viernes, 16 de mayo de 2014

Akira

Se dice que ésta película de 1988 internacionalizó al anime, lo puso en la mira e interés del mundo, y también que es la mejor en el estilo nipón del género de la animación. Primer lugar que se disputa principalmente con La tumba de las luciérnagas (1988), con Ghost in the Shell 2: Innocence (2004) y con algunas de las obras de Hayao Miyazaki, aunque la más famosa y galardonada sea El viaje de Chihiro (2001) del mismo Miyazaki, ya que con éste último va de gustos teniendo tan buen nivel en su filmografía.

Ésta historia de cyberpunk en un contexto post apocalíptico expone mucha violencia, a través de una base llana de rebeldía juvenil, pandillas en moto representadas por Los Payasos –los rivales, los básicos- y Las Cápsulas –perteneciente al héroe del relato, a Kaneda-. En dicho contexto presenciamos militares, guerrilleros revolucionarios y políticos en conflicto mediante constantes acciones extremas producto de tener -aunque se mezclen entre sí- intereses, defensas o ganancias en juego, como no podía faltar en el imaginario popular, religioso y cultural al que recurre la trama, bajo una conceptualización místico-científica, por más raro que suene esta conjugación. Debo decir que en efecto es una buena película (la justa adjudicación de culto inmortal en el anime y en el séptimo arte), pero no la catalogaría como el mejor anime de todos, sobre todo en la primera hora que me parece ordinaria (aunque sin quitarle el mérito de ser entretenida en ese trayecto), hasta que se vuelve compleja más tarde, arguyendo como leitmotiv sobre un especie de anticristo, fuera del estereotipo, en Akira.

Akira es un niño tratado en experimentos a razón de poderes mentales, lo que será recurrente; tendrá un “doble”, en Tetsuo, muchacho mediocre que se ve minimizado sin querer por su mejor amigo, por Kaneda, y al que le envidia –en un objeto metafórico de liderazgo- una preciosa moto roja de carreras. Sus destinos son señalados en la tercera guerra mundial, donde una bomba atómica arrasó Tokyo (ahora llamada Neo-Tokyo), y se supone que el mundo visto desde ahí. Éste filme tiene magma suficiente para generar una argumentación y acontecimientos cierta e innegablemente jugosos, mientras el director de la película, Katsuhiro Otomo, afirma la intensidad que se prodiga en el inicio, con una brutalidad que es parte de la atracción de la que dispone para cautivar, jugando a su vez con varios lugares bastante conocidos, primarios pero viscerales y no menos importantes intrínsecamente.

Está el héroe por antonomasia, Kaneda (con la clásica y efectiva casaca de criminal iluminado, sino basta recordar Drive, 2011), de cariz ligero, imperfecto y contemporáneo, pero líder por derecho propio, demostrándolo una y otra vez, enfrentando su “normalidad” de cara a la manipulación del anhelo en Tetsuo, que no sabe manejarse como un dios todopoderoso (talento e ideal versus ambición a toda costa), llenándose la realización del espíritu de las obras que han hecho grande a Shakespeare. Implica una furia ciega y salvaje producto de la naturaleza humana, celos malsanos, frustración, incapacidad, ansiedades de protagonismo.  

El globo se desinfla (entre comillas) tras agigantarse cada vez más y más, y tiene de literal como de concepto (como una olla a vapor a la que se le rebalsa el agua o como el mismísimo big bang), hasta romperse en cierta forma por sí solo, cuando hace gala de la idea de Akira, el gen preciado de la obra. El resto gira a su vera, o es poco o inexistente aporte argumental, aunque por lo general un árbol que no es frondoso deja de ser bello, y no puede faltarle, si bien aquí las ramas son sencillas, lo cual no es nada extraordinario en el cine, si no fuera que el centro articula y proyecta con dominio y autosuficiencia. Éste centro se acerca a la obra maestra. Akira es más que un ser humano y no solo por lo obvio, lo cual se exhibe como una muestra de portentosa auto-superación del relato, y con ello se carga de emoción, de vitalidad, de sorpresa, de exceso, haciendo vivir al espectador unos últimos 40 minutos magníficos que bien pagan el éxito y el alcance que se prodiga la propuesta.

En la presente existe una subtrama encaminada por el amor (aunque no demasiado creativa) de Kaneda hacia Kei, la revolucionaria; y la de tres médium, de poderes psíquicos que trasforman la realidad y cosas por el estilo (hay uso del surrealismo y de lo onírico en la película), niños de aspecto raro, avejentados, que complementan el conjunto. Éste sci-fi recuerda un poco a Philip K. Dick, a ideas pseudo-ciéntificas y paranormales, lo cual no hay que olvidar, y se maneja muy bien en sus coordenadas, si bien terminas preguntándote engañado/cautivado por una veracidad que llegado el momento patea los antecedentes con suma soltura, grandilocuencia y una seguridad que es remarcablemente coherente tal cual, y hacen de éste séptimo arte un disfrute bien pagado. Ahí sí genera verdaderos adeptos de ojos y bocas bien abiertas. En el otro espacio simplemente nos hemos dejado llevar por su fuerza elemental, una apuesta a ganador (¿no lo son las motos en combates callejeros?, como esa imponente moto ya legendaria de color rojo que atrapa hasta el más reacio). 

domingo, 4 de mayo de 2014

Ghost in the Shell

Ghost in the Shell es de los animes más importantes de este séptimo arte, uno que se ha convertido en pieza de culto alrededor del mundo, con toda una cultura popular detrás. Ha ayudado a romper esa barrera que limita muchas veces al dibujo animado a un lugar inferior en el cine, en cuanto al reproche de trascendencia y profundidad que muchos no ven y le exigen, que con Ghost in the Shell 2: Innocence hay que replantearlo de inmediato, empezar a creer, dar cabida a algunas creaciones excepcionales que van más allá de cualquier encasillamiento. Ghost in the Shell 2: Innocence, el hito máximo de este anime y una obra maestra, estuvo en el festival de Cannes 2004, luchando por la palma de oro, el premio mayor del festival. Ghost in the Shell 2: Innocence ganó muy bien su cupo y la posibilidad de triunfo, que deja en claro que éste estilo japonés y universo propio del género debe tener mayor valía personal en el cinéfilo y no solo en el otaku.

Ghost in the Shell (1995)

Ghost in the Shell se trata de la introducción a un mundo de acción, militar (con comandos, rangers, francotiradores o mercenarios involucrados), política (que llega a lo internacional, recordando que los límites y los gobiernos son más conflictivos, aun bastante corruptos y oscuros) y en la labor de inteligencia de servicios secretos en razón de combatir la amenaza perenne de la electrónica. No es una obvia recriminación de la facilidad de su utilización por “cualquier” gente, en todo caso no solo se desprende esa formulación, ya que llega a versar a su vez hablando de los parámetros generales de este anime de la independencia que crea, entendiéndola como positiva, la democracia práctica, digamos que contundente y real, y con ello el ideal y lo altruista, aunque a costa de ciertas libertades que van contra la legalidad y una planificación ética discutible como lo es el postulado en detalle, a favor del bien social, cultural y común, el futuro y la reorganización nacionalista, como se ve en la ingeniosa reinterpretación de esta película que hace el OVA Ghost in the Shell: Stand Alone Complex - Solid State Society. Lo representa la seguridad pública de la Sección 9, contra el espionaje o los hackers, que yacen en ambos bandos, los buenos y los malos digamos, si bien a veces esta segunda clasificación no resulta adecuada, aun moviéndose en lo criminal, ya que existe alguna justificación por lo regular inteligente o con cierta -o algo de- aceptación. En general por un lado están los controladores/vigilantes y al otro los anárquicos o con propia ideología o requerimiento, siempre bajo un concepto o esencialidad, combatiéndose el terrorismo, dentro del cine noir y a través de la tecnológica, cada vez más indispensable y predominante en nuestras vidas. Junto a esto yace la contextualización de la cibernética (es raro no hallar seres humanos con algún implemento o parte corporal robótico), hacia un devenir futuro al que avanzamos, que más que fantasía parece en buena parte una especie de profecía.

Estamos ante un sci-fi que versa sobre lo existencial, en la reflexión de nuestra humanidad cada vez tan artificial desde la literalidad de los ciborgs que discuten sus raíces y propiedades. Nuestra heroína se llama Motoko Kusanagi y es dueña de un cibercerebro, un cerebro que tiene mucho de computadora, y de un cuerpo robótico, lo que le hace pensar/sufrir si en ella existe realmente un ser humano, perdiéndose en largas meditaciones predispuestas al callejón sin salida, y de esto podemos observar una crítica hacia la deshumanización. Hay que acotar que éstas máquinas, hombres también (contienen ADN), les resulta indispensable la memoria, para identificarse y ser/existir, algo que fatal e irónicamente se manipula, se distorsiona, se falsea, se vacía y se reemplaza, con virus y hackeo, lo que hace del panorama un lugar complejo y entretenido al mismo tiempo, ya que no falta la pelea, incluso con un tanque ultra moderno y futurista, la persecución, el asesinato y la sorpresa, que se pega al fondo y proyecta lo visual.

