domingo, 28 de octubre de 2012

The Pink Panther

Primera película de una saga de ocho filmes, dirigida por Blake Edwards, que nos cuenta la intensión del robo de la joya más grande del mundo conocida como la pantera rosa (al reflejar una en el interior de un diamante), la que ha ostentado como regalo familiar y dinastía una princesa del país oriental imaginario de Lugash, interpretada por la guapa Claudia Cardinale, como Dahla, quien en la trama se va de vacaciones a Cortina d'Ampezzo, en los Alpes, al norte de Italia, donde recibe la noticia de que un audaz ladrón conocido como el fantasma está tras su preciada pieza de orfebrería, negada incluso a su población. En el resort se topa con el millonario británico y playboy Sir Charles Lytton (David Niven) que trata de seducirla mientras lleva un affaire con la esposa del inspector de la Sureté encargado de la seguridad de la joya de la princesa, la actriz de rasgos afilados y porte de modelo Capucine. El inspector es Jacques Clouseau (Peter Sellers), el más torpe investigador de la policía francesa.

La pantera rosa (1963) tiene una comedia plenamente inocente y muy física. Clouseau camina por el mundo tambaleándose y chocándose contra todo a su alrededor, no puede ver a dos pasos de sí las pistas que lo puedan llevar a atrapar al fantasma, de predecible identidad, pero que no es nada convencional ya que está a la par del héroe que queda minimizado frente a él. La trama no juega a ninguna lógica tradicional, es solo una excusa para divertirnos en los entretelones de un robo, en cómo se va tejiendo la trampa para el ansiado hurto que es como un grave artificio de algo muy sencillo, mientras se pretende enamoramientos, triángulos amorosos, aventuras sexuales, en un tono relajado y funcional. La parte cómica proviene principalmente del inspector que yace bastante perdido de su caso. No obstante a su vez provoca que los demás padezcan de su torpeza, como su hermosa esposa que es títere de imperturbables golpes, complicaciones y jaleos. El humor es fresco, sin pretensiones, pero ingenioso en su llaneza. Es un entretenimiento simpático de un cine ligero, pero cuidado, otrora fuente de risas más sanas.

Clouseau no cuenta en apariencia con el cariño del director de la película, que lo hace caer en constantes absurdos para bien del espectador agradecido con el humor, es un perdedor sin remedio, de esos desprovistos de consciencia, bondadosos hasta la extenuación y que representa la otra cara de la moneda de Lytton, que es sagaz, seductor y serio, como cuando logra enamorar a la princesa aun teniendo ella prevenciones y habiéndolo atacado en su soltería, y es que logra someterla a su deseos casi sin esfuerzo, en donde lo que implica la imagen apremia en ambos.

A Sellers el personaje le queda como anillo al dedo, sus muecas y su desconcierto es impagable, y con una naturalidad que hace más creíble y menos rudo su padecer, se presta para la broma y siempre está indemne listo para una nueva tontería. No agota en ningún momento, aunque la repetición y la carga sea tan abusiva, y eso es tremenda virtud, gracias también a que hay compensación con el entorno y los demás personajes, que dan balance y permiten que sea la estrella de la película, aunque no lo parezca en la trama. Es un antihéroe que no está para ningún mensaje de redención de esos en donde los débiles o tontos ganan la partida sino todo lo contrario, audacia que se hace muy llevadera a contracorriente de la fantasía del cine porque no valen en la película los juicios de valor, sino solo está para divertir con su auto y colectivo flagelo, tranquilo porque lo importante es el desarrollo de la historia. La pantera rosa es Edwards burlándose del pobre Clouseau, la astucia por encima de la torpeza, como la vida misma, pero riéndonos de ello, sin crueldad sino con ironía.

viernes, 26 de octubre de 2012

Casa dentro

La ópera prima de Joanna Lombardi es un filme que narra la cotidianidad de una anciana a punto de cumplir los 81 años, la señora Pilar (Elide Brero), que recibe la visita de su hija, Patricia (Grapa Paola), su nieta Carla (la novata Anneliese Friedler) y la familia de ella (el marido de nombre Pedro -Giovanni Ciccia- y su bebé), mientras convive con sus dos empleadas del hogar, una anciana llamada Consuelo (Delfina Paredes, impecable como Brero también) y una chica joven llamada Milagros (Stephanie Orúe), más su perra de raza peruana llamada Tuna. Esos son todos los participantes de la trama y junto a ellos vemos de forma lenta o natural como se desenvuelven, tomando desayuno, aseándose, limpiando o simplemente preocupándose por nimiedades. Dentro de la historia sólo hay dos conflictos menores, uno es que Patricia se siente un poco excluida del cariño de su madre a costa incluso de sentir celos y fastidio de la mascota, y el otro es que Carla no puede dar de lactar porque no tiene leche.

Si uno tuviera que hallarle virtudes al cine de Joanna tendría que decir que sabe poner en escena algo que es fácil de ubicar, de identificar y sentirlo como verdadero, pero como narradora de historias se queda corta, no genera expectativa o esperas y nunca llega "nada". Se extrañan emociones. Si ver lo que hace tu abuela en su casa es algo entretenido estamos graves, aunque todos los mundos tienen algo que aportar y la curiosidad humana es grande. Pero de ahí a cautivar por lo que tranquilamente podemos ver quedándonos a dormir en casa de algún pariente solitario y envejecido es muy diferente, y ni siquiera hay drama detrás, es solo la vivencia normal de alguien que yace anclado a una etapa de la existencia y como todos yace normalizado, acostumbrado.

No quiero ser indolente porque esa anciana sufre por la ausencia de su propia familia y yace ocupada abogada al cariño de su mascota en ese estado de modestia en que todos estaremos en una época, hay una sensibilidad para con ese ser humano mayor, pero en el cine no estamos detrás de pasos tan sedentarios, tan desprovistos de alguna intensidad, tan abúlicos y sosos, no si no hay un fondo con mucha ambición reflexiva. No es regla generar efectos o artificios vacíos para generar estados de ánimo en el espectador, sin embargo tampoco darle un hueso con tan poca carne, no vamos al cine a ver desayunos, llamadas de atención por dejar la puerta abierta, enojos simples, frases como "que rico está el pan, señora" y un sinfín de momentos sumamente intrascendentes. Incluso, Joanna, se esmera en hacer sentir el peso de esa tranquilidad, con poca iluminación y en la monotonía del silencio (hay hasta un apagón muy simbólico con lo que experimenta uno como público), bajo un único escenario, una casa antigua. Joanna hace uso de diálogos acordes a esa simplicidad que por lo menos evita la jerga, y que repite hasta el cansancio la presencia del perro que cae hasta en la broma fácil de decir que la sopa que le gusta a Patricia es para el animal.

