lavabo). Se trata a todas luces de explotar algo pequeño, y el resultado aunque denota la intención artística de sus elementos complementarios, que no la trama en la que quiere confundirnos, está bastante bien.

A Tale of Two Sisters (2003)



Experimentado el género de terror en su participación anterior lo aborda ahora en solitario, con vasta solvencia, con su infaltable y a un grado inefable atrevimiento. Uno que se ajusta a lo psicológico y de una forma complicada, oscura, densa, nuevamente con algunos artificios muy propios del cine asiático y el horror en general que buscan inquietarnos en medio de una trama ardua e intrincada de definir en su argumento y que busca ser ambigua a propósito mostrando mucha inteligencia, y seguro aburriendo a algunos que sientan que se hace difícil entender sus vueltas de tuerca, el esquivar dar respuestas sino más bien buscar lo contrario, desconcertarnos, en un relato que se mueve en el odio de una madrastra hacia una niña que siente entre otros nebulosos sentimientos culpa por la pérdida de una hermana.

Descoloca en buena medida el tiempo de sus partes, no se percibe lineal, y es que es un recurso e intrepidez esencial de la obra, no quiere el director ser en ese sentido claro. Son como las piezas de un rompecabezas que no se limitan en la libertad visual de como contar una trama, rompiendo nuestra lógica de observación. Hay solo datos parciales en una aparente unidad que aun así no llegan a verse desordenados e insalvablemente incompleto como conjunto (yo diría que hay más de una historia posible), que frustra en buena parte, pero provoca resolverlo en la mente, abstraernos en una búsqueda interpretativa. Se juega con lo onírico, con la pesadilla y la “proyección” de asesinato aunque más con el recuerdo y la distorsión mental. La estética aparte de ingeniosa en su trama es sublime, como la escena del saco con el cadáver.

A Bittersweet Life (2005)



Una película en que predomina la adrenalina, la intensidad –los sentimientos que son parte de ello, al más puro estilo del mejor Hamlet- y la acción sin complejos pero aun así en la sabiduría de lo llano. Empieza suave con esa engañosa calma del mundo asiático o que solemos asumir como intrínseca a ellos, un lado clásico que domina nuestra impresión general, como la “falsa” tranquilidad que esconde al poderoso mar. Sin embargo pronto una deslealtad y un rasgo nuevo de humanidad en el trabajo de guardaespaldas y asesino de nuestro protagonista, Sun-woo (Lee Byung-hun, otro ícono del cine coreano), pondrá en movimiento toda la infernal matanza que tejen las mafias y los comercializadores de armas tras un individuo de hierro, un antihéroe silencioso y sumiso desprovisto de personalidad hasta el día en que se enamora y simplemente la belleza de una mujer le infringe piedad, un error que le costará caro en un mundo de fríos gángsters en donde el deber no se cuestiona, solo se obedece, sin pero que valga.

Nuestro personaje pregunta que ha hecho para merecer semejante humillación, menosprecio y sentencia a costa de olvidar todo el gran servicio casi ciego que ha tenido hacia su trabajo y su lugar en éste hasta el punto de levantar envidias, y aunque es en parte cínico y en otro momento se entiende su sorpresa ante la ingratitud despiadada, él sabe que sí es culpable, aunque fue por algo impoluto y platónico, que lo llevó a perdonar la infidelidad de una Elena de Troya en éste moderno drama griego.

A razón de un sentimiento exógeno a una acostumbrada esencia anulada éste ser invisible simplemente cambia de dueño, por él mismo, y pone la máquina de muerte en ejecución. Y con ello tenemos cuatro frentes implacables, en un tres contra uno que no merma un ápice de su intrépida actividad en el ecran, ya que el filme vive para la espectacularidad, desde ese ajuste de cuentas salvaje que trata de poner fin a Sun-woo quien es más peligroso y atómico que cualquier otro sujeto, como se espera y se le atribuye es más duro y temible que el peor de los hombres. El filme vive en el acribillamientos atroz, de un individuo contra el mundo, uno detrás de otro como en una épica de muerte, bajo la grandilocuencia del asesinato, rápido, fácil y directo, sin perturbación ni engolamiento. La historia de un outsider vengador que invoca dignidad haciendo pagar el mal a su enemigo y antiguo jefe, que se cree omnipotente, pero que desconoce la ira de la justicia en la propia ley. La trama es poética y rabiosa a más no poder. Su fuego a sangre fría es como un canto frenético en que nos sumimos en el entretenimiento, es lo básico del instinto que nos acerca y nos confabula con una historia muy simple, y que suma gracias a sus elementos estéticos dulces, sus detalles, en la musa de tantos, del asesino y del padrino, la que le da sentido y motivo al conjunto, como en el momento de la última memoria, del sueño, de creer en la vida paradójicamente ante la muerte.

Una obra de arte en el aspecto más embrionario de nuestra humanidad en medio de nuestra naturaleza violenta. Esa única chispa por la que constantemente creemos que el mundo es mucho mejor de lo que es, y eso en carne viva lo representa nuestro protagonista en toda magnitud, como una radiografía compacta y simbólica de la realidad, en el evocativo, emotivo y duro Lee Byung-hun. Y todo desde la claridad del mejor cine de acción que no se contiene en absoluto ni tergiversa su personalidad, tantas veces menospreciado y que a muchos les parece ya todo conocido. Por más increíble que suene.

El bueno, el malo y el raro (2008)



Un filme que es un homenaje al spaguetti western y en especial a Sergio Leone en un título y subgénero que alude claramente. Tiene bases muy atractivas, en donde yace como contexto Manchuria en la época del  dominio japonés, y eso pone sobre la mesa a chinos, japoneses y coreanos, lo cual enriquece la trama. Los tres personajes principales son jugosos, el bueno es el caza-recompensas (Jung Woo-sung, que ganó un premio por este papel), el malo el asesino a sueldo (Lee Byung-hun) y el raro un ladrón (Song Kang-ho).

