martes, 6 de enero de 2026

This Sporting Life

La relación con la mujer da para mucho diálogo. La relación con Margaret Hammond (Rachel Roberts). La mujer no quiere volver a comprometerse. Amaba mucho a su esposo. Éste hombre estaba sumido en la depresión –no especificada- y terminó suicidándose. Se da a entender que era un hombre débil, frágil. En cambio, el protagonista es un tipo duro, rudo, realmente fuerte. Frank Machin (Richard Harris). El opuesto al marido difunto. Dentro de su fuerza mental a prueba de la realidad, que compagina perfectamente con el rugby o los deportes donde se requiere mucha confianza en uno mismo para enfrentar violencia digamos, está verse un poco primitivo, a ratos bruto, tosco, algo vulgar (que suma al concepto), pero no obstante demuestra querer estar con Margaret, su especie de casera, que yace desprotegida de la vida, con 2 hijos aun pequeños a cuestas. La mujer lo rechaza formalmente, abiertamente. Depende económicamente del protagonista y accede a dormir con él en varias oportunidades. Ella menciona que esto le da mala fama como mujer y hasta genera burlas hacia él. El protagonista busca una relación afectiva normal, convencional, pero Margaret no quiere al parecer. Frank no habla directamente de matrimonio, tiene aventuras sexuales, está muy libre, pero nadie le mueve el piso como Margaret. Desecha varias aventuras. Se interpreta que quiere que ella sea su mujer, si bien todos la creen así de cierta manera, aunque saben de la situación que los rodea, un marido que ella no quiere olvidar –ahí están los zapatos como ejemplo literal- y que se halla(ba) en el abandono, que incluye algo de culpa para la empresa que dirige el equipo de rugby del protagonista. La mujer es terca (aunque en un opuesto autodestructivo a Frank, la oscuridad y la luz frente a la existencia), similar al marido difunto. Margaret es proclive al suicidio, a un idealismo que curiosamente colinda con dejarse derrotar por el mundo, si bien ella ha perdido al amor de su vida. No es que deba venderse, pero no quiere rehacer su vida, darse otra oportunidad. Incluso se siente culpable por la muerte del marido, por no llenar su vida, pero la melancolía puede ser muchas veces muy rara de entender o de hallar culpables. Su muerte no es su culpa, a diferencia de ponerle las cosas arduas a Frank. Ella incluso parece haber amado más al marido muerto que a sus propios hijos, y eso continua hasta su presente. Margaret es amable, los cuida, pero a ratos importantes los deja de lado. El protagonista es un luchador neto, de los más bravos. No se doblega con facilidad. Quiere a la mujer, a toda prueba, movilizando un canto de potente motivación existencial que es parte de su personalidad. Frank es un cazador de triunfos, es de la gente que crea éxito, y como bien dice, son pocos como él, aun cuando lo ven como un simio. No obstante, se deja apreciar vanidoso, pero con Margaret puede ser muy humilde, y también duro. Es un personaje complejo de definir. La mujer es una meta, aunque sentimental, real, está enamorado. La mayoría de gente, la gente común y corriente, se deja apabullar por la existencia, aunque todos finalmente crean su camino, cuando el mundo es difícil. El devenir de Frank no trae a colación suerte, ni destino, porque el protagonista jamás deja de avanzar hacia adelante en pos del éxito, en ir a enfrentar las cosas, como en el rugby. Perder 6 dientes no lo amilanan, lo que representa literalmente mucho dolor. Ni cosas mucho peores, sufrimiento en el alma. Es un filme trágico, triste, pero éste hombre hace gala de una simpleza que le retribuye, aunque por una parte lo juzga negativamente. Llega a presionar mucho, a hablar más de la cuenta, frente a un ser muy frágil, buscando abrirle los ojos. Frank Machin no es una mala persona, como para esperar que el mundo haga justicia, aunque la sugerencia de la araña muestra que se siente culpable. Aunque es un retrato sobre la clase obrera, estamos viendo el triunfo del hombre que sale de abajo hacia la gloria (no para de enfrentar el campo de batalla, ese escupitajo señala carácter), que puede leerse de triunfo capitalista. Pocos pueden ser como él, ahí hay una clase de cierta excepcionalidad frente a conquistar las emociones, esas que tiran abajo a todo el mundo. Nadie es de piedra, uno es pequeño frente al mundo. Richard Harris está magistral, a sus 33 años, perfecto en el papel, incluso físicamente como jugador de rugby. Y gestualmente. Todos sus ademanes imprimen personalidad al filme. Ésta película le da el estatus de leyenda cinematográfica (junto al director, Lindsay Anderson, y al guionista y novelista, quien se adapta a sí mismo, David Storey), esa que Clint Eastwood le roba un poquito, para los entendidos, con Los imperdonables (1992). La película está contada bajo mezcla de tiempos, aunque no tan lejanos entre sí, lo cuales se descifran con facilidad, manejando maestría estructural, en ésta obra maestra del free cinema, de principio a fin. Una obra de lo mejor del cine británico. Está bellamente filmada, sobran las grandes escenas, tiene tremendo realismo. En la trama se ve también que el éxito contiene el capricho y el engreimiento de los poderosos. El deporte fuerte también trasuda sensualidad. En pantalla hay dos socios que compiten entre sí y la esposa de uno de ellos también maneja decisiones. Oímos de la visión de cada uno, lo cual rige el futuro del protagonista. Acaso no soy bueno dice, justificando su fichaje millonario, cuando él mismo se vende caro, pero se deja ver que él éxito puede no ser del todo justo muchas veces, pero la lección es que el protagonista conquista el triunfo con la mentalidad del campeón, con la autogestión de la voluntad más grande. No voy a hacerlo siempre (el rugby), quiero algo eterno, menciona, yo soy capaz de amar de verdad, como parte de alguien que intelectualiza situaciones, aun cuando lo creen un simio. Aspira al amor verdadero. Pero puede que su elección haya sido la equivocada y ahí le juega –jugarreta del destino- en contra su perseverancia. El deporte del rubgy para él es un medio de éxito solamente. Hay muchas escenas melodramáticas a lo Un tranvía llamado deseo (1951), una maravilla con la que hay similitudes, dentro de una película que tiene personalidad y originalidad.