domingo, 20 de marzo de 2016

Parabellum

¿Qué hacer si se acerca el fin del mundo?, eso de cierta forma se responde la ópera prima del austriaco radicado en Argentina, Lukas Valenta Rinner, aunque no sea de la manera más humanitaria, cuando un oficinista de lo más común influenciado al parecer por La carretera de Cormac McCarthy, donde el ser humano se degenera y se vuelve amenaza mortal para el prójimo en un mundo post-apocalíptico, decide ir a prepararse para esta especie de guerra, entrenando en una reserva en el Delta del Tigre, en cómo sobrevivir, camuflarse, usar armas o luchar cuerpo a cuerpo. En esta escuela de cómo ser un guerrillero, que luce igual a un campamento de vacaciones, el hombre junto a otros de lo más ordinarios se alista, para terminada su capacitación viajar a los alrededores –con la mirada de que el mundo es una selva, y solo importa dominar y subsistir a toda costa- y usar la fuerza al mismo estilo de una tierra sin reglas, desprovista de moral alguna. Todo parte de pequeños indicios, la radio anuncia saqueos, hay una atmósfera de tensión reflejada en la debilidad del protagonista que de buenas a primeras toma la decisión de ir a esta reserva, que tiene de ligera ironía en el asunto, pero yace más en la “seriedad” del caso, que señala que la gente tiende a corromperse, convirtiéndose en seres violentos o auto-destructivos, sobre todo cuando las ansiedades apremian. Es curioso ver que el protagonista es como un autómata, que ha visto peligrar su monotonía y quiere defenderla, cómo quien lucha por lo más primitivo. Cuando todo pareciera apuntar a que el absurdo o la locura movilizan a los guerrilleros, empiezan a llover meteoritos en la ciudad. Y es que algunas imágenes poseen harta sugerente potencia visual, como en el arranque del filme donde yace la sensación de que algo oscuro se avecina, que recuerda a Post tenebras lux (2012), hasta esa otra fantástica de la ciudad a la distancia viviendo el apocalipsis mismo Fight Club (1999). 

miércoles, 9 de marzo de 2016

El viento sabe que vuelvo a casa

Ganadora de la competencia de documentales en el festival de cine de Cartagena de Indias 2016, dirigida por el chileno José Luis Torres Leiva. Tiene de guía, entrevistador en fuera de campo, conversador casual in situ, aventurero tranquilo y protagonista al documentalista chileno Ignacio Agüero, basado en un viaje al archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. En un filme que tiene una agenda diversa, por un lado es la ilustración de lo folclórico y localista, como con la performance de dos talentosas niñas acordeonistas o la de un “arrojado” niño baterista, la muestra de celebraciones funerarias que duran 9 días tipo circunspecta fiesta patronal con comida y alcohol, o ver locales mezclados con animales, vacas pasteando, o a algún chancho castigado y torturado. Dentro de un documental que está al acecho de la novedad, pero con autenticidad, ofreciendo harta paciencia y buena onda, donde el poblador tiene la oportunidad de brillar, pero la humildad de su vida y vivencias les gana, habiendo una anciana que inquiere por un hijo que no se comunica con ella hace 30 años, en un intento de showman narrando sobre sus 8 vástagos, como quien da sus últimas palabras sobre las tablas, para que al terminar de hablar deje escapar una risa fresca agradeciendo que sorprendentemente la hayan escuchado, y es que no se termina de creer en el ambiente que la sencilla cotidianidad de esta gente pueda ser cautivante para alguien, en el que es un himno a la humildad absoluta, a cierto vacío, y  a su vez a una gran humanidad. También es la búsqueda de la leyenda, Agüero carga consigo una historia que preguntar, la de unos Romeo y Julieta que ante la negativa de su relación desaparecieron, esto se complementa con la idea de que en la isla de Meulín hay dos sectores divididos por un puente, uno llamado San Francisco y el otro El tránsito, uno de ellos una zona donde viven indígenas, mapuches, y en la otra mestizos, que en una época se tenían rivalidad y no se mezclaban, por lo que los apellidos eran formas de separación.

