martes, 17 de marzo de 2015

Loreak

Mientras Ocho apellidos vascos (2014) formulaba y conjugaba bromas en base a los lugares comunes de los vascos a manos de un madrileño (la dirige Emilio Martínez Lázaro) sobre los prejuicios y diferencias de los andaluces hacia los vascos como su rápida inclinación a la protesta, haciendo hincapié en la ironía española sobre el temor al terrorismo, las costumbres de la gastronomía, el flequillo de los peinados de sus damas, los muchos aretes y el estilo rockero, o sus expresiones o muletillas regionales, ahora vemos en Loreak (2014) otra cara de ellos. Ésta vez una más sofisticada, pero aun de a pie, invocando nuestra humanidad próxima, en el trato familiar pero dentro de un drama cuidado que repercute por su delicadeza, salvándose del total convencionalismo por su elegante y sutil puesta en escena, sintiéndolo/asumiéndolo como un discreto cine arte, gracias a escapar del melodrama o la exacerbación de sentimientos altisonantes, sobre todo apreciando el tacto y la delgada línea de su composición viendo que se trata mucho de la emotividad humana en las relaciones de pareja y de ella hacia los parientes como hacia el mundo, en cómo nos vemos en él, descubriendo las razones de la frialdad psicológica hacia un ser capital, los muchos silencios, la falta de comunicación, la soledad (estando acompañados), las elipsis, al interiorizar mucho el sufrimiento, manejar el vacío y la frustración de manera sumisa, o propiciar el arrebato ocultando cierto desamor.

Tratamos principalmente con dos mujeres casadas. Primero con Ane (Nagore Aranburu), tímida, observadora, aislada en sí misma pero aun así con cierto carácter, mientras yace abducida “sutil” y simbólicamente descolorida, sumando a un sentimiento de invisibilidad, tratada básicamente (en donde el filme se exime notablemente de sensualidad, y facilismo, tomando forma argumental, como también estar por encima del sexismo), por un oficio rústico de hombres en una constructora donde sorprendentemente se esconde un rayo de luz (habiendo un contraste entre el aspecto rudo de la labor con el aprecio por las flores del autor anónimo que no es incongruente, más bien son complementarios como un especie de mensaje en que el alma fuerte alberga o requiere de sensibilidad). Después con la enérgica Lourder (Itziar Ituño), mujer que pierde a su marido –aunque ya lo tenía perdido y viceversa, se hallaban secretamente muy distanciados; pero había que reconciliarse con su recuerdo- cuando no se lleva bien con la madre de éste que quiere hacer amistad con ella y curar la lejanía, la que es en parte un tercer puntal en la actriz Itziar Aizpuru que en realidad no es un aporte tan interesante ni se presta a logros o auscultaciones mayores, aunque implica varios dramatismos.

A Itziar Aispuru la recuerdo de aquel papel totalmente entregado y atípico en el anterior trabajo de la dupla vasca Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, 80 egunean (2010), en que no teme el ridículo, uno que asoma de vez en cuando, teniendo un final muy remarcado, si bien se explota mucho la idea de la infantilización/inmadurez de la tercera edad, siendo una anciana que descubre casada que siente una inclinación lésbica por una mejor amiga de la infancia con quien hubo algún flirteo temprano, que es como un Los puentes de Madison (1995) gay, con mucho menor calado y arte, aunque ésta tiene de cierta comedia, como también no se puede negar a su vez un toque de sensibilidad como obra, desde el descubrimiento tardío de la sexualidad en el concepto de la vejez. Muy bien igual la coprotagonista del affair Mariasun Pagoaga en la plena afirmación a lo Ellen DeGeneres.

En Loreak desde luego no se trata de casualidades, pero esa es la jugada maestra, el pequeño “misterio” refrendado más que suficiente por el cese y la cadena, notando que lo más importante es el analizar una etapa de nuestras vidas, la de las dos protagonistas, más que confirmar un amor oculto. El difunto es mucho la unión/pretexto entre ellas, y la razón de tener entre manos aconteceres existenciales, uno que viene de la decadencia y otro prima en el florecimiento o rescate tras un estado que bien implica la prematura menopausia, por eso la donación del cadáver y la cremación son como un tránsito que superar, y hay una triste secundarización y olvido hacia éste que es el propio leitmotiv del filme, de ahí que se entienda que dejar flores o visitar tumbas sea retribuir, no dejar de lado al ser humano, la eternidad misma.

Las flores que recibe Ane todos los jueves sin remitente como punto de partida de la historia es la representación clara del goce y plenitud mental de un ser humano, los potentes detalles, los destellos de belleza (de cada vida) como dice Jonas Mekas, y la grandeza intelectual de lo que es más trascendental de lo que uno puede entender por lo que simbolizan como acto de amor, de perdón, de auto-superación, de satisfacción o de memoria; que tras el espejo del abandono se convierte en la misma acción, una que sirve para desentrañar la relación de Lourder y su trauma, o dolor a superar, y que ella haga acto de curación, tanto como lo mismo sucede -y se le agrega la gratitud- en Ane que lo confundía con un amor platónico. Los premios Goya 2015 la tuvieron como nominada a mejor película, y junto a La isla mínima (2014) y Magical girl (2014) hacen un grupo valioso. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Magical Girl


La gran ganadora del Festival de cine de San Sebastián 2014, Concha de Oro a mejor película y Concha de Plata al mejor director para Carlos Vermut en su segundo largometraje, uno que dejó a la mayoría contenta, tras el humilde tanto como potente éxito de su ópera prima Diamond Flash (2011) que le generó un grupo de fanáticos. Magical girl era la verdadera gran rival (en el espíritu cinéfilo) de La isla mínima (2014), aunque ésta última le duplicaba en nominaciones y era a todas luces la favorita de la Academia española, en los premios Goya, en donde Magical girl sólo se alzó con mejor actriz protagonista para Bárbara Lennie.

Una niña enferma terminal de cáncer de tan solo 12 años hará que su padre, un profesor de literatura desempleado, quiera cumplirle un sueño a toda costa, incluso corrompiéndose, al querer tener el costoso traje de diseño de un anime llamado Magical girl (mención especial de un Luis Bermejo muy natural, y una pequeña debutante Lucía Pollán que trasmite sentimientos y delicadeza sin esfuerzo), que lo llevará a chantajear a Bárbara, una mujer con ciertos desequilibrios mentales y un pasado “oscuro” en unión a un profesor de matemáticas que influenciado por ella termina en la cárcel. Éste filme me recuerda un poco aunque en otra variante a Belle de jour (1967) en una doble vida, cierta locura/fantasía y un silencio que mantener, en éste caso hacia el esposo psiquiatra y adinerado.

No es una trama muy compleja de seguir, pero mantiene la sorpresa, tiene un tono seco, austero, mínimo, en un estilo narrativo que rehuye la emotividad o el dramatismo exacerbado teniendo entre manos mucho de ello intrínseco –pensemos que hay una niña con cáncer como razón de ser y desencadenante- que como dice el propio director, Carlos Vermut, hablamos de víctimas convertidas en verdugos, habiendo una definición de España representada en la corrida de toros, en estar en medio de lo racional y lo apasionado, que no es una idea plus ultra, pero que éste buen thriller tiene muy presente.

En sí no es que el filme sea un lugar de extrema originalidad, aunque tiene virtudes, como que parece una obra en completo control, notando que hay ratos en que roza el ridículo y lo esquiva con seguridad. Contiene en su narrativa general cierto cariz de cómic, de sombra fantástica, algo razonable viendo que hay una fuerte alusión al dibujo japonés, pero que nunca pasa la línea, se mantiene en ésta tierra a fin de cuentas.

