martes, 12 de abril de 2016

John From

El segundo largometraje de ficción del portugués João Nicolau, tras A Espada e a Rosa (2010), es una película coming of age (de crecimiento), un simpático y dulce retrato sobre la adolescencia femenina, en la figura de Rita (Julia Palha), una muchachita de 15 años que es como cualquier joven de su edad en nuestros tiempos, baila lambada, adora la música que oye en su ipod, vive en el internet, toma sol en su balcón, va a fiestas a beber y a bailar, se adormece en el sillón viendo televisión, y sobre todo pasa el rato con su mejor amiga, dentro de su propio código juvenil, o sea es una persona feliz. Todo normal, al igual que la narrativa de la película que retrata su vida de lo más común, hasta que Rita descubre en un centro cultural al que asiste para tocar el piano que el curador y fotógrafo de una muestra de las islas de Melanesia, su vecino, mucho mayor que ella, es un hombre que le atrae, por el que se trastoca la realidad en pos de permisividad, junto con la narrativa del filme que se torna surrealista, onírica, en la ilusión que siente la chiquilla por este hombre que luce muy sencillo, pero también afectuoso y agradable, como vemos en el cuidado de una niña pequeña, en medio de un paternalismo ejemplar.

La perspectiva entera del filme, toda la esencia, es la de Rita que se deja apasionar tanto por lo exótico y paradisiaco de Melanesia, como por su vecino, a los que mezcla en un propio mundo que ella diseña en su vitalidad y curiosidad, dentro de un aire ordinario. El filme tiene la delimitación, primero lo real, luego lo fantástico, a partir de una niebla barata que hace como de sueño, de lo que risiblemente parece que alguien ha lanzado una bomba lacrimógena en el ambiente, habiendo cierto sentido del humor en cómo se va dando esta relación idílica en la mentalidad “infantil” y la poética de una jovencita abriéndose al mundo, a sus anhelos y apetencias, formándose aun emocionalmente, habiendo todavía un lado Disney en ella.

En el sueño surge un poco de vandalismo, un aire aventurero y entretenido a lo Indiana Jones y luego como en ese culto religioso a John From de las islas tratadas vivir como los nativos melanesios venciendo el frío urbanismo, ese que vemos cuando la cámara se fija desde afuera en el edificio donde vive Rita y sus padres. El filme respira juventud, en la invasión de la imaginación, libre, lejos de cualquier limitación o perturbación, en la que es una película austera, e impoluta, aun a costa de saltarse restricciones psicológicas, morales y legales, pero como todo parte de la perspectiva inocente y romántica de una muchachita (aunque apreciando que sí ha tenido relaciones sexuales). El asunto y el filme resulta si se quiere bello y sano, incluso ante la intromisión de una imagen donde el pequeño fotógrafo es un Casanova que alegremente, como en un show de variedades, va besando a sus jóvenes modelos, por lo que hay un leve y discreto asomo del mundo imperfecto de lo real, donde anida el rechazo, lo feo y el aprovechamiento.  

lunes, 11 de abril de 2016

El hijo de Saúl

Película húngara dirigida por László Nemes, quien fuera asistente de dirección de Béla Tarr en El hombre de Londres (2007). El hijo de Saúl ganaría el Oscar 2016 a mejor película extranjera, y el gran premio del jurado y el fipresci en el festival de cine de Cannes 2015, propuesta que tiene la particularidad de tener la pantalla en un formato casi cuadrado, aun rectangular, un tamaño menor al que se acostumbra en el cine, con lo que provoca presión. Y que en buena parte del metraje esté en primer plano nuestro protagonista, Saul Ausländer (Géza Röhrig, de trascedente rostro compungido), prisionero de  Auschwitz, como teniendo la cámara al hombro y yendo a su ritmo, ajetreado, acelerado, en largas tomas, cuando los contornos y la realidad del terrorífico campo de concentración yacen desenfocados desde su predominancia motriz y figurativa, ocultando parcialmente toda la brutalidad nazi, ya que llegamos a observarla en varias formas, habiendo una cierta disposición de equilibrio en ese respecto, aunque no tan perfecto (mermado el salvajismo, como quien yace en medio de una carnicería metido dentro de un submarino con toda la presión del trayecto en su cabeza, pero en otros tiene de bastante explícito con tanto cadáver regado, removido y manipulado, o en la eliminación común y despreocupada que llega a filmarse, y ese sentir de que la vida vale tan poco en el trato de los soldados alemanes), de lo que tranquilamente se puede vislumbrar indirectamente lo que sucede con la pantalla difuminada, haciendo trabajar inmediatamente a la mente en esa condición, a la vez que mediante los descriptivos y poderosos sonidos, o a través del trabajo de Saul y la humillación perenne que le profesan.