En el trayecto Agüero trata de hallar algún relato fantástico e interesante conversando con los pobladores de Chiloé, pero en la mayoría de veces las respuestas son tímidas, austeras, esquivas o poco sólidas, respetándose una clara espontaneidad que no siembra todo su fruto, hay una carencia de cuentacuentos y de espectacularidad (como ese niño jugando en el desenlace, no obstante el filme registra todo y proyecta otro tipo de interés, ya no en la riqueza de un relato original, sino en la afabilidad y la sencillez existencial, familias amplias, celebraciones caseras, vidas satisfechas ausentes de grandilocuencia, sentido de comunidad, juego, hasta un casting sin pretensiones), que te mantiene entretenido, relajado y atento, donde se ha logrado plasmar no solo mucha naturalidad, de ahí los “defectos” en el alcance de las historias, sino simpatía, como con unos bailes de unas colegialas y otros cantos curiosos. Porque este documental en otra faceta es el pretexto del casting de una película, de lo que a lo Eduardo Coutinho se van dando entrevistas que intentan plasmar esa magia que conseguía el brasileño en sus obras.  

La mejor historia proviene de una indígena acriollada casada con un mestizo y venida a vivir a su territorio, los habitantes bromean hablando de fronteras en su isla. Agüero se detiene en una caminata y fluye una conversación atravesada por una alambrada, la mujer ya de cierta edad con gran carisma y soltura brinda hasta el último detalle. Este pareciera que fuera el leitmotiv del filme, la repetición del Romeo y Julieta de Chiloé, en que hasta en ello hay un pequeño sentir de sabotaje, y sin embargo el documental es muchas otras cosas, como que Agüero simplemente echa a andar, manejar o tomar un taxi, dialogando con quien se le cruza mientras hace de turista curioso, y la cámara y la experiencia conjunta lo respalda en todo momento, y a la propuesta, en el que es el espíritu del triunfo a toda prueba. 

lunes, 7 de marzo de 2016

Poet on a Business Trip

Grabada en setiembre del 2002 y editada en junio del 2013 hasta julio del 2014, fueron más de 10 años de distancia para llevar la película a una sala de exhibición, y eso predica una época que ha fugado, y que se ha quedado congelada en el filme, en este retrato de China, que fueron 40 días de viaje para concretar esta road movie por la región de Xinjiang en que un joven poeta llamado Shu pasea por la zona en busca de prostitutas de lo más simples, mientras vamos leyendo en pantalla bajo su voz en off 16 poemas suyos que surgieron durante el periplo. El director chino Ju Anqi, invisible, sólo con su cámara, sigue a Shu que toma el ómnibus, tira dedo en la autopista o se las ingenia para recorrer Xinjiang con poco dinero en el bolsillo, comportándose como un mochilero sin mayores razones para justificar su viaje que de fluir e ir por ahí a la aventura, aunque yace siempre en su mente preguntar por las tantas prostitutas de la región (los negocios), con las que se va acostando, mientras muestra la humildad de cierta China, en un estado bastante cool, tanto como harto universal, con unos poemas poco solemnes, pero admirativos de la vida, dedicados a una inspiración determinada de su recorrido, pero sobre todo a esas joyas que brillan: el sexo de las prostitutas. Lo vemos hasta acostarse con algunas (al comienzo y al final), conversar con ellas alrededor de la disyuntiva de escoger entre el matrimonio o el dinero, haciendo un recorrido poco trascendente en realidad, donde son situaciones sin mayores pretensiones las que se presentan, pero que hacen de Shu un tipo tan igual a muchos, en una transparencia bárbara, en que lo vemos en toda faceta posible, siendo fresco, tranquilo, dentro de un filme sencillo, pero muy bien filmado, con la naturalidad del caso, en un blanco y negro que evoca los tantos años que la propuesta durmió esperando su momento de revelación. Es el filme que muchos hubieran querido grabar, concibiendo algo entretenido, curioso, y muy común a la vez, que hace ver a China como un lugar más de viaje, donde nos parecemos tanto, en una época de paz, con la sazón de las mujeres de la vida y la aventura de ir tras ellas como quien degusta sabores, apelando a cierto romanticismo, pero no cayendo en ningún estado de inocencia, existe conciencia, a la vez que un afecto y entusiasmo por el mundo que nos contiene, por nuestras raíces, desde la simpleza de internarnos en la provincia, donde largos caminos de tierra, conversaciones casuales al paso y tonteo bravo, pero agradable, se matizan con letras que van embelleciendo lo rural y a nuestra humanidad más de a pie. 

