martes, 26 de abril de 2016

A Magical Substance Flows Into Me

La directora americana nacida en Palestina Jumana Manna hace un filme convergente, dirige la eterna enemistad árabe y judía compartida centralmente en el territorio de Palestina e Israel, donde enfoca sus visitas, exposiciones y conversaciones, hacia la música autóctona de las distintas etnias de Oriente Medio y el norte de África, llegando incluso a poner a prueba al oído vernáculo tocando los sonidos del otro, fomentando unidad y sentido de pacifismo y alegría conjunta –tal cual el cierre del filme- en lo que nos hace a todos humanos y hasta dignos de cariño, todos iguales en la belleza y la variedad de la música folclórica, apareciendo, entre cantos, distintos y curiosos tipos de instrumentos de viento, cuerda y percusión.  

El ambiente escogido por Jumana para cada encuentro no es otro que el del hogar, apuntando a que sus invitados hagan una especie de ofrenda, a desarmarse por entero, a tomárselo con relajo, a no pensar en rechazo ni enemigos, que eso es lo que propone tener la cámara enfrente, como hace ver la sugerente pregunta de ¿qué piensan tus padres de tu trabajo?, y no parece tan fácil, pero termina siéndolo. Qué mejor que en el espacio más íntimo y auténtico que tenemos, en todo un ejemplo de comunión, en el lugar que solemos proteger más, que a través de este documental muestra todo el calor que uno puede tener y eso lo hace posible la música, y la finalmente buena voluntad que la mayoría de hombres tienen, en medio de tazas de café, cocinas, libros ancestrales e historia, regar las plantas, fumar, hervir alguna hierba, hace yoga o estar frente a la computadora, es decir, dentro de la mayor cotidianidad, calma y naturalidad, habiendo también ratos de franqueza y alguna pequeña crítica, no es que tampoco se trate de tapar el sol con un dedo, no obstante éste filme no pretende abordar ningún estado de conflicto, que no sea mostrar que árabes y judíos pueden ser capaces de llevar la fiesta en paz y hasta de provocar entre ellos felicidad, la mágica sustancia que flota dentro de uno, que anuncia el título.

Un hombre mayor y muy bien instruido expone con claridad y sin dilatarse la problemática de la región revisando la disposición histórica al vínculo entre judíos y árabes en Palestina, luego cuando va a dar una conclusión, hacia una imposible buena interrelación, corta el tema político y decide ir a disfrutar de la vida. No pretende complicarse ni enarbolar ningún odio, tal cual es el concepto del filme, de lo que muchos invitados aparecen practicando la devoción de la fe, y yacen en familia o con amigos. Es un trabajo que se inspira en las grabaciones de radio de la década de 1930, del etnomusicólogo judío alemán Robert Lachmann, que emitió desde los territorios palestinos un programa sobre música oriental de todos para todos.

lunes, 25 de abril de 2016

The Island Funeral

Laila (Heen Sasithorn), su hermano y un amigo, jóvenes que radican en Bangkok, deciden ir al sur de Tailandia, empecinada la mujer –una dama segura de sí, aprehensiva, curiosa, sensible, como suponemos a la directora- en buscar a una “extraña” tía, al lugar de origen y creencia religiosa de estos hermanos, a la provincia de Pattani, una de las tres provincias del país que tienen predominio musulmán y que contiene un centenario y antiguo conflicto separatista que es sofocado por el gobierno de turno, en especial el militar, tema y presencias que el filme de la tailandesa Pimpaka Towira deja ver –la fe musulmana; maniobras del ejército-, mucho como destellos, pequeñas Mise-en-scène bastante artísticas, o flashbacks, lo que aparentemente es la lectura central de la propuesta, en medio del entretenimiento de un filme con cierto aire a uno de género. La propuesta maneja misterio y suspenso, pero va más allá, trata la realidad política general de su nación, de inestabilidad –tanto cambio y golpe de estado- y cierta sombra de una falta de libertad, desde la religión (en un país mayoritariamente budista).