El aspecto de Bárbara es sutilmente particular, fuera de aquellas cicatrices en el abdomen, parece signada por la cultura de La India que de la nipona, en la vestimenta y en la marca en la frente, si bien al final luce mucho más como una audacia decorativa que un lenguaje o juego más oculto. Sin embargo puede verse como un contraste interesante en cuanto a lo sagrado frente al desequilibrio mental y la promiscuidad, que recuerda a Rompiendo las olas (1996).

Tampoco es en realidad un filme muy raro como muchos quieren pensar, aunque contiene ciertas extravagancias, hay la mención elíptica y artística de una sexualidad sin límites en la figura de una salamandra negra, un culto secreto al estilo de Eyes Wide Shut (1999), pero no está trabajado en profundidad como si lo hiciera Enemy (2013). Más parece un simple suceso que va empujando a la protagonista, a Bárbara (Bárbara Lennie), en el sacrificio para subsanar un gran error, que sirve de pretexto para manipular la devoción ciega, de esclavitud psicológica, de Damián (José Sacristán), como si estuviera dominado por fuerzas mayores, al estilo del poder mental de un vampiro sobre su siervo. Bárbara Lennie exhibe en su personaje una mezcla de madurez y desequilibrio, al igual que una inocencia enferma que proyecta consecuencias, en el desarrollo de una vulnerabilidad conceptual y posible fuerza en sus actos, como en la prostitución, y en ese trayecto destila fría sensualidad, lo que hace que su papel se consolide, sea tan rico y coherente.

La niña de fuego no luce como ninguna amenaza, son únicamente circunstancias, aunque sobrevuela un espíritu de magia, como el del juego de desaparición de la mano, y es que Magical girl es luminosa, gozosa, no a fin de cuentas macabra ni tan misteriosa, tiene de la esencia infantil y desconcertante de Bárbara (el eje), de lo que brilla el costumbrismo musical y la audacia tranquila como en el encuentro del vómito y la sangre, o que se baile al son de un anime en el Madrid de los despidos, los paros y la crisis. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

“5”

Como la mejor película peruana del 2014 ponen a éstas tres películas, El Mudo (mi elección), de los hermanos Vega; al mediometraje Microbús, de Alejandro Small; y a “5”, de Eduardo Quispe. Eduardo Quispe goza del aprecio de los que suelen identificarse con el llamado cine indie nacional, o el más experimental, siendo una reminiscencia de aquello en una forma ideológica, es decir, el llamado de un arte verdadero, íntimo, atrevido, cinéfilo, de expresión rebelde, natural, representativo y en medio de la libertad formal, en el que anida la propia cultura y un quehacer político y social de orden nacional, como deja muy claro la introducción y el epílogo.

Abre con las empleadas de un geriátrico, vendiendo zapatillas, en contraste con sus pacientes que representan el poder adquisitivo; y cierra con unos cómicos ambulantes burlándose o desenmascarando la corrupción de nuestros gobernantes, en medio de cierta sofisticación verbal en plena exhibición popular, como el propio filme significa. Estamos frente al cine outsider por antonomasia, con un mensaje contra lo que cree está mal (como en la lucha de clases y las diferencias sociales, o lo esencial y la alienación), sumado a que la inversión es ínfima por lo que se sabe y se ve, hay una producción mínima, siendo algo muy personal y austero, grabada con apenas lo justo, tanto que en una entrevista Eduardo Quispe bromeó diciendo que la cámara casera con la que trabajó se la habían prestado.

Es su quinta película, como es que las titula con el número pertinente, y ha mejorado, en cuanto a sus defectos pasados de filmación amateur, lo cual se podría decir también que es su estilo y el que no ha abandonado. Pero ésta vez, una de las mayores molestias para el espectador, la tembladera, es bastante menor, hay sostenimiento, más delicadeza, mejor manejo del movimiento y del seguimiento contextual, ese que dirige la puesta del sol –como bien indica un buen diálogo en la trascendencia, la permanencia y lo conmovedor- y la panorámica del mar en el malecón, lugares y esencias que subyugan a uno de los dos protagonistas, que son una pareja, aunque también cuente la gente de alrededor que sólo pasa, y la cámara atrapa su espontaneidad, o eso invoca, como en el niño jugando con la regadera, o un joven con un perro curioso, el que no gusta de las fotografías y se manifiesta belicoso cuando le filman.

En "5" es muy importante la conversación. Por un lado está la muchacha de zona acomodada, como simplemente podemos denominarla, una figura que sirve para la discusión, más que las emociones visuales (que yo diría que son racionalizadas), ya que el enamoramiento no se palpa, no se logra (sólo se piensa, se intercambian posturas y convencimientos), que en la historia supuestamente se va esfumando y enfrentándose tanto como argumentándose, aunque en choque disímil. Amor nunca existe en el ecran, le pesa el tiempo del metraje que es el real, habiendo únicamente amabilidad, y puede que se le disculpe al filme en ésta ausencia en que ella implique lo superficial y la inmadurez para una relación. En el otro lado yace una expresión profunda y analítica en el chico de la zona lejana, la otra denominación simbólica en uso (que interpreta el mismo Eduardo Quispe, que apela a no usar camarógrafo, y a grabarse entre los dos), aunque a ratos haga gala de la verborrea, del que habla mucho, a comparación de la simpatía y despreocupación de la chica que se queda sin ilación o respuesta a menudo, apelando a la espontaneidad y la simplicidad más honesta y a su vez pobre, pero empática.

Dentro de los defectos que van superándose o acomodándose, que por un lado son características del estilo de cine de Eduardo Quispe, que se acumulan y juegan entre sí, está el de la luz, en sí hay algunos oscurecimientos, pero no tan vulgares ni recurrentes como antes, donde faltaba mucha nitidez, ésta vez se perfila mejor en aprovechar postura e iluminación natural. También, y esto es interesante, los ángulos que se toman con la cámara, de los rostros o de las partes del cuerpo, o a veces se habla y no hay ninguna presencia, ésta fragmentación, sin planos convencionales, se ven muy libres, le dan personalidad al asunto y al filme, favoreciendo el sentir de tener una especie de estética formal, mucho mejor que con la idea de estar ante un VHS y haber grabado encima mientras se da una edición en azul tan terriblemente sucia, aunque suene lógico. El sonido falla en el arranque con las empleadas y el agua suelta en el jardín, donde hablan Eduardo Quispe y la “actriz” Jamil Luzuriaga; hay otros pocos breves bajones, pero en su mayoría el filme funciona.

El meollo del filme parte del aspecto romántico (en buena parte sutil, fuera de que más tarde termine exhibiendo sus cartas en cierto melodrama), pero lo que al final cuenta fuera de dejarnos seducir por el carisma y la interacción primaria, es que deja ver la peruanidad, lo cotidiano que nos envuelve, nuestro realismo, los estratos sociales, cuestionando, en un intercambio al parecer intrascendente, en un simple paseo de una tarde, pero como dice Eduardo Quispe, lo mejor yace en lo que parece rutinario o común, más que en la grandilocuencia, y esa es una gran declaración de principios. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Whiplash

La segunda película de Damien Chazelle, Whiplash, es un estado perenne de guerra en una escuela de jazz, donde no hay compañeros, sino que se compite sin remisión por un cupo con ellos; siendo tan igual a un deporte de alta competición con el que la música llega a compararse, donde incluso sangramos y sudamos por vehemencia, dentro de una intensidad que llega a la brutalidad, anclados a una obsesión, ser los mejores del planeta, pertenecer a los más grandes, convertirnos en artistas verdaderos, fuera de simplemente colocarnos en algún lugar; como el inspirador Charlie “Bird” Parker a quien le lanzaron un platillo de batería cuando tocaba mal y se rieron de él, y eso lo ayudó a esforzarse hasta quien llegó a ser, como nos lo cuenta como referente de vida y ejercicio de maestro quien sigue al pie de la letra esa ley, la de sangre, sudor y lágrimas, el maestro Terence Fletcher (J.K. Simmons) del conservatorio ficticio llamado Shaffer en New York, que mantiene un estado febril de fuerte tensión en su enseñanza, donde presiona con firmeza, hasta llegar a ser desalmado, humillar, y usar la violencia, no solo verbal sino literalmente, con sus supuestamente excepcionales alumnos, o alguno a punto de ser uno, en busca del próximo Charlie Parker, mientras ejerce una filosofía de vida de exigir hasta sobrepasar los límites, producto de querer explotar/crear algún talento especial.