Oscuro animal

Debut en el largometraje de ficción del colombiano Felipe Guerrero que llevó su película a la competencia principal del festival de Rotterdam 2016. Oscuro animal puede referirse a un ser maltratado, como a un poder intimidante detrás de nosotros. Son tres mujeres tratando de salir de la selva e ir rumbo a la ciudad de Bogotá, sufrientes de la prostitución, la vejación y la posibilidad de ser asesinadas a razón de la guerra interna y su relación con la guerrilla. Oscuro animal es la potencia feminista y de supervivencia en Colombia, hacerse fuertes y escapar de la brutalidad, no convertirse en objetos sexuales ni secundarios de la guerra. Por ello vemos sus semblantes tomando tanta expresividad, llorando, sorprendiéndose, asustándose, para luego decidir luchar, y dejar atrás la naturalización de la violencia. Una mujer rescata a una niña, otra aún lo es, juega con muñecas, pero pronto deben acarrear madurez y responsabilidad, sin enloquecer o morir en el trayecto. Es una película visceral, de fuerte carga emotiva, que no posee diálogos, pero deja reflejar esa dolorosa interiorización de sus personajes. Felipe Guerrero pretende un canto de voluntad, de cambio, en medio de la militarización de la zona, de esa tierra de nadie que representa la selva atestada de paramilitares, donde la mujer es tratada como un animal. En un filme que se sostiene de los tres recorridos de escape, donde está gran parte del metraje y la trascendencia de la propuesta, la contextualización de las huidas, y estas en sí brillan por otorgar personalidad y fuerza, como en el mejor set hollywoodense, ganando por su poderosa verosimilitud. En un territorio vivo, intenso, pobre. Mientras esas mujeres humildes solo presentan un único deseo, vivir sin humillación ni temor a ser una estadística más de algún desaparecido. El filme aplica un trabajo profundo con un fuerte neorrealismo, uno pronunciado en especial al gesto dolido, gran seña de identidad del filme, que a veces yace de flaco favor, pero en general logra consumar un notable propósito de conmiseración. 

viernes, 4 de marzo de 2016

Epitafio

En 1519, el capitán español Diego de Ordaz (Xabier Coronado) y dos subalternos son enviados por el conquistador Hernán Cortes a subir hasta la cumbre del volcán de Popocatépetl en busca de azufre para la pólvora de su armamento y divisar el paso hacia la conquista de México. Esa es la premisa de la que se valen para esta película los directores mexicanos Rubén Imaz y Yulene Olaizola (que debutó por la puerta grande con el documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, 2008), en que vemos la decisión férrea casi demencial de una hazaña, como puede verse a la conquista de América, en que el frío y la distancia parecen crear un caso perdido, sin embargo Ordaz arenga a su equipo y les promete la gloria al final del camino, de que la historia los iba a inmortalizar y la corona recompensar a sus familias y descendencia, además de decirles que Dios y su fe los amparaba y que retroceder sería perder lugar y respeto, verse débiles, frente a los nativos que los tenían por dioses.

En el trayecto vemos como el subalterno conocido como Gonzalo de Monovar (Martín Román) muestra esa ambivalencia que surge de todo el reto histórico y recuerda la brutalidad y los abusos propios de la conquista, y lo designa por el mal, que luego es refutado por Ordaz y el dolor. Es en toda esa subida y caminata lenta, frente a la inclemencia de la potente naturaleza que estudiamos un poco el mito, otorgándole un cariz humano, pero considerándolo extraordinario. Es una lectura sencilla, que trata una lucha simbólica, de cara a las condiciones extremas y precarias del volcán, esencia del anhelo más intenso de éxito e inmortalidad, de lo que se van dando varios diálogos que dibujan el retrato de lo que significaba y fue la conquista, aquí más honor (carta de memorias), pero también interés material (escudos familiares por venir). En ese lugar anida una lectura buena onda, algo inocente, que puede tildarse de muy respetuosa, no obstante asoma alguna pequeña crítica. Es mucho expuesto desde la visión española, que la mexicana.

