martes, 16 de julio de 2013

El espejo

Al mismo estilo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, desde su propia experiencia, personalidad y un arte distinto, Andrei Tarkovsky hace cine innovador que se convierte en un parámetro general a emular, asentado en bases netamente cinematográficas que nacen de uno mismo, usando su propia biografía y memorias para construir algo creativo, sustancial y universal; una historia que pueda pensar cada espectador y la haga suya desde su interiorización producto de la empatía emocional hacia la madre, la esposa, la vida y la niñez de "Tarkovsky" pero que crece y se independiza en pantalla. Ésta vez no es una premisa que siga como principal razón artística. Como expresa el famoso director ruso en el documental Tempo di viaggio (1983) que comparte con el guionista Tonino Guerra, cree siempre en trabajar partiendo de la esencia del autor, como hace la poesía, la música o la pintura, es decir de lo que nos hace únicos, ya que cada hombre es un ser irrepetible aun compartiendo nuestra humanidad. En ésta película de forma práctica crea en base a su intimidad familiar y a lo que tilda –no equivocadamente por lo que solemos creer- del mejor estado de nuestras vidas, el de nuestra infancia, cuando parafraseando al narrador, a un hombre enfermo y divorciado de unos 40 años de edad, podíamos hacer cualquier sueño y meta realidad.  

Ésta producción enseguida contrajo el rechazo de varios colaboradores que reprobaban que Tarkovsky hiciera la película en base a pasajes de su propia vida encontrándolo contrario a la idea del cine que se debía hacer en su nación, en cuanto al arte ruso en sí, algo que no era reciente tampoco ya que para Tarkovsky desde La infancia de Ivan (1962) fue un reto vencer las limitaciones y ordenes de los estatutos absolutos de su país, queriendo contar sus historias de un modo diferente, lo que propuso desde su primer largometraje, la que fue una película estética, psicológica, onírica, diáfana pero con ratos de terrible tortura existencial (en lo real en el filme), con una notable profundización de la tristeza y lo humanista, sutilmente autocrítica y anulada en parte importante en cuanto a los dogmatismos buscados y exaltados en el cine de esa antigua Rusia. Y que en Tarkovsky a partir de El Espejo (1975) se volvía un arte bastante complicado, con una personalidad que marcaba la pauta en el mundo, como suele pasar que el genio aparece en el lugar menos esperado, no conteniendo leyes y siendo auténticamente revolucionario, sumando la negativa de las autoridades fiscalizadoras del gobierno comunista en cuanto a la aprobación del guion producto de hallarlo demasiado complejo –algo que va aún mucho más allá de lo que ya conocían de este intelecto ruso, con una maestría que en su país sucede a Sergei M. Eisenstein posicionándose más todavía dentro de los grandes del séptimo arte- y alejado de lo que estimaba el pueblo según las perspectivas gubernamentales. Sin embargo, pronto se reemplazaron las oposiciones y llegó la venia de una nueva representación dirigente del Goskino, siglas abreviadas del Comité Estatal para la Cinematografía de la URSS.

Éste filme puede hacer sentir a muchos inútiles, y es que no podemos ir de fáciles y sencillos con esta realización, porque así no vas a captar ésta propuesta, lo que pasó mucho en Rusia tras su estreno y que por poco provoca el retiro de Tarkosvky frente a tan grave incomprensión y ataque de colegas y compatriotas, pero que en contraste gracias a una cuantiosa suma de cartas alentadoras y admirativas a favor de El espejo y su filmografía decide continuar creyendo en sí mismo y en su propia arte, que a su modo tenía mucho de nacionalismo, como en la intervención en esta película de un viaje a España donde en diferencia un personaje no puede sentirse, ella y su familia, más rusa. Uno puede quedar mayormente fuera de la obra, como con esa propuesta casi impenetrable (y es hacia lo peor) llamada Inland Empire (2006), el último largometraje de David Lynch, aunque con obvias diferencias, teniendo mucho más arriba a Tarkovsky, ya que para la mayoría el filme de Lynch es un bodrio absurdo, inconexo y onanista, mientras El Espejo es unánimemente considerada una obra maestra. No obstante, uno puede otorgarle más de una oportunidad a Inland Empire, ya que el director de Carretera Perdida (1997) es otro genio a tener muy en cuenta, un autor de cabo a rabo muy fiel a su “locura” y originalidad, un outsider de pedigrí, un tótem y cabecilla del más sincero cine independiente, y ahí queda de tarea la amplia red y tentáculos de su intrincada y críptica trama, sus tres horas de duración, sus miles de vueltas de tuerca, sus desasosegantes conejos fríamente satíricos, su mordaz e inteligente ataque a Hollywood, su juego de espejos y su doble cara, su ambigüedad, decadencia, y sus metáforas surrealistas sobre la pobreza existencial. 

El espejo va a tender a ser más la experiencia de un estado poético y sensorial, un arropamiento emotivo, como en incontables casos muchos tienden a conformarse, y a lo que confieso no suelo ser muy afín, no me quedo contento, pero tomemos en cuenta que a Tarkovsky le satisfacía más que el espectador cogiera el aspecto sensible e íntimo de sus películas y de ésta historia en especial, que es donde está la trascendencia, y en realidad en toda su arte, ante todo sentir con ella, ya que amaba finalmente la sencillez aun no siendo sencillo, ya que lo hacia dentro del cine visceral y de creación. Pero me suena bastante más genial ser participes de cierta introspección.

La película comienza con un joven tartamudo que se libera de sus limitaciones mediante una especie de curandera, no parece una psicóloga o una terapeuta por la metodología que usa, y uno puede interpretarlo de varias formas, aparte de asumirlo como algún referente del pasado biográfico de Tarkovsky. Se percibe como una metáfora, como si el cine de Andrei fuera la cura a las deficiencias de interpretación de cómo hacer cine. Hay un halo de magia en lo que veremos. Otra idea que subyace cuando se le dice al joven desde hoy hablarás fuerte y claro es que puede ser asumido como un llamado de atención discreto dentro del socialismo castrador, a una especie de voluntad de derecho y libertad.

El filme consta de fragmentos de la memoria de Tarkovsky que están interrelacionados muy suavemente, no están hechos para ser una historia redonda –que es perfecta en otra medida, siendo diferente- ni se les quiere desprender totalmente de su individualidad, de su fuerte impresión, y por ende uno puede encontrar arduo unir las piezas en un conjunto, no es una trama al uso. La vocación narrativa no es lineal ni totalizante sino es como meternos en una cabeza y verlo tal cual la mente lo hace y guarda los pensamientos, los acontecimientos, las imágenes, de una forma más difícil de definir, más libre, gaseoso, menos parejo, entremezclando tiempos (y si se quiere comprender grupalmente se debe ver de forma atemporal). Se tiñe de distintos matices como con los colores, el blanco y negro (la parte documental, la mención política o bélica) o el sepia; se combina lo real, lo onírico y lo ideal, y se pasa por estados de ánimo, reinterpretaciones psicológicas y sentimientos que son los que nos cuenta la trama.

El ave que rompe la ventana y escapa puede simbolizar el haber crecido o el dejar ir algo interno (la enfermedad junto con los recuerdos). La madre que es vital para Tarkovsky ama y se sacrifica siempre, ignora a ese médico que hace de pretendiente (en su actor admirado y fetiche Anatoliy Solonitsyn), espera al marido que es como un fantasma y lo añora (Oleg Yankovski); el poema leído en su melancolía es el amor hacia éste que llega a través de Andrei en una devoción tripartita (la hermana queda fuera del paisaje en un aura neutral, decorativa). El hijo interpreta el sentimiento de afecto con el cabello lavado en cascada o agarrándole la mano mientras duerme y flota, él es el ente devolviéndole el cariño de pareja que le falta o le ha faltado, al menos en su consciencia, lo que puede ser como un arreglo posterior, por eso se disculpa en el teléfono si ha sido desagradecido, pero también nota que ella ha sido dura y ha tenido defectos que reprochar como cuando la vemos en su trabajo de prensa –tras correr ralentizada en una toma de grave estética- en donde se le recrimina cierta soberbia y ceguera.

El hijo dice sentir un deja vu en cierto momento y habla de la unanimidad del sentir como lo haría cualquiera con el filme (el espejo va además –y necesariamente- hacia nosotros), pero también son planos que se confunden y esto es constante; se entromete en su introspección rememorativa el presente en su estado último, de moribundo, en donde se da el acto con la mujer que pide le lean un texto de Aleksandr Pushkin y surge el anhelo de que desaparezca la velada y casi inexistente actualidad del narrador, y ese es un sentido de porque vuelve atrás, con su madre y su niñez, con lo que le ha impactado y atesora, como el fuego en el campo y el que él mismo propicia luego como una revelación (mientras en las manos parece el fuego el amor más puro e intenso, breve en los hechos pero eterno en la memoria del tiempo), o cuando llama a su progenitora en la cabaña. ¿Qué vas a hacer entonces? le pregunta la esposa viendo la imposibilidad del narrador de regresar a la infancia, pero ella está olvidando el plano de la imaginación aunque él sabe que solo le queda el hoy y por eso es como una despedida, en un filme que tiene mucho de triste, valga la obviedad, como en ese desenlace en que se pierden la madre e hijos en ese bosque como quien termina una declamación poética, una aceptación y conclusión, el de la muerte. Todo ha servido para paliar el dolor y ausencia del presente.

