miércoles, 29 de marzo de 2017

El viaje de los comediantes (O thiasos)

Esta obra maestra del griego Theo Angelopoulos, seguramente su obra más importante, de 4 horas de duración, recorre la historia de Grecia desde 1939 hasta 1952, pasando por momentos claves de su historia, la dictadura de Ioannis Metaxas (1931-1941), la guerra entre Italia y Grecia (1940-1941), la ocupación alemana (1941-1944), la guerra civil (oficialmente de 1946 a 1949, pero empezó antes), la intervención y estadía fiscalizadora americana e inglesa en Grecia (la ocupación inglesa con el general Ronald Scobie) y la llegada al poder en 1952 del mariscal griego Aléxandros Papagos como primer ministro de Grecia, habiendo comandado a la derecha, viniendo de comandar al ejercito griego contra el ataque de Italia, país al que venció, pero Alemania lo terminó derrotando y lo mandaron a un campo de concentración del que volvió triunfante.

Al filme se le propone desde el punto de vista de la izquierda de su país, viendo que Grecia estuvo dividida todo este tiempo, por un lado los monárquicos, por el otro el partido comunista griego, que tuvo gran repercusión con el Ejército Popular de Liberación Nacional que claudicó en 1945 con el Pacto de Varkiza donde entregaron las armas. El Ejército popular de Liberación Nacional luchó en la segunda guerra mundial de 1941 hasta 1945 contra Alemania. La derecha venció a la izquierda y quedó una sensación de yacer pospuestos y desear buscar redención.

Angelopoulos no solo se queda con este tremendo panorama y manejo histórico también hace uso de la literatura griega, se basa en la Orestíada de Esquilo, en superponerla en su trama, mostrando traiciones y venganzas dentro de la representación de la guerra civil griega, hablándonos de Agamenón (padre), Clitemnestra (su esposa), Aegisthus (el amante de Clitemnestra), y Orestes y Electra (los hijos de Agamenón y Clitemnestra).  Esto funciona no tan contundentemente porque la trama tiene su propia libertad narrativa, guiada por un teatro itinerante, un grupo de protagonistas de las vicisitudes de su época. El teatro ambulante pone constantemente en escena  la obra teatral Golfo la pastorcilla, una historia de amor, muerte y traición, que se mezcla con todos los componentes históricos antes mencionados.

El filme de Angelopoulos resulta arduo de comprenderlo en su totalidad pero con todos estos datos y elementos en el conocimiento del espectador uno queda maravillado de semejante estructura y narrativa, tan compleja y completa. Hay que estar muy atento, en varios momentos escuchamos información histórica, como con los altavoces de la propaganda política que hacen como de voz en off, explicativa y contextual, aunque está inmersa en lo autodiegético.  En otros momentos lo vivimos, incluso simbólicamente, como narrativa, como cuando dos bandos luchan, unos disparan y otros corren y cambian de lugar, en una toma fija de una calle, de izquierda salen pobladores, luego salen de la derecha; o cuando soldados ingleses se burlan de la compañía de teatro y empiezan a forzarlos a bailar con ellos; está también la escena brutal de una mujer comunista violada como venganza a una acción paramilitar, mujer que luego le habla directamente a la cámara y detalla hechos históricos, la realidad del partido comunista; o esa escena en un bar donde mediante la música se dan arengas contra el gobierno monárquico y luego estos reaccionan y dan sus propias proclamas cantando. La música juega un gran papel en la propuesta, mostrando lo popular, sea la facción que sea, hay un tono llano en todo el filme.

