martes, 21 de mayo de 2013

Tess


El Festival de Cannes, el festival de festivales, empezó el 15 de mayo y se prolonga hasta el 26 del mismo mes, donde podemos encontrar las mejores películas del planeta de las que ostentan una definición de autor. Este año participan directores importantes como el iraní Asghar Farhadi, el nipón Hirokazu Koreeda o sobre todo el polaco nacido en Francia Roman Polanski. Se mezclan con famosos directores americanos que ostentan personalidad y público como los hermanos Coen, Alexander Payne, Steven Soderbergh y James Gray, como con destacados cineastas indies americanos como Jim Jarmusch, autores iluminados por Cannes como el danés Winding Refn, otros carne perfecta de festival que poseen historia y triunfos en este tipo de aventuras cinematográficas como el chino Jia Zhangke, y nombres internacionales de actualidad como Francois Ozon y Paolo Sorrentino. También hay sorprendentes nominaciones pero cargadas del respeto hacia el director cinéfilo por antonomasia como con Takashi Miike, valores locales importantes como Arnaud Desplechin y Arnaud Des Pallieres, nombres pequeños en busca del gran salto como el del holandés Alex Van Warmerdam, el mexicano Amat Escalante o la italiana Valeria Bruni Tedeschi y cineastas a “descubrir” como los africanos Mahamat-Saleh Haroun y Abdellatif Kechiche. Y eso solo por mencionar los concursantes por la palma de oro porque otras competencias como A Certain Regard, la semana de la crítica y la Quinzaine des Réalisateurs son fuente de una gama muy atractiva de séptimo arte, principalmente la primera que llega a ser brillante, junto con exhibiciones fuera de competencia, clásicos, homenajes, la competencia novel de la Cinefoundation y presentaciones especiales. 

Escojo a Roman Polanski porque claramente es la figura más famosa del grupo de la sección oficial, que compite con Venus in fur, adaptación de la obra teatral de solo dos personajes del americano David Ives que retrata el conflicto de poder entre un director y una aspirante al papel principal, interpretada por la esposa de Polanski, la actriz Emmanuelle Seigner.

Repaso un hito en la filmografía de Roman Polanki. Tess (1979) se basa en la obra literaria del inglés Thomas Hardy, y es una historia de época en donde éste escritor supo desenvolverse con talento, algo que en el cine por lo general no resulta tan atractivo para mí. Sin embargo hay que reconocer que Polanski logra un filme bastante completo aun viéndose un apuro en cuanto a dos momentos relevantes, cuando la protagonista queda embaraza y cuando ocurre un importante asesinato. No obstante esos lapsos quedan recuperados por un detallismo sugerente en cuanto a las consecuencias de ambos actos.

En la trama importa mucho la belleza, sabiendo que ello representa un imán para los otros seres humanos, un especie de don gratuito que te abre muchas puertas, que te hace simpático y atrayente a los demás, ya que te desean y quieren congraciarte contigo, quieren poseerte, así sea para beneplácito platónico o de amistad, que no es el caso ya que se aspira a lo sensual/sexual que es parte del conjunto del relato pero abordado de forma elegante, delicada y sutilmente, siendo potente en cuanto a su idea. Tess (Nastassja Kinski) quien proviene de un hogar humilde de origen campesino es enviada en busca de ayuda económica tras la pérdida del sustento de un padre haragán y borracho, a falta de un caballo, con unos parientes, una vez que el progenitor descubre que pertenece a una ascendencia aristocrática y que tiene aún familia pudiente viva, la de los d'Urberville. Llegada ante la acomodada parentela pronto es deseada por su “primo”, por Alec d'Urberville, el que será su calvario y fatal destino. Lugar de tránsito pasajero que será definitorio aun redundando Tess en no querer cambiar su forma de vida ni sus valores. Ella orgullosa no aprovechará su belleza a diferencia de lo que suelen hacer la mayoría de mujeres cuando no ostentan ningún talento y son pobres, como ambiciosas e inescrupulosas, sino rehuye el camino fácil, siendo alguien proclive al trabajo duro, que contrasta con su deliciosa figura y que ella declara solo ser objeto de vanidad. Sin embargo paradójicamente su fortaleza e idealismo no le premia como debiera ser sino todo lo contrario, cae en el mar de la injusticia, del esfuerzo mal pagado, del abuso físico, de ser objeto de otros, del rechazo del amado y hasta de la ignominia. Se retrata una tragedia en todo sentido, pero con la (necesaria) astucia y sentido del drama de Polanski que se desembaraza –para la buena recepción del espectador menos próximo al tema- del cansancio de una trama basada en el continuo conflicto romántico. Se da una adecuada pero fiel contextualización de la época, con la gracia de las costumbres rurales, el trato común, el folclore inglés, la intrascendencia cotidiana y la fuerza del paisaje del mundo de fines del siglo XIX ambientado en el Wessex salido de la reencarnación de una idea preconcebida y que justifica el análisis general de un lugar ejemplar.

Se asume la idea de la poética maldita encarnada en su protagonista pero se sabe utilizar, se utiliza cuando se debe, se le potencia y enaltece, y a su vez se proclama una trama más amplia con espacios de sosiego, de no pasar nada o de auspiciar una liberadora sonrisa, proveyéndose la propuesta de un aspecto menos agotador, lo cual indica tanto de la obra literaria como de la película que son el antagonismo de lo que se hace actualmente en la televisión, en fallidas películas sensibleras o en novelas rosas que han explotado el lado más barato del asunto o nos ha dado un lado deplorable. Polanski hace muy digerible lo esencialmente romántico sin tergiversar tampoco sus parámetros, siendo el magma y la base de todo el filme. El cantico originario. No deja de ser dulce, simpático, ni duro, pero lo hace con la noción de quien puede caer en la tentación de esquivar el equilibrio. Polanksi hace arte, lo cual lo desliga de las falencias antes mencionadas. Un techo goteando sangre, diálogos alturados esquivos del melodrama pero atentos a dejarnos sucumbir en la tristeza, giros imprevistos, la carta que no llega o el marido desilusionado que huye a Brasil y escucha una respuesta honesta de lo que él significa para su amada, pequeños datos que dan una visión mayor, el niño que se niega a bailar con Tess y luego es el amor de su vida, el tipo grotesco que quiere aprovecharse del cansancio y que recuerda el pasado. Es un filme lleno de gestos, de emotividad bien dosificada y mucho se debe a la idoneidad de la actuación de Nastassja Kinski, a la par de sus coprotagonistas en el británico Leigh Lawson como el autosuficiente, sensual, refinado y déspota Alec d'Urberville, y el cándido, sencillo, idealista y espiritual Angel Clare que esconde cierta debilidad y convencionalidad que lo disminuye como persona haciendo de sus reacciones primero lamentables y luego muy tardías, en la performace de Peter Firth. En Nastassja resalta su transparencia, fragilidad y delicadeza, observándose notable el cambio a una mujer violenta siendo algo sugerido para así ser contundente en su estilo y tener de misterio. O con Stonehenge que es la simbolización del sacrificio, el lugar “extravagante” que recuerda que el mundo implica dolor, muerte y entendimiento de todo ello desde el principio ancestral. Tess es ave de ese trasfondo, desde que entendemos con sus breves palabras que preferiría estar muerta ante la desgracia que se ha apoderado de su existencia. Dolor, esa es la esencia del filme pero que se articula bastante bien sin que sea superficial o se convierta en algo que llegue a crear indiferencia o indolencia mediante la repetición, sino una larga postergación que va tocándote, que sabe dónde obtener atención mientras crea el “espejismo” de la felicidad.