La trama mezcla la tendencia de cómo se expresa el cine coreano moderno normalmente, con un toque personal de Kim Jee-woon aunque no es que sea tan creativa la película en realidad para lo que uno puede atribuirle en el papel o lo que podría esperarse, sin embargo es suficientemente entretenida para tenerla en cuenta, que es lo que quiere ser.

Desde el comienzo es notorio que prima una vocación relajada, de tomárselo muy a lo ligero, en asumir como se va a desenvolver toda la historia, que estilo va a recorrer, y no le va a faltar acción ni aventura. Hay buenas luchas, escapes, tiroteos, persecuciones, asaltos a un tren y ansiados enfrentamientos, habiendo tomas mayores al respecto, estados de mucha combatividad y explosividad. Es un filme que lleva bastante comedia, y es que al cine de Corea nunca le falta, pero en esta en particular lo lleva de forma constante y en ello Song Kang-ho cuando se le requiere es un especialista, quien colinda con la simpatía y cualidad de guapo literal y metafórico de su compañero momentáneo, Park Do-won, el bueno, que sin querer pasa a ser bastante inocuo en su alcance formal como personaje fuera de que sea heroico, como que demasiado sano que cae en lo plano. Y tercero está el malo que es el más elaborado del grupo, porque está como quien sobreactúa a propósito, que no se cree la interpretación del todo seriamente, pareciendo un personaje propio del cómic. Lee Byung-hun demuestra sutilmente que puede ser gracioso o jugar con el estándar de su figura. Estamos ante un filme de los buenos para pasar el rato, que era la esencia y voluntad del western mediterráneo, y que Kim Jee- woon asume en emulación, continuidad y vocación de buen anfitrión, no tan gloriosa sea dicho, pero sin duda siendo curiosa.




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Doomsday Book (2012)



Vi algunos fotogramas del filme y me llene de mucha expectativa, pero una vez que lo he visto no ha sido lo que esperaba, sin embargo entendiendo que subyace la libertad creativa, el amor al cine y el juego en las secciones del director Yim Pil-Sung se hace más que aceptable, mientras Kim Jee-woon tiene la mejor participación.

Yim Pil-Sung. Es un nombre interesante a descubrir en el séptimo arte coreano, tiene sus atributos, especialmente en su primer filme Antarctic Journal (2005) que para quien escribe le parece una obra maestra, pero de esas al estilo de A Tale of Two Sisters (2003), de las que podemos no entender buena parte, que resultan a un punto engañosas (en el buen sentido), que imprimen un personal estilo con historias muy libres y hasta arbitrarias tanto que rompen la lógica del entendimiento normal, del ser siempre lógico y querer saberlo todo, que buscan la ambigüedad y se saltan las explicaciones. Juegan con el artificio imprimiendo tensión y atención. En dicho filme siempre subyace la inminencia de algún peligro pero la realidad es que más es la psicología del hombre, de una manera de pensar. El filme recarga muchas ideas y las deja en el aire, hay mucha elipsis. Se trata del transcurrir de una expedición coreana a la Antártida en que la voluntad férrea se distorsionará negativamente. El espíritu conlleva la muerte de la mano de un capitán llamado Choi Do-hyung (Song Kang-ho) que quiere romper una marca.

El segundo filme de Yim Pil-Sung, Hansel and Gretel (2007), es una buena idea, muy poderosa y sugerente, la que te atrapa inmediatamente. Más que todo cuando guarda el misterio, cuando no vemos nada claro aún ni sabemos de qué se trata en realidad, en ello hay tensión y curiosidad, y es al inicio que maneja muy bien sus fichas. Cada extrañeza y acto fantástico alimenta nuestra expectativa y por buen rato no decae aun siendo difícil de sobrellevar el argumento, el no poder salir de la zona sin perder lógica. Y es que en ningún momento quiere tener sentido normal, eso lo notamos una vez que yace palpable que se pretende irreal y que sus personajes ya lo saben. Pero luego peca de demasiado alucinante, se vuelve empalagosa en varios sentidos, su reflexión pesa y fastidia, no conmueve como quiere hacerlo y la resolución que encaramos disuelve y mata la buena predisposición, después se llena de un toque de melodrama vacío que quiere justificarse demasiado mientras los actos fantásticos en toda presencia no llevan la fuerza de lo oculto, de lo sugerido o enigmático, como el de la mujer convertida en muñeca. Y no toda explicación es mala (la del cuento de hadas sobre la vida del protagonista y toda la escena en el jardín es bastante exitosa porque mezcla fantasía y realidad), pero el desenlace es poco ingenioso, autodestructivo, y el filme decae, se hunde. A partir de la puerta en el bosque, otra gran idea desperdiciada, se da mayormente un tropiezo tras otro hasta el final. Aparte presenta cierta arbitrariedad con respecto al título –aunque no sea tan importante- que parece otra promesa incumplida una vez que se halla la casa de colores. Y no es una película desechable porque se agradece parte del metraje pero está bastante lejos de su antecesora.

Doomsday Book. Antología cinematográfica que sigue el patrón del fin del mundo.

El primer segmento se llama “Un mundo feliz”, perteneciente a Yim Pil-Sung. Éste no está mal aunque versa sobre un lugar medio gastado, pero no menos divertido, la epidemia de zombies. El amor y re-encuentro de dos de ellos de los que parte el filme luce como una escena que vale bien toda la propuesta. A su vez como otra en la hermana sentada ocupada en el baño teniendo encima una muerte segura con el zombie empujando la puerta, ensangrentado mientras ella se defiende y a la vez se deja llevar por sus necesidades. Y es ahí que uno refrenda que el autor tiene una valiosa imaginación muy a pesar del alcance conjunto, que se ampara en los detalles, unos más acertados que otros. La trama viene a ser el desarrollo de una transformación que concibe una película sin pena ni gloria, pero lo de los vómitos, lo de la cámara próxima, la erección o el escupitajo están bastante demás, son molestos más que un aporte realmente valioso, aunque aunando que toda la trama se da con bastante soltura y resulta entretenida.