La señora Pilar en dos momentos se queda meditabunda. Uno cuando está a puertas de bañarse; sabe Dios que estará pensando y para ser franco ese pudo ser un buen tema a afrontar, más que la normalidad; acompañar en esa parte psicológica al personaje en su edad. El otro cuando se da cuenta que Ana, su hija predilecta, no va a venir ni ha llamado en su cumpleaños, ella se queda triste escuchando una declamación escolar de su otrora pequeña. No es que necesitemos llorar pero sencillamente, valga la redundancia, es muy poco lo que vemos, y es que si no te quedas dormido a media película quieres meterle una patada al perro o a Patricia, que las dos caen pesadas. Patricia en lugar de pensar en sí, debió pensar en su madre, ser menos egoísta y llamar a la olvidadiza de su hermana para que le de felicidad a la anciana con un saludo o una visita dominguera, y también arreglar el televisor de la cocina, y no quejarse tanto de que todo esté bajo llave.

Reflexiones chiquitas, familiaridad, eso tenemos entre manos. Casa dentro (2013) es una realización que ejecuta lo que quiere y muere en su ley. No es cuestión de técnica sino de guión, de generar algo más atractivo aun sin salir de la misma temática. No siempre lo sutil es interesante ni esconde grandes secretos. Éste filme peca de forma, aunque pueda ser bastante coherente, y es que tampoco es estar sin que nos generen emociones. Hay ideas por debajo, pero no se mueven mucho, es una cavilación dormida, que no infringe daño, tampoco se trata de rehuir el conflicto. Es contemplación, pero ¿de qué?, del polvo de una casa, de la última etapa de la vida vista desde afuera, y al final hay mucha calidez si se quería pretender dolor aun con diálogos planos (más que contenidos). El filme es fiel a la realidad externa, a esa costumbre que nos enseña la obligación de la docilidad y el conformismo, y en ese lugar hay materia. Pero falta presión, pulso no. No obstante hay atrevimiento en que ha hecho un séptimo arte de espaldas a un gran público, por no darle acción sino mucho sosiego a su película, que habrá inquietado a los exhibidores de las salas de cine.

sábado, 20 de octubre de 2012

The taste of money


El cineasta surcoreano Im Sang-soo compitió por la palma de oro en el Festival de Cine de Cannes 2012 con ésta película. Leído sobre ella decían que era muy sensual y trasgresora, y tiene de ello pero ha sido mucho menor de lo que parecía, siendo algo muy llevadero; también se le adjudicaba que era una obra mediocre, poco atractiva, y tampoco ha sido tan despreciable si bien está muy lejos de la obra de arte. Es una realización bastante entretenida, que vuelve a retratar la clase social alta de su país, como en The housemaid (2010), remake bastante libre de la cinta de culto de su compatriota Kim Ki-young del mismo título del año 1960 que era de corte popular y de serie B llena de suspensos, mucho melodrama y giros constantes, siendo la presente una continuación de la nuevas formas e ideas que dio, una derivación de la misma historia de Sang-soo, expresiones que aun viniendo de una adaptación resultan bastante personales, pero llevan de tributo como cuando pasa imágenes del original.

The taste of money se enfoca en las ventajas del poder a través del dinero en que todos se mueven bajo esos hilos muy conscientes de la omnipotencia de hacerlo todo cuanto deseen mediante su uso, y en donde se conjuga mucho la humillación y el abuso que esto permite. El eje del filme está en el asistente Joo Young-Jak, que pasa de un lado a otro en la batalla que despliega una pareja millonaria que van a separarse a raíz de una relación extramatrimonial que tiene el marido con una empleada de casa de procedencia filipina con la que lleva una larga relación al punto de tener dos niños con ella y considerarla su última mujer de una variedad que ha tenido. La esposa hace todo en sus manos para impedirlo y en medio está Young Jak que servil aunque con cierta moral padece esas decisiones.

Como no puede faltarle a Sang-soo, la luz de bondad entre tanta indolencia por el mal ajeno de la clase dominada yace también dentro de la familia en la hija que está enamorada del asistente. Éste romance esquivo, en un juego superficial, viene a ser una bocanada de aire fresco bajo tanto drama. El filme tiene su lado ligero, en sí lo es en general por tomarse tanto daño con poca preocupación en que trata de asumir que es como se mueve esa alcurnia social, pero que termina reduciendo el alcance de lo que postula al no darle mayor matiz y resonancia argumental. Hay una escena en que hay una riña a golpes, Young Jak trata de corregir al hijo engreído y resulta que no gana una, es un antihéroe en toda regla aunque serio, más llevado por acciones discretas, siendo manipulado constantemente. Hay que recalcar que los poderosos suelen salirse con la suya, Im Sang-soo los deja muy a menudo libres de polvo y paja, invocando nuestra reprobación como espectadores más que desde el interior de una trama que no es convencional pero fácil de apreciar.

La ansiada transgresión puede estar en que el castigo nunca llega por la ley sino por las personales elecciones, el engaño, el suicidio, el tiempo, que se encargan de lo que su sociedad se niega a hacer ante su corrupción, frente al materialismo de una ciudad moderna y sumamente lujuriosa. No faltan desnudos pero se ven en general algo rígidos, salvo en la ambición estética de las escenas de las guapas furcias asiáticas o de las masajistas extranjeras, destacando los encantos de la prostitución en la lascivia de la abundancia. No obstante no se embellece el acto para la cámara ya que se guían de una atmósfera de frialdad solo rebatida por toques extravagantes (el abuelo patriarca cuidado por una guardaespaldas gansteril, pequeña y gordita), así somos partícipes de risa o de espontaneidad (más entre la bella hija, que se viste siempre atractiva pero se comporta muy relajada, y el asistente que yace además de galán, que son las almas caritativas del relato).

En el filme no existen grandes recriminaciones, parece todo una telenovela con una estética que la ensalza por encima de ello, que alude un preciosismo que se conjuga con el contexto, junto con tomas superiores como el famoso travelling alrededor de la mesa familiar en que se desnuda la práctica de la infidelidad que a primera vista muestra el desenfado de la clase alta. Falla un poco entablar un nexo emocional entre la sirvienta y el millonario que llaman regularmente presidente, más por la actriz no muy dotada en su actuación, y aunque a fin de cuentas éste "affaire" es el soporte del filme se puede perdonar por la sequedad que exuda él en el personaje, que prima por sobre ella que es realmente accesoria. La propuesta permite algunas exageraciones muy orientales, con performances dramáticas potentes y elaboradas, y un detallismo propio del séptimo arte.

El marido, presidente de una respetada compañía, busca encontrar un aire de verdad en su vida y aunque lo hace dentro de la infidelidad se muestra con ganas de una última honestidad a prueba del sacrificio y de ir contra lo que se teme, su mundo que perdona todo, salvo la desunión, por lo que no le será tan fácil escapar aun en su descaro, ese que siempre ha tenido y tienen todos sus semejantes de clase. La ironía es que el esposo sabe de qué va el entorno y subestima a su contrincante, no mide el peso de su vieja compañera que también depreda, engaña y manipula.