Resalta que se describe la decadencia de la aristocracia pero sin que sea tema exterior, no yace a la vista sino más está como en un segundo plano, como algo funcional a la historia pero que sirve de reflexión velada a cierto punto. Se retrata que son nuevos tiempos, donde ya no es lo que era la aristocracia y poco importa en realidad, tanto que algunos compran su estatus de nobleza o se adscriben a ello sin problemas. Hay una mofa visual al respecto además, el de las apariencias o el de la grandilocuencia. El relato se reviste de un carácter de evolución o de transformación, estando los mismos conflictos de antaño pero con diferente rostro. Es una historia universal de desengaño, de frustración, de romance trágico, de desenlace triste, un drama en toda la palabra, tampoco se puede negar. Sin embargo que bello que es, estéticamente gigantesco y muy accesible de ver, muy atrapante en tres horas de duración. No falta decir que Nastassja Kinski logra concebir el personaje en una sencillez pasmosa pero poderosa, es realmente bella, que es a lo que recurre el relato, capaz de enloquecer a cualquier hombre con su delicadeza y desinterés en sí misma, hasta como dice la madre de provocarle celos; o anhelo de incurrir en la deleznable violencia; ser elegida entre muchas pretendientes ante la natural indiferencia, provocar en un candidato enamorado buscar tres cuartos de amable diligencia para llegar hasta su corazón; gracias a su desenvuelta fisonomía de niña, su rostro inocente y sorprendido, sumiso, su voz suave. Nastassja tenía 19 años de edad cuando hizo el papel, y es que más se ve como una chiquilla inocente – felizmente la mayoría del metraje- que como una mujer resuelta o de armas a tomar como se exige también de ella. No obstante eso apunta a una idónea tristeza, a una reacción de la inactividad del entorno y de lo que es el mundo, el filme deja ese sabor en su historia, en su epilogo, sin la necesidad de explotarlo, víctima de un destino injusto, negligente, torpe, que me hace pensar en Sharon Tate, la segunda esposa de Polanski, que fue asesinada por la llamada familia del demente Charles Manson. Además, Tate le recomendó la novela al director poco antes de su muerte. Y es que hay un cierto sinsentido de un libre albedrío que debemos manejar como humanidad sabiendo que el sacrificio, la honestidad y el orgullo no siempre redimen, y una buena persona puede padecer una tragedia o tantas desgracias.

The Lords of Salem


Rob Zombie es un cantante de metal que simplemente toma las características de una música fuerte con inclinación al terror y la trabaja en el propio género cinematográfico. Su transición y comunión se ve muy natural. Sus primeras películas trabajan con sus ideas en la creación de una familia de salvajes y sádicos asesinos que inevitablemente nos recuerda en su debut, La casa de los 1000 cadáveres (2003) a Masacre en Texas (1974), con una ligera cosmovisión personal que más tarde toma mayor forma en los Renegados del diablo (2005), su continuación, en que un obsesivo policía en busca de venganza tras la muerte de su hermano a manos de estos criminales quiere liquidar, antes hacer sufrir,  en especial a tres de los asesinos pertenecientes a la misma familia de la primera película. Es un director que recurre a su propia imaginación y celebra el cine, es un notorio aficionado al séptimo arte, como se ve en sus propuestas en que ha trabajado haciendo dos filmes sobre la mítica Halloween (1978) de John Carpenter, o haciendo alarde de sapiencia como buen cinéfilo, en sobrenombres, referencias, poner en el metraje proyecciones de viejas películas, alusiones indirectas entre otros. 

En la presente vemos un cartel gigante de Viaje a la luna (1902) y recurre a los antecedentes antes descritos.  Su último filme versa sobre dos motivos de su arte, uno es el de su musa que yace en todas sus obras, la hermosa rubia muy simpática y alocada Sheri Moon Zombie que aparte de ser su esposa representa desde luego su estilo de vida, con características en la película como música pesada, cine, tatuajes, independencia, soltería, locuacidad, relajo, sensualidad, en la piel de una radio DJ que recibe una canción satánica de unos personajes desconocidos que se hacen llamar los señores; y el otro recurrir a un contexto y mito del terror, el estar en Salem,  Massachusetts, cuna de una famosa persecución de brujas. Ambas se fusionan y nos entregan la presente trama.  

Heidi Hawthorne (Sheri Moon Zombie) no lo sabe pero es participe de un legado y una maldición que tiene que ver con lo que anuncia el título de la película. Que son unas brujas reencarnadas que trataran de atraparla en su red de satanismo y brujería a raíz de vengarse del líder religioso que las quemo vivas no sin antes dejar un misterio a cuestas, el que nos compete y que va tejiendo un sinnúmero de imágenes terroríficas muy personales, salidas de la mente de un Rob Zombie que crea y exhibe sus propias mezclas, llenando la propuesta de una atmósfera sumamente blasfema con la religión, y mediante un imaginario fantástico, típico de la música que él hace y que se ve reflejada directamente en el papel de Heidi. También recurre a la leyenda de la secreta inscripción musical satánica debajo de un sonido de metal. Un concierto de ese estilo anuncia la celebración de esa dominación mental encubiertamente orquestada.

Lo blasfemo es constante, se toma la iconografía cristiana a la vera de lo que sería parte de un continuo rito satánico, detalles al respecto y una reinterpretación diabólica que absorbe la trama y la contextualiza, la vuelve terrorífica de lo que sería una ciudad común americana pero con una historia en el género (como la fiesta de Halloween en otras propuestas anteriores de Rob Zombie que permite un estado de enajenación macabro y homicida). Se da en sentido evolutivo hacia el gran evento musical (parece la ensoñación convertida en realidad de la ilusión de la música pesada que sigue lo satánico como leit motiv), de forma lenta –sin afectar el ritmo conjunto del filme- y bajo piezas que se repiten y engrosan cada vez más, que se refuerzan, hacia una conversión en la elucubración/aclimatación fantástica. Un sacerdote participando de una pesadilla al recibir una felación dentro de una iglesia y vomitando algo viscoso negro, monstruos fantasmagóricos que nos recuerdan las historias de Lovecraft, vestidos de curas masturbándose con falos de colores, una cruz roja de neón en una abandonada habitación que nos remite a la reencarnación del horror asesino de El Resplandor (1980), visiones intempestivas que se amoldan al escenario contemporáneo, cómplices marcadas por la rememoración de las brujas primigenias y sus exhibiciones rituales, su violencia verbal y su aire sucio, y una variedad de recursos visuales que exaltan la sensación de brutal llamado místico diabólico que va tomando posesión del lugar vislumbrando algún evento trascendental que nos mueva al miedo, que se va haciendo y predisponiéndonos.

La espera de un desenlace mayor no termina de cumplirse a la escala que proponía, aunque es coherente y solvente. Sobre todo en el epílogo que nos muestra un desenlace que es típico de asuntos como los que se anuncia antes en la trama, como termina siendo dentro de los parámetros reales, pero claro con la recreación espectacular que permite el séptimo arte y el género del terror aunando la capacidad imaginativa, entretenida y efectiva del director. Esperaba algo más original, se hizo demasiado expectante, porque concluye siendo un cúmulo de imágenes vintage tirando para el marrón al estilo de un videoclip musical lleno como en un mural del terror donde todo cabe muy al estilo de sus dos originales primeras películas, como en el laberinto subterráneo debajo del cementerio popular del Dr. Satán y sus bestias de muerte en La casa de los 1000 cadáveres y con el exceso legendario y poético de Los renegados del diablo frente al acribillamiento del vehículo. Es una recreación final en parte vacía, que se regodea como lo antes mencionado en su exaltación sin más, que se aleja de concebir un argumento más sorprendente que yazca más fijo y audaz en cuanto a estar alineado con su relato. Lo hace, no lo niego, pero se dispersa en el efecto, subyace onanista, como buscando divertirse y claro eso llega a trasmitirse como en sus predecesoras. Sin embargo argumentalmente le pido algo más para generar la trascendencia de la trama más que el puro goce superficial.

Sheri Moon Zombie como siempre yace bastante cool, muy sensual, desnudándose con facilidad como regularmente lo hace en el cine de su marido, mostrando sus lindas curvas y su graciosa y agradable personalidad aquí más tenebrosa y más abstraída por esas fuerzas oscuras que hacen de su cuerpo un objeto del mal, de venganza y maldición. Ella proporciona la perfecta recreación del estilo de vida al que Zombie se adscribe, a sus constantes, en una ambientación típica de su mundo, que engancha con nuestra contemporaneidad, con la frescura juvenil del eterno espíritu rebelde, en el ejemplo moderno de la convivencia con la edad que aún no nos llega. Hay una línea que dice, no estás ya muy viejo para escuchar esa porquería, y no, ni Rob Zombie lo está a sus 47 años ni nosotros lo estamos/estaremos con el terror más violento, con el metal o el rock pesado, con los desnudos físicos y del alma, con la libertad y con la extravagancia. 