Whiplash va de todo eso con suma fuerza, un desasosegante ritmo, un atrapante encanto cool y un subyugante entretenimiento (las baterías definitivamente son cautivantes para la mayoría de gente de espíritu joven, aunque nos digan, tengamos que tragarnos, que los malos artistas terminan en el rock, pero viendo que los potentes toques de tambor son como explosiones y fuegos artificiales en las canciones de jazz, como en “Whiplash” y “Caravan” que son las que se tocan), que solo queda celebrarla en el mismo contagioso entusiasmo rabioso que exhibe, haciéndonos  parte de ese juego extremo de la trama, donde vemos a Fletcher saltarse cierta ética profesional en la ostentación de una ideología particular de éxito máximo, en medio de un filme que para ello hace gala de logradas propias reglas internas formales, usando el artificio, la atracción descarada y la fantasía sin atenuantes (no intentes buscar realismo y verismo al 100% en ella, es cine en toda palabra, donde hay su propio código, ya que estamos ante una ficción, un hedonismo de cinéfilo puro y sin frenos), en un atrevimiento que se redime no solo al cautivar y apasionar al público, sino en la historia en sí cuando invoca la lógica terrenal de castigar la locura y el extremismo, uno que lleva a la extenuación tan alarmante que provoca tragedias.

Hay un desarrollo fluido e increíble aunque sea de narrativa directa, como en la escena de un impacto en la calle, un clímax al estilo de la percusión, habiendo varios en el filme, que es totalmente impredecible y crea uno de los momentos más poderosos que uno puede ver en el cine, y desde lo reconocible, haciendo uso de una pequeña extravagancia que yace descolocada de la realidad, pero no llegando hasta lo freak ni a salir de lo de a pie, a fin de cuentas. Que suma mucho como con esos exabruptos crueles del maestro que empiezan comunes y terminan exudando creatividad.

El filme nos ofrece tremendo tour de force que termina en una lucha surrealista, digna de su propio sistema, temática y mensaje (por su parte en discusión), uno que venera la seducción del espectador tras la osadía, el hacer algo extremo que revitalice al propio arte, jugársela toda por llevar la elucubración de ciertos clichés como también de verdades hasta quizá la deshonra, o el Olimpo de ese desenlace a prueba de balas, digno de película, donde ya nada importa, más que la liberación de cualquier atadura, como de la energía artística (donde el mensaje desaparece ante el entretenimiento), ya que Fletcher se ampara en aquella premisa del Cisne negro (2010), de empujar, apretar, pero en él llevándote a reventar o a crear (dice en una línea, los tipos como Bird nunca renuncian; aunque después expresa jamás haber conocido a uno, como revelando a un simple torturador, un J.K. Simmons que ríe, llora y atemoriza en un rotundo y perfecto monstruo, que aun así guarda complejidad y expresividad), y no por sacarnos un lado perverso que nos haga ser partícipes de lo excelso, sino que esa oscuridad yace en el maestro, detrás de la idea de transformar la arcilla en una obra de arte.

Estamos ante la historia de Andrew Neiman (Miles Teller, que está muy bien), un joven tranquilo y educado que sueña con ser un músico gigante, sacrificando incluso el amor, y en su mirada la posible restricción futura de una pareja hacia su anhelo obsesivo, en una línea narrativa que sirve como espejo de explicación de lo que acontece en Shaffer, la crueldad, el abuso, lo contradictorio, inesperado, arbitrario, caprichoso, de seguir a Fletcher, quien es como un dios, ya no un maestro, más bien un guía todopoderoso a quien entregarse en un delirio de grandeza. Esa chica del cine es la válvula de escape, en varios sentidos, pero una cotidianidad que rechazamos, un contraste anodino de aquella “fiesta” desmedida que es tocar Whiplash mientras el instructor exige impredecible que vayan a su ritmo escurridizo, hasta entrar en la oscuridad/desenfreno que imparte, como en esa salida del estudio tras la elección de un baterista de otros de pretexto, con un Neiman transformado en aquella iluminación en verde, pero solo realizado en el sonido de su propia retribución. Cuando algo pequeño se convierte en gigante, desde adentro, fuera del final que le toque vivir. 

viernes, 20 de febrero de 2015

Alma salvaje (Wild)

Cuenta la historia de Cheryl Strayed (Reese Witherspoon), actualmente reconocida como una novelista bestseller y una ensayista destacada, aparte de ser una activista feminista, cosas que vemos mencionar de refilón muy austeramente en el filme (irónicamente, cuando un periodista intenta usarla de ejemplo en uno de sus reportes sobre vagabundos), ya que la trama va mucho más atrás de su exitosa biografía, cuando era una simple mesera, y la muerte prematura de su madre de sólo 45 años de edad le asesta un gran golpe que la lleva hacia la depresión y la autodestrucción, en el consumo de drogas pesadas y una vida de promiscuidad, lo que le costaría su matrimonio de 7 años. Tenía un fuerte vínculo que explica plenamente su extrema reacción y la propuesta, siendo éste el eje de un existencialismo. 

Bobbi se encargó de sus 2 hijos pequeños, de Cheryl y su hermano, cuando abandonaron un hogar dejando atrás a un marido abusivo y alcohólico. Como se ve en la película era muy cariñosa y entregada a ellos, mostrando una alegría, sencillez y ejemplo que roza el ideal materno en la memoria, una plagada de simbólicas luces, ensueño afectivo y brillos, como de mensajes que motivaran a la protagonista a ser una persona especial –desde un punto de vista psicológico, en su liberación mental- al final del aprendizaje vivencial, tras el sufrimiento, hallando el camino de la belleza, como solía decir la progenitora.

La trama consiste en que Cheryl decide rehacerse, volver al camino correcto, y para ello tiene que purificar su alma, superar su dolor, y lo hace decidiendo seguir el Pacific Crest Trail (PCT), un trayecto de 4200 km. que va desde California hasta Washington a pie por bosques, el desierto y fuertes nevadas, y lo hace sola al peligro de la intemperie, de lo salvaje y de la posible violencia de algunos hombres de la ruta seducidos naturalmente por su belleza. Hay que acotar que Witherspoon no usa maquillaje ni mucho arreglo, y tiene una apariencia por una parte rustica, de mochilera, que hasta no puede bañarse a menudo, aunque aún luce agradable; ella yace dentro de una compenetración con el buen manejo de actores del director Jean-Marc Vallée, de quien recordamos que Dallas Buyers Club les dio el Oscar a Matthew McConaughey y a Jared Leto, y ahora Witherspoon está justamente nominada con una performance valiosa, de las que convencen hasta quienes no solemos quererle mucho.

Cheryl, Witherspoon, pequeña con una mochila a la que le llaman monstruo, un tremendo peso, metáfora de su propia lucha con su interior, va marcando los días hasta cumplir meses, mientras deja alguna línea memorable compartida con un autor consagrado en las bitácoras de la ruta, como a su propio modo lo hacia Into the wild (2007), con la que comparte semejanzas, al igual que con 127 horas (2010) en otro tipo de combate físico y espiritual.