El segundo segmento tiene el rótulo de “Criaturas celestiales” y es de Kim Jee-woon, es el mejor del grupo. Es bastante claro pero no rehuye literalmente algo de filosofía sosteniéndose además de un existencialismo muy seductor, la destrucción del mundo pasa por el nirvana de los “autómatas”. Un robot que parece la reencarnación de Buda dispersa el pánico por la empresa que los construye y quieren destruirlo, pero la comunidad budista pide clemencia por él mientras un técnico descubre mucho de sí a través de éste. Una película que permite muchas lecturas de forma diáfana, que como buen arte es un cántico de reflexión. Es el lado inteligente del autor puesto al servicio del entretenimiento con mensaje. Se deja ver muy bien, es una historia ágil y sencilla y si uno es observador su temática intrínsecamente da para mucho jugo, y es que la elección de un relato también importa y mucho.   

El tercer segmento es de Yim Pil-Sung denominado “Feliz cumpleaños” y aunque uno se lo pasa bastante bien debo confesar que sentí vergüenza ajena contándoselo a un ser querido. Y lo dejo a la libre interpretación. Se trata de una niña que asustada por defraudar a su padre al malograrle una bola de billar solicita un reemplazo en internet y ese mensaje desata que un meteorito vaya a impactar contra la tierra, ¿saben que es? La bola Nro. 8 gigante enviada por extraterrestres. El filme es estoico y afronta toda la payasada con un aire de comedia (las peleas en el noticiero) pero "creyéndolo". La famosa actriz coreana Doona Bae participa en el desenlace. Estamos ante una tontería con algo de gracia, pero nada más. 

El último desafío (2013)




Debo decir a boca de jarro que me gustó este filme y eso que esperaba lo peor. Alguna cantidad considerable de extranjeros se han adaptado a Hollywood y hasta se han quedado en USA pero demasiados también –más yo diría- lo han hecho pésimo. Y no es que tampoco no haya disfrutado con Arnold Schwarzenegger, porque tenemos a Terminator (1984), Depredador (1987), Total Recall (1990) y Terminator 2: el juicio final (1991) que digan lo que digan con imperfecciones o siendo sumamente comerciales son grandes obras del séptimo arte. Total Recall también aun en sus efectos especiales y maquillaje tan primitivos, clásicos de serie B. Pero claro Arnold ya está viejo para hacer de héroe y cada nueva participación de los antiguos ídolos del género son como estados de anacronismo. Sin embargo el filme está consciente de ello que prepara todo para la gran intervención del austriaco nacionalizado americano, que yace en medio de la modernidad que imprime este as del cine coreano actual.

Si notamos, su momento se reduce al desenlace (con algo de presencia breve anterior), a los últimos cuarenta minutos. Después es mostrarnos cuan terrible puede ser este capo del narcotráfico Gabriel Cortez (bien Eduardo Noriega), lo cual juega a favor de este sheriff testarudo que lo espera en la frontera. Él hará lo imposible, y se debe al trabajo de grupo en una atmósfera de ligereza, no yendo con la solemnidad de antaño, tanto que incluso una anciana se deshace de un asesino, y es que la broma, la sencillez y la frescura permiten la acción del otrora Terminator.

Haciendo un descargo habría que pedir que no le den cameos tan feos a Harry Dean Stanton, primero mismo abuelo tierno en un desconcertante basurero en The Avengers (2012) y ahora de campesino obstinado que al no tranzar lo aniquilan salvajemente. Rescato la ocurrencia de poner a pelear a Arnold y a Noriega muy contemporáneos, aunque uno sienta que yacen fuera de su elemento. También la persecución de astucia en el maizal, o las tomas aéreas del veloz auto deportivo en la carretera. Sin embargo hay muchos aspectos que no salen de lo común y no seducen tanto (no se llega a poner toda la magia del cine coreano y con ello el filme se haga especial), como el caso de no ser fácil dominar la comedia absurda y la acción trepidante en un solo personaje sin descreer de su papel como hacen tantas veces los coreanos por lo que no se le exige nada a Arnold (aunque se le explota un lado activo no tan intenso pero decente para el tipo) como debiera ser, sino Johnny Knoxville y Luis Guzmán asumen esa ausencia, relajando directamente el ambiente pero sin que sea nada del otro mundo. Al final estamos ante una película para comer popcorn, abrazar a la pareja y entretenerse sin complicaciones.

martes, 19 de marzo de 2013

La filmografía de Cristian Mungiu

Uno de los cines más atractivos del planeta y al que hay que tener en la mira es el séptimo arte de Rumania, que está pasando por una nueva ola o un auge que provoca entusiasmos. De los creadores más reconocidos yace Cristian Mungiu que con Beyond the hills (Dupa dealuri, 2012), su última película, se alzó con mejor guion y mejores actrices (Cristina Flutur y Cosmina Stratan) en el Festival de Cine de Cannes 2012. Mungiu tiene 4 filmes.

