sábado, 8 de junio de 2013

Catfish

Documental dirigido por Henry Joost y Ariel Schulman, que se nos desnuda completamente en todas sus aristas no dejando nada a la imaginación en medio de un aire de precisión, descubrimiento e información cinematográfica “sorprendente” que a un punto desconcierta y nos hace dudar un poco de su total credibilidad –donde parece colarse cierta artificialidad, premeditación y direccionalidad que denota demasiada subjetividad envuelta que como ya sabemos es admisible actualmente en el concepto artístico y recepción del documental del siglo XXI, mientras sea lo honesto que proclama ser- bajo una crítica al engaño que pueden fabricar las redes sociales, algo que en realidad puede aparecer en todas partes y no representa mayor contundencia negativa para con internet que sigue siendo un mar de ventajas por encima de sus detractores tanto como fuente de apariencias y falsas imágenes también, que es el tema que se trata en la película y que se sostiene en la búsqueda de un encantamiento banal en un gancho atractivo para un hombre soltero –la promesa de un romance con una mujer hermosa, interesante y sensual- y que oculta algo patético y triste.

El argumento gira sobre la relación de Yaniv “Nev” Schulman, un joven fotógrafo profesional y ciudadano común americano de buena presencia física y agradable personalidad, con la familia de una niña de 8 años de edad llamada Abby con la que entabla amistad principalmente por facebook, en una relación que inicia cuando la pequeña  le envía una pintura basada en una de sus fotografías publicadas en el New York Times. Luego vienen más obras pictóricas y amigables conversaciones, hasta conocer a su media hermana, Megan, de la que Nev se siente atraído virtualmente, creando con ella un vínculo afectivo a través del teléfono, las redes sociales, sus imágenes provocativas en la web y la música que ella canta haciendo cover subidas en el chat. Sin embargo la relación que se ha vuelto solida con toda la familia de Abby en pocos minutos de descripción visual, en especial con Megan, y que es la constante que muestra la película, guarda un misterio por resolver tras un giro “inesperado” producto de algunas mentiras descubiertas en el camino, que nos dirigen hacia un cambio en buena medida rotundo. Que a tan solo 25 minutos de metraje ya alimenta notablemente nuestra emoción y tensión por poder conocer que se cuece detrás de la propuesta, cuáles son las revelaciones que nos esperan.

Al final lo que se esconde resulta nada del otro mundo, si atendemos a lo que es objetivamente, es además algo previsible en su idea esencial pero que articula un inconfundible aire de inocencia y melancolía dentro de las falsedades, porque son a fin de cuentas inocuas salvo manipular las expectativas de aguardar hallar gente muy atractiva socialmente y no un espacio de desilusión y sensación de derrota (lo que termina siendo productivo de todas formas y que denota que no es una regla inamovible lo de estar o no “dentro del grupo” o lo que se entiende por lo que es o no felicidad), viviéndose eso sí mucha emotividad ante la confesión que tiene de continua colaboración, honestidad y timidez, lo que cambia fehacientemente nuestro estado de ánimo como espectadores (en cambio los directores del filme que también son personajes del documental en el hermano y el amigo, junto con Nev, se mantienen muy tranquilos y hasta yacen contentos con lo que han develado, y no podemos desmerecer que se debe al mérito de su trabajo ya que es un documental solvente y atrapante, una muy buena historia que han conquistado y está bien ejecutada aparte de tener calidad estética como poseer una gran estructura con diversas tomas, registros y técnicas electrónicas, solo que lastimosamente duele y molesta un poco), ya que a pesar de reprobar las acciones sientes conmiseración y lastima.

Da la impresión de que se explota el tema, lo que incomodaría a cualquiera, y que es una exposición que por más reprobable que sea el engaño involucrando a otros y su derecho como tal a destaparlo, termina siendo un documental que utiliza y expone a un ser humano con baja autoestima y que pasa por la frustración de su vida. Además de que se respira el egocentrismo de Yaniv Schulman que es pieza importante tanto en lo que vemos como en lo que significa, y que él mismo lo anticipa con una línea salida de su boca en que parece lavarse las manos y dice que no quiere ser centro de nada en una película ni que se exhiba su vida, y eso mismo hemos pensado de otros en el documental, y seguro por eso el filme no cala demasiado en cuanto al aplauso emocional si bien el logro como trabajo es notorio. Sin embargo, no podemos dejar de notar que ese lapso vital en la obra al que “contradictoriamente” criticamos y es el sentido del filme, disminuye un poco cuando leemos las letras del epilogo y como termina el asunto en algo constructivo que finalmente queda como mera anécdota, como es realmente la película, una hipérbole de emociones para con la curiosidad del público basado en un tema ordinario, en dilucidar una mentira a través de la cámara que enseña en el fondo a un ser humano soñador y bondadoso –tiene encima a una familia difícil- con deseo de que le rodee un aprecio distinto, un error ya que lo que debe hacer es mejorar desde su realidad, como termina pasando, agregando, respetándose y proyectándose, lo mejor del filme, y eso son sus 5 minutos finales, para lo que ha valido la pena ver la película ya que sino como tal no valdría como retrato de vida humanitario como es la razón primordial del documental.

La trama se basa en lo que se titula, el pez gato (traducción al español de catfish) que como se nos cuenta en la historia proviene de la necesidad de ese animal para la mayor conservación del bacalao en una época en que se enviaba en cantidades industriales desde Alaska hacia China, y que significa que uno se apoya en algo especial y exógeno a nosotros para cubrir la vacuidad, el vacío y lo soez de nuestra existencia. Algo que bien visto lo es alguien en el filme para Nev y no solo viceversa. Y es que las grandes historias no serían nada sin las pequeñas. Muchas veces -hay que repetirlo- más importantes. 

viernes, 7 de junio de 2013

Mekong Hotel

El director tailandés Apichatpong Weerasethakul tiene un cine raro. Pero posee su grupo de seguidores fieles en el mundo como ocurre con los cineastas extravagantes a los que se les suele encontrar sustancia. No obstante como se ve en su filmografía no es alguien que vaya a ser muy popular. No por ahora, no como va, cree y hace, aunque claramente es muy respetable en su honestidad consigo mismo, en defender su cosmovisión personal. 

Mekong hotel (2012) es un documental que tampoco lo es al 100% sino que articula mucha ficción. Y no está mal en nuestros tiempos ya que el documental actual ha mutado y ahora exalta su subjetividad. El propio director sale entrevistando a un músico, y en adelante ante ese arranque nos acompañará siempre una guitarra acústica, hasta verlo nuevamente una vez más al compositor con la cámara estática por un tiempo muerto ante su humilde presencia en donde el sonido ha de hipnotizarte o abstenerte a su sufrimiento. Seamos justos, si bien no amerita tanta presencia, tampoco es detestable, la melodía tiene su hermosura. 

Pasada cierta molestia ante la repetida musicalidad que es bella pero cansina, pasamos a estar en general en una única localización, la del mencionado hotel Mekong que está a orillas del río del mismo nombre que es la frontera entre Tailandia y Laos. Luego la historia de ficción retratará a una madre con su hija junto con la interrelación de un vecino de ellas en el mismo espacio. La particularidad subyace en el retorno de una de esas constantes de Weerasethakul, se trata de los fantasmas y la reencarnación, como en su anterior película, la medio indescifrable El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (2010), en varios sentidos una insólita Palma de Oro. 

Otra curiosidad es que la concepción de los fantasmas del cineasta tailandés es distinta a la que conocemos. Seguramente viene del folclore de Tailandia, un país muy místico y supersticioso. Pero concebida desde la singularidad de Apichatpong, que por algo es admirado y visto como único, siendo su cine independiente. No subyace como mainstream ni siquiera en su nación. ¿Cómo son estos fantasmas entonces? Los entes en cuestión pueden convertirse en materia una vez que toman un cuerpo ajeno, pasar por personas normales, mientras son ocultas bestias carnívoras, tanto que se rumorea que se alimentan también de seres humanos. Muchos los consideran una especie de vampiros, ya que aman la sangre además.

El filme que debemos aclarar no es ninguna película de terror consta de algunas pláticas ordinarias, como encuentros casuales entre sus tres protagonistas, o algunas escenas donde salen convertidos en fantasmas, y otras trascendentes, pero en general suele primar la amigable soltura. Weerasethakul vuelve a sus ideas base y se conversan sus pensamientos en sus personajes que miran a ratos a la cámara, o se confunden dialogando y dando la espalda como parte del equipo de trabajo que subyace en medio del documental.

Uno de los temas es una hipotética inundación y destrucción de Bangkok ante algunos indicios exógenos, una ciudad privilegiada en el país que parece no tener la fuerza de otras provincias para subsistir ante semejante desastre. También se habla del pasado militar y un campo de refugiados para habitantes de Laos, entre fantasmas, protección ante ello y reencarnación.