De todo ello se dan hartas cavilaciones por parte del director Mamoru Oshii, encargado de las dos primeras obras, y para ello al espectador “exigente” se le pide paciencia en la parte media del filme al abocarse a una trama sumamente argumentativa, pero que al rato retoma ritmo y adrenalina, intensidad y violencia, como promete esa apertura desestabilizante, luego coherente, de las habilidades de Kusanagi, la persecución de un terrorista enloquecido en un mercado, el hallazgo del software con ambición de ser humano descubierto donde menos se cree o la lucha desigual contra un tanque que termina en una revelación redonda y que resuelve la interrogante que sobrevuela todo el filme. Ésta obra “presume” de poética, como el motivo de sumergirse en el agua de parte de la mayor Motoko Kusanagi, la protagonista y leitmotiv de la presente propuesta, a la que acompañan Batou, un ranger bastante duro (como no podía faltar) y con los pies en la tierra a diferencia de su admirada compañera y mando, luciendo simple y seguro de sí, a la vera de su sangre fría muy bien figurada en la inexpresividad de sus ojos artificiales. Es un experto con las armas y el combate cuerpo a cuerpo, al igual que lo son todos los de la Sección 9, si bien presentan especialización, que veremos más tarde en Ghost in the Shell Arise que trabaja con la colectividad de un equipo comando y policial aunque con Kusanagi de líder y dominio escénico. También en mucho menor grado yace Togusa, que es un oficial de policía cibernético pero de poco peso, como el mismo se deja ver, y le creemos, no que sea humilde, como se suele hacer. Él tiene un lado más fehacientemente humano, y lo recuerda la mención continua de su hija, o sus pocas habilidades motrices y en los acontecimientos. Oshii, en sus películas, no le da mucha cabida, no es un ser intenso, sino más bien accesorio, secundario, débil a un punto, aunque colaborador, a diferencia de Batou que es complementario a Kusanagi, aun no siendo tan relevante como ella (yace poco en el metraje), porque se trata del lucimiento de Motoko, que yace siempre pensativa, triste si se quiere ver, pero es efectiva cuando hace uso de su entrenamiento militar (camuflaje, hackeo, uso de armamento, tecnología pesada y artes marciales). En medio yace una ciudad que tiene personalidad, es luminosa, comercial, alta y profusa, la que poco tiene que envidiarle a Blade Runner (1982). Al respecto Mamoru Oshii se detiene a enseñarnos en todo esplendor y orgullo su urbe imaginaria.

No sorprende saber que Matrix (1999) recoge muchas influencias de esta realización, y es que es un mundo muy completo en sí, lleno de detalles aunque aparente a un punto ser directa mientras deja un poco de tarea mental. Ostenta tiempo para hundirnos en la contemplación de una idea y otros para impactarnos con su toque de brutalidad (cabezas explotando en sangre, una hembra desnuda en caída libre por un edificio, o partes del cuerpo arrancadas de tajo, algo que asociamos a la entrega de Kusanagi en sus actividades extremas).

Ghost in the Shell 2: Innocence (2004)


Ghost in the Shell resulta sencilla, entre comillas, viendo lo que será Ghost in the Shell 2: Innocence que irá aún mucho más lejos, con su vasta riqueza cultural, filosófica, popular, literaria y fantástica, en una constante destilación de frases y pensamientos célebres, hondos, cosmopolitas, que no solo yacen anexos como destellos cultos de sabiduría, sino le dan densidad y potencia a la temática existencial asimilada en contexto, como el choque entre realidad y sueño/ilusión (como se aprecia en la incursión en Locus Solus, nombre que nace de la novela de Raymond Roussel, que en la historia es la denominación de una empresa fabricante de Ginoides que terminan siendo muñecas robot sexuales. A Roussel también se le recuerda por los cuadros vivientes de la mansión), nuestra humanidad (vacío, remordimiento, materialismo, suicidio, sumado a la modificada tercera ley robótica de Isaac Asimov y al tráfico de mujeres), la intromisión de la ciencia en distintos aspectos (véanse tres lecturas de un mismo acontecimiento) y la razón o búsqueda de la propia esencialidad (en un hombre que quiere transformarse en una inteligencia superior dentro de un ente artificial, el opuesto de la Kusanagi de la anterior película), haciendo un recuento a grosso modo, y todo sin descontar una trama adictiva, en un relato cargado de fuerza.

Esta vez el protagonista es Batou, invirtiendo los papeles con Kusanagi que hace tres años, tiempo de la última película, no se le ha vuelto a ver. Ella pasa a ser un personaje secundario, muy pequeño al uso aunque capital, el ángel de la guarda del ranger, un ser invisible pero ubicuo cuando se le necesita. Con él está Togusa, el compañero endeble pero valiente, algo que tampoco es muy original en el cine. Pero es lo de menos porque el filme ya tiene suficiente. Batou será el principal por única vez en las cintas de Ghost in the Shell (que significa "El fantasma en la coraza", o mejor, "El alma en el cuerpo", que lo vemos claramente en todas partes en los relatos, como fuente de conflictos internos/externos), el eje seductor del espectador, y aunque mantendrá su frialdad e inexpresividad, obtendrá mayor hondura (gracias a la soledad compartida con su dulce perro, su dificultad de sociabilización, su monotonía o su cualidad de anteponer la propia vida por otros, como cuando cuida de Togusa y lo hace pensar), y mayor raciocinio, si bien antes no fue plano (puede discutir sobre la esencia y el ser con Kusanagi, expresarle su punto de vista distinto y animarla, consolarla), como terminará siéndolo finalmente en Ghost in the Shell Arise en donde en Border 2 - Ghost Whisper deja notar una personal decepción creyéndose solo una máquina de matar, un guiño a algo más, que no sale de su cuadrante, aunque percibiendo que los Arise serán filmes de actividad en lugar de argumentación o reflexión.  

Dos apartados trascendentales. Uno. Si antes el filme lucía una animación cautivante, esta vez el adelanto de los tiempos más modernos pagará con creces lo que supone experiencia en todo sentido,  superando a su antecesora. No obstante, algunas imágenes hechas por computadora en 3D que se anexan quitan belleza, se fijan decentemente pero resultan inferiores a los dibujos tradicionales, que recalcamos están fantásticos. Con los OVAS siguientes no estarán tampoco mal, pero a todas luces disminuirá mucho la estética y la dificultad del trazo y su visualidad. Y, dos. Los fuegos artificiales. En la trama brilla un combate de acribillamientos feroces en una casa de juego donde anidan yakuzas en que Batou irrumpe con toda potencia. También los vemos en un hackeo en una tienda de comestibles, con un suspenso y misterio maravilloso en tiempo preciso, un lapso desconcertante que luego es explicado y coherente, la que es la construcción de la novedad, como el arranque de la anterior película. Igualmente sobresalen en un desenlace en aguas internacionales con robots sexuales en masa direccionados para finalizar a un intruso, que no será indispensable ningún sacrificio de atención en el entendimiento de las fluidez e imposibilidad de total aprehensión de las elucubraciones disparadas a diestra y siniestra en los diálogos de luminarias como Buda, Confucio, Platón o John Milton.

Ghost in the Shell 2: Innocence es el pináculo de las cinco películas de este anime. Indiscutiblemente le debe a su origen de 1995, del que retoma ideas, pero se mete más afondo, busca más del mundo y sutilmente sigue en el relato, a un punto de relectura y alternativa, haciendo algo sólido. Requiere de varias lecturas para unir tantas piezas que se perciben más que decorativas y si lo son logran la química suficiente para otorgarse ecuanimidad y asociación estudiándonos detenidamente. Pero no solo eso, permite la visión tranquila de una trepidante trama de acción con ciertas ideas existenciales en sus movimientos escénicos. Atrapa, te brinda la oportunidad de pensar con algo aparentemente y en parte ligero, en medio del placer primario, del entretenimiento rabioso, moderno y algo gore.

Ghost in the Shell: Stand Alone Complex - Solid State Society (2006)



Si hay que definir posiciones entre las cinco películas de este anime, de los que hay hasta la fecha, todo está demasiado claro, primero Ghost in the Shell 2: Innocence, la mejor y que todo amante del cine debería tener en cuenta; segundo Ghost in the Shell, una muy buena película, aparte de un valor mayúsculo por ser la originaria en el séptimo arte; y en tercer puesto la que nos convoca en este apartado que también está destacable y representa un logro, a un punto. Y es que Kenji Kamiyama, el que hizo este OVA, tenía mucha experiencia con Ghost in the Shell habiendo sido el director de la serie que duró del 2002 hasta el 2005, y que cerró magistralmente con éste filme.

En la primera película de Oshii al enemigo sin biografía conocida, un desconocido absoluto, virtuoso hacker (hasta parecer un especie de Dios) y el terrorista más buscado de su época, de carácter enigmático e impredecible, se le llama el maestro de marionetas, y en esta viene a ser muy semejante, el titiritero, pero no hay que confundirse ni esperar un relato parecido, ya que la resolución de la propuesta deja su propia huella. Hace de la trama algo completamente suyo, muy intrincada pero milimétrica, se deja entender en su audacia, con emoción e intensidad, jugando en gran parte del metraje a dos carriles, por un lado Kusanagi, y por el otro Batou y Togusa. Es una genialidad –no hay vueltas que darle- que hace un buen trío con las otras dos, y no deja de sorprender porque es un OVA, que supuestamente pretende y posee menos recursos artísticos que el supuesto cine en toda palabra, notando que lo hace por medio de un conflicto que mueve bien sus piezas, bajo un virus informático, el suicidio, el secuestro, la política, la cultura y la sociedad generando novedad en una mezcla inteligente, haciendo la salvedad de que no tratamos con filosofía ni existencialismo, sino solo una trama que sabe explotar distintas líneas de misterio, como se hacía a su vez antaño en los dos primeros animes, lo que la convierte en un efectivo cine negro dentro del cyberpunk.

Puede ser más ligera que las míticas hechas por Oshii pero sigue siendo de alto nivel. El único pero que encuentro que implica perder seriedad, atención y complejidad en el conflicto que nos absorbe, por un momento, es con la intromisión de los titulados Tachikomas o think tanks (tanques/trajes paseantes mecánicos inteligentes, que se verán mucho en los Arise), en el abordaje de la institución de actividad del cibercerebro, en el centro de bienestar Seishomin, generando quizá para algunos algo curioso, acción o emoción, pero que para quien escribe se vuelve inocente e inofensivo, rutinario. No obstante se aprecia que predomine la irreverencia de desaparecer a algunos personajes claves en atentados siniestros, como gubernamentales, que es lo que hacen todos los animes de Ghost in the Shell (e igual el método es nuevo).

Este filme puede parecer al final -procesado con dedicación- bastante sencillo, viéndose solo que se aplican algunos cambios, pero desde mi óptica estos son decisivos y creativos, y hacen de esta una muy buena tercera recomendación.

