martes, 11 de julio de 2017

La Terquedad

Adaptación de la séptima obra de la Heptalogia de Hyeronymus Bosch del dramaturgo, director de teatro y actor argentino Rafael Spregelburd, que se basa en la pintura La mesa de los pecados capitales, de El Bosco, conocido también como Hyeronymus Bosch, que trata del pecado de la ira, pero que en la obra de Spregelburd le llama terquedad, presentada en el Centro Cultural de la Universidad del Pacifico, dirigida por Sergio Llusera. La terquedad es una obra compleja digamos, pero llega hasta lo extraño y se pierde un poco y uno con ella también. Pierde fuerza producto de su dispersión y de su tontería, genera un poco de desinterés en cierto momento ante el mandato de querer ser distinta o ardua, que es original e inteligente no hay duda, pero no es necesario tampoco encerrarse en un tipo. Hay ratos que su disque ironía o audacia es estúpida, como el personaje de la francesa loca que genera tremendo giro, un absurdo más que una genialidad. En el cine se ven muchas historias que se vuelcan a lo descabellado o violento en el último minuto como fórmula e impacto en busca del supuesto entusiasmo, como que hay historias que trabajan para llegar a estos momentos. La terquedad más bien pierde seriedad y volumen con esta “hazaña”.

Una posible razón –fuera de quebrar con cierta predictibilidad- puede ser que el protagonista, Jaume Planc (Alberto Isola), un comisario fascista que inventa un diccionario o lengua que remite a las computadoras e incluso a lo místico contradice su anhelo humanista -de poder entendernos mejor y todos fácilmente- con la subordinación a lo que será el franquismo (la obra se contextualiza en el final de la guerra civil española, en 1939), entonces es un tipo propio de lo malo/negativo y criticado (el gobierno de Franco, incluida en la trama la búsqueda de una lista por la que todos se pelean, para poder salvar comunistas “encubiertos”), por lo que muchos pensaran que merece un castigo, lo cual no es un pensamiento ilógico, pero el problema es que este comisario llega hasta caer simpático, y es medio un arroz chaufa, pero no merece un final tan superficial. Se le ha plasmado complejidad, se ha pretendido ambigüedad, que la tiene y es un personaje interesante. También Planc no parece muy fiel a los falangistas, sino que se le entiende como un lugar conveniente para él.

La obra tiene muchas idas y venidas, tires y aflojes, varias aventuras, con cosmopolitismo, en medio de lo político que fabula su pequeña guerra civil interna, mientras maneja a la vez la lingüística de forma inteligente y hasta con relajo. El hogar de Planc y sus relaciones amorosas toman igualmente bastante enredo y perspectivas. Jely Reátegui como la hija “loca” es la mejor del reparto (como polifacética haciendo de la esposa joven de Planc), agregando que son 7 actores competentes (Óscar Meza, Rodrigo Palacios, Sofía Rocha, David Carrillo, Claret Quea, Alberto Isola y Jely Reátegui). El rol de Reátegui tiene de exorcismo y de fraude, de locura o trauma, de sarcasmo, de perversidad y a su vez de inocencia. El juego del cura con la hija “loca” va uno a favor y en contra, puede ser una crítica esperable, pero la hija es un personaje rico, después de Jaume Planc. Su intensidad, herejía y lujuria son (aun) audaces.

La obra de Spregelburd busca las contradicciones y la ambigüedad, trabaja con la ética, lo esencial, rompiendo los límites, exhibiéndonos impredecibles. Y esto es interesante más allá de tener o no una apetitosa narrativa en todo momento, o la mejor forma de narrarlo. Tiene originalidad e imaginación, tiene personalidad y es inteligente, aunque también uno sienta que algunos personajes, momentos o diálogos parecieran sobrar, como el borracho o el escribidor. 

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