En su corta duración, el filme dura un aproximado de 56 minutos, se articulan bastantes sentimientos y se juega con diversas actuaciones aunque como es lógico son breves y no llegan a explotarse demasiado, hay lágrimas, risas, algo de discreta sensualidad, momentos meditativos, sinceramientos, algunos otros de salvajismo con pedazos de carne ensangrentada o con la historia ausente en lo visual de un perro agredido hasta matarlo. 

Ven televisión mientras comparten historias o simplemente yacen en sus cuartos o por el hotel. También hay imágenes de labores de jardinería y construcción (otros tiempos muertos y que remiten a un esfuerzo de paciencia para con el espectador), en donde en general predomina una paz y tranquilidad alrededor (no faltan los estados contemplativos habidos en espiritualidad y reflexión meditativa silenciosa). Incluso los ratos de aparente violencia son muy pasivos, muy dominables o crean esa impresión, aunque hay conflicto existencial muy particular, la cualidad de fantasma resulta un peso importante, algo inmanejable y torturador.

Finalmente la película termina con un encuadre de cámara que se fija en el río Mekong y lo que parecen motos de agua circulando por el espacio. En fin, es el cine que propone Weerasethakul que a cierto punto su rareza y algo muy personal que tiene que decir crea interés aunque no sea uno de mis cineastas favoritos. Para quien quiera verlo debería primero prepararse. 

Repasando su filmografía, para mi su mejor película por mucho es Misterioso objeto al mediodía (2000), su ópera prima, que es una especie de trama echa en el camino de forma espontánea por gente común que van tomando la posta como si fueran actores. Otra a mencionar es Blissfully Yours (2002), en que se puede entender lo que significa la felicidad desde el máximo sentimiento y estado del amor, que presenta imágenes explicitas sexuales. Lleva un ritmo lento. Se mueve mediante una historia muy sencilla, en una narrativa de apariencia intrascendente que subyace dividida en dos partes; un antes en la vida dura y traumática, y otra romántica e idealizada en la naturaleza y la libertad. Otra opción puede ser Tropical Malady (2004), en las sencillas aventuras cotidianas y diario vivir de una pareja de homosexuales rurales tailandeses, y más tarde la complicada leyenda que se cuece en su territorio próximo a la familia de uno de ellos.

Diamond Flash

Ésta es una película española de bajo presupuesto que presenta cuatro historias entrecruzadas por un personaje misterioso. Una es la de Violeta (Eva Llorach) que ha sufrido de abuso sexual infantil de parte de un familiar, recuerdo que le regresa tras el secuestro de su hija; otra, la de Elena (Ángela Villar) que padece maltrato físico doméstico de parte de su pareja; una tercera, la de Lola (Rocío León) y Juana (Ángela Boix) que cada una tiene marcas del pasado –la muerte de una hermana, el abandono de la madre- y diferentes intereses que moldean su conducta criminal; y la de Enriqueta (Victória Radonic) como la malvada ejecutora de una mafia, pero que guarda un rasgo de femineidad y sensibilidad, buscar a un hombre que la haga reír.

La dirección corre a manos de Carlos Vermut, es su ópera prima, y se solventa en una visión femenina o, siendo más preciso, en una interpretación masculina del universo femenino, en donde se articula la aparición de un superhéroe, Diamond Flash, que es como el salvador que en realidad no necesitan éstas mujeres, sino que deben ser solventes por sí mismas dentro de sus vidas y conflictos, en los papeles de las noveles y efectivas actrices. Vermut presenta personajes muy bien dibujados, desde la delicadeza y dulzura de Lola, la inocencia y simpatía de Elena, la fuerza de Violeta (que en realidad es, o debe ser, de todas), y la sensualidad y la determinación de Juana. En sus respectivos contextos son descritas sus personalidades de forma contundente y bastante hábil condensándose y proyectándose en la trama sin previsibilidad sino manteniendo la atención del espectador en el orden de cuatro episodios (separados algo arbitrariamente) que contienen escenas cómicas y cotidianas ágilmente descritas –la emoción en la anécdota sobre la aparición intempestiva de Diamond Flash; la de las citas de Enriqueta en un bar- , otra intensa y melodramática (una porción generosa, 40 minutos más o menos en el interior de un baño y a razón del vómito, literal y metafórico), alguna surrealista –la del sueño de reencuentro con la madre muerta-, una muy salvaje y violenta (la del pasadizo), otra de fuerte tensión y miedo –la de Elena atada a merced de la muerte- o envueltas en deseo físico y de lugar perdido en el tiempo (en un restaurante abandonado en medio de una relación lésbica y de conveniencia).  

La visión de éste filme del superhéroe es atípica al uso cotidiano, pero acorde con el mundo en que vivimos, lo que hay que tomar como una crítica en general, porque busca destacar la idea de que realmente no es necesario para nuestras vidas (en especial de ninguna mujer), ya que no es un ente superior que ostenta un código idealista y humanitario, sino el de un tipo imperfecto, abusivo, asesino y hasta vengativo (de ahí la nota en la boca de un cadáver). No obstante Diamond Flash hace el bien a fin de cuentas, como rescatar a una niña de un secuestro o salvar a una mujer de un inminente robo y violación, teniendo alguna defensa en sus espaldas (explicita en varios diálogos, uno de Enriqueta haciéndose pasar por policía y otro de la madre enferma de Elena). Pero de lo que va es no saber enfrentar la violencia sexual y física (todavía, y realmente se vislumbra elípticamente como un desenlace pesimista y conformista).

El filme se articula sobre un contexto muy fácil de identificar con nuestro entorno inmediato, las mujeres criminales tienen de ordinarias damiselas, buscando enamorarse, compartiendo ratos intrascendentes, apasionándose, divagando en existencialismos sutiles o simplemente haciendo un pasatiempo artístico que requiere una sensibilización. Se nos presentan cuatro personajes (incluimos a la mandamás en las tinieblas, detrás del teléfono y el secuestro), los antagonistas de Diamond Flash, que al igual que él presentan una personalidad tanto reprobable como sentimental. El filme sirve para la reflexión, bajo un espectro audaz propio de un cómic urbano, de que el futuro no nos está señalado, no existe el destino (lo demuestra la lectura del tarot con barajas de animales prehistóricos), sino está en nuestras propias manos, ser bueno o malo nos concierne tanto como poder resolvernos en situaciones determinantes, saber decidir y superar todos esos trances, en un disfraz de historieta que juega a la par a lo realista y fantástico.

Juana dice haberse rendido a la última frase de su madre, el amoldarse a la oscuridad, por la falta de fe en una vida correcta y optimista, mientras Lola persigue un acto reivindicativo que cuestiona su nobleza. Y es que muy a menudo nos movemos por el espacio menos acertado. Porque superar problemas es verdaderamente un reto personal y un acondicionamiento. Y aunque el filme trata de no cuestionar ni el bien ni el mal en cada persona sino atender a su ambigüedad y complejidad, si se trata de saber hallar la salida más inteligente y justa, de ahí que la tragedia envuelva muchas decisiones, nos hagan caer por nuestro propio peso, salvándose sólo la pura superficialidad, por lección innecesaria, como le pasa a Enriqueta; un jugoso personaje, cínico y seguro de sí, que se amolda a ese mundo que el conjunto parece señalar con aire de conmiseración, desilusión y más tarde resignación (no para el espectador que puede cavilar al respecto), en un tono muy contemporáneo, el de la neutralidad, el de la autosuficiencia.

Diamond Flash y su rival “principal”, Enriqueta, aparte de amoldarse más al juego que plantea el cómic y ser la presencia original -cada uno a su modo siendo además representativos- dentro de la normalización realista (haciendo la salvedad de los súper-poderes del superhéroe que se dan solo en dos casos puntuales en un único momento) son gérmenes del mal que vivimos (aun siendo ella otro ser humano más con algún requerimiento afectivo). Ambos son piezas de un universo que debemos reemplazar, proporcionando en esa línea dejar a la abusiva pareja. En la película aunque sea increíble de creer –yo he dudado si era o no semejante ocurrencia- pasa por un pedo que dicen juega con una frase hecha, una “audacia” bastante boba, pero que no creo que llegue a destruir los tantos logros.