Destacan los juegos de espejos que son muy claros, entre la ex esposa y la madre de Aleksei, Natalya y Maroussia respectivamente. Ambas interpretadas por Margarita Terekhova, hermosa actriz que es ama y señora de este retrato autobiográfico, con una solvencia envidiable. El rato en que apenas llora y apenas ríe por igual debatiéndose entre ambos lados es sublime, para luego ocultar la cara como en un estado natural alejado de la intencionalidad de la cámara, lo que apreciaba y defendía Tarkovsky evitando el teatro. Tarkovsky le da prioridad a su madre tanto que la ex esposa parece no existir. Como dice Natalya al ver las fotos, (la madre y la ex esposa, la última ella) no se parecen y ahí está nuevamente la pena del hoy y la grandeza del ayer. Vemos a Maroussia como el ente predominante del filme (en el sueño en sepia con su presencia se dan las escenas más hermosas de la película), a la que apreciamos en distintos momentos y planos que parten –y parecen quedarse dentro- del año 1935. Otro espejo subyace entre ese padre que es el narrador y álter ego del autor y su hijo Ignat de 12 años de edad que es Aleksei igualmente mientras en otra perspectiva el poeta y progenitor Arseni Tarkovsky se fusiona con el director de Solaris (1972) hasta verse superpuesto éste último en el pasado pudiendo analizarse el presente. De Arseni se lee un hermoso poema que remonta al conflicto de la soledad, la tristeza y el abandono. Vista la historia es la lectura de las etapas de nuestra vida sintetizadas en puntos determinantes. El espejo del tiempo.

jueves, 11 de julio de 2013

La demora

El director uruguayo, afincado en México, Rodrigo Plá ha hecho un filme conmovedor, el que se lo dedica a su padre, sin perder en su ambientación el toque de sosiego y sequedad propio de la realidad, idóneo en el contexto tratado, ya que en la vida uno no suele ser demasiado pensante en cuanto a sus sentimientos como se suele figurar, sobre todo en gente que tiene y necesita de una fuerte personalidad, o a razón de lo que damos por hecho, aun cuando hay personas más emotivas que otras e intiman en sí mucho más. No solemos andar metidos en nuestra alma porque dada la realidad nos abocamos a crear barreras de autodefensa. La dureza hace de nosotros seres más herméticos y menos expresivos, que no es el caso de los personajes de ésta historia que mantienen sensible su corazón, sólo que se debaten en ciertas pruebas y naturales esencias contextuales de donde surgen decisiones no siempre acertadas, no tan nobles, asumidas por la idiosincrasia que aprieta y nos hace “perder" la cabeza. No solemos profundizar o ese parece ser un rasgo de la mayoría de seres humanos (permítanme ver el mundo mucho menos romántico de lo que se suele creer que es), para lo que la frialdad de nuestro cotidiano entorno se disuelve un poco en el ecran. En ésta trama un ser querido de nuestro día a día representa una gran responsabilidad y un fuerte peso. En dicha realidad María llegará a ver su situación de manera distinta, tras un incidente capital, que anuncia el título, una demora (para seguir sacrificándonos por el amor que sentimos), ante el miedo a perder a ese ser querido, que en la historia presente se trata de su anciano progenitor.

El filme tiene un centro fijo por el cual se mueve y extiende, se dilata, se toma su tiempo sin molestar, generando gran alcance de reflexión en su único punto que deriva en varias ideas en derredor, bajo un acontecimiento mínimo pero trascendente, dejar en una banca al anciano padre, esperando que se lo lleven a un albergue y pueda liberarse la hija de él, madre de 3 hijos y que vive en la pobreza. El padre es como un niño pequeño que necesita muchos cuidados. Se orina encima, hay que bañarlo, vestirle, alimentarlo, se pierde constantemente, tiene una memoria débil, puede ser a ratos difícil. Es un espejo de melancolía entre otras características.

La trama se ciñe mucho a sus personajes, a los pocos actores que intervienen y lo hacen bastante bien, incluyendo al amigo y peluquero que sería el menos vistoso en cuanto a interpretación. Resaltan María (Roxana Blanco) y Agustín (Carlos Vallarino), la hija y el viejo progenitor respectivamente, ambos gente dolida y endeble, pero en el caso de ella alguien que tiene que ser fuerte para sostener a su familia mientras todo se dificulta porque lleva una existencia bastante precaria. Un aspecto claro en el filme es que son gente digamos que buena, pero que su mundo es demasiado duro, tanto que pueden llegar a perder su humanidad, que es el desafío que presenta el relato en su protagonista, pensando que como ella dice, puede hacer algo que no está en sí, y es un problema de desesperación. Si uno no está en ello será complicado de entender, sin embargo Rodrigo Plá logra contenerlo más que decentemente. Concibe perpetrar ese ambiente aun notándose cierta artificialidad, no por actuación sino como efecto reiterativo en los rostros siempre compungidos de los personajes como en un cuadro de poca complejidad y facilismo, un recurso que se tolera y que no es tampoco terrible pero se hace a ratos vacío en su constancia porque no llegan a trasmitir más allá de cierta superficialidad, y que mejor se ve trabajado en los acontecimientos, como con los billetes planchados y pegados, en cómo se ven los distintos interiores del apartamento o los malos momentos del senil sólo en el parque, muy bien compensando con la ayuda y atención de la generosidad de los inquilinos de ese desconocido vecindario, un indigente o con el vigilante. Su minimalismo acompaña mejor que cualquier cara triste producto de la “nada”, aunque no vamos a ser injustos, sabemos que la realidad es un motivo, y el filme es un lapso que quiere condensar una realidad, y como desea fijar un sentimiento no está del todo mal ingeniado siendo el pesar algo que quiere resaltarse, que se quiere que se recorra, sin embargo más veo y siento en la normalidad del anciano esperando lo que no intuye, en su admiración y afecto paterno, abandonado a la intemperie, que pegado a una expresividad monótona.

Su comienzo es potente aunque apunta a ganador, la decrepitud en el baño, que está muy bien lograda, surge efectiva, sugerente y clara, ayuda a formar bastante la historia y a enseñar un tono. Ese cuerpo desnudo avejentado es sumamente evocativo, abre un camino de dependencia y deterioro que es el sentido de lo que presenciamos, y de ahí resalta un pensamiento, el dolor de hallarse en una especie de estado sin salida, que resulta la pobreza, el trabajo mal remunerado e informal, sin beneficios sociales y  por ello la constante necesidad (tres hijos chicos y un anciano bajo el sustento de la labor de costurera no es poco peso). Sin embargo, algo cambia, como en todo es cuestión de perspectiva, el anciano puede ser algo que nos falta y que queremos cerca, bastando un incidente que provoque distinto punto de vista para asumir un tipo de felicidad, o aceptación que sería más apropiado vista la trama.

El ánimo predomina y tiene mucha cabida, aunque el más importante sea un especie de fuera de campo último, a través de un conjunto melancólico y por poco unidimensional que se revitaliza en un final positivo, como el de la luz tras la experiencia, que viene de atrás implacable en donde ni siquiera el pretendiente parece ser una oportunidad de alegría, sino que deja la duda de su sinceridad, porque tiene pareja, y es que puede ser que sólo se la quiera coger, como sale muy oportunamente de la boca diáfana de un niño. Algo que un poco le falta a la propuesta es lograr sostener la empatía de manera natural en todo el metraje, plegarse a la sequedad y a ese viejo en la banca o echado en un rincón del parque, sin que por ello desmerezcamos los logros, porque los tiene, tratando con una obra que sirve para ver lo que no solemos percibir y apreciar. Es una historia que crece desde una fisonomía pequeña y que merece sus aplausos, como los tuvo con el merecimiento de dos premios Ariel el 2013 (máximo galardón cinematográfico mexicano), por guion para Laura Santullo, y por mejor director.

miércoles, 10 de julio de 2013

Warriors of the Rainbow: Seediq Bale

No hay nada mejor que cumplir con un sueño o una meta que atesoramos personalmente como uno de los puntos más importantes de nuestra existencia, y con ello de paso –que no es poco, sino todo lo contrario- dejar un legado para los demás, para el caso, histórico y artístico dentro del séptimo arte, que es lo que ha hecho el director taiwanés Wei Te-Sheng en la presente película. Dejar plasmada la rebelión de una tribu indígena taiwanesa de nombre Seediq, dividida en 12 clanes rivales entre sí que tienen su razón de ser en dos rasgos predominantes, la caza (incluida la de cabezas humanas), el dominar una parte de su entorno natural y hacerlo suyo,  y en sentirse ellos mismos al obtener sus simbólicos tatuajes en sus rostros, producto de su hombría o de lo que se espera de ellos en actos donde ponen en juego, al borde del límite, sus vidas. Dentro de un levantamiento que se ubica hoy en una fecha memorable del pasado de su país, atribuido como el incidente Wushe, zona en que se desarrolló el acontecimiento, durante la ocupación japonesa de Taiwán el año de 1930 tras el cambio radical de sus costumbres a partir de 1895. Donde más de 30 años de humillación, abuso, menosprecio y destrucción de su esencia gestaron el germen de la que sería finalmente una batalla desigual pero vastamente aguerrida entre 300 osados indígenas, muy salvajes, como se les llama, decididos a la vera de su llamada ofrenda de sangre, contra miles de soldados del Imperio nipón y su superior artillería, que estuvieron auxiliados por la “traición” de otro clan Seediq y la experimentación de bombas de gas.