Occidente (2002)


Éste, su debut, fue uno muy auspicioso y exitoso, siendo una comedia con tintes melodramáticos sobre la difícil vida en Rumania, donde algunos personajes esperan huir hacia lo que ellos llaman occidente, Holanda, Italia, Francia, entendiendo que no se consideran como tales, no en el tiempo en que se contextualizan. Gente en condiciones precarias, mujeres sin oportunidad de casarse con alguien con dinero o simples e inocentes huérfanos sueñan con una mejor vida afuera. Algo muy natural en cualquier lugar al que uno sienta vetada la oportunidad de llevar una vida complaciente. Sin embargo a muchos el fin les da por aceptar “sacrificios”, y es cuando entra a tallar nuestro protagonista, Luci, que desprovisto de suerte y sin ningún trabajo decente se le escapan de las manos los amores. No es que no haya querido irse sino que le ha tocado quedarse y perder, arrimado a una vieja tía de la que espera le deje su apartamento cuando muera (el amigo le da azúcar o dulces tratando de acelerar el proceso) y subsistiendo con el disfraz de botella publicitaria (un gag muy manido pero efectivo, directo al punto, y es que es parte de cualquier realidad. Una virtud del filme es su fácil identificación universal). Lo suyo es ser un loser en una tierra sin facilidades. Todo visto desde la ligera crítica, más al pie de la sonrisa, de la cara de tonto pasivo de Luci abocado a aceptar lo que se le viene. Ésta es una buena forma de ver la realidad sin amargarse aunque sufriéndola discretamente en medio de una trama que se divide en tres partes y que en cada una va uniendo cabos, repitiendo algunas partes y agregando hasta consolidar una imagen completa, técnica que implica ángulos tanto cinematográficos como dentro de su historia. Posee la audacia de ser impredecible yendo al cambio de sus desenlaces, sobre las damas, Sorina (Anca-Ioana Androne) y Mihaela (Tania Popa), que remiten al pobre y bonachón Luci. Tiene una buena estética en una alturada comedia a la que no le faltan las simplezas tampoco pero con tino y buena onda, los niños escupiéndose todo el tiempo en la impresión de un salvajismo nacional a rebatir o la muñeca inflable usada como flotador en el cruce hacia otro país. Entre ello no faltan verdades o razonamientos culturales. Hay que decir que no parece la película de un novato, es una muy buena película, muy cuajada y clara, con un toque reflexivo tranquilo.

4 meses, 3 semanas, 2 días (2007)


Como se podía anticipar con su ópera prima Mungiu era un aventajado en el arte y pronto lo demostraría contundentemente. Su segunda película tras su segmento “the turkey girl” (2005) ganaría la palma de oro en Cannes ese mismo año, junto con el fipresci. Éste filme brilla por una trama muy sencilla pero desplegada con notoria y envidiable habilidad. La estética, la estructura, el tiempo y el desarrollo todo confabulan y nos van mostrando desde la cotidianidad de sus protagonistas la Rumania del dictador Nicolae Ceausescu y su gobierno comunista, recordando que ejerció el poder durante más de 20 años y que marcó a su país, a muchos rumanos. El tema es sobre una chiquilla universitaria, Gavita, que desea practicarse un aborto. Con la ayuda de su mejor amiga, Otilia (Anamaria Marinca), lo llevan a cabo con el riesgo que implica al ser ilegal en las condiciones que enlazan el contexto histórico y práctico. El filme gira completamente sobre ello y se ampara principalmente en sus dos actrices, mucho más en Marinca que es el ente activo/fuerte del asunto con una Gavita temerosa y débil. El cariño, la lealtad de Otilia no tiene precio, se las juega absolutamente por ella. Es una gran persona que se pone a discusión implícitamente en la mesa de la familia de su novio; todo desde lo sugerente ya que el tema central plantea más la observación y a un grado razonable la neutralidad. No hay nada que te esté tratando de decir flagrantemente. Sin embargo deja un panorama muy rico en diálogo, que propone un escenario complejo y desprovisto de sentimentalismos o posiciones dogmáticas de cualquier índole. Al final uno sacará sus conclusiones. El filme opta por una sensibilidad estable, espontánea y más discreta. Un nombre afectivo como Gavita, las acciones valientes, el soporte y no las palabras, todo ello nos hace pensar en generosidad y preocupación, atributos de lo que implica amar o apreciar a alguien más que cualquier forma superficial. El tema es polémico pero la ejecución en la dirección es limpia, impecable, una lección de cine de pies a cabeza. Uno vive la tensión del ambiente a cada segundo. Te atrapa y luego te abstraes indiscutiblemente con la historia.

Historias de la edad de oro (2009) 


Ésta es una película ómnibus que Mungiu dirigió junto con 4 compatriotas. Ésta vez involucra sus dos precedentes, la comedia y la historia. El filme gira alrededor de seis leyendas “urbanas” rumanas (los guiones son todos de Mungiu) en la etapa llamada en derredor del gobierno de Ceausescu, como éste influye en la vida de sus habitantes. Es todo lo que conlleva el comunismo y la figura del líder en cuestión. Todas siempre ligeras, sencillas pero desarrollando pensamientos, mientras yacen cargadas algunas de drama y de ironía dependiendo cual. La más reveladora en nuestra composición humana es la del camionero que transporta pollos, que tiene mucha inteligencia en su diafanidad. La de los fotógrafos es hasta cuan ridículo –en lo que confabula el miedo- puede llegar a ser la manipulación y la ostentación del poder absoluto. La de la visita del representante público en la comunidad que agasaja al “emperador” es bastante risible, cómo aprovechan algunos debajo de las filas de una ideología. Nuevamente induce la conveniencia o el temor, el no quedar otra que acatar y ser hasta diligente. Su final es el mejor de todo el filme, que aunque puede ser cantado es perfecto. Hay que agarrar la metáfora y que bella fotografía en dicha alusión. No falta la inocente comicidad, se juntan sutilmente tragedia y sonrisas. La leyenda del policía tacaño se intuye enseguida aunque no en el instante exacto y es de risa bastante fácil; igual se asume como complementario a la esencia general y es que hay una buena paradoja, ¿no se trata el comunismo de compartir? Luego está la del profesor que cree tiene una misión dentro de la ideología comunista y es que huele a frustración desde el inicio. La tontería intensifica la crítica. Está bastante comprensible en alguna simbología, en la de los regalos en lugar de alfabetización. Por último la leyenda de los vendedores de aire que es la que abre el conjunto. Muy jugosa si cogemos el punto, entre el romance y la necesidad económica que hay que decir que es algo muy propio de toda sociedad en sus desigualdades y materialismos, solo que aquí la mayoría es pobre y debe ingeniárselas aun a costa de ir a la cárcel. En ella sobrevuela la sombra del filme Occidente como en la historia del conductor y los pollos.