Éste es un filme muy clásico de estos tiempos, una propuesta legado de la esencialidad del terror, rozando ratos ridículos como lo del enano con los que parecen cordones umbilicales salidos de los brazos, o el que se va acercando a la cama muy al estilo de David Lynch o ese atrevimiento continuo de la usurpación de lo cristiano que puede ser bobo a veces pero insolente y mayormente oscuro, como lo es en general todo el conjunto a favor de una salvaje recreación que termina funcionando y presentando personalidad. Zombie es la elevación del cine B, atañe idóneamente a la honestidad, el libre albedrio y la simpleza del género, de una estética pedestre pero que a la vez deja de serlo en un producto contundente, lógico y articulado, revestido de grandilocuencia ordinaria. La trama existe, no está nada mal sino muy por el contrario, pero el regodeo (que no es malo tampoco a un punto) es un poco mayor, basado por y para el entretenimiento (de cinéfilo a compañero, de amante del terror a otro), como dos mujeres luchando en el lodo, sensuales, agresivas, visuales -para impresionar-, un tipo irreductible de arte moderno pero en el buen uso de la palabra.

miércoles, 8 de mayo de 2013

En la casa

Basado en la obra teatral El chico de la última fila del español Juan Mayorga, el galo Francois Ozon nos trae un filme –ganador de la concha de oro en el festival de San Sebastián 2012- que narra la relación de un alumno con su profesor de literatura en medio de una historia que se va haciendo en la pantalla con la tutoría del maestro (segunda línea narrativa que termina fusionando vida y arte) y escritor frustrado que encuentra talentoso al chiquillo y funden ambos su pasión por las letras.

El jovencito mientras descubre un sentido para él y se lo da a la literatura busca desarrollar su imaginación incursionando en una casa normal de clase media, un hogar aparentemente feliz y ejemplar, donde gracias a la amistad de un compañero de clase al que enseña matemática logra meterse entre bambalinas y descubrir lo que esconde esa supuesta idealización, la que sirve para crear su obra literaria en ciernes que ironiza a esa convencional familia y la afecta o la abre a su propia verdad, remeciendo ciertos cimientos ya endebles.

Una atrapante e inquietante historia que nos va enseñando la estructura de una novela entre una atípica cátedra inmersa en un escenario práctico y visual, mediante los artilugios del conflicto, transportando la realidad a la ficción –línea que se llega a romper- y la creación mientras vivimos el despliegue de la intimidad de una casa que sirve de ejemplo y análisis intelectual y artístico, encontrándonos con su interior más profundo y emocional, dentro de sus problemas. Una madre aburrida, secretamente anhelante de sensualidad y esa poesía del romance que siempre despertó al hombre en su enamoramiento con la aventura, un hijo bobo que requiere de un mejor amigo y un padre que se siente herido en un trabajo que lo consume y lo agobia atacando la dependencia de su idea del respeto. Pero hay aún más, llegando a afectar al propio maestro, otra pieza manipulada en el ingenio del adolescente, en un segundo hogar más culto que el del despiadado estudio escolar pero igual de débil en sus vínculos afectivos, el respeto (aquí en la pareja) y el entorno laboral. Todos sumergidos en el arte a manos del que aparenta inocencia pero atrae lo pecaminoso y destructivo, en la concepción de ella como alimento del alma y proyección, reemplazo y entendimiento de la vida, de nuestra unión hacia su devoción predominante entre el profesor y el alumno, más en el adulto ya que el chico mueve los hilos de este su títere, con perversidad e inteligencia en juego secreto.

Estudia distintos caminos de la construcción adictiva del arte, hechos verídicos convertidos en mentiras verdaderas y viceversa. Reflexión entre las letras, despliegue de sentimientos, cavilación emocional, intensidad vivencial, ilusión y sueños. Mayorga le proporciona a Ozon el filosofar con la literatura en un estudio de campo que se entiende muy claramente, y nunca pesa, sino es sumamente subyugante y genera saber más como en el enganche novelesco, el sucumbir a la curiosidad. Y siempre hay una explicación, es como presenciar un acto y luego interpretarlo o cambia el orden,  en una argucia de metalingüística.

Claude García (Ernst Umhauer, un coincidente dotado novel actor), el aprendiz de escritor, la falsa arcilla y más un demiurgo astuto, es Sherezade detrás de su aliento de vida, una noción en el filme existencial (el joven había perdido el sentido de la alegría ante la mediocridad cotidiana, la ausencia de una madre y un hogar quebrado y golpeado por la minusvalía de su progenitor). García maneja el interés del sultán, su guía, Germain (perfecto y delicioso Fabrice Luchini) quien lo permite todo (perdiendo  cada vez más la ética nublado por el entusiasmo) hasta que su apasionamiento termina cobrándole la factura, cuando ya no es un simple observador o yacía distraído. Nuevamente se devela una nueva gama de esencialidad, la del ser humano en su egoísmo, voyerismo y egocentrismo, y antes la de la envidia, aunando el deseo y la realización personal y emocional.

Claude parece ser el demonio tentando al hombre y luego el juicio celestial, a través de la noción de una segunda oportunidad, del poder ser quien uno quiere en la existencia aun siendo segundo en la fila. El conflicto literario es el propio autor del libro aunque el maestro no lo llega a saber hasta demasiado tarde, no al verdadero alcance, pero no es un acto que se alimente de uno mismo sino de los otros, es la semilla de la discordia como una manzana apetitosa que oculta la serpiente bíblica (en una escena vemos que muchos mascan una, la comparten, símbolo que rehuye el lugar común en sus personajes). Es una imagen engañosa, en un chico manipulador, seductor y provocador que genera además la autocrítica y la revelación, la iluminación tras la destrucción, el post tenebras lux, solo que presenciamos mayormente la reacción y no tanto la sanación (de donde los implicados se conocerán más y podrán ejercer el cambio, por eso el cuento sigue en las ventanas de ese edificio).

El desenlace y el sentido del temblor que nos quita el piso es saber que hemos merecido lo que nos ha caído encima, por no prever el deterioro a razón de nuestra indiferencia o ceguera en un falso ideal o una rutina versada en el dopaje de nuestras propias cortinas de humo donde algo externo que nos revitaliza simplemente derrumba lo que está herido (la infidelidad o el vacío mientras los más despiertos construyen con esa decadencia, como Claude), la culpa es de uno en realidad solo que el escritor es el catalizador de la trama, como lo es en un nivel menor el arte cuando nos abre a la consciencia de las ideas o esencias humanas producto de la ficción.

Kristin Scott Thomas, actriz destacada algo subestimada, junto a la sensual Emmanuelle Seigner (sino basta sucumbir a su mirada, como también a su curvilínea fisonomía todavía muy provocativa aun siendo una mujer madura de 46 años de edad) brillan y de paso nos recuerdan que estuvieron en la cinta de Polanski, Lunas de hiel (1992). Ambas articulan su papel de mujeres relegadas o menospreciadas con una solvencia de primer nivel que pone énfasis en donde corresponde para bien de la sutileza diáfana del guion. En una es detonante su infertilidad, en la otra su condición como dijera Catherine Deneuve en otra obra de Ozon, Potiche (2010), de mujer florero. El plantel de actores es sobresaliente, hasta lo es la cara idónea de Rapha hijo, o la soberbia recreación del contraste en su persona con su entorno y trabajo en el atletismo, fuerza y cierto estado de niño viejo de Rapha padre (Denis Ménochet, a tener en cuenta). Y aunque su complexión física pequeña y muy delgada en orden de su edad nos hace dudar de su capacidad de Mefistófeles sexual el joven Ernst Umhauer también luce convincente en su interpretación. Son las piezas de la dirección de Ozon que suele imbuir a sus propuestas de relajo quitándoles trascendencia a favor de la atracción del espectador general, modernizando y haciendo accesible sus películas para el público. Posee una sabiduría de saber posicionar su filme en un lugar amplio pero con su buen toque de autor que se esconde detrás de su apertura.