Ghost in the Shell Arise - Border 1: Ghost Pain (2013) y Border 2 - Ghost Whisper (2013)


Ghost in the Shell Arise es una tetralogía de la que ya ha visto la luz dos partes, una llamada Ghost Pain y la segunda Ghost Whisper. Se contextualizan en un lugar de nombre Newport City, siendo precuelas de los filmes de Mamoru Oshii, dándose a un año después de una cuarta guerra mundial. Empieza con Motoko Kusanagi en la división militar 501, la que será encaminada a la sección 9 dirigida como se sabe por el jefe Daisuke Aramaki, para tras convencerla, dejarla dedicada a formar su comando o equipo, entre ellos Batou al que llaman “el de los ojos que nunca duermen”, y Togusa, como un detective decidido, mucho más fuerte que antes. Con ellos aparecen rostros que hemos visto brevemente, como Ishikawa, un especialista en tecnología, o Saito, un francotirador mercenario. Se agrega un personaje nuevo que se recuerda con algo de simpatía, Paz, un policía que trabaja de encubierto, y con el que Kusanagi se enfrenta en un combate a puño limpio tras creerlo un hampón, y le hace un hermoso lanzamiento de judo. 

La primera es un comienzo decente, como una pequeña “copia” de sus predecesoras, funcionándole la (típica) ocurrencia de tener como enemigos, parecidas a las ginoides sexuales de Ghost in the Shell 2: Innocence (2004), a unas minas movibles que tienen la presencia de ninfas rubias y sensuales de vestimenta infantil, habiendo un enfrentamiento con estas autómatas en masa, que suelen estallar de pronto (hay un atentado que propicia una de ellas que tiene su toque de encanto, dentro de un salvajismo conocido, aunque no todo lo impactante que debería ser). Mientras tanto se pone en duda la respetabilidad de un teniente coronel apellidado Kurtz que yace difunto, al que se le imputa tráfico ilegal de armas y es recordado como quien crió a Kusanagi. Él será el generador de los conflictos desde la pasividad y su mención, incluso de lo que significa el Ghost pain (un dolor que llega de golpe producto de ciertas memorias de ser humano neto ahora en un cuerpo cibernético).  

La segunda disminuye harto en su dificultad, incluso en comparación a Ghost Pain, habiendo mucho ruido y poca nuez con la irrupción de pandora, un virus en los sistemas de vuelo o de tránsito masivo, en los distintos lugares controlados por computadoras, algo que ya vimos nada más y nada menos que en Live Free or Die Hard (Duro de matar/La jungla de cristal Nro. 4, 2004), que se le relaciona a una masacre de civiles en un territorio denominado Qhardistan (que oculta una franqueza manida), siendo un tal coronel Soga enjuiciado por dicho ajusticiamiento militar. Ghost in the Shell se pone tonta y simple e implica únicamente en esta oportunidad una venganza, no esconde nada especial, es pobre. Lo único bueno es como se irán reclutando a los comandos de la sección 9, para lo que habrá peleas físicas entre ellos, que aún no son compañeros ni se aprecian. Visto bien es decepcionante, y solo le sobreviven los personajes y el hackeo, por cariño a esta cosmovisión.

De las vistas hay que decir que recogen lo “fundamental” de lo que es la historia en sí, al gusto, aunque es indiscutible negar que desciende notoria y hasta gravemente el nivel, ante esa fusión espectacular de calado reflexivo y efervescencia desaforada de las de Oshii. Explican, precisan, detallan todo en busca del goce elemental, como con las tres últimas de Star Wars, donde se explota lo conocido, se desentrañan misterios, pero el aporte es ínfimo en cuanto a arte y novedad valiosa, que no –insensata y absurda- curiosidad. Se vuelve la saga sumamente fácil, aunque sus conspiraciones y terrorismo planteen parecerse a los formatos anteriores, con bastante líneas intersecadas pero con nada significativo en realidad. Se basa en el background, los parámetros y elementos pasados, de un cyberpunk y un noir bastante limpio, comercial, mucho menos creativo y poca cosa.

No se podría negar que tengan distinta impronta, bien o mal tienen lo suyo, como que estos videos para casa no sean largometrajes de cine, claro, ni por asomo, y el legado les llega a pesar. Pero como entretenimiento si tienen -no lo niego- cierta esencia que mantiene vivo el interés, sobrevive, nos mantiene aún ligados, y en parte (poco a comparación) contentos a fin de cuentas (la genialidad va de explicita y es bastante menor, pero cumple su cometido), pero, bueno, como OVAS están bastante pasables, ¿imagina pedirle a un filme destinado directamente al hogar que sea una obra de arte mayor?, sin embargo a un alcance ahí está Ghost in the Shell: Stand Alone Complex - Solid State Society, y en el elogio preveo alguna otra excepción.

Tienen una fuerte presencia a cuestas, sabiendo que manejan entre manos un buen material que se basta solo de cierta manera, y se trata de usarlo simplemente, recogiendo lo que saben que funciona, te seduce, si ya eres fanático, y uno terminará siéndolo si ve primero las de Mamoru Oshii, o quizá leyendo el manga de Masamune Shirow. Observamos que Kusanagi pelea y vence aun perdiendo extremidades, en un intento del autor(es) de impactar (y parece que olvidan que se ha visto antes, y con mejor resolución e ilustración), nada bajo el sol; o esta eso otro, que vaya a enfrentarse con ese militar robótico gigante que la golpea e intenta intimidarle, con el que no ha podido antes y se ve aparentemente indestructible, y caemos redondos, con una lucha cantada, algo repetitiva e igual de sublime desde lo que es. Esto queda. 

lunes, 21 de abril de 2014

El Decálogo


A éste Decálogo se le puede considerar como una de las obras maestras del séptimo arte o, mejor dicho, una de las grandes hazañas de un director de cine, ya que fue destinada a la televisión como una miniserie, basada en los 10 mandamientos, con una película por mandamiento. Yacen anclados a los días modernos de Polonia. Éstos mediometrajes sirven para una relectura de esa muletilla que señala con desprecio a una película supuestamente mala como un telefilme, habiendo excepciones a la regla. La presente obra magna fue realizada en 1989, por Krzysztof Kieślowski. Cada episodio tiene una duración de entre 50 min. a una hora.


Decálogo Uno: Amarás a Dios sobre todas las cosas

Son historias hermosas e inteligentes, hay que decirlo de frente, muy universales, que se salen del encasillamiento de ser películas religiosas (que lo son por la temática tratada, pero van más allá, se hace arte, presentando una notable autonomía), porque trascienden y no solo son audaces, empáticas, lecciones de vida, vivencias y conflictos intensos que llevan reflexión, de convincente libre albedrio, sino interesantes y cautivantes dramas, que simplemente entretienen, con facilidad pero con sustancia. 

La presente posee toques notorios de arte, como se ve en sus momentos simbólicos, véase cuando se derrama la tinta, en un contexto premonitorio y estético; también cuando la computadora se enciende de repente e invoca que está lista para algo (o alguien lo está) que el propietario desconoce y le parece una broma; o en especial el desenlace cuando el protagonista derriba un banco con velas encendidas a la Virgen, un lapso cargado de visceralidad y emotividad, que presenta un choque y un descubrimiento violento, que hace llorar a la madre de Dios en la conjugación del calor de la cera con el lienzo.

En todo momento está la discusión en un ambiente culto y avanzado -en la electrónica, para su época-, de la ciencia, el cálculo y el ateísmo por sobre la (“simple”) fe, y es el caso de que se expone que hay mucho misterio, “sin sentido” y espontaneidad en el mundo. Se da una lectura de no ver a la humanidad como una matemática. Valga la paradoja a la normal mirada de la perfección divina; aquí trabajada desde su opuesto, un sentido de cierta incapacidad de completo orden, pero por parte del hombre. Se le dibuja a la humanidad con la libertad y a un punto calidad de impredecible, o complicado de comprender en toda su medida, y a un Ser Superior que tiene la última palabra. 

Los personajes principales, el padre, Krzysztof (Henryk Baranowski), el hijo, Pawel (Wojciech Klata), y la tía, Irena (Maja Komorowska), exudan química, ternura, afabilidad, afecto y ejemplo, un vínculo familiar que aporta mucho al relato. Se revela un contraste imponente en la laguna y meollo del asunto. Es tan buena la caracterización de éste grupo de actores que es sorprendente ver que lo hacen mejor que muchas caras populares y reconocidas del cine, tanto que se vive una cierta injusticia de que no sean admirados por muchos, desde una humildad y naturalidad encomiable. Su trabajo es un pilar de ésta obra, una basa que la hace aún más trascendente.

Una “curiosidad” de la propuesta es la presencia de un vagabundo en la intemperie, frente a un fuego, que yace luchando contra el frío, una metáfora. Él parece un ángel melancólico.

Otra virtud es la buena dosis de tiempo que se proporciona el filme para los momentos capitales, e incluso los ratos de detalle que no agotan ni molestan ni se sienten de relleno. Da la sensación de que nada sobra, que sobresale una gran distribución, y todo desde lo sencillo, desde lo que luce común, y no menos glorioso.


Decálogo Dos: No tomarás el nombre de Dios en vano

El segundo es una nueva genialidad, que versa sobre la infidelidad, y el juramento roto en distintas formas. Pero el más importante es el de cara a Dios, y se da la audacia de no pegarse al pie de la letra del mandamiento, por una razón noble, de existencia. Y que lleva la noción de saber lo que es perder a un ser querido, en el caso se une el futurizar en el ajeno una carencia personal inconmensurable.

En la trama se percibe mucho sentimiento, ubicado desde el remordimiento, por ello la protagonista rompe objetos distraída en castigarse, o mata una planta floreciente, y esto último refleja una decisión que es el argumento del relato y que va en contra de sí, porque ella ahora tiene una única fijación. Todo se centra en el marido moribundo que lucha por salvarse al son de las gotas de una cañería defectuosa, quien fuera agredido sin merecerlo, ya que se dice que proporcionaba estabilidad y tranquilidad familiar.

El relato implica no contener el deseo, el ser uno demasiado ambicioso por encima de los valores, lo que se corrige en una mirada que si se quiere ver reditúa lo socialista, que Kieślowski llega a manejar más, se puede ver en el tipo de clase que reina, la que está pegada a la austeridad, incluso en un médico (se trata de una clase media). Todo ello hacen de ésta una trama compleja en su profundidad que no en su exhibición y muy contemporánea sin buscar ningún regodeo o exaltación, hay mesura, no se pontifica, no se fuerza el mensaje y mientras tanto el autor enriquece el panorama dramático (la espera, la desconexión que no sea la pareja como ese insecto en el líquido, el quebrar el egocentrismo, entregar en lugar de recibir, ser fuerte). Así se luce cuando se da forma a un tercer punto en discordia que representa una opción decente, lo que no se suele hacer, el amante es músico, sensible, controlado y al parecer de buena posición social, sólo que yace en un momento prohibido, el matrimonio; además dadas las circunstancias, un obligado punto álgido y de consciencia (cuando esto en la vida real suele fallar/faltar). Igual que antes, lo divino hace una jugada maestra. Bien dice el paciente con su reflexión de poder tocar la mesa.