Parte importante del concepto y estética del filme son los flashbacks, que no son precisos, juegan con los tiempos, mezclan recuerdos, que muchas veces sólo son como destellos, y arman sentidos artísticos, tanto como de reflexión. Los flashbacks van a distintas etapas del crecimiento de la protagonista; sobre todo sintiendo esa poderosa empatía con su madre, interpretada por la actriz Laura Dern, que hace un papel maravilloso donde creemos en toda potencia todo ese amor inconmensurable que siente ésta hija, en donde Dern hace muy nítido y real el sentimiento, uno tan importante para la historia y la credibilidad de la película, en lo que trasmite bondad, comprensión, simpatía, una sonrisa diáfana, pasión por la vida y por su vástagos, paz y calor humano, y todo desde una esencia primaria, siendo profesora de letras, camarera y ama de casa.

En los tantos flashbacks, de ésta fusión mental conjunta que es el filme del bien referido anochecer/amanecer de la filosofía materna, con el andar sanador y duro del PCT, también veremos, desde luego, la oscuridad de Cheryl que se inyecta heroína, una de las peores generadoras de adicción y caída al submundo; tiene sexo casual y es infiel burdamente, para lo que Witherspoon deja de lado su natural seriedad y carisma, ese que sobrevuela efectivamente sus tantas expresiones de emoción en el presente, sus elocuentes gritos de desfogue, su osadía y sus temores; ella presenta proximidad con el público, en humanidad, igualdad y particularidad, al contrario de aquel póster de la inmensidad del cosmos y la pequeñez humana. Witherspoon se dibuja vuelta pútrida piel, y es verosímil. 

Tenemos en el filme un balanceo de luz y pasado, en medio de una búsqueda de epifanía, como los avistamientos de un zorro y la canción folk llamada Red River Valley que canta tiernamente un niño, al igual que lo es en otra forma con la naturaleza la composición peruana de El Cóndor pasa, en las voces de Simon y Garfunkel. Nos vemos primero observadores de sus faltas, luego cómplices de ella (en una road movie, aventura, que comunica muy bien el dolor), en su deseo de enmendarse (aunque en un sentir menos caritativo que el de la liberalidad americana, si bien Witherspoon tiene un aura). El ex esposo atraviesa la humillación por las circunstancias, pero a pesar de todo le llega a apoyar en su “loca” disposición de hacer tremenda caminata, la que muchos no culminan, y que ella a cada paso se enfrenta con tirar la toalla, superando reto tras otro del sendero, como serpientes, falta de agua, hambre, cansancio, heridas, soledad o miedo. Éste es el quehacer de hallarse a sí misma.

sábado, 14 de febrero de 2015

Foxcatcher

El director de ésta película, Bennett Miller, es un habitual de las nominaciones a los Oscars, con lo que ello significa, un arte destacado en el cine americano, y el de un entretenimiento con suma autoría y arte, ese que deja ver una dirección compleja, llena de incómodos silencios y personajes observadores, algunos meditativos, provocando que una reacción, un gesto o un exabrupto emocional sea el que desnude la personalidad velada de las formas, por el respeto que otorga el dinero, o nuestro comportamiento anclado a lo primario, a lo infantil, como le pasa al impetuoso, básico y juvenil Mark Schultz (Channing Tatum) que se mueve como un gorila, siendo un hombre de acción, de un razonamiento precario, pero con un anhelo muy fuerte, excepcional y harto loable, que cunde en el patriotismo y la gloria máxima en el deporte, el ser el mejor atleta del mundo, el mejor exponente de la lucha amateur, y eso implica su independencia, desprenderse de la sombra de su hermano mayor, que lo ha criado y guiado, ha sido siempre su mentor, David Schultz (Mark Ruffalo), que en su sentir competitivo percibe que le opaca, aunque realmente mínimamente (¿no hablamos de dos medallista de oro?), siendo más un sentimiento y un mundo ejercido y sobredimensionado en su mente.

Toda la interacción entre los hermanos Schultz  yace acompañada de pequeños gestos donde se ve que David lo supera, es más hábil y “frío” en todos los aspectos (priorizando a su familia y el cariño a su hermano, tanto como a su conocimiento profesional, no nos equivoquemos), por ser más calculador, más racional, y no del tipo salvaje, muy emotivo, como Mark, al que bien se le define como al hermano pequeño, más allá de lo evidente, y el que requiere de asesoría, a un grado sutil, psicológica, para proyectar esa intensidad, talento y poder que tiene en la lucha (de lo que el alejamiento del dueño de los Foxcatcher resulte lógico, por ser nocivo, como se ve en el uso de drogas, alcohol o perder el tiempo muchas veces; de lo que también esconde la película sentimientos ambiguos de decepción y traición, ya que hay un vínculo real y honesto entre ellos al fin y al cabo, no solo es interés mutuo, como bien resume ese documental de du Pont, aunque sea una falsa glorificación, a diferencia de esa transmutación de la progenitora en el rechazo, simple acomodo e insinceridad de David), bajo algo más metódico y científico, más disciplinado, todo lo que Bennett Miller deja ver discretamente, con delicadeza, argucia e inteligencia, con mucha elipsis, en un entretenimiento –no lo olvidemos- que deja trabajo al público, aunque da buenos indicios y es a gusto de uno.

No se puede negar tampoco que hay momentos en los que se remarcan mucho las ideas, o se abre toda la ventana para que divisemos ángulos de como se mueven sus tres figuras protagónicas. Véase un acercamiento ya no solo paternal, sino a un punto homoerótico (leve, breve, pero sugerente, que deja libre el germen de la imaginación con dicha jugada, en que se manipula cierto prejuicio o sensacionalismo del que no conoce el deporte, que es como echarle carne a los perros; sin embargo es solo un juego de la ambigüedad, ya que hay mucho trato de los hermanos que se le parece, dando a proponer, que hay un acercamiento similar con du Pont, es decir, fraternal, de mucha confianza y cariño, de acciones justificadas, lo que se interpreta que es como un enfrentamiento silente por ganarse a Mark, por varios motivos. Y ese punto es la habilidad de la dirección de Bennett Miller que nunca deja de jugar con nuestra mente, no da una sola lectura, más bien se trata de distintas posibilidades, y de muy buenas combinaciones), en aquel encuentro nocturno de wrestling entre entrenador y pupilo, o cuando John du Pont (Steve Carell), autodenominado el águila dorada (sobrenombre al que muy bien le ayuda la nariz aguileña, o que sea ornitólogo, más no como se da a entender claramente, su cualidad de instructor), realiza un match de lucha y se ve que gana pero por detrás pagan a su contendor, pequeños deslices de autor, quizá hasta subterfugios bajos, como por su lado requerimientos para formar un cuadro general, ya que hay que reconocer que la mayor parte del conjunto trabaja con puntos a completar por el espectador, o en el coger de algún detalle preciso al vuelo, como el manejo deportivo, el entrenamiento olímpico que se requiere y que es de un nivel que pocos pueden proveer/sostener, de du Pont sobre su protegido, a quien lo ilumina con su generosidad; o con el mismo desencadénate de la historia, donde por cultura general se conoce la reacción mortal de una paranoia, pero el filme trabaja con otra cosa, con el sentir del respeto y la admiración, el menosprecio, el reconocimiento obsesivo de la gloria, y cierta obstrucción que significa uno de los puntales protagónicos para los otros dos que comparten necesidades mutuas, un intercambio de dinero por satisfacción e identidad propia, pero también una personalidad y un anhelo igualitario, frente a la soledad y la superación de un escollo mayúsculo en nuestra psiquis, representado en David Schultz, ser un mentor, o proveernos de un camino, el más grande por uno mismo.