Esta tiene un antecedente, Wei Te-Sheng al no poseer la cuantiosa suma que necesita para llevar acabo su sueño decide hacer otra película, una muy distinta, como un  paso en su carrera que le reditúe en el futuro hacia alcanzar su ansiada meta, y no se esperó seguramente semejante acogida.  No a ese impresionante punto. Su segundo largometraje, Cape No. 7 (2008), se convirtió en la segunda película más taquillera de la historia del cine taiwanés, solo superada por Titanic (1997). Una película al uso de las que suelen ganarse la acogida y simpatía de las mayorías, para la ocasión de corte romántico y contemporáneo, muy simple y hasta bastante tonta, a la que este apelativo práctico le cae como anillo al dedo. El típico lugar común de una edulcorada historia repleta de ñoñería, con protagonistas calcados de los posters juveniles de artistas, en una base argumental que juega con ello, asumido desde una presentación musical que parece destinada al fracaso por no tener integrantes cohesionados y congruentes, mientras surge un amor entre dos culturas con un pasado conflictivo, por un lado el engreimiento de Aga (Van Fan), el que baila al son de la figura del tipo cool oriundo de Taiwán pero bajo la clara imagen universal americana , y por otro la rectitud, apuro, tensión y molestia de Tomoko, una modelo japonesa venida a menos, que subyace emparentada con una historia de fondo en donde la segunda guerra mundial distancia a una pareja con el mismo problema intercultural, aunque exacerbado por un contexto directo. Que tiene que ver con unas cartas que nunca llegaron  a destino y rompieron el corazón de esta antigua pareja en mención. Puede tener la trama unos condimentos algo ingeniosos pero indudablemente el quehacer cinematográfico cae en ser demasiado comercial en toda oportunidad y vacía todo potencial de sustancia y complejidad para hacer algo insulso, sumamente superficial y a todas luces efectista -aunque con algunos pocos toques de arte personal que lo disminuyen- de cara a la expectativa general más básica que seguro cae en la gloria porque se apega a la historia bonita y afín a la simpleza de nuestra actual modernidad, que tiene de eterno encanto hacia lo fácil.  Pero hay que remarcar que es el hito máximo dentro del cine romántico taiwanés que ha seguido un boom de su mano, y que como nos compete fue la solución que ha financiado su siguiente película, la que gracias a los ingresos de Cape No. 7 se convirtió en la película más costosa de la historia de su país.  

Pero no hay que ponerse tan serio con Warriors of the Rainbow: Seediq Bale porque no lo es, es entretenimiento puro y duro, pero con trasfondo histórico y cultural. Y es que viéndolo bien, aunque la forma de tratar el cine cambia sin radicalmente distanciarse, es como haberles dado a las damas lo que querían con Cape No. 7, y por supuesto a los más abiertamente románticos, y la presente a los varones, ya que ostenta una cantidad de violencia explícita que nada tiene que envidiarle a la película 13 asesinos (2010) de Takashi Miike donde hubieron 50 minutos de salvaje combate entre una ínfima cantidad de samuráis frente a una masa “imposible” de enemigos, tanto que parece que un año más tarde lo han superado, ya que aquí la segunda parte del filme, conocida como El puente arco iris nos entrega cerca de hora y media, dentro de las más de 2 horas de duración, de batallas sangrientas de estilo gore, resaltando distintas formas de muerte en combate, sin contar la dureza que implica digerir los implacables suicidios de las mujeres y niños de los Seediq, que principal y masivamente penden de cuerdas ahorcados en la selva. Es una matanza atroz la que expone el filme, como lo exhibe. Su alto contenido de acción bélica no tiene nada que envidiar a ningún acontecimiento mayor, a ninguna guerra, tanto que quizá es más dura de ver por su salvajismo en varios métodos para matar. La sangre fría es notoria, es parte de esta cultura indígena.  Un rasgo de identidad de la trama, porque se tiende a subestimar a los aborígenes, que demuestran una convicción de autoinmolación y asesinato implacable, avasallante y que domina la esencia de la película (en un momento surge una reflexión que rectifica una primera impresión, ¿no estamos ante una especie de bushido?), aunque habiendo características que aborda y que suman como su concepción de la muerte, en que la dignidad y el alma lo es todo, morir no significa nada si se va a vivir en afrenta, sobrevivir no es una opción decente si pierden sus costumbres, su yo verdadero, como en el significado del nombre de su tribu, que quiere decir hombres reales.

A los Seediq los vemos alegres cuando están en su elemento, son asesinos natos, no lo podemos negar, y no se figuran de esa forma sino de una manera más aceptada dentro distinta creencia cultural a lo que usualmente se conoce como civilización (no desmienten esa imagen, aunque luce más compleja de lo que creemos, y viendo el uso de armas de fuego entre ellos se adaptan sin suprimirse, no obstante resultan una amenaza constante según apreciamos, el choque cultural es inminente y más con una invasión y dominación a cuestas). Matar en ellos es una especie de orgullo, un modo de vida y un existencialismo, bailan y cantan alevosamente pensando al respecto, mientras minimizan nuestras concepciones de lo que es derramar sangre, sus danzas son exageradas, pero sin perder un cierto halo de seriedad, y es algo notorio como cuando están deprimidos alcoholizándose o efusivos bebiendo de un mismo tarro en medio de dos bocas juntas.  En el filme subyace una constante idea de intensidad de vida suprimiéndola o pereciendo, la historia es un poema de muerte, de gente macabramente poética en un tono vitalista, algo que no es muy occidental y que se trata muy bien. No engañar con esos aspectos, mostrar el salvajismo o la verdadera esencia es un factor a alabar de esta obra, aun recriminándole un regodeo con lo explicito hasta llegar al exceso que roza con lo inverosímil, con una cercanía con lo ridículo y falso, lo ciertamente chocante, no obstante no pierde sentido y fuerza en conjunto. Estamos ante un goce visual, una exclamación de violencia justificada en buena parte y a la vez tan libre que tiene mucho de entretenimiento, de moverse con algunos heroísmos sobredimensionados y artificiales, en los que sobresale inconfundible su máximo exponente, para bien y para mal, a un lado efectivo y  a otro caricaturesco, como todo el filme, en la presencia de Mona Rudao (Lin Ching-Tai), el líder de los Seediq, el que capitanea los ataques que vemos que empiezan en la primera parte titulada La bandera del sol naciente, en alusión a la llegada y control nipón, poco después de ver a Mona en su hábitat como un tipo especialmente dotado para ser un asesino, visto como héroe, en donde se confunden ambas definiciones en una, se fusionan y sacan algo positivo dentro de su cultura. Aunque puede ser desconcertante y hasta intimidador, un ser peligroso, convencido de sus ideales que lo hacen un jefe innato y la voz de una representación. Pero pensando que no todos los Seediq piensan igual que él, y lo tienen muchos por enemigo, tanto por su personalidad como por una competitividad que es parte de este tipo de aborigen.

Destacan las canciones autóctonas que justifican y se amoldan al conjunto como un detrás de los hechos o  entre los mismos personajes en pantalla, cantadas armoniosamente a capela. Nos describen el espíritu del filme, algo que se da a menudo, la explicación siempre está presente, como en el ataque a las comisarias en que se razona diciendo que hay  asuntos en que la forma ampara el fondo de lo que se busca, como una lectura simbólica, además, de lo que observamos en el ecran. En dichas agresiones se matan no solo a militares y policías extranjeros e invasores sino a familias japonesas y hombres desarmados; se le perdona la vida a muy pocos. Esta puede verse como una virtud de este cine taiwanés abierto al público, en donde existe la autoría, no solo por la violencia poco afín a la unanimidad, sino por mostrar un cierto realismo que de cierta forma puede verse como imparcial, es decir presenta tanto lo deplorable como lo rescatable, si bien el nacionalismo y la demonización nipona es flagrante, aunque también atenuada porque tampoco podemos desmerecer u obviar algunos momentos de humanidad japonesa, que son los menos, como tampoco una crítica hacia los salvajes que se deprende aun abalando el proceder de los aborígenes ya que no todo el accionar indígena parece el idóneo a nuestro entendimiento.

Es una historia que a pesar de tener un héroe ensalzando es como una visión coral de los Seediq, como en la visualización mental de un moribundo Temu Walis que ve a Mona Rudao en un rival de su clan, todos son una única persona y ninguno son uno solo, es la articulación de muchos exponentes que en interpretación simplemente cumplen su rol, aunque habrán personajes que recordaremos, como los hijos o el padre del principal líder salvaje, el niño que quiere ser un héroe de su tribu, o los dos policías asimilados al Japón siendo aborígenes, como por su lado nos quedan otros dentro de los japoneses, el general Oshima, que aunque breve sobresale perfectamente como el pensamiento de una potencia, y Genji Kojima (Masanobu Ando), jefe de una comisaria que clama venganza, junto con el temeroso y amigable comerciante que vende licor o el policía que detesta a los Seediq y que motiva por su lado el ataque de ellos. No son nombres que queden demasiado en la mente pero funcionan muy bien al alimón del conjunto. 