Decálogo Tres: Santificarás las fiestas

El aporte de éste decálogo, una historia menor dentro del grupo pero igual atractiva a un punto, es el misterio, eje y atractivo, humilde pero efectivo. ¿Qué esconde la mujer, acechadora, en sus intenciones buscando a su antiguo amante, a un hombre que se viste de Papa Noel para la alegría de su familia? El filme en parte logra sacudirse de la obviedad, o compaginar poco más de una lectura manejando su buen toque de intriga e inestabilidad, en una medida decente al menos, con las vueltas de lo que será una aventura de nochebuena que nos dibuja la importancia de ésta fecha

¿Puede haber un crimen en el contexto?, nos preguntamos a ratos, que se sugiere. Kieślowski lo pone en la balanza mezclándolo con la vitalidad, el afecto conmiserativo –con impulso carnal y nostálgico- y la diafanidad o llaneza frente a un estado de dramatismo personal algo elíptico. Tenemos un ser frágil propenso -como arguye el lugar común- a dejarse seducir, a necesitarlo; tenemos una proclividad al pecado, en contraste natural al orden trabajado y ganado generador de recompensas y castigos; en esas persianas cerradas al extraño vemos una lección múltiple y alterna.

La anciana con demencia senil con quien se ve la protagonista nos da pautas, precisión y proyección, llevando el relato al terreno de lo existencial y no solo del afecto. Existe una sensación de humanidad, de ver por los demás sin necesariamente amarlos de manera intima, como se ve en el enojo de Janusz (Daniel Olbrychski) con el maltrato a los vagabundos y borrachos, siendo un retrato de cine noir, de aspecto familiar, en esa búsqueda detectivesca del marido de Ewa (Maria Pakulnis); está acompañado por algunos toques ligeros, breves, rebeldes, de “locura” (generar emoción y adrenalina en el vivir, teniendo a veces rabia, en el querer escapar del predominante letargo, la frustración o la monotonía, la soledad y el vacío, la infelicidad); tal es con la seguridad y el skate que la sostiene despierta en la estación, o en el acelerar del carro mucho más de la cuenta poniéndose en peligro, y mientras tanto la esencia de Dios parece observar, e incluso aunque brille lo impredecible, cuidarnos.


Decálogo Cuatro: Honrarás a tu padre y a tu madre

Las historias del Decálogo tienen puntos de convergencia entre ellas, como en parte la estética, aunque entre algunos capítulos hay cambios en la fotografía, pero en general sí, posee el mismo estilo formal en la narrativa, de lo que se nota que Kieślowski ha tratado de darles una unidad global a pesar de la libertad creativa e independiente que maneja en cada expresión existencial, de la auscultación personalizada de sus mandamientos, como la importancia de ubicar las tramas en un conjunto habitacional de pertenencia estatal en Varsovia y de lo que se desprenden varias características y definiciones de una población que sirve de modelo, en la esencialidad humana y la clase social a la que se adscribe (que aunque comunista invoca en cierta forma un equilibrio, gente culta sin excesos materiales, más hacia la austeridad), donde pasean antiguos personajes. A su vez en casi todos los relatos presenciamos la intervención del actor Artur Barcis con cameos que lo muestran como un ente misterioso, meditativo, silencioso o de gestos breves, en que todo apunta a que sea un ángel o un punto de soporte simbólico, la proclividad a un estado de consciencia o una ayuda discreta, mística, en varias formas difícil de catalogar.

Estamos en ésta oportunidad ante un relato muy complejo en lo sustancial que no en su narrativa, que es minimalista, austera. No obstante bastante inteligente, valga la obviedad, que despierta el aplauso sonoro y el entusiasmo por éste séptimo arte, el que paga con creces su parsimonia y cotidianidad (reiterativas en el conjunto, refiriendo a los capítulos), siendo entendible sin dificultad, ya que hace esfuerzos denodados, se explaya con generosidad bajo una continua argumentación que consolida una redondez, generando la comprensión absoluta hasta para el espectador promedio pero comprometido, solo que poniendo a prueba su empatía (la hija es a ratos antipática, invoca tensión y presión, “trasgrede”, tienta), con una dosis de oscuridad y cierta taimada y secreta malicia en completar nuestra interpretación general, con múltiples lecturas, incluso con un cariz irreverente aunque calmado que pone en jaque la religiosidad de algunas personas y la convencionalidad a esa vera, siendo atrevida intrínsecamente. Hace muy maduro que estos filmes sean parte de la recomendación cinematográfica que hace el Vaticano sobre los valores morales, y no están equivocados en su designio, pero cómo lo propone éste cuento hace de ellos una opción osada, moderna y poco ortodoxa, una audacia de ambas partes y a todas luces.

Se trata de poner a prueba la devoción de lo que es ser un padre, más allá de la sangre, sino primando la crianza y el afecto, tanto como el respetarlo como tal, entender un lugar mutuo, ganarlo y asumirlo, confrontándolo con lo sexual, contra la fantasía freudiana o una perversa, del enamoramiento y la sombra del incesto; en ésta propuesta es bajo una composición donde priman los diálogos, el sinceramiento, lo descarnado, en medio de huidas del escenario y confrontaciones, la capacidad de saber escuchar, y de cotejar inquietudes, buscar y llegar a una resolución no solo racional, civilizadamente, sino ante y por una profunda emotividad. Véase el símil con la interpretación teatral de Anka (Adrianna Biedrzynska), la hija. Conocerse, expresarse, lograrse. Mientras hay un ente dócil, y un poco plano, funcional, pero firme en Michal (Janusz Gajos) que es el espíritu religioso, de amor, del relato, la razón sustentada de honrar al padre (y a la madre), en manos de una composición artística, que no gratuita, en una carta que se quema, tratando de “sabotear” sospechas, elipsis, intuiciones, que perpetran ambigüedad, tras una lección, y consolida un vínculo, triunfante, que es lo que domina, pero dejando un resquicio de lujuria, de pecado, de extrañeza, una hazaña que no a todos va a gustar o van a ver, pero que sirve como vía de agudeza para concebir una historia única.


Decálogo Cinco: No matarás


Estamos ante un decálogo un poco pesado, en parte agotador, pero finalmente efectivo y a pesar de la crítica en contra con su gustito agradable y sobre todo sabio pero sencillo, y es que ninguno deja de serlo, no se empaña el conjunto que mantiene una línea, un equilibrio. Se trata de una historia bastante convencional, muy conocida, la de un tipo con problemas de amor propio, de muchos vacíos y, claro, abismos, con un evidente enojo contra su realidad y el mundo reflejado en sus actos desde el inicio. Estamos ante una mala semilla que yace predispuesta a agredir, como con la piedra arrojada del puente sobre la ventana de cualquier auto paseante a costa de generar un accidente, o empujar al orinal a un tipo que le sonríe en el baño, quizá un acto homofóbico, y valga lo curioso el protagonista luce algo disforzado en sus gestos y movimientos, por lo que el autor al parecer sin proponérselo nos predispone a generar una idea, puede ser que sea reprimido sexual, pero lo dejamos ahí sobrevolando, aunque las razones de porque es un ser nocivo quedan bastante veladas a la libre interpretación, se nos entrega al respecto muy poco, y es porque no es tanto juzgar el proceder del asesino (el centro del mandamiento, y sabemos que Kieślowski es hábil e ingenioso, y no sigue al pie de la letra las reglas), sino verlo desde el lado general, humano, compasivo, del errar y ser reinsertado o perdonado tras el acto de contrición. Más que una auscultación a partir del aparato judicial (un orden a discutir) que sirve de contexto, es una consideración sensible primaria y total en su tipo.

Lazar Jacek (Miroslaw Baka) inventa o busca cualquier pretexto para generar violencia, hasta que traza un plan siniestro, poco después de darnos a conocer su lado sentimental (descubre una foto de infancia, de una época noble e inocente, cuando conversaba con su hermana, su favorita nos dice, y él de ella, pero que lo marco con su muerte, le hizo cambiar). Su decisión gravemente infractora no está del todo explicada, hay un hueco en parte en ese lugar, se trasluce el protagonista excesivo al background que se nos entrega en el filme y es una elipsis que requiere de cierta condescendencia del espectador inquisitivo, que entiende una conducta manejada de forma pueril y endeble al comienzo, más tarde impactante, de aspecto resuelto y sumamente cruel (un punto a favor de la historia, porque no encubre la bestialidad y la iniquidad asesina en la búsqueda de empatía, haciendo más exigente y realista el comprender algo tan brutal), aunque lo que se maneja es un aire algo absurdo, que no está para nada mal ya que en buena parte todo crimen u homicidio puede llegar a serlo, que en este versa mucho en lo inconsciente, en el estudio psicológico, como indica el contraste que evoca la exposición del abogado en su graduación y contrato profesional.

Se expresa que el estado ejerce -según el letrado- una venganza en la pena de muerte, que se discute como parte del mandamiento auscultado. Se eleva el alcance de su significado, no solo mata el criminal sino el gobierno, el pecado lo comparten ambos, y se arguye que ningún castigo cambia la intención asesina (un argumento racional, de estadística), aunque bien vemos como sufre y teme este despiadado y salvaje joven delincuente frente a la horca, llevándolo a ser reflexivo y dócil a la orden del cadalso, por lo que vamos a ser neutrales y decir que tener la soga al cuello, literal y metafóricamente dicho, sirve para cavilar la perversidad de nuestra vida, como me viene a la mente por hacer una semejanza toda la sustancia, intimidad, complejos, ira, fragilidad, carencias, anhelos, ternuras y personalidad oculta que logro conocer Truman Capote para concretar su obra magna A sangre fría, y es que suena trágico que matar a alguien y estar a puertas de la pena capital sea tan contundente como para poder revelar nuestra esencia y abrirnos a que nos conozcan realmente y se puedan enfrentar nuestros demonios. Pero hay que tomar en cuenta que el ajusticiamiento legal no da oportunidad de verdadera redención, porque estos seres salvajes, descarriados, incluso enfermos en el alma, en el largo encierro o de por vida pueden caer más profundamente en lo que han hecho, tener tiempo, y no solo ser eliminados. Dejamos volar la elucubración, y es que lo mejor del filme es eso justamente, la oportunidad que nos brinda de discutir sobre algo tan importante en la sociedad, que va más allá de lo eclesiástico, hacia la humanidad y sentido, esa que se palpa fehaciente en el abogado que está comprometido con quien ha dejado de ser su cliente, y ve a un ser humano, a un hermano.