Epitafio es un filme de recursos mínimos, tras despedirse de los pobladores de Huejotzingo, son tres hombres, tres conquistadores, contra la subida del volcán, el imponente México, eso sería todo a grandes rasgos, con la naturaleza al estilo de Fogo (2012, co-escrita por Imaz, y dirigida por Olaizola) brillando por su gran protagonismo, su poderío y como el hombre trata de resistirle, no rendirse ni abandonarle, y seguir adelante, habiendo fuerte emotividad hacía el territorio. No es que sea un filme complejo, ni grande, le falta mayor alcance argumental, pero está bien tratado, en cómo ir perpetrando esa escalada, en como desfallecen (especialmente el soldado llamado Pedrito, interpretado por Carlos Triviño) y siguen intentando, con alucinaciones de por medio, o en aquel motor de motivación (y fuerte interpretación) que es Ordaz, en plasmar una marca y legado propio, un ennoblecimiento, y la gloria para su nación, la corona y la iglesia española.

El apóstata

Tercera película, tras Acné (2008) y La vida útil (2010), del uruguayo Federico Veiroj que mereció una mención especial del jurado y el fipresci en el festival de San Sebastián 2015, que con ligereza hace una pequeña comedia de la vida de un treintañero llamado Gonzalo Tamayo (Álvaro Ogalla) que es algo vago (el eterno estudiante), relajado como todo muchacho, de cariz inmaduro, pero también una buena persona, muy imaginativo, donde se aplica cierto surrealismo, en tratar de imponerle culpa en la decisión capital que implica el título, con el chisme que llega a su madre cuando todos yacen desnudos en un jardín edénico; o en los momentos -en tono de broma- que se presenta metido en el laberinto, la satanización, el castigo y la subyugación de la iglesia católica.

Gonzalo Tamayo tiene ganas de trascender, por eso quiere apostatar de la fe católica, pero antes debe enfrentarse a la burocracia eclesiástica que tiene sus métodos de persuasión y legalidad para que no sea tan fácil renunciar, habiendo escenas en que la nobleza de un párroco y la sapiencia de un obispo cotejan la voluntad de Gonzalo, que es algo blando, pero también absurdo e impredecible y hasta alguna vez cruel. El filme de Federico Veiroj es curioso, a pesar de su sencillez formal y de tener momentos de sequedad, aunque al final surja la salida en un desenlace de comedia híper laxa bajo el advenimiento de una simple anécdota preparatoria.

Gonzalo vive dando clases a un pequeño y tierno vecino amante del diccionario, hijo de Maite (Bárbara Lennie, que no tiene ningún gran papel en el filme, poniendo Veiroj toda la extravagancia y libertad escénica en su protagonista); acostándose con su prima Pilar (Marta Larralde), por costumbre y sin preámbulos; simplemente dejándose llevar por la vida, similar a la música disonante que escucha(mos), o con su sonrisa cómplice, habiendo un cierto sentido de incongruencia esbozado en el conjunto, aunque el director falle finalmente por lo ortodoxo, como en el perpetrar de un sueño.

El protagonista es un tipo cualquiera, un hombre sin muchas metas, por lo que la apostasía le viene como la gran lucha de su existencia, defendiendo un derecho, un lugar en el mundo y la que cree una causa noble, coherente y redentora en su monotonía y vacío, ese tal cual se ve en la apertura del filme donde Gonzalo yace comiendo pipas mientras descansa en el pasto, sin hacer nada que no sea mirar a su gran rival (la iglesia católica), que tiene muy poco de intimidante, en donde implica una huida que me retrotrae a Habemus Papam (2011), albergando ironía y alguna pequeña queja (con respeto y recato), que hacen de ésta propuesta una irreverencia discreta, pero entretenida.

lunes, 22 de febrero de 2016

La chica danesa (The Danish Girl)