La película, porque es solo una, dura 4 horas y media, dividida en dos partes, pero que son plenamente continuas, una no existe sin la otra, hay que aclarar, sobre todo la segunda parte, claro está, que sería el asunto en sí tras el background de la primera.  Estamos ante algo muy cinematográfico, una propuesta comercial con el toque de atrevimiento y la huella dactilar de Wei Te-Sheng. Lugar en que no se puede creer que todo sea verdad, refiriéndonos a la precisión del contexto histórico, en que aparte de eso las batallas en definitiva se pliegan bastante a la magnificación y al entretenimiento, sin embargo ayuda mucho a plantearnos el panorama, a recrearlo y mucho a vivirlo, a sentirlo y gozarlo como si estuviéramos ahí, en lo posible ya que hay ratos en que nos distanciamos, mucho en la exageración. El tiempo vuela, no se percibe como un lastre, aunque nos exige algo de paciencia con cierta reiteración. Los efectos especiales son maravillosos, hay una exaltación al respecto, una inversión visible. No es de mucha belleza visual, pero tiene sus momentos, como con el rojo de la naturaleza, el de los cerezos en flor, que admiran muchos personajes y a lo que no podemos faltar tampoco. En definitiva, una película que puede ser todo lo diáfana criticable -que también un poco en parte es un don en las definición de cómo son en síntesis los Seediq- pero que termina siendo sumamente atrapante a pesar de los errores. Una de esas obras que finalmente pagan el esfuerzo de un sueño hecho realidad. En un placer “culposo” bastante digno de alabanza.


miércoles, 3 de julio de 2013

California Dreamin'

Dentro del cine moderno rumano sobresale el nombre de Cristian Nemescu, quien murió a los 27 años de edad en un accidente de autos antes de finalizar la edición de esta película, la que se alzó con el premio de A certain regard en el Festival de Cine de Cannes del 2007. Con tan solo un largometraje "inconcluso", un mediometraje que en principio no iba a serlo y menos de media docena de cortometrajes (alguno premiado) en su haber se ha ganado un buen lugar en la memoria colectiva de su país y en la comunidad internacional al pasar por Cannes.

Marilena de la P7 (2006), ha servido como formación para su siguiente película (la que aunque en parte no lo aparenta por su narrativa discreta, sí que es muy ambiciosa y no solo teniendo en cuenta el tiempo de duración), aunque hay que proclamar que destaca, contando con tan solo 48 minutos de metraje. Marilena de la P7 trata sobre el primer amor de un avispado chiquillo de 13 años de un barrio de Bucarest que para impresionar a la mujer de sus sueños, una joven y guapa prostituta de tetas chicas (duraznos pequeños como se suele repetir -y atraer entre personajes- en el cine de Nemescu), capaz de provocar cortos circuitos sin tocar la luz, decide robar un ómnibus público siguiendo el consejo de que las mujeres solo aceptan pretendientes con vehículo y dinero. Es una historia dura y romántica que bien vale la pena tener muy presente, y de la cual pasan ideas a su última incursión en el séptimo arte.

La trama de California Dreamin' (2007) se basa en un hecho real ocurrido en 1999, un tren que transportaba armamento clasificado del ejército americano en representación de la OTAN en dirección a la guerra de Kosovo en la ex Yugoslavia fue detenido en Rumania quedándose estancado por cinco días. Ese fondo ubicado dentro de la película en un pueblito llamado Capalnita permite desarrollar una historia de ficción que implica el resentimiento de un hombre hacia Estados Unidos tras la segunda guerra mundial a partir de un incidente familiar en el año de 1944, recordado en un clásico blanco y negro que implica otro pequeño cuento.

Doiaru (Razvan Vasilescu), un tipo humilde pero instruido encargado de la estación de tren será el escollo que no permita ese ansiado pase si no le entregan ciertos papeles que avalen la carga militar, aunque ellos tengan el permiso del primer ministro, creándose una interrelación con el convoy americano que da pie a varias sub-tramas de orden afectivo, económico, social y cultural que involucra la influencia que puede tener Estados Unidos en los sueños rumanos, viéndose desde la perspectiva de este país europeo, que tiene a un imitador de Elvis Presley cantando la muy conocida y dulce "Love me tender" (Ámame tiernamente) en su día de celebración en honor a los visitantes (algo que se ve también en Marilena de la P7), no yendo más allá de lo común en una humanización general que incluye al capitán anglosajón y su tropa.

En las sub-tramas está que la hija de Doiaru, Mónica (Maria Dinulescu), una chica de 17 años de edad, bastante atractiva, engreída y resuelta quiere irse de su casa, no quiere estudiar en la Universidad como espera de ella su padre con quien no se lleva bien, y no ve mejor forma que enamorar a algún soldado americano con la promesa de que la lleve a su país, encontrando esa solución en el acercamiento al Sargento David McLaren (Jamie Elman), aun sin saber ni una pizca de inglés y provocar algunas risas al paso en cómo busca acercarse a él, mientras el hijo del principal dirigente huelguista y enemigo del hombre de la estación, Andrei (a quien le sangra la nariz cuando se emociona, un rasgo de identidad de Nemescu), ama con febril locura a Mónica, aunque ella ni lo nota. Con ellos yace la interesada hospitalidad del alcalde (Ion Sapdaru) y la picardía de un soldado rumano (Andi Vasluianu) haciéndose pasar por oriundo del país de las barras y estrellas para poder rodearse de bellas mujeres y atenciones, ya que yacen como enloquecidas por los extranjeros, en un ambiente de especial desorden calmo y de inamovilidad mientras la historia se rinde al folclore que representa un lugar como Capalnita (pero sin que se desvirtúe su esencia universal y hasta ideas modernas), y donde el único que sufre por no concretar su misión es el capitán Jones que siente perder su paciencia y los recursos de su imaginación ante la terquedad a toda prueba de Doiaru. Papel que interpreta un rostro ubicable aunque no tan popular en el cine americano, Armand Assante.

La película dura casi dos horas y media, y como se ve es larga pero aunque se mueve con calma no llega a extremos y está muy lejos de abrumar o pesar. En esta hay mucho realismo bajo un tono ligero, y es algo que es parte del cine rumano que lo maneja muy bien. Sabe combinar lo suyo con lo que todos somos. Tiene además conseguidos momentos cómicos pero que van leves en el conjunto sin quedarse pegado a ello y en sí tiene una atmósfera que no cae en demasiada profundidad sino presenta y oscila en el relajo y en la sencillez pero no como para anular momentos serios porque tiene buena cuota de drama, tensión (no tan exaltada en realidad pero implícita), imprevisto y finalmente violencia (algo que se puede intuir, se espera intrínseco más que exacerbado en el conflicto de no poder avanzar). Y es de resaltar que sabe escapar del lugar común aun tratando lo identificable. Es una película que luce coral y trabaja sus sub-tramas, las interrelaciona de forma bastante inteligente y no se queda en un punto, se matiza mucho en varias aristas dándoles a todas su importancia. Es una trama amplia que habla de buen manejo colectivo, con giros y hartos vínculos. A su vez, es una virtud y distinción que la trama cambie de humor, incluyendo sus personajes que denotan distintas características y emociones, pueden ser muy reprochables o divertidos para luego ser hasta corruptos o coherentes. 

Estamos ante dos culturas distintas que se encuentran y conviven sin problemas como si se parecieran o quisieran hacerlo, combaten (de forma aislada y excepcional) o se brindan satisfacciones. Se puede ver claramente que el capitán Jones y Doiaru representan la figura de una relación conflictiva y parametrada aunque con modales, que en realidad ya es anacrónica, y así lo muestra el director rumano. Destaca ver que lo político casi no existe, no se percibe mucho, y si hay algo en esa línea es sumamente superficial y sin darle ninguna trascendencia, sin argumentarlo. Nemescu no quiere abordarlo desde ese lugar, al que le vemos aclimatación, comprensión y hasta cariño hacia lo americano (como con los múltiples pósters del rapero Eminem en el cuarto de Andrei en Marilena de la P7; cójase la conexión y continuidad autobiográfica). Y es que el título ya lo dice todo, basado en la popular canción "California Dreamin" del reconocido grupo hippy The Mamas and the Papas. Sin embargo, la historia sirve también de crítica a la dependencia extranjera, ya que finalmente en el desenlace nos queda el mensaje de que los rumanos pueden proyectarse con Estados Unidos y afuera pero deben encontrarse a sí mismos desde su propio lugar (aunque sin obviar lo cosmopolita). Subyace en la práctica familiar de Doiaru y Monica.

Es importante reflexionar que aunque este filme lleva entre paréntesis la palabra inacabada, no se aprecia en ningún momento que algo luzca faltante o notoriamente imperfecto, sino que es una obra muy bien desarrollada, y es una propuesta que bien merecido tiene su reconocimiento siendo una buena oportunidad de proclamar que el cine rumano es uno de los más atractivos y sólidos que hay en el mundo, sin obviar que puede confundirse su (notable) normalidad con algo menor, su tono contrario a lo solemne, su capacidad de simpatía y natural humanidad ("perdonando" algún entendible “exabrupto”, la tragedia en la manifestación y complot), porque sabe contar y armar una historia de múltiples vertientes, terminando en nuestra mente como una suave bola de nieve, cuando procesamos y vemos el alcance de sus pequeños relatos y su variedad temática. 

viernes, 28 de junio de 2013

The almost man

The almost man, Mer eller mindre mann en el original, se alzó con el máximo premio, el Globo de Cristal, del 48 Festival de Cine de Karlovy Vary (2012). Es una película noruega y ópera prima de Martin Lund que también se encarga en solitario del guion. Su trama no pasa de ser sumamente simple y ligera de digerir. Sencilla de acopiar en unas cuantas líneas. Se fija en Henrik (Henrik Rafaelsen, mejor actor en el mismo festival por esta película) que es un tipo bastante inmaduro, aunque sobrellevándolo dentro de una vida confortable y segura, conformada por un hermoso apartamento, un común buen carro, muchos seres queridos, un deporte entre entrañables camaradas, una relación afectuosa con su madre y un empleo serio. Henrik se comporta como un muchacho teniendo ya 35 años y una nueva responsabilidad que afrontar, el embarazo de su novia, con la que convive dentro de una relación agradable de tono liviano, como si fueran dos muy buenos amigos, sin embargo éste sigue buscando hacer lo que le place, hacerle caso a sus deseos e impulsos primarios y espontáneos. Se aburre de su nuevo trabajo, de sus ocupados colegas, y está siempre atento a la broma, el diálogo chispeante y al relajo, en donde la línea de su naturaleza simpática termina volviéndose una molestia y hasta cierto punto un problema. Pero no tanto como para generar un drama complejo, ya que la historia toca la inmadurez muy superficialmente, como si fuera algo pequeño propio de una decisión reflexiva manejable, no ardua, a un nivel de gente bien educada pero que puede y quiere ser ordinaria.