Dentro de la cosmovisión que se nos ofrece muchos seguro encontraran bastantes lugares para valorizar y pensar sobre su vinculación con lo que es la literatura, de lo cual resalto uno en particular, Jeanne (Kristin Scott Thomas) nos exhibe una ironía del director y el argumento entre manos al decir que el arte no sirve para nada y en efecto a grosso modo es así pero sobre todo el de su galería, la de la falsa vanguardia y modernidad que sirve de un autogolpe más ante la realidad conocida, en acumulación, pero en cambio el otro del joven talento funciona en la historia como fuente de autoconocimiento y contrae deudas y consecuencias. Un mensaje enaltecedor de lo que significan las letras universales. Para tomarlas más en serio como al chico de la última fila, que como suele ser trasgrede pero esta vez gana la partida.

martes, 7 de mayo de 2013

Los ilusos


Jonás Trueba en su segunda realización cinematográfica tras Todas las canciones hablan de mí (2010) ha hecho una película despreocupada que guarda distancia de la obra maestra y del arduo trabajo de una historia compleja y que como él mismo dice en el prólogo pertenece al entretiempo. No obstante eso no inhibe su talento, logrando otorgarle a su propuesta sustancia y proyectar la esencia artística. Lleva un propio toque de autor –solo que en relajo- que busca enseñar que estamos ante algo artificial, de ahí que constantemente se nos permita observar como un detrás de cámaras en medio de la línea argumental, que denota lo que existe en él, de lo que parece su vida como cineasta, hombre común y amante del séptimo arte, mediante conversaciones con amigos, reuniones de alcohol y juerga en el bar, clases de cine, visitas a salas de exhibición de barrio, a la librería, a restaurantes chinos y cafés, a la tienda de vídeos de un amigo y “crítico” curioso, con enamoramientos y flirteos, con sexo, revistiéndose de intrascendencia personal aunque importante para sí y por estar en la fábrica de sueños en buena medida para los demás (de eso que su historia tenga valía general más que la de un acto narcisista, en la identificación de a quienes le apasiona la gran pantalla). Sin embargo aun siendo la exhibición de una realidad, la de Trueba, la del que se asume -y está como pez en el agua- alrededor del cine, del que lo ama, nos deja en claro que también es una creación de su labor como cineasta y contiene -aunque elusiva- una trama, contextualizada en la cotidianidad, y que articula un motivo importante en su cine, las relaciones afectivas.

Tenemos varias expresiones de afecto, principalmente hacia el cine, motivo central de la presente obra, de quien lo conoce bien (observando una escena del rostro del protagonista a solas contagiado por una película lacrimógena, que lo desnuda totalmente, aunque sea a través de lo ligero). Después hacia el grupo humano en que se mueve y en especial –dentro de la convencionalidad de su relato- hacia una chica que lo impactará por algunos detalles muy particulares de un encuentro sorpresivo (principalmente en lo del balcón, a lo que se agrega el silencio, el esquive y “el misterio”), en que no requiere de palabras –sacándole la vuelta a lo que uno espera- y en donde muestra la seducción de una personalidad esbozada en la discreción de la sugerencia y del que capta ese reflejo. Luego hacia el tipo de vida que lleva y del lugar que proviene, de su padre, Fernando Trueba, que como en la imagen de los niños jugando en un especie de improvisado set de grabación y cubil, nace, se envuelve y se desarrolla dentro de un ambiente determinado. Y con plena lógica y afecto le dedica el presente filme, exhibiendo el propio lenguaje que ha aprendido, dentro de cierta innovación, tras la simbolización de los vhs.

La calidad de cine de autor y la vanidad del yo disminuyen y se hace muy digerible al tener una "trama" humilde –sobre todo consciente de que pretende ser un filme de entretiempo-, contada en sí en lo que es sin aspavientos, bajo cortas y algunas complementarias recreaciones habituales muy desenfadadas, pero agregando que lo hace con educación y cultura, solo que sin perder ser de a pie con sus redundancias en el habla, ligereza de trato, simpatía o amabilidad para con el público que ve en el ecran un lugar de entretenimiento y de lugar común.

Existe una mezcla de aspectos, no hay una línea limpia y tradicional en la narrativa escogida, sino busca una curiosa amalgama de espontaneidad, transparencia y sencillez argumental con la exaltación y la desnudez de unas formas vivientes en el artificio y lo artístico, desde un blanco y negro elegante. Los contrastes y las fusiones no se hacen esperar. Catalogar de un una sola identidad al filme es imposible, porque es fácil de comprender, de sentir, de contener referencias universales para con el espectador, pero no resulta tan típico en como lo vamos viendo, aunque tampoco se aleja de la empatía narrativa.

Parte de lo que observamos parecen anécdotas o piezas sueltas anodinas, pero termina en una lógica de conjunto, tiene coherencia, formando un panorama sólido contra todo pronóstico, el mosaico se articula por el final y captamos la idea de un relato que nos ha hecho apreciar al personaje que encarna el actor novel Francesco Carril que aun siendo el ente importante de lo visto llega a ser también parte de un contexto mayor. Éste espacio enseña distintas marcadas emociones, como la melancolía, de una canción al son de una guitarra acústica frente a un grupo atento; la broma, en lo del tipo de los vídeos en el cine (en que le tocan la pierna al amigo del protagonista), o lo de perseguir a un cineasta ibérico que prácticamente echa a correr al verse asediado por un actor; o, más allá, la alegría del encuentro amatorio perfecto en su simpleza.

En sí, el filme tiene un aire semejante al del interprete principal, tranquilo, natural y bonachón, y esto sostiene la propuesta, superando el tinte peyorativo de autor (que también es necesario sino carecería de novedad ya que se articula en lo manido; hay una fusión decente), construido con un par de amigos y compañeros en su tiempos libres (de noviembre del 2011 a junio del 2012), haciendo un cine con personalidad (notándose que lo ha disfrutado o da esa impresión) mediante una base ligera pero con cierto alcance. Nos describe seguridad y pasión. Nos hace confabular con él detrás de las calles del Madrid que transita la costumbre, la de un andar normal, en la predominancia de para y por la cinefilia.

Así mismo el filme tiene bastantes imperfecciones, los primeros diez minutos por poco y me hacen desistir de continuar, están los feos continuos cortes a negro, algunas conversaciones que no caen en gracia, cierta tontería o lugares/momentos que no valen mucho o no son tan atrapantes como se cree. Sin embargo lentamente coge sentido, forma, como un púgil del que sus golpes ganan por acumulación, para cuando yace bien colocado en el ring y vence los altibajos. Trueba demuestra que no está jugando, a pesar del hedonismo presente en su dirección, salvo en lo aparente, dando una impresión engañosa.

Los actores no serán unas luminarias, pero son eficaces a razón de la espontaneidad y llaneza del relato, redimibles en el estilo general escogido. Destaco la belleza de Aura Garrido, pequeña, sin sensualidad que no sea la natural expresión del rostro, común al promedio, pero atractiva, y que tiene la necesaria simpatía para darle valor al enamoramiento (declaración de búsqueda y personalidad en la obra de éste autor), sin el cual es como no llegar a puerto todo el camino recorrido. Aura sirve al propósito, al conjunto, idóneamente. Jonás apunta que no quiere la genialidad sino el sentimiento, y lo consigue con la realidad de la contemporaneidad culta pero cool. También por su honestidad y la ambición del epicentro de su filme, el que denota que le interesa la reacción del público. Estamos ante una propuesta osada que parece como hecha en el trayecto, y seguro hay de ello, pero también se ve saber y sentido. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Abrir puertas y ventanas

Ésta es la ópera prima de la argentina Milagros Mumenthaler que obtuvo el leopardo de oro y el fipresci en el Festival de Locarno del año 2011. Es una película íntima y minimalista que exhibe un lado muy femenino y humano. Tenemos tres hermanas muy jóvenes que viven en la casa de su abuela muerta no hace mucho y que comparten rivalidad, afectos, enojo, celos, un sinfín de sentimientos mientras echan a volar sus sueños de independencia y vínculos amorosos. Tienen una convivencia que es ardua. Se dan muchas fricciones y competencias, o roces pequeños como el típico de la ropa, el espacio o los quehaceres del hogar, pero hay hasta violentos, como cuando una a espaldas de otra articula una teoría de que es adoptada, o vende lo que es de todas para comprarse algo suntuoso, o reta la cadena de mando de la mayor, de Marina (María Canale, premio a mejor actriz en el mismo Locarno), quien junto a su ecuanimidad muestra un lado inocente y sensual con el vecino Francisco (Julián Tello), del que yace enamorada pero éste tiene novia. Él es otro recurrente aunque secundario puntal del conjunto.

Mumenthaler nos guía por la vida diaria de ellas, sin aspavientos. Muy sencillas y comunes a cualquiera. La verosimilitud y cotidianidad de la propuesta es de alto peso. No cansa ni se vuelve repetitiva a pesar de tener constantes que parten de estar en un único punto, pero proveyendo mucho movimiento, como proyectándolas hacia afuera. El filme ostenta novedad sin mostrarse forzado o artificial. Conocemos de su trabajo, el colegio o la universidad; sobre todo, de sus personalidades. Las vemos la mayor parte del metraje en su simbólica casa donde se mueven mayormente en el ocio, el trato revelador y las inquietudes, restando sus responsabilidades intelectuales/laborales que se oyen como información (lo que si no se habla es sobre los padres, qué pasó con ellos), de la mano de sus básicas desavenencias y peleas, su forma de simplemente estar ahí con la telenovela, con el alquiler de una comedia romántica o entristeciéndose con una melancólica canción en que una toma estática y extendida muestra las emociones de las tres mientras están apegadas en un sillón.