Saul es un Sonderkommando, un prisionero encargado de la limpieza del territorio de los hornos crematorios, a cambio del privilegio de prolongarle la vida, enterado de lo que le sucede/sucederá a los otros judíos, por lo que el nivel de crueldad en el entendimiento de aquella posición de supervivencia es de un grado mayúsculo, con respecto a la falta de humanidad, frialdad, a la putrefacción moral que se le impone a este especie de esclavo, como el otorgamiento de otro tipo de horrenda pequeñez, provocando culpa, una cierta complicidad, esa que en la locura de enterrar a un niño muerto intenta el protagonista vencer, recobrando un sentido y purificación en medio de tanta corrupción e iniquidad, en la que representa una acción de liberación y entrega, de ahí que Saul arriesgue la vida repetidamente por esta aparente absurda decisión, lo que apunta a humanizarnos dentro del peor escenario, cuando este busca propagar lo contrario, volvernos unos muertos vivientes, que se pierda el alma, con lo que me recuerda a Aurora (2014), donde adoptar a un (bebé) cadáver abandonado en un basurero parece también una acción extraña, descabellada e inútil; para lo que El hijo de Saúl clama por otro tipo de humanidad y enorme esfuerzo, habiendo también el simbolismo de una salvación general, tanto como una individual (la del cadáver), de la mano de la propia, el polo aumenta en uno y disminuye en el otro (el yo, y a quien se rescata espiritualmente), pero atienden semejanzas entre dichas películas (de diferentes estéticas y estilos, pero ambas muy elogiables), en su particular sacrificio personal en aquellos actos unitarios sobrehumanos o excepcionales que reivindican al mundo, el nuestro, el de todos. 

jueves, 7 de abril de 2016

¡Salve, César! (Hail, Caesar!)

Ambientada en los 50s, en la edad de oro de Hollywood, con el Macartismo y la guerra fría de fondo, donde la figura graciosa del filme dibuja a los comunistas nacionales como unos fanáticos secuestradores, en pos de reivindicaciones sociales e ideológicas de los trabajadores tras bambalinas, de la cadena más baja del cine, todo en un tono de intrascendencia, exageración, burla sofisticada, deformación, habiendo un mínimo de autocrítica en general, porque ese no es el sentido, sino bromear con la fe –véase esa consulta revoltosa, inocua y boba a jefes religiosos-, la política, lo social y la industria del cine.

Los secuestradores son una banda de intelectuales sentados a conversar con sus “victimas” en una bella sala en medio de bocaditos, suma amabilidad y un diálogo interesante pero dentro de un aire banal y cómico. Se llevan a la estrella Baird Whitlock (George Clooney), para pedir un cuantioso rescate, búsqueda que estresará y le romperá la cabeza al héroe del filme, el productor Eddie Mannix (Josh Brolin), quien es el adalid de la buena reputación de actores, directores y protagonistas de su Compañía Capitol Pictures (los extras no cuentan, además de perpetrarse peligrosos por ser anónimos en todo sentido, dicho sarcásticamente en el filme).

El trabajo de Mannix consta de inventar historias felices evitando el escándalo de la prensa (por las anodinas gemelas interpretadas como caricaturas por Tilda Swinton). Mannix hace de cierta forma de matón, u hombre fuerte y duro, aunque religiosamente vaya a confesarse casi a diario (¿hipocresía?, ¿verdadero sentido de culpa?). No obstante entendiendo que su labor es la de plasmar un Hollywood impoluto y familiar, imponer lo correcto, el llamado del Señor (el filme juega con las posturas “contrapuestas”), pensando que se tiene entre manos algo más allá de lo tangible y superficial, la ambición y lo glamoroso, tal cual detrás de la ilusión yace la imperfección y la vulgaridad terrenal, esa que debe ocultarse.