En ese hueco/disposición de introspección entra a tañer la madre humilladora, castradora, omnipotente en la oscuridad de la memoria, como una imagen subyugadora que nos persigue (y uno quiere superar, dejar ir, como con aquellos caballos de raza, una reacción entre el dolor, la dependencia y una pequeña liberación), la que nos infantiliza, y nos demoniza o nos vuelve perversos con el resto, con el mundo, aunque nos sobreproteja en su caudal económico y una descendencia noble (viendo que más que actos contra uno, se implora respeto de ese pilar mental en nuestra vidas, ese que no nos tienen, y nos quita el lugar de soporte formal emocional y como seres humanos, lo que hace ver a un du Pont vacío, ridículo, aniñado, débil, poca cosa, y por último peligroso, aun intentando con ahínco ser algo importante, trascendental, con actos intelectuales, filantropía, o nacionalismos de orgullo familiar), y es que du Pont se esfuerza, como en aquella reunión con los atletas para darles instrucciones y darse principalmente a notar, orquestada ante la mirada y juicio de la madre curiosa pero minimizadora, pasivamente destructiva y desconfiada (hacia lo que llama un deporte inferior, que trae trofeos que ella hace espacio como por caridad, sin creer en ello, porque se trata de su hijo, lo que retrata una cruel lucha perdida, desde el inicio, por una actitud firme de desprecio hacia éste como hombre, donde la redención no parece existir, provocando entonces solamente patear el tablero, la tragedia y la autodestrucción del juego de la derrota interior, como un grito frente a lo patético, que bien dibuja un previo silencio melancólico, y la frase de “hemos terminado”, que complejiza lo que muchos llaman simple locura), en la poderosa imagen de la breve aparición de Vanessa Redgrave.

Como reflejo deportivo de la lucha tiene una gran seducción extra, se visualiza muy bien la técnica y los encuentros son en un tiempo justo, no dilatado, fluido, y son instantes emocionantes, indicativos, sin darles ningún efectismo especial, brindando naturalidad, convenciendo y proveyéndose de una cuota de impacto y confabulación. En ello hay que decir que Bennett Miller supera mucha predictibilidad, en que el meollo del asunto se rige a ciertas cautivantes condiciones, a una explicación tras la gloria, una que puede que se alcance e igual escapa a lo esperado, se convierte en secundaria frente a una (otra) prioridad psicológica; y una que se frustra de alguna forma o se nos revela y duele, y se convierte en una consecuencia. Tanto así que el deporte es en realidad –como toda buena película lo aspira- un pretexto para analizar nuestra “sencilla” pero definitoria humanidad, a priori de, factor de o por sobre cualquier excepcionalidad. En donde Miller genera un drama universal de suma profundidad con material deportivo destinado por lo general a la superficialidad y la fácil empatía. Un logro. Tras una cierta engañosa sencillez y austeridad en buena parte del conjunto (la suntuosidad se deja  muy en claro, el poder del dinero, si bien la “necesidad” flirtea con otros ámbitos, como en aquella elipsis o medio punto negro de ¿qué convence a David Schultz de pertenecer al grupo Foxcatcher si Mark dice que no se le puede comprar?, el miedo, la obligación, la lealtad, o, solo es un simple engaño, retórica, recurso de la lograda amable ambigüedad del filme), dentro de una calma (de “temer”) que enseña de forma  no demasiado convencional, pero aun así piensa/llega sin ningún problema hacia muchos, con lo que al desenlace más que esperarlo, vislumbrarlo, o yacer uno impaciente o inquieto por tanta observación, mutismo y escape en medio de circunstancias de tensión (yo creo que hasta lo reduces al punto de partida de una tesis), se deja entender argumentalmente de forma prominente, como todo objeto de arte; por encima de cierta parte de la ilustración, como el cariz de neanderthal de Mark Schultz, logrado cuando golpea furioso su cabeza contra un espejo, o yace impotente ante la técnica superior y quiere agredir a su hermano en el entrenamiento, y en la escena podemos ver hasta su sudor. Pero que no tiene solo una performance realista convincente en una marcada expresión de brutalidad, sino tiene de lugar común, de quehacer simplista, que en algunos casos es muy obvio manteniendo la rudeza, lo primitivo y lo típico que se cree del luchador, aunque en general se llega a conseguir y a suavizar con el pasar del tiempo, lo mismo que pasa con la cualidad visual gestual de raro o lento de du Pont, en dos performances que a pesar de cierta dosis de crítica son de lo mejor de la película, lo que provee una gran loa a Channing Tatum y Steve Carell, actores muchas veces infravalorados –yo mismo lo he hecho, y hago un mea culpa- o encasillados que demuestran mucho talento y entusiasman con su esfuerzo y entrega, al igual que bien aunque menos, se espera eso de él, y creo que es porque más se rige al desarrollo de los otros dos aun siendo el talón de Aquiles de ambos, Mark Ruffalo. Como curiosidad apunto que nunca reconozco a Sienna Miller, que ya creo que habría de respetarla más, en su cualidad de camaleón, antes estilizada pero de a pie en American sniper (2014), y ahora de apariencia más ordinaria, desapercibida. Frente a una obra que no invoca el reduccionismo, porque fuera del mundo de machos que se cursa en la dura lucha libre olímpica, se trata del ser humano en toda esencia, a través de la complicada radiografía psicológica de un desenlace desconcertante. 

viernes, 6 de febrero de 2015

El Francotirador (American Sniper)


Antes de comenzar éste especie de reto que es concebir ardua, honesta y coherentemente (mucho, con uno mismo) una crítica independiente, debo empezar agradeciendo un filme como American sniper, por todo el debate y entusiasmo cinéfilo que me provoca, por lo que es indudable que produce en mí suma admiración su director, Clint Eastwood, no solo por la presente (aunque le halle pesados puntos en contra veo que es un hombre y cineasta honesto aun siendo cuadriculado, por una parte valiente siendo directo y claro, haciendo un cine de siempre, clásico como saben todos), sino también por el cariño a su legado cinematográfico como actor, en especial por íconos como Harry el sucio o del spaghetti western, tanto como por su performance en sus propias obras, y sobre todo por el talento que tiene como director, en películas que me parecen de lo mejor que puede ofrecer el séptimo arte, Unforgiven (1992), Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison (1995), Mystic River (2003), Gran Torino (2008).

Pasado éste preámbulo, hay que decir que lo que inmediatamente llama la atención del filme entre manos es la ideología o política que maneja, de lo que al respecto muchos dicen que es imposible de abstenerse de dar alguna postura de algún tipo en un filme, viendo que toda propuesta tiene un mensaje en distinto grado, y lo pongo/dejo en cierta duda por una parte, ya que muchas veces uno entiende que perduran más otros elementos, que la supuesta ineludible ideología pasa a segundo plano, y hasta puede desaparecer, o en todo caso no se llega a sentir/percibir que uno lo toma como que no existiera (además está claro que no es necesario compartir el pensamiento de una película, uno puede ver algo "nocivo", recriminable, discutible, no se trata de lo intachable). Pero sí, todo filme requiere para concebir el arte más exigente, que halla complejidad argumental, en la puesta de escena, en el desarrollo conjunto, que exista equilibrio en sus postulados, apreciando que parte de la riqueza de un tema yace en lo polivante, en distintos estudios o posibilidades a contrastar, y ese es el máximo error de un Eastwood sumamente ideológico, obvio, remarcado, exacerbado, unilateral, hasta plano, arguyendo un nacionalismo patriotero, donde los más machos, bravos, cerrados y fanáticos soldados, los NAVYS, dan pie a que se diga claramente –encima en un tono autoritario, intimidante y rústico- que en el mundo existen las ovejas (los débiles y sumisos), los lobos (los abusivos, los réprobos) y los perros cuidadores (los que se encargan de contrarrestar a los lobos),  bajo un sentir conservador donde la religión, el nacionalismo y la familia, en un quehacer recalcitrante, encerrado en sí, son una fuente de pletórica condescendencia con los actos de las fuerzas armadas angloamericanas desplegadas en Irak.