Se observa el leitmotiv de la película en muchas escenas siendo su historia monotemática, bien centrada sin aparatosidad. Rescatamos una en especial en donde Henrik, un tipo alto, típico caucásico nórdico, manganzón y delgado, tras aburrirse en una reunión de su pareja, baja, se mete en un carro ajeno y orina sobre el trabajo, un libro infantil de Peter Pan, de una compañera de ella, a propósito de sentirse “avergonzado” a instancias de hablarle poco antes mientras le colgaba un moco en la nariz; enseguida tras toparse con su pareja y no saber explicarse, ni interesarle, escapa hacia una fiesta de sus mejores amigos, tan inmaduros como lo es él, y termina peleándose con alguien de su trabajo, a razón de mearle el balcón, y estando íntimamente con una chica fácil del grupo a la que poco antes alguien le ha enseñado la entrepierna entre bromas. Es una trama a la vera del estilo de vida de una generación joven acomodada actual europea con clara influencia americana, y su discurrir es fácil de ver, de entender, de caer en gracia por el lado fresco, ya que todo es muy directo, coloquial y cotidiano, y no sé si tanto de disfrutar en general, porque casi no pasa nada que trascienda o nos cree mucha complicidad. No obstante hay emociones, tocadas en su análisis de forma leve, pero existen, y mucha expresividad al respecto, el protagonista se debate especialmente dentro de una, la de la euforia, y seguro muchos pueden apreciar su tono y contexto rápido de identificar con la buena vida. Una cara que parece el opuesto radical al cine que hace Ulrich Seidl aun teniendo varios ratos exhibicionistas, al que utilizo para comparar lo que verán. Si en el austriaco lo sórdido y sucio es su fuerte, la problemática yuppie es la que asociamos a la presente película.

El protagonista parece un niño viejo como se le suele atribuir en jerga a su clase de personalidad en nuestra sociedad, a todas luces amigable, muy parecido a cualquiera de los íntimos compañeros de juerga de nuestra juventud, y es su trance a la conversión de lo que significa ser un hombre en cuanto a tomar seriedad y responsabilidad en la vida, transformarnos en un ser un poco aburrido digamos o mejor dicho a una existencia menos abierta y más contenida, la de alejarnos un poco de nuestro egocentrismo y enfocarnos en los que dependen de nosotros, lo que tenemos entre manos, en un estado en donde solo se trata de restringir un poco nuestro comportamiento. Y realmente la película parece poca cosa, tema que no es asunto de sutilidad en cuanto a escarbar en ella (sino de sustancia), porque solo ciertas pequeñas partes de su repetitivo mensaje se esconde en eso aunque las apariencias engañen, sin embargo no deja de apreciarse muy real, que pasa más a menudo de lo que creemos, porque no solemos anhelar crecer, salvo en el caso de obtener libertades y permisividad, solo beneficios, y no de asumirnos como la imagen estereotipo de un padre, de un hombre de familia. Siempre esperamos componer ciertas figuras, pero no desestimemos que un día se pueda descubrir que somos lo que menos hubiéramos pensando, así es la vida. De lo que se trata es de un papel que a todos nos llega en algún momento, el de envejecer, primero mentalmente para luego ir hacia lo físico. La forma de la película no le pide mucho al protagonista, ni a través de su persona a nosotros en su mensaje, sino algo tan pequeño como viene a lucir toda esta obra, aunque nos hable de un paso significativo en la vida de toda persona, ese hola tras el diluvio con la pelea de pareja en pos de lo inevitable, aunque Henrik intente bailar seriamente y no crea poder.

Pequeña, afable y llevadera, aunque no en estado de gracia, ni tampoco indispensable, donde no faltaran los que verán un cine independiente de recursos mínimos, lo que yo en realidad veo como un cine comercial de autor, más amable que otra cosa. Propone simpatía y esa es su mayor atracción, recurre al optimismo y tiene algo de original, observando a Henrik en el juego de ponerle un nombre de acuerdo a como se ve.

lunes, 10 de junio de 2013

Stoker

La primera incursión de uno de los grandes directores coreanos, Park Chan-wook, en Estados Unidos ha dado como resultado la presente. Que nos recuerda un poco lejanamente a La sombra de una duda (1943) de Alfred Hitchcock, sin embargo hay que decir que la obra del británico es muy superior, y me duele admitirlo porque soy fanático del cine coreano moderno, aunque mucho también del maestro del suspenso, pero lo que hace el famoso director de Oldboy (2003) es bastante simple e inferior fuera de las apariencias, denotando muy poca sustancia y muchos errores, en pocas palabras es un bluf. No es todo lo interesante que si es la de Hitch que aunque subyace en su constante inocencia y apertura, tiene algunos ratos de antipatía, diálogos explicativos varias veces molestos, es notoriamente toda una obra maestra del séptimo arte, con un Joseph Cotten haciendo lo que a Cary Grant no le estaba sido permitido, y seguramente fue porque es un actor menos carismático y menos estrella, sin embargo su entrega y disposición no hacen más que alabarlo y darle un mejor lugar en nuestro recuerdo. Junto a una Teresa Wright que como se solía ser, era toda una señorita, una dama, madura pero dulce, simple y familiar, aparte de bella (tanto como deseable sin esforzarse) y común a muchas, guardando esas formas que naturalmente la hacían tan idónea con su personaje.  

Ver a Mia Wasikowska también ha sido un deleite de alta categoría en aspectos más típicos a nuestros tiempos, con una personificación muy destacable (su solvencia como actriz es irrefutable y mucho se debe a que no sea todo lo grande que parece ser a que sus elecciones cinematográficas no suelen ser tan atractivas o son secundarias), como una chica con muchos conflictos internos, que por fuera como es normal ante ello se muestra extraña, defensiva, y es captada de esa manera, aunque es muy inteligente y segura de sí. Puede ser capaz como dice en un rato de celos de abrir una puerta nueva a su personalidad y en ese lapso deparar un momento inolvidable a otra persona. Ella está pasando por el trance de convertirse en una mujer –al punto de competir con su madre- en medio de la muerte violenta de su padre, el egoísmo, egocentrismo y anhelo de deseos de su hermosa progenitora (también muy destacable Nicole Kidman que se asume en un papel más de cartón que complejo pero que sus gestos de delicadeza, esnobismo y vanidad la hacen digna de mención, aunque por detrás de una Wasikowska que es demasiado dominante en cuanto a talento e historia) y la interrelación de un nuevo modelo en su solitaria existencia, su tío Charlie que acaba de regresar y meterse en sus vidas (Matthew Goode, que lo hace bien en un papel de lujo para alguien muy desconocido, pero que no es finalmente tan atractivo en el guion y se queda en una figura de monótona expresión que termina cansando).

Park Chan-wook hace de un filme que en realidad es muy comercial en cuanto a su historia algo más elaborado, le proporciona morosidad, calma, lo reviste de la elegancia de antaño. Complejiza la forma, la ennoblece y la disfraza con su estética, que tiene un aire vintage delicado, de colores opacos y oscuros. Nos pone en un “anacronismo” aceptado, en un lugar de clase alta culta y refinada de un pueblo americano. Envolviéndonos bajo su toma técnica y audaz, en sus detalles y en una personalidad que recubre el ambiente.  Como si nuestros rasgos trataran de salvar y transformar lo que parece destinado a no ser importante.

El problema es que no abundan los aciertos en la historia, e incluso la exageración propia de la contemporaneidad, el mismo Park Chan-wook y el cine de su país terminan siendo incongruentes con la elegancia e intelectualidad que antes ha estado trabajando. El nuevo toque pesa en contra y no es ingenioso, hasta desdibujar el elogioso precedente. Abarata el logro y muestra tal cual al relato. Ya por entonces todo está perdido, y solo queda la belleza de la sangre sobre las flores. La estética de Park Chan-wook.

Dentro de lo positivo funciona durante un tiempo correcto el halo de misterio del relato y la hazaña de develarlo rápidamente gana puntos a favor ya que es irrelevante oliéndose a metros. Funciona en lo necesario sacándole el debido provecho. Luego el resto de lo que se guarda en secreto no es una revelación que sea atractiva sino muy ordinaria y manida, no obstante la mano del coreano en la manera de visualizarlo es la que vuelve a hacer algo mejor de lo que es en sí. Lástima que nuevamente el guion sea tan poca cosa y el querer ser original a través de este termine siendo tan vacío. Asunto que cobra la factura al conjunto que no teniendo una base jugosa representa una continua desilusión tras otra. La sorpresa falla cada vez que aparece, por superficial y no tener asidero argumental. Solamente India (Mia Wasikowska) sobresale al respecto,  con cierta forma y valor que relacionada a una perversidad que parecía prometer a través del tío Charlie crea una expectativa que se diluye hasta pasar desapercibida. 