Ésta propuesta queda bastante curiosa y original con la imagen directriz de un productor heroico, en realidad un verdadero antihéroe, aunque pasado por agua tibia. Mannix tendrá que luchar contra una banda de comunistas patrios salidos del cine, en la lectura oficial de los 50s, de quien no se toma nada en serio, mucho menos reivindicación alguna; lo que implica ese submarino (no eran malos tampoco, nos expresa cierto ridículo) y esa “inocente” caída del maletín, de lo que revolotean algunas ideas, ¿importa/importó la causa?, ¿quién tiene la razón?, ¿existieron esos malvados opresores?, ¿lo es el familiar, laborioso y preocupado Mannix? El cine es muchas cosas, claro; también humor negro.

Hail Caesar! (2016), de los hermanos Coen, es como metacine un grito irónico de subordinación. Cuenta una historia bíblica, de manera libre, un relato muy parecido al de Ben Hur (1959), donde un líder romano, interpretado por (el impresionable) Baird Whitlock, se topa con la luz en su encuentro con Cristo, y de paso con la ideología del socialismo que articulaba el hijo de Dios, con unas reivindicaciones que pasan por el tamiz de la ironía del capitalismo que incluye al cine en el sistema, que como dice un diálogo descarado, pero conocido y auto-paródico, no es la búsqueda del arte y lo bello, sino los millones que hay detrás lo que importa. Sólo hacen falta un par de cachetadas para despertar del alma social a quienes tienen el deber de simplemente entretener y portarse como gente iluminada por la fama (a la vista del productor de antaño), dibujándose supuestamente intachables, únicamente atendiendo a la magia en el ecran.

Ésta magia la vemos en la deslumbrante danza marina de una sirena, en manos de la rústica en la realidad DeeAnna Moran (Scarlett Johansson), que luce acompañada de una interpretación digital, vista la perfección y fantasía acrobática de la escena; o en ese baile más realista, entretenido y audaz en los marinos apunto de zarpar y no ver mujeres por un buen tiempo, a la cabeza de otra estrella, Burt Gurney (Channing Tatum), de lo que resulta una imponente estética dancística, un musical harto divertido, típico contagio de alegría (cuando hay muchos musicales en el cine que dan sueño), representado satíricamente por unos marineros medio brutos (rompen todo a su paso), pero a la vez dejando sospechar en risibles roces rítmicos homo-erotismo.  

Una sub-trama que hallo de relleno, pero puede tomarse como afirmación de ese encanto en el cine –que llega a tener el propio filme- y desilusión en la vida real que maneja toda la película, es con el vaquero y promesa Hobie Doyle (Alden Ehrenreich, que actúa muy bien), haciendo de un actor inepto, aunque tremendo hombre de acción, que parece sacado de ser doble de algún western, y puede estar imitando a John Wayne, a su lado más bruto y mítico, tanto como las gemelas Thacker parecen referir a Hedda Hopper, periodista amarillista y Macartista.

lunes, 4 de abril de 2016

La bruja (The witch)

The Witch por una parte es la historia de una adaptación, de cómo los colonos ingleses se aclimatan a la nueva tierra, a EE.UU, y la brujería, el mal, es la representación de la dificultad de conquistar el territorio, vencer sus miedos, y tener una vida plena, es la concepción de la derrota. Ésta prosperidad se le niega a la familia de William (Ralph Ineson), a su desilusionada y difícil esposa Katherine (Kate Dickie), y a sus 5 hijos, quienes no logran sembrar fructíferamente, cuando pretenden la independencia, de la colonia, habiendo sido desterrados del grupo, como una repetición alternativa de esa mayor que es la conquista anglosajona, mientras el mal asoma, tienta, pero se camufla, se esconde, ¿y dónde?, no solo en el alma y en la hipocresía y la mentira, sino yace en el bosque, ese donde una bruja se baña con la sangre de un niño no bautizado, en plenas tinieblas, porque The witch yace siempre entre la sombras, como un llamado subterráneo en toda la película, tal cual ese doble juego con The black Philips, que los niños cantan “inocentemente”, y debajo se halla la implicancia de la posesión y de la compensación maligna, mostrándose destellos de su verdadero rostro, como en el monstruo avejentado, promiscuo y sucio que aparece intempestivamente en el granero, cundiendo la ilusión y el deseo tras lo oscuro y cruel (el cuervo picoteando un seno en lugar del bebé amamantado), en la labor de las brujas que esperan condenar a la gente, sacrificarla, matarla o adoctrinarla.

