domingo, 2 de agosto de 2015

Aurora

El cineasta chileno Rodrigo Sepúlveda está bastante cuajado, tiene series de televisión, documentales y 3 largometrajes de ficción en su haber. En su tercer filme nos remite a una historia de la vida real que tiene a una maestra de arte, a Sofía (Amparo Noguera), con el problema de no poder engendrar hijos, de lo que arriesgando su oportunidad de adoptar a un niño en la vía normal decide comprometerse con hacerlo con una bebé muerta encontrada en un basural tras leer del hallazgo en el periódico, con lo que se nos habla de un relato muy humano, donde uno hace algo altruista a pesar de las peores dificultades, encierros mentales y parecer loco a los demás, porque todos se preguntan la razón de lo que hace, incluso su marido siente la pegada de tanto ajetreo, conflicto alrededor y preocupación, aunque suene algo forzado en su intervención, para generar más caos y puntos en contra, como quien lucha contra el mar como en aquella toma estática panorámica hermosa de cuando Sofía trata de ponerse sólida y aguantar el dolor y el rechazo de la mayoría, lo que se convertirá en una procesión milagrosa, poderosa en su sensibilidad y entrega a los valores y la bondad, un triunfo de la voluntad.

Aurora (2014) es el canto de la identificación con lo emocional, con lo trascendente, desde la lucha de poder enterrar a un bebé en forma correcta, y darle un sentido contrario frente a tanta corrupción e iniquidad humana que nos habita, hacer algo noble sin razón alguna más que hacerlo porque así debe ser, porque nos llama en el alma dar cristiana sepultura a un ser tan agredido sin apenas conocer el mundo, al punto de que un simple nombre puede ser tan poderoso y enaltecedor, fuera de que en primera impresión aparezca como una locura, porque el filme empieza con el desconcierto, arranca desde la búsqueda en un vertedero de basura, en donde no se trata de explicarlo todo ni hacerlo obvio, mucho menos ser sentimental o empalagoso con el mensaje que nos queda, más bien es una propuesta seca que deja ver sutilmente como todo buen cine arte puede jactarse, para luego pasar a la completa coherencia que permite ver la luz de aquel acto de Sofía como uno digno de loas y ejemplo.

Es un filme que no a todos ha entusiasmado, pero que en lo personal hallo muy hermoso, sin caer en la explicites simplista, esa que pudo hacernos llorar fácilmente, pero dejarnos una sensación de superficialidad y olvido, de un visionado efímero y momentáneo, ya que la idea del acto y del ser que merece algún tipo de dignidad se vuelve primero un quehacer a un punto sin sentido claro, en lo que es un estilo al final, uno inteligente, que toma mayor vuelo como arte, dejando que uno empiece a comprender la magnitud de semejante decisión, más allá del esfuerzo de hacer ver dificultades en el proceso que son el alimento del filme, la historia que contar, pero no siempre lo más logrado en lo especifico, aunque su exposición de enfrentamiento sea el eje tradicional de importancia de este tipo de hechos cinematográficos, cuando el acto en sí, lo esencial, la meta, se hace aquí lo que da su verdadero gran valor a éste filme en especial (parece fácil creerlo así, pero muchas veces no sucede significativamente, no se coge de lo que se trata, falta profundidad, aparte de que no es algo común lo que Sofía quiere, enseñando un equilibrio loable en muchas partes), su gran logro, que se hace tan central y sentido sin sobreexplotarlo burdamente, y aunque suene raro decirlo el resto puede parecer de cierta forma burocracia, de lo que ayuda en este estilo y tono que parezca una entrega descabellada, medio extraña, como quien espera algún giro impensado, habiendo esa sensación sobrevolando, que le brinda una poderosa aunque discreta ambigüedad, aparte de que el rostro agotado, flaco y algo mayor de la actriz Amparo Noguera implica una dosis de duda, de desequilibrio, de lo que uno piensa ¿está loca?, y poco a poco se va desentrañando esa pregunta, y empieza a aparecer lo que significa, una verdad que querría anexarla la propia iglesia católica seguramente (en lo que paradójica y anacrónicamente está por encima de la ley, viendo que es un acto individual, personal, pero concierne a muchos, los beneficia), lo que se está haciendo y buscando, mucho mejor que dejarnos llevar por lo de siempre, en que los abogados, los jueces, el propio marido se niegan a entendernos, y ponen tantas trabas y cambios de parecer, se pierden cosas, y se teme por la autodestrucción, la derrota, el alargue del tiempo, la falta de resistencia y no poder manejar una terrible inestabilidad, de ahí que esa toma del mar sea tan grande, capital en el filme, aunque pase a un giro rápidamente, porque enseña tantas emociones sin hablar, siendo un cine tan puro en ese instante, de lo que uno caminando como un suicida retrate fielmente lo que estamos haciendo de cierta forma con esa adopción.

Nace todo de una pasión por la fuertes carencias propias que nos hacen quienes somos, una necesidad de amor, de querer, de que nos quieran, y esas experiencias de horror con el prójimo corrupto, de desilusión, que no nos han apagado esa luz interior que nos trasciende y a la humanidad con nosotros, de lo que nuevamente un desfile, la revolución del alma, un grupo que va creciendo, es otro de los grandes momentos, por todo un filme que no es perfecto, no uno desmesuradamente original, porque se han contado muchas veces éste tipo de historias, pero que en su tratamiento hace la tan plausible diferencia, y perdura en uno, sobre todo en su magma tan bien trabajado, y eso, viendo nuestra desconfianza, conocimiento de la redundancia y amoldamiento, es una pequeña gran celebración.