Cada parte encaja perfectamente en el relato una vez que las tenemos bien vistas, a lo que hay que estar atentos, donde no parece sobrarle mucho aun vistiéndose a veces de mucha intrascendencia, aunque también deja rastros y elucubraciones a la imaginación. El filme brinda lo necesario para hacernos de un escenario actual, que parece llamar a la consciencia de la mujer en particular, transportándolo a nuestro deseo de cambio a través de su “verídica” contextualización y su singular en apariencia pero repetitiva esperanza o inacción; sin obviar que luce atractivo, entretenido y original, y aunque contenga diálogos demás o ciertas tonterías sobresale su personal dramatización (que es algo unidimensional aunque los personajes se hagan querer; rígida en Enriqueta o muy cándida en Lola, pero que crean empatía y viven en la riqueza del conjunto). Contiene muchas virtudes como su consistencia argumental, su atrevimiento y su personalidad, que no hacen más que señalarla como una obra que propagar.  

jueves, 6 de junio de 2013

Safety Not Guaranteed

Cinta indie que obtuvo premio a mejor primer guion en los Independent Spirit Awards 2013 y que se ampara en los tipos marginados, los raros, con una historia que los reivindica mostrando antes el lugar que ocupan en la sociedad y como se les observa. Una historia que peca de ñoñez y es muy ligera creando poco convencimiento en su sub-trama o segunda historia, en la del jefe de redactores, Jeff (Jake Johnson, popular por la serie de televisión y comedia New Girl) cuando quiere reencontrarse con una mujer que le ha resultado un recuerdo imperecedero hasta contener fantasías sobre ella, teniéndola por el mejor sexo oral que ha tenido en su vida, y eso habla de su personalidad, que es el típico sujeto superficial que lleva el background de abusador de colegio, el que suele burlarse de los tontos, para lo que además luce endeble pero que se ampara en su belleza física. Sin embargo con esa faceta se transforma de forma atroz en un tronar de dedos en una persona altruista, dulce y simpática, enamorándose sin un desarrollo intermedio solvente de una mujer que al verla gorda en su primera impresión prácticamente echa a correr de su cita, cambiando más tarde rotunda e inverosímilmente. Y de eso cada vez se enfanga más esa línea argumental, ayudando a continuación a un nerd de ascendencia india a concebir una primera relación sexual ante su tímida figura y comportamiento, que sea dicho describe mucha facilidad de parte de las mujeres americanas. Solo que felizmente esa es la franja secundaria del conjunto y la principal tiene mayor sedimento, si es que la antes descrita en realidad tiene algo fuera de su notorio engatusamiento básico.

En lo central se trata de una historia de arranque original, un anuncio en el periódico  solicita un compañero para asistir a alguien en su máquina del tiempo y volver al pasado, proponiendo que la seguridad no está garantizada como dicta el título de la película. En ese trayecto una revista envía a tres personas tras el reportaje, un redactor profesional, Jeff,  y dos practicantes de facultad a sus órdenes, el chico indio llamado Arnau (Karan Soni) y la protagonista, la chica rara de nombre Darius (Aubrey Plaza). Pero como es de esperar la entrevista no está en los planes de Kenneth (Mark Duplass) quien parece estar loco de remate pensando que lo sigue el gobierno y que está a punto de volver en el tiempo a recuperar a un amor fallecido. Aunque el filme juega con la ambigüedad y se luce más como otro tipo extraño al que poder sacarle una buena historia.

La trama implica un tema universal, la necesidad de hallar nuestra otra mitad afectiva, de sentirnos amados, además de atravesar por la soledad y el no poder adaptarnos al grupo hegemónico, el yacer desubicados en el mundo incluso hasta avanzados los treinta, padecer el rechazo y sufrir las apariencias. El lugar que toman las personas en una sociedad que agrupa a los seres humanos en tipos atractivos e interesantes, como otros en extraños y bobos. 

Seguro que la película será interpretada como muy condescendiente si no nos enmelamos tan ciegamente, sin embargo llevarlo hasta las últimas consecuencias remite a un estado consciente y seguro de ello, al establecimiento de una defensa de ideas y afinidades que reditúa finalmente de forma satisfactoria, aun en la total compenetración con el marginado y el freaky outsider, porque a fin de cuentas es una declaración de principios, no de cambio sino de concebir el triunfo desde ese marginamiento. Para lo que el amor es definitorio mucho tácitamente aunque sea visto en el filme como algo complementario frente al hecho de hallar respeto, imponernos o que nos hagan un lugar sin desmerecernos, lo que oscila sobre el invento del aparato del tiempo balanceándose con el amor,  resolviendo las dos temáticas generando su propia importancia y espacio aun estando unidas, en un estado que va sobre uno y luego el otro en momentáneo predominio y así hasta el desenlace, tanto que uno pudo haberle dado al respecto otro giro haciendo que el amor sea explícitamente el meollo argumental más que una parte. Pero mejor de la forma que sucede porque funciona y da el punto adecuado que viene manejando el director Colin Trevorrow en su primera película de ficción.

Es importante hacer notar que los actores, en el papel de Darius y Kenneth están precisos, muy naturales aunque no sean tremendos intérpretes y demuestren alguna irregularidad; parecen realmente dos tipos singulares y su compenetración cae como anillo al dedo, uno se lo espera de cierta manera ya que Jeff parece ya tener su propia historia y Arnau resulta improbable al uso siendo muy accesorio. Pero todo surge muy bien planteado. Tanto como la locura que asoma en Kenneth a la que le ayuda su expresión o sus arrebatos (como el de la oreja postiza) dando la sensación constante de que puede propiciar una tragedia, incluyendo a lo físico y violento. Su persona siempre exalta esa noción al alimón de su conducta aunque solo pueda ser factor de una futura depresión o desilusión. Y eso yace mucho a favor del personaje que es el más sólido del grupo siendo bastante necesario que así sea ya que la fuerza de la realización subyace sobre sus espaldas provocando que se articule mejor el contrapeso en Darius que yace atraída e identificada hacia éste, compartiendo supuestamente perdidas indispensables en sus existencias aunque la más contundente sea su propia soledad y desadaptación.

Los pequeños momentos que comparten los protagonistas  juegan a una gran trascendencia en el resultado, entre lo estúpido y paranoico, ya que están dentro de una realidad que Kenneth cree, y lo noble, inocente y romántico de cualquier relación en camino. En donde hay partes en que se funden perfectamente como en la práctica de tiro sobre las botellas o el desnudar de sus motivos dentro de las planificaciones que llevan una presencia de intercambio de cariño y atracción.

El final se vuelve simplista en sus diálogos, ya que la confianza como se anticipa mucho se llega a romper, y en ello se resuelve inmediatamente, pero eso lo salva (y vastamente) las circunstancias que son tan particulares y encajan por sí solas, que lo otro está demás y se diluye, pierde importancia si es que ahí hubo algún guionista, y entra a tallar aquello de una imagen vale más que mil palabras, y para ella un beso y seguro un encuentro sexual (qué más prueba con la entrega de su ¿virginidad?), aparte de encarar a un “demente” minutos antes del desencadenamiento y revelación.

El filme a ratos es muy sentimental pero no es para nada desechable a fin de cuentas, el trayecto termina siendo amable sin consumirse en sus limitaciones y resulta hasta sencillamente valioso en su reflexión; es entretenido sin aspavientos con forma y mensaje que como tal ya deviene en algo rescatable. Partiendo de una premisa particular que no se hunde sino se le sabe manejar. También luce medio tontorrón, por qué no decirlo, y está plagado de errores, pero la mayoría de señas defectuosas son parte del himno que entona toda la obra conjunta, es parte de su esencia, de su defensa, de sus argumentos, sensibilizar al bully, al matón, al tipo que se cree mejor que otro  en su condición humana, luchar contra su extirpación, así como con las bellezas indolentes y crueles, como cuando la ex-novia (que ni siquiera lo fue) solo se regodeaba con las atenciones que recibía sin creer o apreciar a ese ser humano que las daba, o cuando dice que no hubiera podido estar con un tipo tan extraño, como si -sin la menor indesición- estuviera defendiendo una verdad, sí, es muy notoria la crítica y quienes son sus culpables (da dos ejemplos en personajes y luego es inteligente en lo abstracto), hay mucha ñoñez y peca de obvio el artilugio emotivo y vinculante pero toda esa consistencia genera frutos en una historia que nunca llega a ser vacía ni negativamente comercial sino mantiene su carácter de cine independiente pero de forma próxima y accesible, bailando con la locura y apreciando el amor, como un canto de un freak a otro (y aunque suena alentador mucho se debe a la fantasía del séptimo arte aunque muchos quieran ser, se sientan a veces así o sean uno de ellos), como Darius escuchando a la “ex novia” a la que hasta una canción se le ha compuesto –el colmo de la soledad, la alienación y la condición romántica y tontamente idealizada de un tipo muy extraño- y a Kenneth, escogiendo el camino más lógico que muchas veces no aparenta serlo.  


viernes, 31 de mayo de 2013

Attenberg

Cinta del año 2010 perteneciente al cine griego moderno donde resalta principalmente su deseo de ser una propuesta trasgresora y original, como se estila en muchos cineastas contemporáneos ensimismados en la ambición de salir del rebaño, pero en donde siempre debe estudiarse a qué precio y si vale la pena, sino algo más clásico puede ser una mejor opción, todo depende de qué sea lo que propongas a fin de cuentas. Tanto para bien como para mal no hay demasiado de ninguna de las dos como para absorber el conjunto o impresionarnos intensamente pero destacan ambas notoriamente entre sus características, lo que lastra un poco su resultado, siendo su predisposición y la consiguiente sensación de sus intenciones objeto de caer en cierto aire de gratuidad o provocar paradójicamente abulia aun siendo abiertos al cine de autor, al que se pretende con devoción.