No hay ética en juego y las justificaciones son las de cualquiera, pero el honor, lo invertido y las apariencias, el haber perdido la juventud unida a una persona que deja de querernos se convierte en una fuerte motivación, más que el amor, ya que el personaje de Yoon Yeo-jeung, una muy destacada actriz surcoreana que no sobredimensiona su papel pero está llena de aplomo, nos entrega una mujer mayor dura que parece tomar el relevo en la posición de su cónyuge, como si nada hubiera pasado.

martes, 16 de octubre de 2012

No, de Pablo Larraín

Ganadora de la quincena de directores en el Festival de Cine de Cannes 2012 la cinta de Pablo Larraín es una expurgación del ambiente en que se dio la campaña publicitaria del No para el plebiscito sobre la continuación del gobierno de Augusto Pinochet por 8 años más, tras 15 de dictadura, disidentes desaparecidos y progreso económico.

La cinta en ningún momento da la imagen muy hollywoodense de reto contra el destino, es decir, se da con calma queriendo ser realista, que sorprende en la apariencia de una hazaña a un nivel sin espectáculo y que lo hace más increíble aún, sin embargo empiezan temiendo un fraude y se vive un cierto pesimismo que cambia gracias al plan de René Saavedra (Gael García Bernal, muy acorde con la historia, un actor de carácter y semblante común que apela a la confabulación del público, aparte de que tiene la imagen de rebelde, de inconformista, de llenar los zapatos de la figura que encarna, y de hacer cine de autor como el que tenemos presente en buena medida), un exiliado que vuelve de México y al que no se le ha dado mayores justificaciones de su proceder, esquivando así el flagrante heroísmo, pero de quien veremos que demuestra muchos ideales, mientras pone mucho en juego, incluso su paz familiar, a la par que tiene la influencia de una ex-esposa combativa (no solo de palabras), y que lo sacude de vez en cuando en ese control y firmeza que suscita a su alrededor.

Saavedra yace junto a un staff experimentado en el negocio, aunque solo se digan elogios en presentaciones sencillas (se perfila que hubieron muchos ayudando a escondidas) y se mencionen algunos lugares de coincidencia como que no son ningunos animales de caza sino muy dóciles y ordinarios. Tienen apoyo internacional (se suelta en un diálogo que Estados Unidos quiere el cambio) y 17 partidos detrás. Plantean slogans sobre la alegría, algo muy estratégico, ya que recurren a las mejores armas de la publicidad, a diferencia de lo que se esperaba, increpar violentamente los crímenes del régimen, además de que el temor a represalias, sus propios trabajos en agencias apegadas al oficialismo y una desunión generalizada hacían presagiar una inminente derrota.

Hay un didactismo y sequedad en la atmosfera, Larraín no pretende salirse de una propuesta fiel a la historia o da esa impresión aun siendo una ficción por encima, que tiene que manejar con temas inamovibles como  el altruismo, una batalla desigual y pequeños grandes héroes; tiene un toque artístico serio, técnico, argumentativo, que mezcla hábilmente noticias o las franjas publicitarias reales con la textura del filme mostrándose sin desequilibrios visuales; trata de ser imparcial en lo posible aunque estriba destacar la labor tras la decisión del “cambio”. Se puede creer que era como una guerra de hormigas frente a un titán, sin embargo el adormecimiento del primer ministro, cara visible de la campaña por el Sí, implica deducir que era la modernidad frente a lo arcaico y es que la rueda no para, sigue evolucionando y pidiendo a los mejores, ese conocimiento de la publicidad en manos de la oposición, gracias a la gente con que se contó en su plana, como se puede ver cuando no se le despide a Saavedra, a pesar de ser contrario al régimen, ya que denota éxito en su labor, representa en su colectivo el futuro de Chile, una paradoja en que la transformación parte del entorno, y cuando algunos ven que se hace algo muy similar a lo que hace Coca Cola, ganarse a la población con su producto, creen tontamente que la ciencia, porque de eso trata, es inferior a la consciencia, algo que gente como Saavedra logran enmendar, ya que sabe que apelar a ideas intimas del subconsciente humano funciona más.

Es una campaña visceral, pero festiva, de confianza, que denota seguridad, mientras el grupo oficialista, poco desarrollado en el ecran más que con sus spots (una simbología de su actividad inferior), no son realmente visibles, quieren implantar el miedo, el recuerdo de la pobreza, como refleja la ama de llaves, en no poder pagarle la universidad a los hijos, no tener para comprar comestibles, no poseer una vida decente y en eso los seres humanos tampoco son mártires, ya que se acoplan a lo mundano y hay un arraigo capitalista en la actual sociedad. No obstante, el filme recurre a mostrarnos una lucha, una épica sin espadas, con inteligencia, que a primeras parece poca cosa pero a la larga invierte el descrédito que se propugna en el otro lado; como se expresa, el optimismo es imbatible. El resto es solo darle contexto. La madre marchando descontenta, lo predecible y manejable para un gobierno autocrático, poderoso y represor. Algunos sustos como amenazas bastante menores, no habiendo sobredimensión en ello porque nuevamente se destila sutilmente que los ojos del mundo están puestos en el plebiscito, lo cual coarta la acción del gobierno. Saavedra mostrándose simple, que definitivamente no lo es, aunque que él pasee con su skateboard o juegue con su tren a control remoto es para darle existencia emocional a su personaje, ya que la película se desarrolla muy fríamente en cuanto a dar muchas concesiones fuera de la explicación y desarrollo que define el título, No, a Pinochet.

La virtud del filme –y esto puede verse al contrario, esperando muchos momentos de clímax fáciles, que tiene alguno- está en que es una película contenida que apela sentimentalmente en algunas ocasiones, pero que prefiere el brillo del fuego de las ideas, siendo muy valioso ver como se fragua los spots publicitarios, dando la sensación de pequeñez, de aparente incoherencia, para lo que la trama realza contrastes. Desde adentro hay reticencia; dice un dirigente, no voy a hacer algo que más tarde nos va a avergonzar, es la oportunidad que muchos ven que se desperdicia, porque aun no vislumbran la trascendencia de la ciencia que más tarde se consolida y se aprecia. Si muchos ven su oficio minusvalorado en el séptimo arte o no suelen quedar del todo contentos, es seguro que aquí cualquiera puede sentirse orgulloso de ejercer la publicidad. Finalmente una carrera propia del capitalismo toma el lugar de proponer y lograr el relevo histórico.