El filme es potentemente inquietante, donde el miedo tiene mucha presencia, como lo representa el amigo llorando y esperando lo peor del viaje, o que Laila vea un especie de fantasma en plena carretera. Laila observa cruzar frente al auto a una mujer desnuda, sucia y encadenada, una imagen sugerente de la realidad que se vive en  Tailandia. Ésta es la esencia del filme, un estilo sutil de expresión. Se habla de algo que no se ve. La fantasmagoría, la mitología y el folclore yacen tenues, se esconden en el ambiente, en algunas visiones que tienen de realidad y sueño –una mujer sumergida en el río en plena noche tras el viaje medio místico en bote- o debajo del descubrimiento tras las pesquisas de la villa de Al-kaf, de una procesión funeraria, de una isla que aunque más lúgubre recuerda a El hombre de mimbre (1973). Percibimos una amenaza a la libertad y al derecho no explicita (claramente emparejada con la atmósfera del filme), se implica harta sutileza, hasta “abrirse” hacía la conversación de la cena de aquella casona en medio de la selva. Es un filme que sabe a aventura de aire siniestro, bajo tentativas de que algo puede suceder en cualquier momento, lo que fácilmente pudo ser una película de terror.

sábado, 23 de abril de 2016

The Laundryman

Un asesino a sueldo (Joseph Chang), que toma su trabajo como uno cualquiera, sin ninguna animadversión, menos remordimiento, con todo profesionalismo (hasta una misión implica que se travista), se ve perseguido por los fantasmas (ancianos, jovencitas, gente sencilla) de las personas que ha asesinado. Estas almas no quieren vengarse de él ni torturarlo como en principio parece, estilando una comedia de terror, apareciendo en su pequeño cuarto y generando una notoria claustrofobia, de lo que surgen momentos de humor bajo la gracia, simpatía y desenfado de un atemorizado, algo ridículo y sorprendido Chang, sino desean descubrir la razón de sus muertes, asunto que desconoce nuestro protagonista, que simplemente cumple las instrucciones que le envía la despampanante y fría femme fatale A-Gu (Sonia Sui), dueña de una lavandería, donde se desaparecen finalmente los cadáveres haciendo de cubierta criminal.

The laundryman interactúa entre la comedia  y el thriller, habiendo escenas de acción, peleas a puño limpio, muy bien coreografiadas, intensas, impredecibles, usando cualquier cosa para golpear, ostentando su toque de gracia y una música de buen rock de fondo, potenciando los fuegos artificiales. Hay un estupendo combate bare-knuckle en el lugar menos apropiado, incomodo, en que pelea el (anti)héroe que hace Chang con múltiples atacantes, u otro donde se le unen mujeres, descubriéndose como artistas marciales bastante atléticas, veloces y gimnasticas.

No abundan las peleas, habiendo centralmente la búsqueda de la solución para cada fantasma, quienes fomentan su propia historia y ocurrencias, pero el filme llena tranquilamente el requerimiento de escenas marciales de decente extensión, ya que esta propuesta pretende plasmar ante todo una historia variopinta, curiosa, más que una película de acción pura y dura, en medio de sencillas sub-tramas, hasta la reveladora y remate, de lo que la película llega a convertirse en algo compleja, justo cuando el argumento parecía haber ya mostrado la mayor parte de sus cartas, al abrirse una “nueva” perspectiva con el origen de la lavandería en una especie de Correccional, medio Manicomio, y el sobrenombre “No 1, Chingtian St.” de Chang, aunque hay que decir que el filme nunca abandona la broma ni el entretenimiento, la aventura fantástica, la pesquisa, que es, desde luego, lo que más le importa al director taiwanés Lee Chung, para lo que interviene un tercer puntal (el cuarto es el dúo de policías que es de lo más flojo y poco que mencionar) en que la médium y exorcista Lin (Regina Wan) implica mucha locura y extravagancia, típica oriental, como que al musculado y asesino implacable Chang le sale la pareja romántica más infantil y menos glamorosa del planeta, aunque divertida y plástica, con un trato tipo de amigos cercanos, en contraste con uno lujurioso y de forcejeo con A-Gu.

El espejo (O Espelho)

Un hombre formal de mediana edad juega solitario a los dados (el azar romántico, la vida misma), en medio de una habitación adornada de muchas bellas y poco explicativas pinturas, como quien le propone un reto al espectador, luego decide salir de ésta silenciosa casona de campo e internarse sin destino preconcebido en la naturaleza, atraído por algo, lo que responde a una aparición fantasmal, medio animal, sensual, cuando de pronto sale una hermosa mujer de un lago, muestra sus seductores pechos y un enigma,  ¿de qué trata todo?, en ello el filme es bastante misterioso, sin embargo afloran varias lecturas, no solo la lírica de una danza difuminada por el lente, también como implica el propio título, ahí anidan las vidas paralelas (ese cambio de posición en el reflejo del lago) y los dobles (como vemos en el final).