El retrato tiene un estilo casual. Lleno de la complejidad de las relaciones humanas, amplificado por el hecho de estar como metidas en una caja que genera y requiere abrir puertas y ventanas, que sofoca, como en el calor que tienen literalmente encima, aunando su intensidad existencial y edad. La directora argentina nos enseña los pensamientos y el interior de sus tres criaturas, a la par de sus naturales y significativas acciones. Éstas nunca nos son oscuras, sino siempre se nos develan en su esencia y razón de ser. No falta la coherencia aunque sea la propia e individual como por envidias y egoísmos. El escenario se complica producto de los vínculos de sangre, con la honestidad del alma, de esa que muchas veces es dura con los que más quieres, donde se tienden a olvidar las convenciones interpersonales. Hay mucha racionalidad en la propuesta, del tipo de a pie. Contiene buena empatía y facilidad de llegada, sin perder su toque de autor, gracias a su sutileza, al no dar algunos datos o a cierta paciencia. No obstante no se regodea en la lentitud. Se matiza entre ser digerible y tener un sello de procedencia personal.

No es un filme donde predominen los cariños, porque los damos por descontados, sino las complicaciones, aunque con ventilación, con momentos de compañerismo, de compartir. Se echan cremas faciales entre ellas. Amueblan su hogar, que también es una “cárcel” de la que deben volar o aprender. Preparan jugo para todas o una reúne el vínculo afectivo del grupo mientras revitaliza la existencia en general enviando un recuerdo en un cd con su voz grabada. Aunque suene romántico, habla de lo eterno a pesar de las distancias. Se preocupan por el implícito ser querido, fuera de los tantos conflictos (a veces no son solidarias), que se refleja en la frescura, relajo y cierta conchudez de Violeta (Ailín Salas, participe de filmes reconocidos), la menor, que anda mucho en calzón, echada, vagando y escondiéndose en casa con el novio, cogiendo lo que no es suyo, y aunque de trato tranquila implica abusar un poco de Sofía (Martina Juncadella, que con sus desnudos artísticos muestra bonita figura), la guapa hermana intermedia. Sofia es anfitriona de marcas publicitarias, siempre trae simpáticos vestidos regalados, es la más superficial. Tiene genio fuerte y es la complicada de relacionarse con las otras. Se enoja rápido y a instantes "por gusto". No obstante todas tienen defectos o son inmaduras en algo.

Se exhibe mucho trato del tipo común y como tal, aunque a simple vista no lo parezca, es un filme importante, bajo la grandeza de lo pequeño, habiendo muchos giros y acontecimientos, que aprovechan la imaginación desde algo tantas veces visto pero que valga la paradoja sigue sorprendiéndonos. En resumen, no es una película tonta, tiene seguridad y audacia en abordar algunos lugares comunes. Es un filme de los transparentes, al punto de que se permite un final harto sensible, manido, pero que tiene la inteligencia de ser a su vez un llamado de atención. Pregunta transversalmente ¿escuchaste la letra de la canción? Y eso es lo que acabamos de presenciar. No solo algo melodioso, bonito, sino, debajo de todo ello, sustancial, como es la vida misma, como una vez más nos dicta nuestra simple complejidad.

miércoles, 24 de abril de 2013

La caza


Uno de los nombres más famosos del cine actual de Dinamarca es el de Thomas Vinterberg que junto con Lars von Trier fundaron el Dogma 95 y de quien su película, La celebración (1998) fue el emblema de dicho movimiento cinematográfico. Ya con la madurez que le otorga una nutrida filmografía nos trae la presente que gira alrededor de la declaración de una niña que dice que un adulto de la guardería a la que asiste le ha enseñado los genitales. Eso crea toda la ira del pueblo, de los amigos y conocidos de dicho personaje. Incluso pone en juego su nueva relación afectiva y le crea mucho dolor a su hijo que solo puede verle en contadas ocasiones por no estar en su custodia al yacer divorciado. El acusado se llama Lucas (Mads Mikkelsen), el que instantáneamente ha pasado a convertirse en un tipo apestado y repudiado de ser un hombre probo, querido y hasta admirado por su nobleza, por su ecuanimidad y su alegría para compartir en su trabajo con los niños. Para luego hallarse solitario, esta vez no por iniciativa propia sino por la dura realidad que le acontece.

El filme es bastante equilibrado en tanto los ataques como las reacciones liberadoras aunque tiene una dirección y no es la más típica claro está, quizá por ello se echa en falta un cierto efecto mayor para con el espectador, porque esto termina ocurriendo, crea una cuota de indiferencia, sin embargo esto tiene de valioso e inteligente porque no se regodea en un tema polémico, provocativo, de los que suelen confraternizar con las emociones del público y compenetrarlo hasta dirigirlo hacia el punto clave, contra la fuerza de donde proviene ese abuso tan chocante para nuestras consciencias y sentimientos humanos, el enfermo detrás de la pedofilia . Es decir no busca la manipulación primaria pero tampoco nos entrega una dramatización demasiado poderosa (le pesa mucho el temor a transformarse en un telefilme ya que el asunto es siempre proclive a serlo, hoy en día tocar sucesos similares ya es visto como un melodrama tópico), y no es que se extrañe un efectismo barato sino hilar en el arte que sin utilizarnos nos haga asumir el tema en toda su magnitud, y en ello desgraciadamente le falta un poco, no obstante se entiende porque sus alegatos son otros, su base aun así tiene buena firmeza porque lo que quiere es ponerse en el sitio de Lucas.

Predomina un velado estudio donde estaría nuestra violencia reflejo o respaldo (aun no siendo exacto), la que exuda e instiga un acto tan vil, como el abuso sexual infantil, que nos vuelve irracionales frente a ello, que nos convierte inmediatamente en verdugos, que como vemos anticipa las conclusiones y las investigaciones policiales, de ahí que la propuesta prefiere enseñarnos nuestra reacción, hacernos ver nuestros pensamientos figurativos y desde ahí no podemos quitarle su toque de virtud argumental esencial. Sin embargo también puede ser algo banal, y hasta peligroso (aunque es inevitable en todo el tema, optando por la atención del otro daño, el otro peligro innato), dando el filme forma y luz al ente acusado con características que lo envuelven en un aura de heroísmo. Se enfrenta a la enajenación del conjunto justificada a un punto pero prematura por la naturaleza de creer que los niños no mienten aun acosta de olvidar a quienes señalan; lucha contra el abuso y la injusticia, habiendo una paradoja, es decir reina el caos, la confusión, y todo por una sensibilidad y moral que aturde aun teniendo un sentido que la avala pero que se remite a lo que significa y al nexo afectivo general y directo con la “victima”, un ser humano indefenso e inocente, más que a los hechos consumados.

El director danés comprende seguramente el doble papel del conflicto pero opta por la posición menos tocada, la más endeble en cuanto a tener defensa; interpreta como que se pueden cometer errores, que subyace una pasión que nos ciega por completo, Vinterberg plantea apoyar a un hombre en un caso aún no demostrado de pedofilia, no cabe duda que es algo duro de decidir y lo que escoge algo en parte atrevido, porque el filme se enfoca en ello aunque tiene a favor –o no- que lo explaya hacia ese lado aún sin develar el desenlace. Y es que uno teniendo la noción de que es un filme europeo no sabe cómo terminará, vas temblando mientras lo ves, subyacen muchas naturales expectativas aunque el autor las disminuye, las vuelve más ligeras, no obstante el final resulta una ineludible revelación. Hasta el último minuto uno desconfía de todos.

El filme se enfoca además en la amistad, hay una fuerte carga sobre esto en la trama, entre el padre de la niña de la coyuntura (lo que hace la historia más peliaguda), interpretado por Thomas Bo Larsen, y el papel de Mads Mikkelsen, escogido mejor actor en el Festival de Cannes 2012 y que con su labor sostiene fehaciente que se haya convertido en el más destacado de su país en su profesión, uno de los nombres que giran alrededor del mundo. Su exuberante enojo en el toque de fondo en la iglesia tras la docilidad y tranquilidad de su personalidad en todo el relato es uno de los momentos más prodigiosos en cuanto a haber asumido -y revelar- tanto sufrimiento enclaustrado, siendo vital en este filme, ayudando a generar el toque pequeño pero necesario de ambigüedad y el solvente respaldo que se engendra en su hechura, en su semblante tan sugerente sin caer en la abierta expresividad, el demostrar un autocontrol convincente y aun con esto poner sentimientos en su personaje.