Presenta un cariz en parte criticable negativamente de efectismo, sin embargo no al punto de minusvalorar la película porque toda la trama y sus imágenes por más libres que sean algunas se amoldan a la perspectiva general, es decir que la narración de su personal auscultación predomina, y esta versa sobre el sexo y (por supuesto) los sentimientos, más indirectamente. En ese panorama se nos presentan dos amigas. Opuestas en personalidad y anhelos sexuales, una hasta se muestra y se ve bastante apática en su fisonomía en ese aspecto, repele el coito -al que denomina eso del pistón que cree le molestará entrando y saliendo en su cuerpo como un ente invasor y conquistador- y le son difíciles las relaciones humanas, aunque siente mucha curiosidad por ello (más clara no puede ser la escena de las dos lenguas femeninas moviéndose en un beso demasiado entusiasta y torpe), de lo cual surge una “dependencia” de la amistad de Bella (Evangelia Randou), una chica sexualmente activa y libre, incluso promiscua y fácil, que ve el acto en sí de forma sumamente superficial, muy abiertamente, en un sendero práctico, al punto de hacer favores sexuales y ser bisexual.

En la cosmovisión de la autora, de Athina Rachel Tsangari en esta su segunda película, se metaforiza lo sexual en las plantas, se puede ver además una indagación física de ese fundamento, y se articula mucha semejanza humana con los animales (inspirada en los documentales donde participa el naturalista inglés David Attenborough que proporciona el título en la mala pronunciación del griego de su apellido, como en el cartel de la película en donde la continuación interna de los brazos empujando la espalda asemeja a las alas de un ave). Hay ratos que la simplificación llega a ser muy didáctica. En el filme la ignorancia y la libertad juegan un gran papel. Nos quiere decir que lo sexual es un descubrimiento -y una continuidad- personal menos trascendente de lo que creemos, aunque sea psicológicamente importante desde la concepción de uno.

La protagonista y eje de la historia, Marina (Ariane Labed, mejor actriz en el Festival de Cine de Venecia 2010) mientras enfrenta la próxima muerte de la raíz que la sostiene al mundo, su padre, Spyros, en una relación que la describe como “una hija de papá” (entre comillas porque es una persona atrevida y aunque torpe e inmadura, segura y fuerte), su confidente, su amigo, el ser que más quiere, debe aprender a sostenerse y seguir por sí misma, ser líder de su destino de forma aún más solitaria de lo que ya es,  y en esa obligatoria decisión su mente debe entender su relación con lo sexual, ese es su reto (que radica en un razonamiento conflictivo), en asumirse tal cual, en pasar por esos dos trances definitorios, el inicio y el final, solo que como se entiende, todo es menos de lo que se cree, solo que la complejidad de nuestra esencia ante semejantes temas hacen de la experiencia un aire de tragedia, que lo es hasta comprender que es inevitable en nuestras vidas. Es el descubrir de la simpleza de lo complicado, eso es lo principal. Y ella encaja en la resolución aunque no en todos los atributos que se requieren.

El problema subyace en que idealiza al padre al que imagina sin pene ni (degradante) lascivia, lo que luego en el acto de renuncia en la entrega de la amiga denota que se ha asumido su condición de ser humano. Sin embargo el amor al que aspira la trama siempre por esas circunstancias es tan complejo de llenar al alcance de su precedente totalizante y demasiado grande aunque inevitablemente deba buscarlo, para seguir adelante, y conseguirlo para  llegar a la plenitud, a fomentar una mejor vida. Vislumbrar el inminente vacío la impulsa a que lo intente, a cambiar de parecer. El amor es un tema elíptico pero brilla en las canciones francesas románticas que se amoldan al conjunto y más que decoración musical o audaz contraste representan una línea ideológica discreta de exploración del filme. Solo que vista en pantalla desde una perspectiva dura.

Spyros (Vangelis Mourikis) es ateo, quiere ser cremado estando en una nación ortodoxa que repudia esa liberalidad anti-cristiana, él mediante su calma y la aceptación de su último camino ejerce la dirección del universo de su hija, siempre le ha sido de ejemplo habiendo dos rasgos marcados que se desprenden de él, su firmeza y una oculta esencialidad salvaje, primitiva. Spyros es un macaco, es una bestia, como marina lo ha heredado y se ha instruido sabiéndolo, y el mensaje es el mismo para todos los demás, y la transición con la realidad pasa por esa naturaleza. Es una mirada reflexiva específica. Marina despliega inocencia en su aprendizaje sexual en algo que suele ser violento, solo que el tono del filme no lo es, queda velado por la férrea voluntad de los personajes. La temática no tiene solemnidad, es relajada, aunque a ratos extraña, como los bailes y exhibiciones de intensidad de las intrínsecamente sensuales chiquillas, de una espontaneidad que es un grito de rebeldía. Con coreografías irreverentes y en parte absurdas, burlescas, como el trasfondo de quien arremete contra el mundo sin temerle y aunque desconociendo mucho de éste tomándolo de los pelos, como en ese acto sexual primerizo con el ingeniero (el director griego Giorgos Lanthimos que no lo hace mal como actor, en un semblante tímido y actos comprensivos sin mucha excitación) a quien que le dejen el auto del trabajo diariamente le sirve de pretexto para acostarse con una inexperta Marina que parece hallarse con el tipo que requiere. La que se desnuda como una alumna presurosa y fría lista para aceptar el cambio que invita la vida, si es que realmente le hace efecto al decir de contrarrestar su indolencia sexual y sus vínculos afectivos para con otros que no sean su padre, o seguirá desligada del mundo siendo una despreocupada y extraña persona. No lo sabemos. Pero la noción y el trance personal ya indican una evolución.

Se enfatiza el cariz de materialismo frente a la muerte en los cobros del hospital y las órdenes fúnebres, un trámite común que son también (mucho) negocio, que muestran un plano de banalización que sirve de reflejo para desligarnos del misticismo que enaltece el final de la existencia. Tiene de bofetada a cierta sensibilidad y a la aspiración de embellecimiento que suele articular el hombre, como también el arte. No obstante, Athina Rachel Tsangari le rehúye, aunque crea en el espectador un enternecimiento para con su criatura, para con Marina, en ese aire de idiotez, de rareza y hasta de insolencia que ostenta, es un ser imperfecto en toda palabra, voluble e impredecible, como cuando pregunta al padre si la sueña desnuda, o le pide a Bella que como última satisfacción sexual, solo una necesidad, cumpla con acostarse con su progenitor.

Éste es un filme que posee una emotividad escondida tras la erradicación de las convenciones, de la extirpación de las ilusiones, de las mentiras que calman, aunque por momentos el filme parezca un cúmulo de muchos exabruptos o de la irresponsabilidad, de una pedrada que abre la visibilidad sin ser sensacionalista salvo contundente en su simplificación o en su elegante ataque a lo pedestre y lo trascendental. En transportar la muerte del padre (¿un especie de Dios?) a esa desnudez de Marina cargada de tranquila aridez y de constantes preguntas, aunque tenga lo suyo cuando la chica se desahoga con una danza frenética, un reflejo “irracional” de su estado emocional. Un camino que se construye con lo que se destruye, paleando uno el otro. Y uno conoce, vive y eso es todo, de cara a ese sugerente último escenario, el contexto y parte de la identidad de la película, un pueblo industrial, en que se está trabajando, en donde el ser humano en realidad se mueve, en una lucha contra nuestra naturaleza y en donde la arquitectura, la profesión de Spyros, también nos disfraza. Junto con la alegría, el (necesario y vital) desparpajo y la intensidad de bailes y gestos complementarios.


martes, 21 de mayo de 2013

Tess


El Festival de Cannes, el festival de festivales, empezó el 15 de mayo y se prolonga hasta el 26 del mismo mes, donde podemos encontrar las mejores películas del planeta de las que ostentan una definición de autor. Este año participan directores importantes como el iraní Asghar Farhadi, el nipón Hirokazu Koreeda o sobre todo el polaco nacido en Francia Roman Polanski. Se mezclan con famosos directores americanos que ostentan personalidad y público como los hermanos Coen, Alexander Payne, Steven Soderbergh y James Gray, como con destacados cineastas indies americanos como Jim Jarmusch, autores iluminados por Cannes como el danés Winding Refn, otros carne perfecta de festival que poseen historia y triunfos en este tipo de aventuras cinematográficas como el chino Jia Zhangke, y nombres internacionales de actualidad como Francois Ozon y Paolo Sorrentino. También hay sorprendentes nominaciones pero cargadas del respeto hacia el director cinéfilo por antonomasia como con Takashi Miike, valores locales importantes como Arnaud Desplechin y Arnaud Des Pallieres, nombres pequeños en busca del gran salto como el del holandés Alex Van Warmerdam, el mexicano Amat Escalante o la italiana Valeria Bruni Tedeschi y cineastas a “descubrir” como los africanos Mahamat-Saleh Haroun y Abdellatif Kechiche. Y eso solo por mencionar los concursantes por la palma de oro porque otras competencias como A Certain Regard, la semana de la crítica y la Quinzaine des Réalisateurs son fuente de una gama muy atractiva de séptimo arte, principalmente la primera que llega a ser brillante, junto con exhibiciones fuera de competencia, clásicos, homenajes, la competencia novel de la Cinefoundation y presentaciones especiales. 

