domingo, 30 de septiembre de 2012

Cosmópolis

Convertir un libro que se basa mucho en la abstracción como el de Don DeLillo en una película parece algo muy complejo, aún teniendo puntos de encuentro con el cine de David Cronenberg, porque lo de los anarquistas con las ratas en la mano o destruyendo una limusina con aerosol para graffiti en medio de una turba incendiaria que carga un muñeco de un roedor gigante, un protagonista disparándose en la mano sin aparente motivo o el abandonar en el mismo sentido la peluquería con medio corte de cabello cortado, es sin duda alguna muy propio del canadiense, esa transgresión que ha demostrado en su séptimo arte y que le ha valido tantos seguidores incondicionales alrededor del planeta, siendo ésta película fiel al texto, y a una línea que dirime la mayor parte de la filmografía de Cronenberg, la imperfección es necesaria y esto se puede justificar con muchas ideas, la que parece una excusa conmiserativa a esa crítica tan fuerte hacia el capitalismo que ostenta el filme y su inminente cambio ya que para construir hay que destruir, entendiendo que en toda creación yace el horror y que hay una repetición menos trascendente de lo que se piensa en el método que genera una transformación, algo que no se puede desligar incluso de lo provechoso como la tecnología y la economía, muy unidas a la política, esa desnaturalización del poder que llena a Eric Packer de un vacío existencial y de la inclinación a la autodestrucción, estando bajo el ideal moderno, el éxito con las mujeres, altos ingresos y la facultad de influir en la vida de las mayorías.

En resumen la cinta cae en el mismo lugar, ésta vez por ambición cinematográfica más que por imponer nuestra audaz filosofía, sin embargo será de harto interés en el espectador más paciente, indulgente con los fallos y carencias, y curioso con lo novedoso. Algo a notar previamente es que tenía a Robert Pattinson como eje y conducto de la historia y su representación, teniendo que manejar escenas complicadas como mantener un diálogo en cierto momento erótico con una sudorosa pero guapa trabajadora de su empresa mientras un doctor revisa su próstata, es decir cuando siendo heterosexual alguien tiene las manos dentro de su recto. Pattinson era atracción para muchos y desconfianza para otros, y como resultado apunta que los que se quedaran más contentos serán los seguidores de Cronenberg porque ha sido aun a pesar del interés comercial algo atrevido en su elección, y fuera de un arranque frío, en sí muchos personajes lo han sido, ha sabido sobreponerse y sacar una actuación digna, lejos del lugar común que le ha dado fama y por ende será un seguro rechazo en sus fanáticos. Se trata de poca expresividad aunque logra solventar un cúmulo de emociones entorno al nihilismo, desilusionado de la antigua brújula, el contexto de su fortuna, de su trabajo, y forma de vida a raíz de ellos, que no cree ni en el anarquismo aunque admira la pasión de quienes se desenvuelven en éste. Ha sido difícil, una verdadera prueba para él, aún en un tono relajado en las formas del filme llevando a cabo el concepto.

Acompañan al actor americano dos luminarias francesas, Mathieu Amalric y Juliette Binoche, que con papeles muy cortos son los que más destacan en cuanto a interpretación, la fogosidad de ésta mujer mayor en un encuentro casual sexual convertido luego en disertación sobre el arte y la pertenencia –en toda la película se da mucha conversación reflexiva compensada con eventos en que Cronenberg puede perpetrar su visualidad creativa aunque en ésta realización yace en esencia dócil- y la de éste contestatario activista que se graba tras arrojarle una tarta en el rostro a algún personaje relevante socio-político o económico. Ambos son intensos y sueltos, siendo “sorprendente” ver como el talento siempre brilla aun cuando no sean los protagonistas; hay mucha potencia gracias a la motricidad, sensualidad o vocalización en sus performances, específicamente cuando ella se contorsiona en un aura desinhibida por la excitación y él se pone alterado luego de su atrevimiento. Con ellos, otro actor reconocido aunque no tan popular, Paul Giamatti, que suele verse cotidiano por costumbre. Aquí ayuda a comprender las intenciones de Eric. Aparece al final para cerrar el conjunto en un solo punto ideológico que queda abierto apostando por una esperanza, habiendo mucho diálogo que con su fluidez no se hace pesado aunque da la sensación de algo anodino en cuanto a la acción. Presenta un lado intelectual a pesar de que no suele dar la impresión de grave trascendencia, escurriéndose de la solemnidad que de por sí en la realización ya es suficiente con su quehacer natural y evitando esa reticencia a ponernos muy pensativos, que de eso va en la película aunque hay repercusión física en una tensión que tira y afloja discretamente.

Torval (Kevin Durand, de semblante duro pero cuerpo ordinario) significa la línea de seguridad de esa dualidad, entre su contratante y el capitalismo, por eso se rompe esa capa, en la necesidad de liberarse del peso que agobia. Mientras Elise (Sara Gadon) es un personaje contenido pero semejante a Eric, solo que ella cree en solo limpiar y seguir adelante. No se imagina sin la “fortuna” que la describe. Aparece rodeada de una atmósfera de calma melancólica y elegancia.

Éste entretenimiento en manos de Cronenberg se pone un poco serio, debajo de la extravagancia, dos motores que ha solido perseguir, no obstante aunque implica una exigencia en esas coordenadas es afable para digerirlo, muy acorde con sí mismo. Deja la sensación de que tranquilamente ésta podría ser una obra de teatro, con ese escenario regidor en el interior de la limusina, a donde entran y salen en un mundo alterno que es un microcosmos de lo que yace afuera. Cuando nos dice que la rata se ha convertido en moneda común.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Volcano



La ópera prima del islandés Rúnar Rúnarsson se enmarca en el último ciclo de la vida, como el volcán que hace erupción y tras la explosividad lentamente va hacia la calma, a descansar, a morir, en la primera muestra del filme a modo de documental con las imágenes en blanco y negro, y que connota también lo que hay que asumir tras el desastre, y en ese lugar en medio de la catástrofe está Hannes, un conserje o auxiliar escolar que se acaba de jubilar y encuentra la desilusión de ya no ser útil, no poseer en que ocupar su tiempo sabiendo que para muchos el trabajo de uno puede ser casi toda nuestra vida, y aunque se le conoce como el pescador por una barca a la que suele dedicarse como pasatiempo, incluso ésta pasión parece fallarle, mientras su carácter díscolo producto de una voluntad de hacerse respetar le cobra la factura con sus hijos ya mayores que no lo aguantan y encuentran que su madre hace algo casi milagroso en sobrellevar su constante enojo. Sin embargo desconocen lo amoroso que puede ser con su progenitora, el inmenso amor que tiene y que se pone a prueba, como si la propia existencia se hubiera enconado contra él y puesto a retarlo en lo que más quiere, inquiriendo por un comportamiento común más humano con sus seres queridos.