Los gritos finales que recriminan, que no entienden tanta muerte (si bien de forma fantástica un “ángel” aconseja al próximo homicida que no lo haga), es el lado escondido, complejo, honesto, intelectual y la libertad que propone Krzysztof Kieślowski con su obra.


Decálogo Seis: No cometerás adulterio/no amarás

Éste decálogo es uno de los más bellos, uno poético, romántico, y por ende agradable en el quehacer artístico de los mandamientos de Kieślowski. El genio polaco no llega a entregarnos una trama empalagosa que sí dulce, no lo niego, ya que ostenta mucha lírica, sensibilidad a flor de piel e inocencia, en un primer amor y obsesión, aunque como cuento se ve actualmente manido, hay que decirlo. Va de la mano de un consabido, visto el conjunto, toque dramático, que incluye múltiples decepciones y hasta un suicidio.

En la trama tenemos a una mujer madura, solitaria, liberal, independiente, de grave atractivo, sensual (véase el detalle de dejar los zapatos de taco alto sobre la mesa a plena toma, o el deambular por su casa a través de ventanales sin cortinas con el pelo mojado tras alguna faena casual, calzón/bragas y camisa únicamente). Ésta bella mujer se llama Magda (Grazyna Szapolowska), ella no cree que exista el amor. En un momento se hace hincapié y demostración de su postulado de forma sarcástica con el final prematuro del placer embrutecedor, diríamos parafraseando la consciencia de la esencia que trasmite la protagonista. No obstante aquello lleva a una revelación. Magda solo anhela aventuras sexuales, no cree en más, y ejerce con soltura su resolución existencial. Pero esto cambia cuando un joven de 19 años llamado Tomek (Olaf Lubaszenko) se mete a la fuerza en su existencia, tras espiarla a una hora exacta con un catalejo especializado que roba con esa intención, atraerla al correo en que trabaja con falsos cupones o madrugar de lechero en su puerta. El inexperto muchacho piensa totalmente distinto a ella, él invoca el enamoramiento más puro, y hará que su amada fijación entienda empíricamente que se puede amar apasionada y fielmente a una sola persona, como reza el título, dejando espacio también a una jugada maestra en que el peligro de hacerlo se impondrá como consecuencia.

Puede que estemos ante un decálogo demasiado simple, más aun de lo acostumbrado, muy poco espectacular (en sí la mayoría no presenta muchas ínfulas, aun llegando a ser bastante hondos). Pero debo admitir que es una debilidad, al igual que una delicia, toda ésta poética del amor virgen con la mujer madurita, una fantasía recurrente de muchos hay que acotar, que con atrevimiento e imaginación puede degenerar o estimular una idea como la de Mientras duermes (2001), tanto como caer en la suavidad del mejor cine de Makoto Shinkai, y yo diría que el ingenio del autor bascula, también percibes algo de necesaria oscuridad humana, aun teniendo entre manos parámetros nobles principalmente. Se trata de una dialéctica de lucha tal actual, pero con elegancia, entre el amor y el sexo, que tanto nos compete y nos humaniza.

¿Qué le pasa a la esperanza?, esa es la interrogante que cada uno debe ver por sí mismo. Sin embargo adelanto que a un lado y a otro la realidad enseña pero no mata las ilusiones. ¿Cómo no guardar espacio para un sentimiento tan especial como el amor? ¿Cómo morir descreyendo entonces?, nos “dice” el filme, como se interpreta de uno de los diálogos. Una mujer se puede comportar ligeramente, pero toda mujer, y lo extendemos a todo ser humano, ama la entrega, que se desprende de la ternura y la transparencia, porque hay verdades como la expuesta que corroboran la fe, y nosotros como espectadores lo vemos en medio de nuestra naturaleza imperfecta, y aunque dudemos, aprehensivamente positiva.


Decálogo Siete: No robarás

¿Se puede robar lo que en principio es de uno?, de esta premisa que se expone de forma directa -y en su desarrollo- de boca de su protagonista, parte éste decálogo en que Majka (Maja Barelkowska), una joven de 22 años que vive con sus padres le reclama a su madre Ewa (Anna Polony) la hija de seis que le entregó a su cuidado, habiéndole “usurpado” ante su debilidad e inexperiencia el papel de su crianza, siendo ésta una mujer que se siente muy identificada y realizada con la pequeña a diferencia de lo dura, poco empática y exigente que fue con Majda, firmando a Ania como suya ante la necesidad de esquivar el conflicto y la inmadurez de una relación penada (que esconde una segunda oportunidad, una de enmienda –espíritu que sobrevuela e inquiere la trama- y otra en el encontrar el retoño que siempre se ha deseado), al ser su hija una menor durante esa época, la escolar, frente al affair pasajero pero apasionado, por el lado de la muchacha, con un maestro y hombre frío, distante, que nunca ha querido ninguna responsabilidad, y es servil con la matriarca, a pesar de que actualmente diseña osos de peluche, lo cual da a entender que posee capacidad de persuasión, de parecer sensible y seductor sin realmente ser el adecuado para una relación, habiendo de por medio doblez, aspereza e indiferencia que parecen resumir el pasado, uno decisivo ante el presente, aunque ¿quién puede negar una reinvención?, por ambos lados, entre Ewa y Majda.

El empaque del relato es uno muy cautivante, potente, de un ritmo especial, sobresaliente dentro del grupo a ese respecto que por lo general suele tomarse su tiempo, fácil de generar atención y confabulación primaria y entusiasmo ligero como lo son muchas de las decisiones en los mandamientos de Kieślowski que no están coartadas a las metas que se deducen de su trabajo, tiene libertad y resplandece la búsqueda de profundidad, sensibilidad, su propio tempo de autor y la seriedad con los temas, argumentos, dramas y existencialismos que retrata, con madurez y coherencia, mientras se reviste de contemporaneidad, amabilidad, un aire fresco, a veces de humor (aunque poco pero suficiente para notarse) y de positiva y justificada irreverencia y particularidad, de la que aporta al panorama hay que recalcar para no robarle su sentido, dejando lugar a no tomarse tan en serio. No obstante sí para el espectador receptivo/agradecido por un muy bien ganado mérito.

Éste decálogo trata de un rapto y el intentar no dejarse encontrar, mientras planean huir a Canadá (que resulta de un tiro por la culata y la desnudez de las pretensiones dominantes, el rostro del monstruo), aunque con pocos medios, desamparados y bajo poca cabeza, con una inocencia y deficiencia ante un duro despertar a un punto enternecedor. Las pesadillas de la niña absorben toda esa idiosincrasia, plantean una intromisión, y una labor posible al fin y al cabo, pero requiere resolución y una lucha titánica dada la negativa de la potestad por quien tiene el poder, el conocimiento y las ventajas, dejando cabida a clamar por su nobleza y un acto de mucha consciencia, como en la absorta y culpable mirada del desenlace. 

Se manifiesta un tono de tristeza e injusticia sentimental, no de las reglas que rigen este mundo donde el más fuerte se engulle al menos preparado; en cierto motivo va más allá de las circunstancias, hacia ese grito a Dios del capítulo cinco. Nos remite inmediatamente al libre albedrío, al manejo de nuestro destino y a la expulsión de la simbología del paraíso ante la falta de contenerse ante la tentación, la ausencia de buen juicio en todos los actos, tanto como por otro lado a la imperfección, las limitaciones o la (poética) estupidez que a muchos lastimosamente nos gobierna. En sí, Ewa ha convertido a su vástago en un ser en buena parte inútil y falto de confianza (pero como somos capitanes de nuestro barco, al final cada uno debe hacerse cargo de su realidad, como puede), le ha arrinconado y le provee de desesperación tanto que parece solo quedar el suicidio, uno metafórico y hasta literal, ese que desde ya asoma discretamente en el río. Kieślowski juega con varias alternativas aunque termine escogiendo, como a su vez deja algunas puertas abiertas. Además sele asume en cierta depresión, complejo y carencia emocional, algo a todas luces cruel y el verdadero sentido del mandamiento, ya que el robo en realidad es de la abuela y no de la progenitora.  


Decálogo Ocho: No levantarás falsos testimonios

Éste es uno de los decálogos más discutibles en cuanto a la recepción y aceptación del espectador riguroso, en sentido de que muchos sienten una cierta impostura, una artificialidad o una lavada de rostro en la trama, cuando ven polacos ayudando a judíos durante la segunda guerra mundial y el holocausto, siendo una etapa que muchos ven oscura para ésta nación, que más bien colaboró históricamente con aquella decisión final. No obstante, justamente diríamos que esa duda yace presente en buena parte del metraje, llegando a ser importante el sentido moral de escoger entre un niño y la salvación de muchos adultos y la misión de una resistencia polaca, usando antes la noción del mandamiento, en el hecho de mentir para salvar una vida.

La solitaria, anciana y apacible Zofia (Maria Koscialkowska), catedrática del curso de ética en los actuales fines de los 80s de la trama, se negó a acoger a una pequeña niña judía a detrimento de arriesgarla ante la exterminación hace 40 años atrás, enviándola a una muerte segura por la supuesta rigidez de unos principios, aduciéndose que no podía mentir, hacerla pasar por otra religión y familia, lo cual abre una discusión escueta sobre hasta qué punto puede ser importante una mentira (y me viene a la cabeza ese lúcido monólogo de Jorge Jellinek, cuando se mete en la universidad, en La vida útil, 2010). Éste episodio nos dice que muchas veces hay que interpretar y pensar, no hay que obedecer un mandamiento al pie de la letra. Hay que hacer uso de nuestro entendimiento en cuanto a la resolución adecuada a un dilema moral, en el escoger de las prioridades, esquivando la inflexibilidad de algunos dogmas, amoldándolos al contexto más justo y humano (que como vemos es lo que respalda la iglesia, con el apoyo de ésta obra), de la mano de un mensaje sin palabras en aquel contorsionista del bosque que nos expresa que tenemos distinta capacidad de maleabilidad, unos la tienen y otros nos, y eso te hace especial, no siendo sólo algo curioso, fresco y moderno en el relato. Eso lo vemos en aquel diálogo sobre salvar a alguien y ser salvado que dado el contexto retratado no solo pone una situación de desventaja y humillación, quizá, que es lo de menos frente a la esencia y requerimiento, también hace ineludiblemente iluminador el acto para ambos, generando un aura a cada lado.