Más allá de las colinas (2012)


Éste filme, como antecede, es muy comprensible; juega sobre una premisa y una lucha muy común y no menos atractiva, la religión y la vida laica enfrentadas en lo correcto o en lo mejor para nosotros, Dios en lugar del pecado del lesbianismo, que se puede desprender en la realización o inclinación sexual de una vida moderna sin espiritualidad, a un dogma algo arcaico. Sin embargo la protagonista que se asume en su esencia carnal y en su enamoramiento llega hasta la obsesión, la locura, es decir la creencia que suele rebatir clásicamente el derecho a la homosexualidad, a partir del rechazo, de la ausencia del objeto amado, de la falta de concretar sus afectos, habiendo una proximidad hacia esa postura y una cierta tergiversación o excepcionalidad de la esencia de la pasión gay, que no es muy común en el concepto general o que se moviliza dentro de un excesivo romanticismo. Como siempre éste cine yace en estado de sutilidad, aunque podemos inclinarnos a ver una parte de barbarie mística. Se capta una postura aun concediendo o siendo algo (poco en realidad) indulgente el director con la iglesia ortodoxa rumana en sus buenas intenciones, sus donaciones, su asilo o su amable convivencia que termina rota por la injerencia de un outsider, cuando alguien pone en tela de juicio lo que ellos viven.

Otra característica que rehúye audazmente la figura de lugar común aun abordando un tema muy conocido es que a lo ojos ajenos está velada la atracción de Alina (Cristina Flutur, de ahora en adelante se espera sea un referente del cine rumano) y la fuerza de las convicciones de Voichita (Cosmina Stratan, el otro referente gracias a Cannes) que quiere creer, cree, escucha, repite y admira al sacerdote. Eso lo apreciamos y se hace un juego único para el espectador, es como quería Hitchcock, que uno vea y entienda más allá de los personajes y disfrute de una compenetración mayor, ponerse en el lugar de los principales actores, convertirse en sus cómplices o refutar sus ideas, lo cual implica a  su vez complejidad, ya que nadie se salva de caer en el exceso. Ésta es otra hábil creación que supura vacíos interiores (la intrínseca soledad, pensando que nacemos solos, morimos solos, pero vivimos buscando algún tipo de compañía; y la inclemencia del mundo que nos induce a buscar cobijo, sea en la religión o en el amor); así también participamos de un toque existencial que nos hace dependientes de otros, siendo ingenioso poner al amor como ente de destrucción, lo cual es patear toda idea preconcebida o menos buscada en nuestra imaginación. 

El presente filme refuta esa definición en parte absurda de que todo yace escrito, que todo ya está hecho, y no, vemos que se enaltece la aun todavía viva libertad y la creatividad en el filme de Mungiu y como él “tantos” otros que también ostentan alguna obra maestra, porque ésta lo es en una transparencia que articula muchas ideas partiendo de un inteligente y claro panorama, sin la necesidad de simbolismos como creía Tarkovsky. Tiene una honestidad y sencillez digna de elogio aun componiendo sobre un orden eclesiástico que se le representa para no confiar en este (y se dice de boca directa en el personaje de una doctora), que ante todo rescato debe ser discutible, y es que tenemos que verlo como una reforma, como un medio de elucubración y reflexión, no algo inamovible ni definitivo ni ninguna muerte sino paradójicamente como en el desenlace en el vehículo de la policía ¿y ahora qué viene?, ¿dónde está la culpa?, la vida continua y seguiremos solos. Tenemos una historia, una dramatización y una específica contextualización, pero de ahí hay que dialogar con las imágenes y sacar propias conclusiones. Se nos dice que uno es quien decide, pensando que la pasividad no ayuda ni tampoco apasionarse o embrutecerse de ninguna forma; se debe buscar el equilibrio, no hay a fin de cuentas unanimidad en el camino. Más allá de las colinas, dice el título, del original Dupa dealuri, es decidir salir de ese cuadrante (como con el tipo que pregunta a Voichita por un lugar y ella refrenda el rótulo), ver lo que se oculta, crecer, enfrentar al mundo, dejar de ser tan básicos y sobre todo congeniar con nuestra libertad.

domingo, 17 de marzo de 2013

Alita, ángel de combate

Hay animes muy populares y excelentes a los que les guardo mucho cariño. Estos son Los Caballeros del Zodiaco, Super Agente Cobra, Astroboy, Super campeones, Mazinger Z, Meteoro, Robotech, Los gatos samurái y Lady Oscar. Pero a su vez recuerdo mucho el primer anime de "cine" que pude ver (en realidad es un OVA, un vídeo destinado a la casa), Alita, ángel de combate, o Gunnm (1993) en el original, dirigida por Hiroshi Fukutomi. Lo vi en 1996, el último año de colegio, por un compañero de clases que era fanático del anime. Lo vi y fue amor a primera vista, me encantó, aunque yo era todo un neófito en el asunto, sin embargo no incidí en querer conocer más animes, si llegaron fue de manera natural, por la tv. Lo dejé como una efervescente sensación aislada y personal, digamos que especial. No empecé a buscar animes hasta más de una década después. Esto se debe a sus atributos propios, sino no sería lo mismo. Lo acabo de ver nuevamente. La sensación sigue intacta, me ha vuelto a fascinar, aunque seguro de otra manera.