Con un tono en gran parte frío pero no indolente, de exposición médica y meditabunda, la imagen austera y firme, un sonido incidental bajo y discreto a ratos, Hannes se siente acabado, aunque no sabe todavía lo que se le viene. No obstante despertará en sí un deseo sobre todo de lucha y de mejor convivencia, en ello está la lección de la película. El personaje demuestra varios matices de la personalidad, ya que se suele juzgar a veces con rigidez a los seres humanos. Los menos expresivos que sufren por dentro pueden verse sólo por la caparazón que suelen exhibir y ahí en su hermetismo se crean problemas de relaciones humanas. Se ve sólo la reacción y no la causa que a menudo proviene del sufrimiento, pero en el filme no se nos revela más que como es en el presente sin demasiadas explicaciones de porqué es de esa forma, preguntando por como se desenvolverá en el futuro tras el conflicto que le ha tocado atravesar.

Múltiples veces el rostro del actor Theodór Júlíusson despliega la habilidad para conmovernos o enfadarnos, la cámara se detiene en tomas próximas a auscultar sus emociones en silencio, hasta vemos caer muy despacio una primera lágrima -después vendrán muchas más- o sentimos sus padecimientos, detalles que se darán en todo el filme sugiriendo más que buscando el descargo intenso, en todo caso cuando se da es de forma íntima y en soledad, sin aspavientos, aunque es una trama expresiva también que enseña desde afuera además, y que dirime algunas acciones precipitadas como su carácter demuestra en un inicio ante la respuesta del término de su labores profesionales, siendo el protagonista en algunas partes un niño grande que no controla su fastidio. Sin embargo también posee otras maneras muy caviladas en ese aprendizaje que resulta ser una tragedia en su vida, donde debe ver cómo se resuelve, la constante del filme que se enfoca en sus actos, en un dolor que no agota al espectador sino que se dosifica con buen tino sin sobrecargar o disminuir su importancia, y que yace en el justo medio evitando lo gratuito y la superficialidad.

Se propone el qué viene ahora, luego del final de algo trascendente en nosotros, decisiones complejas que requieren adaptarse teniendo en cuenta que nunca dejamos de hacerlo, ni siquiera en la vejez. Se sigue pasando a otro lugar o se nos hace notar una trasformación en nuestro ambiente de identificación, lo que nos es familiar proclive a desaparecer y hasta hacerlo. Se conjugan sentimientos como la nostalgia, por el tiempo que se ha ido, lo que ya hemos perdido o lo que perderemos, la decepción que llega a reemplazar a la ilusión, el constatar que debemos reencontrarnos con ella y sacar adelante una nueva visión que nos motive a seguir amando al mundo, y en ese trance reflota un nuevo yo de alguna forma.

Hannes es criticado pero no es el único que ostenta defectos, los hijos también los tienen, hay un cariz universal de estar ciego a lo propio –en él más, ya que es quien dirige la trama- pero además surgen momentos de iluminación, no solo de confrontación y reproche, sino de lo que nos compete en que lenta y levemente se produce un cambio dentro de la historia que no resulta apurado ni inverosímil, además de existir un shock vivencial que repercute notoriamente.

Anna (Margrét Helga Jóhannsdóttir) es el catalizador del relato. Sin ser burda sirve para contextualizar el magma del filme, para punzarnos, y es que pequeños cuadros de su situación aunque contienen algo de contención en cuanto a su realidad que puede ser visualmente mucho más dura provocan el entendimiento que justifica el entorno y las líneas que quiere dirigir el filme al público, que se basa en el cambio y sacar el alma de ese ser violento que es Hannes, el que combate con sí mismo, en un viaje realmente triste que ha sabido manejarse con esa tranquilidad del cine europeo y que tiene el optimismo del séptimo arte americano. A fin de cuentas estamos ante una transición, una etapa que empieza a lidiar con la muerte pero que no es el fin; es el desarrollo, a pesar de todo, de nuevos sueños y alegrías. No solo de la tierra rodeada de mar (de aislamiento), que observa el protagonista con detenimiento, como en un espejo, sino de compartir, de ser menos egocéntricos y no solo pensar en uno, de desprenderse más emotivamente, de vivir y dejarnos ir. La paz se apoya en quienes nos quieren, en los descendientes y en la familia. Para eso miramos el barco, símbolo de todo ello, que pasa de generación en generación. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Casa de tolerancia


Bertrand Bonello se ajusta –en parte- a la denominación de nuevo cine extremo francés que se ha querido acuñar alrededor de algunos cineastas, sin embargo hay un toque que lo hace humano, dispuesto a solventar una atmósfera con sentimientos, aunque equilibrando su participación, siendo menos decadente y gratuito de lo que podría esperarse de un rótulo bastante general, si bien hay un orden de fin de una época que circunda su obra y un deseo de franquearse con el espectador, ser didáctico sin tapujos, y ahí como último bastión en plena transformación del oficio más antiguo del mundo –listo para salir a las calles- yace la historia de un burdel de nombre L'Apollonide, al que asisten aristócratas engreídos, herederos millonarios e importantes industriales tras el alivio matrimonial, jóvenes y viejos, filántropos enamoradizos, escurridizos aventureros y algunos sujetos de abolengo ansiosos de extravagancias.

A manera de describir lo que circunda el negocio de la prostitución de fines del siglo XX y comienzo del XXI, exactamente de 1899 a 1900, en tierra gala, el filme parece tener un lado documental, de registro y exposición, abordando desde la transacción y  la cadena de mando, los juegos eróticos, hasta la enfermedad y la muerte, teniendo cierta vocación de precisión, mientras envuelve su propuesta de “imparcialidad”, es decir ataca y defiende al mismo tiempo lo que muestra, nos sensibiliza con las penas amorosas, existenciales y económicas de las damas de compañía e incluso la aflicción infantil de sentirse menos dotadas intelectualmente que el promedio, pero también no se ruboriza en enseñar de que va el negocio en toda práctica; cada enjuague bucal muy sutilmente nos delata un comercio, palabra que se menciona de propia boca de las ninfas sexuales, y se explica con detalle el trabajo, para lo que implica la contratación de una anhelosa jovencita de 16 años que quiere dejar de ser costurera para empezar a calmar la libido masculina.

El toque de autor yace en la película aunque tiene presente abordar lugares de referencia colectiva, más apreciable si se desconocen los pormenores de la cuestión, no obstante no es así porque es muy recurrente la temática, empero siempre viene bien una nueva ilustración, que la tiene, solo que con algunas ideas no tan creativas y a veces un poco tontas para el caso habiendo momentos duros como ambiente, en la mujer sonriente que nos recuerda al Joker o con la furcia que hace de muñeca y le molesta jugar ese papel, pero que terminan llevando la personalidad que infunde el director, bastante palpable en el simbolismo de todo el conjunto en el sueño de la judía, las lagrimas de semen y la falsa sonrisa, una metáfora de lo que son en realidad, de una felicidad de apariencia y un castigo en su labor, como la reprobación de la sociedad hipócrita que se divierte con ellas, y en ese lugar hay un romanticismo de hacernos creer que las deudas, la ignorancia son el motivo de su existir, y es parte pero también lo es su discurrir por una vida fácil, suntuosa, festiva, y es que al fin y al cabo, Bonello se apiada de ellas, se pone de su lado, las vuelve menos objeto o mejor dicho, les da un doble matiz, la vulgaridad y la promiscuidad menguadas por el alma y la personalidad de cada una, y es que conocemos a esas mujeres en el filme, vemos su lado humano, pudiendo ver que llegan a enamorarse del cliente aun ejerciendo en plenitud su oficio; ríen, lloran, se sienten solas, usadas, se quejan aunque de lo que ellas mismas han escogido, el filme toma un cariz en que pueden expresarse sin caer en solo ser lo que hacen, aunque las formas van sencillas sin la desproporción descalificatoria, ni tampoco llega al punto de convertirse en una falsedad que lo perdona todo, sobre todo ocultando; hay una cierta confabulación notoria compartida a  través de sus emociones y de los que se aprovechan de sus decisiones.