El debut del brasileño Rodrigo Lima, basado en el cuento homónimo de Joaquim Machado de Assis, tiene su discurso, uno que versa sobre la complementariedad indisoluble del mundo externo e interno, como que el hombre se ata a algo opuesto que puede ser cualquier cosa, a grosso modo la relación fantasmal, pero ¿quién es real en la actualidad del filme?, todo apunta a que la mujer de aire vampírico y sexual es parte de un viaje espiritual, quizá simplemente lisérgico, parte de la memoria del lugar, del hombre, quien la despierta,  pero también yace el eco de una muerte violenta (como señala el encuentro de un arma y un disparo, o puede que sea solo la poética del abandono, tal cual el sombrero mojado), todo es gaseoso, y es que el surrealismo y la oscuridad dominan el relato, un escenario poético, pero también salvaje, como la interrelación de esta pareja, que habla de lujuria, intensidad y exceso, tanto de melancolía, como bien expresa un bote, un paseo romántico, de la mano de la rotura y la inundación simbólica. No obstante, aparecen imágenes familiares, de infancia, en el lugar, en formato Super 8, que se pliega a un aire experimental y al extrañamiento general, al juego de lo semi-narrativo, de lo que sabe a cierto cuento de terror, en un poderoso emerger del lago y deambular selvático, donde subyacen las sensaciones, los besos, los encuentros sensuales, la memoria.

viernes, 22 de abril de 2016

Las lindas

La argentina Melisa Liebenthal con solo 24 años demuestra harta noción (de lo que significa el documental en esencia), entrega y un aire fresco en su ultra honesta (hasta la “auto-zancadilla”), inteligente y simpática ópera prima, que en lo principal y más destacado es un estudio sobre los arquetipos contemporáneos de la belleza, pasando revista de paso a la historia de la estética femenina en el tiempo y su relevancia social y humana, habiendo una reflexión y crítica intrínseca a ciertos parámetros de exclusión, ya que la propia Liebenthal se pone de ejemplo (contrario), exhibiéndose críticamente sobre no pertenecer al ideal ni al canon de la belleza, de lo que siempre se consideró una mujer poco agraciada, producto de varios factores, que llegan a lo especifico, como tener una voz masculina (que inclusive hacía que la señalaran de lesbiana, asunto que ha pasado por su existencia en el apunte de que una de sus mejores amigas es gay), por su ancha ropa a lo tomboy, por no desear sonreír ante la cámara (como sentido de rebeldía y a su vez de auto-contemplación estética), o por no fomentar en sí un cuidado más femenino (como la depilación), teniendo una cierta mayor necesidad de arreglo a la que no estaba muy dispuesta (le abunda el vello corporal), no obstante, como refleja el filme, la belleza ha sido y es parte de su vida, tener siempre presente ser aceptable para el contrario.

Melisa Liebenthal no se desespera por querer que nos congraciemos con la situación que presenta o ha presentado, sobre todo poniéndose ella de precepto, como quien diría que pretende que lapidemos las exigencias sociales de la belleza, como haría la mayoría (y sería el gancho obvio), ¡no!, más bien es como una comparación, científica, a un punto, departe de la autora, entregada a una temática vivencial, tanto como de sensibilidad y auscultación reflexiva que nace en el espectador, en un sentir de crecimiento e identidad (que atañe a todos), la documentación de un yo, dentro de la adolescencia, mientras pone en el tapete la discusión voluntaria, libre, de estas disposiciones, quedando procesarlo y dirigirlo por uno mismo, al dejar simplemente unas bases comparativas, con una conclusión que queda elíptica en Liebenthal, bajo un toque de ironía y positivismo, un optimismo que recorre todo el filme, por lo que corre por nuestra cuenta determinar una conclusión, pero que naturalmente cae por su propio peso.