La cinta deja de lado abrir un poco el panorama, de cómo se ve Pinochet, hay luces, pero no son tan completas, se escucha decir: "es mi general", con cariño y respeto, o en una manifestación contraria: "el viejo siente la presión". El descontento general está muy velado, el filme se adscribe solo a la campaña del No, y se hace asumiendo que se debe solo a esta campaña el devenir del retiro de Pinochet, pero parece faltarle más contextualización, intriga saber más de esa realidad, aunque es decisión de quienes realizan la película. Las “grandes" transformaciones provienen de muchas canteras que terminan reuniéndose. Como se puede atribuir, la propuesta opositora más que algo distinto quería resaltar que lo que han vivido ya cumplió su labor, el artificio de la alegría alude: “es hora de gozar de libertad tras el sufrimiento compensado”, algo que puede ser duro de digerir, pero que tiene más lógica que atribuírselo únicamente a los ideales, en todo caso están en el fondo de una práctica más audaz, más combativa, desde las neuronas, pero teniendo del estilo de Ghandi o el de Mandela. La decisión de legitimización de Pinochet crea la puerta para esa capacidad que demuestra ya no las utopías socialistas que siempre hay que tener en cuenta en alguna dosis pero no en totalidad, sino el ingenio, la practicidad, la racionalidad a favor de lo emotivo, la noción de necesidad, la seguridad, sacándole la vuelta al enemigo en lo imprevisible y en lo más contundente: la fe en el mañana, un arco iris puede ser más fuerte que un baño de diatribas.

sábado, 13 de octubre de 2012

Rodencia y el diente de la princesa

Una coproducción peruano argentina nos trae la segunda película de animación dirigida por el bonaerense David Bisbano tras Valentino y el clan del can (2008), y ya ha pasado mucha agua bajo el puente desde Piratas en el Callao (2005), el primer largometraje de dibujos animados que se hizo en el Perú. Hoy día constatamos en la presente que la animación ha progresado notablemente hasta estar en estándares bastante más respetables que antaño aunque aún insuficientes a lo que esperamos tener como bandera ya que se aspira a llegar a lo más destacado. El trabajo en computadora tiene mucho más movimiento en sus caracteres, sus figuras y paisajes son más nutridos, los personajes tienen mayor creatividad artística visual –algunos como Roquefort y Gruyere son muy estéticos- si bien todavía falta un poco de atrevimiento y mayor personalidad, esto conjugado, no por separado. Y es que enseguida se nota que siguen parámetros extranjeros angloamericanos y no está mal porque reviste de inocencia al producto, lo hace muy aceptable a lo que se suele estimar en lo tradicional del género, sin embargo esto conlleva diálogos muy planos, muy tímidos, o peor aún, frases pseudo inteligentes que caen en saco roto de la verdadera perspicacia al estar espolvoreadas como si se tratara de alguna argucia de palomilla de ventana.

Equivale a su vez a no proporcionar demasiada identidad a la realización y no solo se trata de lugares fáciles de ubicar, como el chullo de Edam –ingenioso el nombre de quesos en los personajes- o algunos parajes de la serranía cusqueña, sino de darle independencia y novedad que la distinga como algo personalizado, siendo lo colectivo en cuestión algo más primario, el ciudadano del mundo también tiene características que lo señalan con alguna procedencia y que mejor que las más sustanciales y ricas de difundir, de esas que generan curiosidad e interés, y no solo hay que referir a lo más esencial en cuanto a básico, ya que en lo que todos esperan –por lo general- no implica arte. Y es que se puede desprender que hay un deseo de universalización, necesario para tratar de llevarlo por los distintos países de habla hispana mientras pone la nota “exótica” con los soldados argentinos o el espacio andino, pero requiere sin pretender ser nacionalista generar plectro en sus formas y eso conlleva también no solo generar una notoria contextualización; si se quiere un ambiente determinado se debe tratar de innovar aun respetando lo tratado y buscar una fisonomía más compleja, no solo recurrir a una adaptación general con base sencilla, como lo campesino para referir a lo autóctono.

Rodencia posee virtud, aunque puede ser predecible y juega a hacerlo notar en ciertos casos, lo de la princesa y amiga, el acoplarse a una historia que conlleva a los héroes como familiares, el enemigo disidente en el ratón, la lucha por sobresalir siendo primeramente mediocre, tampoco van a inventarlo todo, pero requiere más, y de eso hay camino hecho, tiene un discurrir amplio, es decir mucha aventura, varios problemas a resolver, el aprendiz de mago, la lucha contra los invasores, la misión al mundo humano mientras el vencedor logra la mano real. Incluso la batalla de ratas y ratones no es una guerra que sigue el esquema manido, dominación y liberación, sino se da un tira y afloja, que hace que sea más jugoso el filme. Y esto va a la par de los 4 guerreros en pos del diente de una niña, una genialidad ya que se amolda muy coherente a la práctica del ratón que intercambia una moneda por una pieza bucal, dentro de una tradición cosmopolita, denotando quiénes son y lo que suelen hacer entre comillas, dos mundos paralelos interconectados y hasta dos cosmovisiones geográficas -occidente y Cuzco o un Cuzco abierto al mundo-, brindando un poco de más fantasía sobre una costumbre.

Van a un consultorio odontológico, que mejor lugar para buscar el secreto del triunfo en un mapa con un símbolo (una arbitrariedad mágica idónea dentro de un cuento) luego convertida en naturaleza, un colofón ya de regalo intrascendente en la historia. La pequeña princesa lo es en su hogar al ser la luz de los ojos de los padres, mostrando algo conocido mezclado con la habilidad de la imaginación, sin necesidad de ser críptico o salirse de ser algo accesible para el público principalmente infantil, pero apreciando que es capaz de entretener a toda edad –además de que los buenos aficionados al séptimo arte no tienen solo un punto de encuentro sino están abiertos a toda la gama de posibilidades- bajo la licencia de su sencillez de postulados, pudiendo verse como una comedia ligera pero educada, con una película que produce un sentimiento agradable de que sea parte de nuestro cine.

martes, 9 de octubre de 2012

Muerte de un ciclista


Uno de los nombres más importantes del cine clásico español es el de Juan Antonio Bardem. Muerte de un ciclista (1955) es una de sus mejores películas, ganadora del Fipresci en el Festival de Cine de Cannes de 1955. Parto del motor de tanto conflicto en la esplendida belleza de Lucia Bosé como Maria José de Castro, una mujer casada con un hombre de mucho dinero y que lo engaña con un profesor universitario mediocre que encuentra la renovación de sus motivaciones existenciales al caer en un incidente a expensas de la defunción y abandono de un ciclista en la carretera. Éste contexto desentraña la mentira en que está envuelto Juan (Alberto Closas). Como curiosidad está decir que Closas se parece mucho a David Niven y a quien por momentos se podía confundir físicamente un poco además, aunque más grueso, con Miguel (Otelio Tosso), el marido millonario.

La mentira yace tanto en su cátedra apoyada por la influencia de su cuñado como en su relación afectiva secreta con la novia que no supo esperarlo. La inconsciencia de aquella beldad representa la pieza principal del caos en su vida, el recordatorio de su fracaso, el cual se apoya en el egoísmo de ella, y por consecuencia indirectamente en el de su clase social. Sin embargo le servirá a su vez para renovarse, ya que es él quien tiene que cambiar aunque presenta el escollo de hacerlo junto con su amante, y es la verdad la que pretende impulsar su renovada felicidad. Toda su situación hace que las dificultades y el mal se presenten como estado evolutivo para ser una persona más digna, una prueba que llena el vacío ante la reflexión.  

Juan vive bien pero no tiene mucho realmente como propio y pesa en sí bastante el anhelo de empezar de cero, impoluto. No obstante la cárcel puede ser un anulador de las buenas intenciones, pero no hay que obviar el mérito que conllevaría su elección de ser honesto. Sin embargo no podemos negar que es más complejo para su affaire, a la que se le da menos vías de cavilación aun compartiendo incidente, dibujándosele encima como alguien más superficial. Puede perder su reputación familiar y su estatus económico como se hace hincapié en una escena en donde se intensifican los temores y los castigos, entonces cubrirse las espaldas parece más “coherente”. En ambos hay una buena capa de psicología dispuesta con claridad, habiendo que notar que la moral no predomina en la película, es más un adicional, mayor es la idiosincrasia de cada personalidad, sus deseos, estatus quo y objetivos. Un elemento muy contemporáneo y realista.