El filme debut de Robert Eggers, que entusiasmó en el festival de Sundance 2015, juega a la intriga y al misterio, ¿quién es la semilla del mal en la familia?, y todo apunta a Thomasin (Anya Taylor-Joy), aunque con ninguna prueba ni señal de su parte, que no sea estar en el lugar donde ocurren los daños, articulándose la mutilación del concepto de unidad, en una desintegración lenta, detallista, observando que Thomasin incluso reza y pide perdón por sus pecados, al igual que parece dispuesta a respaldar a su familia, una en que todos tienen puntos flacos, la madre que todo lo juzga con desdén y autoritarismo, cierta falta de compasión, el hijo que siente deseo sexual por la hermana, los gemelos que señalan burlándose o negando a sus propios hermanos, o el padre que solo se dedica a cortar leña y no puede sustentar su hogar. Todo preparado para que el demonio se acerque y los corrompa, estando tan cerca.

Otro punto es la debilitación de la fe, a partir de que Dios parece que no apoya la prosperidad de éste hogar, ante no escuchar sus ruegos, de lo que se pone peor cuando empiezan las desapariciones, teniendo el ubico y temido folclore que simboliza el bosque por el tiempo en que nos ubicamos, el siglo XVII, el lugar de los peligros y desvíos. El mal tiene varias injerencias, una visualmente espectacular en el aquelarre volador alrededor del fuego, y otra menos vistosa en el contexto natural, que es lo que predomina, ese que se demora la película en ilustrar y tiene mucho de elíptico, el de la pobreza, la carencia y la necesidad, el de la exigencia de los dogmas y su silencio a cambio, cuando el otro pecaminoso ronda y efectúa. La maldad llega a grados muy altos, pero el quehacer cinematográfico en ese horror es sutil, refinado y breve. Tenemos un filme muy arduo, aunque narrativamente sencillo, en la figura de la casa de la fe a puertas del bosque tenebroso y corruptor.

domingo, 20 de marzo de 2016

Langosta (The Lobster)

En el bosque se esconden los rebeldes, los solteros, cuando la ley de este mundo distópico, creado por el director griego Yorgos Lanthimos, no permite que existan, hay una ley que dice que quien no tiene pareja debe ser llevado a El hotel, donde tienen 45 días para hallar a alguien o se convertirán en un animal que previamente han escogido. David (Colin Farrell) será, de fallar, una langosta, de ahí el título, de la dificultad de relacionarnos sentimentalmente. Es un filme típico de Lanthimos, un director con gran imaginación, que no se queda ahí, suele implicar una lectura social que yace en la distorsión de la realidad, como puede ser un aprendizaje propio y nuevo de comportamiento y visualización del planeta, o la imitación de la vida ante el duelo bajo una transacción, en que nace la pregunta ¿qué nos hace humanos?, en que parece ser todo una ilusión o tan arbitrario como el propio mundo que fabula Lanthimos, lleno de extravagancia y su propia percepción de la realidad.  

The lobster (2015) pone en discusión la obligación o naturaleza de amar a alguien, si antes fue cómo entender el mundo, cómo nos comportamos siendo tan potencialmente maleables hasta la peor sinrazón, luego como percibimos nuestras emociones y las representamos (o poseen de teatralización), ahora se ocupa de lo que significan las relaciones de pareja, en donde los defectos físicos unen más que el deseo corporal o la atracción de conocerse. La sociedad impone, al igual que en el hotel y en el bosque, la libertad no existe, hay una disposición a delimitar. Cosa que un pusilánime David no es que quiera enfrentarse al sistema, sino que las circunstancias de sobrevivencia lo empujan a la reacción, primero a escapar del hotel, luego del bosque, como quien renuncia tanto a la soltería como al matrimonio, hasta hallar un romance idílico que empuja el sacarnos los ojos, pero que también homogeniza al hombre, cosa que pelea el cine de Lanthimos, en un canto constante por lo freak, y en contra de la superficialidad.  