En el documental no hay una exigencia moral ni nada por el estilo, nada directo. Pero sí se comprende que la belleza puede ser algo tan vacío y cruel, un problema para muchos, que puede crear complejos y hasta una vida mermada, pero no exageremos, porque el filme no lo hace nunca, la relación saludable pasa por aceptarnos, por perpetrar pequeños cambios y sobre todo no darle sobredimensión al asunto, pero sí dándole la noción y el entendimiento justo y sano, y en ello es un llamado colectivo, no de lastima, sino de sentido común, y de mayor alcance de madurez con el tema, e interrelación humana, desde toda persona, principalmente desde uno.

Liebenthal para proponer todo esto hace uso de un extenso material –de una recopilación cariñosa y lúdica de más de una década, con participaciones muy íntimas, incluso tiene una buena amiga que no quiere salir hoy en día en cámara, le tiene fobia- de video casero, fotos y recuerdos, reuniéndose con su pasado y diario vivir, o sea, sus fuertes lazos con las amigas de siempre, con las que comparte vivencias en el presente del filme. Pasa revista junto a ellas a las distintas etapas de su infancia, adolescencia y juventud, en un canto de sonrisas, contextos y anécdotas, que como todas las relaciones humanas es todo un universo propio, aunque común. Al respecto el filme exhibe una narrativa amable, fácil de sobrellevar, que predomina en el conjunto, donde hay unas intervenciones que no siempre son las más interesantes o profundas, pero avivan la identidad, la espontaneidad y la amabilidad general, porque rayan en la sencillez de las amigas participantes, que pueden no ser tan curiosas a fin de cuentas, aunque bajo la “grandilocuencia” de suponer parte trascendental del documental, cosa que no es equivocado, tienen su cierto encanto menor y necesidad, pero el verdadero poder del filme yace en las pocas intervenciones visuales, la voz en off de ella siempre acompaña, y hay documentación casera, de la directora, intelecto y protagonista. Con ello logra concebir un documental alegre y a la vez pensante, con una fisonomía humilde, seria, radiante, que la hacen una propuesta enriquecedora dentro de un empaque relajado y por una parte superficial, porque todos lo somos al fin y al cabo, por eso no se trata de lapidar ni encender nada, como hace Liebentahl en su tono, sino tomárselo tranquilo, con humor, y superándolo con madurez, tal cual lo ha consumado este pequeño documental, que tiene todo en su punto, luciendo ligero en muchos sentidos, pero también suficientemente inteligente para trascender, apoyando la noción de que la belleza yace en el compartir con los que amamos (los lindos/lindas, para nosotros), dejando a la par una deliciosa, alturada, ligera, crítica constructiva y complementaria, tras la audacia de manejar eternas presiones sociales.

Communication & Lies

El debut del surcoreano Lee Seung-won es un filme provocador, aunque al cine cada vez le cuesta más extrañar al espectador curtido. No obstante, ciertamente, sale del común denominador del séptimo arte de su país, aunque puede verse como un Hong Sang-soo hiriente, mucho más cruel y perverso (donde el alcohol tiene su uso propio). El filme nos muestra una relación “amorosa” entre una empleada de limpieza y un profesor. Ambos tienen pasados cargados de traumas, la pérdida de seres queridos, tomar medicación y un grave sentido de culpa, que los hace vagar por el mundo, sobreviviendo como pueden tratando de resistir sus pesadas y dolorosas mochilas existenciales. De paso ambos exhiben problemas mentales, les ronda el suicidio y una desesperación interna que aflora en sadomasoquismo o potentes depresiones que los materializa como unos freaks y antisociales. Es más visible –y está mejor trabajado- en ella que se lapida siendo promiscua con maestros (le entra a todo, quiere que la humillen, que alguien se vengue de ella).

La película abre con una llamada de atención -y clásico encuadre de cine arte- a la mujer sufrida protagonista, que de espaldas a la cámara estática escucha y afirma descaradamente toda la increpación que deja anonada a su interrogadora que poco puede entender su actitud y libertinaje, para lo que avanzando el metraje el filme se justificará plenamente. La película está grabada en blanco y negro con el que luce su bajo presupuesto con todo el ingenio de las tramas mínimas y del vivir complejo de nuestra humanidad social, haciéndonos ver a dos seres al límite de sus fuerzas, entregados a hacerse daño, como ella que férreamente quiere castigarse, y hace de éste maestro introvertido una relación más de ese aspecto, cuando éste no sabe a lo que se entrega (una prueba muy grande que exagera), habiendo más un camino de machaque que de liberación, que hace exigente a muchos resistir, visto que es común otorgar siempre respiros en el cine. Un cierto problema puede ser la credibilidad del enamoramiento, aunque puede que en realidad no exista y sea solo un tumbo más de éstas almas perdidas. No obstante yacen en el proceso de algo, pero no la comunión típica del lugar romántico, de lo que asoma una frialdad narrativa, pero cuidada, viendo cómo se entregan sin cortapisas a la miseria anímica.