Toda la recreación con bastantes características no urbanas, como los bosques, el nado en el río o la cacería son impecables, denotan una cierta vuelta en el pasado pero notablemente no juegan a ninguna caricatura de incivilización, que sería lo más manido y fácil, sino más bien es un relato que conjuga aristas como con aspectos bastante modernos. El tema es instintivo, apela a nuestra más profunda humanidad y eso no es anacronismo. Pero hay que decir que más funciona la adaptación del entorno geográfico del título, la caza (en el original “Jagten”) que su metáfora, porque esta tiene un alcance menor, no es algo que impresione, el venado representa la inocencia, aunque el alegato de su muerte con la exposición del filme nos deje pensando, nos otorgue una lectura extra a tener en cuenta y sea coherente con lo que hemos presenciado, que de eso hay mucho y todo en el aire relajado de Vinterberg.

viernes, 19 de abril de 2013

To the wonder

El 2011 la palma de oro fue para el árbol de la vida, la anterior película de Terrence Malick y con ella vino la emoción para con su cine, ya antes elogiado en La delgada línea roja (1998), ganadora del oso de oro de la Berlinale, y que venía de ser un autor de culto por sus dos primeros filmes, Malas tierras (1973) y Días de cielo (1978), como a su vez habría un grupo en rechazo de su filosofía y su forma de expresión.

Un misticismo tan fuerte, que se despliega a otros factores de la existencia, no podía causar la unanimidad, sino más bien resultaba una molestia para cierto público ya que el mundo actualmente vive una cuota de alejamiento religioso, en una contemporaneidad más terrenal y menos consciente de su espiritualidad, en su condición de como dice este nuevo filme, del amor que nos ama. Sin embargo el autor americano se da fiel a sí mismo, siendo valiente, presentando sus más íntimos pensamientos, su fe y su ideología del amor, como un creador en toda magnitud. No solo de forma que respalda su anterior trabajo sino que lo define mucho más, lo muestra más claro. Con la intervención del padre Quintana (en un inconmensurable Javier Bardem que solo le bastan unos gestos para asumir por completo su personaje), un cura católico que quiere creer y vive entregado y honestamente dentro de ello pero que se hace muchas preguntas. El que anhela “ver”, sentir y experimentar la verdad de su dogma. Y aunque su porcentaje en el conjunto no es mucho se hace sentir en toda la trama, si es que en realidad la tiene, ya que Malick evita el camino convencional y nos crea un cuadro que es más una figura mental que una historia lineal, y en ella nos hace meditar sobre asuntos que nos conciernen a todos los seres humanos, temas muy próximos a  nosotros, ya que se trata de la formación de nuestras relaciones con los demás, con los que amamos, con el planeta y con uno mismo en esa identidad.

La película recurre a la poética y a la solemnidad de la voz en off más que de diálogos que casi no hay (en lo que son pensamientos esenciales de los protagonistas), sus imágenes provienen de una dominante formación de múltiples tomas cortas muy bien editadas, a movimientos de cámara especiales -rotatorios o que salen de algún atípico ángulo- en los lugares claves que dan la sensación de como estipula el título, de algo maravilloso, de un goce o una intensa experimentación (como frente a la belleza del Monte Saint-Michel),  a mostrar a los actores en paisajes o en medio de escenarios naturales, se ha escogido el campo, el estado de Oklahoma en algún pueblito tranquilo y sin nada realmente llamativo, en donde se exhibe la espontaneidad, transparencia y vitalidad que se requiere en el sentimiento de su caracteres, un reto de interpretación en donde se nota mucho que la última palabra es la del director que a ratos parece hacerles un test de compenetración con sus roles, en que vemos a un Ben Affleck dominado por el control de Malick (a veces descolocado como aun en el esfuerzo y seguridad luce McAdams en la exigencia de los bisontes, o en el inicio se le sigue pero se escurre la cámara de su rostro), reducido a una pieza en ejecución en que su nombre sirve de atracción para el público pero se rige al predominante conjunto creativo, mientras una Olga Kurylenko nos trasmite bastante con su cuerpo y con un ánimo creíble (en sí las dos damas centrales están magníficas para manifestar enamoramiento y felicidad en ello), con su danza y juego continuo (yo diría que se repite esto más de la cuenta, el baile), con su pasión, con su ternura, con su desnudez más interior que literal, con sus desilusiones, con sus desgastes afectivos, con su introspección en derredor de su relación, bajo una figura común ya que aun ostentando belleza refleja mucha normalidad, que permite amalgamarse a Affleck (a pesar de ser mucho más pasivo argumentalmente) que es en parte tieso o contenido sin caer tampoco en la inexpresividad que le atribuyen por costumbre, pero que se ajusta al tipo requerido (idóneo para él), el que no refleja tanto pero que instiga hacia la nobleza calmada, promedio a más, y puede verse cariñoso en una seriedad moderada, ya que también busca ser un hombre afín a muchos.

La historia puede ser mucho de autor, muy elaborada en su forma y en lo que pretende argumentar pero vista con ojos pacientes y observadores se le concibe adjudicar de historia fácil de identificar, de sobrellevar y entender porque su temática ineludiblemente nos concierne demasiado, ya que se remite a dos puntos, la fe y el amor. Dice una línea muy significativa, el amor es un deber, y aunque respeta el filme que el ser humano es cambiante y natural en sus sentimientos, tan difíciles de quitarle imprevisibilidad, nos induce a  poner de nuestra parte, a luchar por lo que creemos y sentimos, a sacrificarnos (como en esa libertad que nos refiere la amiga pero que también puede existir dentro de un vínculo y sus parámetros), a replantearnos el camino, a poder evolucionar y adaptarnos sin perder algo amado, indagando y entregando de nosotros. Nos quiere decir que el amor es intrínseco al ser humano pero no es fácil (sí, lo sabemos, pero entonces deberíamos procesarlo y ponerlo en práctica mejor), sea hacia Dios o -en otro sentido pero con semejanzas- a una mujer/hombre especial (en un momento la protagonista no llega a comprender su repentino estado de disgusto con su pareja y hasta concreta una traición, momento que más que una audacia que no lo es en cuanto a la imaginación del director, sirve para ver que todo se deteriora por más bueno que sea, o se pone en duda, se erra digámoslo a grosso modo en todas las vertientes que suscita). Como esa mujer que viene del pasado, en la interpretación de esa bella rubia de cautivante sonrisa, Rachel McAdams que en un culmen exhala que su amor se ha convertido en nada (así es nuestro libre albedrio), en solo lujuria, placer.

Vivimos retroalimentándonos, en un inevitable presente al que hay que exigirle mucho más, como en esas inquietudes trascendentales que “mortifican” a los protagonistas. Con este séptimo arte que pasa que es puro cine aun en sus particularidades, que vive para y por las imágenes y que nos habla a través de ellas en forma sumamente expresiva y bella como un remanso de desconciertos y alegrías, que en su complejidad requieren pistas, ese discurrir con algunas frases de corta extensión pero que son amplias en su evocación en una voz en off que busca, enfrenta, interpreta y se maravilla con el mundo. En la escalera, el reflejo iluminador del sol y las manos entrecruzadas (escenario simbólico que define todo el filme.)

miércoles, 10 de abril de 2013

La eternidad y un día

En enero del año pasado, el 2012, murió Theo Angelopoulos, cineasta que fue un intelectual del arte, a la altura de Tarkovsky o Bergman, y yo diría que a veces hasta más complicado de ver. Su cine siempre despierta ideas, utiliza una forma de expresión que en parte se vuelve críptica o nos hace trabajar para darle un significado. En esta oportunidad escribo sobre una película que le valió la palma de oro de 1998.