Hay temas que suelen ser gancho de reconocimiento fácil en los premios Oscar y en algunos otros certámenes que buscan lo políticamente correcto, tanto como congraciarse con un público elemental, y estas temáticas suelen ser la esclavitud americana y la segregación racial, el autoritarismo y la omnipresencia castrante religiosa en sociedades islámicas, el holocausto, y la que nos compete ahora, la homofobia y la libertad homosexual o LGTB, donde en La chica Danesa viene a ser su mayor lastre ser tan obvia en su disposición de conmover y ser simpática con su temática a ese público cautivo de siempre, para ello utiliza lugares comunes, como una sociedad opositora  o aun sorprendida, con el travestismo, qué dígase una labor inocente en esta película mucha gente no los identifica tan raudamente –no obstante, Copenhague, Dinamarca, no es una capital del todo pacata, ni el centro artístico por el que se mueven los personajes es tan conservador, pero se entienden limitaciones, propias de no ahondar en la distinción sexual- y ver a la homosexualidad como una enfermedad o anormalidad, aquí propio del año en que se contextualiza, los 1920s, teniendo de protagonista a Einar Wegener (Eddie Redmayne), un tipo que descubre su inclinación gay, se siente mujer, quiere cambiar de sexo, y fue en realidad de los primeros en conocerse entregado a las operaciones pertinentes, aun siendo un hombre casado, pero que con el juego de disfrazarse de modelo femenino frente a los deseos de su esposa, la pintora Gerda Wegener (Alicia Vikander) que se profesaba rebelde y moderna, e irónicamente le rebota en contra, despertó en él un deseo reprimido de su niñez y crecimiento.

La chica danesa me recuerda a una mejor película, Laurence Anyways (2012), en ella un hombre quiere travestirse, no puede controlarlo, aunque aún guarda amor por su pareja y quiere seguir con ella a pesar de tal extravagancia, pero se hace imposible sostener una relación heterosexual con ese anhelo de ser o lucir como una mujer siendo varón, y llegan los inminentes conflictos, y la lógica e inevitable ruptura, tras muchos vaivenes, nuevas vidas y luchas de rigor, hasta que queda solamente un quehacer romántico y platónico lejano, de recuerdo, en el ambiente. En la presente, las cosas son más claras, Einar quiere romper con su esposa, sabe bien lo que quiere y debe dejar pasar para consolidarse (hasta el punto que se entusiasma conversando con Gerda pensando en que puede enamorarse nuevamente ahora como Lili), cuando Gerda aún lo ama y lo respalda casi como si fuera la Madre Teresa de Calcuta, aunque puede pensarse que ella quiere explotar su imagen en la pintura, que no llega a pasar, es solo un mero modelo propio de su amor.

Einar siente que, como una mariposa, ha mutado y es otro ser, ahora se ha convertido en Lili Elbe (que en su desdoblamiento inicial, ciertamente tenía de locura, que a uno le venía a la mente irónicamente Psicosis, 1960), y Einar es el pasado, ya no existe, no hay marcha atrás. Entonces toda su voluntad yace en convertirse en una fémina, de aquellas delicadas y clásicas, lo esperable, claro, y no en la calidad de tosquedad –llamada igualdad- que reina mucho hoy en día en muchas mujeres. Mientras Gerda tiene la posibilidad de reconstruir su mundo sentimental con el mejor amigo de infancia y actual soporte de Einar, en una ilustración endeble, que enseguida se apresura en convertirlo en pretendiente, a Hans Axgil (Matthias Schoenaerts), pero que tampoco se elabora, es puro relleno (Gerda a pesar de todo pretende un vínculo sólido hacia su marido), en una posible relación que adolece de mayor complejidad. Y ese es el problema general del filme, el director Tom Hooper no da forma a muchas cosas, falta profundidad, suele ser muy superficial en su exposición, donde en varios meandros peca de flaqueza, limitándose a proclamar el conflicto de identidad personal (de cara al matrimonio, que tampoco molesta), y luego el sueño de Einar de ser una plena Lili, puede que con ello haya esquivado híper dramatizar la problemática gay en la sociedad, pero igual existen otros momentos que lo desmienten, porque sí que quiere convocar la complicidad básica, aunque con algo de decoro, a través de una nobleza por doquier (salvo la paliza homofóbica clásica en estos menesteres, o el escape por la ventana a poco de intentar internarlo a la fuerza como esquizofrénico; o que se diga que lo que necesita Lili es un hombre “de verdad” y no un gay de pareja, ¡oh, sí!, bueno, todo el tiempo no es lo sutil que pareciera pretender en su contextualización de la Europa de los veinte o treinta), invocando una simpatía a toda prueba, en que nadie parece ser reprochable o ambiguo, en que todo parece resolverse con el cambio de sexo, la hazaña de la historia basada en hechos reales, el supuesto rasgo de originalidad, cuando todo huele a repetición a kilómetros de distancia.