En esta película de ciencia ficción es como no esperar nada, no dar nada por hecho, es la discusión de todo, de eso va Lanthimos, un anarquista del cine, un buscador e impulsador de creación, que en el camino presenta un hilo entretenido y curioso que es un viaje “alegre” por lo raro, donde la crueldad no suele presentar juicio. David es atado de un brazo al pantalón en sus primeros días de estadía en el hotel, le es llevada una mucama (la talentosa Ariane Labed) para que desfogue su libido mientras espera casarse, sale a cazar personas, a los rebeldes o solteros, esos que bailan solos, no pueden copular, pero pueden masturbarse, o puede ser castigado con quemarle una mano en una tostadora. Lanthimos no teme el ridículo, como todo aquel quien cree en lo freak, y lo roza, lo hace suyo, lo maneja. Ese aire bien lo consiguen todos los actores que se prestan al juego, Farrell con su cara de tonto (gracioso pero todos los que yacen en el hotel tras un matrimonio tienen esa figura), Léa Seydoux hace de ruda y firme líder rebelde, Rachel Weisz de bondadosa e inocente.

En el fondo es la historia romántica del hombre bueno y amable tras la mujer ideal para él y viceversa, pero es el mundo el que torpe, inclemente y frío impide que surja la poesía, y claro, nuestras decisiones también influyen, y es que algo siempre anda mal, como en aquella mesa de restaurante donde una princesa se queda sola (ante el alto requerimiento, como antes el mal manejo de la libertad), que se acopla a esas otras reacciones de frustración, histriónicas o histéricas, en esa mujer que salta de la ventana al no ser correspondida por nadie o esa otra que le dispara a un aparente inocente caballo, representación de quien no corresponde a ninguna pareja. Pero también está la otra cara, viendo que el amigo de David (Ben Whishaw), desesperado, vive en la mentira, en las falsas apariencias, hace de todo por sostener un matrimonio, mientras el amor –o algo parecido- de David y la mujer bella, cariñosa y rebelde del bosque brilla cuando yace en el anonimato, escondido, en el cariz de peligro, que lo hace intenso y sensual. Lanthimos, detrás de lo raro, hace un análisis de variedad de formas de relación de pareja, con una mirada poco optimista, aunque ante todo lúdica y desenfadada, habiendo muchos momentos donde más que todo prima sacar una buena risa, ironizar.  

Parabellum

¿Qué hacer si se acerca el fin del mundo?, eso de cierta forma se responde la ópera prima del austriaco radicado en Argentina, Lukas Valenta Rinner, aunque no sea de la manera más humanitaria, cuando un oficinista de lo más común influenciado al parecer por La carretera de Cormac McCarthy, donde el ser humano se degenera y se vuelve amenaza mortal para el prójimo en un mundo post-apocalíptico, decide ir a prepararse para esta especie de guerra, entrenando en una reserva en el Delta del Tigre, en cómo sobrevivir, camuflarse, usar armas o luchar cuerpo a cuerpo. En esta escuela de cómo ser un guerrillero, que luce igual a un campamento de vacaciones, el hombre junto a otros de lo más ordinarios se alista, para terminada su capacitación viajar a los alrededores –con la mirada de que el mundo es una selva, y solo importa dominar y subsistir a toda costa- y usar la fuerza al mismo estilo de una tierra sin reglas, desprovista de moral alguna. Todo parte de pequeños indicios, la radio anuncia saqueos, hay una atmósfera de tensión reflejada en la debilidad del protagonista que de buenas a primeras toma la decisión de ir a esta reserva, que tiene de ligera ironía en el asunto, pero yace más en la “seriedad” del caso, que señala que la gente tiende a corromperse, convirtiéndose en seres violentos o auto-destructivos, sobre todo cuando las ansiedades apremian. Es curioso ver que el protagonista es como un autómata, que ha visto peligrar su monotonía y quiere defenderla, cómo quien lucha por lo más primitivo. Cuando todo pareciera apuntar a que el absurdo o la locura movilizan a los guerrilleros, empiezan a llover meteoritos en la ciudad. Y es que algunas imágenes poseen harta sugerente potencia visual, como en el arranque del filme donde yace la sensación de que algo oscuro se avecina, que recuerda a Post tenebras lux (2012), hasta esa otra fantástica de la ciudad a la distancia viviendo el apocalipsis mismo Fight Club (1999). 