Se percibe una inclinación hacia sentir que es una ficción a pesar de una clara intervención explicativa que se mezcla con la subjetividad que siente el autor, por no digamos la prostitución, sino por las mujeres detrás de ello, parece un filme paradójicamente feminista en el derecho a la humanización, hay una escena que enmarca un clímax, bailan sufriendo (la música como expresión), nuevamente la dicotomía de lo que es y de lo que va por dentro, y suena noble pero falta a su otra forma, la de enfocarse en la realidad, se entrecruzan deseos, romanticismo y explicites (o un realismo), se da complicado abarcar tanto sin decidirse del todo, aunque se entiende que el compromiso está con ellas, y como ficción tiene sentido, es ante todo una historia, la visión personal de un creador; quizás juzgamos siempre hacia una vertiente, lógicamente, pero merece el tema un poco de esa “compasión” que todo ser humano merece, en que se ubican las que han escogido la prostitución, está bien, porque tampoco estamos libres de su necesidad como sociedad, y esa nobleza también es conocimiento de su razón de ser, que por una vez también denuncia la frivolidad, la dureza y manipulación del entorno fuera de estas; pero tampoco llega a enseñar perversión sino apenas un esbozo algo circense e inocente, y hay algo de generosidad incluso de esa clientela tan rococó.

No resulta un filme contundente sino muy suave en esencia -fuera de los detalles- aunque vastamente entretenido, una apuesta que se circunscribe principalmente a un espacio –que recuerde salen a un paseo a una laguna y hay una visita a una mansión aristocrática además- y lo hace como con la interacción de esas cuatro pantallas a la vez, esa repartición de la actividad en el burdel, intensamente, ampliando las cuatro paredes, como lo que esperamos sacar del filme, repitiendo momentos, embelleciendo el ecran, completando la fotografía, pedazo a pedazo hasta tener una figura, específicamente la del sueño premonitorio, semejante a la mujer que vemos actualmente en la calle, la que nos recuerda su drogadicción por tristeza, la que es proclive a terminar en un lugar trágico, la que ha perdido una amiga que le recuerda a sí misma, y la que no tiene -normalmente- un futuro familiar, ni tan siquiera económico.


martes, 11 de septiembre de 2012

V/H/S

De un colectivo de nueve realizadores, David Bruckner, Glenn McQuaid, Joe Swanberg, Ti West, Adam Wingard y un grupo denominado Radio Silence, nos llega éste filme de terror muy contemporáneo y bastante fresco, compuesto por una historia central de la que derivan luego otras libres, unos jóvenes adultos alrededor más o menos de los treinta perdidos en sus travesuras de delincuencia menor que suelen filmar tienen el “trabajo” de ir a buscar un vídeo a una tenebrosa casa, una vez dentro se encuentran con que existen varias grabaciones sin poder identificarlas, inquiriendo por la que creen debe ser la cinta pedida, visionan algunas y se dan 5 espeluznantes relatos más, mientras les acaece sucesos extraños, son parte de la misma aventura que los define, promocionar vídeos extravagantes.

El tiempo está dosificado en partes equitativas y la media docena de tramas tienen independencia aunque desprendiéndose de una de ellas, empero todas llevan la característica principal que se mueven alrededor de ser vistas como si fueran grabadas por los mismos personajes, los actores son contemporáneos a los directores de los que además algunos actúan. El filme lleva un ímpetu rebelde, moderno, desenfadado; las escenas son chocantes pegadas al gore pero no gratuito sino en el momento culminante, juegan a sorprendernos y versan sobre puntos primarios como fantasmas, lugares malditos, vampiros o serial killers, pero ostentando fusión y creatividad, no son predecibles, siendo cuentos entretenidos, en el género -valga la redundancia- de la eterna juventud, del goce más sensorial, el miedo al servicio de las pasiones.

La calidad quiere ser precaria por decisión propia, sacándole la vuelta a la misma realidad, se pliega a la sensación de espontaneidad que domina el conjunto. La cámara se mueve mucho y hay que acostumbrarse, se apaga por ratos, hay cortes visibles, va a negro, hay fallas visuales, copia la noción de unos aficionados, pero entendiendo que proviene de una visión de perfecto control y exhibición justificada,  es solo una técnica ya que denota en el fondo profesión, sonando audaz ya que se desligan de errores al estar bajo el concepto de novatos; más cuando luce como un filme que parece de bajo presupuesto, los efectos especiales no son abundantes ni impresionantes pero se bastan muy bien en la imaginación puesta en práctica, las locaciones son sencillas, hotelitos, un lugar turístico a campo abierto, un bosque, los actores no son populares, son desconocidos y algunos gestos están demás o pueden ser no tan logrados pero no desentonan como para desmerecer el producto, eso sí presenta su cuota de desnudos femeninos.

En corto tiempo se hace compacto cada relato, no falta contexto aunque son finalmente simples, llegan a concebir personalidad llevando vasos comunicantes generales a pesar de la libertad que han tenido en sus respetivos espacios ya que difieren de si en cuanto a determinado aspecto de horror si bien lo físico es de lo que van (muertes explicitas de quienes descubren el mal), son un terror visceral, visual, y no presenta necesidad de ideas sofisticadas, sino van directas a la yugular, no se guardan de mostrar. Tiene de road movie, hay una infaltable noche de brujas, los acontecimientos se dan bajo los rasgos de la edad y de la aventura, buscar chicas, divertirse, viajar, veranear, acampar, es esencialmente próxima, relajada, y de ahí cada fatalidad se hace como el castigo de cualquiera, al estar con la persona o en el lugar equivocado, aunque se difiere incluso planificando el destino de otros, azar y karma se entremezclan. Cinco historias siguen el desenlace fantástico, pero se circunscriben mayormente a lo ordinario en apariencia, lo cotidiano se vuelve fatídico, habiendo solo una completamente realista.

Un filme chico, que no ganará el cariño de la crítica ni es de los que se premian con regularidad en festivales o en galas mundiales, lo mismo que pasa en general con la comedia o la acción, pero que son tres grupos cinematográficos  a los cuales todos siempre volvemos, a esa etapa más salvaje o más intima, y que es parte de ese espectador común que llevamos todos en el interior, el que busca emociones fuertes,  sobresaltos básicos, sentimientos universales, en una propuesta que no tiene más ínfulas que entretener, haciéndonos sentir que es verdaderamente infaltable de vez en cuando.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Hors satan



Cuando vemos un filme muchos queremos que nos sorprendan, que nos enseñen algo nuevo pero sin tomarnos el pelo, sin que nos vendan gato por liebre o que terminemos aplaudiendo cuando honestamente queremos rascarnos la cabeza, o sea no entendimos nada, en esa conjunción entre misterio y claridad se encuentra la última película de Bruno Dumont.