Otra característica de la presente arte del cineasta español es no sobredimensionar la muerte del ciclista sino pasa a ser una excusa para desenmascararse, nuevamente se deja de lado la culpa, algo muy cristiano. No hay identificación con el cadáver, ni siquiera se ve sufrir a los deudos, o a los vecinos, que se da el caso de ver a estos últimos en pantalla. Igual Bardem oblicuo alude la política, en la demostración de los enardecidos alumnos, elogiando el sentido de cuerpo, de indignación, pero en un aura no especifica, y se diluye esa carga social o se enfoca en las bases, el precepto es el ideal. Ésta es una película de personajes, sobre María y Juan, y en un tercer lugar Rafael (espléndido éste actor, Carlos Casaravilla, en un tipo mordaz, agudo, acomplejado, viperino, exaltado), no de melodramas ni de ideologías o dogmas; algo más en lo libremente “filosófico”, más existencial, pero bajo raíces comunes, aun aludiendo la opulencia, ya que se trata de hombres a fin de cuentas. Juan y María no son ángeles, sino seres humanos con graves defectos, uno es casi un perdedor, la otra una hipócrita que se aferra a su posición social mostrando la suciedad de una alta sociedad que vive para sí misma, aislada de la virtud. Se repite la palabra egoísmo en boca de los actores constantemente, palabra clave que el director nos quiere convocar a reflexión.

Yacen dos polos distintos en el filme, una vez encontrado el espíritu que nos define. Por un lado está el precepto de salir libre de polvo y paja, no asumir responsabilidades, pasar por alto la gravedad de haber atropellado mortalmente a una persona y huir de la escena del crimen cuando todavía seguía con vida; querer indemnizar anónimamente como quien lava su consciencia con dinero, olvidarse del asunto y seguir como si nada hubiera pasado, incluso en la infidelidad de un matrimonio, mientras otra postura, la del valor del ideal, proviene de una sub-trama tras un desliz en la universidad (magnificado con idoneidad, ya que sirve de justificación), de pensar en otro que no sea nosotros, y es que no basta ser una buena persona, nos podemos corromper en el transcurso de la vida, como le pasa a Juan, quien aunque es inteligente se ha convertido en un tipo anímicamente derrotado y conformista. Se convierte en un perdedor una vez que acepta ser menos de lo que puede ofrecer y se acostumbra.

Los rostros se llenan de entusiasmo o se ponen sombríos, se quedan meditabundos, se dan bríos de expresividad, brillan las posturas de los gestos faciales, el estado emotivo sosegado en sus diferentes formas, bajo la cámara en primer plano en la inmovilidad de la iluminación sobre su persona, un aliciente para conmovernos u mirar con recelo una futura resolución en la trama, pero sin juzgar del todo hasta el final en que se revelan respuestas, en que los protagonistas deciden lo que quieren ser, y no hay Dios ni fuerza que los conmine a una acción única, fija, ejemplar, sino actos que se acoplan a la figura del carácter y a lo que cada cual entiende por adecuado a su ser.

Es una historia que inmediatamente se aboca al mundo, a los individuos y a sus errores, a sus disyuntivas, en ese trajín de manifestarse en quien realmente son, unidos a sus preocupaciones, y ese es otro estado de ánimo del filme, el miedo, temer las represalias, ya que sin consecuencias poco valor tiene lo que se decide, la virtud implica atenerse a un sacrificio, y ninguno es fácil, es un trance que hay que asumir, que hay que preparar y sopesar, para ello el filme da muchos diálogos y perpetra una historia, encuentros, forcejeos, ejemplos, situaciones, el esposo narrando anécdotas intimidantes, ver la pobreza de la víctima, su minusvalía frente a la ventaja o una ventana destrozada que simboliza la arenga del compromiso con el prójimo.

Muchos quisieran ver soñador y optimista a Bardem, pero se encarga de cortarnos las alas hacia esa única definición, se escabulle del libro de autoayuda, prefiere la libertad y la naturaleza humana, la realidad dura, que sobrevuele la duda. Deja la opción (muy propia de lo humano) de seguir como estamos, como aquel crítico de arte que reprocha el medio en que se mueve pero sigue ruin y falso viviendo de un paupérrimo comportamiento doméstico, y es que la ambición y el interés personal pueden mermar nuestra calidad como ser humano. Muerte de un ciclista es una cinta potente en cuanto a mostrar ambigüedades de carácter, vaivenes, en que la trama se reviste de tensión en vislumbrar un desenlace mientras una historia de la vida, de la cotidianidad, próxima, nos llena de emociones.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Cosmópolis

Convertir un libro que se basa mucho en la abstracción como el de Don DeLillo en una película parece algo muy complejo, aún teniendo puntos de encuentro con el cine de David Cronenberg, porque lo de los anarquistas con las ratas en la mano o destruyendo una limusina con aerosol para graffiti en medio de una turba incendiaria que carga un muñeco de un roedor gigante, un protagonista disparándose en la mano sin aparente motivo o el abandonar en el mismo sentido la peluquería con medio corte de cabello cortado, es sin duda alguna muy propio del canadiense, esa transgresión que ha demostrado en su séptimo arte y que le ha valido tantos seguidores incondicionales alrededor del planeta, siendo ésta película fiel al texto, y a una línea que dirime la mayor parte de la filmografía de Cronenberg, la imperfección es necesaria y esto se puede justificar con muchas ideas, la que parece una excusa conmiserativa a esa crítica tan fuerte hacia el capitalismo que ostenta el filme y su inminente cambio ya que para construir hay que destruir, entendiendo que en toda creación yace el horror y que hay una repetición menos trascendente de lo que se piensa en el método que genera una transformación, algo que no se puede desligar incluso de lo provechoso como la tecnología y la economía, muy unidas a la política, esa desnaturalización del poder que llena a Eric Packer de un vacío existencial y de la inclinación a la autodestrucción, estando bajo el ideal moderno, el éxito con las mujeres, altos ingresos y la facultad de influir en la vida de las mayorías.