Como es común en él se trata de un viaje, ya que el cine de Angelopoulos nunca dejar de ser nómade, es una continua búsqueda ante la realidad del siglo XX. Y versa en el contexto de su patria, Grecia, y se asume desde la contemporaneidad pero utilizando abstracto y externo al filme el pasado glorioso de la otrora civilización origen del occidentalismo, para vivir lo que sucede actualmente con su nación, de la que se dice vivir una próxima muerte, es decir un deterioro con un rumbo anunciado, como la enfermedad terminal de Alexander (nombre que no parece casual, griego por antonomasia en la historia universal) quien remite a su sociedad, a su cultura en particular, quien alega serle complicado amar, mientras se anhelan nuevas formas de expresión, todos rasgos de nuestro director entre manos, un afecto ineludible pero fuertemente autocrítico sobre su patria y un deseo notorio y notable sobre nuevos análisis y arte introspectivo, próximo, filosófico.

Anímicamente como nota el niño, el huérfano albano perdido en las calles de Grecia, hay una melancolía oculta, pero el ánimo del filme es como nos comunica el poeta de otro siglo, la vida es dulce, y ese espíritu es al que se afianza la trama, y la forma, aun estando sometido el protagonista a la fuerza del dolor y la nostalgia, de mirar en el pasado y sentir nuestros más profundos afectos porque en el hoy nos han abandonado en cierta parte, y es que sin embargo mañana es la eternidad, el mundo no acaba (la muerte no es el final). Ésta la confabulación secreta de un vecino repitiendo la música que nos gusta, la alegría de la ama de llaves viendo casarse a su hijo o conocer y compartir, ayudar, a un niño solitario, reflejo de nuestra realidad también solitaria, solo que yacemos en el final cuando él es el comienzo de un viaje nuevo, otro distinto pero con ciertas semejanzas, ya no hacia la expiración sino a la vida, ambos desconocidos y que como se dice provocan miedo, es hallar ese dulce existencial y general, esa nueva expresión, como los músicos tocando en el ómnibus mientras afianzamos la felicidad tan efímera para con el padre putativo y su vástago, mientras vemos cansado a un activista político (lo dejamos de lado en ese momento).

Bruno Ganz es Alexander, un poeta que no suele terminar nada y que no quiere ir al hospital a escuchar su sentencia, un soñador que se identifica con un héroe romántico pero decidido que vuelve a su tierra a generar el cambio aun sin saber el idioma, a arengarlo poéticamente, porque ama su país, porque como expresa Alexander solo vive en él aunque los seres humanos seamos extranjeros de todo lugar, extraños en la existencia. Ganz no articula la tristeza en su rostro, más bien predomina un aire neutral si se quiere, y aunque muchas veces yace apagado o meditativo, su sonrisa brilla más que cualquier otro sentimiento y se impone aunque sea solo en apariencia, como cuando ve a su madre (la que aparece constantemente y puede ser un sucedáneo de la historia clásica de Grecia) o a su mujer que le pide un día de atención (que puede ser que simplemente viva), la que ahora conscientemente es su vida, de la que sabemos poco en realidad, de su desenlace, pero porque subyace en la perfección de su memoria cuando ya no le queda casi nada, cuando ella lo ha sido todo. La película es también una bella historia de amor y de recuerdos.

La obra de Angelopoulos tiene de simbolismo, intelectualiza bastante, presenta varias lecturas, pero también conmueve, está cargada de cariños, la relación entre el poeta y su patria, la de Alexander y su mujer que es su temple, o con su progenitora y su niñez, o la de esa familia numerosa que visten de blanco que remite a la pureza del recuerdo en un bello paisaje, la playa, otra esencia transparente, viva. A su vez la trama central despierta bastante sensibilidad, la del pequeño recogido por Alexander quien no puede dejar de ver por su bienestar, darle un camino, o la del mismo chiquillo con su amigo muerto atropellado al que le dedican un ritual afectivo en medio del fuego y la dolida declamación.

El filme no solo es sabio y noble sentimentalmente sino tiene poética, esto está en el bardo griego de otra época que compra palabras para rellenar sus necesarias arengas muy fáciles de entender y de reflejarse; en los flashbacks vestidos en luz, en gestos, en colores, en alegrías; en la “intromisión” del tiempo pasado en el presente o viceversa en su unión en el vehículo (como dos hombres que son él mismo); o en las múltiples apariciones del viejo Alexander en ese día de playa, de lluvia y de refugio. Así también en otra inevitable participación a la que se enfrenta el relato, la del sufrimiento, la de la verdad viviente, no obstante en el ecran se hace menos de lo que invoca, pasando a ser más una cavilación sutil. Y es el trabajo más visto y entendible de Angelopoulos pero que ostenta su esencia, su continua elucubración, su estilo, debajo de una más empática historia.

Recrear la historia del poeta anterior a Alexander es algo sumamente creativo y sin perder el hilo de la forma que se ha elegido, siendo algo sencillo pero completo, que agrega al conjunto. Nos permite conocer al protagonista que vive arraigado al pasado, tanto con su hija como su esposa y que debe esperar el fin, con la continuidad que pervive en la tierra en la acción para con el niño, que se pierde en la ilusión del comienzo y de lo diáfano. El hombre mira el mar, el amor llama. Es la conclusión de una etapa, como los muchos hombres que se suceden, los dos poetas, ahora es el turno de vivir del pequeño (el país también se renueva), un temprano actor que en un momento explica una anécdota y lo hace con solvencia, que demuestra talento ya que parece mucho que recordar para un niño y este lo hace con la recreación emotiva pertinente, en la misma expresión de Ganz, pacífica y controlada, que en la película nos hace pensar en la calma de la trama, sin faltarle el ritmo sino más bien esta vez es más digerible, y no es como acostumbra el director al que nunca le fastidió el tiempo en sus propuestas. Y es que su arte y entrega es absoluta, y por ende Theo Angelopoulos es inmortal, es el mañana, la eternidad y un día, un hombre y un genio. 

jueves, 4 de abril de 2013

Perfect sense

Ésta película corre el peligro de pasar desapercibida pero es muy atractiva y no resulta complicada aun llevando una notable reflexión sobre la vida, en un aura bastante entendible como suele ser el cine americano, y éste aunque es escocés lleva toda la esencia del cine anglosajón mundialmente popular que se suele o se quiere imitar. Se hace destacadamente por medio del talento y audacia del director británico David Mackenzie. Es una propuesta sencilla y con actores conocidos que despiertan simpatía, que pueden contener las distintas emociones que se requieren. Ellos son sensuales; son convincentes en representarnos en general. Exudan química natural. 

Tiene una buena conjunción, de lo más idónea para acarrear un público que no sea exigente, tranquilo, y dejarte pensando, apreciando más la pequeña fortuna de lo que damos por hecho, los privilegios que no solemos notar y que hacen tan fantástica la existencia, porque a pesar de una realidad que por lo general golpea a todos de alguna forma existir es tan grande y es algo que debemos valorar. En el filme no se usa ningún mensaje de estilo fácil en conmover y sacudir la mente pero el resultado es ese, sino más bien se fusiona la verdad del mundo, dolor y placer, amor y odio, mientras acaece un sentimiento muy humano pero en estado extremo, el miedo, el hambre, la rabia y la pasión, luego se pierde un sentido, el olor, el gusto, el oído, la vista. 

Lo “particular” de padecer ésta extraña enfermedad que anuncia el fin de la humanidad, tema muy repetido en la actualidad, es que al poco tiempo de sufrir una perdida se intensifica el anhelo de subvertir ésta ausencia y volver a empezar, renacer y buscar nuevas formas que suplan el sentido ido, siendo en parte algo normal el aura de sobrevivencia, de la naturaleza que se amolda a continuar, pero que ostenta una alegría especial que rejuvenece, que busca y encuentra nuevas aristas y que brilla incluso un poco más ante la noción de que se sigue vivo y hay que remontar la caída. 

Tratamos con un optimismo notorio que se mueve bajo la catástrofe, digamos que la realidad, que no teme ser dura y que combina tragedia y efímera pero significativa felicidad de manera que suele ser difícil de afrontar pero que se hace. Es un mensaje muy sano y poderoso que llega gracias al empaque, menos naif que lo que se acostumbra, menos ilusorio, y es que aunque no se puede negar su noción de fe a prueba de todo tantas veces eludido por un descreído espectador contemporáneo, destila melancolía, algo muy humano sea dicho también. Explaya sensibilidad pero junto con ambigüedades, complejizando y exhibiendo algún grado de malicia.