El viaje de los comediantes es una obra monumental que fascina cuando entendemos todo el alcance de su propuesta, contada en varios niveles, con una manera próxima, bella y emotiva. La estructura de como fluyen los tiempos -que van y vienen- es otra imponente virtud, sobre todo porque a pesar de que el filme tiene 4 horas de duración contiene pocos cortes, generando una estética más personal y una filosofía con las largas tomas. Presenta mucha originalidad y variedad de expresión. Ganó el premio fipresci en el festival de Cannes de 1975.

viernes, 24 de marzo de 2017

Silencio

Durante el siglo XVII ante el miedo a la expansión del catolicismo en Japón, y lo que podía significar, el control colonial europeo, Japón prohíbe la práctica del catolicismo y se dedica a perseguir, castigar hasta matar o hacerlos renunciar, a los que profesan ésta fe, sean de su población o extranjeros. Dos padres jesuitas portugueses Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) escuchan que su maestro, Ferreira (Liam Neeson), ha apostatado, tiene ahora nombre japonés y propia familia incluida, ellos no lo creen, saben que Ferreira estaba en un viaje de evangelización, y deciden ir a averiguar. Garupe y Rodrigues ven la fuerte situación que reina en Japón, pero practican el cristianismo en la zona, tratan de seguir su misión a escondidas a contracorriente de que el inquisidor Inoue (Issei Ogata) pone mano dura en el territorio.

Inoue luce algo ridículo, como una figura algo exagerada, pero también se manifiesta inteligente, su debilidad producto de la edad la suple con el enorme poder de su cargo, sabe bien el deber que tiene, se le siente que es para él algo personal, como el japonés que piensa que está defendiendo la gloria de su nación. La religión es solo el pico del iceberg, lo que esconde un orden y control político. El filme en manos de los padres jesuitas es un quehacer más inocente, al menos en lo que creen y profesan Garupe y Rodrigues, sienten que están propagando una necesaria verdad que atañe a todo hombre, buscando salvar las almas de los campesinos nipones.

No es casualidad la imagen del primer encuentro con Kichijiro (Yôsuke Kubozuka) que parece un perro callejero sucio, es el reflejo de la pobreza reinante y la dejadez del poder. En esa situación la palabra de Jesús cala profundamente, pero en lugar de solucionar el problema, la diferencia social, producto de la ideología y la estructura política, monárquica y feudal, les conviene mejor sólo usar la violencia, torturar, y hacer que renuncien e insulten al Dios cristiano, hacer que la superficie desaparezca.  Por cierto, Kichijiro da cierta risa, con lo endeble que luce, pero se entiende que es así por la fuerza con la que choca su fe. El temor a morir. Pero es a un punto increíble ver que a pesar de todo Dios –y los padres- le perdonan, le dan infinitas oportunidades, y él finalmente digamos que retribuye. Es la duda absoluta, medio un Judas cómico.

En el filme hay dos líneas de desenlace, que es lo que finalmente más importa. Una es la aceptación del poder japonés, la negación del cristianismo en suelo nipón, que va por Ferreira, quien argumenta de forma interesante (pero aunque lo niegue se debe su apostasía a la tortura fina y estratégica), aduciendo que Japón es un pantano donde no se podrán sembrar nunca ciertas plantas. En esa línea hallamos otra adaptación de la novela histórica de Shûsaku Endô, Chinmoku (1971), de Masahiro Shinoda, que es derrotista con el catolicismo, y triunfalista del Japón tradicional. La otra línea, la del genio Martin Scorsese, es la de que Ferreira es como un especie de Satanás, un tentador, imitando a la biblia, lo que es constante en el filme y más que seguro en el libro. Y la tortura, el salvar a los campesinos a cambio de la apostasía, los que le valen muy poco a los monárquicos, es un chantaje brutal, un subterfugio de implacable debilidad contra la fe, pero, ¿qué hace un padre ante esto? El filme de Scorsese ve el sacrificio, la entrega, y sobre todo el perdón de Dios. ¡Dios habla!, aunque parezca más una alucinación de la tensión. 