Volviendo a lo negativo, los crímenes caen mayormente en ser algo absurdos y poco impactantes, salvando uno predecible pero inteligente en el recuerdo de la arena en donde juega el hermano pequeño, y algún otro parcialmente logrado.  El filme nos hace recordar un poco las de Psycho, el hallazgo en la heladera, el pasado en el manicomio o la sonrisa de Goode en comparación a la de Anthony Perkins junto con un pasaje donde a este se le percibe con mucha inseguridad, la que más tarde le abandonará por una personalidad nueva (radicalmente distinta a la de Norman Bates, digamos de paso, ya que lo hemos mencionado). Seductora y firme. Que deparará  la lección y admiración del alumno hacia el maestro. El tolerante “somos familia, no importa querernos”, leitmotiv de toda la película, quedará de lado por un apasionamiento, aunque apuntando que no sobreviven muchos instantes en la memoria; los que brillan en su inducción a través de las cualidades del último tío Charlie, de quien nos preguntamos ¿de dónde provienen? Pero ya que hemos mencionado a Hitchcock, debemos de refrendarlo diciendo que él no creía en esas preguntas de verosimilitud sino en preocuparse solo por el entretenimiento. Que hay que decir que la presente tiene lo suyo solo que no resiste una crítica aguda.

Tratar de darle un background asesino a la historia a través de la caza o la taxidermia queda muy suelto, artificial e insustancial, tanto como no darle motivos a otro personaje. Escenas como la sensualidad de la imaginación en la pieza apasionada en el piano aportan un sentido que pudo caerle mucho mejor a la trama si lo hubieran explotado y direccionado más y con mayor ingenio, como no pasa visualmente en el orgasmo en la ducha tras la excitación homicida, una buena idea no conseguida en toda su magnitud. Sumando simbolismos desafortunados, como el del rifle o la correa, mientras alguno como el de los zapatos de taco alto aunque obvio, es atrevido, honesto y resulta atractivo. Estamos ante un Park Chan –wook desperdiciado, al observar su estética y la forma que ha labrado delicadamente –como muestra tenemos la intervención repetida de las arañas, una especie de simbolización de posesión o envenenamiento-, y no en su mejor intervención por un guion y una historia bastante mala. Esperemos regrese con algo mejor. Desde aquí creemos que nadie lo tiene seguro, mucho menos si se es atrevido, e ir a trabajar a Estados Unidos siempre lo es. Pero desde ya es un tipo de condecoración, aunque muchas veces –creo, mayormente- termine siendo el producto una decepción.

sábado, 8 de junio de 2013

Catfish

Documental dirigido por Henry Joost y Ariel Schulman, que se nos desnuda completamente en todas sus aristas no dejando nada a la imaginación en medio de un aire de precisión, descubrimiento e información cinematográfica “sorprendente” que a un punto desconcierta y nos hace dudar un poco de su total credibilidad –donde parece colarse cierta artificialidad, premeditación y direccionalidad que denota demasiada subjetividad envuelta que como ya sabemos es admisible actualmente en el concepto artístico y recepción del documental del siglo XXI, mientras sea lo honesto que proclama ser- bajo una crítica al engaño que pueden fabricar las redes sociales, algo que en realidad puede aparecer en todas partes y no representa mayor contundencia negativa para con internet que sigue siendo un mar de ventajas por encima de sus detractores tanto como fuente de apariencias y falsas imágenes también, que es el tema que se trata en la película y que se sostiene en la búsqueda de un encantamiento banal en un gancho atractivo para un hombre soltero –la promesa de un romance con una mujer hermosa, interesante y sensual- y que oculta algo patético y triste.

El argumento gira sobre la relación de Yaniv “Nev” Schulman, un joven fotógrafo profesional y ciudadano común americano de buena presencia física y agradable personalidad, con la familia de una niña de 8 años de edad llamada Abby con la que entabla amistad principalmente por facebook, en una relación que inicia cuando la pequeña  le envía una pintura basada en una de sus fotografías publicadas en el New York Times. Luego vienen más obras pictóricas y amigables conversaciones, hasta conocer a su media hermana, Megan, de la que Nev se siente atraído virtualmente, creando con ella un vínculo afectivo a través del teléfono, las redes sociales, sus imágenes provocativas en la web y la música que ella canta haciendo cover subidas en el chat. Sin embargo la relación que se ha vuelto solida con toda la familia de Abby en pocos minutos de descripción visual, en especial con Megan, y que es la constante que muestra la película, guarda un misterio por resolver tras un giro “inesperado” producto de algunas mentiras descubiertas en el camino, que nos dirigen hacia un cambio en buena medida rotundo. Que a tan solo 25 minutos de metraje ya alimenta notablemente nuestra emoción y tensión por poder conocer que se cuece detrás de la propuesta, cuáles son las revelaciones que nos esperan.

Al final lo que se esconde resulta nada del otro mundo, si atendemos a lo que es objetivamente, es además algo previsible en su idea esencial pero que articula un inconfundible aire de inocencia y melancolía dentro de las falsedades, porque son a fin de cuentas inocuas salvo manipular las expectativas de aguardar hallar gente muy atractiva socialmente y no un espacio de desilusión y sensación de derrota (lo que termina siendo productivo de todas formas y que denota que no es una regla inamovible lo de estar o no “dentro del grupo” o lo que se entiende por lo que es o no felicidad), viviéndose eso sí mucha emotividad ante la confesión que tiene de continua colaboración, honestidad y timidez, lo que cambia fehacientemente nuestro estado de ánimo como espectadores (en cambio los directores del filme que también son personajes del documental en el hermano y el amigo, junto con Nev, se mantienen muy tranquilos y hasta yacen contentos con lo que han develado, y no podemos desmerecer que se debe al mérito de su trabajo ya que es un documental solvente y atrapante, una muy buena historia que han conquistado y está bien ejecutada aparte de tener calidad estética como poseer una gran estructura con diversas tomas, registros y técnicas electrónicas, solo que lastimosamente duele y molesta un poco), ya que a pesar de reprobar las acciones sientes conmiseración y lastima.

Da la impresión de que se explota el tema, lo que incomodaría a cualquiera, y que es una exposición que por más reprobable que sea el engaño involucrando a otros y su derecho como tal a destaparlo, termina siendo un documental que utiliza y expone a un ser humano con baja autoestima y que pasa por la frustración de su vida. Además de que se respira el egocentrismo de Yaniv Schulman que es pieza importante tanto en lo que vemos como en lo que significa, y que él mismo lo anticipa con una línea salida de su boca en que parece lavarse las manos y dice que no quiere ser centro de nada en una película ni que se exhiba su vida, y eso mismo hemos pensado de otros en el documental, y seguro por eso el filme no cala demasiado en cuanto al aplauso emocional si bien el logro como trabajo es notorio. Sin embargo, no podemos dejar de notar que ese lapso vital en la obra al que “contradictoriamente” criticamos y es el sentido del filme, disminuye un poco cuando leemos las letras del epilogo y como termina el asunto en algo constructivo que finalmente queda como mera anécdota, como es realmente la película, una hipérbole de emociones para con la curiosidad del público basado en un tema ordinario, en dilucidar una mentira a través de la cámara que enseña en el fondo a un ser humano soñador y bondadoso –tiene encima a una familia difícil- con deseo de que le rodee un aprecio distinto, un error ya que lo que debe hacer es mejorar desde su realidad, como termina pasando, agregando, respetándose y proyectándose, lo mejor del filme, y eso son sus 5 minutos finales, para lo que ha valido la pena ver la película ya que sino como tal no valdría como retrato de vida humanitario como es la razón primordial del documental.

La trama se basa en lo que se titula, el pez gato (traducción al español de catfish) que como se nos cuenta en la historia proviene de la necesidad de ese animal para la mayor conservación del bacalao en una época en que se enviaba en cantidades industriales desde Alaska hacia China, y que significa que uno se apoya en algo especial y exógeno a nosotros para cubrir la vacuidad, el vacío y lo soez de nuestra existencia. Algo que bien visto lo es alguien en el filme para Nev y no solo viceversa. Y es que las grandes historias no serían nada sin las pequeñas. Muchas veces -hay que repetirlo- más importantes. 

viernes, 7 de junio de 2013

Mekong Hotel

El director tailandés Apichatpong Weerasethakul tiene un cine raro. Pero posee su grupo de seguidores fieles en el mundo como ocurre con los cineastas extravagantes a los que se les suele encontrar sustancia. No obstante como se ve en su filmografía no es alguien que vaya a ser muy popular. No por ahora, no como va, cree y hace, aunque claramente es muy respetable en su honestidad consigo mismo, en defender su cosmovisión personal. 

Mekong hotel (2012) es un documental que tampoco lo es al 100% sino que articula mucha ficción. Y no está mal en nuestros tiempos ya que el documental actual ha mutado y ahora exalta su subjetividad. El propio director sale entrevistando a un músico, y en adelante ante ese arranque nos acompañará siempre una guitarra acústica, hasta verlo nuevamente una vez más al compositor con la cámara estática por un tiempo muerto ante su humilde presencia en donde el sonido ha de hipnotizarte o abstenerte a su sufrimiento. Seamos justos, si bien no amerita tanta presencia, tampoco es detestable, la melodía tiene su hermosura. 