Usando los momentos precisos y apoyando repetidas veces la idea central, se mueve el filme por la visualidad del panorama que nos hace ver pequeños, pedestres, el campo francés se hace prodigo en esa inmensidad y desconocimiento en pugna, tan afín a los seres humanos desde que empezaron a filosofar, a preguntar, a entender, desde que decidimos subsistir o buscar soluciones. El que tiene la salvación en esta trama es un hombre con habilidades paranormales que representa un cierto enigma para el espectador, un ente inclasificable, no es un santo porque también hace el mal (el fuego sobre el territorio agreste), ni tampoco parece un demonio porque a su vez ayuda a los demás (la niña enferma) y reza a alguna deidad, pura, por el tipo de ritual; sobre él hay ambigüedad, en su persona los actos también salvan a través de la violencia y hasta del asesinato, como en el acto salvaje contra el guardabosques con la justificación del miedo y resguardo que se puede entender del contraste con el caso de la violación y muerte, protegiendo a quien quiere, aun de sí mismo, bajo su inexplicable libertad. Lo que nos quiere decir el relato es que nuestro personaje principal a pesar de ser especial no es más que un hombre o se parece mucho a una parte de ellos, imperfecto en sus pasiones, inconsciente, vacío, no siempre en control de la situación, a la riendas de un destino vagabundo e impredecible, es en pocas palabras un ser salvaje aun en estado de poder mediar con la muerte o la locura. ¿Tiene un fin? No, en absoluto, se mueve en la simplicidad de la austeridad, en una perenne contradicción, en lo indeterminable, como con la muchacha que cuida, que dice no tener sentimientos pero lo ama o se conmueve y se enoja tras el disparo de un ciervo, la que tampoco es proba. Nos movemos hacia la inexistencia de los valores convencionales, de nuestra humanidad, ¿será ese el mensaje? No sabemos con exactitud. Podemos identificar muchos de los actos como sensibles a nuestra esencia, aunque las reglas están quebradas en pos de otra forma de justicia anómala, pero que está a razón de alguna causa de seguridad o de mejora. La atmósfera de limbo es la tergiversación o manipulación de la religión o algo más fácil de ubicar en el protagónico, puede tratarse de un brujo, sacándole la vuelta a una forma desgastada y cotidianamente infantil, solamente que en la cinematografía  de Dumont lo dibuja con rasgos serios, secos y ordinarios.

El filme es austero, las vistas panorámicas son bellas y apabullantes, el paisaje rustico remite al poder de la naturaleza, de lo primigenio, los actores apenas hablan, manifiestan con el cuerpo en el gesto de apoyar la cabeza en el hombro, en la rutina o en la larga caminata de retorno, se da profundidad a las  miradas, posan, guardan silencio, dejan que la cámara los indague y los exhiba tranquilos, mientras el ecran nos dice que hay un insondable misterio, que somos tan humanos, y hasta perversos. Sin embargo la elipsis de quien es, de donde viene el ente especial con poderes, no se resuelve, habiendo de fondo un reclamo de involución, un hueco en el paradigma de la inteligencia, de una “superioridad” proclive a la corrupción, en un colectivo tantas veces reprobable, y no se juzga a nadie sino se actúa para subsistir, ese es el problema, cuando el orden se pervierte aun bajo todas las ventajas posibles, aunque en la creatividad de una ficción se enriquezca y entretenga más un producto cinematográfico.

Dumont es audaz sacando sustancia y juego intelectual a una historia de estructura sencilla pero visualmente atractiva aun siendo intencionalmente repetitiva, sosegada, minimalista, demorándose y auscultando el entorno como si fuera un mapa el cual estamos delimitando. Se puede fijar con facilidad su trama y al mismo tiempo el magma se mueve en vastedad, y es que economiza y magnifica muy bien resaltando un objeto de estudio (gracias  a la injerencia argumental imaginativa de una variante que pone un contexto particular, el único verdadero aporte), nuestra humanidad, filosofa sobre ella, de ahí se puede derivar a los vínculos afectivos, a los rasgos sociales, a la decadencia. En la realización se puede ver la calidad de esteta de Kubrick, la trasgresión de Pasolini, la reflexión de Bergman o la austeridad de Kiarostami, que dice el galo son sus referentes artísticos en el séptimo arte.

viernes, 31 de agosto de 2012

Cielo oscuro

A nuestro cine parece que no puede faltarle el criollismo ya que de no ser así -se cree y tampoco suena ilógico- no nos reconocemos en nuestro séptimo arte, y parece una regla de la cinematografía peruana y ya saben lo que se dice de las reglas en el arte (hay que romperlas). Se trata de la picardía de la calle de la que todos nos vemos influenciados para bien o para mal, desde cualquier capa social; la adaptación al entorno de la jerga nacional, el lenguaje coloquial y la cotidianidad con que solemos resolvernos (los lugares comunes del imaginario patrio); además predomina el demostrar que somos despiertos, sencillos y “espontáneos”, dentro de la ciudad más moderna y sobrepoblada del país, la que lo absorbe todo, la capital, claro.

El filme sigue éstas coordenadas pero lo hace bien digamos, abordando una trama puntual, los celos infundados de un hombre. Puede ser un relato insípido a ratos, muy poco por resolver, sin embargo enfocado saca provecho de una temática universal. Los casos que prevén la inminente separación o quizá una tragedia resultan interesantes, son fáciles de identificar, pero eluden lo forzado, son creíbles y hasta algunos cómicos. Toño (Lucho Cáceres) en medio de una postura sexual que hace ver a la actriz Sofia Humala muy deseable, una flaquita de curvas medidas, grita de pronto: ¿en quién estás pensando?, y nos saca de cuadro produciéndonos una carcajada. Luego Toño argumenta: si no vas a llegar al orgasmo para que ponernos en esa pose, ¿a qué se debe?, y así, la "broma" continua.

Toño es un personaje implacable en tener desconfianza de la nada, pero en su mente está la sombra de una reciente ex pareja de su actual compañera, Natalia (Sofía Humala), y para peor de males para él está en el grupo teatral al que ella asiste. La idea está clara, el tipo tiene un problema pero la historia no hace hincapié más que en lo superficial, no obstante funciona, es solo la idiosincrasia de una persona torpemente celosa, no hay pretensiones y aunque la estructura hace posible una realización correcta, bien planificada y simpática, queda en lo que quiere, algo menor y seguro, lo cual para una ópera prima puede ser entendible, e igual espero que el director Joel Calero siga creciendo.