Otra discusión atractiva de la película es la que dice que los campesinos no saben bien lo que hacen, sobre entender la trascendencia, y que incluso no comprenden bien a quien le rezan ni por quien lo hacen (se dice que le rezan al sol), pero su devoción, martirio y muerte –aun en sus limitaciones- es acción suficiente para no pretender desestimarlos, porque la vida es lo más preciado que tiene uno (tenemos a Kichijiro para corroborarlo), como que todo hombre vale sin importar su humildad, cosa que no se comparte en el tiempo de la ambientación por los mandos japoneses ni por el renacido Sawano Chuan (Ferreira), y entregarla por una creencia religiosa es tal cual la aceptación de aquella visión de Cristo, uno se debe a ellos, a su respeto y honra. En ese sentido la intervención de Shin'ya Tsukamoto como un campesino creyente es de una emotividad maravillosa. Lo mismo que con el traductor aliado del poder japonés (Tadanobu Asano),  son contrastes magníficamente definidos, aun tan marcados.                                                                                                                      

jueves, 23 de marzo de 2017

Seijun Suzuki (24 de mayo de 1923 – 13 de febrero de 2017)

El japonés Seijun Suzuki es un director de culto, y para mi sorpresa tiene un cine bastante bueno, no se le suele mencionar mucho como otros de sus compatriotas, además de que se le conoce por haber hecho cantidad de películas de serie B sobre yakuzas para la productora Nikkatsu. Pero en los últimos años, trabajó para Nikkatsu por 11 años, empezó a tener problemas con la compañía, cuando Suzuki seguramente cansando de lo mismo empezó a complicar las tramas de sus películas y a hacerlas más avant-garde, al punto de que con Branded to Kill (1967), el culmen de las películas yakuza que hizo, lo despidieron. Suzuki ganó un litigio que entabló contra Nikkatsu pero tuvo que recluirse por 10 años en la tv. como castigo de las productoras.  

Gate of flesh (1964). La mejor película de Seijun Suzuki, así como Branded to kill es el pico más alto de sus historias de yakuza, Gate of flesh es el de otra de sus temáticas preferidas, la prostitución, pero aquí no hay una narrativa intrincada, y la rebeldía se asume como realismo y mucha dureza. La prostitución es el abismo donde no te permiten amar, de eso trata el filme. La sordidez de la vida de prostituta y el defender el territorio y la sobrevivencia de un modo de vida hace que las propias prostitutas canibalicen a sus compañeras. Les hagan la vida un infierno si pretenden dar sexo gratis, o sea, entregarse por amor. La narrativa es diáfana, pero está llena de potencia, su historia impacta, da cierta tristeza regirse al destino, morir pobre. A una mujer se le enseña a ser aprovechada y fría con alguien que pretende ser un marido, a otra a resignarse a ser la peor puta. Un hombre, un ladrón y asesino, Shintaro Ibuki (Joe Shishido) remecerá el pequeño clan de prostitutas protagónico. El filme se ambienta en la postguerra, la de la segunda guerra mundial, el ambiente está plagado de americanos. Suzuki muestra la degradación de los japoneses a través de esa aparente fiesta en las calles de la abundancia de prostitución, para los extranjeros, y los hombres nacionales no hacen nada, solo se acomodan, tratando de salvaguardar a ratos su honor con la violencia, lógicamente a escondidas. Shintaro por eso se comporta como un bruto, pero trae loca a más de una prostituta, es el semental. Estas se comportan lo más salvajes. Suzuki es duro, rehúye las formas clásicas. El filme fluye, cautiva, es franco y evita los romanticismos, salvo buscar la poética de los sufridos, de los derrotados, en un submundo que los engulle sin piedad.

Tokyo Drifter (1966). Tiene una sencilla banda sonora, pero de aquellas que entusiasman, hecha por Hajime Kaburagi, y es una película muy simpática y entretenida. Sobre un yakuza que es un especie de ronin, el que huye de una facción de la mafia producto de ser un tipo leal y valiente. Es la historia que enaltece a ese héroe que es el más bravo de todos, aunque el más dejado. El que no puede huir de su pasado, y viste como un pimp. El filme posee un toque sesentero de libertad estética, colorido, y previsualiza al cine coreano moderno, al noir más plástico.