Es un filme con varios flashbacks, los que fortalecen el conocimiento de su manera de comportarse en el presente. Pero no todo está expuesto, hay que decir. Le sobreviven pequeños lugares a llenar espacios, queda medio oscurecido, aunque hay más que suficiente, ya que vemos mucho background de todas formas. El filme es sencillo, pero decentemente ingenioso, como notable la escena de uno de los encuentros de esta pareja en que el sexo es el hallazgo de sus pesares y deficiencias, con el uso de chopsticks. No esperen un filme de tragedia y romance típico, sobre todo en la veneración del séptimo arte por las mayores resurrecciones y triunfos desde bien abajo, sino es el grito de los derrotados e invisibles, uno que se repite una y otra vez, donde no suelen aflorar los reconfortantes y fáciles finales felices.

The Revolution Won't Be Televised

Se acercan las elecciones a Senegal y el actual presidente Abdoulaye Wade quiere reelegirse por segunda vez, perpetuarse en el poder bajo una controversia constitucional, por lo que en este filme vemos desde a fines del 2011 en adelante cómo surge un movimiento contra aquel político, llamado Y'en a marre ("Estamos hartos o ya tuvimos suficiente”), donde parte importante de esta sacudida popular la lideran dos raperos senegaleses, Kilifeu y Thiat, padre e hijo, que pertenecen al grupo de hip hop “Keur gui” junto a un poco versátil DJ. Ambos vocalistas no quieren pertenecer a la política, simplemente son activistas por la democracia y lo que creen mejor para el país, mientras ejercen su música que está impregnada de mensajes directos sobre la realidad de su nación y la lucha contra los corruptos o los malos dirigentes políticos.

El documental de la adoptada y comprometida senegalesa nacida en Mauritania, Rama Thiaw, es la vista del movimiento enfrentando naturalmente en las calles a la policía tras sus marchas, pero enarbolando sobre todo un mensaje pacifista, aunque intenso y frontal, no siendo ninguna revolución tradicionalmente violenta, más bien moderna y si se quiere alturada en lo posible, no obstante la música de Keur gui es potente y filosa, poco sutil, como la convicción de estos raperos sobre fiscalizar el poder. Thiat mucho más que el pretencioso Kilifeu, el primero activista acérrimo, el segundo más artista, como se auto-califican, que incluso Kilifeu se compara con raperos afroamericanos como Tupac Shakur o Snoop Dogg y dice ser mejor que ellos, fantaseando, claro, porque la música de Keur gui es demasiado explicita, concerniente a la realidad actual de Senegal, aunque tampoco es que sean muy diferentes de los raperos típicos americanos de los que indefectiblemente beben, como se puede ver en Straight Outta Compton (2015), sobre el legendario grupo nacido a mediados de los 80s, NWA, que le cantaban a la problemática del afroamericano de barrio enfocados en la realidad de Compton, California, quienes tenían por rival a la policía, a razón de señalar abuso, excesiva fuerza y vigilancia, al confundir a todos los afroamericanos por drogadictos, pandilleros y comercializadores de droga, que justa e irónicamente es a lo que le cantaban en buena parte los NWA (donde sobresalen los raperos Ice Cube, Dr. Dre y Eazy-E).

El filme pasa por la conflictiva elección presidencial y continua en sus mismas ideas, tal cual no hubiera cambiado nada para nuestros protagonistas, Kilifeu y Thiat, que siguen con sus mensajes combativos, enfrente y detrás del escenario musical (porque trabajan en “dos” frentes). Viajando por el interior del país o por fuera como cualquier grupo, pero dando a la vez charlas y exposiciones políticas, instalando su perenne revuelta, su sentido del descontento y constante vigilancia, desilusión y desconfianza del poder. Por lo que The Revolution Won't Be Televised se parece tanto a muchos lugares, indudablemente también al Perú. En una propuesta que es grato ver que plantea modernidad en su ilustración, que Senegal no es un lugar exótico, aunque humilde en varias formas, no muy distinto de los demás.