A los personajes y su realidad nos los muestra siempre con economía, con el justo necesario y tampoco falla, queriendo tener sumo control por donde se mueve, concentrándose en la interacción de sus actores, desarrollar eso que tan rápido se logra en nuestro cine, vernos ahí en pantalla, y si bien busca lo de siempre es una película entretenida y asimilable, aunque no demasiado sobresaliente. No obstante denota dominio explotando el background cinematográfico nacional, pero sin excesos, sin volverlo burdo, siendo simple pero no barato, estamos sin discusión ante una construcción artística, sabiendo lo que quiere y se conoce pero aun así en sus propios términos, retocando lo pasado, bailando una pieza conocida a un tono limpio y prominente en querer producir ante todo varios momentos pequeños –encuentros- que brinden naturalidad al desarrollo, que el tiempo y la evolución de la relación central tenga camino (en corto lapso debe crear la relación y luego agredirla in crescendo), y que las figuras humanas tengan materia (se enfoca en lo primario y está bien sin aspavientos), los dos principales si la tienen. Una con el vínculo con su grupo de teatro y el reencuentro con su padre (Roberto Moll, que habla raro y se ve descuidado, y al que le falta desarrollo), un personaje inocuo aunque se le entiende como propulsor del acercamiento hacia Toño. El otro con su familia rota y sus nexos afectivos, la crítica ex esposa (Norka Ramírez, convincente pero de poca aparición), su pequeño hijo, su madre, su mejor amigo Arturo (Paul Gastello, como el compañero medio tonto y gracioso) y sus compañeros de trabajo en el Centro Comercial de Gamarra, cuna textil popular contemporánea peruana. Mención aparte de la vedette Mariella Zanetti de prominentes tetas que hace de una trabajadora del puesto de Toño y que sorprende, se le pudo dar mayor espacio, y no solo es una –obvia- petición de acrecentar la injerencia sexual. 

El filme tiene un toque erótico, mesurado a fin de cuentas y que se acopla al conjunto, lo que nunca falta en nuestro cine, y que hizo correr de la sala a algunos viejitos, se fueron cuatro, puede ser eternamente incomodo pero así somos y en realidad la mayoría de cinematografías (Hollywood tampoco nos niega algunas anatomías, con tomas más cuidadas). El comienzo solamente me pareció vulgar con la masajista y la estimulación manual, no sé cuan necesario resultaba aunque no se ve directamente en pantalla.

Lucho Cáceres actuó bastante bien para su primera vez en el cine, estuvo sólo demasiado calmado, con ello evitó caer en la sobreactuación ya que tenía escenas violentas, de mucho enojo y discusión. Sin embargo se denotó algo antinatural, sus celos enfermizos no equivalían mucho a su expresividad corporal, que hay gente así se comprende, pero de esa forma se evitaba la intensidad y con ello había menos emoción para el público, pero la sobreactuación era un gran riesgo, aunque con lo hecho quedó más que decente, mucho si vemos que el peso estaba sobre él y el filme no reprueba. Sofia Humala, que viene de las tablas y que también debutaba en el cine, era más ávida en la manera de actuar, a ratos se hacía atropellada pero podías verla en el papel, una artista joven de teatro, fresca y a su vez indefensa ante ciertas circunstancias; no resultaba un estereotipo, se pudo pensar en hacerla bohemia y medio loca, no obstante se optó por algo más maduro, y se veía que tenía de dependiente emocional hasta económicamente, que hacía del personaje proclive a caer en las manos de Toño. Notabas esto en su construcción y no quitaba idoneidad e inteligencia a su práctica, como toda la obra que demuestra mucho oficio. Ahora Calero debe buscar atrevimiento y otro nivel de ingenio para que logre concebir ese cine que todos queremos, más internacional y complejo. 

domingo, 19 de agosto de 2012

Le Havre

Si alguien nos contara de que va ésta película seguramente no la veríamos, si estamos cansados de escuchar historias lacrimógenas de pobreza y superación, vasta repetir la sinopsis solamente para desencantarse y repeler esta propuesta, sin embargo la fábula de Aki Kaurismaki dista mucho de caer en melodramas insustanciales, sabiendo que su particular estilo lacónico y seco contrasta perfectamente con el aire combativo de supervivencia de los seres humanos, el resultado denota algo muy suave de digerir dentro del cine de autor sin que consienta efectismos emocionales tan fáciles de utilizar para llegar a un público menos exigente que no más sensible sino más momentáneamente sugestionable, no obstante hay material tópico en ello y se maneja con el estilo del finlandés que lo hace ver todo breve, natural, calmado y desprovisto de patetismo.

Podemos identificarnos y sufrir en cierto grado no tan crispado con ese niño inmigrante africano que no quiere ser deportado y que tiene la suerte de encontrarse con Marcel Marx (André Wilms), un viejo lustrabotas que tiene a su esposa sufriendo una enfermedad de pocas probabilidades de recuperación y que al considerarlo un niño grande no quiere revelarle la verdad; bajo la “frialdad” propia del cine de Kaurismaki que deja que cada quien procese la información que ve. Lo que no quiere decir indolencia sino es un tratamiento mucho más expositivo, más digno quizás, una aparente levedad disfrazada por una estética artística que sugiere bajo otra capa distinta, que no genera un ataque visual. Se evita que los actores sobredimensionen o expresen descarnadamente sus padecimientos, y aunque en toda la película vemos la precariedad de la situación económica de la pareja principal, o la dificultad para conseguir clientes a los cuales limpiarle los zapatos y hasta el no poder pagar comestibles básicos en una bodega, hurtar algún pan baguete para llenarse el estómago y pedir una copa gratis de vino a una amiga para paliar la dura jornada, se sobrelleva sin aspavientos situando un contexto realista, aunque por la invisibilidad y la indiferencia de la gente al lado del orgullo y la entereza individual hacen del filme un ineludible llamado a tocar el corazón frente a ese mundo que es muchas veces una desgracia.

Kaurismaki impregna sus filmes de un aura de personalidad propia, con las miradas perdidas de sus personajes, aquí más convencionales y menos raros, teatralidad (menos obvia), música que acompaña como imitando pases de tango (marcados cambios), comedia simplona, dolorosa e imprevista, una ambientación de pocos objetos emulando una puesta de teatro, un minimalismo representativo, caracteres definidos pero vivos, una tragedia griega parca que logra torcerse en el último suspiro, ante la imposibilidad y reticencia de la felicidad, una de las más injustas que se nos pueda imaginar.

La sensibilidad se palpa en hechos, como el “sorpresivo” acto del inspector, el ahínco de ayuda de Marcel, la confabulación de los vecinos aun habiendo punto discordante o algún enemigo, tampoco falta crítica. Culpan a la sociedad pero la subvierten con sus actos para bien del prójimo (el niño que es como ellos, sólo frente a la peor adversidad, como si no hubiera lugar seguro más que en el afecto de los demás). Se recrimina la idiosincrasia de la pobreza y la dureza con la que se trata a los inmigrantes, el que sobrevive en otro país pidiendo poco, a costa de perder su identidad, cuando en el microcosmos de un bar yacen personas de varias partes del mundo.

Kaurismaki ubica su película en Francia, en el puerto que inmortalizó Claude Monet y al que vemos en la fotografía rebozar en sosiego como detrás de la turbulencia, pero es como si aun estuviéramos en su tierra natal. La casita de Marcel, sus dos mudas de ropa en el armario o el preciado cotidiano vestido amarillo de Arletty (Kati Outinen, musa del finlandés) son ubicuos, des-territorializados, unánimes, y ese es el sentimentalismo más elogiable, no necesariamente el incandescente, como lo ha demostrado el autor con esta nueva obra que termina con unas plantas en flor, arguyendo un final de “cambio”, y no lo ha sido en realidad, las características esenciales de Kaurismaki están ahí aunque en partes contenida, el fondo de la trama se debe a sus constantes (la bondad y el amor), como con la infaltable irreverencia en la presencia de Little Bob (¿o no lo es?), un viejo rockero de la ciudad que nos hace recordar la vena musical que impartió con los Leningrado Cowboys, cantante que si no amista con su pareja no canta (reiteración contundente).Y cuando creemos que ya no hay solidaridad, no hay humanidad, la soñamos en la gran pantalla con un tipo llamado Marcel, notando que si uno disfruta viendo éste filme es porque cree en ello, a sabiendas que ya no nos pueden engañar, salvo si estamos ante un maestro como Kaurismaki.

miércoles, 8 de agosto de 2012

La Pivellina


La italiana Tizza Covi y el austriaco Rainer Frimmel compiten en el Festival de Cine de Locarno 2012 con el filme Der glanz des tages, que traducido sería “El brillo del día” o “El glamour de la jornada”. Revisando dentro de sus filmografías me topo con éste su único largometraje de ficción en que comparten autoría (Frimmel tiene uno más), además de dos documentales. La Pivellina fue propuesta por Austria como posible nominada al Oscar 2011 aunque no lo consiguió. La Pivellina ha tenido amplia difusión en festivales y salas de cine del mundo.