Branded to kill (1967). Considerada su obra más famosa, reivindicada con los años y convertida en película de culto. Es una propuesta que no se toma en serio, que es irreverente, nunca mejor explicado en que el final del filme se asemeja a un show de cachascán. A la vez es adictiva con la adrenalina e intensidad argumental que propone, como la escena en el muelle con el carro como escudo frente a una emboscada de francotiradores, los asesinos colocados en un propio ranking criminal y una femme fatale que colecciona mariposas disecadas. Finalmente el antihéroe yakuza Goro Hanada (Joe Shishido), aficionado a ir tras el olor del arroz hirviendo, deberá enfrentar a la mafia y al hitman Nro. 1, cuando él es el Nro. 3 y quiere ser el primero.

Tsigoineruwaizen (1980). Es parte de una trilogía y donde se reinventa Seijun Suzuki, con historias que llevan terror. Tsigoineruwaizen es una película maravillosa, pero exige paciencia, porque se cocina muy despacio, tiene una duración de dos horas veinte minutos y enseña momentos como para generar movimiento sin mucha trascendencia, como distracción, pero una vez hecho un pacto que parece una locura y un juego, algo suelto u ocurrente propio de un tipo de personalidad, entre dos mejores amigos y maestros muy distintos, que a escondidas del otro se intercambian las esposas, genial Michiyo Ohkusu como la esposa de aire pervertido, la historia finalizará en una película compleja y perversa, donde una estancia de vacaciones brindará alternativas macabras. Es un filme que te dejará pensando, pero sobre todo donde existe un buen manejo del miedo. La película tiene varios matices, es extraña y tiene humor idiota, pero también un aire serio y oscuro ubicado en la era Taisho.

sábado, 11 de marzo de 2017

King of the Belgians

El rey de los belgas visita Estambul, Turquía, y al escuchar que una región de su país, Wallonia, que es la mayor extensión del territorio belga, se ha separado e independizado de Bélgica, decide volver al país y enfrentar la situación, salvar la existencia de Bélgica, sin embargo un problema climático, una tormenta solar, le impide el retorno habitual, no hay vuelo alguno con este clima, y para peor la seguridad turca le restringe el retorno por protegerlo. Nicolas III (Peter Van den Begin) participa además de las reuniones turcas de un documental de propaganda para su figura, del británico Duncan Lloyd, y éste le propone irse, “escaparse”, en un ómnibus de unos músicos folclóricos búlgaros, el rey acepta, y es cuando junto a tres miembros de su administración que emprenden el viaje de retorno en la presente road movie, comedia y mockumentary.

King of the belgians es una película muy ligera con un sentido del humor híper suave, a ratos ni se percibe y es más una historia llevadera, mínima, puede que hasta nos produzca cierta desidia tanta simplicidad, no obstante tiene un toque benigno que puede ser agradable, desde el punto de vista que se le vea. El rey atraviesa los Balcanes, a los que un asesor denomina de conflictivos, como quien teme que algo peligroso pueda suceder, igualmente se escuchan comentarios políticos en tono leve sobre la integración de Turquía a la Unión Europea.

El filme tiene demasiado de sutil y ligero que su cuota política puede hasta pasar por desapercibida, y verlo como un simple filme de pequeñas aventuras, ver al mismo rey de los belgas atravesando la vida llana, y discutir la necesidad y sentido de la monarquía de paso de manera apacible (quizá nos esté diciendo la película, medio sin querer, que su presencia es totalmente irrelevante), mediante un ordinario viaje por carretera, hasta llegar a querer cruzar en un pequeño bote a motor el territorio balcánico y caer en una Albania que parece algo bárbara y no brinda un trato especial. Nicolas III es la humildad, candor y simpatía en persona, y más parece uno más del grupo, no presenta ningún tipo de distinción, puede ser hasta ya demasiado común y sernos indiferente, o quizá tanta normalidad pase por propagandística. Falta malicia, sea en su persona o hacía él. La propuesta de Peter Brosens y Jessica Woodworth es un relajo total, no existen estridencias ni espectáculo, su trama es la austeridad amable en pleno ejercicio.  