Escojo a Roman Polanski porque claramente es la figura más famosa del grupo de la sección oficial, que compite con Venus in fur, adaptación de la obra teatral de solo dos personajes del americano David Ives que retrata el conflicto de poder entre un director y una aspirante al papel principal, interpretada por la esposa de Polanski, la actriz Emmanuelle Seigner.

Repaso un hito en la filmografía de Roman Polanki. Tess (1979) se basa en la obra literaria del inglés Thomas Hardy, y es una historia de época en donde éste escritor supo desenvolverse con talento, algo que en el cine por lo general no resulta tan atractivo para mí. Sin embargo hay que reconocer que Polanski logra un filme bastante completo aun viéndose un apuro en cuanto a dos momentos relevantes, cuando la protagonista queda embaraza y cuando ocurre un importante asesinato. No obstante esos lapsos quedan recuperados por un detallismo sugerente en cuanto a las consecuencias de ambos actos.

En la trama importa mucho la belleza, sabiendo que ello representa un imán para los otros seres humanos, un especie de don gratuito que te abre muchas puertas, que te hace simpático y atrayente a los demás, ya que te desean y quieren congraciarte contigo, quieren poseerte, así sea para beneplácito platónico o de amistad, que no es el caso ya que se aspira a lo sensual/sexual que es parte del conjunto del relato pero abordado de forma elegante, delicada y sutilmente, siendo potente en cuanto a su idea. Tess (Nastassja Kinski) quien proviene de un hogar humilde de origen campesino es enviada en busca de ayuda económica tras la pérdida del sustento de un padre haragán y borracho, a falta de un caballo, con unos parientes, una vez que el progenitor descubre que pertenece a una ascendencia aristocrática y que tiene aún familia pudiente viva, la de los d'Urberville. Llegada ante la acomodada parentela pronto es deseada por su “primo”, por Alec d'Urberville, el que será su calvario y fatal destino. Lugar de tránsito pasajero que será definitorio aun redundando Tess en no querer cambiar su forma de vida ni sus valores. Ella orgullosa no aprovechará su belleza a diferencia de lo que suelen hacer la mayoría de mujeres cuando no ostentan ningún talento y son pobres, como ambiciosas e inescrupulosas, sino rehuye el camino fácil, siendo alguien proclive al trabajo duro, que contrasta con su deliciosa figura y que ella declara solo ser objeto de vanidad. Sin embargo paradójicamente su fortaleza e idealismo no le premia como debiera ser sino todo lo contrario, cae en el mar de la injusticia, del esfuerzo mal pagado, del abuso físico, de ser objeto de otros, del rechazo del amado y hasta de la ignominia. Se retrata una tragedia en todo sentido, pero con la (necesaria) astucia y sentido del drama de Polanski que se desembaraza –para la buena recepción del espectador menos próximo al tema- del cansancio de una trama basada en el continuo conflicto romántico. Se da una adecuada pero fiel contextualización de la época, con la gracia de las costumbres rurales, el trato común, el folclore inglés, la intrascendencia cotidiana y la fuerza del paisaje del mundo de fines del siglo XIX ambientado en el Wessex salido de la reencarnación de una idea preconcebida y que justifica el análisis general de un lugar ejemplar.

Se asume la idea de la poética maldita encarnada en su protagonista pero se sabe utilizar, se utiliza cuando se debe, se le potencia y enaltece, y a su vez se proclama una trama más amplia con espacios de sosiego, de no pasar nada o de auspiciar una liberadora sonrisa, proveyéndose la propuesta de un aspecto menos agotador, lo cual indica tanto de la obra literaria como de la película que son el antagonismo de lo que se hace actualmente en la televisión, en fallidas películas sensibleras o en novelas rosas que han explotado el lado más barato del asunto o nos ha dado un lado deplorable. Polanski hace muy digerible lo esencialmente romántico sin tergiversar tampoco sus parámetros, siendo el magma y la base de todo el filme. El cantico originario. No deja de ser dulce, simpático, ni duro, pero lo hace con la noción de quien puede caer en la tentación de esquivar el equilibrio. Polanksi hace arte, lo cual lo desliga de las falencias antes mencionadas. Un techo goteando sangre, diálogos alturados esquivos del melodrama pero atentos a dejarnos sucumbir en la tristeza, giros imprevistos, la carta que no llega o el marido desilusionado que huye a Brasil y escucha una respuesta honesta de lo que él significa para su amada, pequeños datos que dan una visión mayor, el niño que se niega a bailar con Tess y luego es el amor de su vida, el tipo grotesco que quiere aprovecharse del cansancio y que recuerda el pasado. Es un filme lleno de gestos, de emotividad bien dosificada y mucho se debe a la idoneidad de la actuación de Nastassja Kinski, a la par de sus coprotagonistas en el británico Leigh Lawson como el autosuficiente, sensual, refinado y déspota Alec d'Urberville, y el cándido, sencillo, idealista y espiritual Angel Clare que esconde cierta debilidad y convencionalidad que lo disminuye como persona haciendo de sus reacciones primero lamentables y luego muy tardías, en la performace de Peter Firth. En Nastassja resalta su transparencia, fragilidad y delicadeza, observándose notable el cambio a una mujer violenta siendo algo sugerido para así ser contundente en su estilo y tener de misterio. O con Stonehenge que es la simbolización del sacrificio, el lugar “extravagante” que recuerda que el mundo implica dolor, muerte y entendimiento de todo ello desde el principio ancestral. Tess es ave de ese trasfondo, desde que entendemos con sus breves palabras que preferiría estar muerta ante la desgracia que se ha apoderado de su existencia. Dolor, esa es la esencia del filme pero que se articula bastante bien sin que sea superficial o se convierta en algo que llegue a crear indiferencia o indolencia mediante la repetición, sino una larga postergación que va tocándote, que sabe dónde obtener atención mientras crea el “espejismo” de la felicidad.

Resalta que se describe la decadencia de la aristocracia pero sin que sea tema exterior, no yace a la vista sino más está como en un segundo plano, como algo funcional a la historia pero que sirve de reflexión velada a cierto punto. Se retrata que son nuevos tiempos, donde ya no es lo que era la aristocracia y poco importa en realidad, tanto que algunos compran su estatus de nobleza o se adscriben a ello sin problemas. Hay una mofa visual al respecto además, el de las apariencias o el de la grandilocuencia. El relato se reviste de un carácter de evolución o de transformación, estando los mismos conflictos de antaño pero con diferente rostro. Es una historia universal de desengaño, de frustración, de romance trágico, de desenlace triste, un drama en toda la palabra, tampoco se puede negar. Sin embargo que bello que es, estéticamente gigantesco y muy accesible de ver, muy atrapante en tres horas de duración. No falta decir que Nastassja Kinski logra concebir el personaje en una sencillez pasmosa pero poderosa, es realmente bella, que es a lo que recurre el relato, capaz de enloquecer a cualquier hombre con su delicadeza y desinterés en sí misma, hasta como dice la madre de provocarle celos; o anhelo de incurrir en la deleznable violencia; ser elegida entre muchas pretendientes ante la natural indiferencia, provocar en un candidato enamorado buscar tres cuartos de amable diligencia para llegar hasta su corazón; gracias a su desenvuelta fisonomía de niña, su rostro inocente y sorprendido, sumiso, su voz suave. Nastassja tenía 19 años de edad cuando hizo el papel, y es que más se ve como una chiquilla inocente – felizmente la mayoría del metraje- que como una mujer resuelta o de armas a tomar como se exige también de ella. No obstante eso apunta a una idónea tristeza, a una reacción de la inactividad del entorno y de lo que es el mundo, el filme deja ese sabor en su historia, en su epilogo, sin la necesidad de explotarlo, víctima de un destino injusto, negligente, torpe, que me hace pensar en Sharon Tate, la segunda esposa de Polanski, que fue asesinada por la llamada familia del demente Charles Manson. Además, Tate le recomendó la novela al director poco antes de su muerte. Y es que hay un cierto sinsentido de un libre albedrío que debemos manejar como humanidad sabiendo que el sacrificio, la honestidad y el orgullo no siempre redimen, y una buena persona puede padecer una tragedia o tantas desgracias.