Se trata de un filme de tan solo 52 minutos, basado en el manga de Yukito Kishiro, refutando todo aire arcaico en una apuesta impecable. Tiene una estética de un cromatismo colorido, a veces de morados o azulados y otros más mesurados con blancos y grises, es decir que el color es una fuente de plasticidad y vida en la propuesta, aunque se perciban algunos ratos opacos. Hay que acotar que aunque hay sangre (el descuartizamiento del perro es atroz), desnudos en escenas sexuales y explosiones lleva en lo visual un aire calmo aunque aún así atrevido por su propia naturaleza y menos exhibicionista para lo que se suele ver actualmente, lo que le proporciona un poco de toque clásico, sin que llegue a desplazar su vanguardia, lujuria o salvajismo, obteniendo personalidad e identidad. Para la época es bastante irreverente, qué duda cabe, si bien el dibujo japonés no se hace demasiados problemas con el realismo y la hipérbole. Sin embargo recalco que se presenta con justificación (sea en la mujer capaz de todo por su sueño o el asesino demostrando su inclemencia y amenaza), aunque resulta implacable, no teme ser crudo, como con los órganos en la promesa.

Lo que le sobra al filme es personalidad, formada desde sus propios cimientos a través del uso de las mejores características que reinan en el anime, explotar un lugar común para hacer algo nuevo y original. Fluye, y es que en menos de una hora tenemos una trama llena de vaivenes y dramas. Posee una trama solvente llena de sustancia, alrededor del sueño de ir a un satélite o ciudad unida a la tierra por cables -a Zalem- en donde viven los privilegiados y los indispensables, mientras el planeta está contaminado y sirve de vertedero de basura o suministra lo que necesitan los de arriba.

Este relato cyberpunk y en un mundo post-apocalíptico empieza raudo, cae de lleno en el descubrimiento de un cyborg, en manos del Doctor Daisuke Ido, el más destacado reparador electrónico de la tierra, que pone su sensibilidad, convicción y sus valores en éste organismo y máquina, le da nombre y la cría como un padre. Sin embargo en el camino se descubren novedades, el cuerpo menudo de esa bella niña esconde a una guerrera y asesina, lo que ella pronto adoptará, en el segundo -y secreto- trabajo de Ido.

La trama proporciona además una simpática y melancólica historia de amor (o mejor dicho dos, pero una es muy sórdida), lo que le da esa amplitud y cuasi perfección a este relato, potente desde una estructura fuerte y un desarrollo con un despliegue de acción que entretiene mucho. Las acrobacias de Alita le dan rasgos de autenticidad y presencia, incrementa el efecto de la destrucción que provoca. Conjuga muy bien apariencia y acción (violencia y dulzura), dualidad que la hace ver audaz, un ente particular que amparado en la ciencia ficción obtiene un papel contundente en el quiebre de su físico gracias a que es en buena cantidad mecánica, mientras el ingenio de su construcción original repercute, lo cual obra diciéndonos que ha debido provenir de un gran propósito, junto con un combate trascendental que la lleva al vertedero (léase la oportunidad futura de ver un gran capítulo). El misterio de quien es realmente le da a su vez esa capa de absoluta libertad que podemos ver en su forma de combatir, que se entiende en la base de algún programa y que oculta una gran curiosidad, la cual se suele revelar en el cine, pero aquí es una elipsis importante que termina insólitamente aportando (funcionando) pero dejando muchas conjeturas y una cierta aura de vacío pendiente por revertir. Alita sufre de amnesia, que en una frase se entiende que es por el bien de olvidar sucesos demasiado dolorosos, y es que quien lo dice lo lleva fijo en sí, otra de las pequeñas sub-tramas muy bien coladas en el conjunto. Esta ausencia tampoco tiene de demasiado desconcierto porque el filme no se ampara en reglas convencionales sino juega con la creatividad, lo improbable y lo excesivo.

El filme suele buscar ser completo, los cabos los maneja bastante bien y los une aportando en el momento indicado, exceptuando el background de Alita, la que deja saber que ante cada reto -el aniquilamiento de cyborgs crueles, de asesinos bárbaros- se posa su espíritu y entusiasmo. Y nos trasmite este fondo sin obviar que el verdadero atractivo de la propuesta proviene de los contornos de cómo llega a esa situación.

jueves, 14 de marzo de 2013

Después de Lucía


Uno de los directores que con tan solo 2 películas ha cimentado una buena reputación es quien nos compete, el director mexicano Michel Franco, el que ha sabido sacarle mucha virtud a su protagonista, a la actriz novel Tessa Ia, una chiquilla muy guapa y decentemente natural, junto con el que hace de su padre, el actor Hernán Mendoza, y el resto de niños que torturan a Lucía.

El filme se centra en el bullying, un tema que no debe pasar desapercibido –especialmente para las autoridades y los padres, con la ayuda del entorno directo, los adolescentes o niños- ya que siempre está presente en el colegio y puede significar la destrucción de la psicología de un ser humano. La humillación, el menosprecio y el deterioro emocional están en juego, hasta la agresión y la proclividad hacia el homicidio o el suicidio, un sufrimiento innecesario que nace de la naturaleza pervertida de la dominación del más débil. En el filme es a causa de perderle el respeto a la niña en cuestión, tachada de puta en una doble moral, además de producto de intereses personales (el desearla o el sentir celos de ella), a razón de los que se aferran a la coerción del grupo, que produce la fuerza en acción en una justificación engañosa y vacía que conlleva sentir que el blanco escogido lo merece o no tiene derecho a defenderse.

Expuesto el tema, estamos ante una argumentación reflexiva en toda realidad. Que no queramos verla o disminuyamos su repercusión es otro asunto. En el filme se llega a límites escalofriantes. No es uno sino todo el salón y ex -grupo de amigos los que ejecutan el abuso. El desarrollo empieza con la tranquila contextualización de quien es Lucía y su padre, de donde vienen, quienes son, cuáles son sus personalidades y sufrimientos (esa debilidad infunde atrevimiento en la jovencita, aunque sólo momentáneamente). Se hace énfasis en que están bastante unidos y aunque sea él muy moderno (permisivo) representa su responsabilidad velar por la chiquilla, aparte del cariño y los sentimientos que llegan a esconderle la verdad del martirio mientras éste mentalmente está en otra parte, dos razones exigentes –pena y vergüenza principalmente- que se ciñen a la indispensable distancia en la trama. El daño psicológico es algo perpetuo en el padre y en la hija, la pasividad engendra diferentes resonancias, en distintos ratos, recordando que existe más de una tragedia en la película.