jueves, 9 de marzo de 2017

Buzzard

Marty Jackitansky (Joshua Burge) es un estafador de poca monta, engaña al sistema –del que reniega- siempre que puede, a cambio de pequeños montos, pero este es su medio de vida prácticamente porque es un slacker en realidad, aunque trabaja de empleado de un banco, donde suele evitar todo esfuerzo. Su mayor estafa es usar cheques cambiados de nombre. Un día se siente a puertas de ser atrapado (por un comentario), entra en paranoia y decide escapar. Primero se esconde en el sótano de un compañero de trabajo, de Derek (el mismo director del filme, Joel Potrykus), y junto a él en su estancia saca todo su lado infantil, lo que lo persigue, hasta haber diseñado un guante igual al de Freddy Krueger con un aparato del Nintendo. Luego decide esconderse en la parte poco agraciada de Detroit y surgen más aventuras.

Marty y Derek son perdedores y algo patéticos, por lo que Marty aun con tanto defecto a cuestas por otra parte se hace entrañable o uno siente conmiseración hacia su persona. Tal es el caso empático de adorar las películas de A Nightmare on Elm Street y verlas en pósters por todas partes de su casa. Marty es un fan del cine de terror y del heavy metal. De todas formas Marty es un desadaptado y tiene arranques de ira, esto crecerá y llegará a convertirlo en alguien peligroso. Marty también no se guarda nada, es muy libre en todo sentido, sumado a su inmadurez, que tiene de graciosa, simpática y de ridícula. En un momento se tira vestido con una bata de baño blanca a la cama de un hotel a comer espaguetis y se ensucia como un niño. Por la calle es todo un freak, suele usar máscaras de Halloween.

El filme expone a una América con gente que no puede ni se esfuerza –quizá por derrotista- en surgir en la vida. Aunque a su esencia se le señala de culpable, por lo infantil, lo abandonado, lo solitario y metidos en sí que están, y hasta medio locos, distanciados un poco de la realidad, si uno se pone en su pensamiento sería porque el sistema sanguijuelea al pueblo y ser slacker es la respuesta antisistema. El filme de Joel Potrykus muestra crítica social en un empaque de bajo presupuesto, y fabrica una propuesta contundente. También es divertido verla y no sólo por su humor negro, pensemos en los juegos entre Derek y Marty, quienes actúan libremente, como con la competencia de comer el máximo de snacks del tipo de los doritos sin usar las manos. Buzzard es una película inteligente, como que además tiene para convertirse en una película memorable del séptimo arte.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Casa Roshell

Un grupo de travestis se guarecen en esta casa, aquí son enteramente libres del escrutinio público, del rechazo, de la contención, les enseñan a ser mujeres, y muchos visitantes del lugar los ven así, como otro prototipo de mujer. Pueden contar historias, cambiarse el nombre, hacerse seducir, mostrar engreimiento, inventar un disfraz. Por esa noche que se hallan en el lugar son como parte de una película dirigidas al placer de ellas. Lo mismo que hace la directora chilena Camila José Donoso en su segunda película, ahora en solitario, embelesada con su tipo de vida e idiosincrasia. Entabla una comunicación con los transexuales, donde abren su mundo al espectador, no sólo sus frustraciones y miedos, también sus fantasías.