En la propuesta también se evita asumir alguna autocrítica, o análisis con posturas en disputa, es siempre unidireccional, sobre el porqué de la invasión a Irak. Solo se adjudican razones por la influencia de Al Qaeda en la zona (recordando que el llamado de Kyle, al patriotismo de un cowboy, ¡qué más claro que eso!, fue el ataque desconocido a una embajada estadounidense) tras el horror de la caída de las torres gemelas. Esto puede tener de prevención, aunque sería ingenuo pensar que una guerra se hace de tan poco. También tratamos con una película de acción, de entretenimiento, donde a esa vera no le faltan los efectismos y la banalización. Tal es cuando la lacrimógena, primaria –salvo en el primer encuentro- y aguantadora Taya (Sienna Miller), la esposa embarazada de Chris Kyle, del francotirador protagonista interpretado por un solvente, de expresión mínima por lo rudo pero tratable y hasta inteligente, o de breve magia circunstancial, Bradley Cooper, llora en el teléfono encendido sin respuesta mientras su marido y compañeros son atacados; o cuando un terrorista de tipo caricaturesco –igual al cómic/leyenda que hacen ver del francotirador olímpico sirio, para antagonizar, dar juego, como a su vez no dar a entender que hay lobos con piel de oveja- tortura/agrede a un niño con un taladro frente a su padre soplón. No obstante hay asaltos militares de suma intensidad y cautivante belleza autoral, como uno oscuro, inquietante, caótico, indeterminado e impredecible que ocurre en medio de una tormenta de arena en el último viaje y campaña del protagonista, que recuerda a la hazaña del ataque nocturno final de Zero Dark Thirty (2012).

Los roles modélicos, de los conservadores, bien reflejados en aquella biblia de ascendencia familiar que guarda Kyle, en lugar de vigilar el ideal humano, buscan la impunidad, la justificación de atrocidades, la libertad total, producto del miedo, las condiciones intrínsecas de la guerra de sublevación paramilitar y el defenestrar cualquier futuro ataque enemigo terrorista. Es así a tal punto que se habla de un heroísmo (casi) incuestionable, al menos en el protagonista, la esencia del filme, fuera de la sombra del agotamiento y el quiebre emocional, donde en Kyle hay represalias psicológicas en algunos pasajeros desequilibrios  –intenta agredir/estrangular a un perro que cree violento, ve la tv. apagada abstraído en sus memorias bélicas y sobredimensiona histéricamente la falta de ayuda a su bebé que llora en la maternidad- como a su vez se siente distanciado de su esposa –en un momento estando de regreso deja de ir a su hogar perdiéndose solitario y deprimido en un bar- que pone en segundo plano por su vocación absoluta hacia lo militar, la patria, implicándose en 160 muertes como francotirador, tanto que no se oye en absoluto de crímenes de guerra.

Kyle en ningún momento da su brazo a torcer en lo que considera irreprochable, legítimo, su deber, para con su país, Dios y sus compañeros, por encima de cualquier asunto moral o ético, como diciendo que en la guerra todo está permitido, hasta la crueldad de un lobo. Pero eso no lo vemos, porque no hay concesiones ni equilibrio, sino que en todo momento Kyle actúa como por necesidad, porque no hay salida, aun siendo un tipo tan rudo y lo que se espera de una leyenda construida con el fanatismo que alguien tildó de psicopático, como un peón del sistema, orgulloso de defender a su país, de lo que se le abre cualquier puerta, lo limpia de su consciencia, aunque tiemble a poco de cargarse a otro niño hijo de puta, como dice entre dientes, como enviando un mensaje al mundo, que los americanos han sabido entender en su abundante asistencia a las salas del cine, agradecidos lógicamente pero no del todo juiciosos por una parte, como diciendo que solo en Estados Unidos hay héroes de guerra y no corruptos en la lucha contra el terrorismo, en un alarde de americanización global y alienación perdona vidas, de excepción. 

El tipo de soldado que es Kyle, como lo expresa el filme, está por encima de a quienes se les llama sin asco de salvajes, fantasmas que no han aceptado evacuar la zona, o sea gente a tratar con toda mano dura y omnipotencia ante la desconfianza de cualquiera de ellos, que pueden invitar una cena amigable y luego ocultar un arsenal de armas y ser cómplices guerrilleros, o que se diga que su territorio huele a defecaciones, lenguaje real, pero que indica el sentir de quienes lo utilizan, como ven/fomentan el contexto. Eastwood pone un caso cliché sobre la amenaza del terrorismo, deshaciéndose de niños y mujeres que intentan matar SEALs, encubiertos en la sensibilidad de su naturaleza. Esto suena políticamente incorrecto, al mismo tiempo se siente realista, las consonancias verosímiles de yacer en una guerra, los mismos hechos, pero además osado, sincero y ruin (pensando en nuestra humanidad, en los derechos humanos). 

American Sniper es un llamado a enrolarse, y a venerar a sus héroes militares, el llamado patriotero puro y duro. No estamos frente a esa pequeña joya de la adrenalina bélica de The Hurt Locker (2008) que imponía un sentir extraño de existencialismo por encima de la especificación de una guerra. Todo en cambio en American sniper se mueve producto de un trauma angloamericano como lo es la caída de las torres gemelas, y el sentir de una inevitable reacción de retorno contra quienes han dejado de ser seres humanos, son sólo salvajes, aunque se pierdan en medio de la multitud indistinta, y es que a Eastwood le han tocado el corazón, es un tema que lo hace sentir demasiado norteamericano, como se puede apreciar claramente, y puede ser a un punto normal, pero el resultado es un filme medio propaganda, para rendir honores, como en aquellas finales imágenes de archivo, donde raya solo el respeto, el silencio, y queda fuera en conjunto lo complejo o equilibrado. La ideología se impone incluso por sobre los elementos, su cualidad de divertimento, pero sin rehuirle al recurso del convencimiento primario, en un filme lastrado por todo ello.

lunes, 2 de febrero de 2015

El Código Enigma (The Imitation Game)

Lo más rescatable de éste filme destinado a la supuesta complacencia general, sopesando cierta calidad merecedora de la nominación a mejor película en los Oscars, y lo que hace que uno en lo personal lo salve de la quema, haga un balance “perdonándole” sus incontables errores, es que tiene un pequeño tono cosmopolita dentro de sus parámetros narrativos hollywoodenses de buen ritmo, mucha corrección política y hasta naturalmente simplista, aunque tiene algunos conocimientos complejos entre manos, pues tratamos con un matemático, científico y padre/precursor de las computadoras.

El filme viene a lucir frio por un lado –valga la inmediata relación, como el propio país del que viene el director, el noruego Morten Tyldum- y  del tipo británico al otro –por la ambientación, el origen de los actores, y de los personajes; sobre todo siendo el biopic de un inglés emblemático como Alan Turing-, es decir, parece desapasionado, seco, pero también asoma lo contenido, el guardar las formas, la buena educación, esconder la intimidad, imponer el recato, la elegancia común y la discreción, cosa muy de acuerdo con el tipo de hombre que se retrata (más allá de obviedades o recursos planos del guion, tanto como para dar giros), al que vemos más tarde abrirse como una flor en toda primavera sólo en el desenlace en que resulta muy emotivo, realmente conmovedor, hilando bastante fino, pero contundente en nuestra reacción, perpetrando realismo con un toque artístico, lo que reflota cualquier antecedente negativo, en un clímax perfecto, hablándonos de un estilo deliberado en toda la propuesta, el de escoger no mostrarse sentimental en su mayor parte, mientras recordamos atentamente ese epilogo tan pletórico de sensibilidad, que remite indisoluble e inmediatamente a  la noción de una vida muy triste que a un punto se nos estaba velada. Se suma además que se trata de la complicada personalidad de un hombre raro, no porque sea homosexual, sino alguien que tiene la dificultad de interrelacionarse socialmente, un solitario, que yace como  atrapado en una “única” expresión que parece albergar un rostro medio tonto en quien fue un genio, en la performance del querido por el gran público Benedict Cumberbatch.