The Lords of Salem


Rob Zombie es un cantante de metal que simplemente toma las características de una música fuerte con inclinación al terror y la trabaja en el propio género cinematográfico. Su transición y comunión se ve muy natural. Sus primeras películas trabajan con sus ideas en la creación de una familia de salvajes y sádicos asesinos que inevitablemente nos recuerda en su debut, La casa de los 1000 cadáveres (2003) a Masacre en Texas (1974), con una ligera cosmovisión personal que más tarde toma mayor forma en los Renegados del diablo (2005), su continuación, en que un obsesivo policía en busca de venganza tras la muerte de su hermano a manos de estos criminales quiere liquidar, antes hacer sufrir,  en especial a tres de los asesinos pertenecientes a la misma familia de la primera película. Es un director que recurre a su propia imaginación y celebra el cine, es un notorio aficionado al séptimo arte, como se ve en sus propuestas en que ha trabajado haciendo dos filmes sobre la mítica Halloween (1978) de John Carpenter, o haciendo alarde de sapiencia como buen cinéfilo, en sobrenombres, referencias, poner en el metraje proyecciones de viejas películas, alusiones indirectas entre otros. 

En la presente vemos un cartel gigante de Viaje a la luna (1902) y recurre a los antecedentes antes descritos.  Su último filme versa sobre dos motivos de su arte, uno es el de su musa que yace en todas sus obras, la hermosa rubia muy simpática y alocada Sheri Moon Zombie que aparte de ser su esposa representa desde luego su estilo de vida, con características en la película como música pesada, cine, tatuajes, independencia, soltería, locuacidad, relajo, sensualidad, en la piel de una radio DJ que recibe una canción satánica de unos personajes desconocidos que se hacen llamar los señores; y el otro recurrir a un contexto y mito del terror, el estar en Salem,  Massachusetts, cuna de una famosa persecución de brujas. Ambas se fusionan y nos entregan la presente trama.  

Heidi Hawthorne (Sheri Moon Zombie) no lo sabe pero es participe de un legado y una maldición que tiene que ver con lo que anuncia el título de la película. Que son unas brujas reencarnadas que trataran de atraparla en su red de satanismo y brujería a raíz de vengarse del líder religioso que las quemo vivas no sin antes dejar un misterio a cuestas, el que nos compete y que va tejiendo un sinnúmero de imágenes terroríficas muy personales, salidas de la mente de un Rob Zombie que crea y exhibe sus propias mezclas, llenando la propuesta de una atmósfera sumamente blasfema con la religión, y mediante un imaginario fantástico, típico de la música que él hace y que se ve reflejada directamente en el papel de Heidi. También recurre a la leyenda de la secreta inscripción musical satánica debajo de un sonido de metal. Un concierto de ese estilo anuncia la celebración de esa dominación mental encubiertamente orquestada.

Lo blasfemo es constante, se toma la iconografía cristiana a la vera de lo que sería parte de un continuo rito satánico, detalles al respecto y una reinterpretación diabólica que absorbe la trama y la contextualiza, la vuelve terrorífica de lo que sería una ciudad común americana pero con una historia en el género (como la fiesta de Halloween en otras propuestas anteriores de Rob Zombie que permite un estado de enajenación macabro y homicida). Se da en sentido evolutivo hacia el gran evento musical (parece la ensoñación convertida en realidad de la ilusión de la música pesada que sigue lo satánico como leit motiv), de forma lenta –sin afectar el ritmo conjunto del filme- y bajo piezas que se repiten y engrosan cada vez más, que se refuerzan, hacia una conversión en la elucubración/aclimatación fantástica. Un sacerdote participando de una pesadilla al recibir una felación dentro de una iglesia y vomitando algo viscoso negro, monstruos fantasmagóricos que nos recuerdan las historias de Lovecraft, vestidos de curas masturbándose con falos de colores, una cruz roja de neón en una abandonada habitación que nos remite a la reencarnación del horror asesino de El Resplandor (1980), visiones intempestivas que se amoldan al escenario contemporáneo, cómplices marcadas por la rememoración de las brujas primigenias y sus exhibiciones rituales, su violencia verbal y su aire sucio, y una variedad de recursos visuales que exaltan la sensación de brutal llamado místico diabólico que va tomando posesión del lugar vislumbrando algún evento trascendental que nos mueva al miedo, que se va haciendo y predisponiéndonos.

La espera de un desenlace mayor no termina de cumplirse a la escala que proponía, aunque es coherente y solvente. Sobre todo en el epílogo que nos muestra un desenlace que es típico de asuntos como los que se anuncia antes en la trama, como termina siendo dentro de los parámetros reales, pero claro con la recreación espectacular que permite el séptimo arte y el género del terror aunando la capacidad imaginativa, entretenida y efectiva del director. Esperaba algo más original, se hizo demasiado expectante, porque concluye siendo un cúmulo de imágenes vintage tirando para el marrón al estilo de un videoclip musical lleno como en un mural del terror donde todo cabe muy al estilo de sus dos originales primeras películas, como en el laberinto subterráneo debajo del cementerio popular del Dr. Satán y sus bestias de muerte en La casa de los 1000 cadáveres y con el exceso legendario y poético de Los renegados del diablo frente al acribillamiento del vehículo. Es una recreación final en parte vacía, que se regodea como lo antes mencionado en su exaltación sin más, que se aleja de concebir un argumento más sorprendente que yazca más fijo y audaz en cuanto a estar alineado con su relato. Lo hace, no lo niego, pero se dispersa en el efecto, subyace onanista, como buscando divertirse y claro eso llega a trasmitirse como en sus predecesoras. Sin embargo argumentalmente le pido algo más para generar la trascendencia de la trama más que el puro goce superficial.

Sheri Moon Zombie como siempre yace bastante cool, muy sensual, desnudándose con facilidad como regularmente lo hace en el cine de su marido, mostrando sus lindas curvas y su graciosa y agradable personalidad aquí más tenebrosa y más abstraída por esas fuerzas oscuras que hacen de su cuerpo un objeto del mal, de venganza y maldición. Ella proporciona la perfecta recreación del estilo de vida al que Zombie se adscribe, a sus constantes, en una ambientación típica de su mundo, que engancha con nuestra contemporaneidad, con la frescura juvenil del eterno espíritu rebelde, en el ejemplo moderno de la convivencia con la edad que aún no nos llega. Hay una línea que dice, no estás ya muy viejo para escuchar esa porquería, y no, ni Rob Zombie lo está a sus 47 años ni nosotros lo estamos/estaremos con el terror más violento, con el metal o el rock pesado, con los desnudos físicos y del alma, con la libertad y con la extravagancia. 

Éste es un filme muy clásico de estos tiempos, una propuesta legado de la esencialidad del terror, rozando ratos ridículos como lo del enano con los que parecen cordones umbilicales salidos de los brazos, o el que se va acercando a la cama muy al estilo de David Lynch o ese atrevimiento continuo de la usurpación de lo cristiano que puede ser bobo a veces pero insolente y mayormente oscuro, como lo es en general todo el conjunto a favor de una salvaje recreación que termina funcionando y presentando personalidad. Zombie es la elevación del cine B, atañe idóneamente a la honestidad, el libre albedrio y la simpleza del género, de una estética pedestre pero que a la vez deja de serlo en un producto contundente, lógico y articulado, revestido de grandilocuencia ordinaria. La trama existe, no está nada mal sino muy por el contrario, pero el regodeo (que no es malo tampoco a un punto) es un poco mayor, basado por y para el entretenimiento (de cinéfilo a compañero, de amante del terror a otro), como dos mujeres luchando en el lodo, sensuales, agresivas, visuales -para impresionar-, un tipo irreductible de arte moderno pero en el buen uso de la palabra.

miércoles, 8 de mayo de 2013

En la casa

Basado en la obra teatral El chico de la última fila del español Juan Mayorga, el galo Francois Ozon nos trae un filme –ganador de la concha de oro en el festival de San Sebastián 2012- que narra la relación de un alumno con su profesor de literatura en medio de una historia que se va haciendo en la pantalla con la tutoría del maestro (segunda línea narrativa que termina fusionando vida y arte) y escritor frustrado que encuentra talentoso al chiquillo y funden ambos su pasión por las letras.

El jovencito mientras descubre un sentido para él y se lo da a la literatura busca desarrollar su imaginación incursionando en una casa normal de clase media, un hogar aparentemente feliz y ejemplar, donde gracias a la amistad de un compañero de clase al que enseña matemática logra meterse entre bambalinas y descubrir lo que esconde esa supuesta idealización, la que sirve para crear su obra literaria en ciernes que ironiza a esa convencional familia y la afecta o la abre a su propia verdad, remeciendo ciertos cimientos ya endebles.

Una atrapante e inquietante historia que nos va enseñando la estructura de una novela entre una atípica cátedra inmersa en un escenario práctico y visual, mediante los artilugios del conflicto, transportando la realidad a la ficción –línea que se llega a romper- y la creación mientras vivimos el despliegue de la intimidad de una casa que sirve de ejemplo y análisis intelectual y artístico, encontrándonos con su interior más profundo y emocional, dentro de sus problemas. Una madre aburrida, secretamente anhelante de sensualidad y esa poesía del romance que siempre despertó al hombre en su enamoramiento con la aventura, un hijo bobo que requiere de un mejor amigo y un padre que se siente herido en un trabajo que lo consume y lo agobia atacando la dependencia de su idea del respeto. Pero hay aún más, llegando a afectar al propio maestro, otra pieza manipulada en el ingenio del adolescente, en un segundo hogar más culto que el del despiadado estudio escolar pero igual de débil en sus vínculos afectivos, el respeto (aquí en la pareja) y el entorno laboral. Todos sumergidos en el arte a manos del que aparenta inocencia pero atrae lo pecaminoso y destructivo, en la concepción de ella como alimento del alma y proyección, reemplazo y entendimiento de la vida, de nuestra unión hacia su devoción predominante entre el profesor y el alumno, más en el adulto ya que el chico mueve los hilos de este su títere, con perversidad e inteligencia en juego secreto.