Roshell Terranova es la dueña del lugar, una pionera de estos nightclubs gays en México (tiene 51 años), señora de una guarida y escuela, una respetada casa de diversiones para cortejar y acostarse con los travestis, llevarlos a un cuarto oscuro al que no llegaremos a entrar. Hay que recordar que se busca en una medida lo estético y cuidado, lo simpático, no lo vulgar, no obstante no sin veracidad y autenticidad. La casa no es muy fastuosa, yace más oscurecida en sus detalles, vemos sobre todo rincones, espacios reducidos. Sin embargo antes de ir al cuarto oscuro fingen ser seductoras y provocativas damas en algún lugar exótico en medio del planteamiento de un romance pasajero. No falta un halo de irrealidad, de adaptación imaginaria, pero al mismo tiempo de convencimiento. Los invitados o clientes hacen de caballeros, algunos se consideran aun heterosexuales, aclaran que tan solo están tras distinto tipo de mujer, de otra forma de belleza y feminidad; otros son más llanos y realistas, se confiesan bisexuales.

Vemos pocos hombres en el lugar, algunos clientes también son en otros lados travestis o tienen doble vida. El filme muestra el hábitat, su lugar de confort, Roshell es como una maestra, en sí el lugar es un espacio de aprendizaje, de aceptación, de ilusión, de creación. Pasar de la T a la X. Dejar atrás con trucos el cuerpo masculino para convertirse en la fantasía e ilusión de ser mujeres. Muchos travestis son poco agraciados a la vista, son los tímidos, tienen una vida afuera que los intimida, o esa es una de las historias tipo de la casa, quizá simplemente interpretada para la cámara. Roshell y su séquito enseñan seguridad, a sacar de adentro de ellos belleza. Al inicio del filme vemos toda la operación física, el largo trabajo de pasar de hombre a mujer. Maquillaje, peluca, vestuario, fajas, zapatos altos, adornos, etc. El rostro duro, rudo y áspero pronto se torna en la gran sonrisa, los mimos, los gestos exagerados femeninos y la coquetería. La casa Roshell propone adoctrinamiento político, talleres de personalidad, aderezado con comedia, un decálogo dentro de un stand up comedy, y musicales con playback, además. Casa Roshell fue parte de la sección Forum, del festival de cine de Berlín 2017.

The Childhood of a Leader

Por una parte el filme presente, debut promisorio en la dirección del actor americano Brady Corbet, se presenta como una película de terror, y lo veo muy leve en ese aspecto, la atmósfera no llega nunca a ser terrorífica (su valía será otra), por más que el niño protagonista invoca a The omen (1976). Prescott (Tom Sweet) es un niño engreído de buena familia que es sumamente malcriado, las razones de sus reacciones son muy poco definidas, de un momento a otro empieza a tirarle piedras a los compañeritos del coro de la iglesia, el filme se divide en 3 berrinches y un epilogo, éste es su primer berriche, lo cual se quiere emparentar con algo oscuro. Prescott es el hijo de un estricto diplomático americano (Liam Cunningham) que se ha mudado recién a Francia para preparar el Tratado de Versalles.

El filme de Corbet pretende hablarnos como lo hacía Michael Haneke en la magnífica La cinta blanca (2009) soterradamente de la semilla del mal, del nacimiento de los nazis, del fascismo, de los dictadores, cómo se van gestando desde niños. Prescott lo refiere con su comportamiento violento y rebelde. Golpea a su madre y le toca un (provocador) seno a su profesora de francés (Stacy Martin), lo del seno no sin antes sentir como los animales el olor del sexo, lo hace instintivamente, y le cae una reprimenda. En su hogar su madre (Bérénice Bejo) es una mujer fría y distante con él, rígida, que no duda en generarle un panorama desagradable creyendo que lo alecciona, lo corrige, como botar a su querida nana por engreírle a sus espaldas. Prescott tiene carácter, se enfrenta a sus padres, pero estos reaccionan con la misma violencia.