Ni el amaneramiento o femineidad de un talentoso Eddie Redmayne, o una harto solvente Alicia Vikander, muy natural en cada emoción, llanto, melancolía, felicidad, sorpresa, picardía, risa y un largo etcétera, pueden distinguir a éste filme, aunque no es una propuesta mala, ya que tiene oficio, por algo Tom Hooper ha merecido el Oscar por El discurso del rey (2010), sin embargo el cine nice-naif y la corrección política pueden llegar a cansar hasta al más inocente o fácil de conmover, como ha pasado esta vez que La chica danesa solo ha obtenido nominaciones a la estatuilla dorada para Vikander y Redmayne, y dos apartados técnicos más. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Tokyo Tribe

Estamos ante una película algo irregular, pero sumamente entretenida, extravagante, híper moderna, el que es un musical donde varias pandillas japonesas cantan hip hop mientras disparan, pelean a puño limpio, usan katanas y cualquier tipo de armas inimaginables para matarse entre sí, siendo un lugar donde puede caber de todo, en la que es la irreverencia y la sorpresa continua, no obstante con una disposición de no caer en la idiotez o en la vergüenza ajena, como le pasa a muchos de sus compatriotas, que por algo Sion Sono es el mejor.

Tokyo tribe es la adaptación de un manga, por lo que el director de culto Sion Sono sigue una clara y fuerte vocación de fantasía, imponiendo mucha ironía, buscando divertir sin prejuicios, en absoluta libertad y audacia, pero habiendo una cierta coherencia a pesar del exceso, algo importante que define el valor de su cine. 

Se trata de una banda rival que quiere imponerse al resto cuando viven en paz respetando sus límites de su dividido territorio. Formado por pandillas curiosas, típicas de un mundo imaginativo, como una de mujeres militarizadas o al estilo motoristas Hells angels, que llegan a usar un ágil tanque de estilo punk (que no luce del todo real, pero no desentona con la parafernalia general, que enmarca y dibuja al filme, uno lleno de luces, mucho color y abundancia que plantea un ambiente de caos, de lo que poco importa saberse todos los nombres y lugares japoneses); otra con un líder robusto vestido de armadura como un guerrero samurái, o la de nuestro héroe –uno de ellos- y líder de otra pandilla, Kai (que no tiene mucha gracia como personaje, al ser demasiado impoluto y obvio), luciendo a lo beisbolista callejero neoyorkino. 

Todos pasan por la cultura del hip hop, sumado al aire yakuza de algunos, como especialmente se ve en el tipo de espíritu Tony Montana en versión nipón llamado Lord Buppa (Riki Takeuchi) que es el jefe de la banda que quiere invadir y aplastar a las otras, quien siempre yace acompañado de bellas mujeres, voluptuosas y sensuales, como muchas prostitutas, teniendo un fuerte negocio al respecto, de lo que genera la aparición de otro héroe, heroína más bien, cuando la raptan, en la virginal pero prominente combatiente, Sunmi, que tiene a un niño breakdancer y artista marcial como inseparable compañero. A su vez Buppa tiene 2 compinches de fechorías y matonería que destacan en particular, uno su hijo Nkoi (Yôsuke Kubozuka) que me recuerda a los Illya Kuryaki and the Valderramas, quien tiene la gracia de usar gente “esclavizada” como estatuas y muebles; y el otro es Mera (un fantástico Ryôhei Suzuki), un lugarteniente de Buppa que tiene mucha participación y es la invención más audaz y cool del conjunto, un nipón de cabello rubio que yace medio desnudo en varias oportunidades y cree que el tamaño dotado del miembro es síntoma del mayor respeto del yakuza. En ese caso, no faltan los personajes rimbombantes, es marca distintiva del filme, del hip hop y del manga.

Se trata de una batalla campal, sin freno, inicialmente de todos contra todos, para luego pasar a hacer una coalición contra Buppa y su descocado clan, habiendo un tratamiento menor de venganzas, donde el entretenimiento es lo que prima, habiendo luchas por aquí y por allá, a cada rato, mero juego, no es que brille una narrativa compleja ni que sea un valor especial, tanto que hay mucha irreverencia, perdonando y entendiendo sin más incluso al rival, que como nos lo cuenta un narrador callejero, Mc (Shôta Sometani), se vive la naturaleza del hip hop en el lema de tratar de conquistar el mundo, de hacer mucho ruido, tal cual lo perpetra fiel Sion Sono, habiendo buena solvencia con la aclimatación al Japón, que copia y asume esta cultura musical perfectamente, pero excediéndose para entretener al espectador. En la que es una película con credibilidad, porque tiene mucha arte marcial, como esa extravagancia que también profesan mucho en la contemporaneidad de Tokyo, que el hip hop se pliega sin problemas.