Estudia distintos caminos de la construcción adictiva del arte, hechos verídicos convertidos en mentiras verdaderas y viceversa. Reflexión entre las letras, despliegue de sentimientos, cavilación emocional, intensidad vivencial, ilusión y sueños. Mayorga le proporciona a Ozon el filosofar con la literatura en un estudio de campo que se entiende muy claramente, y nunca pesa, sino es sumamente subyugante y genera saber más como en el enganche novelesco, el sucumbir a la curiosidad. Y siempre hay una explicación, es como presenciar un acto y luego interpretarlo o cambia el orden,  en una argucia de metalingüística.

Claude García (Ernst Umhauer, un coincidente dotado novel actor), el aprendiz de escritor, la falsa arcilla y más un demiurgo astuto, es Sherezade detrás de su aliento de vida, una noción en el filme existencial (el joven había perdido el sentido de la alegría ante la mediocridad cotidiana, la ausencia de una madre y un hogar quebrado y golpeado por la minusvalía de su progenitor). García maneja el interés del sultán, su guía, Germain (perfecto y delicioso Fabrice Luchini) quien lo permite todo (perdiendo  cada vez más la ética nublado por el entusiasmo) hasta que su apasionamiento termina cobrándole la factura, cuando ya no es un simple observador o yacía distraído. Nuevamente se devela una nueva gama de esencialidad, la del ser humano en su egoísmo, voyerismo y egocentrismo, y antes la de la envidia, aunando el deseo y la realización personal y emocional.

Claude parece ser el demonio tentando al hombre y luego el juicio celestial, a través de la noción de una segunda oportunidad, del poder ser quien uno quiere en la existencia aun siendo segundo en la fila. El conflicto literario es el propio autor del libro aunque el maestro no lo llega a saber hasta demasiado tarde, no al verdadero alcance, pero no es un acto que se alimente de uno mismo sino de los otros, es la semilla de la discordia como una manzana apetitosa que oculta la serpiente bíblica (en una escena vemos que muchos mascan una, la comparten, símbolo que rehuye el lugar común en sus personajes). Es una imagen engañosa, en un chico manipulador, seductor y provocador que genera además la autocrítica y la revelación, la iluminación tras la destrucción, el post tenebras lux, solo que presenciamos mayormente la reacción y no tanto la sanación (de donde los implicados se conocerán más y podrán ejercer el cambio, por eso el cuento sigue en las ventanas de ese edificio).

El desenlace y el sentido del temblor que nos quita el piso es saber que hemos merecido lo que nos ha caído encima, por no prever el deterioro a razón de nuestra indiferencia o ceguera en un falso ideal o una rutina versada en el dopaje de nuestras propias cortinas de humo donde algo externo que nos revitaliza simplemente derrumba lo que está herido (la infidelidad o el vacío mientras los más despiertos construyen con esa decadencia, como Claude), la culpa es de uno en realidad solo que el escritor es el catalizador de la trama, como lo es en un nivel menor el arte cuando nos abre a la consciencia de las ideas o esencias humanas producto de la ficción.

Kristin Scott Thomas, actriz destacada algo subestimada, junto a la sensual Emmanuelle Seigner (sino basta sucumbir a su mirada, como también a su curvilínea fisonomía todavía muy provocativa aun siendo una mujer madura de 46 años de edad) brillan y de paso nos recuerdan que estuvieron en la cinta de Polanski, Lunas de hiel (1992). Ambas articulan su papel de mujeres relegadas o menospreciadas con una solvencia de primer nivel que pone énfasis en donde corresponde para bien de la sutileza diáfana del guion. En una es detonante su infertilidad, en la otra su condición como dijera Catherine Deneuve en otra obra de Ozon, Potiche (2010), de mujer florero. El plantel de actores es sobresaliente, hasta lo es la cara idónea de Rapha hijo, o la soberbia recreación del contraste en su persona con su entorno y trabajo en el atletismo, fuerza y cierto estado de niño viejo de Rapha padre (Denis Ménochet, a tener en cuenta). Y aunque su complexión física pequeña y muy delgada en orden de su edad nos hace dudar de su capacidad de Mefistófeles sexual el joven Ernst Umhauer también luce convincente en su interpretación. Son las piezas de la dirección de Ozon que suele imbuir a sus propuestas de relajo quitándoles trascendencia a favor de la atracción del espectador general, modernizando y haciendo accesible sus películas para el público. Posee una sabiduría de saber posicionar su filme en un lugar amplio pero con su buen toque de autor que se esconde detrás de su apertura.

Dentro de la cosmovisión que se nos ofrece muchos seguro encontraran bastantes lugares para valorizar y pensar sobre su vinculación con lo que es la literatura, de lo cual resalto uno en particular, Jeanne (Kristin Scott Thomas) nos exhibe una ironía del director y el argumento entre manos al decir que el arte no sirve para nada y en efecto a grosso modo es así pero sobre todo el de su galería, la de la falsa vanguardia y modernidad que sirve de un autogolpe más ante la realidad conocida, en acumulación, pero en cambio el otro del joven talento funciona en la historia como fuente de autoconocimiento y contrae deudas y consecuencias. Un mensaje enaltecedor de lo que significan las letras universales. Para tomarlas más en serio como al chico de la última fila, que como suele ser trasgrede pero esta vez gana la partida.

martes, 7 de mayo de 2013

Los ilusos


Jonás Trueba en su segunda realización cinematográfica tras Todas las canciones hablan de mí (2010) ha hecho una película despreocupada que guarda distancia de la obra maestra y del arduo trabajo de una historia compleja y que como él mismo dice en el prólogo pertenece al entretiempo. No obstante eso no inhibe su talento, logrando otorgarle a su propuesta sustancia y proyectar la esencia artística. Lleva un propio toque de autor –solo que en relajo- que busca enseñar que estamos ante algo artificial, de ahí que constantemente se nos permita observar como un detrás de cámaras en medio de la línea argumental, que denota lo que existe en él, de lo que parece su vida como cineasta, hombre común y amante del séptimo arte, mediante conversaciones con amigos, reuniones de alcohol y juerga en el bar, clases de cine, visitas a salas de exhibición de barrio, a la librería, a restaurantes chinos y cafés, a la tienda de vídeos de un amigo y “crítico” curioso, con enamoramientos y flirteos, con sexo, revistiéndose de intrascendencia personal aunque importante para sí y por estar en la fábrica de sueños en buena medida para los demás (de eso que su historia tenga valía general más que la de un acto narcisista, en la identificación de a quienes le apasiona la gran pantalla). Sin embargo aun siendo la exhibición de una realidad, la de Trueba, la del que se asume -y está como pez en el agua- alrededor del cine, del que lo ama, nos deja en claro que también es una creación de su labor como cineasta y contiene -aunque elusiva- una trama, contextualizada en la cotidianidad, y que articula un motivo importante en su cine, las relaciones afectivas.

Tenemos varias expresiones de afecto, principalmente hacia el cine, motivo central de la presente obra, de quien lo conoce bien (observando una escena del rostro del protagonista a solas contagiado por una película lacrimógena, que lo desnuda totalmente, aunque sea a través de lo ligero). Después hacia el grupo humano en que se mueve y en especial –dentro de la convencionalidad de su relato- hacia una chica que lo impactará por algunos detalles muy particulares de un encuentro sorpresivo (principalmente en lo del balcón, a lo que se agrega el silencio, el esquive y “el misterio”), en que no requiere de palabras –sacándole la vuelta a lo que uno espera- y en donde muestra la seducción de una personalidad esbozada en la discreción de la sugerencia y del que capta ese reflejo. Luego hacia el tipo de vida que lleva y del lugar que proviene, de su padre, Fernando Trueba, que como en la imagen de los niños jugando en un especie de improvisado set de grabación y cubil, nace, se envuelve y se desarrolla dentro de un ambiente determinado. Y con plena lógica y afecto le dedica el presente filme, exhibiendo el propio lenguaje que ha aprendido, dentro de cierta innovación, tras la simbolización de los vhs.

La calidad de cine de autor y la vanidad del yo disminuyen y se hace muy digerible al tener una "trama" humilde –sobre todo consciente de que pretende ser un filme de entretiempo-, contada en sí en lo que es sin aspavientos, bajo cortas y algunas complementarias recreaciones habituales muy desenfadadas, pero agregando que lo hace con educación y cultura, solo que sin perder ser de a pie con sus redundancias en el habla, ligereza de trato, simpatía o amabilidad para con el público que ve en el ecran un lugar de entretenimiento y de lugar común.