El filme trabaja con ese ambiente, el de la lucha entre los padres y el pequeño, al que suelen confundir con mujer por su cabello largo y fastidiarlo (aquí se esconde el magma de sus reacciones, que no llegan a especificarse, los padres tampoco se dignan a indagar como es debido, el padre está muy ocupado, la madre simplemente es una esnob, y Prescott se manifiesta hermético y siempre independiente y autosuficiente, aun a su tan corta edad). Prescott tiene mucha inteligencia (no obstante surge temperamental), encaja perfectamente con la imagen del título, la de un líder, puede que sea algo inexplicable (un estudio de psicología y educación) y tiene un ego atroz, el mismo que le ocasiona tantas fricciones y desencuentros con padres poco entregados a tratarlo con sabiduría, solo aplican la vieja y rancia disciplina.

En un ambiente gótico The Childhood of a Leader plantea ver cuán lejos llega ésta disputa, cuan peligroso puede convertirse el niño en las manos poco gráciles, torpes, de sus padres. La trama no tiene todo el efecto posible, pero es deliberado, trata de ser una propuesta sutil, y lo logra. Al final llega un giro y mueve nuestra perspectiva, las imágenes que tantas veces construimos nos engañan. Un recurso audaz nos enseña a perdernos un poco de las expectativas. El mal en realidad puede venir de donde menos pensamos, nuestras previsiones pueden ser inútiles.    

martes, 7 de marzo de 2017

Paterson

El último largometraje de ficción de Jim Jarmusch nos muestra la vida de un conductor de ómnibus vista durante una semana, Paterson (Adam Driver), que en su tiempo libre es poeta, aunque aún inédito, tomando en cuenta que de alguna forma todos en la ciudad, Paterson, New Jersey, son poetas. Sobrevuela la filosofía y figura poética de William Carlos Williams, tan compenetrada con la ciudad, a quien el protagonista admira, es su poeta favorito.

Paterson vive con su esposa Laura (Golshifteh Farahani) y su perro bulldog Marvin. Ella quiere convertirse en algún tipo de artista, ser una mujer exitosa y popular, para eso trata de aprender a tocar guitarra, o todo lo quiere transformar en arte en su casa, todo lo pinta o lo adorna a su gusto, un tanto impresentable. Quiere tener un negocio de postres también. Laura es una mujer simpática como persona, una buena pareja, su deseo de arreglarlo todo no es molesto, es tierno, como su sueño de éxito es expuesto de manera naif, y Paterson lo vive y siente así, por lo que nunca discuten por su mal gusto, o su deseo de rediseñarlo todo, ni por algún pedido costoso.

Paterson tiene una vida monótona, pero feliz, se levanta de la cama, come cereal, habla con su mujer, escribe algo en tono muy natural (en cuanto puede, y vemos las letras en pantalla), camina hacia el trabajo, otro empleado le anota la salida del vehículo que tiene a cargo (uno de origen indio siempre quejumbroso de su vida), sale con el ómnibus público a las calles, y en el trabajo escucha algo al vuelo de los pasajeros, donde no hay vulgaridad, sino siempre gente de a pie inteligente y noble, como el mismo Paterson, que bien lo llegan a describir en un comentario como un chofer de ómnibus muy instruido, una curiosidad quizá. A la noche saca al perro y va a tomarse una cerveza a un bar cercano donde el viejo cantinero es un coleccionista de fotos de celebridades de Paterson y aficionado al ajedrez. Regresa a su casa, y comparte conversaciones con su mujer, los sueños y los muchos entusiasmos de ella, cuando él es más tímido y discreto.

Paterson es un filme simpático, que nunca aburre, por más que exhibe suma sencillez en todo sentido, y hay una construcción argumental y narrativa de repetición, que varía en su exposición detallista, mostrando otros ángulos de lo mismo. La idea general está muy clara, es la vida apacible y común de un hombre cualquiera (aun cuando su relación amorosa contrasta con los amores problemáticos de afuera y señala una química especial, sin ser irreal), que con una vida humilde es pleno, la de la sencillez que tiene belleza en sí, y que no es sólo un simple chofer, su mundo tiene la misma hermosura que sus poemas, están hermanados, describen su existencia.