La trama, sin embargo, pronto crece a una problemática mayor, necesaria para no quedar en tan fácil y directa proposición, aun siendo uno de los decálogos más literarios, menos visuales, pero con otros momentos virtuosos como esa oscuridad de la que se provee el filme en el recuerdo por los pasadizos de la quinta en que se dio el rechazo de la historia, manipulándose la posibilidad de la locura, observándose un remordimiento traumático y de irrealidad, donde otra cara es el silencio voluntario y la melancolía del sastre que iba a dar el cobijo, a diferencia de la vida metódica y sana de Zofia, articulándose distintas marcas de vida, la indiferencia o la secuela dolorosa de una época negra, lo cual pudo ser mucho mejor, deja material en ebullición para una mayor profundización y realismo.

El conflicto es presentado por la exposición verbal de Elzbieta (Teresa Marczewska), la niña de antaño que ahora se reencuentra con su pasado, pero no nos equivoquemos porque lo hace desde la paz de su fe, buscando conocer a quien le negó la oportunidad de salvarse. Lo hace desde un tono amistoso (reflexivo), atípicamente comprensivo y bastante complaciente donde se introduce en una conversación y se retoma con un poco de menos atractivo el decálogo dos que sirve de pretexto para ampliar la mirada, generar otra posición, discutir la complejidad de la vida en sus distintas alternativas de respuesta, y la libertad del mejor juicio frente a cada caso en especial, por medio de la riqueza mental de Kieślowski que sabe potenciar la (aparente sencilla) premisa anterior, que arguye que salvar la vida de un niño es lo más importante de cara a cualquier duda.


Decálogo Nueve: No desearás a la mujer de tu prójimo

Uno de los libros que más me han entusiasmado, que son muy pocos en realidad a pesar de haber leído una cantidad decente a mi parecer, y es que se puede disfrutar y admirar a muchos autores pero los libros claves para uno se reducen a un puñado, es Fiesta, de Ernest Hemingway. En dicha obra se hace una elipsis muy especial, el hombre ideal de una mujer, la que es libertina y podría dejar de serlo, no tiene intimidad sexual con ella a pesar de sentirse una fuerte pasión y una compenetración particular entre ellos, deduciéndose la impotencia del personaje. En ese punto se abre el mandamiento propuesto por Kieślowski. Y la pregunta de rigor ¿se puede amar plenamente a alguien sin tener sexo con él/ella nunca? , que acompaña la siguiente menos fácil de lo que creemos en general, ¿se puede ser fiel así por siempre y sentirse realizados? Los esposos Hanka y Roman deberán encararlo enfocándose en su sensibilidad, convicción y amor verdadero (es capital ver la enorme frustración que acaece, adaptarse y superar la tragedia, más no tener hijos juntos). No obstante ella sufrirá la tentación del cuerpo, con un amante que poco importa como persona para ella en realidad, Mariusz, el que si se siente enamorado, y eso es tomado como irrelevante en parte ante lo que -y a quienes- agrede y destruye, siendo simplemente un acto de placer y llenar un deseo primario aunque natural y humano, que también es importante, pero ¿qué tanto de cara a la infelicidad del amor de nuestra vida?, que es lo que Hanka aun joven y físicamente atractiva debe asumir, sin poética, con lealtad, la cabeza fría, la prioridad de su existencia, el respeto y el sacrificio a esa vera.

El decálogo claramente invoca un precepto en el cual Mariusz no repara (al que se le dibuja como gracioso, fresco, muy llano, como también incómodo y muy poco reflexivo), mirar en el otro, y es culpa de la humanidad que representa, la que no escucha ni ve alrededor y solo vive para sí, y que tanto dolor trae a Roman, en un conflicto mayor al usual de la infidelidad, pero ligado a una trama muy utilizada y que no presenta mucha novedad, tanto como hacerse complicado el ejecutar un melodrama digno visto los parámetros y el tema, sin manipular la ubicua artificialidad vacía, manida y plana, de donde Kieślowski sale airoso a un punto, con acciones/momentos dramáticos aceptables aunque comunes, no negándose dejarse llevar por lo esencial, el dolor, sino acometer con aplomo y explotación todo ello, conteniéndolo de forma más que decente en la cámara subjetiva del esposo espía o los viajes en bicicleta que suele hacer en su depresión y desfogue el protagonista, en el dejarse llevar por el deseo de autodestrucción, desconfianza, celos y decepción que anida ante la incapacidad que aqueja su matrimonio.

Éste decálogo hace mucho uso de la lírica y tiene de hiperbólico (aún bajo lo que intenta atrapar, una gran frustración), de sentimental y compacto en resolver una problemática, lo que tiene de muy simple e inevitablemente fallido en cierta manera, en convencernos al 100%, y con ello me refiero a entusiasmarnos que no lo logra, aunque no podemos ser insensibles y no anotar que nos conmueve un poco. No deja de ser un retrato efectivo, claro y útil en cuanto al mandamiento (aunque redundante como cine, si bien éste es de hace como un cuarto de siglo atrás), que se entiende de pies a cabeza, quedando en la memoria, y fuera de esos límites aceptándose como un especie de placer culposo (valga la ironía involuntaria de la inconsciencia), porque no se puede negar que estamos ante el decálogo más débil en cuanto a sorpresa, desarrollo y argumentación, pero aun así uno entretenido. 


Decálogo Diez: No codiciarás los bienes ajenos

El último decálogo es el que viene con notoria comedia, donde muchos ven humor negro, y yo lo veo poco o medido la verdad (aunque anoto que suelo ser algo ciego y distante con la comedia), ya que no creo que sea lo suficientemente ácido para vanagloriarse bajo esa característica, aunque Kieślowski no suela ser normalmente exagerado, sino más bien contenido, delicado si se quiere, serio aun con la broma. No obstante, esa apertura con el hermano y protagonista rockero cantando socarrón sobre los mandamientos nos remiten a un autor que se toma las cosas sin demasiadas presunciones, de manera natural, aceptando un lado moderno dentro de su estilo clásico. He aquí que hace gala notable de esa vena que corona y cierra su conjunto con una sonrisa, una despedida bastante amable.

En medio abordamos un sinfín de conflictos tras una herencia casual y alguna que otra tragedia bajo un tono relajado, cómico. Se centra en la pérdida voluntaria de un riñón a cambio de una estampilla inubicable en Polonia que completa una colección de tres décadas de existencia, que despierta tras el hurto total de la suma la desconfianza mutua de dos hermanos en lo que implica el título (habiendo un perro gran danés negro como señal múltiple de la culpa de tres sujetos de labores dudosas, sumada a su proclamada argucia). Giramos alrededor de una afición millonaria con los sellos de correo, la del excéntrico vecino recluido con un materialismo emocional que lo contenía menesteroso, ahora descubierto como padre, el que aparece brevemente en el decálogo ocho.

No será demasiado divertido éste decálogo aunque alegra lo suficiente, como reza esa declaración de que lo infantil abre paso a la felicidad y al desfogue de las preocupaciones y responsabilidades; permite que uno se olvide del mundo y simplemente se viva, mientras roba confabulaciones bajo su frescura diáfana y al mismo tiempo audaz. Luce interesante acometer un mandamiento a través de un tono cómico corrosivo, uno inteligente, viendo que la idiotez, la ambición, la envidia intrínseca a cada mente insegura y el continuo error sirven para sopesar una idea trascendente si se quiere. Es una bocanada de aire para palear tanta melancolía, un colofón grato que concluye con la ironía –y el sentido utópico- de que si todos tenemos lo mismo nadie querrá lo ajeno, en la proclama ligera de un canto socialista de buena onda, que sirve para soltar unas cuantas carcajadas y reflexiones, y anexarlo a nuestras existencias interpretándolo de distintas formas, como con el enriquecimiento que nos brinda éste hermoso decálogo que hay que ver, comunicar y sobre todo cumplir y celebrar.

martes, 15 de abril de 2014

Nymphomaniac. Volumen 1 y 2.


El sexo a menudo es polémico, aun en el siglo XXI. De alguna forma llega a provocar histeria a mucha gente, tanto como el ser humano lo busca y lo disfruta, si bien ya es algo normal no sorprenderse demasiado con el tema, ya que el arte lo ha explotado sobremanera. Y es ahí donde encaja un director como el danés Lars von Trier, el que suele estar donde las papas queman, ansiando ser rebelde y mediático, trasgresor e irreverente, no por nada ha sido catalogado como persona non grata en el festival de Cannes, tras unos desafortunados comentarios sobre el nazismo, lo que usa para promocionarse, para atraer ovejas a su rebaño, aunque no podemos negar que su arte tiene atractivo, y que su ingenio ostenta agudeza, originalidad y mucho entretenimiento con su cine de autor.

Sin embargo, todo cansa cuando se malgasta o se vuelve notoriamente artificial, se le notan las costuras, y algo de ello también se puede ver en su última película, dividida en dos partes de dos horas cada una para su exhibición comercial en un trabajo recortado de cinco horas de origen, que versa como reza su título sobre el relato de la vida de una ninfómana llamada Joe (Charlotte Gainsbourg), a partir del descubrimiento de su naturaleza sexual en juegos infantiles de sobarse su parte noble deslizándose con agua, hasta hallarse acogida en el cuarto de un culto, sensible y virgen sujeto maduro de ascendencia judía conocido como Seligman (Stellan Skarsgard, idóneo en su caracterización de inocencia, soledad, apocamiento y calma) que la encuentra en un callejón tirada golpeada. Seligman servirá para acotarle nociones intelectuales a su descaro y brutalidad vivencial, como un complemento de trascendencia de lo llano, de lo impactante, de lo burdo, e incluso de lo vulgar, recurriéndose a la música clásica, al símil de la pesca, a la historia universal, a la matemática, a lo blasfemo, a la botánica o a la religión católica y a la ortodoxa.