Enumerando los tantos defectos del filme, véase el verbalizar mucho y no saber enseñar con imágenes –que no se trata de sensacionalismo ni de bajos refugios-  su tendencia sexual, su señalada soberbia o su clamada crueldad, emparentada con su excesivo racionalismo, salvo en un momento en que la película se salta la norma, sin ser audaz, ni darlo todo, cuando el código Enigma se descifra y hay que sacrificar muchas vidas, incluyendo a un familiar directo, por una táctica vencedora en la guerra, que recuerda la argucia militar de Winston Churchill.

A la película le falta perversión, padece de mucha asepsia, falta ensuciarse, adolece de mucho atrevimiento, aun con su cierto cariz de indefinición, su sentir nórdico (que también por un lado parece un defecto), su extraña algo esquiva empatía primaria, su mínimo de cine arte europeo oculto tras el cine de gran envergadura comercial que es la presente. Es la historia del hombre atípico o inesperado al éxito o a la grandeza (visto desde su adolescencia), a quien se le atribuye anormalidad, al final el germen del prodigio, como se arguye, otra excepcionalidad (en esos flashbacks de chiquillo secretamente enamorado de un compañero e influencia, por ser él compasivo, noble), que enfatiza el filme infantilmente, aunque de manera llamativa, para tener al espectador atento, pero ligero, implicando en realidad un lugar de confort, uno que vive de las apariencias –que la trama igual maneja de manera esquemática, o no lo explota como es debido- pero que resulta vacuo en buena parte. 

En lugar de repetir el incansable estribillo de que la crueldad otorga satisfacción, que en primera instancia funciona, para luego perder la atención por no hallar gran sustento (un quehacer didáctico básico, que no llega a proyectarse más allá de lo inmediato en los acontecimientos), hubiera cogido esas líneas efímeras o algún pasaje breve que parecen escaparse del conjunto formal y era la oscuridad que le ha faltado cuando el personaje de Keira Knightley sostiene que requiere de su casamiento porque no quiere irse con sus padres, anhela un beneficio o salvoconducto, y se vislumbra de ella cierto aprovechamiento, y obligación, tras un pacto; o se diga una realidad madura de que el trabajo de “oficina”, monótono, apagado, tiene mucho mérito, aunque suene un poco a manual de autoayuda (conmiseración social); o se haga ver que la guerra es menos romántica de lo que la historia pretende. Puede que sea duro con el filme, y es que tiene plaga de defectos, dando por descontado la buena factura, la verosimilitud de la recreación y contar una historia de forma amena, que por ello va a gustar a muchos. Sin embargo, es más atizar la vista, son los pequeños atributos los que hacen la gloria, o mejor dicho, le dan una cierta redención, con esa mirada a la resolución de los códigos nazis, la genialidad, en aquel invento de nombre familiar, entrando hacia la oscuridad, emparejado el discreto héroe, Alan Turing, con su humanidad/sufrimiento.

jueves, 29 de enero de 2015

Todos están muertos

En el cine español, y en los espectadores por antonomasia de éste suponemos, se podría decir que les gusta perpetrar/observar la extravagancia sexual, diciéndolo de cara a la versatilidad del término, quizá como reflejo de su sociedad o de lo que se espera de ella (un grito, intenso o abrupto por lo general, de igualdad y derecho, si lo vemos dentro de todo en el buen sentido), por algo el máximo representante del cine ibérico es Pedro Almodóvar. Sin embargo hay que decir que dicha omnipresente particularidad muchas veces lastra la apreciación de su arte en general, y no porque no vayamos a tolerar -por dar un caso central- a homosexuales o travestis, adolescentes descubriendo que son gays o el asomo del incesto entre hermanos, aunque en una exhibición platónica, de un sentir de imposibilidad, éstos dos últimos presentes en el filme que nos aboca ahora, sino porque muchas veces yace fuera de lugar en la exploración de un tema, a menudo vulgariza o pauperiza contextos específicos, o los relega a cierto show, te saca de la auscultación o introducción de otras realidades, de cierta profundización, para hacer ver quizá sí un rasgo distintivo o anhelado de perenne factura, simbolización e identificación social, pero también refleja (otro tipo de) incongruencia, el sobresalto, la distracción y hasta empequeñece un sentido conjunto, su importancia, lo vuelve a un punto costumbrista e irreverente de por sí, y puede que esto no sea para nada extraño en España vista su potente liberalidad, pero si se siente mucho afuera, quizá por una parte por defecto de uno en cierta convencionalidad en cuanto a las formas de la narrativa que esperamos encontrar, no de la falta de apertura recalco. No obstante hay argumentos a sopesar, en que uno quiere ver mayor ecuanimidad con la seriedad de los temas, (sobre todo) coordinación, elegancia y estética. Y puede que esté tirando simplemente una piedra al mar, viendo en el horizonte un ruido zambulléndose, a continuación unas bellas ondas y más nada, la calma, el silencio, o siendo optimista una botella con un mensaje a cualquiera que lo recoja, al mundo; y seguramente es pedir mucho a éstas alturas de un reflejo/labor en el cine español, pedir romper con una esencia (sea ésta o no desfavorable), aunque siempre (cualquiera) habrá que adaptarse, total tiene hasta cierta gracia (por ser condescendiente), como señal de un tipo de cine que a pesar de toda su común imperfección es entretenido, e igual pensemos que podría ser mejor, atenderlo con más delicadeza, o más correlación con sus temas.

Hoy ha pasado justamente esto, el filme que nos compete tiene de costumbrista, pero ha sabido darle a ésta perenne extravagancia sexual del cine ibérico un lugar cuidado, a proporcionarle tino, y exponer dicho lugar común como parte de la historia en sí, sin por ello renunciar a abordarlo con fuerza. Invoca a un grupo musical denominado “Groenlandia”, en donde dos hermanos se quieren tanto que llegan hacia la barrera no solo de la dependencia emocional, la hermana con vida sufre de agorafobia producto de su ausencia (aunque no está determinado por completo), sino que asoma también el amor de pareja, que nos remite al rechazo o a la impotencia por cordura, que se pone en paralelo con el primer descubrimiento afectivo de quien uno es, del hijo de dicha protagonista, de Lupe (Elena Anaya).

Hay además un juego muy interesante en el filme, la superstición o la fantasía reinante amplificada por el sugerente día de los muertos, famosa celebración mexicana, habiendo una fuerte contextualización de éste país latinoamericano con el personaje de la madre y abuela en la actriz de carácter y simpatía Angélica Aragón, de esa ascendencia. Fecha que hace que Diego (Nahuel Pérez Biscayart, que es un contundente fluido complemento, imponiendo muy buena mítica en su soltura, y no es poca cosa que lo consiga siendo mayormente un desconocido/anónimo para el gran público), el cantante y hermano mayor muerto en un accidente de auto que le cerceno los pies (sus botas de punta plateada son como su esencia, símbolo sencillo de la vida y la muerte, como del logro, el optimismo, y lo fallido), regrese como fantasma tal cual le recuerdan sus días mozos musicales con esos distintivos grandes ojos saltones/despiertos, su marcada personalidad y su pasajera pero cautivante pequeña fama de pueblo chico, muy propia de la tocada de garaje, que recoge parte del alma de los 90s en la onda grunge que se puede vislumbrar en otra medida detrás de ese sótano ochentero con discos de vinilo viejos, el estilo discoteque con deslumbrantes luces y humo como en el recurrente videoclip de la banda, y melenas abundantes; o como en la bella y dulce Elena Anaya cubriendo medio rostro en medio de la introversión, el silencioso egocentrismo y el engreimiento. Diego nos revela no solo su rebeldía, su común indiferencia y relajo, típico del rock star, sino su oculto apasionamiento hacia la figura de su hermana, también desde lo sugerido y cuidado (la narrativa formal), teniendo muy en cuenta que tratamos con la idea de la excepción, del tipo especial, que incluye lo raro (hay diversificación al respecto, desde el ente popular e idolatrado, hasta el outsider, el que pelea su lugar; o el antisocial como enfermedad), que viene a la mente con la estructura del cantante de rock, pero desde el uso cotidiano, humano, familiar (disfuncional), social; quehacer que suele buscar el cine español, solo que por costumbre con un trabajo cinematográfico no muy trabajado, demasiado directo, y como vemos no se trata más que de un buen guion, sin exagerar con lo estrambótico, más bien hacer uso de discreto ingenio.