miércoles, 9 de marzo de 2016

El viento sabe que vuelvo a casa

Ganadora de la competencia de documentales en el festival de cine de Cartagena de Indias 2016, dirigida por el chileno José Luis Torres Leiva. Tiene de guía, entrevistador en fuera de campo, conversador casual in situ, aventurero tranquilo y protagonista al documentalista chileno Ignacio Agüero, basado en un viaje al archipiélago de Chiloé, al sur de Chile. En un filme que tiene una agenda diversa, por un lado es la ilustración de lo folclórico y localista, como con la performance de dos talentosas niñas acordeonistas o la de un “arrojado” niño baterista, la muestra de celebraciones funerarias que duran 9 días tipo circunspecta fiesta patronal con comida y alcohol, o ver locales mezclados con animales, vacas pasteando, o a algún chancho castigado y torturado. Dentro de un documental que está al acecho de la novedad, pero con autenticidad, ofreciendo harta paciencia y buena onda, donde el poblador tiene la oportunidad de brillar, pero la humildad de su vida y vivencias les gana, habiendo una anciana que inquiere por un hijo que no se comunica con ella hace 30 años, en un intento de showman narrando sobre sus 8 vástagos, como quien da sus últimas palabras sobre las tablas, para que al terminar de hablar deje escapar una risa fresca agradeciendo que sorprendentemente la hayan escuchado, y es que no se termina de creer en el ambiente que la sencilla cotidianidad de esta gente pueda ser cautivante para alguien, en el que es un himno a la humildad absoluta, a cierto vacío, y  a su vez a una gran humanidad. También es la búsqueda de la leyenda, Agüero carga consigo una historia que preguntar, la de unos Romeo y Julieta que ante la negativa de su relación desaparecieron, esto se complementa con la idea de que en la isla de Meulín hay dos sectores divididos por un puente, uno llamado San Francisco y el otro El tránsito, uno de ellos una zona donde viven indígenas, mapuches, y en la otra mestizos, que en una época se tenían rivalidad y no se mezclaban, por lo que los apellidos eran formas de separación.

En el trayecto Agüero trata de hallar algún relato fantástico e interesante conversando con los pobladores de Chiloé, pero en la mayoría de veces las respuestas son tímidas, austeras, esquivas o poco sólidas, respetándose una clara espontaneidad que no siembra todo su fruto, hay una carencia de cuentacuentos y de espectacularidad (como ese niño jugando en el desenlace, no obstante el filme registra todo y proyecta otro tipo de interés, ya no en la riqueza de un relato original, sino en la afabilidad y la sencillez existencial, familias amplias, celebraciones caseras, vidas satisfechas ausentes de grandilocuencia, sentido de comunidad, juego, hasta un casting sin pretensiones), que te mantiene entretenido, relajado y atento, donde se ha logrado plasmar no solo mucha naturalidad, de ahí los “defectos” en el alcance de las historias, sino simpatía, como con unos bailes de unas colegialas y otros cantos curiosos. Porque este documental en otra faceta es el pretexto del casting de una película, de lo que a lo Eduardo Coutinho se van dando entrevistas que intentan plasmar esa magia que conseguía el brasileño en sus obras.  