En el trayecto vemos distintas prácticas sexuales, muchas de ellas radicales, la promiscuidad en un tren dentro de un concurso entre unas jóvenes amigas por unos caramelos a cambio de superar a la otra en tener encuentros casuales, un trío con dos africanos bajo la dificultad del lenguaje haciendo un sándwich (doble penetración), lesbianismo (aunque más como parte de la continuidad del relato que exhibición, detalle o descripción), sadomasoquismo con “K” (que incluye el fisting a lo que Trier le llama el pato silencioso), y un sinfín de aventuras con variados hombres de distinta complexión física, edad y fetiches, a los que se les maneja con horarios apretados sin ningún tipo de afecto, sólo por puro y duro placer orgásmico, de donde uno de los amantes de la protagonista se enamora de ella y quiere abandonar a sus hijos, para lo que su esposa, interpretada por Uma Thurman como Mrs. "H", hace uso de una toma de consciencia mediante lo sarcástico, lo traumático y el remordimiento, y hasta diríamos que del humor negro.

El sencillo pero talentoso Jamie Bell interpreta a "K", quien por su cuerpo pequeño y su cara amable de niño rubicundo y bonito no pensarías que pudiera encajar con la figura que maneja, no obstante cumple y bien, sin inmutarse, en la imagen que se ciñe al extraño acto de placer y no al ser humano que lo realiza, que sería más fácil en cuanto a contundente, y que al fin y al cabo hablan de una estética de embellecimiento, una arquitectura que a una distancia cuenta con rasgos delicados, que no por ello siempre es lo mejor, aclaro, pero en esta oportunidad funciona en toda la película, disminuyendo la carga ya de por sí violenta y difícil, partiendo desde el título y la temática hacia su desarrollo descarado, en un estilo que aunque a veces grotesco es a todas luces vital, lujurioso, buscando impresionar, como a favor de tantas locuras, o intenta ser mucho menos tajante de lo normal y deja la idiosincrasia y el propio acontecer de las decisiones y resultados de la existencia retratada como juicio discreto. 

Se debe advertir que existe una buena cuota de sexo explícito en el filme, que valga la curiosidad no llega a molestar como para arruinar la visualización del conjunto ni a generar demasiada inquietud, más allá de la necesaria, porque de eso trata la película y sería (un poco) raro no tomarlo desde la realidad que invoca, sin convertirlo en una película pornográfica, que no lo es, más bien como espolvoreando incluye momentos peliagudos por aquí y por allá, pero componiendo una historia mayor al uso que es lo que predomina, y más siendo quien es Lars von Trier. Se ciñe por un lado al cine de autor que es lo que dirige la obra, a pesar de las apariencias, y así se disfruta mejor, está por encima de la carnaza, aunque cumple con lo prometido; y por otro a lo erótico que no es una novedad en Escandinavia que tiene una historia fílmica en el sexploitation. Vemos penetraciones (aunque por tiempos cortos de exposición), exhibición de genitales de forma directa y recurrente, y varias escenas de sexo oral, hasta con eyaculación que cae de la boca en un retrato compuesto (sí) artísticamente, con una estética, aunque lógicamente de desestabilización/excitación del espectador, que hay que decirlo sin tapujos, y es que evoca nuestro lado primario y ordinario, cómplice con nuestra simplicidad, fantasía y erotismo. No obstante, definitivamente no es lo más importante ni lo convierte en un filme trascendente en absoluto, yo diría que hasta todo lo contrario, sino fuera por las lecturas, los argumentos, el soporte imaginario y su trama, que tratan de dirimir la (casi) imposible aceptación de una esencia vapuleada a diestra y siniestra, mitificada por el imaginario sensual, pero repelida con fuerza por la sociedad, empujándola a lo marginal, siendo vista como un vicio de inadaptación, que a veces no nos parece tan real o nos es lejano, pero que en la presente es una declaración de feminismo, aunque bastante extremo, y efectista, no se puede negar. Feminismo paradójicamente concebido mediante la misoginia que se le achaca al autor por la rudeza y compromiso que éste le exige a su actrices en la caracterización de sus personajes, o como recuerda mucho su película Anticristo (2009), que parece a un punto mal entendida ya que en lugar de un drama uno debe ver una cinta de terror, en una posesión del mal, con lo que estoy seguro que la óptica con que se le mira cambiará y verán una muy interesante aunque espeluznante historia de entretenimiento. Trier logra comprometer por completo a su musa, a una muy solvente Charlotte Gainsbourg; tanto como a la novata Stacy Martin que hace de Joe de joven, la que está a la altura de su futura versión, viéndose sucia o dulce, desconcertada o curtida, dependiendo lo requerido, en un empaque pedestre muy efectivo.

Hay que reconocer que todo el genio de Trier no le es favorable, es una mezcla de buena creatividad y otras de fallas garrafales, y eso lo hace carne de cañón, lo expone a ser recriminado, a generar descontento, pero a su vez a sentir admiración por su arte, en ver que tiene personalidad, osadía y seguridad en lo que hace, dando la sensación de que cree en sí, y eso fallido o no siempre es remarcable. Intenta verter su audacia argumentativa como con la pedofilia y la represión personal y “voluntaria” que terminan en una insólita premiación consuelo, y pues hay ratos en que éste no tiene tino, aturde y se vuelve (un poco) estúpido, como con el desenlace final en que por no ser complaciente y digno del “y finalmente todos fueron felices” cae en la sinrazón, en la mala broma, en desbaratar a un personaje, pero también hay que decir que tampoco es muy creativo, solo (algo) correcto, el cierre de “Nymphomaniac. Volumen 1” que termina como el llanto de una telenovela erótica, en un aire manido, aun siendo más tarde muy bien sobrellevado y asumido en la trama.

El meollo del asunto es la proximidad de la frustración, como una sombra perenne, al tiempo del llamado inclemente del abismo, y que tiene una línea más concreta en la relación de Joe con Jerôme (Shia LaBeouf) que valga la anotación y significado es su primer encuentro sexual, en un nexo mental que proviene del acercamiento sólido afectivo con su padre, en la aparición emocional en el papel de un enternecedor y empático aunque ligero Christian Slater (exceptuando los gritos del delirium tremens), que deja en el subconsciente de la protagonista la posibilidad de amar, aun no queriendo hacerlo, de lo que se infiere una lucha, en un momento que no es perfecto sino humillante y que le marca y la define, y de ahí que ella se niegue a aceptarlo al re-encontrarlo, lo rechace en primera instancia como una fuerza en disputa premonitoria. Esa lucha determinará la existencia de nuestra antihéroe que sabe que su naturaleza es mala, aunque su interlocutor asexual trate de apaciguarla mediante una mirada clínica, fría, despersonalizada y condescendiente, sin embargo como dice la frase que se le atribuye a Kurt Cobain y que ella en sus actos parece seguir, con la quema del auto de su consejera psicológica, en una liberación de aspecto juvenil, como con la música de Rammstein que abre el filme, que hacen de Trier un infante terrible. "Es mejor ser odiado por lo que eres que amado por lo que no eres". Pero seamos conscientes y maduros ¿qué tiene que aceptar?, y nuevamente Trier juega con nuestras ideas preconcebidas, derrumba lugares comunes, se recrea con nuestra mente, y no tenemos que compartir su pensamiento, tan sólo hallarle la gracia, mientras agradecemos el entretenimiento.

viernes, 11 de abril de 2014

Grand Central

Presente en Un certain regard en el festival de Cannes 2013 y en el festival de cine independiente de Buenos Aires (Bafici) de éste año en la competencia oficial internacional. La segunda película de la francesa Rebecca Zlotowski es una historia que versa sobre la adaptación a una vida confortable en la clase trabajadora de parte de un joven llamado Gary, interpretado por Tahar Rahim, un actor en ascenso que hace con solvencia de un espíritu noble pero pedestre, aunque deja un resquicio de oscuridad bajo una frase común ("Tú no me conoces"), y sin salir de su cuadrante puede ser enérgico e impredecible como en Un Profeta (2009), de donde una vez más el “hambre” más que la malicia empuja. Gary viene de una existencia austera, con una madre indiferente, una hermana recriminadora y una educación básica. Él encuentra la ansiada paz en la localidad del bajo valle del Rhone, donde labora en una planta nuclear, solo que pronto –como no podía faltar- esto se quebrará cuando se enamore de la bella, seductora y desinhibida Karole (Léa Seydoux), futura esposa del mejor amigo de su patrón. Seydoux es una actriz en toda boga, quien llora como las grandes, y tiene en sus movimientos un aire campechano que bascula con su atractivo y, cuando quiere, su provocación, sobre todo con sus ojos hipnotizadores.

Con ésta sencilla trama se arma una estructura que se mueve muy bien esquivando ser cuadriculada en un marco reducido y conocido, provocando el alargamiento del descubrimiento y la consabida debacle. Propicia a un punto un saludable lado de novedad, sabiendo escapar y potenciar a la vez su contexto que se mueve en el ambiente de la planta nuclear mientras el eje es la oculta relación que mantienen Gary y Karole. En el estilo de Zlotowski está que maneja muy bien la elipsis, acorta harto las explicaciones y por ende las escenas, haciendo que saltemos preámbulos y avancemos a un ritmo cautivante sin caer en lo abrupto, si bien hay uno que otro momento algo corto. Posee una visualidad imponente, a lo que llamaría puro cine, sugiriendo y proyectando, bajo una mirada bella, artística, como la voluptuosa pierna y el roce en el carro o el caminar guiados por el silencio y las miradas del deseo hacia un paraje boscoso donde la pareja pecaminosa hace el amor.

Otro rasgo es la ambigüedad, ¿a quién ama o le es fiel, Karole?, que es el leitmotiv y objeto de creación o destrucción de los seres humanos involucrados, en una pasión que valga la redundancia hierve de fuego “secreto”, sin sobrexplotarlo o anunciarlo literariamente, sino más bien haciendo uso de la elegancia, mucha arte, el buen hacer cinematográfico y la inteligencia. Tratamos con una directora a quien seguir definitivamente.