Cuando Paterson recibe el regalo del turista japonés es como decir, tu vida es poesía, no dejes que tus problemas –u otros- te hagan cambiar de pensamiento u olvidarlo, aunque el filme suene romántico, idílico e idealista en general, y recibe un regalo aparentemente muy simple, pero cargado de simbolismo (lo mismo que trasmite que aquel nipón viaje en pos de Paterson New Jersey y William Carlos Williams), éste le dice (sin hablarlo directamente, Jarmusch tan sólo sugiere por varios elementos), haz poesía, escribe sobre tu vida, y no es una ilusión complaciente ni conformista, únicamente una forma positiva y optimista de ver y fomentar el mundo, celebrar a nuestros congéneres, igual a las cosas pequeñas, apreciar donde otros minimizan, agradecer el amor, el hogar, el arte, los sueños, querer y poder vivir tranquilo con uno mismo, porque creer en la poesía de nuestro mundo siempre será saludable, y los límites los pone uno. 

viernes, 3 de marzo de 2017

Rey

Un abogado francés salido del campo, Orélie Antoine de Tounens (Rodrigo Lisboa), en el siglo XIX viaja a Chile hasta la zona de los mapuches, al llegar busca a los temibles líderes indígenas y logra entablar un acuerdo con ellos, le ceden un territorio donde Tounens se nombra rey de la Araucanía y la Patagonia, sólo que el gobierno chileno inmediatamente lo desconoce y decide capturarlo, les importa poco la hazaña de no haber perdido la vida en el viaje a tierra salvaje. La historia desde luego se oye muy atrayente en el papel y además es un hecho real, pero otro asunto es hacer una película al respecto, sobre todo cuando hay huecos históricos y falta –se ha perdido- mucha información.

El director chileno-norteamericano Niles Atallah fabrica una película rara, experimental, ayudándose de que es videoartista, por eso vemos que en un momento nos ataca la psicodelia, las luces, las distorsiones, los ensambles y los colores, lo que da a entender como que Tounens está demente, y su aventura es ese resultado. El filme llega a un momento en que se pierde en el videoarte, lo que encuentro bastante débil como séptimo arte. Lo atractivo está en otras partes, previas. Atallah trata de plasmar su propio universo fílmico, su manera personal de contar la historia de Tounens, muy libremente, lo mismo puede compatibilizar con la parte del videoarte pero no lo hallo significativo, ni siquiera estéticamente curioso o imaginativo, más bien gastado y muy simple, como si pasa con que los mapuches estén interactuando visualmente en la trama de distintas maneras a lo usual, no del todo original, pero al menos valorable positivamente.

Tenemos el disfraz de unas caras gigantes con mantas hacia abajo (que recuerdan lejanos a los Moái de la isla de Pascua), que son como especies de sacerdotes y hacen un extravagante rito de iniciación, coronación o integración en el que dan de beber miel a Tounens. En otro momento son representados los indígenas con cabezas de caballo, al mismo tiempo los blancos europeos o los criollos chilenos usan máscaras de rostros completos y detallistas, de los propios rostros. Son formas de darle estética al producto, y tiene gracia. Toma el filme mayor vuelo de esta manera, no olvidemos que hay una historia sumamente austera entre manos. Atallah se dedica a llenar espacios con su libre albedrio. Tounens en su locura se cree Jesús, monologa como si pudiera conceder milagros o hacer algo sobrenatural, o da la impresión que se le identifica con él, lleva una corona parecida a la de espinas, una túnica, barba y cabello largo. El filme casi no posee narrativa convencional, aunque existen puntos históricos identificables como el encierro y juicio de Tounens. Rey ganó el premio especial del jurado (segundo lugar, tras la india Sexy Durga) en el festival de Rotterdam 2017.