La mejor historia proviene de una indígena acriollada casada con un mestizo y venida a vivir a su territorio, los habitantes bromean hablando de fronteras en su isla. Agüero se detiene en una caminata y fluye una conversación atravesada por una alambrada, la mujer ya de cierta edad con gran carisma y soltura brinda hasta el último detalle. Este pareciera que fuera el leitmotiv del filme, la repetición del Romeo y Julieta de Chiloé, en que hasta en ello hay un pequeño sentir de sabotaje, y sin embargo el documental es muchas otras cosas, como que Agüero simplemente echa a andar, manejar o tomar un taxi, dialogando con quien se le cruza mientras hace de turista curioso, y la cámara y la experiencia conjunta lo respalda en todo momento, y a la propuesta, en el que es el espíritu del triunfo a toda prueba. 

lunes, 7 de marzo de 2016

Poet on a Business Trip

Grabada en setiembre del 2002 y editada en junio del 2013 hasta julio del 2014, fueron más de 10 años de distancia para llevar la película a una sala de exhibición, y eso predica una época que ha fugado, y que se ha quedado congelada en el filme, en este retrato de China, que fueron 40 días de viaje para concretar esta road movie por la región de Xinjiang en que un joven poeta llamado Shu pasea por la zona en busca de prostitutas de lo más simples, mientras vamos leyendo en pantalla bajo su voz en off 16 poemas suyos que surgieron durante el periplo. El director chino Ju Anqi, invisible, sólo con su cámara, sigue a Shu que toma el ómnibus, tira dedo en la autopista o se las ingenia para recorrer Xinjiang con poco dinero en el bolsillo, comportándose como un mochilero sin mayores razones para justificar su viaje que de fluir e ir por ahí a la aventura, aunque yace siempre en su mente preguntar por las tantas prostitutas de la región (los negocios), con las que se va acostando, mientras muestra la humildad de cierta China, en un estado bastante cool, tanto como harto universal, con unos poemas poco solemnes, pero admirativos de la vida, dedicados a una inspiración determinada de su recorrido, pero sobre todo a esas joyas que brillan: el sexo de las prostitutas. Lo vemos hasta acostarse con algunas (al comienzo y al final), conversar con ellas alrededor de la disyuntiva de escoger entre el matrimonio o el dinero, haciendo un recorrido poco trascendente en realidad, donde son situaciones sin mayores pretensiones las que se presentan, pero que hacen de Shu un tipo tan igual a muchos, en una transparencia bárbara, en que lo vemos en toda faceta posible, siendo fresco, tranquilo, dentro de un filme sencillo, pero muy bien filmado, con la naturalidad del caso, en un blanco y negro que evoca los tantos años que la propuesta durmió esperando su momento de revelación. Es el filme que muchos hubieran querido grabar, concibiendo algo entretenido, curioso, y muy común a la vez, que hace ver a China como un lugar más de viaje, donde nos parecemos tanto, en una época de paz, con la sazón de las mujeres de la vida y la aventura de ir tras ellas como quien degusta sabores, apelando a cierto romanticismo, pero no cayendo en ningún estado de inocencia, existe conciencia, a la vez que un afecto y entusiasmo por el mundo que nos contiene, por nuestras raíces, desde la simpleza de internarnos en la provincia, donde largos caminos de tierra, conversaciones casuales al paso y tonteo bravo, pero agradable, se matizan con letras que van embelleciendo lo rural y a nuestra humanidad más de a pie. 