Con un estilo próximo al naturalismo nos retrata el día a día de una pareja de artistas de circo, de Patti y Walter, quienes llevan sus propios nombres y están realmente involucrados con ese espectáculo. Junto a ellos yace un vecino, de unos 14 años de edad, que es parte de la caravana circense, a la que remite su unión, y base de fondo del relato, el que se aboca al hallazgo de Patti de una niña de 3 años abandonada en un parque, la pivellina, que quiere decir la pequeñita.

No se puede evitar notar la relación del filme con el neorrealismo italiano, se muestra tal cual es la existencia de la gente que nos pone en pantalla, de una economía bastante rudimentaria pero que no les impide exhibir felicidad, tranquilidad y buenos sentimientos; se trata de esas personas que luchan por sobrevivir sin pedir ayuda a nadie y que no se quejan de lo que tienen que hacer, sino todo lo contrario. Entienden que la temporada del circo es corta y difícil, cuatro meses al año nomás. Sienten afecto por ello. Su espectáculo con cuchillos, los platos girando en el malabarismo, las ovejas funámbulas, los leones entrando a la carpa o el payaso practicando gags de comedia bastan para incorporarnos a una cosmovisión con apenas unos pocos minutos.

Se puede ver que son ellos mismos interpretándose, solo que con una naturalidad y realismo que se parece a la de cualquier actor experimentado, algo notable ya que están dentro de una película y se rigen a un guion, a una elaboración creativa, y es que también son artistas. Sin embargo no se puede evitar la sorpresa que engendra la niña Asia, la que titula el filme, ya que demuestra una fabulosa disposición a convencernos de su papel, aunque claro se dedica únicamente a ser ella; llora por un chupón, se ríe radiante y simpática pisando el agua de la lluvia, come ávida su leche con galletas de vainilla, se concentra con la amplitud de una deliciosa pizza, desconfía de su nueva familia y tiene la entereza para no extrañar a su madre como se articula en algún diálogo.

Todo el filme es exhibirnos la cotidianidad de su mundo, el entorno, sus juegos, sus tareas, su compartir diario, y aun así no cansa ni se vuelve tan simple como para descalificarse en la ausencia de una historia. Es la curiosidad de la intrascendencia, bajo un nuevo elemento importante en función, el cuidar de la chiquita y asumir el rol familiar pero que refleja una composición artística, dentro de un contexto especial como el circo, junto con el vinculo en que se ve a la periferia de Roma en sus población más popular. La sencillez es notoria e incluso el trato escénico es consciente del tiempo, los momentos están dosificados y distribuidos de forma que generan atención y entretienen, hay mucha dulzura; un pero sería que por el desenlace anticipan acciones, se vuelve el filme menos espontaneo, pero se agradecen las explicaciones base -algunas visuales- sobre los personajes, los amigos, su quehacer laboral o sobre su vivienda.

Nos hace pensar y compararlo con el séptimo arte que hacen los hermanos Dardenne, exponentes de un cine social multi- premiado en festivales como con la impresionante suma de dos palmas de oro en Cannes. Se puede intuir su influencia en alguna cámara temblorosa o coincidir en el reflejo desfavorecido de una parte menos conocida y poco tratada de la sociedad actual europea, pero son distintos, aquí no hay un “indispensable” pesimismo ni un gran conflicto. El trato con la niña siempre es positivo y plagado de amor, de paciencia, de un deseo gigante de adoptarla. Las personas son bondadosas, salvo en algún pequeño maltrato a un perro. Tampoco sabemos del abandono de la madre de la niña ni si volverá. No deja de ser solo una circunstancia que no se aborda directamente como estado de reflexión, quizás esto puede desalentar un poco, pero queda un estado de poca intromisión que también se valora. Trataremos de imaginar, disfrutaremos simplemente del relato, siendo fácil de digerir y aunque puede ser visto como menor no deja de ser una buena opción.

Odete

Estamos en la última semana del Festival de Cine de Locarno (Suiza), exactamente hasta éste sábado 11 de agosto, por lo que revisaré algunos directores que postulan al leopardo de oro, la más alta presea que corona la pugna del encuentro. Éste año son 19 los participantes. Así vivo un poco a la distancia dicha fiesta cinematográfica. El evento que nos convoca se da como un escaparate para el cine de autor e independiente, se presentan pequeños cineastas de distintas partes del mundo incluyendo -y mucho- al cine indie norteamericano o algunos directores con trayecto pero poco conocidos fuera de un círculo, aunque no estamos hablando de Cannes, máximo cine de autor con nombres consolidados, ni del Oscar, la gala de premiación del mejor cine masivo de entretenimiento. Sin embargo imita al primero y a la vez hace la diferencia por apostar por autores más rebuscados –generalizando son los de segunda plana- o también recién iniciados. Locarno tiene la particularidad de no distinguir entre documental y largometraje de ficción en su galardón oficial del pardo d´oro y de atreverse a un séptimo arte raro y audaz como el que tenemos enfrente que visto bien es más extraño que otra denominación.

El realizador portugués Joao Pedro Rodrigues, reunido por primera vez en un largometraje con Joao Rui Guerra de Mata compite con La última Vez que vi a Macau. Viendo dentro de su filmografía me tope con Odete (2005), la segunda dentro de 4 largos de ficción, que con 2 documentales y 6 cortos completan su hoja de vida cinematográfica. Nos remite al encuentro de la chica del título, una mujer con problemas psiquiátricos que quiere tener un bebé, y Rui, un homosexual que acaba de perder al amor de su vida, Pedro, al que ve transpolado a la obsesiva Odete, la que intempestivamente en el funeral de él confiesa haber sido su pareja secreta y llevar su hijo en el vientre, para luego volver su excesiva motivación hacia Rui, el que sufre la pérdida de forma devastadora. Ese será el panorama general del filme que depende de un tratamiento lleno de elipsis -la relación entre Pedro y Odete, su vecina, no se esclarece en ningún momento aunque observando llegamos a algunas ideas- y un discurrir lento escurridizo en las explicaciones que llegan tras bastante metraje.