En el camino también se coloca a la música hip hop detrás de las imágenes in situ de esta “revolución” popular, o, mejor, derecho a la fiscalización, donde brilla la amalgama de activismo y sonidos, con el arte que proclama compromiso y movilización, buscando despertar a la gente, de lo que se deja ver que el ideal circunda en el grupo (el que no se vende, como se dice tras el apoyo al contrincante de Wade, Macky Sall), y esto en lugar de destruir una carrera, tipo lo que vemos en el filme What Happened, Miss Simone? (2015) en la carrera profesional de Nina Simone, producto quizá de cierto mayor extremismo o desvirtuar mucho su tipo de música, proclama la valentía, la justificación y el (“pequeño”) éxito de Keur gui. 

domingo, 17 de abril de 2016

Death by Death (Je me tue à le dire)

Un perdedor que intenta convertirse en actor y falla estrepitosa y “cómicamente”, encuentra un trabajo vendiendo electrodomésticos, tiene una pareja bella y loca (Fanny Touron) pero desilusionada con el discurrir de su carrera como pintora, y una madre corpulenta y vivaz (Myriam Boyer), que toma todo el día champagne, sobrellevando un cáncer al seno, lo cual le perturba, dejándolo en la situación de un hipocondriaco que teme absurdamente tener el mismo mal, producto de que se le está cayendo el cabello y cree tener un bulto en el pectoral.

Estamos ante una comedia de humor negro, del belga  Xavier Seron, que debuta en el largometraje de ficción, una película a la que, desde luego, le sobra irreverencia, burlándose de hasta lo impensable, como ver a un suicida desnudo en un balcón en medio de la sensación de estar próxima la epifanía del protagonista, Michel Mann (Jean-Jacques Rausin), pero no nos engañemos, ésta no es ese tipo de película. Es así que simplemente termina sintiéndose mal, desmayándose. De la misma manera tenemos el juego bobo con una prótesis mamaria en el espejo del baño, o el ponerse a jugar infantilmente a la película de acción con un niño en el hospital, de lo que reconocemos que la propuesta tiene ternura en algunos pasajes, en medio de la predominante terrible burla del patetismo de su criatura, que no escatima ridículo, llegando a desnudarse en una sala de arte de posar y dibujar en pos de obtener la atención de la amada, mientras se dedica a beber y a sufrir –o quizá, mejor dicho, a sentir un extraño placer- en la idea de su muerte cercana.

La ternura aflora poco en el filme, pero ayuda a no perpetrar tanta crueldad, observando que ésta abunda, ya que Xavier Seron no tiene clemencia en su humor (tan) indie, expuesto, por supuesto, en blanco y negro. La trama tiene muchos ratos de un tono impertérrito, con una calma atroz, aun tratando con la muerte y una terrible enfermedad. El cariz de melancolía se disfraza de abiertamente sarcástico, y eso lo hace un filme medio difícil de tolerar, aunque sea –o por eso- tan transparente. Encima somete a la broma la iluminación y a la iconografía cristiana/católica, en que Michel es como el santo patrono de los perdedores (también comparado con la inocencia de Mickey Mouse, y la realidad del parecido con una rata), que va cuesta abajo sin freno, teniendo cada vez menos cabello, menos seres queridos cerca, dedicándose a tomar más alcohol  y volviendo a tener gatos a su alrededor (símbolo de cierta soledad). 

En el filme hay como leves intentos de arreglar la situación (aunque hay también métodos risibles, tanto como desesperados, como ver a la madre impidiendo la venta de su casa), pero se perpetran en el absurdo, tales las miles de pruebas, revisiones y cuidados por sobre una enfermedad imaginaria, mientras el complejo de Edipo aflora, en el extraño placer que sobrevuela hacia la muerte, en el nexo que trasmite la madre al hijo en su final, lo que puede ser una negación de un dolor tan determinante. No obstante es pedirle mucho al filme, que no deja de divertirse a costa del protagonista. En ese sentido Miryam Boyer está esplendida, y Rausin se presta hasta para lo peor. Lo que muchos rechazaran, mostrar a un ser tan trágico en un tono tan despreocupado, y otros aplaudirán, su potente irreverencia. 