Oscuro animal

Debut en el largometraje de ficción del colombiano Felipe Guerrero que llevó su película a la competencia principal del festival de Rotterdam 2016. Oscuro animal puede referirse a un ser maltratado, como a un poder intimidante detrás de nosotros. Son tres mujeres tratando de salir de la selva e ir rumbo a la ciudad de Bogotá, sufrientes de la prostitución, la vejación y la posibilidad de ser asesinadas a razón de la guerra interna y su relación con la guerrilla. Oscuro animal es la potencia feminista y de supervivencia en Colombia, hacerse fuertes y escapar de la brutalidad, no convertirse en objetos sexuales ni secundarios de la guerra. Por ello vemos sus semblantes tomando tanta expresividad, llorando, sorprendiéndose, asustándose, para luego decidir luchar, y dejar atrás la naturalización de la violencia. Una mujer rescata a una niña, otra aún lo es, juega con muñecas, pero pronto deben acarrear madurez y responsabilidad, sin enloquecer o morir en el trayecto. Es una película visceral, de fuerte carga emotiva, que no posee diálogos, pero deja reflejar esa dolorosa interiorización de sus personajes. Felipe Guerrero pretende un canto de voluntad, de cambio, en medio de la militarización de la zona, de esa tierra de nadie que representa la selva atestada de paramilitares, donde la mujer es tratada como un animal. En un filme que se sostiene de los tres recorridos de escape, donde está gran parte del metraje y la trascendencia de la propuesta, la contextualización de las huidas, y estas en sí brillan por otorgar personalidad y fuerza, como en el mejor set hollywoodense, ganando por su poderosa verosimilitud. En un territorio vivo, intenso, pobre. Mientras esas mujeres humildes solo presentan un único deseo, vivir sin humillación ni temor a ser una estadística más de algún desaparecido. El filme aplica un trabajo profundo con un fuerte neorrealismo, uno pronunciado en especial al gesto dolido, gran seña de identidad del filme, que a veces yace de flaco favor, pero en general logra consumar un notable propósito de conmiseración. 

viernes, 4 de marzo de 2016

Epitafio

En 1519, el capitán español Diego de Ordaz (Xabier Coronado) y dos subalternos son enviados por el conquistador Hernán Cortes a subir hasta la cumbre del volcán de Popocatépetl en busca de azufre para la pólvora de su armamento y divisar el paso hacia la conquista de México. Esa es la premisa de la que se valen para esta película los directores mexicanos Rubén Imaz y Yulene Olaizola (que debutó por la puerta grande con el documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, 2008), en que vemos la decisión férrea casi demencial de una hazaña, como puede verse a la conquista de América, en que el frío y la distancia parecen crear un caso perdido, sin embargo Ordaz arenga a su equipo y les promete la gloria al final del camino, de que la historia los iba a inmortalizar y la corona recompensar a sus familias y descendencia, además de decirles que Dios y su fe los amparaba y que retroceder sería perder lugar y respeto, verse débiles, frente a los nativos que los tenían por dioses.

En el trayecto vemos como el subalterno conocido como Gonzalo de Monovar (Martín Román) muestra esa ambivalencia que surge de todo el reto histórico y recuerda la brutalidad y los abusos propios de la conquista, y lo designa por el mal, que luego es refutado por Ordaz y el dolor. Es en toda esa subida y caminata lenta, frente a la inclemencia de la potente naturaleza que estudiamos un poco el mito, otorgándole un cariz humano, pero considerándolo extraordinario. Es una lectura sencilla, que trata una lucha simbólica, de cara a las condiciones extremas y precarias del volcán, esencia del anhelo más intenso de éxito e inmortalidad, de lo que se van dando varios diálogos que dibujan el retrato de lo que significaba y fue la conquista, aquí más honor (carta de memorias), pero también interés material (escudos familiares por venir). En ese lugar anida una lectura buena onda, algo inocente, que puede tildarse de muy respetuosa, no obstante asoma alguna pequeña crítica. Es mucho expuesto desde la visión española, que la mexicana.

Epitafio es un filme de recursos mínimos, tras despedirse de los pobladores de Huejotzingo, son tres hombres, tres conquistadores, contra la subida del volcán, el imponente México, eso sería todo a grandes rasgos, con la naturaleza al estilo de Fogo (2012, co-escrita por Imaz, y dirigida por Olaizola) brillando por su gran protagonismo, su poderío y como el hombre trata de resistirle, no rendirse ni abandonarle, y seguir adelante, habiendo fuerte emotividad hacía el territorio. No es que sea un filme complejo, ni grande, le falta mayor alcance argumental, pero está bien tratado, en cómo ir perpetrando esa escalada, en como desfallecen (especialmente el soldado llamado Pedrito, interpretado por Carlos Triviño) y siguen intentando, con alucinaciones de por medio, o en aquel motor de motivación (y fuerte interpretación) que es Ordaz, en plasmar una marca y legado propio, un ennoblecimiento, y la gloria para su nación, la corona y la iglesia española.