El filme es romántico, hay una importante historia de amor en la trama que se absorbe dentro de una filosofía mayor que engloba el paradigma y leitmotiv de la película en las relaciones afectivas no solo entre seres humanos sino que simboliza el nexo con todo lo tangible del mundo, cómo afrontar/ver la vida. Es el enamoramiento de una bella epidemióloga, mujer independiente y muy contemporánea, solitaria frustrada por varios pasados novios que la han abandonado, y un bien parecido, seguro y exitoso chef,  que es medio bastardo, como se le dice ante su frialdad en las relaciones, en donde manipula a las mujeres, no las llega a querer o hacerse responsable. Se enamoran mientras juntos son sacudidos por la epidemia. 

En su relación chocan los sentimientos naturales de todo lazo serio amoroso pero visto desde la ciencia ficción que más es un recurso para cavilar, descubrir la realidad tal cual en algunas lecturas hermanas, una básica y trascendental es desde la dificultad de relacionarse con una pareja, como mantener la pasión, confiar en el otro, jugar y disfruta del amor, vencer los miedos, ser fuerte y transparente, abrirnos, mejorar, sentar bases firmes aunque no sea fácil, aunque se tienda a una cierta derrota futura, y se hace a través del énfasis de algo atípico que hace lo mismo que haría el tiempo o la incomunicación entre otros en otras circunstancias. Por ejemplo, tenemos los gritos en la ira que dicen verdades dolorosas o la representación de las cambiantes necesidades que van acercándose, sea el desnudar el alma para seguir alimentando la percepción, el aire de entusiasmo, o gozar y compartir cierta superficialidad tan importante. 

Otra lectura valiosa se da en el entorno, en ver como gira el planeta luchando contra lo caótico y desesperante, como se comporta la gente frente al que parece el lento apocalipsis, o al menos el fin de los tiempos conocidos, su adaptación, su multiculturalidad, su resolución, su pesimismo y su revitalización. El filme nos enseña dos tipos de ser humano, el que destruye y engrandece el abismo ante la desilusión o la dureza y el que construye en los embates de la existencia. Hay una bella retahíla de imágenes retenidas de tipo artístico que enumeran el placer, como a su vez otro grupo pero móvil en estados de violencia, muy fidedigno y evocativo, muy subyugante y realistas en su propia clasificación. 

Después hay un aura chocante e histriónica en cómo se dan algunas exaltadas emociones producto del padecimiento epidémico, como en el caso de la gula en que se comen flores, se toma aceite de cocina o se tragan pescados/carnes crudas de forma grotesca hasta inducir el vómito. Sin embargo, los hay inicialmente más sutiles y graduales como el enojo y el amor, mientras que el miedo es toda una novedad y llega completamente como una sorpresa; y estos hasta se confunden con la relación de pareja que sobrellevan Susan (Eva Green) y Michael (Ewan McGregor), pero está, claro, la superposición del conjunto, que ya entendemos de que va, de lo que nos queda un bello y poético desenlace, en la influencia positiva o no de lo que nos rodea, en lo que no deja de ser una historia atrapante, que se puede disfrutar de forma directa.

Un rasgo también del filme, aún muy a pesar del mundo, del dolor, es que sobrevive la nobleza y cierta invocada inocencia, aunque el pesimismo sea tan poderoso. Y es que, mientras viva, si el hombre quiere nunca estará vacío, como en el filme, aun perdiendo la batalla contra los sentidos. La oscuridad no es el fin. Es una distopía que termina despertando el ideal. Es una propuesta donde no se necesita ser romántico. Puedes absorberlo desde una necesidad que invoca en la historia presente el disfraz de la espectacularidad salvaje y enigmática, en un devenir que implica la tergiversación de la pasividad. No obstante ser romántico, como se puede ver en el filme, está en toda esencia, en el lugar correcto o menos pensado, y no hay que rehuirle. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Berberian Sound Studio

El director inglés Peter Strickland ha hecho un filme de terror poco convencional, al punto de que si nos pasamos esperando una trama de horror con un asunto por resolver/enfrentar se nos irá la película. Es una propuesta que gira totalmente sobre un estudio que pone sonido a un giallo de los 70s, para lo que se contrata a un especialista británico, de personalidad tímida y muy bien educado, Gilderoy (Toby Jones),  un típico hijo de su patria, pero que colinda con la locura fundiendo su vida con la de su trabajo.

El filme de estilo psicológico nos permite conocer casi didácticamente como se realizan los efectos de sonido de una película de terror al estilo popular italiano en un contexto donde se está elaborando una historia salvaje con ritos satánicos, asesinatos, brujas y demonios, que aunque no nos deja ver un ápice de sangre nos imbuye en sus parámetros, sugiriéndonos todo el panorama (durante el metraje casi podremos armar toda esa película “elíptica”). Ostenta un realismo que parte del poder de la imaginación, en un estado de consciencia inducida. Pero tratándose de algo leve en sus efectos para con el espectador distraído, que si nos concentramos puede ser hasta perturbador, ya que hay que vivir a través de Gilderoy, compenetrarnos con pequeños momentos del filme. Dentro de que mejor prueba de que la música se asemeja al cine, según palabras de Tarkovski. En un estado de despertar el sentido de nuestro oído. Ver el artificio con lechugas, sandias o algún  recurso audaz que imita hechos concretos que son muy duros de experimentar como de los cuales salir indemnes. La trama subyace en el miedo sensorial.

En la película hay un estado de inquietud a veces discreto que es la mayoría y a otras más flagrante –en donde se palpa aparte de lo anecdótico, o el rumor, a través de la vivencia de lo común dentro del estudio- que se da sin dar ningún golpe violento visual, en que no solo se nos brinda a través del personaje que limita con la demencia sino bastante por medio de detalles, cotidianidad perdida en el limbo (casi sin tiempo), en parte en lo onírico, y bajo la composición parcial, siempre de piezas constitutivas que van armándose hasta robar el alma de la existencia del protagonista convirtiendo en un hecho la fantasía. Dentro de un conjunto sutil en un ambiente que es lo más importante de la película, los gritos de las actrices, el espacio claustrofóbico del estudio, su perenne oscuridad, el hogar mental de Gilderoy, que a un lado parece estar en su casa y luego yace en el lugar que dicta el título, viéndose incluso dentro de la proyección del giallo que están haciendo. De ésta manera ya no distinguimos uno de otro. Se apodera el filme de su cerebro. La (temida) araña que pasa de una mano a otra muy pacíficamente, la carta evolutivamente decadente de la madre sobre unos gorriones (último bastión de cordura), el someterse a la luz de las velas, la tensión entre los compañeros, los abusos sexuales impunes, la desconfianza general, la pasión de los participantes que creen demasiado en lo que hacen.

Lo que plantea Strickland es un homenaje en toda claridad al giallo desde la paradójica noción de hacer lo opuesto en lo que en sí es. Contrarresta sus defectos como la exageración, su sencillez, efectos baratos, el mal gusto o la brutalidad en un filme inteligente, austero y en cierta forma elegante. En esto pesa o exalta artificios sugestivos como en ese aviso luminoso de silencio, como quien augura que ya viene el pánico en una constante promesa incumplida, que yace generando intriga frecuentemente. La expectación es un alarde del filme, pero sin agotarnos.

La presente realización puede entenderse como una argucia argumental explicativa que se basa en la forma complementaria. Se podría tratar sencillamente de un tratado revelador de cómo hacer un filme determinado si no fuera porque asume las características de relato de horror. Toby Jones implica, en su apariencia, ambigüedad, inseguridad y maleabilidad, atributos que revelan ser parte del dominante ambiente, el verdadero jefe de la trama, él y la atmósfera son uno, los dos grandes personajes de la propuesta.

Si uno espera algo extraordinario vendrá la decepción, no va de explícito o algo claro, y es que éste terror se mueve en lo mínimo, principalmente en lo discreto o en lo indirecto. Si nos engañamos esperando algo enfático en lugar de poner de nuestra parte no apreciaremos el filme que a su modo es especial, funcionando en el artificio constante del detalle que es indisoluble del conjunto, que es el conjunto.

El maltrato de Gilderoy y de su entorno es como la historia de una crónica de una muerte anunciada, es la alimentación de vivir en un lapso de rareza, la pasividad que lo absorbe todo. Y es cuando le dicen que se abra, en un rato significativo, cuando es demasiado tarde. Lo que sale es la secreta esquizofrenia, estando atrapado en la película.  Dice un personaje que lo que están haciendo se basa en algo verídico, que ha pasado, y que hacen historia, que la perennizan en pantalla, que no es solo un cuento de terror. Qué mejor explicación de lo que es el filme en cuestión. En un cine dentro del cine, en una cámara de espejos.