In the Last Days of the City

Contextualizada a puertas de la primavera árabe, la película debut del egipcio Tamer El Said refiere al fin del gobierno de casi 30 años de Hosni Mubarak tras las protestas populares, pero se extiende a otras zonas, como refleja aquella reunión, tras una exposición cultural, de los amigos del protagonista, el que interpreta Khalid Abdalla (actor conocido por Cometas en el cielo, 2007; y por participar como revolucionario en el documental The Square, 2013, sobre justamente el movimiento que derrota a Mubarak), en especial a Bagdad (Irak) y Beirut (Líbano). Sin embargo el filme no queda ahí, no pretende predominar un registro documental de aquellos memorables sucesos para Egipto, más bien es un canto muy personal, aunque reflexionando bajo ese contexto, que implica a Khalid como un claro alter ego de Tamer El Said, que desde su individualidad – no obstante ayudado por sus mejores amigos- piensa a su país, lo ama y lo sufre, mientras trata de capturarlo en su naciente vocación de cineasta, y la de sus camaradas. Khalid en su propia idiosincrasia tiene a su madre enferma y sufre la distancia de una mujer.

El filme contiene un trabajo más que decente de estética, composición y expresión, de creatividad visual, en paisajes o fondos, en detalles, busca el arte, y digamos que lo logra en buena proporción, superando el señalamiento de superficialidad, aunque dejándose ver un poco, o quizá fallándole el sentimentalismo por su nación en ciertos momentos, que no llegan a ser malos, puede que hasta logren la plenitud de una compenetración, pero que huelen algo a cursis. En una propuesta que no esconde tratar de ser poética, saludable riesgo que en la presente funciona más que falla. A eso se le suma la elipsis, y, a veces, una cualidad de incompleto que puede desconectar al espectador.  

In the last days of the city es ante todo un recorrido, el de Khalid, quien yace observando a su patria y a esa vera a lugares similares, viviendo el padecimiento de su población a través de sus mejores amigos. Es, qué duda cabe, un observador privilegiado de lo que cuece la caída y la desesperación del mandato de Mubarak, como de las contradicciones de sus compatriotas. Notable ver que la primavera árabe y la revolución en Egipto toman distintas formas, teniendo en buena parte una expresividad light en ello (más allá de poéticas y algunos ratos de explicites, unos obvios, otros potentes),  como que escuchamos mucho a través de las radios, habiendo harta información, pero también como estilo narrativo y esencia bien dibuja a la película el interés por los resultados del equipo nacional de futbol y la felicidad que conlleva en el pueblo. El filme, por otra parte, desde luego, sirve de intelectualización, pero habla mucho más de sentimientos, donde Khalid es un amante hijo de su nación. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Bone Tomahawk

Bone tomahawk (2015), el debut celebrado de S. Craig Zahler, es una película que mezcla el western con el terror, algo que casi no existe o no suele trascender, específicamente con el subgénero del canibalismo, donde es como si John Ford tuviera que lidiar con Ruggero Deodato. La mayor parte del metraje, casi hora y media, es típico western, de bajo presupuesto, pero saludablemente serio y muy bien hecho, incluso hay un rescate que recuerda a Centauros del desierto (The Searchers, 1956) y un vaquero (anti)héroe a William Munny de Los imperdonables (Unforgiven, 1992), el vanidoso y dandy John Brooder (Matthew Fox) que cuenta haber matado más de 100 indios incluyendo mujeres y niños, y que no demora en cargarse en el trayecto a 2 mexicanos sin saber a ciencia cierta si son o no asaltantes en esta tierra de nadie que es en buena parte el oeste. Brooder es uno de los cuatro hombres civilizados y del lado de la ley que tienen que salvar a una mujer y  a un joven compañero de una tribu de indios sin mayor identificación que considerarlos trogloditas, ellos son: el inválido Arthur O'Dwyer (Patrick Wilson) que tiene una pierna rota y es esposo de la bella dama que van a rescatar, por lo que le urge ir y nada le detendrá; el anciano, viudo y ayudante bonachón Chicory (un irreconocible Richard Jenkins);  y el sheriff Franklin Hunt (Kurt Russell), el hombre de acero.