La víctima no es ninguna boba ni alguien superficial, que tampoco es ninguna excusa. Nada lo es para el maltrato y no trato de pretender que un chiquillo sea un santo, pero lo que vemos es inaudito y con una frialdad implacable, que no se puede ser indiferente. Conociendo a Lucía, su sensibilidad, coherencia, normalidad e inteligencia se nos dibujan las circunstancias mucho más especiales aún. El eje se convierte en uno mayor. Ella comete errores (recordemos su edad), por la proclividad de la juventud a las drogas, el alcohol y un despertar sexual cada vez más agresivo en esta etapa. Pero su proceder no sale de ningún orden general y lo podemos constatar más adelante en el filme, ya que sus compañeras hacen lo mismo y a vista de todos.

El filme en un inicio va muy lento, hace que aguardemos bastante por el enmadejado y la esencia de la propuesta, hasta la gran explosión, y eso lo hace más hondo, le otorga individuos a su historia. Gana muchos puntos si tenemos paciencia, si nos comprometemos, y realmente no es difícil porque la cotidianidad lleva personalidad, ya lleva drama; y para cuando llega el conflicto central todo surge muy natural. Se juntan cuatro estallidos de un meollo (los papelitos, los chicos obscenos en el pasadizo, los muchachos en el baño yendo al acto violento sexual, las chicas y el vestido transparente en la consolidación de la soledad). Cobran importancia los detalles y hace del motivo algo potente desde ese ambiente calmado que es parte del conjunto. Luego ya está hecho el precedente, cada quien ha tomado participación, el estado es crítico, fluye y se afianza la idea, el resto llega sin más. Toma volumen y lo creemos. Aceptamos el descontrol y el notorio exceso. Pero llevando en el devenir la mesura y consistencia necesaria para no desvirtuar el poder compararla con la vida misma, aun siendo algo a todas luces muy trágico, rotundo y demasiado grave, para más tarde finalizar volviendo a su característica de cuento, sin desmentir lo anterior ni mucho menos perder su reflexión. Sólo que asume un estado de creatividad cinematográfica, de ejemplo y representación artística en la ficción, y hay que decir que lo hace bastante bien. Seguimos creyendo en la trama, aun cuando se suma algo “espectacular”, que se debe al manejo del específico aglutinamiento (el ensañamiento indolente) y a un acto excepcional expresado con suma sencillez, aunque queda la elipsis de ¿qué viene después?, y esa ya es otra historia. 

domingo, 10 de marzo de 2013

Yaaba y Tilai

El cine netamente africano –con perdón de las producciones europeas en el continente negro, ayuda que nunca esta demás y no falta, o cierta predominancia de Sudáfrica- no suele conocerse, es casi invisible, salvo para la gente que se esfuerza en buscarlo o por medio de lo poco que llega a descubrirse gracias a la luz de algunos festivales internacionales (el último que se pudo ver fue del egipcio Yousry Nasrallah, After the battle, en Cannes 2012), siendo un séptimo arte poco difundido pero que como todos tiene mucho para aportar. Viendo el que tenemos presente, el cine de Idrissa Ouedraogo, uno de los más famosos directores de África, nacido en Burkina Faso, uno puede decir que su obra tiene carisma, identidad, historias propias, interesantes dramas, y, por supuesto, profundidad.

No voy a mentir tampoco y decir que el cine que tenemos entre manos es de suma complejidad o posee las actuaciones más verídicas, justamente no es así, son relatos bastante sencillos y los actores ostentan muchos defectos. Sin embargo estamos ante una idiosincrasia muy definida y propia, antropológica y culturalmente atractiva, especial y bastante digna de llevarse a la gran pantalla y poder conocerla y alimentar al espectador con un arte particular que a la vez remite a nuestra innegable e ineludible universalidad, y es que toda arte la busca, la procesa, la exhibe y la analiza. En ambos filmes tratados vemos la esencia primigenia de nuestra humanidad, nuestro acercamiento con la naturaleza y el lado primario de poder vernos reflejados. Destila inocencia, transparencia en una forma clara y directa, y como en toda nuestra estructura humana no le faltan estados de conflicto, despertando la instintiva crueldad, como también no se exime naturalmente del amor. En esas coordenadas se mueven los pobladores africanos bajo su territorio, sus costumbres y su diario vivir. Estamos ante una aclimatación total, fiel a lo que se puede denotar la existencia rural africana, las casas de esteras o adobe, los burros como transporte, la artesanía de uso personal, el tejer con métodos oriundos al país, los curanderos y las creencias supersticiosas, los torsos femeninos descubiertos, la precariedad, los pies descalzos, usualmente en túnicas o a veces en simples calzoncillos, el baile autóctono bajo el toque de la flauta, o los enormes cantaros de barro llevados sobre las cabezas. Se mueven en un terreno árido y con escasa vegetación, bañándose en ríos. Todo encantadoramente típico sin explotar ninguna artificialidad o efectismo de cara a la cámara. No se trata más que de reflejar la realidad, lo muy propio de un pueblito tradicional perdido en el tiempo (Yaaba es de 1989 y Tilai de 1990), lejos de las necesidades de la modernidad tecnológica y urbana de las grandes capitales, un canto de simplicidad en la felicidad de su idiosincrasia y su cosmovisión aborigen; claro, con su personal problemática (la anciana marginada y tildada de bruja en Yaaba o el padre casado con la prometida de su hijo en Tilai), por lo que ostentan sus pasiones, predominando el sexo (aunque no hay nada explicito ni por asomo, todo muy limpio y extremadamente sano en pantalla), el amor, los celos, la infidelidad, el alcoholismo, la violencia, las venganzas, el honor mancillado, un sinfín de motivos compartidos por todo ser humano en el planeta.  