Pasada cierta molestia ante la repetida musicalidad que es bella pero cansina, pasamos a estar en general en una única localización, la del mencionado hotel Mekong que está a orillas del río del mismo nombre que es la frontera entre Tailandia y Laos. Luego la historia de ficción retratará a una madre con su hija junto con la interrelación de un vecino de ellas en el mismo espacio. La particularidad subyace en el retorno de una de esas constantes de Weerasethakul, se trata de los fantasmas y la reencarnación, como en su anterior película, la medio indescifrable El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (2010), en varios sentidos una insólita Palma de Oro. 

Otra curiosidad es que la concepción de los fantasmas del cineasta tailandés es distinta a la que conocemos. Seguramente viene del folclore de Tailandia, un país muy místico y supersticioso. Pero concebida desde la singularidad de Apichatpong, que por algo es admirado y visto como único, siendo su cine independiente. No subyace como mainstream ni siquiera en su nación. ¿Cómo son estos fantasmas entonces? Los entes en cuestión pueden convertirse en materia una vez que toman un cuerpo ajeno, pasar por personas normales, mientras son ocultas bestias carnívoras, tanto que se rumorea que se alimentan también de seres humanos. Muchos los consideran una especie de vampiros, ya que aman la sangre además.

El filme que debemos aclarar no es ninguna película de terror consta de algunas pláticas ordinarias, como encuentros casuales entre sus tres protagonistas, o algunas escenas donde salen convertidos en fantasmas, y otras trascendentes, pero en general suele primar la amigable soltura. Weerasethakul vuelve a sus ideas base y se conversan sus pensamientos en sus personajes que miran a ratos a la cámara, o se confunden dialogando y dando la espalda como parte del equipo de trabajo que subyace en medio del documental.

Uno de los temas es una hipotética inundación y destrucción de Bangkok ante algunos indicios exógenos, una ciudad privilegiada en el país que parece no tener la fuerza de otras provincias para subsistir ante semejante desastre. También se habla del pasado militar y un campo de refugiados para habitantes de Laos, entre fantasmas, protección ante ello y reencarnación.

En su corta duración, el filme dura un aproximado de 56 minutos, se articulan bastantes sentimientos y se juega con diversas actuaciones aunque como es lógico son breves y no llegan a explotarse demasiado, hay lágrimas, risas, algo de discreta sensualidad, momentos meditativos, sinceramientos, algunos otros de salvajismo con pedazos de carne ensangrentada o con la historia ausente en lo visual de un perro agredido hasta matarlo. 

Ven televisión mientras comparten historias o simplemente yacen en sus cuartos o por el hotel. También hay imágenes de labores de jardinería y construcción (otros tiempos muertos y que remiten a un esfuerzo de paciencia para con el espectador), en donde en general predomina una paz y tranquilidad alrededor (no faltan los estados contemplativos habidos en espiritualidad y reflexión meditativa silenciosa). Incluso los ratos de aparente violencia son muy pasivos, muy dominables o crean esa impresión, aunque hay conflicto existencial muy particular, la cualidad de fantasma resulta un peso importante, algo inmanejable y torturador.

Finalmente la película termina con un encuadre de cámara que se fija en el río Mekong y lo que parecen motos de agua circulando por el espacio. En fin, es el cine que propone Weerasethakul que a cierto punto su rareza y algo muy personal que tiene que decir crea interés aunque no sea uno de mis cineastas favoritos. Para quien quiera verlo debería primero prepararse. 

Repasando su filmografía, para mi su mejor película por mucho es Misterioso objeto al mediodía (2000), su ópera prima, que es una especie de trama echa en el camino de forma espontánea por gente común que van tomando la posta como si fueran actores. Otra a mencionar es Blissfully Yours (2002), en que se puede entender lo que significa la felicidad desde el máximo sentimiento y estado del amor, que presenta imágenes explicitas sexuales. Lleva un ritmo lento. Se mueve mediante una historia muy sencilla, en una narrativa de apariencia intrascendente que subyace dividida en dos partes; un antes en la vida dura y traumática, y otra romántica e idealizada en la naturaleza y la libertad. Otra opción puede ser Tropical Malady (2004), en las sencillas aventuras cotidianas y diario vivir de una pareja de homosexuales rurales tailandeses, y más tarde la complicada leyenda que se cuece en su territorio próximo a la familia de uno de ellos.

Diamond Flash

Ésta es una película española de bajo presupuesto que presenta cuatro historias entrecruzadas por un personaje misterioso. Una es la de Violeta (Eva Llorach) que ha sufrido de abuso sexual infantil de parte de un familiar, recuerdo que le regresa tras el secuestro de su hija; otra, la de Elena (Ángela Villar) que padece maltrato físico doméstico de parte de su pareja; una tercera, la de Lola (Rocío León) y Juana (Ángela Boix) que cada una tiene marcas del pasado –la muerte de una hermana, el abandono de la madre- y diferentes intereses que moldean su conducta criminal; y la de Enriqueta (Victória Radonic) como la malvada ejecutora de una mafia, pero que guarda un rasgo de femineidad y sensibilidad, buscar a un hombre que la haga reír.

La dirección corre a manos de Carlos Vermut, es su ópera prima, y se solventa en una visión femenina o, siendo más preciso, en una interpretación masculina del universo femenino, en donde se articula la aparición de un superhéroe, Diamond Flash, que es como el salvador que en realidad no necesitan éstas mujeres, sino que deben ser solventes por sí mismas dentro de sus vidas y conflictos, en los papeles de las noveles y efectivas actrices. Vermut presenta personajes muy bien dibujados, desde la delicadeza y dulzura de Lola, la inocencia y simpatía de Elena, la fuerza de Violeta (que en realidad es, o debe ser, de todas), y la sensualidad y la determinación de Juana. En sus respectivos contextos son descritas sus personalidades de forma contundente y bastante hábil condensándose y proyectándose en la trama sin previsibilidad sino manteniendo la atención del espectador en el orden de cuatro episodios (separados algo arbitrariamente) que contienen escenas cómicas y cotidianas ágilmente descritas –la emoción en la anécdota sobre la aparición intempestiva de Diamond Flash; la de las citas de Enriqueta en un bar- , otra intensa y melodramática (una porción generosa, 40 minutos más o menos en el interior de un baño y a razón del vómito, literal y metafórico), alguna surrealista –la del sueño de reencuentro con la madre muerta-, una muy salvaje y violenta (la del pasadizo), otra de fuerte tensión y miedo –la de Elena atada a merced de la muerte- o envueltas en deseo físico y de lugar perdido en el tiempo (en un restaurante abandonado en medio de una relación lésbica y de conveniencia).  

La visión de éste filme del superhéroe es atípica al uso cotidiano, pero acorde con el mundo en que vivimos, lo que hay que tomar como una crítica en general, porque busca destacar la idea de que realmente no es necesario para nuestras vidas (en especial de ninguna mujer), ya que no es un ente superior que ostenta un código idealista y humanitario, sino el de un tipo imperfecto, abusivo, asesino y hasta vengativo (de ahí la nota en la boca de un cadáver). No obstante Diamond Flash hace el bien a fin de cuentas, como rescatar a una niña de un secuestro o salvar a una mujer de un inminente robo y violación, teniendo alguna defensa en sus espaldas (explicita en varios diálogos, uno de Enriqueta haciéndose pasar por policía y otro de la madre enferma de Elena). Pero de lo que va es no saber enfrentar la violencia sexual y física (todavía, y realmente se vislumbra elípticamente como un desenlace pesimista y conformista).

El filme se articula sobre un contexto muy fácil de identificar con nuestro entorno inmediato, las mujeres criminales tienen de ordinarias damiselas, buscando enamorarse, compartiendo ratos intrascendentes, apasionándose, divagando en existencialismos sutiles o simplemente haciendo un pasatiempo artístico que requiere una sensibilización. Se nos presentan cuatro personajes (incluimos a la mandamás en las tinieblas, detrás del teléfono y el secuestro), los antagonistas de Diamond Flash, que al igual que él presentan una personalidad tanto reprobable como sentimental. El filme sirve para la reflexión, bajo un espectro audaz propio de un cómic urbano, de que el futuro no nos está señalado, no existe el destino (lo demuestra la lectura del tarot con barajas de animales prehistóricos), sino está en nuestras propias manos, ser bueno o malo nos concierne tanto como poder resolvernos en situaciones determinantes, saber decidir y superar todos esos trances, en un disfraz de historieta que juega a la par a lo realista y fantástico.

Juana dice haberse rendido a la última frase de su madre, el amoldarse a la oscuridad, por la falta de fe en una vida correcta y optimista, mientras Lola persigue un acto reivindicativo que cuestiona su nobleza. Y es que muy a menudo nos movemos por el espacio menos acertado. Porque superar problemas es verdaderamente un reto personal y un acondicionamiento. Y aunque el filme trata de no cuestionar ni el bien ni el mal en cada persona sino atender a su ambigüedad y complejidad, si se trata de saber hallar la salida más inteligente y justa, de ahí que la tragedia envuelva muchas decisiones, nos hagan caer por nuestro propio peso, salvándose sólo la pura superficialidad, por lección innecesaria, como le pasa a Enriqueta; un jugoso personaje, cínico y seguro de sí, que se amolda a ese mundo que el conjunto parece señalar con aire de conmiseración, desilusión y más tarde resignación (no para el espectador que puede cavilar al respecto), en un tono muy contemporáneo, el de la neutralidad, el de la autosuficiencia.