De la misma forma la música y el rapeo no molesta en ningún momento, cuando el musical puede ser un género fatigoso, siguiendo cierta tendencia igualitaria que parece lucir como una “estándar” voz en off. Donde reina la figura rebelde y fantástica que no se toma en serio, la cual nace de ese otro lugar que aguanta y sostiene mucha libertad y anarquía, el manga, con lo que no resulta tan extraño ver al Japón rapeando, o que el filme represente tremenda rara avis. En el que es el grito inteligente de la espectacularidad e intensidad de la locura cinéfila.

viernes, 19 de febrero de 2016

Creed

Rocky, es un ícono del cine, tiene ganado mucho cariño, ya con la presente son 7 películas, y en ésta oportunidad le deja la posta a un verdadero pupilo, nada más y nada menos que al hijo de su gran rival en el ring y mejor amigo Apollo Creed, en una historia que relanza la saga, con Adonis Johnson (Michael B. Jordan), el hijo nacido después de la muerte de Apollo, hijo nacido fuera del matrimonio, que es recogido por la filantropía de la esposa de Apollo, por Mary Anne Creed (Phylicia Rashad) que lo saca de la correccional, lo cría, lo adopta, en un mundo de privilegio, con lo cual Adonis no es que sea un boxeador salido de la pobreza y tenga el hambre de éxito en el deseo de una mejor vida, pero sí tiene un aliciente particular, sentir que puede llenar el espacio negado como hijo de Apollo (por su muerte), lograr brillar y tener orgullo, generarse un valor y sentir que puede congraciarse con el recuerdo del padre y el legado Creed, si bien el verdadero legado del que se vale en realidad la película es el de Rocky Balboa, que en manos audaces y el temple del director Ryan Coogler no endiosa a Rocky, sino lo hace muy funcional (pero indudablemente respetándolo), para que Adonis manifieste su propia historia y sea el protagonista de Creed.

Creed no es que invente la pólvora, recorre los lugares comunes de éste tipo de películas de boxeo, sobre todo aprovechando lo hecho anteriormente con la saga de Rocky, hay lugares que se revisitan, claro está; mientras existe variedad de referentes (bastante breves, aunque por todas partes, que aportan dimensión, memoria y nostalgia), pero también mucha actualización y no es justamente lo más atractivo, aunque tampoco es defectuoso el aporte, como la relación con Bianca –la bella Tessa Thompson-, de lo que el filme peca de ordinario en buena parte. Coogler sabe sacarle una cierta nueva identidad a la saga de Rocky, aunque algo pequeño y discreto formalmente, pero palpable, afro-americanizando la saga (como el mítico recorrido atlético por las calles, aderezado con motos y cuatrimotos, algo de circo e infantilismo, que trata de llevar el sentido de pueblo a la película). Incluso la banda sonora tiene esa mezcla entre pasado y presente, con lo que se ve que Coogler es un director con personalidad, pero a su vez lo suficientemente inteligente para oler una buena oportunidad de popularidad y reconocimiento –entregando material decente, de paso- en utilizar el máximo logro de Sylvester Stallone, que ésta vez cede a un papel secundario, pero cargado de atributos; potencial dramático, con aquella enfermedad tan familiar en su vida; intensidad y vitalidad, con su cualidad de entrenador (que tiene un estupendo manejo, entretenido y real en lo posible, al igual que con las peleas, que fluyen, son emocionantes a un punto, tienen arte); humanidad, que brota de sí y se ha ganado, ahora solitaria (pero nuevamente llena con ese sentido de familia que crea con el pupilo y su novia); y siempre intachable, como figura y deportista creado en la gran pantalla, que sube las famosas escaleras del Museo de Arte de Filadelfia y optimista dice que desde aquí se puede ver toda su vida, sumando su vinculo con Adonis, y ha sido, es, una gran vida.

sábado, 13 de febrero de 2016

La mirada del silencio (The Look of Silence)