El filme tiene la habilidad de lucir misterioso y parece un drama serio pero termina siendo harto inusual, difícil de digerir en cuanto a la sustancia de fondo y en gran parte decepcionante si vamos por la ruta antes dispuesta de “sobriedad”. Sin embargo si caemos en la cuenta de que es una historia nueva para uno nos convencerá mucho más, entre comillas porque tampoco ya hoy en día es del todo original viéndolo bien, con respecto a los cambios de sexo y la aparente bisexualidad, además de tener recurrentes escenas sexuales fuertemente sugerentes de índole homosexual que pueden incomodar a quienes no lo ven erótico, algo gratuitas por más que se comprenda como parte de la depresión de Rui, y hasta alguna peculiar al uso, un poco irónica a mi ver, que resulta extrañamente cursi además, de mal gusto (todavía en el desenlace), perdonable si notamos que Pedro Almodóvar también es proclive a estos ataques de genialidad y ya siendo condescendientes por muchos cineastas que quieren rematar su película con un supuesto cierre creativo, si bien lo que hace Rodrigues lleva la esencia de un cine extravagante que se luce articulado en darlo por natural o entendible en lo real, otra característica del manchego.

Ésta es una propuesta que en su trama se queda en lo superficial pero que como relato resulta curioso, Odete es una de esas personas que han enriquecido con un matiz más el ecran con su particularidad, un nombre digno de esos personajes distintos que provoca escuchar y del que se reviste el mundo en su variedad, de alguien cualquiera pero especial a su misma vez, que no ha hecho nada importante pero que lleva una vida extraordinaria, sin fingir sino porque lo es y en eso ha valido la pena la película.

viernes, 3 de agosto de 2012

The dark knight rises


Recuerdo con mucho cariño la primera película de la que tengo memoria haber disfrutado en una sala de cine, yo contaba con 9 o 10 años de edad, se trataba de Batman (1989), de Tim Burton, y fue algo impresionante para el tiempo, para muchos ostentaba esa oscuridad que hoy en día se le atribuye a Christopher Nolan. Sentado en una butaca de un viejo cine de Sullana, Piura, pude ver a un superhéroe en carne y hueso con la majestuosidad que el séptimo arte reviste al personaje (el de la tv., el Batman de Adam West, estaba muy cerca de la comedia, voluntaria e involuntaria, de ambas, aunque era entretenido, pero no para tomarlo muy en serio). La escena en el callejón con un joven Joker sonriente preguntando: ¿alguna vez has bailado con el diablo bajo la pálida luz de la luna? me tenía embobado. Más tarde la burla y la fantochada de Jack Nicholson invadirían la pantalla, para luego llegar el esperado protagonista enfrentándose al guasón que quería gasear la ciudad y dar muerte con una sonrisa a la población de Gótica.

El mes de julio nos ha deparado la última película de Batman de la trilogía de Christopher Nolan, finalmente ha llegado y ha sido algo épico como se esperaba, casi tres horas de acción. Nuevamente el sentimiento de la primera vez ha regresado para dar rienda a poder concretar la imagen global que la obra de Nolan ha plasmado desde hace 8 años. La experiencia ha sido distinta pero la magia perdura en otro tipo de producto, Batman sigue imponiendo su magnetismo en aquellos que aun guardamos estima por el superhéroe de nuestra infancia.

Ésta vez tras su retiro el hombre murciélago descansa en el recuerdo como el asesino de Harvey Dent; a los ojos de la gente fue el probo fiscal de distrito que representaba la esperanza de la justicia en la ciudad caótica y siempre proclive a la anarquía de Gotham city. Sin embargo la verdad es que en la oscuridad se corrompió como Dos Caras, gracias al plan macabro del Joker quien aplica la idea de que nada es impoluto de acuerdo a ciertas condiciones, por ello la imagen de Dent debe ser salvada para crear esos ideales que mueven a los seres humanos, algo muy claro en el contexto americano donde sin bases no hay unidad ni destino en común.

Surge un nuevo enemigo para Gótica, que puede ser visto como un sobrenombre para New York o alguna ciudad cosmopolita de Estados Unidos, ya que Nolan aplica a su obra abundante realismo que le da verosimilitud y sustancia a esta ficción que proviene de la –en general- superficialidad de un cómic, incluso se hace alguna broma sobre el disfraz de Batman que luego se justifica con que es una forma de crear miedo y misterio, a lo que el superhéroe desprovisto de máscara revela que se trata de encubrir su relación con sus seres queridos y crear la sensación de que cualquiera puede ser el protector de la libertad y la tranquilidad de la sociedad, para el caso vencer la criminalidad que gobierna alrededor y hace peligrar esa condición.

Surge un nuevo componente que hace retornar la propia fe en ser un vigilante nocturno, repudiado en un inicio por la policía salvo por el comisionado James Gordon (Gary Oldman) que conoce del esfuerzo de ese entregado salvador, de ese envejecido, desilusionado, oculto y renco Bruce Wayne (Christian Bale). Éste componente se llama Bane, un mercenario que sigue el camino que fue impartido por la locura y maldad del Joker (inconmensurable Heath Ledger en el papel que dio el fruto de un merecido Oscar póstumo por actor secundario). Se trata de imponer la anarquía, ésta vez de toda la población inducida a la rebelión al aprovechar la debilidad de los agentes de ley ante una bomba de grandes dimensiones. Sin embargo Batman desliga de las mayorías la teoría de esa aproximación natural humana a la supuesta libertad absoluta engendrada en la utópica anarquía diciendo que la responsabilidad y el deber son inamovibles del compromiso con la sociedad (ante el reino del caos la ausencia de figuras también depara silencio, espera e inmovilidad de las masas). Esto último es algo aceptado que demuestra una necesidad que hay que adoptar sin fantasías, para ello en este caso la paradoja resulta en que el motor de ello es la intromisión de un superhéroe imaginario, ajustado a un especial contexto pero que puesto a cumplir con el realismo del que se adhiere constantemente se defiende arguyendo que el orden es intrínseco a nuestra evolución y convivencia, una segunda piel que nos realiza, por ende la lucha es de todos, para lo que se sostiene no solo de sí mismo sino de un colectivo. Batman es uno más, aún no siéndolo definitivamente, al igual que Bane. Sin embargo son solo líderes y símbolos de algo más grande y masivo, la perenne lucha entre el bien y el mal ajustado a la estructura de la sociedad, lo prodigo y lo destructivo. Por eso ahí vemos a los agentes policiales chocando frontalmente contra los terroristas o al joven oficial John Blake (Joseph Gordon-Levitt), Robin, que lleva una audaz argumentación sobre su persona, en un magma que surge de la relación de admiración que le produce la figura de Batman, el que se convierte en propulsor de heroísmo, de identificación. Wayne representa además un huérfano inspirador, su sufrimiento ampara su lucha y su lugar tiene solidez en clave de epifanía, un llamado para el compañero que ve en el mentor y superhéroe su camino, esa voluntad de paz contundente que quiere prodigar. Gordon sigue siendo indispensable para no salirnos de cánones normales, de no perder la fe en el orden público que es complementario, recordemos que es la historia de Batman pero que Nolan quiere veracidad, por lo que Batman desaparece y se entiende en ese final pausado, no sobre-exaltado aunque valiente y sobre todo afín.