En resumen la cinta cae en el mismo lugar, ésta vez por ambición cinematográfica más que por imponer nuestra audaz filosofía, sin embargo será de harto interés en el espectador más paciente, indulgente con los fallos y carencias, y curioso con lo novedoso. Algo a notar previamente es que tenía a Robert Pattinson como eje y conducto de la historia y su representación, teniendo que manejar escenas complicadas como mantener un diálogo en cierto momento erótico con una sudorosa pero guapa trabajadora de su empresa mientras un doctor revisa su próstata, es decir cuando siendo heterosexual alguien tiene las manos dentro de su recto. Pattinson era atracción para muchos y desconfianza para otros, y como resultado apunta que los que se quedaran más contentos serán los seguidores de Cronenberg porque ha sido aun a pesar del interés comercial algo atrevido en su elección, y fuera de un arranque frío, en sí muchos personajes lo han sido, ha sabido sobreponerse y sacar una actuación digna, lejos del lugar común que le ha dado fama y por ende será un seguro rechazo en sus fanáticos. Se trata de poca expresividad aunque logra solventar un cúmulo de emociones entorno al nihilismo, desilusionado de la antigua brújula, el contexto de su fortuna, de su trabajo, y forma de vida a raíz de ellos, que no cree ni en el anarquismo aunque admira la pasión de quienes se desenvuelven en éste. Ha sido difícil, una verdadera prueba para él, aún en un tono relajado en las formas del filme llevando a cabo el concepto.

Acompañan al actor americano dos luminarias francesas, Mathieu Amalric y Juliette Binoche, que con papeles muy cortos son los que más destacan en cuanto a interpretación, la fogosidad de ésta mujer mayor en un encuentro casual sexual convertido luego en disertación sobre el arte y la pertenencia –en toda la película se da mucha conversación reflexiva compensada con eventos en que Cronenberg puede perpetrar su visualidad creativa aunque en ésta realización yace en esencia dócil- y la de éste contestatario activista que se graba tras arrojarle una tarta en el rostro a algún personaje relevante socio-político o económico. Ambos son intensos y sueltos, siendo “sorprendente” ver como el talento siempre brilla aun cuando no sean los protagonistas; hay mucha potencia gracias a la motricidad, sensualidad o vocalización en sus performances, específicamente cuando ella se contorsiona en un aura desinhibida por la excitación y él se pone alterado luego de su atrevimiento. Con ellos, otro actor reconocido aunque no tan popular, Paul Giamatti, que suele verse cotidiano por costumbre. Aquí ayuda a comprender las intenciones de Eric. Aparece al final para cerrar el conjunto en un solo punto ideológico que queda abierto apostando por una esperanza, habiendo mucho diálogo que con su fluidez no se hace pesado aunque da la sensación de algo anodino en cuanto a la acción. Presenta un lado intelectual a pesar de que no suele dar la impresión de grave trascendencia, escurriéndose de la solemnidad que de por sí en la realización ya es suficiente con su quehacer natural y evitando esa reticencia a ponernos muy pensativos, que de eso va en la película aunque hay repercusión física en una tensión que tira y afloja discretamente.

Torval (Kevin Durand, de semblante duro pero cuerpo ordinario) significa la línea de seguridad de esa dualidad, entre su contratante y el capitalismo, por eso se rompe esa capa, en la necesidad de liberarse del peso que agobia. Mientras Elise (Sara Gadon) es un personaje contenido pero semejante a Eric, solo que ella cree en solo limpiar y seguir adelante. No se imagina sin la “fortuna” que la describe. Aparece rodeada de una atmósfera de calma melancólica y elegancia.

Éste entretenimiento en manos de Cronenberg se pone un poco serio, debajo de la extravagancia, dos motores que ha solido perseguir, no obstante aunque implica una exigencia en esas coordenadas es afable para digerirlo, muy acorde con sí mismo. Deja la sensación de que tranquilamente ésta podría ser una obra de teatro, con ese escenario regidor en el interior de la limusina, a donde entran y salen en un mundo alterno que es un microcosmos de lo que yace afuera. Cuando nos dice que la rata se ha convertido en moneda común.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Volcano



La ópera prima del islandés Rúnar Rúnarsson se enmarca en el último ciclo de la vida, como el volcán que hace erupción y tras la explosividad lentamente va hacia la calma, a descansar, a morir, en la primera muestra del filme a modo de documental con las imágenes en blanco y negro, y que connota también lo que hay que asumir tras el desastre, y en ese lugar en medio de la catástrofe está Hannes, un conserje o auxiliar escolar que se acaba de jubilar y encuentra la desilusión de ya no ser útil, no poseer en que ocupar su tiempo sabiendo que para muchos el trabajo de uno puede ser casi toda nuestra vida, y aunque se le conoce como el pescador por una barca a la que suele dedicarse como pasatiempo, incluso ésta pasión parece fallarle, mientras su carácter díscolo producto de una voluntad de hacerse respetar le cobra la factura con sus hijos ya mayores que no lo aguantan y encuentran que su madre hace algo casi milagroso en sobrellevar su constante enojo. Sin embargo desconocen lo amoroso que puede ser con su progenitora, el inmenso amor que tiene y que se pone a prueba, como si la propia existencia se hubiera enconado contra él y puesto a retarlo en lo que más quiere, inquiriendo por un comportamiento común más humano con sus seres queridos.

Con un tono en gran parte frío pero no indolente, de exposición médica y meditabunda, la imagen austera y firme, un sonido incidental bajo y discreto a ratos, Hannes se siente acabado, aunque no sabe todavía lo que se le viene. No obstante despertará en sí un deseo sobre todo de lucha y de mejor convivencia, en ello está la lección de la película. El personaje demuestra varios matices de la personalidad, ya que se suele juzgar a veces con rigidez a los seres humanos. Los menos expresivos que sufren por dentro pueden verse sólo por la caparazón que suelen exhibir y ahí en su hermetismo se crean problemas de relaciones humanas. Se ve sólo la reacción y no la causa que a menudo proviene del sufrimiento, pero en el filme no se nos revela más que como es en el presente sin demasiadas explicaciones de porqué es de esa forma, preguntando por como se desenvolverá en el futuro tras el conflicto que le ha tocado atravesar.

Múltiples veces el rostro del actor Theodór Júlíusson despliega la habilidad para conmovernos o enfadarnos, la cámara se detiene en tomas próximas a auscultar sus emociones en silencio, hasta vemos caer muy despacio una primera lágrima -después vendrán muchas más- o sentimos sus padecimientos, detalles que se darán en todo el filme sugiriendo más que buscando el descargo intenso, en todo caso cuando se da es de forma íntima y en soledad, sin aspavientos, aunque es una trama expresiva también que enseña desde afuera además, y que dirime algunas acciones precipitadas como su carácter demuestra en un inicio ante la respuesta del término de su labores profesionales, siendo el protagonista en algunas partes un niño grande que no controla su fastidio. Sin embargo también posee otras maneras muy caviladas en ese aprendizaje que resulta ser una tragedia en su vida, donde debe ver cómo se resuelve, la constante del filme que se enfoca en sus actos, en un dolor que no agota al espectador sino que se dosifica con buen tino sin sobrecargar o disminuir su importancia, y que yace en el justo medio evitando lo gratuito y la superficialidad.

Se propone el qué viene ahora, luego del final de algo trascendente en nosotros, decisiones complejas que requieren adaptarse teniendo en cuenta que nunca dejamos de hacerlo, ni siquiera en la vejez. Se sigue pasando a otro lugar o se nos hace notar una trasformación en nuestro ambiente de identificación, lo que nos es familiar proclive a desaparecer y hasta hacerlo. Se conjugan sentimientos como la nostalgia, por el tiempo que se ha ido, lo que ya hemos perdido o lo que perderemos, la decepción que llega a reemplazar a la ilusión, el constatar que debemos reencontrarnos con ella y sacar adelante una nueva visión que nos motive a seguir amando al mundo, y en ese trance reflota un nuevo yo de alguna forma.

