El cine regional como fenómeno tiene unos 20 años de continuo
trabajo en distintas regiones, pero es con Wiñaypacha, una película puneña, obra
de Óscar Catacora, que se ha conseguido un elogio especial, que incluye una recepción
decente del público limeño, tomando en cuenta que no es un cine masivo sino de
cine arte, si bien se tiende a decir siempre como en un juego de ensayo y
verdad sobre varias películas nacionales que estamos frente a una obra maestra,
aunque es cierto que Wiñaypacha es especial en sí.
Aparte de que está hablada en aymara durante toda la
película es una película contemplativa, de una manera muy marcada, no hay juegos
de cámara ni existen tomas variopintas en uso, se trata de tomas fijas, y es
con los personajes, la naturaleza serrana y los animales que se produce el
movimiento y la dinámica en la pantalla. La cámara es un ojo clínico, un ojo
atento, un ente utilizado de manera básica, de manera a veces muy evidente, recurriendo
más bien al naturalismo como técnica cinematográfica.
Es notorio el quehacer del neorrealismo, todas las acciones son
propias del Ande y de lo auténticamente autóctono, los únicos dos protagonistas,
los actores, no son profesionales. Willka y Phaxsi son 2 ancianos aymaras que
viven en la montaña, en la Sierra, y vemos todas sus prácticas cotidianas, como
subsisten, como viven, que hacen, casi todo se lo gestionan de manera artesanal, sólo compran algunas
cosas, que les quedan lejanas. Hay practicas reconocibles, pero no faltará
alguna pequeña novedad en cuanto a la realidad originaria de nuestro país, a
las actividades en el ande más autóctono. Son actividades simples, como preparar
algún tipo de alimento o hilar un poncho.
El filme hace mucho uso de la palabra, Willka y Phaxsi
siempre están conversando, dicen algunas cosas que no parecen necesarias,
puesto que no todo lo tienen que explicar, pero también de otra forma quizá no entenderíamos
todo lo que hacen. A su vez también sus diálogos enriquecen la propuesta, dicen
cosas interesantes que realzan el contenido del filme. Algunos momentos son muy
obvios, otros son potentes pensamientos aunque expresados de forma muy simple. Pero
el filme presenta sustancia, profundidad.
Se lee el abandono en que vive la gente del Ande, su
precariedad, que incluye la vejez, lo cual pone más grave y urgente el
panorama. Cada acción de los protagonistas cuesta más esfuerzo, debido a su avanzada
edad, pero aun así deben hacerlo para subsistir. El hijo que ha ido a vivir a
la ciudad y sus padres lo añoran todo el tiempo es otro importante tema. Aunque
el vástago nunca llega a estar físicamente está siempre presente en todo el
conjunto. El hijo es un simbolismo de Lima, de cómo tiene abandonados a sus
padres y lo que ello significa, a su historia, a sus orígenes. También es un
llamado a la gente autóctona, a no perder ni olvidar sus raíces, su sangre indígena,
y a todos los peruanos.
Éste filme puneño también tiene una narrativa, no solo es la
vida común de Willka y Phaxsi en su lugar de origen folclórico, en ello se
trabaja con los fósforos, con el fuego. De algo tan
pequeño se presenta un desarrollo narrativo atractivo, sencillo, pero coherente con el
eje del filme, el olvido, la indiferencia, la muerte –como en el sueño- por más
que hay una mística y cierto encanto en cómo viven estos dos ancianos aymaras,
en sus practicas ancestrales, en su adoración a los Apus.
El filme puede tener la cámara fija, pero lo que muestra en
las tomas es muy rico en buena parte, también hay un gran manejo de la
iluminación –se trabaja mucho con la noche y es notable-, y una fotografía básica
pero competente donde los paisajes parecen irreales de lo fantástico que se ven
los fondos. Donde Wiñaypacha incomoda es en la recreación neorrealista del
ataque a los animales, son imágenes muy violentas, descarnadas, sobre todo
porque son imágenes cero estéticas y que parecen ser muertes reales.