The Act of Killing (2012) nos sorprendió a muchos, era una película difícil de creer en gran parte para quienes vivimos lejos de la historia de Indonesia, sobre una enorme cantidad de muertos por ser denominados comunistas, y en como los grupos vencedores en la actualidad se jactan de todas las muertes acaecidas durante 1965-66 que pasaron por sus manos, y se debe a que nunca se ha ejercido castigo legal alguno sobre estos paramilitares ni gánsteres que representan la historia oficial de su país. The Act of Killing era un filme extravagante y original en su narrativa, en como los asesinos se entretenían interpretando roles cinematográficos recordando como ejecutaban a estos llamados comunistas. En esta segunda parte del director americano Joshua Oppenheimer esta vez tenemos un documental más convencional, como para que quienes se sintieron extrañados con la versión anterior puedan digerirlo más fácilmente, sobre todo gracias a la confrontación que perpetra el protagonista del filme, Adi Rukun, que con 44 años de edad no puede obviar ni olvidar que mataran salvaje e impunemente a su hermano mayor -habiendo nacido 2 años después de su muerte- y tenga aún que convivir de lo más normal con los homicidas, incluso con los asesinos directos, de su hermano Ramli. Con lo cual con pretexto de trabajar su profesión de optometrista y enviado por la relación con Oppenheimer conversa con los paramilitares de ese entonces, discute con ellos tratando de llevarlos hacia alguna reflexión o quizá hasta un remordimiento, los cuales ya viejos muchos se hayan en posiciones privilegiadas, son ricos o pertenecen al gobierno, o algunos seniles incluso ni se acuerdan o no quieren hablar de política, como suelen excusarse o llamar al pasado, aunque hay un grupo que se vanagloria, y yacen en paralelo narrando y repitiendo como en The act of Killing el placer de esa acción heroica de matar comunistas, que es como lo ven y se enseña en la escuela del hijo pequeño de Adi. 

La mirada del silencio es esa que profesa Adi cuando ve en su hogar los videos con las entrevistas a los perpetradores y escucha atento como describen orondos algo doloroso para él en ese aniquilamiento histórico en que se deshicieron de comunistas iguales a su hermano, y hasta de éste, y como esto representa un triunfo nacional, contado mediante un lugar íntimo y personal, un espacio más pequeño, la identidad de unas víctimas, donde vemos a toda la familia de Adi participar, algunos pocos enterados de toda la situación, a sus hijos, o a sus longevos padres, donde el progenitor ya se comporta bastante perdido en el mundo y es cuidado como un bebé por su mujer, al haber pasado los 100 años, mientras la anciana madre comparte el dolor con su hijo. Adi, hay que decirlo, es sumamente valiente, va y enfrenta a los familiares de los asesinos de su hermano, y aunque está claro que no sacará nada de ello lo hace como una moral y un dolor muy grande que sobrelleva, que puede verse como una responsabilidad ante la invisibilidad que existe. De lo que recibe respuestas más esperables o coherentes al tipo que las que hubiéramos imaginado en The act of killing donde cundía la fiesta y la omnipotencia. Los asesinos tienden a decirle a Adi que olvide el pasado, sino puede atraerlo y repetirse, y se justifican con que no debe seguir el camino errado, que lo pondría en el mismo peligro y contexto, o sea, ser un comunista, escudriñar, señalar, por lo que estos ejercen una intimidación velada, discursiva, que enfática o violenta. Pero Adi está convencido y sigue indagando, llega incluso a descubrir que su tío fue guardia del régimen y que supo del encierro de Ramli. Todas estas confrontaciones son inquietantes, marcan mucha tensión en el ambiente, que se dibujan en sonrisas molestas, en miradas que no saben dónde fijarse, o en ese silencio que señala culpas y deja sin saber qué hacer.

Este documental es mucho menos impactante y elaborado que el primero, pero es un gran complemento, convirtiéndose en el contraste de la banalidad de matar, que sería su máximo aporte, su pequeña añadidura, habiendo mucha humanidad detrás de él, en aquellos cuidados y cotidianidad de los ancianos padres de Adi, en los juegos de éste con sus hijos, y sobre todo en ese perenne recuerdo de Ramli muerto brutalmente, como si no fuera nadie, y eso lo desmiente por completo el filme, mediante la larga y en buena parte solitaria y minimalista travesía de Adi, en señalar más que un cuerpo de aquellos tirados al río Snake, más que una sangre derramada y bebida para que los asesinos no se vuelvan locos.