Hannes es criticado pero no es el único que ostenta defectos, los hijos también los tienen, hay un cariz universal de estar ciego a lo propio –en él más, ya que es quien dirige la trama- pero además surgen momentos de iluminación, no solo de confrontación y reproche, sino de lo que nos compete en que lenta y levemente se produce un cambio dentro de la historia que no resulta apurado ni inverosímil, además de existir un shock vivencial que repercute notoriamente.

Anna (Margrét Helga Jóhannsdóttir) es el catalizador del relato. Sin ser burda sirve para contextualizar el magma del filme, para punzarnos, y es que pequeños cuadros de su situación aunque contienen algo de contención en cuanto a su realidad que puede ser visualmente mucho más dura provocan el entendimiento que justifica el entorno y las líneas que quiere dirigir el filme al público, que se basa en el cambio y sacar el alma de ese ser violento que es Hannes, el que combate con sí mismo, en un viaje realmente triste que ha sabido manejarse con esa tranquilidad del cine europeo y que tiene el optimismo del séptimo arte americano. A fin de cuentas estamos ante una transición, una etapa que empieza a lidiar con la muerte pero que no es el fin; es el desarrollo, a pesar de todo, de nuevos sueños y alegrías. No solo de la tierra rodeada de mar (de aislamiento), que observa el protagonista con detenimiento, como en un espejo, sino de compartir, de ser menos egocéntricos y no solo pensar en uno, de desprenderse más emotivamente, de vivir y dejarnos ir. La paz se apoya en quienes nos quieren, en los descendientes y en la familia. Para eso miramos el barco, símbolo de todo ello, que pasa de generación en generación. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

El buen Pedro

El director peruano Sandro Ventura nos trae la historia de un asesino en serie que se oculta tras una fachada de hombre probo, quien posiblemente a razón del vacío tiene una enfermedad en la que llena su vida con la intensidad de matar prostitutas, habiendo un paralelismo en un diálogo con su casera en que responde fastidiado hallarse muy contento con su soledad mientras sobrelleva un fuerte dolor en la espalda que se puede entender como una connotación de su contexto interior.

El intachable de día, Pedro (Miguel Torres Bohl), que sale a matar a las dos de la madrugada en punto, no es la única quebradura de cabeza de su perseguidor, el investigador de policía de nombre Gabriel (Roger del Águila) sino la pareja de éste, que es puta, la más engreída de todas dice una nostálgica compañera, y entre seguir los pasos de un criminal y lidiar con su complicada fácil mujer yace en medio de la depresión y el lamento. Tanto Pedro como Gabriel comparten el semblante poco expresivo, o unidimensional, el meditabundo en uno y el constantemente enojado -en un ente aparentemente pacífico- y desconfiado en otro. Ambos actores recurren al mínimo de gestos, hay cierta carencia en ello aunque en buena parte se entiende en sus personajes. Roger del Águila nos tiene acostumbrados a su comicidad, pero al verlo serio, perpetrado en su congoja, logra su cometido, asumirlo dentro de un drama, sin embargo parece no poseer mayores registros o se extrañan más demostraciones emocionales y artísticas (el ser humano tienen varias facetas), no obstante cumple, más por sus antecedentes, estar en un registro atípico, como el del curioso caso de Carlos Álvarez como jefe de la policía, que a diferencia de lo que se especulaba solo parece estar en un sketch más de una de sus imitaciones. En la cinta tiene un corte criollo y punzante, algo muy similar a la esencia de sus caracterizaciones fuera de que pretenda realismo.  

La primera parte del filme hace extrañar un poco de audacia, quizás porque quiere ubicarnos en el ambiente y poner las fichas sobre el tablero, aun siendo bastante consciente de lo que hace y lo maneja bien, con conocimiento que se refleja en las formas y en detalles (una bailarina de nightclub despintándose hasta ser una persona cualquiera), sin embargo eso cambia en la segunda mitad en que podemos ver dos ratos claves de los que no sabemos cómo terminaran, abriendo campo a la sorpresa y al entusiasmo de una trama menos didáctica o insulsa. Una de las escenas en mención da un salto incluso fuera de la hegemónica calma triste de la derrota, y brilla por la explosividad que ha estado acumulándose en el conformismo de Gabriel, en un instante en que sentimos que los dos protagonistas pueden ser más afines de lo que ya creemos. A su vez sobresale la secuencia del desenlace que está atrevida en hacer de un impulso un ataque a vista de los demás.

En éste tipo de filmes es importante como se ven y se perciben los asesinatos, los que en ésta propuesta abundan, resultando atractivo basarse en la acción de los eventos ya que desarrolla más emociones, por eso hay que mencionar que la muerte de una de las prostitutas empujando despacio el cuchillo en su pecho parece muy primario, efecto que falla del grupo, pero no le quito al filme que logra la ansiada veracidad global, sobre todo en el desencadenante en la cocina, que resulta la más grotesca de todas las escenas aun siendo de poca duración. Finalmente es la más plausible del conjunto, seguida del imprevisible atropello, pero que requiere ponerle más fuerza visual al resto y entregar mayor alcance sensorial al espectador, darle un aire de cierta brutalidad no necesariamente en el ejecutor sino en cómo se dibuja el acto, demandando incorrección, salvajismo, y que en la presente película falta en la guinda que debería hacer la diferencia en el toque visceral y réprobo que se esperaría, aun queriendo ser sutil, ya que tenemos que estar conscientes aun en la elegancia de las formas de qué está pasando, se está quitando la vida a una persona y de forma violenta.

Tantas muertes refuerzan y definen al género al que se adscribe. Al mismo tiempo contrasta, como notoriamente se quiere, con la vida cotidiana diurna del asesino. Hay una exhibición que apunta a la franqueza y proximidad recreativa, también llevada con arte en algunos momentos como la toma de un cadáver cubierto por una bolsa azul dejando ver sólo las piernas ennegrecidas.

Funcionan las dramatizaciones de las agresiones –el querer escapar o la preocupación de lo que intuye la víctima- y ese preámbulo de encuentro antes de cada homicidio, algo en que suele relucir en cierto cine las malas actuaciones y en el filme que nos compete tiene aciertos y otros no, pero en general posee actuaciones sencillas. Destaca sacar del cuadro de la cámara al cazador dejando su comportamiento y personalidad aparte en la imaginación, enfocada la película en recrear la toma con elementos fuera de él mismo.

Algo valioso es que las prostitutas y su ambiente, los bailes, sus vestimentas y algunas apariencias sacadas del erotismo japonés o del hentai no resultan incongruentes con nuestra realidad y no dejan de ser parte de una construcción artística, lo que mejora la estructura del filme. Son sensuales y no necesitan de ningún tipo de vulgaridad, siendo verídicas sin la sobreexposición o la obviedad. También es interesante notar que los diálogos no caen en lo barato o en la abundancia de las frases hechas, aun estando en consonancia con la naturalidad del habla nacional.