Otro destaque de la obra es el aspecto melómano conjunto de la propuesta que va más allá de alguna referencia concebible en la mente, que no faltaran si uno sabe de grupos y su tendencia a la poética (maldita) de leyenda, habiendo no solo un sentir muy cool en el ambiente, sino en el hacerlo desde lo sumamente íntimo, a todas luce personal, bajo el placer más cercano del que ama simplemente la música. Muy bien tratado con el amigo fanático y guitarrista en la performance de Patrick Criado, quien está creíble y agradable en quien no teme la espontaneidad más inocentemente despreocupada, a lo Kurt Cobain en varios sentidos, y que recuerda a un sucedáneo de esa indisoluble dupla de Diego y Lupe que es el leitmotiv del filme; que de ser los Goya lo hubiera nominado como actor, en el abrigo del verdadero arte, del que no espera nada, viendo que es una revelación aun en su brevedad y sencillez que implica cautivante naturalidad actoral, aunque teniendo en cuenta que todo el reparto interactúa y produce un sobresaliente feedback, brillan virtudes en cada papel, mientras se observa una merecida nominación de su rol en conjunto a Elena Anaya –perdonando algunos balbuceos y escapes en su primera parte, que tienen lógica pero remiten a algo primerizo, aunque evoluciona rápido; aquello está bien y mal, pudo ser más fino-. No se ve a la música como algo harto procesado o portentoso, no implica una maquinaria internacional pero si una devoción y entrega anímica/espiritual más valiosa, tocándose canciones a esa vera como con “Corazón automático”, en toda onda ochentera que da verosimilitud y mucha forma a Groenlandia (todos los nombres se pasan de simples, en su notoria proximidad con el relato y el espectador), siendo un grupo ficticio, que trasciende y se pega a un sentir, como a la historia (que puede que sea fácil de describir en unas pocas líneas pero no deja de ser una pequeña gran obra, sin sobredimensionarla), remitir al cariño, a lo que perdura y nos une, en un entendimiento aunque “incestuoso”, muy complejo por cómo se le maneja, y desde la claridad, que no de lo vulgar, simplista o efectista, y esto habla de una sutilidad, pero a su vez de una franqueza muy encomiable para su directora, Beatriz Sanchís, nominada a los premios Goya a dirección novel.

martes, 27 de enero de 2015

La isla mínima

Cuenta con 17 nominaciones en los premios Goya, y hay que decir que la última película de Alberto Rodríguez está muy bien, da siempre en el blanco, superando a la sobrevalorada, redundante, condescendiente consigo misma y básica pero aun así no desechable Grupo 7 (2012). Ha sido de mucho agrado hallarme con ésta película, que encabeza muy bien los posibles merecimientos de la Academia española. Se trata de dos policías, Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) que van a un pueblito en las marismas del Guadalquivir a resolver un caso de un asesino serial, tras la muerte de bellas jovencitas que terminan descuartizadas siendo antes violadas y torturadas.

Lo primero es auscultar a esa curiosa dupla de detectives protagonistas, lo que es todo un mérito verlos en papeles tan serios, rudos, ásperos, dentro del (por una parte) género de acción, aunque ésta se supedita más a una labor de resolución mental en su persecución del misterio, de seguir pesquisas, toparse con sospechosos, donde cualquiera lo es; y a distintas revelaciones a puertas del diálogo intenso, aunque al final el caso sea más sencillo de lo que aparenta y maneja, y es cosa del ingenio puesto en el suspenso, en los distintos enigmas y en un buen contexto que va alimentando la curiosidad, engrosando detalles, de los que tiene muchos; mientras va desorientándonos un poco como juego. Vemos que destaca la introspección en su investigación, recordando que es fácil asociarlos a ambos con un quehacer cómico, sumamente contrario a lo que nos compete hoy, por lo general polos opuestos tan marcados, y hay que decir que logran superar cualquier prejuicio al respecto, y les creemos, al punto de que Javier Gutiérrez vence su corto tamaño y se muestra bastante agresivo e impredecible a ratos, siempre al borde de la golpiza extrajudicial a sus interrogados, ocultando además un pasado oscuro en el gobierno de Franco, viendo que nos ubicamos en 1980, poco después de la dictadura.

En la presente película lo que abunda es el detallismo, y no sólo en los crímenes, lo cual siempre es algo agradable cuando tiene estilo, como con los pájaros agoreros de la muerte en la enfermedad de uno de los protagonistas al poco de quedar hipnotizado por un halo de superstición (como con la tosca mujer vidente que corta el pescado), o las mismas, una nutrida bandada, despegando del paraje rural del particular espacio geográfico, uno que incrementa la virtud de la obra, que aporta y mucho, viendo que el filme tiene una bella y harto útil fotografía, observando que los lugares utilizados están plagados de estética, más logradas en su naturalidad y agilidad que aquellas panorámicas -obvias en sus intenciones- de la cámara aérea; en un filme que muchas veces resulta eficazmente minimalista. Esto se siente en muchas ocasiones, el proyectarse sustancial y abundantemente con aparentemente poco, pero como una elección más que una imposición o castigo, a diferencia de otra competidora del Goya, El Niño (2014), que siempre da a entender que le suele faltar algo, como que hay poco presupuesto y yace continuamente bajo la sensación de lo trunco por sobre lo literal. Decisiones formales que tienen éxito a un lado y en otro no, donde La isla mínima siempre demuestra contundencia.

La lluvia, el versátil potente campo, la misma oscuridad, las casas macizas aisladas, rodeadas por la árida naturaleza, lo desértico, lo fluvial, lo boscoso, hay una riqueza visual en el paisaje que se trabaja y se asume como parte del movimiento de los personajes, deja de ser costumbristamente gratuito, se brinda más allá de lo elemental, está bastante bien explotado, no solo es atractivo a la vista o por cierta extravagancia de nomenclatura, no se trata de un simple adorno, sino que realmente interactúa con la historia provocando un plus de emoción, de verdadera subyugación en los sentidos y la percepción reflexiva.  

La isla mínima recuerda inmediatamente a Memories of murder (2003), tiene muchos puntos en común o huele por instantes a ciertas transformaciones, pero lo hecho es algo con personalidad, una vez entrados en el metraje. Muestra esencia ibérica bajo una labor refinada, de excepción, con un toque acabado, que no solo materializa una estética propia, sino que –nunca esta demás decirlo- entretiene, y es interesante. Sabe generarse giros, atención, mover hilos históricos, atribuirse background biográfico, más allá de la obligación de complejidad. Sorprende y cautiva a partes iguales. Se reviste de un intrincamiento sólido aunque por debajo implique algo “superfluo” a fin de cuentas. Resuelve con ritmo. No peca del exceso de lugares comunes, mal de muchos, a menudo ineludible. Por todo es una propuesta muy recomendable, y aunque muchos digan que es la versión de España de alguna obra extranjera, ésta vez hay que decir que le sale perfecta la jugada y se “apropia” –es un tema, y a todos les pertenece como intento de arte- de las historias del policial de asesinos seriales.