El filme en la última media hora se transforma en una película de terror, con el antecedente de que han profanado un cementerio indio (con la breve participación de esa leyenda del cine explotation y del terror, Sid Haig, El capitán Spaulding), y que los salvajes hayan ido al pueblo por venganza, o simplemente se vieran arrastrados por la curiosidad de los rastros del vagabundo y ladrón que hace David Arquette en una endeble performance. La propuesta vira en el gore y en la lucha desigual entre el bien y el mal de la forma más violenta, fría e impiadosa, pero a la vez inteligente (sumado a que casi no existe score o banda sonora y se imprime una sequedad narrativa, que aporta al filme más bien, aunque a sacrificio de disminuir los fuegos artificiales), contra unos extraños indios espolvoreados de blanco y dueños de un esperpéntico silbido producto de una joya incrustada en la tráquea, de lo que a ese respecto se ha trabajado una figura bastante básica, pero que acentúa la brutalidad de sus acciones. El filme previo al terror ahorra espectacularidad y, desde luego, imaginamos que gastos, con un western que es muy sencillo, pero formal, habiendo ese ámbito donde los héroes son gente ordinaria, no muy culta y se percibe en las conversaciones, no vulgares pero sí bastante humildes y algo inocentes adrede, habiendo también cierto humor negro en esos diálogos, y esa audacia de hablar de algo intrascendente pero curioso, típico de buenos guiones, en ese sentido hay mucha palabra, y no resulta ni ridícula ni pesada, sobre todo cuando yace muy presente, como las que discuten las relaciones de matrimonio y la inteligencia o como leer en la bañera sin mojar los libros.

El filme en gran parte es como que no pasara nada importante, en el recorrido que lleva a interrelacionarse al grupo del sheriff en medio del desierto tras los trogloditas, en ese punto puede que a muchos les parezca una propuesta sosa y larga, sin embargo toda esta descripción, aventura y comunión de la banda yace bien formada (el viejo, el cojo, el Billy de Kid dandy y el “bruto” idealista recio líder), va creando un background y una aclimatación que habla de trabajo individual por sobre la forma del contexto que es bastante austera, y de la solvencia y sumo peso de las interpretaciones, todas destacadas en el orden de la necesidad. El aspecto rudo y firme de Kurt Russell que dibuja al clásico cowboy héroe o de excepción (pero que tiene momentos de tocar piso que dan cierto balance), el engreimiento y la fría supervivencia de Matthew Fox (hasta ese final a lo teniente Dan Taylor, Forrest Gump, 1994, con esa línea cáustica y políticamente incorrecta de “soy demasiado vanidoso para vivir lisiado”), el cariz de granjero tipo clase media de Patrick Wilson (el americano promedio haciendo lo correcto, convirtiéndose en héroe frente a las circunstancias, producto de un intrínseco aire poético y romántico, como el de la carta para la amada, donde no es la estética, sino los sentimientos y las emociones lo que cuenta), y el tipo humilde, gracioso, leal y simpático de Richard Jenkins, el Walter Brennan o el Thomas Mitchell de la película, donde en el trayecto pelean, se ayudan, ríen juntos, se admiran mutuamente, en un trato sin demasiados adornos, pero lleno de momentos “especiales”, formando una banda entrañable de alguna forma, provocando esa magia que plasma confabulaciones y emociones y es tan vital para soportar hora y media de “simples” correrías, sumado a que la brutalidad de los indios tiene sentido (aunque la propuesta no es que busque lo políticamente correcto, sino se afirma en su creatividad, humor negro y verosimilitud, teniendo sus propias reglas), de lo que estos indios no resultan insalvablemente incongruentes con el conjunto, aunque no sean típicos del western por su exageración y gore en el primitivismo y la deshumanización absoluta de los contrincantes, más allá del eterno cliché de secundarizar como enemigos bárbaros y poco justificados a los indios, de lo que en este filme son producto de la imaginación y el género del terror, monstruos salidos de oscuros actos primarios, asesinos por naturaleza, crueles caníbales (profesando un sentido de comunidad, en aquel silbido, y creer en la espiritualidad), peligrosos, magnificados y temidos incluso por sus propios congéneres.