La imaginación del espectador es muy necesaria, la compenetración con el vínculo afectivo de la pareja de protagonistas que pienso asegurada ayudará mucho a poner de nuestra parte, aunque no todos lo perciban así, para apreciarlo en toda su medida aun no siendo difícil de ver y seguir, porque sin ello será como ver disminuido su verdadero valor, auspicioso con unas formas, esquives, engrandecimiento de los detalles y anexos que hacen de éste relato una composición mayor de lo que parece. Es una obra  en la que hay que interpretar y cavilar para deducir una posición, ya que tiene muchos rodeos además, habiendo mucha duda y misterio, un cierto aire raro y leve en la atmósfera que crea su trama, como con esa constante alerta de contaminación, la sombra de la muerte que vuela apenas perceptible pero muy perenne si aguzamos la vista. Véase ese anticipo de terror y discreta brutalidad en el rasurado de cabello de la amiga de Karole, una chica radiante, como observamos en un canto suyo anterior, que llora, teme y facilita la noción del peligro inminente.

En su reparto contamos con Olivier Gourmet como Gilles, quien entrenará a Gary, el joven ágil de entendimiento y entregado a su trabajo, hasta lo heroico. Tiene algunos ratos memorables, como cuando yace desnudo en la banca ante el chorro de agua que trata de limpiarlo de la radiación, o sobresaltos y gritos imponiendo su figura “ordinaria” y absorbida por la planta nuclear. Es loable ver que éste actor siempre puede cambiar de registro emulador con algunos simples toques. Parece una persona distinta con naturalidad y simplicidad, pero con mucho talento. Con él está Denis Ménochet como Toni, el tipo rudo pero también extrovertido, novio de Karole. Articulará más complejidad de la que se cree, si bien es mucho un accesorio pequeño de la trama. De sí se desprende la sensación de conflicto, como en tantos momentos, sin embargo muchas veces Zlotowski como en la vida misma hará caso omiso de ello, como apagando o prendiendo nuestra atención, aunque tendrá sus lapsos de entregarnos el clímax que predispone, pero siendo una historia madura, coherente, realista y no tan efectista. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Sólo los amantes sobreviven

Competidora por la palma de oro en el festival de Cannes 2013. Jim Jarmusch, representante por antonomasia del cine independiente americano desde hace como treinta años, y uno de los cineastas más queridos y admirados del planeta por infinidad de cinéfilos, nos trae una cinta atípica al uso, como suele ser su séptimo arte, aquel que reinventa el lugar común y lo hace suyo, tan propio como íntimo, como se puede ver con facilidad en dos de sus obras claves; el western a modo de viaje espiritual en la “reencarnación” de un poeta interpretado por Johnny Depp como William Blake en una especie de road movie de tintes cómicos y violentos, Dead Man (2005); o el chanbara o cine de samuráis, asimilados desde la urbanidad angloamericana en un antihéroe afroamericano que es un sicario con un poderoso código ancestral personal, el que se ciñe fielmente al título que lo define, por un lado a un perro, que en jerga gringa indica a alguien que se las sabe todas (por decirlo igual de forma coloquial), un tipo ladino y duro, y por el otro, el de un fantasma, alguien que vive a la sombra de su deber y entrega total como la mítica nipona que representa y contextualizan su figura, Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999), partiendo de un registro en el conjunto de su obra que muestra siempre la calle desde adentro, la cotidianidad de la gente de a pie que tiene a la música, su vitalidad, su astucia y picardía, su sobrevivencia y recurso, su cariz de entretenerse banalmente y de manera tramposa o hasta en parte criminal, y su espontánea y pura vaguedad como bastión de libertad e identidad.

Only lovers left alive hace de los vampiros un continuo recuerdo/pretexto de los slackers de Permanent Vacation (1980) o -una de sus mejores propuestas, que en lo particular me resulta fascinante, como a muchos amantes del sencillo cine de autor- Stranger Than Paradise (1984). Y es que aquí no pasa mucho, es el vagabundeo y modo de vida de siempre, pasar el tiempo, solo que ambientado a la eternidad, al apetito y la necesidad por sangre, el rechazo y miedo al sol, a los rasgos conocidos de estos famosos y populares monstruos folclóricos, literarios y, por supuesto, también cinematográficos. Y es que en realidad se trata de los mismos outsiders, los de la cosmovisión que dibuja Jarmusch, esos de genio puro y duro, los que retratan la diafanidad de una esencia que no pelea con quienes son, sino simplemente se dejan llevar tal cual en un mundo donde como regla no son bien vistos. Sin embargo el problema en la trama y en esa simbología que exuda, yace con los llamados para el caso zombies, los seres humanos, que valga la ironía y la audacia a diferencia de los vampiros (que deberían ser en su lugar la verdadera fuente de conflicto) resultan tantas veces un problema de convivencia, de búsqueda de felicidad y de asentar digamos que un estilo y, por lo tanto, una existencia.

El filme de Jarmusch tiene como una declaración de sus ideales, y de su arte, mientras se amalgaman varias capas, permitiendo varias lecturas. Aunque es bastante fácil de entender, requiere de un espectador calmo y paciente, ya que no hay demasiadas emociones fuertes, más es como detallar esa conjunción y reinvención que ha hecho de su mundo y el de los vampiros. Unos que son civilizados, instruidos, elegantes, melómanos, viajeros, cosmopolitas, emocionales (como esa idea que circula del suicidio), afectivos (es la historia del amor milenario de una pareja), sacrificados (evitan matar gente y beben sangre de laboratorio), solitarios, un poco místicos, con un aire de artistas de culto (uno de los protagonistas es músico), en un sinfín de características que son el plato fuerte de esta propuesta. Y es que se evita ser lo que se espera de ellos. Han llegado a un estado superior a su condición, dado con la experiencia y la época contemporánea; esto es algo que puede ser interesante visto desde una nueva interpretación del quehacer cinematográfico de Jarmusch, que como David Cronenberg, siguen siendo ellos, pero con una estética y un alcance más complejo.

Como en toda obra que se precie, siempre brilla la independencia, a fin de cuentas. Ésta no es la excepción en absoluto, es un placer ver una nueva pieza de la labor que realiza éste atrayente cineasta, pero se puede ver que en ella la filmografía de Jarmusch pasa ante nuestros ojos.

Los actores que acompañan sirven para ganarse y elevar todas las cualidades que recrean sus polifacéticos personajes, oscuros pero aceptables, simpáticos y raros, fabuladores de temor y seducción, universalidad y particularidad, siendo arduos al manejar esas dualidades o complementariedad que enriquecen el séptimo arte y toda historia que se precie de atractiva, proyectando el quehacer de una leyenda novedosa. Tilda Swinton y Tom Hiddleston, como Eve y Adam, no se hacen incongruentes en sus distintas edades, al estar unidos como pareja, ya que ella aunque suene increíble de creer en la vida real tiene 53 años, y él a penas 33, pero no se siente mucho, pasa desapercibido al punto de lo efectivo, e incluso aquello incrementa el panorama de los pensamientos que se pueden desprender de la trama, desde lo visual que no se articula en pantalla como relato, de lo que ayuda mucho esa calidad de albina y fantasmal que maneja Swinton, tanto como su frescura y distinción de la manada, sin tampoco perderse de no ser un referente ubicable en la gente. Con ello yace su buen cuerpo (sale desnuda en una toma fotogénica y delicada), y su intensidad interior como artista que la hacen tan creíble y auténtica. Por el lado masculino, Hiddleston no malogra la imagen que se quiere concebir con el halo de su inocencia, su cariz de sano, su innato carisma o su llaneza, sino más bien matiza su elíptica esencia, la realza, haciéndola enigmática y diferente desde sí, sin ser forzado a nada, o mejor dicho, a poco porque algo se le empuja a proponer rudeza, fastidio o enojo que resulta menor en calidad de forma. No obstante lo mejor es su fragilidad, el ser refinado y profundo. A su vez lógicamente aporta mucho la idiosincrasia de a quienes retratan, lo que se explota libremente pero de donde se recuperan todas las ideas centrales. Se flexibilizan o se vuelven maleables en las manos de la creatividad de Jim Jarmusch, que no solo dirige sino escribe el guion, como suele hacer, y que aúna mayor compromiso con su obra.

Otro punto de soporte que pretende -o anticipa en el espectador- algún giro a la parsimonia general es la intervención de la actriz Mia Wasikowska como la hermana menor de Eve, que tiene vida libertina, es cruel e imprudente como inconsciente con sus actos, pero no quiebra la estructura ni el estilo conseguido, que para quien se entregue a éste saldrá ganando, más que confundirse y no asumir los parámetros expuestos desde el inicio que son los que dominaran la propuesta. Yo diría que si bien lo suyo crea sorpresa y auspicia el camino hacia una decisión concluyente (el meollo del filme), no pasa de mera “anécdota”, mayor conocimiento descriptivo o pequeño contraste. Lo de ella es una buena actuación, desenfadada, aunque algo artificial en la performance. Del reparto sobresale Anton Yelchin como Ian, el fan underground que le consigue todo lo que quiere a Adam, está logrado y es sumamente limpio. Pero no surte el mismo efecto con Marlowe (John Hurt), que es bastante poca cosa como personaje; se siente simpatía del actor, nada más, pero en verdad no provoca nada importante.

El aire culto del filme le juega algunas malas pasadas, puede llegar a ser algo cursi o ridículo, como algunas audacias en las acciones pueden ser algo bobas o pasar por disonantes, pero todo hace también de amplificador de una personalidad entera y contundente, es jugarse por el arte de uno, y buscar entender que el cine es imponer nuestra marca, nuestra autoría y todo ello está en Jim Jarmusch. No es que sea lo más perfecto lo que hace ni lo más cautivador, pero tiene un nombre muy bien ganado y lo sigue demostrando fehacientemente. La trama es un paseo existencial y vivencial al corazón de un vampiro de los últimos tiempos, pero no sólo eso, sino al alma de un creador de pies a cabeza. Ese al que se parafrasea, cuando la necesidad empuja a succionar sangre, la de unos bellos ejemplares, al son de una hermosa luna romántica, en pleno Tánger. Vamos a convertirlos. No vamos a matarlos ni a corrompernos.