Diamond Flash y su rival “principal”, Enriqueta, aparte de amoldarse más al juego que plantea el cómic y ser la presencia original -cada uno a su modo siendo además representativos- dentro de la normalización realista (haciendo la salvedad de los súper-poderes del superhéroe que se dan solo en dos casos puntuales en un único momento) son gérmenes del mal que vivimos (aun siendo ella otro ser humano más con algún requerimiento afectivo). Ambos son piezas de un universo que debemos reemplazar, proporcionando en esa línea dejar a la abusiva pareja. En la película aunque sea increíble de creer –yo he dudado si era o no semejante ocurrencia- pasa por un pedo que dicen juega con una frase hecha, una “audacia” bastante boba, pero que no creo que llegue a destruir los tantos logros.

Cada parte encaja perfectamente en el relato una vez que las tenemos bien vistas, a lo que hay que estar atentos, donde no parece sobrarle mucho aun vistiéndose a veces de mucha intrascendencia, aunque también deja rastros y elucubraciones a la imaginación. El filme brinda lo necesario para hacernos de un escenario actual, que parece llamar a la consciencia de la mujer en particular, transportándolo a nuestro deseo de cambio a través de su “verídica” contextualización y su singular en apariencia pero repetitiva esperanza o inacción; sin obviar que luce atractivo, entretenido y original, y aunque contenga diálogos demás o ciertas tonterías sobresale su personal dramatización (que es algo unidimensional aunque los personajes se hagan querer; rígida en Enriqueta o muy cándida en Lola, pero que crean empatía y viven en la riqueza del conjunto). Contiene muchas virtudes como su consistencia argumental, su atrevimiento y su personalidad, que no hacen más que señalarla como una obra que propagar.  

jueves, 6 de junio de 2013

Safety Not Guaranteed

Cinta indie que obtuvo premio a mejor primer guion en los Independent Spirit Awards 2013 y que se ampara en los tipos marginados, los raros, con una historia que los reivindica mostrando antes el lugar que ocupan en la sociedad y como se les observa. Una historia que peca de ñoñez y es muy ligera creando poco convencimiento en su sub-trama o segunda historia, en la del jefe de redactores, Jeff (Jake Johnson, popular por la serie de televisión y comedia New Girl) cuando quiere reencontrarse con una mujer que le ha resultado un recuerdo imperecedero hasta contener fantasías sobre ella, teniéndola por el mejor sexo oral que ha tenido en su vida, y eso habla de su personalidad, que es el típico sujeto superficial que lleva el background de abusador de colegio, el que suele burlarse de los tontos, para lo que además luce endeble pero que se ampara en su belleza física. Sin embargo con esa faceta se transforma de forma atroz en un tronar de dedos en una persona altruista, dulce y simpática, enamorándose sin un desarrollo intermedio solvente de una mujer que al verla gorda en su primera impresión prácticamente echa a correr de su cita, cambiando más tarde rotunda e inverosímilmente. Y de eso cada vez se enfanga más esa línea argumental, ayudando a continuación a un nerd de ascendencia india a concebir una primera relación sexual ante su tímida figura y comportamiento, que sea dicho describe mucha facilidad de parte de las mujeres americanas. Solo que felizmente esa es la franja secundaria del conjunto y la principal tiene mayor sedimento, si es que la antes descrita en realidad tiene algo fuera de su notorio engatusamiento básico.

En lo central se trata de una historia de arranque original, un anuncio en el periódico  solicita un compañero para asistir a alguien en su máquina del tiempo y volver al pasado, proponiendo que la seguridad no está garantizada como dicta el título de la película. En ese trayecto una revista envía a tres personas tras el reportaje, un redactor profesional, Jeff,  y dos practicantes de facultad a sus órdenes, el chico indio llamado Arnau (Karan Soni) y la protagonista, la chica rara de nombre Darius (Aubrey Plaza). Pero como es de esperar la entrevista no está en los planes de Kenneth (Mark Duplass) quien parece estar loco de remate pensando que lo sigue el gobierno y que está a punto de volver en el tiempo a recuperar a un amor fallecido. Aunque el filme juega con la ambigüedad y se luce más como otro tipo extraño al que poder sacarle una buena historia.

La trama implica un tema universal, la necesidad de hallar nuestra otra mitad afectiva, de sentirnos amados, además de atravesar por la soledad y el no poder adaptarnos al grupo hegemónico, el yacer desubicados en el mundo incluso hasta avanzados los treinta, padecer el rechazo y sufrir las apariencias. El lugar que toman las personas en una sociedad que agrupa a los seres humanos en tipos atractivos e interesantes, como otros en extraños y bobos. 

Seguro que la película será interpretada como muy condescendiente si no nos enmelamos tan ciegamente, sin embargo llevarlo hasta las últimas consecuencias remite a un estado consciente y seguro de ello, al establecimiento de una defensa de ideas y afinidades que reditúa finalmente de forma satisfactoria, aun en la total compenetración con el marginado y el freaky outsider, porque a fin de cuentas es una declaración de principios, no de cambio sino de concebir el triunfo desde ese marginamiento. Para lo que el amor es definitorio mucho tácitamente aunque sea visto en el filme como algo complementario frente al hecho de hallar respeto, imponernos o que nos hagan un lugar sin desmerecernos, lo que oscila sobre el invento del aparato del tiempo balanceándose con el amor,  resolviendo las dos temáticas generando su propia importancia y espacio aun estando unidas, en un estado que va sobre uno y luego el otro en momentáneo predominio y así hasta el desenlace, tanto que uno pudo haberle dado al respecto otro giro haciendo que el amor sea explícitamente el meollo argumental más que una parte. Pero mejor de la forma que sucede porque funciona y da el punto adecuado que viene manejando el director Colin Trevorrow en su primera película de ficción.

Es importante hacer notar que los actores, en el papel de Darius y Kenneth están precisos, muy naturales aunque no sean tremendos intérpretes y demuestren alguna irregularidad; parecen realmente dos tipos singulares y su compenetración cae como anillo al dedo, uno se lo espera de cierta manera ya que Jeff parece ya tener su propia historia y Arnau resulta improbable al uso siendo muy accesorio. Pero todo surge muy bien planteado. Tanto como la locura que asoma en Kenneth a la que le ayuda su expresión o sus arrebatos (como el de la oreja postiza) dando la sensación constante de que puede propiciar una tragedia, incluyendo a lo físico y violento. Su persona siempre exalta esa noción al alimón de su conducta aunque solo pueda ser factor de una futura depresión o desilusión. Y eso yace mucho a favor del personaje que es el más sólido del grupo siendo bastante necesario que así sea ya que la fuerza de la realización subyace sobre sus espaldas provocando que se articule mejor el contrapeso en Darius que yace atraída e identificada hacia éste, compartiendo supuestamente perdidas indispensables en sus existencias aunque la más contundente sea su propia soledad y desadaptación.

Los pequeños momentos que comparten los protagonistas  juegan a una gran trascendencia en el resultado, entre lo estúpido y paranoico, ya que están dentro de una realidad que Kenneth cree, y lo noble, inocente y romántico de cualquier relación en camino. En donde hay partes en que se funden perfectamente como en la práctica de tiro sobre las botellas o el desnudar de sus motivos dentro de las planificaciones que llevan una presencia de intercambio de cariño y atracción.

El final se vuelve simplista en sus diálogos, ya que la confianza como se anticipa mucho se llega a romper, y en ello se resuelve inmediatamente, pero eso lo salva (y vastamente) las circunstancias que son tan particulares y encajan por sí solas, que lo otro está demás y se diluye, pierde importancia si es que ahí hubo algún guionista, y entra a tallar aquello de una imagen vale más que mil palabras, y para ella un beso y seguro un encuentro sexual (qué más prueba con la entrega de su ¿virginidad?), aparte de encarar a un “demente” minutos antes del desencadenamiento y revelación.

El filme a ratos es muy sentimental pero no es para nada desechable a fin de cuentas, el trayecto termina siendo amable sin consumirse en sus limitaciones y resulta hasta sencillamente valioso en su reflexión; es entretenido sin aspavientos con forma y mensaje que como tal ya deviene en algo rescatable. Partiendo de una premisa particular que no se hunde sino se le sabe manejar. También luce medio tontorrón, por qué no decirlo, y está plagado de errores, pero la mayoría de señas defectuosas son parte del himno que entona toda la obra conjunta, es parte de su esencia, de su defensa, de sus argumentos, sensibilizar al bully, al matón, al tipo que se cree mejor que otro  en su condición humana, luchar contra su extirpación, así como con las bellezas indolentes y crueles, como cuando la ex-novia (que ni siquiera lo fue) solo se regodeaba con las atenciones que recibía sin creer o apreciar a ese ser humano que las daba, o cuando dice que no hubiera podido estar con un tipo tan extraño, como si -sin la menor indesición- estuviera defendiendo una verdad, sí, es muy notoria la crítica y quienes son sus culpables (da dos ejemplos en personajes y luego es inteligente en lo abstracto), hay mucha ñoñez y peca de obvio el artilugio emotivo y vinculante pero toda esa consistencia genera frutos en una historia que nunca llega a ser vacía ni negativamente comercial sino mantiene su carácter de cine independiente pero de forma próxima y accesible, bailando con la locura y apreciando el amor, como un canto de un freak a otro (y aunque suena alentador mucho se debe a la fantasía del séptimo arte aunque muchos quieran ser, se sientan a veces así o sean uno de ellos), como Darius escuchando a la “ex novia” a la que hasta una canción se le ha compuesto –el colmo de la soledad, la alienación y la condición romántica y tontamente idealizada de un tipo muy extraño- y a Kenneth, escogiendo el camino más lógico que muchas veces no aparenta serlo.