El querido mayordomo Alfred (Michael Caine) temiendo por la vida de su señor al que ha criado desea un devenir ordinario para él y sueña con encontrarlo con la mirada sentado en un café en Florencia con una pareja. Wayne en su condición de soltero y solitario no posee el afecto estable de ninguna mujer, encima vive con el recuerdo de la que perdió, pero nunca le faltan parejas. En el filme tiene dos relaciones. Alfred tiene en la historia una participación bastante menor, muy parecida a la de Lucius Fox, Morgan Freeman, aunque son básicos en el relato. Yace en una sub-trama poco engordada pero que da algo de matiz a la carencia de mundo del personaje de Wayne, poco desarrollado realmente. Caine da realce a un personaje muy pequeño aunque reconocible, en contraste a otro secundario que más bien no funciona tan bien, se trata de Marion Cotillard como la magnate filántropa Miranda Tate, y a pesar de que toma importancia y resulta coherente parece algo muy hollywoodense, que hay que anotar que es muy parte del universo Nolan que mezcla el aparato comercial con ese cariz profundo que emerge de su imaginación y la de su hermano Jonathan Nolan que participa en el guion de éste definido como entretenimiento inteligente.

Un detalle a recalcar son las vueltas y resonancias que toma aquel niño que logra escapar de una prisión inexpugnable a la que hay que salir por arriba escalando sin arneses, se hace alusión de que la desesperanza llama a la fe, y para ello huir parece posible si bien la muerte siempre se manifiesta ante la tentativa. Ésta es una atractiva incorporación, parte del entretenimiento y que reporta un reto para el hombre detrás de la máscara, el que tendrá la oportunidad de intentarlo poco después de la derrota tras un combate a puño limpio muy bien articulado, espectacular, que despliega una simpática coreografía de artes marciales.

Se unen cabos, no solo dentro de ésta realización sino con las anteriores; las tres representan un tríptico, una continuación que puede ser vista independientemente pero que son más que un rótulo de unidad. Resurge la presencia de Ra´s Al Ghul (Liam Neeson) y la liga de las sombras, Bane hace hincapié en que es su sucesor, aunque hijo "ilegitimo", una vez que se descubre mucho más que un peón de causas ajenas al servicio de un inescrupuloso empresario John Daggett (Ben Meldensohn, el recordado Pope de Animal Kingdom) y que termina teniendo una causa afectiva -que tiene mucho de literal- a la cual seguir, el reverso/reflejo de Batman. La oscuridad que ha mantenido toda su existencia lo ha construido, lo ha vuelto cruel y lleno de venganza, algo superficial que recalca su fortaleza y su característica de rival difícil de vencer, y es que la historia requiere un poco de resonancia y simple vitalidad.

Se puede ver a Jonathan Crane (Cillian Murphy), El Espantapájaros, como juez de los ciudadanos a los que se quiere despachar; muerte o exilio clama y obliga a cruzar el hielo quebradizo. Toda la obra y creatividad de Nolan retorna, se asimila como una cosmovisión que predomina como una singular propuesta de un nuevo Batman, único y a la vez verificable en la esencia de su padre Bob Kane que estaría orgulloso de la transformación a la que al día de hoy asistimos. Distinta a lo que hizo Tim Burton, pero que vivirán paralelas como dos opciones destacables. Una más pegada al carnaval, a la extravagancia, a lo puramente fantástico y a lo freak y gótico -valga la redundancia- del estilo Burtoniano; y otra a una resolución mucho más verificable, que admite menos la inocencia y la dramatización de corte infantil, una más adulta, pero ambas divertidas a su modo. El comienzo no tiene nada que envidiar a una cinta del género de acción, en cualquier circunstancia impresionante y trepidante donde la precisión, los adelantos científicos, la CIA y terroristas se dan espacio, y eso gobierna la película, combinando la fantasía y lo que hay en el mundo actual, mercenarios escondidos en lo desagües o un táctico robo armado a la bolsa de valores.  

Junto a Bane, un musculoso y calvo Tom Hardy escondido detrás de lo que parece un bozal y con la voz distorsionada, magnifico en lo que será un escalón más al estrellato en Hollywood, está Catwoman, Selina Kyle (Anne Hathaway). Se veía complicado que superara la actuación de Michell Pfeiffer y no lo ha hecho. Sin embargo ha dejado una buena sensación, mucho pensando que ella se suele presentar algo cómica e intrascendente y requería de sensualidad y algo de oscuridad; en el filme de Nolan levanta las piernas en incontables situaciones misma danzarina de ballet o animadora en un partido de básquetbol, usa ropa apretada, se reviste de seducción, lo que aunado a su rostro hermoso puesto a la seriedad toma razonable contundencia. Se ha hecho loable su interpretación como una ladrona de guante blanco; su disfraz parecía innecesario ya que se podía deducir quien era por lo que más ha sido lucirla lo más apetitosa posible como asumir el personaje, poco ha sido el esfuerzo de no dar a conocer su identidad. Pero el guion justifica esa elección, ella busca limpiarse de un historial delictivo y esa es su motivación principal, y ya que se sabe que es una delincuente menor conocida dentro de los archivos policiales poco implica saber o no quien es a vista de los demás. Otro punto es su ambigüedad en cuanto a sus acciones, termina jugando en ambos bandos pero algo reparable es que Wayne desde siempre le brinda el beneficio de la duda al extremo de caer en desgracia, interesante ya que de arranque ella muestra su verdadera inclinación robándole un collar familiar, comprensible solo porque Wayne descubre que ella quiere algo más, tiene alguna secreta intención que la mueve a tratar con criminales, agregando la atracción que ella despierta y como se sabe el amor perdona hasta lo imposible. Nunca antes Hathaway ha estado más hermosa y eso se aprecia porque asume un papel menos cotidiano a su frescura y ligereza, un acierto de un “osado” Nolan que ha confiado en la que parecía su carta más ardua de superar en cuanto a elegancia y complejidad; con ésta actriz se da otra de su marcas de autor, articular componentes de lo minoritario con figuras populares (la trama tiene cierta dosis de intrincamiento y veracidad, pero visto bien tampoco es demasiado, nunca pierde de vista al público).

Sobre el mismo Batman hay que aplaudir que no cae en lo ridículo esperando de él una versión madura, asunto peliagudo sabiendo de que va el cómic, usar el calzoncillo encima de una malla es algo que puede ser muy risible si aspiramos a la credibilidad o estamos acostumbrados a los dramas relevantes, pero el hombre murciélago revestido de su aura todo el tiempo es rudo, parco, activo y oscuro. Se moviliza bajo el uso de la alta tecnología, usa motos modernas que sirven para posturas sensuales, como las fantasías de Joel Schumacher, si me permiten la ironía, pero respaldadas por el público; un aparato de vuelo impresionante y un vehículo de guerra que parece un tanque, prototipos que se ven bajo la lupa de la ingeniería militar de avanzada. Puesto en el traje, la voz cambiada de Bale y su semblante se imponen haciendo que esta película vibre en la pantalla, se sienta consistente y no nos hace creer en algo kitsch. Estamos ante un filme mayor salido de un cómic y que no deja de serlo, teniendo una perspectiva elogiable que alimenta nuestro lado más efímero con algo mejor y aun así seguirá siendo solo una opción a escoger, notando que no es la banalización de la complejidad sino la complicación de lo menor sin que tampoco lo sobredimensionemos y salga de su lugar de entretenimiento, además de fabricar sustancia en arquetipos con aire de outsiders y con ello estamos ante una gran parte de lo que significa hacer cine, un buen séptimo arte masivo.