Yaaba y Tilai no es que quieran mostrar el espacio envuelto en ignorancia, sino son propuestas desde dentro hay que recalcar y eso las provee de una autenticidad envidiable aun dentro de alcances discretos; es más bien adaptarse al contexto de su sencillez interpretativa y de pretensión acerca del mundo y sus extraños designios, como la enfermedad. También influye viendo Tilai (La ley), y al notar lo que el título define, las reglas tradicionales que derivan en acontecimientos negativos tales como el fratricidio o el suicidio a razón del honor perdido, en un contexto que permite la poligamia o el forzar el casamiento por medio de los padres. De ello que Saga (Rasmane Ouedraogo) decida robar y huir con Nogma, enfureciendo al padre de él y esposo de ella, con la consabida venganza y confabulación del pueblo, ya que las represalias ante la falta hacia un integrante de la comunidad se dan en colectividad. Hay un sentido de reunirse y ejercer el castigo en forma grupal, hasta el punto de permitir el ajusticiamiento o en el caso de Yaba el exilio.

Yaaba (Abuela) es como llama el pequeño Bila (Noufou Ouédraogo) de diez años de edad a una anciana de nombre Sana, una mujer que es repudiada por el pueblo al ser tildada de bruja, por justificaciones de su nacimiento y su temprana orfandad. En ésta película, una niña, Nopoko (Roukietou Barry), cae presa del tétano, por un corte en una pelea, pendiendo su vida de un hilo. Éste suceso se ve desde la superstición de su gente que cree es un maleficio. Sin embargo tras la comprensión del travieso y alegre chiquillo que termina en la consiguiente unión con Yaaba, pronto la cura llegara de quien menos se cree. Pero no antes de haber actos enajenados contra la indefensa y pacifica mujer. Como se ve en la película,  resumir la trama es muy fácil, todo fluye con solidez y en la llaneza más flagrante, pero yacen ambas propuestas bajo la sensación de estar muy despiertas, con una amplia carga de simpatía de la que se revisten de pies a cabeza. Se capta en esas actuaciones, aunque con diálogos apresurados, escupidos o declamados como quien cree que solo basta decirlo, mucha alegría detrás de sus roles. Las sonrisas y bromas naif llegan a punto. Hay una buena distribución del drama y del optimismo, está a partes iguales, aun sin apostar necesariamente por el final feliz.

Tilai y Yaaba difunden su geografía en estado puro, su forma de existir a flor de piel con miles de detalles y presencias que nos dan rasgos de su africanidad (de una parte, como la tienen todos los países en zonas primigenias o de campo, desde su cultura), su cotidianidad más desnuda y sin ningún complejo, orgullosas de su entorno, de su quehacer y discurrir normal, con una honestidad y tranquilidad que el neorrealismo italiano tendría que admirar. Ambas poseen pequeñas sub-tramas independientes. Saga, celoso de un errante hombre subido en un burro cree ver algún enamoramiento de su pareja. Esto pasaría desapercibido y hasta se vería mal resuelto – de manera rauda y tal como llega superficial- sino fuera que en Yaaba, un año atrás, se exhibe una infidelidad con notorias semejanzas, y valga la acotación el personaje engañado lo interpreta el mismo actor, Rasmane Ouedraogo, que en su papel de Noaga sufre de impotencia por alcohólico teniendo a su esposa descontenta, la que siente tiene una razón para dejarlo y lo grita a los cuatro vientos bajo el apoyo de las féminas de su entorno. El filme lo deja claro en su mensaje, incluso por boca de algunos personajes que lo dicen con toda convicción. Eso remite a la importancia del sexo en éste ambiente, no muy distinto a otros más próximos. Hay comedia al respecto, en sí ésta subyace muy ligera en las dos, sutilmente, siempre rozando la ñoñez o, siendo indulgentes, lo buena onda.

No podemos subestimar el cine de Idrissa Ouedraogo, no sólo porque Yaaba obtuvo el fipresci y la especial mención del premio ecuménico del jurado en el Festival de Cine de Cannes de 1989, mientras Tilai ganó el Grand Prize of the Jury en el mismo festival en 1990, o porque son dos de los mayores referentes de Burkina Faso y del séptimo arte africano, sino porque su frescura, sencillez argumental y robusta gracia suman –se pliegan- a un escenario único, distinto, que nos permite observarnos. Esencialmente estamos inmersos, en una geografía y costumbre no tanto exótica –aunque algo leve en realidad tiene de eso- sino con una personalidad detrás que apreciar, que no nos será indiferente, ni vacía o repetitiva si bien es lo más sencilla a fin de cuentas, tal que nos llega en la forma de Ouedraogo, que nos acostumbra a la identidad de su gente, de sus actores y representantes naturalistas, creíbles aun en sus carencias. Es un metraje donde al rato de que nos comprometa como espectadores (pasará, ténganlo por seguro) uno ya ni nota la rapidez de las voces, alguna involuntaria sonrisa en medio de un parlamento serio, una mirada perdida al despedirse o uno que otro grito con atisbo de falsedad, sino la luz de la cara de la talentosa niña Roukietou Barry jugando a las apuestas con el protagonismo de Bila, los reproches de ésta hacia Nogma (ensoñada en un aluvión de absoluto romanticismo), la lograda escena del sudor de la muerte en Yaaba, el cariño que articula en su rol Noufou Ouédraogo hacia su abuela ficticia y su mejor amiga (actores de pocas películas), y toda la maravillosa espontaneidad de la que exuda la comunidad entera en ambos filmes, aun recriminándoles algo de su performance.