Existe una mezcla de aspectos, no hay una línea limpia y tradicional en la narrativa escogida, sino busca una curiosa amalgama de espontaneidad, transparencia y sencillez argumental con la exaltación y la desnudez de unas formas vivientes en el artificio y lo artístico, desde un blanco y negro elegante. Los contrastes y las fusiones no se hacen esperar. Catalogar de un una sola identidad al filme es imposible, porque es fácil de comprender, de sentir, de contener referencias universales para con el espectador, pero no resulta tan típico en como lo vamos viendo, aunque tampoco se aleja de la empatía narrativa.

Parte de lo que observamos parecen anécdotas o piezas sueltas anodinas, pero termina en una lógica de conjunto, tiene coherencia, formando un panorama sólido contra todo pronóstico, el mosaico se articula por el final y captamos la idea de un relato que nos ha hecho apreciar al personaje que encarna el actor novel Francesco Carril que aun siendo el ente importante de lo visto llega a ser también parte de un contexto mayor. Éste espacio enseña distintas marcadas emociones, como la melancolía, de una canción al son de una guitarra acústica frente a un grupo atento; la broma, en lo del tipo de los vídeos en el cine (en que le tocan la pierna al amigo del protagonista), o lo de perseguir a un cineasta ibérico que prácticamente echa a correr al verse asediado por un actor; o, más allá, la alegría del encuentro amatorio perfecto en su simpleza.

En sí, el filme tiene un aire semejante al del interprete principal, tranquilo, natural y bonachón, y esto sostiene la propuesta, superando el tinte peyorativo de autor (que también es necesario sino carecería de novedad ya que se articula en lo manido; hay una fusión decente), construido con un par de amigos y compañeros en su tiempos libres (de noviembre del 2011 a junio del 2012), haciendo un cine con personalidad (notándose que lo ha disfrutado o da esa impresión) mediante una base ligera pero con cierto alcance. Nos describe seguridad y pasión. Nos hace confabular con él detrás de las calles del Madrid que transita la costumbre, la de un andar normal, en la predominancia de para y por la cinefilia.

Así mismo el filme tiene bastantes imperfecciones, los primeros diez minutos por poco y me hacen desistir de continuar, están los feos continuos cortes a negro, algunas conversaciones que no caen en gracia, cierta tontería o lugares/momentos que no valen mucho o no son tan atrapantes como se cree. Sin embargo lentamente coge sentido, forma, como un púgil del que sus golpes ganan por acumulación, para cuando yace bien colocado en el ring y vence los altibajos. Trueba demuestra que no está jugando, a pesar del hedonismo presente en su dirección, salvo en lo aparente, dando una impresión engañosa.

Los actores no serán unas luminarias, pero son eficaces a razón de la espontaneidad y llaneza del relato, redimibles en el estilo general escogido. Destaco la belleza de Aura Garrido, pequeña, sin sensualidad que no sea la natural expresión del rostro, común al promedio, pero atractiva, y que tiene la necesaria simpatía para darle valor al enamoramiento (declaración de búsqueda y personalidad en la obra de éste autor), sin el cual es como no llegar a puerto todo el camino recorrido. Aura sirve al propósito, al conjunto, idóneamente. Jonás apunta que no quiere la genialidad sino el sentimiento, y lo consigue con la realidad de la contemporaneidad culta pero cool. También por su honestidad y la ambición del epicentro de su filme, el que denota que le interesa la reacción del público. Estamos ante una propuesta osada que parece como hecha en el trayecto, y seguro hay de ello, pero también se ve saber y sentido. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Abrir puertas y ventanas

Ésta es la ópera prima de la argentina Milagros Mumenthaler que obtuvo el leopardo de oro y el fipresci en el Festival de Locarno del año 2011. Es una película íntima y minimalista que exhibe un lado muy femenino y humano. Tenemos tres hermanas muy jóvenes que viven en la casa de su abuela muerta no hace mucho y que comparten rivalidad, afectos, enojo, celos, un sinfín de sentimientos mientras echan a volar sus sueños de independencia y vínculos amorosos. Tienen una convivencia que es ardua. Se dan muchas fricciones y competencias, o roces pequeños como el típico de la ropa, el espacio o los quehaceres del hogar, pero hay hasta violentos, como cuando una a espaldas de otra articula una teoría de que es adoptada, o vende lo que es de todas para comprarse algo suntuoso, o reta la cadena de mando de la mayor, de Marina (María Canale, premio a mejor actriz en el mismo Locarno), quien junto a su ecuanimidad muestra un lado inocente y sensual con el vecino Francisco (Julián Tello), del que yace enamorada pero éste tiene novia. Él es otro recurrente aunque secundario puntal del conjunto.

Mumenthaler nos guía por la vida diaria de ellas, sin aspavientos. Muy sencillas y comunes a cualquiera. La verosimilitud y cotidianidad de la propuesta es de alto peso. No cansa ni se vuelve repetitiva a pesar de tener constantes que parten de estar en un único punto, pero proveyendo mucho movimiento, como proyectándolas hacia afuera. El filme ostenta novedad sin mostrarse forzado o artificial. Conocemos de su trabajo, el colegio o la universidad; sobre todo, de sus personalidades. Las vemos la mayor parte del metraje en su simbólica casa donde se mueven mayormente en el ocio, el trato revelador y las inquietudes, restando sus responsabilidades intelectuales/laborales que se oyen como información (lo que si no se habla es sobre los padres, qué pasó con ellos), de la mano de sus básicas desavenencias y peleas, su forma de simplemente estar ahí con la telenovela, con el alquiler de una comedia romántica o entristeciéndose con una melancólica canción en que una toma estática y extendida muestra las emociones de las tres mientras están apegadas en un sillón.

El retrato tiene un estilo casual. Lleno de la complejidad de las relaciones humanas, amplificado por el hecho de estar como metidas en una caja que genera y requiere abrir puertas y ventanas, que sofoca, como en el calor que tienen literalmente encima, aunando su intensidad existencial y edad. La directora argentina nos enseña los pensamientos y el interior de sus tres criaturas, a la par de sus naturales y significativas acciones. Éstas nunca nos son oscuras, sino siempre se nos develan en su esencia y razón de ser. No falta la coherencia aunque sea la propia e individual como por envidias y egoísmos. El escenario se complica producto de los vínculos de sangre, con la honestidad del alma, de esa que muchas veces es dura con los que más quieres, donde se tienden a olvidar las convenciones interpersonales. Hay mucha racionalidad en la propuesta, del tipo de a pie. Contiene buena empatía y facilidad de llegada, sin perder su toque de autor, gracias a su sutileza, al no dar algunos datos o a cierta paciencia. No obstante no se regodea en la lentitud. Se matiza entre ser digerible y tener un sello de procedencia personal.

No es un filme donde predominen los cariños, porque los damos por descontados, sino las complicaciones, aunque con ventilación, con momentos de compañerismo, de compartir. Se echan cremas faciales entre ellas. Amueblan su hogar, que también es una “cárcel” de la que deben volar o aprender. Preparan jugo para todas o una reúne el vínculo afectivo del grupo mientras revitaliza la existencia en general enviando un recuerdo en un cd con su voz grabada. Aunque suene romántico, habla de lo eterno a pesar de las distancias. Se preocupan por el implícito ser querido, fuera de los tantos conflictos (a veces no son solidarias), que se refleja en la frescura, relajo y cierta conchudez de Violeta (Ailín Salas, participe de filmes reconocidos), la menor, que anda mucho en calzón, echada, vagando y escondiéndose en casa con el novio, cogiendo lo que no es suyo, y aunque de trato tranquila implica abusar un poco de Sofía (Martina Juncadella, que con sus desnudos artísticos muestra bonita figura), la guapa hermana intermedia. Sofia es anfitriona de marcas publicitarias, siempre trae simpáticos vestidos regalados, es la más superficial. Tiene genio fuerte y es la complicada de relacionarse con las otras. Se enoja rápido y a instantes "por gusto". No obstante todas tienen defectos o son inmaduras en algo.

Se exhibe mucho trato del tipo común y como tal, aunque a simple vista no lo parezca, es un filme importante, bajo la grandeza de lo pequeño, habiendo muchos giros y acontecimientos, que aprovechan la imaginación desde algo tantas veces visto pero que valga la paradoja sigue sorprendiéndonos. En resumen, no es una película tonta, tiene seguridad y audacia en abordar algunos lugares comunes. Es un filme de los transparentes, al punto de que se permite un final harto sensible, manido, pero que tiene la inteligencia de ser a su vez un llamado de atención. Pregunta transversalmente ¿escuchaste la letra de la canción? Y eso es lo que acabamos de presenciar. No solo algo melodioso, bonito, sino, debajo de todo ello, sustancial, como es la vida misma, como una vez más nos dicta nuestra simple complejidad.