La actriz Natalia Salas, una guapa peruana que me recuerda a la despampanante Barbari Mori, logra su papel en el desdén hacia el perdedor que es Gabriel y lo explica en su sinceramiento. Puede parecer muy optimista pero hay que perdonar esas ligeras licencias ya que el filme tiene de telenovela, algo que se irá remontando.

El Buen Pedro (2012) es un thriller que tira hacia el terror, y que parcialmente a ratos lo ha conseguido y a otros te deja incólume, o le ha faltado propagarlos más, aunque había un drama en cuanto a la vida personal de un protagonista que llevaba otros sentimientos de por medio. Muestra una decente estructuración, como con la mancha en la pared, la espera en el cuarto tras el plástico azul (simbólico y sugerente) y repetir una escena varias veces (en una hasta parece error), la del policía diciendo era sólo una niña ante un cuerpo masacrado y abandonado. Repetición que es un espacio de reflexión ante lo que está pasando, aunque uno de los pocos, estriba una ausencia. No puedo evitar hacer mención de la estética de los créditos finales, sobresale bastante.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Casa de tolerancia


Bertrand Bonello se ajusta –en parte- a la denominación de nuevo cine extremo francés que se ha querido acuñar alrededor de algunos cineastas, sin embargo hay un toque que lo hace humano, dispuesto a solventar una atmósfera con sentimientos, aunque equilibrando su participación, siendo menos decadente y gratuito de lo que podría esperarse de un rótulo bastante general, si bien hay un orden de fin de una época que circunda su obra y un deseo de franquearse con el espectador, ser didáctico sin tapujos, y ahí como último bastión en plena transformación del oficio más antiguo del mundo –listo para salir a las calles- yace la historia de un burdel de nombre L'Apollonide, al que asisten aristócratas engreídos, herederos millonarios e importantes industriales tras el alivio matrimonial, jóvenes y viejos, filántropos enamoradizos, escurridizos aventureros y algunos sujetos de abolengo ansiosos de extravagancias.

A manera de describir lo que circunda el negocio de la prostitución de fines del siglo XX y comienzo del XXI, exactamente de 1899 a 1900, en tierra gala, el filme parece tener un lado documental, de registro y exposición, abordando desde la transacción y  la cadena de mando, los juegos eróticos, hasta la enfermedad y la muerte, teniendo cierta vocación de precisión, mientras envuelve su propuesta de “imparcialidad”, es decir ataca y defiende al mismo tiempo lo que muestra, nos sensibiliza con las penas amorosas, existenciales y económicas de las damas de compañía e incluso la aflicción infantil de sentirse menos dotadas intelectualmente que el promedio, pero también no se ruboriza en enseñar de que va el negocio en toda práctica; cada enjuague bucal muy sutilmente nos delata un comercio, palabra que se menciona de propia boca de las ninfas sexuales, y se explica con detalle el trabajo, para lo que implica la contratación de una anhelosa jovencita de 16 años que quiere dejar de ser costurera para empezar a calmar la libido masculina.

El toque de autor yace en la película aunque tiene presente abordar lugares de referencia colectiva, más apreciable si se desconocen los pormenores de la cuestión, no obstante no es así porque es muy recurrente la temática, empero siempre viene bien una nueva ilustración, que la tiene, solo que con algunas ideas no tan creativas y a veces un poco tontas para el caso habiendo momentos duros como ambiente, en la mujer sonriente que nos recuerda al Joker o con la furcia que hace de muñeca y le molesta jugar ese papel, pero que terminan llevando la personalidad que infunde el director, bastante palpable en el simbolismo de todo el conjunto en el sueño de la judía, las lagrimas de semen y la falsa sonrisa, una metáfora de lo que son en realidad, de una felicidad de apariencia y un castigo en su labor, como la reprobación de la sociedad hipócrita que se divierte con ellas, y en ese lugar hay un romanticismo de hacernos creer que las deudas, la ignorancia son el motivo de su existir, y es parte pero también lo es su discurrir por una vida fácil, suntuosa, festiva, y es que al fin y al cabo, Bonello se apiada de ellas, se pone de su lado, las vuelve menos objeto o mejor dicho, les da un doble matiz, la vulgaridad y la promiscuidad menguadas por el alma y la personalidad de cada una, y es que conocemos a esas mujeres en el filme, vemos su lado humano, pudiendo ver que llegan a enamorarse del cliente aun ejerciendo en plenitud su oficio; ríen, lloran, se sienten solas, usadas, se quejan aunque de lo que ellas mismas han escogido, el filme toma un cariz en que pueden expresarse sin caer en solo ser lo que hacen, aunque las formas van sencillas sin la desproporción descalificatoria, ni tampoco llega al punto de convertirse en una falsedad que lo perdona todo, sobre todo ocultando; hay una cierta confabulación notoria compartida a  través de sus emociones y de los que se aprovechan de sus decisiones.

Se percibe una inclinación hacia sentir que es una ficción a pesar de una clara intervención explicativa que se mezcla con la subjetividad que siente el autor, por no digamos la prostitución, sino por las mujeres detrás de ello, parece un filme paradójicamente feminista en el derecho a la humanización, hay una escena que enmarca un clímax, bailan sufriendo (la música como expresión), nuevamente la dicotomía de lo que es y de lo que va por dentro, y suena noble pero falta a su otra forma, la de enfocarse en la realidad, se entrecruzan deseos, romanticismo y explicites (o un realismo), se da complicado abarcar tanto sin decidirse del todo, aunque se entiende que el compromiso está con ellas, y como ficción tiene sentido, es ante todo una historia, la visión personal de un creador; quizás juzgamos siempre hacia una vertiente, lógicamente, pero merece el tema un poco de esa “compasión” que todo ser humano merece, en que se ubican las que han escogido la prostitución, está bien, porque tampoco estamos libres de su necesidad como sociedad, y esa nobleza también es conocimiento de su razón de ser, que por una vez también denuncia la frivolidad, la dureza y manipulación del entorno fuera de estas; pero tampoco llega a enseñar perversión sino apenas un esbozo algo circense e inocente, y hay algo de generosidad incluso de esa clientela tan rococó.

No resulta un filme contundente sino muy suave en esencia -fuera de los detalles- aunque vastamente entretenido, una apuesta que se circunscribe principalmente a un espacio –que recuerde salen a un paseo a una laguna y hay una visita a una mansión aristocrática además- y lo hace como con la interacción de esas cuatro pantallas a la vez, esa repartición de la actividad en el burdel, intensamente, ampliando las cuatro paredes, como lo que esperamos sacar del filme, repitiendo momentos, embelleciendo el ecran, completando la fotografía, pedazo a pedazo hasta tener una figura, específicamente la del sueño premonitorio, semejante a la mujer que vemos actualmente en la calle, la que nos recuerda su drogadicción por tristeza, la que es proclive a terminar en un lugar trágico, la que ha perdido una amiga que le recuerda a sí misma, y la que no tiene -normalmente- un futuro familiar, ni tan siquiera económico.